La Traviata

Radio Popular - Herri Irratia te lleva a casa el apasionante mundo de la ópera, la zarzuela, el teatro musical y mucho más, en La traviata con Margarita Lorenzo de Reizabal. Los martes por la tarde (nuestra maestra) Margarita Lorenzo de Reizabal te conducirá de la mano por los vericuetos de los escenarios líricos para descubrir los secretos de las óperas y zarzuelas, los mejores libretos, las arias más espectaculares y todo lo que debes saber sobre los personajes, las mejores voces del pasado y actuales, los coros de ópera y los compositores. Si te gusta la lírica, La traviata es tu programa de cabecera. Si crees que la ópera no va contigo, descubre la magia del teatro musical con La traviata y contágiate de la pasión por la lírica. Los martes a las 17:00 tienes una cita con el mundo de la ópera y la zarzuela en Radio Popular - Herri Irratia con Margarita Lorenzo de Reizabal en La traviata. ¡Pasión por la lírica!

  1. Jun 9

    Los miserables

    Hoy les invitamos a acercarse a una de las obras más populares, emocionantes y universales de la historia del teatro musical: Los Miserables. Pocas creaciones artísticas han logrado algo tan extraordinario como esta. Nacida como una novela monumental en la Francia del siglo XIX, convertida después en musical en el siglo XX y adaptada posteriormente al cine y a innumerables producciones escénicas, Los Miserables ha emocionado a millones de espectadores en todo el mundo gracias a una combinación única de drama humano, reflexión social y una música capaz de conmover incluso a quienes no frecuentan los teatros musicales. La historia nos sitúa en una Francia convulsa, marcada por las profundas heridas dejadas por la Revolución Francesa y por las guerras napoleónicas. Es una sociedad donde la pobreza, la injusticia y las enormes diferencias entre clases determinan el destino de las personas. En ese contexto aparece la figura de Jean Valjean, un hombre condenado a años de prisión por haber robado un pedazo de pan para alimentar a su familia. A partir de ese acto aparentemente insignificante se despliega una inmensa reflexión sobre la culpa, el castigo, la redención, la compasión y la esperanza. Pero Los Miserables es mucho más que la historia de un individuo. Es también el retrato de todo un pueblo. En sus páginas y en su versión musical encontramos obreros, estudiantes idealistas, niños abandonados, mujeres explotadas, policías obsesionados con la ley, revolucionarios dispuestos a sacrificar su vida por sus ideales y ciudadanos anónimos que intentan sobrevivir en una época de enormes cambios políticos y sociales. Quizás por eso la obra continúa siendo tan actual. Porque detrás de sus personajes reconocemos problemas que siguen acompañando a nuestras sociedades: la pobreza, la exclusión, el acceso a la justicia, la desigualdad de oportunidades o el conflicto entre la ley y la conciencia moral. La versión musical que conocemos hoy nació en Francia en 1980. Sus autores fueron el compositor Claude-Michel Schönberg y el letrista Alain Boublil, quienes tuvieron la audacia de transformar la inmensa novela de Victor Hugo en un espectáculo musical. Algunos años más tarde, la adaptación inglesa realizada por Herbert Kretzmer impulsaría definitivamente la obra hacia el éxito internacional. Desde su estreno londinense en 1985, Los Miserables se ha convertido en uno de los musicales más representados de todos los tiempos. Traducido a decenas de idiomas y visto por millones de espectadores, forma parte ya del patrimonio cultural universal, al igual que las grandes óperas o los grandes dramas teatrales. Musicalmente, la obra se sitúa en un territorio muy particular. Aunque pertenece al género del musical, su escritura se aproxima con frecuencia a la ópera. Los números se suceden casi sin interrupción, los motivos musicales reaparecen asociados a personajes e ideas, y la orquesta desempeña un papel narrativo fundamental. No es extraño que muchos cantantes líricos hayan interpretado sus personajes y que numerosos aficionados a la ópera encuentren en esta partitura una intensidad dramática muy cercana a la de Verdi, Puccini o Wagner. Para comprender plenamente Los Miserables, conviene detenernos unos minutos en el mundo que retrata Victor Hugo. Aunque la novela fue publicada en 1862, su acción transcurre varias décadas antes, en una Francia profundamente marcada por las consecuencias de la Revolución Francesa y de las guerras napoleónicas. El final del siglo XVIII había traído consigo uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia europea: la Revolución Francesa de 1789. Los ideales de libertad, igualdad y fraternidad transformaron radicalmente la sociedad francesa, derribando el Antiguo Régimen y cuestionando privilegios que habían permanecido intactos durante siglos. Sin embargo, la realidad posterior fue mucho más compleja de lo que soñaron los revolucionarios. Tras los años revolucionarios llegó la figura de Napoleón Bonaparte, que consolidó muchas de las reformas surgidas de la Revolución, pero al mismo tiempo instauró un régimen autoritario y embarcó a Francia en una larga serie de conflictos militares por toda Europa. Cuando Napoleón fue derrotado definitivamente en Waterloo en 1815, el país se encontró agotado económica y socialmente. Es precisamente en ese año cuando comienza la historia de Jean Valjean. Francia intenta reconstruirse