La Traviata

Radio Popular - Herri Irratia te lleva a casa el apasionante mundo de la ópera, la zarzuela, el teatro musical y mucho más, en La traviata con Margarita Lorenzo de Reizabal. Los martes por la tarde (nuestra maestra) Margarita Lorenzo de Reizabal te conducirá de la mano por los vericuetos de los escenarios líricos para descubrir los secretos de las óperas y zarzuelas, los mejores libretos, las arias más espectaculares y todo lo que debes saber sobre los personajes, las mejores voces del pasado y actuales, los coros de ópera y los compositores. Si te gusta la lírica, La traviata es tu programa de cabecera. Si crees que la ópera no va contigo, descubre la magia del teatro musical con La traviata y contágiate de la pasión por la lírica. Los martes a las 17:00 tienes una cita con el mundo de la ópera y la zarzuela en Radio Popular - Herri Irratia con Margarita Lorenzo de Reizabal en La traviata. ¡Pasión por la lírica!

  1. 23H AGO

    El rey León. El musical

    Hablar de El Rey León en la historia del teatro musical contemporáneo es adentrarse en uno de esos raros fenómenos en los que industria, arte y emoción popular convergen de manera casi perfecta. El musical El Rey León se estrenó en 1997 en Broadway, producido por la compañía The Walt Disney Company, y dirigido por una figura absolutamente clave: Julie Taymor. A partir de una película de animación ya mítica —The Lion King de 1994— Disney dio un salto que, en aquel momento, parecía arriesgado: convertir un éxito cinematográfico en una obra teatral de gran formato que no se limitara a reproducir la película, sino que la reinventara. Para comprender el alcance de esta creación, hay que situarse en los años 90, cuando Broadway atravesaba un momento de renovación estética. Disney ya había probado suerte con Beauty and the Beast, pero con El Rey León decidió apostar por algo radicalmente distinto. No se trataba de hacer “teatro para niños”, sino de crear una experiencia escénica universal. Y ahí entra el talento de Julie Taymor, que introdujo elementos del teatro ritual, máscaras, marionetas y una fuerte inspiración en las tradiciones africanas. El resultado fue una revolución visual que transformó la manera en la que se concebían los musicales de gran formato. La música, por supuesto, fue otro de los pilares fundamentales. Se mantuvieron las composiciones originales de Elton John y Tim Rice, pero se ampliaron con nuevas piezas y, sobre todo, con la aportación del compositor sudafricano Lebo M, cuya influencia otorgó autenticidad sonora al espectáculo. El uso de lenguas africanas, coros tribales y percusión en directo convirtió la partitura en algo mucho más orgánico que el típico musical de Broadway. conviene afinar un poco más porque detrás de El Rey León hay varias capas de autoría que enriquecen muchísimo el discurso del programa. Para empezar, la música no pertenece a un único creador, aunque el gran nombre popular sea Elton John. Él compuso las canciones principales de la película de 1994 —“Can You Feel the Love Tonight”, “Circle of Life”, “Hakuna Matata”…—, pero lo hizo en colaboración estrechísima con el letrista Tim Rice, que venía de trabajar con Andrew Lloyd Webber. Rice aportó algo fundamental: letras con doble lectura, capaces de funcionar tanto para público infantil como adulto. Ahora bien, la banda sonora cinematográfica —la parte instrumental, la que sostiene la emoción dramática— fue obra de Hans Zimmer, uno de los grandes compositores del cine contemporáneo. Zimmer ganó el Oscar por este trabajo, y lo interesante es cómo incorporó influencias africanas reales, no solo una “ambientación exótica”. Aquí entra una figura clave que muchas veces se pasa por alto: Lebo M. Él no solo fue intérprete, sino también arreglista y auténtico arquitecto del sonido coral africano que abre la obra. Ese inicio en zulú de “El ciclo sin fin” es suyo, y sin él, el impacto cultural habría sido mucho menor. En el salto al teatro, estas músicas se expanden. Se añaden nuevos números y se reorganiza la partitura para adaptarse al lenguaje escénico, reforzando el carácter ritual del espectáculo. En cuanto a la creación de la historia cinematográfica, aquí es importante desmontar un pequeño mito: El Rey León no es una adaptación directa de Hamlet, sino una historia original desarrollada dentro de The Walt Disney Company. Los principales responsables del guion fueron Irene Mecchi, Jonathan Roberts y Linda Woolverton. Eso sí, durante el desarrollo del proyecto, los propios creadores reconocieron influencias estructurales claras de William Shakespeare. La relación entre Simba, Mufasa y Scar recuerda inevitablemente a Hamlet, el rey asesinado y el tío usurpador. Pero también hay otras referencias menos evidentes: algunos estudiosos han señalado paralelismos con relatos bíblicos como la historia de José, e incluso con narrativas clásicas del “viaje del héroe” descritas por Joseph Campbell. Además, en las primeras fases del proyecto, Disney buscaba una historia completamente original ambientada en África, algo poco habitual en su catálogo hasta entonces. De hecho, el equipo creativo viajó al continente africano para documentarse, lo que influyó tanto en la estética como en la música y la construcción simbólica del relato.

