La Traviata

Radio Popular - Herri Irratia te lleva a casa el apasionante mundo de la ópera, la zarzuela, el teatro musical y mucho más, en La traviata con Margarita Lorenzo de Reizabal. Los martes por la tarde (nuestra maestra) Margarita Lorenzo de Reizabal te conducirá de la mano por los vericuetos de los escenarios líricos para descubrir los secretos de las óperas y zarzuelas, los mejores libretos, las arias más espectaculares y todo lo que debes saber sobre los personajes, las mejores voces del pasado y actuales, los coros de ópera y los compositores. Si te gusta la lírica, La traviata es tu programa de cabecera. Si crees que la ópera no va contigo, descubre la magia del teatro musical con La traviata y contágiate de la pasión por la lírica. Los martes a las 17:00 tienes una cita con el mundo de la ópera y la zarzuela en Radio Popular - Herri Irratia con Margarita Lorenzo de Reizabal en La traviata. ¡Pasión por la lírica!

  1. MAY 19

    Mefistófeles de Arrigo Boito. El diablo filósofo de la ópera italiana

    Boito pertenece a una generación de artistas italianos que sintieron la necesidad de renovar profundamente el panorama cultural de su país. Italia acababa de culminar su proceso de unificación política, pero muchos intelectuales consideraban que el arte italiano seguía viviendo excesivamente encerrado en sus propias tradiciones. Frente a ello surgió un grupo de jóvenes escritores, músicos y pintores que defendían una cultura mucho más cosmopolita, abierta a las influencias francesas y alemanas y profundamente interesada por las nuevas corrientes filosóficas y literarias europeas. Ese movimiento recibió el nombre de Scapigliatura, término que podría traducirse aproximadamente como “los despeinados” o “los bohemios”. Sus integrantes admiraban el Romanticismo tardío, el simbolismo, la literatura fantástica y una concepción mucho más intelectual y moderna del arte. Boito fue una de sus figuras centrales. Y precisamente Mefistofele nace de ese deseo de modernizar la ópera italiana y de acercarla a los grandes debates culturales europeos de la segunda mitad del siglo XIX. Cuando pensamos en el mito de Fausto solemos recordar inmediatamente la célebre ópera Faust, estrenada en París en 1859 y convertida muy pronto en una de las grandes obras del repertorio francés. La visión de Charles Gounod se centra fundamentalmente en la historia amorosa entre Faust y Marguerite y desarrolla el drama desde una sensibilidad eminentemente lírica y sentimental. En la obra de Gounod predominan la emoción íntima, el lirismo melódico y el componente humano y romántico de la tragedia. Sin embargo, cuando Arrigo Boito decide abordar el mismo mito pocos años después en Mefistofele, su intención es muy distinta. Boito no quiere construir únicamente una historia de amor y condenación, sino acercarse de manera mucho más fiel al espíritu filosófico del inmenso poema dramático de Johann Wolfgang von Goethe. Porque el Fausto de Goethe no es solamente una tragedia sentimental. Es una reflexión sobre la ambición intelectual del ser humano, sobre el deseo imposible de conocimiento absoluto y sobre la eterna insatisfacción del hombre moderno. Y precisamente por eso, en la ópera de Boito el verdadero centro dramático deja de ser Margarita para convertirse en Mefistófeles, figura irónica, crítica y profundamente filosófica que acompaña a Fausto durante todo su viaje moral y existencial. Fausto representa al hombre moderno que ha dedicado su vida al estudio y que, pese a todos sus conocimientos, siente un profundo vacío existencial. Ha estudiado filosofía, teología, medicina y ciencias naturales, pero descubre que el saber racional no basta para responder a las grandes preguntas humanas. Y ahí aparece uno de los grandes temas del Romanticismo europeo: la necesidad de trascender los límites de la razón y alcanzar algo absoluto, infinito o imposible. Por eso el pacto demoníaco posee aquí un significado mucho más complejo que el de una simple tentación religiosa. Mefistófeles no ofrece únicamente placer o juventud. Lo que ofrece es experiencia, conocimiento, intensidad vital, la posibilidad de atravesar todos los límites humanos. Y precisamente por ello, el personaje esencial de esta ópera termina siendo Mefistófeles: el espíritu crítico, irónico y destructor que acompaña a Fausto durante todo su viaje. Boito recoge directamente de Goethe la célebre definición del