bajo la restauración monárquica de los Borbones, pero las tensiones sociales siguen siendo enormes. La industrialización avanza lentamente, miles de trabajadores sobreviven en condiciones miserables y la movilidad social es prácticamente inexistente para las clases más desfavorecidas. En las grandes ciudades, especialmente en París, la pobreza era una realidad cotidiana. Familias enteras vivían hacinadas, el trabajo infantil era frecuente y las crisis económicas podían condenar a la indigencia a miles de personas en cuestión de semanas. Victor Hugo conocía bien esta realidad y quiso reflejarla sin adornos ni idealizaciones. A lo largo de la novela asistimos también al despertar político de una nueva generación. Son los jóvenes estudiantes que aparecen en la segunda parte de la obra, inspirados por los ideales republicanos y convencidos de que Francia debía avanzar hacia una sociedad más justa y democrática. Su momento culminante llegará con la insurrección parisina de junio de 1832, episodio histórico real que constituye el trasfondo de las famosas barricadas de Los Miserables. Aquella revuelta fue rápidamente sofocada por el ejército y no consiguió sus objetivos políticos. Sin embargo, simbolizó la lucha de quienes soñaban con una sociedad más libre e igualitaria. Victor Hugo convertiría aquel acontecimiento en uno de los momentos más emocionantes de su novela y, posteriormente, del musical. En definitiva, Los Miserables nos muestra una Francia que vive entre la esperanza y la decepción, entre los ideales revolucionarios y una realidad social profundamente injusta. Es una sociedad que proclama la igualdad ante la ley, pero que continúa condenando a millones de personas a la pobreza, la marginación y la exclusión. Y es precisamente en ese escenario donde surge la voz de uno de los grandes escritores del siglo XIX: Victor Hugo. La transformación de Los Miserables en un musical parecía, en principio, una empresa casi imposible. La novela de Victor Hugo supera ampliamente el millar de páginas, contiene decenas de personajes y combina narración, reflexión filosófica, análisis político e historia social. Sin embargo, precisamente esa riqueza dramática acabaría seduciendo a dos creadores franceses que vieron en ella el material perfecto para un gran espectáculo musical. El origen del proyecto se encuentra en la figura de Alain Boublil, escritor y letrista francés nacido en Túnez. A mediados de la década de 1970, Boublil asistió en Londres a una representación del musical Oliver!, basado en la novela Oliver Twist de Charles Dickens. Aquella experiencia le hizo preguntarse si otra gran novela social del siglo XIX podría convertirse también en un musical. Muy pronto pensó en Los Miserables de Victor Hugo. Para desarrollar la idea recurrió a un colaborador con quien ya había trabajado anteriormente: el compositor Claude-Michel Schönberg. Juntos comenzaron a estudiar la novela y a seleccionar aquellos episodios capaces de condensar la inmensa historia de Hugo en una estructura dramática apta para el escenario. El primer resultado fue una versión francesa estrenada en París en 1980. Aunque aquella producción tuvo una acogida favorable, todavía estaba lejos del fenómeno mundial que conocemos hoy. El verdadero punto de inflexión llegó algunos años más tarde, cuando el productor británico Cameron Mackintosh descubrió la obra y decidió impulsarla en el mercado internacional. Se preparó entonces una nueva adaptación en lengua inglesa, con letras de Herbert Kretzmer. El estreno tuvo lugar en Londres en 1985. Las primeras críticas fueron, curiosamente, bastante frías. Algunos periodistas consideraban que la obra era excesivamente sentimental o demasiado ambiciosa. Sin embargo, el público reaccionó de manera muy distinta. Los espectadores conectaron inmediatamente con la historia y con su poderosa carga emocional. El boca a boca hizo el resto. En pocos meses, Los Miserables se convirtió en un éxito extraordinario. Lo que había comenzado como una apuesta arriesgada terminó transformándose en uno de los mayores fenómenos teatrales del siglo XX. Desde entonces, el musical ha sido representado en decenas de países, traducido a numerosos idiomas y visto por millones de personas. Su permanencia durante décadas en los escenarios londinenses y neoyorquinos lo ha convertido en una auténtica leyenda del teatro musical. Detrás de ese éxito se encuentra, en buena medida, la música de Claude-Michel Schönberg. Nacido en 1944, Schönberg pertenece a una generación de compositores que contribuyó decisivamente a renovar el musical europeo. Aunque en ocasiones se le sitúa bajo la sombra de grandes nombres anglosajones como Andrew Lloyd Webber o Leonard Bernstein, su aportación posee una personalidad muy definida. En Los Miserables encontramos una escritura musical de gran amplitud melódica, construida sobre temas fácilmente reconocibles que reaparecen a lo largo de la obra asociados a personajes, emociones e ideas. Esta técnica, heredera en cierta medida del leitmotiv operístico, contribuye a dar unidad a una historia extensa y compleja. Schönberg combina además influencias muy diversas. Hay momentos que recuerdan a la gran tradición romántica francesa; otros se acercan a la ópera italiana por su intensidad emocional; algunos pasajes poseen incluso una dimensión casi cinematográfica. Todo ello se integra en un l