    57 min
  2. APR 29

    La coronación de Popea de Claudio Monteverdi

    La coronación de Poppea está basada en los hechos históricos del emperador romano Nerón y su relación fuera de matrimonio con Poppea. Las fuentes seleccionadas por Busenello para la realización del libreto fueron: Tácito, libro XIV, Suetonio y tal vez también Séneca. Esta ópera cuenta con un prólogo y tres actos, y cuenta con una duración aproximada de tres horas y treinta minutos. Tiene 17 personajes, y los más importantes son: Título original: L’incoronazione di Poppea (II Nerone). Personajes: Nerón, emperador de Roma (tenor); Octavia, su esposa (soprano o mezzosoprano); Popea (soprano); Otón (contratenor o barítono); Séneca (bajo barítono); Fortuna, diosa del destino (soprano); la Virtud (soprano); el Amor (mezzosoprano); Palas Atenea (soprano); Mercurio (tenor); criados de Octavia, criadas de Popea; compañeros de banquete de Nerón; soldados, discípulos de Séneca, pueblo, etc. La Fortuna, La Virtud y El Amor son personajes que están presentes en el prólogo, dando un toque mitológico a la obra. Lugar y época: Roma, época de Nerón. Cuando aparece la ópera como una nueva forma vocal, las historias contadas eran basadas en la mitología, ya que los artistas del Renacimiento regresan al esplendor del arte griego. Monteverdi, el padre de la ópera, escribe su primera ópera basada en la leyenda griega de Orfeo; su segunda ópera que se tiene completa, fue basada en la Odisea de Homero. Sin embargo, su tercera y última ópera, La coronación de Poppea, está basada en hechos reales: la historia de amor, traición y ambición de Nerón y Poppea. Dos años después de El regreso de Ulises a la patria, Monteverdi escribe su última ópera, pero esta vez con cambios significativos: el primero de ellos es en la historia, ya que escoge un hecho histórico del Imperio Romano. El segundo cambio es la descripción de los personajes, musicalmente hablando; es decir, crea una música completamente descriptiva y en ella se puede percibir perfectamente las características de cada personaje. Esta fue otra de las grandes aportaciones que hace Monteverdi a la ópera, forma vocal a la cual dio la estructura definitiva y siguió dando aportaciones a este hermoso arte. Monteverdi, que escribió su última ópera con 76 años, fue maestro de capilla de San Marcos de Venecia desde 1613, espacio en el que compondría gran parte de su obra sacra. Esta ciudad y la apertura de sus teatros al público, fueron los motivos que le llevaron a componer sus dos últimas óperas. De los ocho títulos que escribió, solo han llegado hasta nosotros cuatro, L’Arianna y Il ritorno d’Ulisse in patria, existiendo una enorme brecha que podría ayudarnos a entender el desarrollo escénico de Monteverdi y que se ve plasmada en su última creación. La coronación de Poppea es la primera ópera basada en la historia. Los personajes femeninos fueron cantados originalmente por mujeres, ya que en Venecia no se acató la orden del Vaticano de que las mujeres no debían cantar en este tipo de espectáculos. Monteverdi se atreve a escribir una ópera en donde el tema central es el amor triunfante de algo inmoral, y logra plasmar la psicología de los personajes en los sonidos. Claudio Monteverdi demuestra una gran madurez como compositor y se estableció como el más destacado dramaturgo musical de la época, dejando en claro una vez más por qué es el padre de la ópera.