personaje: “Soy el espíritu que siempre niega”. Mefistófeles representa la duda permanente, el escepticismo, la negación de todas las certezas humanas. No es simplemente un demonio terrorífico. Es una inteligencia lúcida, sarcástica y profundamente moderna que desmonta constantemente las ilusiones humanas sobre el amor, la moral, la felicidad o el conocimiento. Y esa complejidad filosófica convierte además el papel en uno de los grandes personajes escritos para bajo en toda la historia de la ópera. La figura del bajo diabólico posee una larga tradición operística, especialmente en el siglo XIX. La profundidad oscura de la voz grave resultaba especialmente adecuada para representar personajes demoníacos, autoritarios o sobrenaturales. Pero Boito lleva esa tradición mucho más lejos. Su Mefistófeles no es una caricatura infernal, sino un personaje sofisticado, ambiguo y casi seductor, que domina intelectualmente cada escena en la que aparece. Boito escribió además su propio libreto, condensando las dos partes del inmenso poema dramático de Goethe en una estructura operística monumental, llena de contrastes: escenas celestiales y tabernarias, momentos religiosos y episodios paganos, espiritualidad cristiana y sensualidad clásica, visiones medievales y referencias a la Antigüedad grecolatina. Todo ello convierte Mefistofele en una obra excepcionalmente ambiciosa desde el punto de vista cultural y simbólico. Y además, Boito intenta integrar todos esos elementos mediante una escritura musical que mira claramente hacia Richard Wagner, aunque sin abandonar del todo la tradición lírica italiana. La influencia wagneriana puede percibirse: en el gran protagonismo de la orquesta, en la continuidad dramática, en la importancia simbólica del coro, y en la aspiración a construir una gran obra de arte total donde literatura, filosofía y música formen una unidad inseparable. Sin embargo, Boito nunca renuncia completamente al canto italiano. Mefistofele sigue exigiendo grandes voces y mantiene amplios momentos de lirismo heredados de la tradición operística nacional. Precisamente esa mezcla entre ambición intelectual centroeuropea y pasión vocal italiana es uno de los rasgos más fascinantes de la obra. El estreno de Mefistofele tuvo lugar en 1868 en el Teatro alla Scala de Milán y constituyó uno de los grandes escándalos musicales de la Italia del siglo XIX. La obra era demasiado larga, demasiado innovadora y demasiado distinta a lo que el público italiano esperaba entonces. Pensemos que Italia vivía todavía bajo la enorme influencia de la tradición verdiana: una ópera basada fundamentalmente en la fuerza teatral, en la expresividad inmediata de la melodía y en el protagonismo absoluto de la voz. Boito, sin embargo, aspiraba a algo diferente. Su intención era construir un gran drama musical de dimensión filosófica y simbólica, mucho más cercano a ciertas aspiraciones del Romanticismo alemán que a la tradición operística italiana habitual. Por eso en Mefistofele encontramos: grandes masas corales con función dramática, escenas de enorme densidad orquestal, importantes transiciones sin interrupción, un fuerte contenido intelectual, y una concepción de la ópera entendida no solamente como espectáculo vocal, sino como síntesis entre música, literatura y pensamiento filosófico. Todo ello revelaba claramente la influencia de Wagner, cuya música comenzaba entonces a generar intensos debates en toda Europa. Y resulta especialmente interesante recordar que, años después, aquel joven compositor rebelde terminaría convirtiéndose en el gran colaborador literario de Giuseppe Verdi. Boito escribiría los libretos de dos de las últimas obras maestras verdianas: Otello y Falstaff. Paradójicamente, en su juventud había criticado duramente al propio Verdi, al que consideraba representante de una tradición italiana demasiado convencional. Con el tiempo, sin embargo, ambos desarrollaron una colaboración artística extraordinaria. Boito aportó a Verdi refinamiento literario, enorme capacidad de síntesis dramática y una extraordinaria sensibilidad teatral. Muchos estudiosos consideran incluso que sin Boito quizá no habrían existido esas dos obras maestras finales del compositor de Busseto. Pero antes de convertirse en el gran libretista del último Verdi, Arrigo Boito soñó con revolucionar la ópera italiana mediante una obra monumental, filosófica y profundamente moderna: Mefistofeles.