    58 min
  2. Jun 2

    Las cortesanas en la ópera

    El programa de hoy nos lleva al París del siglo XIX. No al París monumental y turístico que hoy conocemos, sino al París que se convirtió en la gran capital cultural europea durante el Segundo Imperio. La ciudad de los grandes bulevares, de los cafés iluminados con gas, de los teatros, de los restaurantes elegantes, de la Ópera como escaparate social y del nacimiento de una nueva cultura urbana basada en el espectáculo y la apariencia. A mediados del XIX, París cambia radicalmente. Las reformas urbanísticas impulsadas por Haussmann transforman la ciudad medieval en una gran capital moderna. Aparecen avenidas amplias, galerías comerciales, zonas de ocio y espacios pensados para ver y ser vistos. La burguesía industrial convierte la vida social en una representación permanente. Y en ese nuevo escenario aparece una figura profundamente característica del momento: la cortesana. No hablamos simplemente de prostitución de lujo. Muchas de estas mujeres poseían educación, refinamiento cultural, conocimientos musicales y una enorme capacidad de relación social. Algunas frecuentaban escritores, pintores, banqueros, aristócratas y políticos. Eran admiradas públicamente y rechazadas moralmente al mismo tiempo. La gran contradicción del siglo XIX es precisamente ésa: la sociedad burguesa necesitaba estas figuras para alimentar su mundo de lujo y deseo, pero no podía integrarlas dentro de su moral oficial. Muy pronto, literatura y teatro comenzaron a interesarse por ellas. El Romanticismo tardío y posteriormente el Naturalismo descubrieron que aquellas mujeres representaban perfectamente las tensiones de la sociedad moderna: dinero, erotismo, ascenso social, enfermedad, marginalidad y dependencia económica. Y desde la literatura, la cortesana pasó rápidamente a la ópera. La sociedad parisina del XIX convirtió el cuerpo femenino en una forma de capital social. La mayor parte de las mujeres no tenían acceso a la independencia económica, a la educación superior ni a la vida profesional. En ese contexto, algunas cortesanas consiguieron construir una posición social utilizando aquello que la sociedad sí les permitía explotar: belleza, elegancia, conversación, sensualidad y capacidad de seducción. No es casual que muchas fueran auténticas celebridades urbanas. Aparecían en teatros, restaurantes, carreras de caballos y palcos de ópera. Marcaban tendencias de moda y eran observadas constantemente por la prensa y la alta sociedad. Pero esa aparente libertad era profundamente frágil. Dependía por completo de la juventud, la salud y la capacidad de seguir despertando deseo. Mientras la alta burguesía llenaba los grandes salones parisinos, otro mundo comenzaba a desarrollarse en cafés, buhardillas y barrios populares: el de la bohemia artística. A mediados del XIX surge una nueva figura social: el artista pobre e independiente que vive al margen de las convenciones burguesas. Pintores, poetas, periodistas y músicos convierten la precariedad casi en una forma de identidad cultural. Ese ambiente fue retratado por Henri Murger en Scènes de la vie de bohème, una serie de relatos publicados entre 1845 y 1849 que describían la vida cotidiana de jóvenes artistas parisinos. Décadas más tarde, Puccini utilizaría esa obra como base para La bohème. La ópera romántica inicial había preferido personajes históricos, legendarios o exóticos. Pero a partir de mediados del XIX, el Realismo y posteriormente el Naturalismo comienzan a interesarse por individuos reconocibles, condicionados por el dinero, la enfermedad y el entorno social. Ahí aparecen escritores como Émile Zola, que convierte la sociedad contemporánea en objeto de análisis casi científico. Aunque Massenet no es un compositor naturalista en sentido estricto, sí incorpora esa atención moderna hacia la psicología y las contradicciones emocionales. Eso se aprecia perfectamente en Manon. Basada en la novela del abate Prévost del siglo XVIII, la obra presenta una protagonista atrapada entre dos impulsos incompatibles: el deseo de amor sincero y la fascinación por el lujo y el ascenso social. La segunda mitad del XIX desarrolla una auténtica economía del espectáculo social. París se llena de escaparates, grandes almacenes, revistas ilustradas y espacios dedicados al consumo de lujo. La moda se convierte en industria cultural y las cortesanas participan activamente de ese mundo. Muchas de ellas eran observadas precisamente porque encarnaban el exceso visible: vestidos, joyas, perfumes, carruajes y fiestas. En cierto modo, representan uno de los primeros modelos modernos de celebridad urbana. Pero la ópera del XIX no sólo se sintió atraída por la cortesana elegante y refinada. También mostró fascinación por mujeres que escapaban completamente de las normas burguesas. Ahí aparece Carmen. Carmen escandalizó al público parisino en 1875 porque presentaba personajes marginales y moralmente ambiguos. Carmen no desea integrarse socialmente, no busca protección masculina y no acepta ningún tipo de sumisión sentimental. Eso convertía al personaje en algo profundamente inquietante para la mentalidad burguesa del momento. A finales del XIX, Europa desarrolla una intensa fascinación por el decadentismo, el orientalismo y la mezcla entre sensualidad y espiritualidad. La cortesana deja entonces de ser únicamente un personaje social para convertirse también en símbolo artístico de deseo, belleza efímera y decadencia moral. Eso ocurre claramente en Thaïs. Thaïs es una cortesana alejandrina admirada por toda la ciudad. Su belleza constituye literalmente su posición social y económica. Pero precisamente por eso vive obsesionada con el envejecimiento y la pérdida del deseo ajeno. La obra refleja perfectamente el gusto finisecular por Oriente y por las figuras femeninas ambiguas, situadas entre erotismo y redención espiritual. EL “GIGOLÓ” AUSENTE Resulta muy significativo que la ópera romántica construyera tantas cortesanas memorables y, sin embargo, prácticamente ningún equivalente masculino. Existen libertinos, seductores y aristócratas irresponsables —Don Giovanni, el Duque de Mantua o Pinkerton—, pero ninguno ocupa la misma posición social que Violetta, Manon o Thaïs. La razón es profundamente histórica. La sociedad burguesa del XIX aceptaba con relativa naturalidad la libertad sexual masculina, mientras convertía a la mujer económicamente dependiente del deseo en figura marginal y moralmente ambigua. La cortesana operística no es sólo un personaje romántico. Es el resultado de unas condiciones sociales muy concretas: desigualdad económica, ausencia de autonomía femenina, moral burguesa, y transformación del cuerpo en valor social. Y quizá por eso estas heroínas siguen resultando tan modernas hoy.

