6 min

Los dioses lloran (Tormentosa existencia) — Videopoema Zaït Moreno

    • Libros

Poema incluido en el poemario Tormentosa existencia (zait.es/tormentosaexistencia)



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Los dioses lloran

Te levantas cada día sangrándote la sonrisa. Viejas batallas, nuevas heridas con cadenas en tu vida. El fusil en tu cabeza no te deja ver la belleza que pueda tener el mundo, este mundo con tanta fiera. Te obligan a acatar su economía. Te imponen sus leyes. Te ponen su yugo, tratándonos cual bueyes.

Y mientras, los dioses lloran, cayendo la sangre de sus lágrimas sobre los campos de batalla. Allá donde los niños empuñan armas para controlar las materias primas. Su llanto inunda aquellas iglesias, mezquitas y sinagogas en las que se siembra el odio entre hermanos para enriquecer a los poderosos. Se ahogan los valores de amor que predicaron, en los océanos indecentes de dinero de las poderosas multinacionales. Acaban secándose por dentro los dioses de tanto llorar. Acaban con el alma de arena de desierto y los ojos erosionados por ese torrente de impotencia líquida que brotó de sus lagrimales.

Te levantas cada día sangrándote la sonrisa. Preguntándote qué será hoy. Igual una nueva guerra para controlar otro país. Igual otro atentado de los guerrilleros que formaron para matar a sus enemigos y que, al final, se sublevaron contra ellos. Igual otro banco dejando en la calle a alguna familia sin recursos o a una anciana sin otro techo bajo el que dormir. Pero, sea como sea, la mano será la misma, los peones serán los mismos, y la sangre de este tablero de ajedrez se usará como tinta para imprimir los euros y dólares que con ella hayan conseguido.

Y mientras, los dioses lloran, cayendo la sangre de sus lágrimas sobre las calles de Afganistán, Paquistán, Somalia, México, Nigeria, Palestina, Ucrania,… Cada bala les alcanza el corazón. Cada niño muerto les mata algo en su interior. Cada niña violada les parte el alma. No es de extrañar que todos los días muera un dios. No es de extrañar que el Cielo pierda su luz. No es de extrañar que hasta Satán se suicide por no soportar tanta maldad.

Te levantas cada día sangrándote la sonrisa. Tantos mensajes de individualismo dificultan ver que no existe el yo y el tú, que todos somos uno. Se te agrieta el corazón viendo cómo la gente se olvidó de que no son si no somos. Se te incendia la columna vertebral, como si fuera de pólvora, al ver tanta desconfianza y odio. Te llega su fuego hasta el cerebro, y te hace cenizas tus pensamientos de esperanza. ¿Por qué no ven más allá?, te preguntas recordando tus mañanas de peonza en las calles de arena. Mueres un poco más al introducir la papeleta electoral en la urna, sabiendo que estás colaborando a legitimar esta dictadura. Decir que “el pueblo les ha elegido” cuando representan a solo al veintitrés por ciento de la población, es un una burla imperdonable. Lo piensas, pero te callas

porque es más doloroso escuchar cómo les defienden sus propias víctimas.

Y mientras, los dioses lloran, cayendo la sangre de sus lágrimas sobre todo lo que toca esta sociedad inhumana. Erosionando los cimientos de la democracia y de la convivencia. Lloran cuando ven que los políticos quitan libertades al pueblo “para asegurar su seguridad”. Una seguridad amenazada por los conflictos que ellos mismos alimentan. Se desgarran de dolor al ver el odio que se predica en los medios de comunicación. Se preguntan qué fue del amor y la compasión.

Te levantas cada día sangrándote la sonrisa. Pensando si será el último día en levantarte o podrás soportarlo un día más. Te levantas y sigues jugando su juego,

Poema incluido en el poemario Tormentosa existencia (zait.es/tormentosaexistencia)



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Los dioses lloran

Te levantas cada día sangrándote la sonrisa. Viejas batallas, nuevas heridas con cadenas en tu vida. El fusil en tu cabeza no te deja ver la belleza que pueda tener el mundo, este mundo con tanta fiera. Te obligan a acatar su economía. Te imponen sus leyes. Te ponen su yugo, tratándonos cual bueyes.

Y mientras, los dioses lloran, cayendo la sangre de sus lágrimas sobre los campos de batalla. Allá donde los niños empuñan armas para controlar las materias primas. Su llanto inunda aquellas iglesias, mezquitas y sinagogas en las que se siembra el odio entre hermanos para enriquecer a los poderosos. Se ahogan los valores de amor que predicaron, en los océanos indecentes de dinero de las poderosas multinacionales. Acaban secándose por dentro los dioses de tanto llorar. Acaban con el alma de arena de desierto y los ojos erosionados por ese torrente de impotencia líquida que brotó de sus lagrimales.

Te levantas cada día sangrándote la sonrisa. Preguntándote qué será hoy. Igual una nueva guerra para controlar otro país. Igual otro atentado de los guerrilleros que formaron para matar a sus enemigos y que, al final, se sublevaron contra ellos. Igual otro banco dejando en la calle a alguna familia sin recursos o a una anciana sin otro techo bajo el que dormir. Pero, sea como sea, la mano será la misma, los peones serán los mismos, y la sangre de este tablero de ajedrez se usará como tinta para imprimir los euros y dólares que con ella hayan conseguido.

Y mientras, los dioses lloran, cayendo la sangre de sus lágrimas sobre las calles de Afganistán, Paquistán, Somalia, México, Nigeria, Palestina, Ucrania,… Cada bala les alcanza el corazón. Cada niño muerto les mata algo en su interior. Cada niña violada les parte el alma. No es de extrañar que todos los días muera un dios. No es de extrañar que el Cielo pierda su luz. No es de extrañar que hasta Satán se suicide por no soportar tanta maldad.

Te levantas cada día sangrándote la sonrisa. Tantos mensajes de individualismo dificultan ver que no existe el yo y el tú, que todos somos uno. Se te agrieta el corazón viendo cómo la gente se olvidó de que no son si no somos. Se te incendia la columna vertebral, como si fuera de pólvora, al ver tanta desconfianza y odio. Te llega su fuego hasta el cerebro, y te hace cenizas tus pensamientos de esperanza. ¿Por qué no ven más allá?, te preguntas recordando tus mañanas de peonza en las calles de arena. Mueres un poco más al introducir la papeleta electoral en la urna, sabiendo que estás colaborando a legitimar esta dictadura. Decir que “el pueblo les ha elegido” cuando representan a solo al veintitrés por ciento de la población, es un una burla imperdonable. Lo piensas, pero te callas

porque es más doloroso escuchar cómo les defienden sus propias víctimas.

Y mientras, los dioses lloran, cayendo la sangre de sus lágrimas sobre todo lo que toca esta sociedad inhumana. Erosionando los cimientos de la democracia y de la convivencia. Lloran cuando ven que los políticos quitan libertades al pueblo “para asegurar su seguridad”. Una seguridad amenazada por los conflictos que ellos mismos alimentan. Se desgarran de dolor al ver el odio que se predica en los medios de comunicación. Se preguntan qué fue del amor y la compasión.

Te levantas cada día sangrándote la sonrisa. Pensando si será el último día en levantarte o podrás soportarlo un día más. Te levantas y sigues jugando su juego,

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