    57 min
  2. MAY 12

    Los diamantes de la corona de Barbieri

    Esta semana nos adentramos en una de las grandes joyas del teatro lírico español del siglo XIX: Los diamantes de la corona, una zarzuela grande estrenada en 1854 que combina intriga política, juego amoroso y un refinado sentido teatral. Su autor, Francisco Asenjo Barbieri, es una figura clave en la consolidación de la zarzuela como género nacional. En esta obra alcanza un equilibrio especialmente logrado entre elegancia musical, ritmo escénico y construcción dramática. La acción nos traslada a la corte portuguesa, donde la desaparición de unas joyas reales desencadena un entramado de sospechas, disfraces y estrategias. Pero más allá del argumento, lo que realmente define esta obra es su juego constante entre apariencia y verdad. Barbieri construye aquí un teatro musical de gran eficacia. Alterna diálogo hablado con números musicales que no interrumpen la acción, sino que la impulsan. Su estilo bebe de la opéra-comique francesa, pero con una identidad propia: melodías claras, ritmo vivo y una caracterización muy precisa de los personajes. La obra se estrenó en el Teatro del Circo con gran éxito, consolidando un modelo de zarzuela elegante, cortesana y teatralmente muy eficaz. Francisco Asenjo Barbieri (Madrid, 1823–1894) fue un compositor, musicólogo, crítico y bibliófilo español, considerado el gran renovador y padre de la zarzuela moderna. Su labor consolidó el teatro lírico nacional y sentó las bases de la identidad musical española del siglo XIX. Aportación al teatro lírico Fue una figura clave en la creación del Teatro de la Zarzuela (1856) y en la definición de la “zarzuela grande”, que incorporaba temas históricos, folclóricos y patrióticos. Jugar con fuego marcó el inicio de su éxito, seguido por títulos como Pan y toros y El barberillo de Lavapiés, una obra maestra que mezcla sátira política y espíritu popular ambientada en el Madrid del siglo XVIII. Legado cultural y musicológico Además de su extensa producción —más de 60 zarzuelas y otras piezas—, Barbieri fue un pionero en la recuperación del patrimonio musical español. Su colección personal, conocida como el “Legado Barbieri”, forma parte de la Biblioteca Nacional de España e incluye manuscritos, partituras y el Cancionero de Palacio, esencial para el estudio de la música renacentista española. Reconocimiento y memoria Miembro de academias y admirado en su tiempo, Barbieri fue símbolo del “madrileñismo” musical y del renacimiento cultural español del XIX. Su bicentenario en 2023 reavivó homenajes y producciones que celebran su legado, confirmando su influencia duradera en la identidad musical ibérica.

    58 min
  3. MAY 5

    El rey León. El musical

    Hablar de El Rey León en la historia del teatro musical contemporáneo es adentrarse en uno de esos raros fenómenos en los que industria, arte y emoción popular convergen de manera casi perfecta. El musical El Rey León se estrenó en 1997 en Broadway, producido por la compañía The Walt Disney Company, y dirigido por una figura absolutamente clave: Julie Taymor. A partir de una película de animación ya mítica —The Lion King de 1994— Disney dio un salto que, en aquel momento, parecía arriesgado: convertir un éxito cinematográfico en una obra teatral de gran formato que no se limitara a reproducir la película, sino que la reinventara. Para comprender el alcance de esta creación, hay que situarse en los años 90, cuando Broadway atravesaba un momento de renovación estética. Disney ya había probado suerte con Beauty and the Beast, pero con El Rey León decidió apostar por algo radicalmente distinto. No se trataba de hacer “teatro para niños”, sino de crear una experiencia escénica universal. Y ahí entra el talento de Julie Taymor, que introdujo elementos del teatro ritual, máscaras, marionetas y una fuerte inspiración en las tradiciones africanas. El resultado fue una revolución visual que transformó la manera en la que se concebían los musicales de gran formato. La música, por supuesto, fue otro de los pilares fundamentales. Se mantuvieron las composiciones originales de Elton John y Tim Rice, pero se ampliaron con nuevas piezas y, sobre todo, con la aportación del compositor sudafricano Lebo M, cuya influencia otorgó autenticidad sonora al espectáculo. El uso de lenguas africanas, coros tribales y percusión en directo convirtió la partitura en algo mucho más orgánico que el típico musical de Broadway. conviene afinar un poco más porque detrás de El Rey León hay varias capas de autoría que enriquecen muchísimo el discurso del programa. Para empezar, la música no pertenece a un único creador, aunque el gran nombre popular sea Elton John. Él compuso las canciones principales de la película de 1994 —“Can You Feel the Love Tonight”, “Circle of Life”, “Hakuna Matata”…—, pero lo hizo en colaboración estrechísima con el letrista Tim Rice, que venía de trabajar con Andrew Lloyd Webber. Rice aportó algo fundamental: letras con doble lectura, capaces de funcionar tanto para público infantil como adulto. Ahora bien, la banda sonora cinematográfica —la parte instrumental, la que sostiene la emoción dramática— fue obra de Hans Zimmer, uno de los grandes compositores del cine contemporáneo. Zimmer ganó el Oscar por este trabajo, y lo interesante es cómo incorporó influencias africanas reales, no solo una “ambientación exótica”. Aquí entra una figura clave que muchas veces se pasa por alto: Lebo M. Él no solo fue intérprete, sino también arreglista y auténtico arquitecto del sonido coral africano que abre la obra. Ese inicio en zulú de “El ciclo sin fin” es suyo, y sin él, el impacto cultural habría sido mucho menor. En el salto al teatro, estas músicas se expanden. Se añaden nuevos números y se reorganiza la partitura para adaptarse al lenguaje escénico, reforzando el carácter ritual del espectáculo. En cuanto a la creación de la historia cinematográfica, aquí es importante desmontar un pequeño mito: El Rey León no es una adaptación directa de Hamlet, sino una historia original desarrollada dentro de The Walt Disney Company. Los principales responsables del guion fueron Irene Mecchi, Jonathan Roberts y Linda Woolverton. Eso sí, durante el desarrollo del proyecto, los propios creadores reconocieron influencias estructurales claras de William Shakespeare. La relación entre Simba, Mufasa y Scar recuerda inevitablemente a Hamlet, el rey asesinado y el tío usurpador. Pero también hay otras referencias menos evidentes: algunos estudiosos han señalado paralelismos con relatos bíblicos como la historia de José, e incluso con narrativas clásicas del “viaje del héroe” descritas por Joseph Campbell. Además, en las primeras fases del proyecto, Disney buscaba una historia completamente original ambientada en África, algo poco habitual en su catálogo hasta entonces. De hecho, el equipo creativo viajó al continente africano para documentarse, lo que influyó tanto en la estética como en la música y la construcción simbólica del relato.