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  3. May 19

    Mefistófeles de Arrigo Boito. El diablo filósofo de la ópera italiana

    Boito pertenece a una generación de artistas italianos que sintieron la necesidad de renovar profundamente el panorama cultural de su país. Italia acababa de culminar su proceso de unificación política, pero muchos intelectuales consideraban que el arte italiano seguía viviendo excesivamente encerrado en sus propias tradiciones. Frente a ello surgió un grupo de jóvenes escritores, músicos y pintores que defendían una cultura mucho más cosmopolita, abierta a las influencias francesas y alemanas y profundamente interesada por las nuevas corrientes filosóficas y literarias europeas. Ese movimiento recibió el nombre de Scapigliatura, término que podría traducirse aproximadamente como “los despeinados” o “los bohemios”. Sus integrantes admiraban el Romanticismo tardío, el simbolismo, la literatura fantástica y una concepción mucho más intelectual y moderna del arte. Boito fue una de sus figuras centrales. Y precisamente Mefistofele nace de ese deseo de modernizar la ópera italiana y de acercarla a los grandes debates culturales europeos de la segunda mitad del siglo XIX. Cuando pensamos en el mito de Fausto solemos recordar inmediatamente la célebre ópera Faust, estrenada en París en 1859 y convertida muy pronto en una de las grandes obras del repertorio francés. La visión de Charles Gounod se centra fundamentalmente en la historia amorosa entre Faust y Marguerite y desarrolla el drama desde una sensibilidad eminentemente lírica y sentimental. En la obra de Gounod predominan la emoción íntima, el lirismo melódico y el componente humano y romántico de la tragedia. Sin embargo, cuando Arrigo Boito decide abordar el mismo mito pocos años después en Mefistofele, su intención es muy distinta. Boito no quiere construir únicamente una historia de amor y condenación, sino acercarse de manera mucho más fiel al espíritu filosófico del inmenso poema dramático de Johann Wolfgang von Goethe. Porque el Fausto de Goethe no es solamente una tragedia sentimental. Es una reflexión sobre la ambición intelectual del ser humano, sobre el deseo imposible de conocimiento absoluto y sobre la eterna insatisfacción del hombre moderno. Y precisamente por eso, en la ópera de Boito el verdadero centro dramático deja de ser Margarita para convertirse en Mefistófeles, figura irónica, crítica y profundamente filosófica que acompaña a Fausto durante todo su viaje moral y existencial. Fausto representa al hombre moderno que ha dedicado su vida al estudio y que, pese a todos sus conocimientos, siente un profundo vacío existencial. Ha estudiado filosofía, teología, medicina y ciencias naturales, pero descubre que el saber racional no basta para responder a las grandes preguntas humanas. Y ahí aparece uno de los grandes temas del Romanticismo europeo: la necesidad de trascender los límites de la razón y alcanzar algo absoluto, infinito o imposible. Por eso el pacto demoníaco posee aquí un significado mucho más complejo que el de una simple tentación religiosa. Mefistófeles no ofrece únicamente placer o juventud. Lo que ofrece es experiencia, conocimiento, intensidad vital, la posibilidad de atravesar todos los límites humanos. Y precisamente por ello, el personaje esencial de esta ópera termina siendo Mefistófeles: el espíritu crítico, irónico y destructor que acompaña a Fausto durante todo su viaje. Boito recoge directamente de Goethe la célebre definición del personaje: “Soy el espíritu que siempre niega”. Mefistófeles representa la duda permanente, el escepticismo, la negación de todas las certezas humanas. No es simplemente un demonio terrorífico. Es una inteligencia lúcida, sarcástica y profundamente moderna que desmonta constantemente las ilusiones humanas sobre el amor, la moral, la felicidad o el conocimiento. Y esa complejidad filosófica convierte además el papel en uno de los grandes personajes