    57 min
  4. APR 29

    La coronación de Popea de Claudio Monteverdi

    La coronación de Poppea está basada en los hechos históricos del emperador romano Nerón y su relación fuera de matrimonio con Poppea. Las fuentes seleccionadas por Busenello para la realización del libreto fueron: Tácito, libro XIV, Suetonio y tal vez también Séneca. Esta ópera cuenta con un prólogo y tres actos, y cuenta con una duración aproximada de tres horas y treinta minutos. Tiene 17 personajes, y los más importantes son: Título original: L’incoronazione di Poppea (II Nerone). Personajes: Nerón, emperador de Roma (tenor); Octavia, su esposa (soprano o mezzosoprano); Popea (soprano); Otón (contratenor o barítono); Séneca (bajo barítono); Fortuna, diosa del destino (soprano); la Virtud (soprano); el Amor (mezzosoprano); Palas Atenea (soprano); Mercurio (tenor); criados de Octavia, criadas de Popea; compañeros de banquete de Nerón; soldados, discípulos de Séneca, pueblo, etc. La Fortuna, La Virtud y El Amor son personajes que están presentes en el prólogo, dando un toque mitológico a la obra. Lugar y época: Roma, época de Nerón. Cuando aparece la ópera como una nueva forma vocal, las historias contadas eran basadas en la mitología, ya que los artistas del Renacimiento regresan al esplendor del arte griego. Monteverdi, el padre de la ópera, escribe su primera ópera basada en la leyenda griega de Orfeo; su segunda ópera que se tiene completa, fue basada en la Odisea de Homero. Sin embargo, su tercera y última ópera, La coronación de Poppea, está basada en hechos reales: la historia de amor, traición y ambición de Nerón y Poppea. Dos años después de El regreso de Ulises a la patria, Monteverdi escribe su última ópera, pero esta vez con cambios significativos: el primero de ellos es en la historia, ya que escoge un hecho histórico del Imperio Romano. El segundo cambio es la descripción de los personajes, musicalmente hablando; es decir, crea una música completamente descriptiva y en ella se puede percibir perfectamente las características de cada personaje. Esta fue otra de las grandes aportaciones que hace Monteverdi a la ópera, forma vocal a la cual dio la estructura definitiva y siguió dando aportaciones a este hermoso arte. Monteverdi, que escribió su última ópera con 76 años, fue maestro de capilla de San Marcos de Venecia desde 1613, espacio en el que compondría gran parte de su obra sacra. Esta ciudad y la apertura de sus teatros al público, fueron los motivos que le llevaron a componer sus dos últimas óperas. De los ocho títulos que escribió, solo han llegado hasta nosotros cuatro, L’Arianna y Il ritorno d’Ulisse in patria, existiendo una enorme brecha que podría ayudarnos a entender el desarrollo escénico de Monteverdi y que se ve plasmada en su última creación. La coronación de Poppea es la primera ópera basada en la historia. Los personajes femeninos fueron cantados originalmente por mujeres, ya que en Venecia no se acató la orden del Vaticano de que las mujeres no debían cantar en este tipo de espectáculos. Monteverdi se atreve a escribir una ópera en donde el tema central es el amor triunfante de algo inmoral, y logra plasmar la psicología de los personajes en los sonidos. Claudio Monteverdi demuestra una gran madurez como compositor y se estableció como el más destacado dramaturgo musical de la época, dejando en claro una vez más por qué es el padre de la ópera.

    57 min
  5. APR 14

    El huesped del sevillano de Jacinto Guerrero

    La acción se sitúa en Toledo, a principios del siglo XVII. En la imperial ciudad de Toledo, y a principios del siglo XVII, Juan Luis, un joven pintor de la corte, tiene el encargo del rey para que pinte una Virgen Inmaculada con destino al Real Oratorio. El artista espera encontrar en Toledo la modelo que le sirva para realizar su obra. Conoce a Raquél, mujer de belleza extraordinaria e hija de maese Andrés Munestein e inmediatamente queda prendado de su belleza: es la mujer que busca para su cuadro. El conde don Diego, aprovechando la salida de la joven Raquél de su casa, camino de la iglesia, la hace su prisionera, llevándosela al Mesón del Sevillano, en espera de la ocasión para sacarla de la ciudad. El rapto de Raquel llena de indignación a Juan Luis, que está enamorado de ella. Constancica, moza del mesón, pone al corriente a Rodrigo, criado de Juan Luis, de todo lo que sabe respecto a la situación de Raquel: don Diego y sus secuaces preparan la fuga, huirán de la ciudad llevándose a su víctima. La llegada al mesón de un fraile encargado de transportar en una acémila varios hábitos con destino a su convento, le da la idea a Rodrigo de robar uno y disfrazarse de religioso para no despertar sospechas… La figura de Miguel de Cervantes está presente en el mesón como huésped. Confunde a Constancica con una gran señora disfrazada de fregona, y al darse cuenta de su error, surge en su mente la idea de escribir, como así lo hizo, su novela ejemplar, La ilustre fregona. El pobre Rodrigo es descubierto por el conde y sus hombres, quienes se disponen a apalearle. Es en este momento cuando la justicia llama a la puerta del mesón. Los bandidos se ven descubiertos, y es Rodrigo quien les promete salvarles si le indultan del apaleamiento. Ellos acceden y Rodrigo les hace que se disfracen también de frailes. Así lo hacen, y cuando penetran los corchetes en el mesón, se encuentran con los cinco religiosos, falsos por supuesto, que se disponen a mortificarse como es costumbre en ellos, según indica Rodrigo, quien, cogiendo un vergajo, va atizando vergajazos a uno y otro aventurero, incluido don Diego, hasta hacerles ver las estrellas. Cuando ya se ha cansado de pegar, la entrada de Juan Luis hace ver toda la verdad a los representantes de la ley, que se llevan detenidos a los malhechores. Raquél y Juan Luis ya no se separarán jamás. El pintor hará su obra más completa: pintará el cuadro que el monarca le encargó, pondrá todo su arte al servicio de los deseos reales… y se quedará con la modelo para siempre. El huésped del mesón del Sevillano observa y capta la felicidad de unos y otros y su mente comienza a trabajar: se está incubando una de las más grandes obras literarias que escribiera el Príncipe de los ingenios.