escritos para bajo en toda la historia de la ópera. La figura del bajo diabólico posee una larga tradición operística, especialmente en el siglo XIX. La profundidad oscura de la voz grave resultaba especialmente adecuada para representar personajes demoníacos, autoritarios o sobrenaturales. Pero Boito lleva esa tradición mucho más lejos. Su Mefistófeles no es una caricatura infernal, sino un personaje sofisticado, ambiguo y casi seductor, que domina intelectualmente cada escena en la que aparece. Boito escribió además su propio libreto, condensando las dos partes del inmenso poema dramático de Goethe en una estructura operística monumental, llena de contrastes: escenas celestiales y tabernarias, momentos religiosos y episodios paganos, espiritualidad cristiana y sensualidad clásica, visiones medievales y referencias a la Antigüedad grecolatina. Todo ello convierte Mefistofele en una obra excepcionalmente ambiciosa desde el punto de vista cultural y simbólico. Y además, Boito intenta integrar todos esos elementos mediante una escritura musical que mira claramente hacia Richard Wagner, aunque sin abandonar del todo la tradición lírica italiana. La influencia wagneriana puede percibirse: en el gran protagonismo de la orquesta, en la continuidad dramática, en la importancia simbólica del coro, y en la aspiración a construir una gran obra de arte total donde literatura, filosofía y música formen una unidad inseparable. Sin embargo, Boito nunca renuncia completamente al canto italiano. Mefistofele sigue exigiendo grandes voces y mantiene amplios momentos de lirismo heredados de la tradición operística nacional. Precisamente esa mezcla entre ambición intelectual centroeuropea y pasión vocal italiana es uno de los rasgos más fascinantes de la obra. El estreno de Mefistofele tuvo lugar en 1868 en el Teatro alla Scala de Milán y constituyó uno de los grandes escándalos musicales de la Italia del siglo XIX. La obra era demasiado larga, demasiado innovadora y demasiado distinta a lo que el público italiano esperaba entonces. Pensemos que Italia vivía todavía bajo la enorme influencia de la tradición verdiana: una ópera basada fundamentalmente en la fuerza teatral, en la expresividad inmediata de la melodía y en el protagonismo absoluto de la voz. Boito, sin embargo, aspiraba a algo diferente. Su intención era construir un gran drama musical de dimensión filosófica y simbólica, mucho más cercano a ciertas aspiraciones del Romanticismo alemán que a la tradición operística italiana habitual. Por eso en Mefistofele encontramos: grandes masas corales con función dramática, escenas de enorme densidad orquestal, importantes transiciones sin interrupción, un fuerte contenido intelectual, y una concepción de la ópera entendida no solamente como espectáculo vocal, sino como síntesis entre música, literatura y pensamiento filosófico. Todo ello revelaba claramente la influencia de Wagner, cuya música comenzaba entonces a generar intensos debates en toda Europa. Y resulta especialmente interesante recordar que, años después, aquel joven compositor rebelde terminaría convirtiéndose en el gran colaborador literario de Giuseppe Verdi. Boito escribiría los libretos de dos de las últimas obras maestras verdianas: Otello y Falstaff. Paradójicamente, en su juventud había criticado duramente al propio Verdi, al que consideraba representante de una tradición italiana demasiado convencional. Con el tiempo, sin embargo, ambos desarrollaron una colaboración artística extraordinaria. Boito aportó a Verdi refinamiento literario, enorme capacidad de síntesis dramática y una extraordinaria sensibilidad teatral. Muchos estudiosos consideran incluso que sin Boito quizá no habrían existido esas dos obras maestras finales del compositor de Busseto. Pero antes de convertirse en el gran libretista del último Verdi, Arrigo Boito soñó con revolucionar la ópera italiana mediante una obra monumental, filosófica y profundamente moderna: Mefistofeles.

    57 min
  4. May 12

    Los diamantes de la corona de Barbieri

    Esta semana nos adentramos en una de las grandes joyas del teatro lírico español del siglo XIX: Los diamantes de la corona, una zarzuela grande estrenada en 1854 que combina intriga política, juego amoroso y un refinado sentido teatral. Su autor, Francisco Asenjo Barbieri, es una figura clave en la consolidación de la zarzuela como género nacional. En esta obra alcanza un equilibrio especialmente logrado entre elegancia musical, ritmo escénico y construcción dramática. La acción nos traslada a la corte portuguesa, donde la desaparición de unas joyas reales desencadena un entramado de sospechas, disfraces y estrategias. Pero más allá del argumento, lo que realmente define esta obra es su juego constante entre apariencia y verdad. Barbieri construye aquí un teatro musical de gran eficacia. Alterna diálogo hablado con números musicales que no interrumpen la acción, sino que la impulsan. Su estilo bebe de la opéra-comique francesa, pero con una identidad propia: melodías claras, ritmo vivo y una caracterización muy precisa de los personajes. La obra se estrenó en el Teatro del Circo con gran éxito, consolidando un modelo de zarzuela elegante, cortesana y teatralmente muy eficaz. Francisco Asenjo Barbieri (Madrid, 1823–1894) fue un compositor, musicólogo, crítico y bibliófilo español, considerado el gran renovador y padre de la zarzuela moderna. Su labor consolidó el teatro lírico nacional y sentó las bases de la identidad musical española del siglo XIX. Aportación al teatro lírico Fue una figura clave en la creación del Teatro de la Zarzuela (1856) y en la definición de la “zarzuela grande”, que incorporaba temas históricos, folclóricos y patrióticos. Jugar con fuego marcó el inicio de su éxito, seguido por títulos como Pan y toros y El barberillo de Lavapiés, una obra maestra que mezcla sátira política y espíritu popular ambientada en el Madrid del siglo XVIII. Legado cultural y musicológico Además de su extensa producción —más de 60 zarzuelas y otras piezas—, Barbieri fue un pionero en la recuperación del patrimonio musical español. Su colección personal, conocida como el “Legado Barbieri”, forma parte de la Biblioteca Nacional de España e incluye manuscritos, partituras y el Cancionero de Palacio, esencial para el estudio de la música renacentista española. Reconocimiento y memoria Miembro de academias y admirado en su tiempo, Barbieri fue símbolo del “madrileñismo” musical y del renacimiento cultural español del XIX. Su bicentenario en 2023 reavivó homenajes y producciones que celebran su legado, confirmando su influencia duradera en la identidad musical ibérica.