    56 min
  6. MAR 31

    Especial Semana Santa. La música sacra en el repertorio lírico

    La música sacra ha sido uno de los grandes motores de la historia de la música occidental. Durante siglos, la Iglesia —en sus distintas confesiones— fue el principal espacio de creación musical, y en ese contexto nacieron algunas de las obras más importantes del repertorio vocal. A diferencia de otros géneros, la música sacra está directamente vinculada a un texto litúrgico o religioso, lo que condiciona tanto su forma como su lenguaje musical. Sin embargo, especialmente a partir del siglo XVIII, muchos compositores incorporaron a estas obras elementos procedentes de la ópera, dando lugar a un repertorio en el que conviven lo espiritual y lo teatral. En este programa recorremos algunas de esas obras, centradas en la voz solista y el coro, y escritas entre el Barroco y el Romanticismo. El Stabat Mater es una secuencia litúrgica de origen medieval, atribuida tradicionalmente al fraile franciscano Jacopone da Todi, y datada en el siglo XIII. Su texto en latín comienza con las palabras “Stabat Mater dolorosa”, que pueden traducirse como “Estaba la madre dolorosa”. Forma parte de la tradición devocional de la Iglesia y se centra en un episodio muy concreto: la presencia de la Virgen María al pie de la cruz durante la crucifixión de Cristo. A diferencia de otros textos litúrgicos más doctrinales, el Stabat Mater tiene un carácter profundamente meditativo y emocional, ya que invita al creyente a contemplar el sufrimiento de la madre y a participar espiritualmente en ese dolor. El texto se estructura en una serie de estrofas que desarrollan esta idea desde distintos puntos de vista. En las primeras, se describe la escena: María de pie junto a la cruz, sufriendo ante la muerte de su hijo. En las siguientes, el texto se convierte en una oración directa, en la que el fiel pide compartir ese sufrimiento como forma de acercarse a la redención. Finalmente, concluye con una petición de salvación y de acceso a la gloria eterna. Desde el punto de vista litúrgico, el Stabat Mater se asocia especialmente a las celebraciones de la Semana Santa, y en particular a la festividad de Nuestra Señora de los Dolores. A lo largo de la historia, numerosos compositores han puesto música a este texto, desde el Renacimiento hasta la actualidad, lo que ha dado lugar a versiones muy diferentes entre sí, tanto en estilo como en dimensiones. Dos de las más conocidas son precisamente las que vamos a escuchar hoy, separadas por más de un siglo y representativas de dos momentos muy distintos en la evolución del lenguaje musical. El término Requiem procede de la primera palabra del texto latino “Requiem aeternam dona eis, Domine”, que significa “Concédeles el descanso eterno, Señor”. Se trata, por tanto, de la misa de difuntos dentro de la liturgia de la Iglesia católica. A diferencia de otras celebraciones litúrgicas, el réquiem tiene una estructura específica que incluye textos propios, como el Introitus, el Kyrie, la secuencia del Dies Irae, el Offertorium, el Sanctus, el Agnus Dei y la Communio. Uno de los elementos más característicos es precisamente el Dies Irae, un extenso poema medieval que describe el día del Juicio Final con imágenes muy vívidas: la resurrección de los muertos, la rendición de cuentas y la salvación o condena de las almas. Desde el punto de vista musical, el réquiem ha sido uno de los géneros más importantes de la música sacra, especialmente a partir del siglo XVIII, cuando comienza a desarrollarse en formato de concierto, con grandes fuerzas corales y orquestales. Sin embargo, no todos los compositores han tratado este texto de la misma manera. Mientras algunos, como Mozart o Verdi, siguen de cerca la estructura litúrgica tradicional, otros, como Brahms, optan por reinterpretar el concepto desde una perspectiva más libre, seleccionando textos y orientando la obra hacia una función distinta. Dentro de la música sacra luterana, uno de los géneros más importantes es la Pasión. La Pasión es una obra musical que narra los acontecimientos de la Pasión de Cristo, es decir, los episodios que van desde la Última Cena hasta la crucifixión y muerte, según los relatos de los Evangelios. En el contexto de la iglesia luterana alemana del siglo XVIII, estas obras formaban parte de la liturgia de la Semana Santa, y se interpretaban principalmente el Viernes Santo. Su función no era únicamente narrativa, sino también meditativa, ya que combinaban la lectura del Evangelio con comentarios poéticos y musicales que invitaban a la reflexión del fiel. Desde el punto de vista estructural, la Pasión se articula en varios niveles. Por un lado, el relato evangélico, que suele estar confiado a un tenor —el llamado Evangelista— que canta en estilo recitativo. Por otro, los personajes individuales, como Cristo, Pedro o Pilatos, que intervienen también en recitativos. A esto se añaden las arias, que no forman parte directa del texto bíblico, sino que funcionan como comentarios poéticos que detienen la acción para reflexionar sobre lo sucedido. Finalmente, los corales luteranos, que eran melodías conocidas por la congregación, refuerzan el carácter comunitario de la obra. Johann Sebastian Bach, nacido en 1685, desarrolló la mayor parte de su carrera en Leipzig, donde ejerció como cantor de la iglesia de Santo Tomás. Allí compuso varias Pasiones, aunque solo se conservan completas dos de ellas: la Pasión según San Juan, estrenada en 1724, y la Pasión según San Mateo, presentada en 1727. Para cerrar el programa, nos encontramos con un género diferente, aunque también vinculado a la música religiosa: el oratorio. El oratorio surge en el siglo XVII, especialmente en Italia, como una forma musical destinada a la interpretación en espacios no teatrales, pero que comparte muchos elementos con la ópera. Al igual que ésta, el oratorio utiliza solistas, coro y orquesta, y se articula a través de arias, recitativos y números corales. Sin embargo, a diferencia de la ópera, no hay escenificación, vestuario ni acción dramática representada. El contenido del oratorio es habitualmente religioso, y su función original estaba vinculada a la reflexión espiritual más que al entretenimiento teatral, aunque con el tiempo también se integró plenamente en el ámbito del concierto. En el caso del Messiah de Händel, nos encontramos con una obra particular dentro del género, ya que no presenta una narración dramática continua, sino una serie de reflexiones musicales sobre la figura de Cristo, construidas a partir de textos bíblicos. El coro adquiere aquí un papel central, no solo como elemento de participación colectiva, sino también como eje estructural de la obra.

    57 min
  7. MAR 24

    Orfeo en los infiernos de J. Offenbach

    Para entender Orfeo en los infiernos, hay que situarse en un momento muy concreto de la historia europea. Estamos en el París del Segundo Imperio, bajo el gobierno de Napoleón III. Es una ciudad en plena transformación: grandes avenidas, vida nocturna, cafés, teatros… y una burguesía que busca, cada vez más, entretenimiento. En ese contexto, la ópera tradicional —la grand opéra francesa— seguía dominando los escenarios con sus grandes historias históricas, sus decorados espectaculares y su tono solemne. Pero al mismo tiempo, empezaba a surgir una necesidad distinta: la de un teatro más cercano, más ligero, más inmediato. Y es ahí donde aparece Jacques Offenbach. Nacido en Colonia en 1819, como Jakob Offenbach, hijo de un cantor judío, se trasladó muy joven a París, donde pronto destacó como violonchelista. Pero Offenbach no quería limitarse a interpretar música: quería crearla… y, sobre todo, quería reinventar el teatro musical. Tras años de dificultades, en 1855 consigue abrir su propio teatro: los Bouffes-Parisiens. Será allí donde desarrolle un nuevo tipo de espectáculo, ágil, satírico y profundamente conectado con su tiempo. Offenbach no inventa la opereta desde cero, pero sí la define, le da forma y la convierte en un fenómeno. Su música combina melodías irresistibles, ritmos vivos y una capacidad extraordinaria para caracterizar situaciones y personajes con rapidez y eficacia. Pero hay algo más importante aún: el humor. Un humor que no es superficial, sino profundamente crítico. Porque Offenbach utiliza la risa como herramienta para cuestionar la sociedad de su tiempo: la hipocresía moral, el poder político, las apariencias burguesas. Y en 1858, con Orphée aux enfers, lleva esta idea al extremo. La obra toma como punto de partida uno de los mitos más nobles de la tradición clásica: el de Orfeo, el músico capaz de descender a los infiernos por amor y conmover incluso a los dioses. Pero Offenbach —junto a sus libretistas, Hector Crémieux y Ludovic Halévy— hace algo completamente inesperado: desmonta el mito pieza a pieza. Orfeo ya no es un héroe romántico, sino un marido mediocre e infeliz. Eurídice no es una esposa fiel, sino una mujer deseosa de escapar. Los dioses del Olimpo no son figuras majestuosas, sino una corte aburrida, caprichosa y ridícula. Y el infierno… el infierno es, paradójicamente, el lugar más alegre de todos. El escándalo fue inmediato. Parte de la crítica acusó a Offenbach de frivolizar la cultura clásica, de atacar los valores establecidos, incluso de corromper el gusto del público. Pero el público respondió de otra manera: con entusiasmo. Orfeo en los infiernos se convirtió en un éxito rotundo, y marcó un antes y un después en la historia del teatro musical. Musicalmente, la obra es un prodigio de ligereza y precisión. Offenbach domina el ritmo teatral como pocos: números breves, contrastes rápidos, melodías pegadizas y una orquestación brillante, siempre al servicio de la escena. Y en medio de todo ello, introduce uno de los momentos más célebres de toda la música: el llamado “Galop infernal”, que el mundo entero conocerá como el can-can. Pero más allá de su fama, lo verdaderamente importante es lo que representa la obra: una nueva forma de entender la música escénica, donde la inteligencia, la ironía y el ritmo sustituyen a la solemnidad. Offenbach no destruye la ópera… pero sí la pone frente a un espejo deformante. Y en ese espejo, la sociedad de su tiempo —y quizá también la nuestra— no siempre sale bien parada.