    58 min
  5. May 5

    El rey León. El musical

    Hablar de El Rey León en la historia del teatro musical contemporáneo es adentrarse en uno de esos raros fenómenos en los que industria, arte y emoción popular convergen de manera casi perfecta. El musical El Rey León se estrenó en 1997 en Broadway, producido por la compañía The Walt Disney Company, y dirigido por una figura absolutamente clave: Julie Taymor. A partir de una película de animación ya mítica —The Lion King de 1994— Disney dio un salto que, en aquel momento, parecía arriesgado: convertir un éxito cinematográfico en una obra teatral de gran formato que no se limitara a reproducir la película, sino que la reinventara. Para comprender el alcance de esta creación, hay que situarse en los años 90, cuando Broadway atravesaba un momento de renovación estética. Disney ya había probado suerte con Beauty and the Beast, pero con El Rey León decidió apostar por algo radicalmente distinto. No se trataba de hacer “teatro para niños”, sino de crear una experiencia escénica universal. Y ahí entra el talento de Julie Taymor, que introdujo elementos del teatro ritual, máscaras, marionetas y una fuerte inspiración en las tradiciones africanas. El resultado fue una revolución visual que transformó la manera en la que se concebían los musicales de gran formato. La música, por supuesto, fue otro de los pilares fundamentales. Se mantuvieron las composiciones originales de Elton John y Tim Rice, pero se ampliaron con nuevas piezas y, sobre todo, con la aportación del compositor sudafricano Lebo M, cuya influencia otorgó autenticidad sonora al espectáculo. El uso de lenguas africanas, coros tribales y percusión en directo convirtió la partitura en algo mucho más orgánico que el típico musical de Broadway. conviene afinar un poco más porque detrás de El Rey León hay varias capas de autoría que enriquecen muchísimo el discurso del programa. Para empezar, la música no pertenece a un único creador, aunque el gran nombre popular sea Elton John. Él compuso las canciones principales de la película de 1994 —“Can You Feel the Love Tonight”, “Circle of Life”, “Hakuna Matata”…—, pero lo hizo en colaboración estrechísima con el letrista Tim Rice, que venía de trabajar con Andrew Lloyd Webber. Rice aportó algo fundamental: letras con doble lectura, capaces de funcionar tanto para público infantil como adulto. Ahora bien, la banda sonora cinematográfica —la parte instrumental, la que sostiene la emoción dramática— fue obra de Hans Zimmer, uno de los grandes compositores del cine contemporáneo. Zimmer ganó el Oscar por este trabajo, y lo interesante es cómo incorporó influencias africanas reales, no solo una “ambientación exótica”. Aquí entra una figura clave que muchas veces se pasa por alto: Lebo M. Él no solo fue intérprete, sino también arreglista y auténtico arquitecto del sonido coral africano que abre la obra. Ese inicio en zulú de “El ciclo sin fin” es suyo, y sin él, el impacto cultural habría sido mucho menor. En el salto al teatro, estas músicas se expanden. Se añaden nuevos números y se reorganiza la partitura para adaptarse al lenguaje escénico, reforzando el carácter ritual del espectáculo. En cuanto a la creación de la historia cinematográfica, aquí es importante desmontar un pequeño mito: El Rey León no es una adaptación directa de Hamlet, sino una historia original desarrollada dentro de The Walt Disney Company. Los principales responsables del guion fueron Irene Mecchi, Jonathan Roberts y Linda Woolverton. Eso sí, durante el desarrollo del proyecto, los propios creadores reconocieron influencias estructurales claras de William Shakespeare. La relación entre Simba, Mufasa y Scar recuerda inevitablemente a Hamlet, el rey asesinado y el tío usurpador. Pero también hay otras referencias menos evidentes: algunos estudiosos han señalado paralelismos con relatos bíblicos como la historia de José, e incluso con narrativas clásicas del “viaje del héroe” descritas por Joseph Campbell. Además, en las primeras fases del proyecto, Disney buscaba una historia completamente original ambientada en África, algo poco habitual en su catálogo hasta entonces. De hecho, el equipo creativo viajó al continente africano para documentarse, lo que influyó tanto en la estética como en la música y la construcción simbólica del relato.