    58 min
  8. MAR 17

    La donna del lago de Gioachino Rossini

    Hoy les invitamos a viajar a las brumosas tierras de Escocia, entre montañas, lagos y clanes enfrentados. Allí situó Gioachino Rossini una de sus óperas más bellas y menos conocidas: La donna del lago. Rossini nació en 1792 en la ciudad de Pesaro, en la costa adriática italiana. Hijo de músicos —su padre era trompetista y su madre cantante—, desde muy joven vivió rodeado de teatro y de música. Su talento fue extraordinariamente precoz. Con apenas veinte años ya estaba componiendo óperas que se representaban con gran éxito en los teatros italianos, y muy pronto se convirtió en el compositor más famoso de su tiempo. Durante la segunda década del siglo XIX Rossini dominó completamente la escena operística italiana. En apenas unos años escribió obras que hoy siguen siendo pilares del repertorio como Il barbiere di Siviglia, La Cenerentola, L'italiana in Algeri o Tancredi. Rossini poseía un talento melódico excepcional y un sentido teatral muy especial. Sus óperas se reconocen fácilmente por su energía rítmica, por el famoso crescendo rossiniano, y por una escritura vocal extremadamente brillante que exige gran virtuosismo a los cantantes. Pero Rossini no fue únicamente un maestro de la comedia. También cultivó con enorme éxito la ópera seria. Obras como Semiramide, Mosè in Egitto o la que hoy nos ocupa demuestran su capacidad para crear música dramática y de gran intensidad. En 1815 Rossini fue nombrado director musical del prestigioso Teatro San Carlo de Nápoles, uno de los centros operísticos más importantes de Europa. Allí compuso varias de sus partituras más ambiciosas y desarrolló un estilo cada vez más refinado. Hay además un recurso musical muy característico que aparece constantemente en la música de Rossini y que se ha hecho famoso con el nombre de “crescendo rossiniano”. El procedimiento es aparentemente sencillo, pero enormemente eficaz en el teatro. Rossini toma una pequeña idea musical —un motivo rítmico o una breve frase melódica— y la repite varias veces seguidas. Cada repetición añade algo más: primero nuevos instrumentos de la orquesta, después más voces, más intensidad, más energía. La música parece crecer poco a poco, acumulando tensión y entusiasmo, hasta desembocar en un final brillante y explosivo. Este tipo de crescendo produce un efecto irresistible en el público. La emoción va aumentando progresivamente y la escena adquiere una sensación de movimiento y de alegría casi contagiosa. Rossini utilizó este recurso tanto en sus óperas cómicas como en las serias, y con el tiempo se convirtió en una de las señas de identidad más reconocibles de su estilo. Escuchando sus óperas es muy fácil reconocerlo: una melodía que se repite, la orquesta que se hace cada vez más grande… y de pronto, una auténtica explosión de música. Fue precisamente para ese teatro napolitano para el que escribió en 1819 la ópera que hoy nos ocupa: La donna del lago. Esta obra tiene además una importancia histórica especial, porque se inspira en la literatura del novelista escocés Walter Scott, autor que despertó una auténtica fascinación en toda Europa. Gracias a esa influencia literaria, Rossini creó una ópera llena de paisajes evocadores, clanes guerreros y pasiones románticas. Muchos musicólogos consideran que La donna del lago anticipa ya el romanticismo operístico que más tarde desarrollarán compositores como Gaetano Donizetti, Vincenzo Bellini o incluso Giuseppe Verdi. A pesar de su enorme éxito en vida, Rossini sorprendió al mundo cuando decidió retirarse del teatro de ópera siendo todavía relativamente joven. Su última ópera fue Guillaume Tell, estrenada en París en 1829. Después de esa obra monumental, el compositor prácticamente abandonó la ópera y vivió durante décadas dedicado a una vida tranquila entre París y Bolonia, componiendo principalmente música de salón y obras religiosas. Rossini falleció en 1868, convertido ya en una auténtica leyenda musical. Rossini la estrenó en 1819 en el Teatro San Carlo de Nápoles, uno de los templos operísticos de Europa. Pero lo más interesante es que el compositor se inspiró en una obra del gran novelista escocés Walter Scott, autor que fascinó a los románticos del siglo XIX. De hecho, La donna del lago está considerada por muchos historiadores como una de las primeras óperas románticas italianas, con paisajes evocadores, identidades ocultas y amores imposibles entre enemigos. Rossini escribió la partitura pensando en grandes virtuosos del canto, y la ópera exige nada menos que tres grandes papeles de tenor, algo muy poco habitual.

    58 min

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