    57 min
  6. Apr 29

    La coronación de Popea de Claudio Monteverdi

    La coronación de Poppea está basada en los hechos históricos del emperador romano Nerón y su relación fuera de matrimonio con Poppea. Las fuentes seleccionadas por Busenello para la realización del libreto fueron: Tácito, libro XIV, Suetonio y tal vez también Séneca. Esta ópera cuenta con un prólogo y tres actos, y cuenta con una duración aproximada de tres horas y treinta minutos. Tiene 17 personajes, y los más importantes son: Título original: L’incoronazione di Poppea (II Nerone). Personajes: Nerón, emperador de Roma (tenor); Octavia, su esposa (soprano o mezzosoprano); Popea (soprano); Otón (contratenor o barítono); Séneca (bajo barítono); Fortuna, diosa del destino (soprano); la Virtud (soprano); el Amor (mezzosoprano); Palas Atenea (soprano); Mercurio (tenor); criados de Octavia, criadas de Popea; compañeros de banquete de Nerón; soldados, discípulos de Séneca, pueblo, etc. La Fortuna, La Virtud y El Amor son personajes que están presentes en el prólogo, dando un toque mitológico a la obra. Lugar y época: Roma, época de Nerón. Cuando aparece la ópera como una nueva forma vocal, las historias contadas eran basadas en la mitología, ya que los artistas del Renacimiento regresan al esplendor del arte griego. Monteverdi, el padre de la ópera, escribe su primera ópera basada en la leyenda griega de Orfeo; su segunda ópera que se tiene completa, fue basada en la Odisea de Homero. Sin embargo, su tercera y última ópera, La coronación de Poppea, está basada en hechos reales: la historia de amor, traición y ambición de Nerón y Poppea. Dos años después de El regreso de Ulises a la patria, Monteverdi escribe su última ópera, pero esta vez con cambios significativos: el primero de ellos es en la historia, ya que escoge un hecho histórico del Imperio Romano. El segundo cambio es la descripción de los personajes, musicalmente hablando; es decir, crea una música completamente descriptiva y en ella se puede percibir perfectamente las características de cada personaje. Esta fue otra de las grandes aportaciones que hace Monteverdi a la ópera, forma vocal a la cual dio la estructura definitiva y siguió dando aportaciones a este hermoso arte. Monteverdi, que escribió su última ópera con 76 años, fue maestro de capilla de San Marcos de Venecia desde 1613, espacio en el que compondría gran parte de su obra sacra. Esta ciudad y la apertura de sus teatros al público, fueron los motivos que le llevaron a componer sus dos últimas óperas. De los ocho títulos que escribió, solo han llegado hasta nosotros cuatro, L’Arianna y Il ritorno d’Ulisse in patria, existiendo una enorme brecha que podría ayudarnos a entender el desarrollo escénico de Monteverdi y que se ve plasmada en su última creación. La coronación de Poppea es la primera ópera basada en la historia. Los personajes femeninos fueron cantados originalmente por mujeres, ya que en Venecia no se acató la orden del Vaticano de que las mujeres no debían cantar en este tipo de espectáculos. Monteverdi se atreve a escribir una ópera en donde el tema central es el amor triunfante de algo inmoral, y logra plasmar la psicología de los personajes en los sonidos. Claudio Monteverdi demuestra una gran madurez como compositor y se estableció como el más destacado dramaturgo musical de la época, dejando en claro una vez más por qué es el padre de la ópera.

    57 min
  7. Apr 14

    El huesped del sevillano de Jacinto Guerrero

    La acción se sitúa en Toledo, a principios del siglo XVII. En la imperial ciudad de Toledo, y a principios del siglo XVII, Juan Luis, un joven pintor de la corte, tiene el encargo del rey para que pinte una Virgen Inmaculada con destino al Real Oratorio. El artista espera encontrar en Toledo la modelo que le sirva para realizar su obra. Conoce a Raquél, mujer de belleza extraordinaria e hija de maese Andrés Munestein e inmediatamente queda prendado de su belleza: es la mujer que busca para su cuadro. El conde don Diego, aprovechando la salida de la joven Raquél de su casa, camino de la iglesia, la hace su prisionera, llevándosela al Mesón del Sevillano, en espera de la ocasión para sacarla de la ciudad. El rapto de Raquel llena de indignación a Juan Luis, que está enamorado de ella. Constancica, moza del mesón, pone al corriente a Rodrigo, criado de Juan Luis, de todo lo que sabe respecto a la situación de Raquel: don Diego y sus secuaces preparan la fuga, huirán de la ciudad llevándose a su víctima. La llegada al mesón de un fraile encargado de transportar en una acémila varios hábitos con destino a su convento, le da la idea a Rodrigo de robar uno y disfrazarse de religioso para no despertar sospechas… La figura de Miguel de Cervantes está presente en el mesón como huésped. Confunde a Constancica con una gran señora disfrazada de fregona, y al darse cuenta de su error, surge en su mente la idea de escribir, como así lo hizo, su novela ejemplar, La ilustre fregona. El pobre Rodrigo es descubierto por el conde y sus hombres, quienes se disponen a apalearle. Es en este momento cuando la justicia llama a la puerta del mesón. Los bandidos se ven descubiertos, y es Rodrigo quien les promete salvarles si le indultan del apaleamiento. Ellos acceden y Rodrigo les hace que se disfracen también de frailes. Así lo hacen, y cuando penetran los corchetes en el mesón, se encuentran con los cinco religiosos, falsos por supuesto, que se disponen a mortificarse como es costumbre en ellos, según indica Rodrigo, quien, cogiendo un vergajo, va atizando vergajazos a uno y otro aventurero, incluido don Diego, hasta hacerles ver las estrellas. Cuando ya se ha cansado de pegar, la entrada de Juan Luis hace ver toda la verdad a los representantes de la ley, que se llevan detenidos a los malhechores. Raquél y Juan Luis ya no se separarán jamás. El pintor hará su obra más completa: pintará el cuadro que el monarca le encargó, pondrá todo su arte al servicio de los deseos reales… y se quedará con la modelo para siempre. El huésped del mesón del Sevillano observa y capta la felicidad de unos y otros y su mente comienza a trabajar: se está incubando una de las más grandes obras literarias que escribiera el Príncipe de los ingenios.

    56 min

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