    57 min
  3. APR 14

    El huesped del sevillano de Jacinto Guerrero

    La acción se sitúa en Toledo, a principios del siglo XVII. En la imperial ciudad de Toledo, y a principios del siglo XVII, Juan Luis, un joven pintor de la corte, tiene el encargo del rey para que pinte una Virgen Inmaculada con destino al Real Oratorio. El artista espera encontrar en Toledo la modelo que le sirva para realizar su obra. Conoce a Raquél, mujer de belleza extraordinaria e hija de maese Andrés Munestein e inmediatamente queda prendado de su belleza: es la mujer que busca para su cuadro. El conde don Diego, aprovechando la salida de la joven Raquél de su casa, camino de la iglesia, la hace su prisionera, llevándosela al Mesón del Sevillano, en espera de la ocasión para sacarla de la ciudad. El rapto de Raquel llena de indignación a Juan Luis, que está enamorado de ella. Constancica, moza del mesón, pone al corriente a Rodrigo, criado de Juan Luis, de todo lo que sabe respecto a la situación de Raquel: don Diego y sus secuaces preparan la fuga, huirán de la ciudad llevándose a su víctima. La llegada al mesón de un fraile encargado de transportar en una acémila varios hábitos con destino a su convento, le da la idea a Rodrigo de robar uno y disfrazarse de religioso para no despertar sospechas… La figura de Miguel de Cervantes está presente en el mesón como huésped. Confunde a Constancica con una gran señora disfrazada de fregona, y al darse cuenta de su error, surge en su mente la idea de escribir, como así lo hizo, su novela ejemplar, La ilustre fregona. El pobre Rodrigo es descubierto por el conde y sus hombres, quienes se disponen a apalearle. Es en este momento cuando la justicia llama a la puerta del mesón. Los bandidos se ven descubiertos, y es Rodrigo quien les promete salvarles si le indultan del apaleamiento. Ellos acceden y Rodrigo les hace que se disfracen también de frailes. Así lo hacen, y cuando penetran los corchetes en el mesón, se encuentran con los cinco religiosos, falsos por supuesto, que se disponen a mortificarse como es costumbre en ellos, según indica Rodrigo, quien, cogiendo un vergajo, va atizando vergajazos a uno y otro aventurero, incluido don Diego, hasta hacerles ver las estrellas. Cuando ya se ha cansado de pegar, la entrada de Juan Luis hace ver toda la verdad a los representantes de la ley, que se llevan detenidos a los malhechores. Raquél y Juan Luis ya no se separarán jamás. El pintor hará su obra más completa: pintará el cuadro que el monarca le encargó, pondrá todo su arte al servicio de los deseos reales… y se quedará con la modelo para siempre. El huésped del mesón del Sevillano observa y capta la felicidad de unos y otros y su mente comienza a trabajar: se está incubando una de las más grandes obras literarias que escribiera el Príncipe de los ingenios.

    56 min
  4. MAR 31

    Especial Semana Santa. La música sacra en el repertorio lírico

    La música sacra ha sido uno de los grandes motores de la historia de la música occidental. Durante siglos, la Iglesia —en sus distintas confesiones— fue el principal espacio de creación musical, y en ese contexto nacieron algunas de las obras más importantes del repertorio vocal. A diferencia de otros géneros, la música sacra está directamente vinculada a un texto litúrgico o religioso, lo que condiciona tanto su forma como su lenguaje musical. Sin embargo, especialmente a partir del siglo XVIII, muchos compositores incorporaron a estas obras elementos procedentes de la ópera, dando lugar a un repertorio en el que conviven lo espiritual y lo teatral. En este programa recorremos algunas de esas obras, centradas en la voz solista y el coro, y escritas entre el Barroco y el Romanticismo. El Stabat Mater es una secuencia litúrgica de origen medieval, atribuida tradicionalmente al fraile franciscano Jacopone da Todi, y datada en el siglo XIII. Su texto en latín comienza con las palabras “Stabat Mater dolorosa”, que pueden traducirse como “Estaba la madre dolorosa”. Forma parte de la tradición devocional de la Iglesia y se centra en un episodio muy concreto: la presencia de la Virgen María al pie de la cruz durante la crucifixión de Cristo. A diferencia de otros textos litúrgicos más doctrinales, el Stabat Mater tiene un carácter profundamente meditativo y emocional, ya que invita al creyente a contemplar el sufrimiento de la madre y a participar espiritualmente en ese dolor. El texto se estructura en una serie de estrofas que desarrollan esta idea desde distintos puntos de vista. En las primeras, se describe la escena: María de pie junto a la cruz, sufriendo ante la muerte de su hijo. En las siguientes, el texto se convierte en una oración directa, en la que el fiel pide compartir ese sufrimiento como forma de acercarse a la redención. Finalmente, concluye con una petición de salvación y de acceso a la gloria eterna. Desde el punto de vista litúrgico, el Stabat Mater se asocia especialmente a las celebraciones de la Semana Santa, y en particular a la festividad de Nuestra Señora de los Dolores. A lo largo de la historia, numerosos compositores han puesto música a este texto, desde el Renacimiento hasta la actualidad, lo que ha dado lugar a versiones muy diferentes entre sí, tanto en estilo como en dimensiones. Dos de las más conocidas son precisamente las que vamos a escuchar hoy, separadas por más de un siglo y representativas de dos momentos muy distintos en la evolución del lenguaje musical. El término Requiem procede de la primera palabra del texto latino “Requiem aeternam dona eis, Domine”, que significa “Concédeles el descanso eterno, Señor”. Se trata, por tanto, de la misa de difuntos dentro de la liturgia de la Iglesia católica. A diferencia de otras celebraciones litúrgicas, el réquiem tiene una estructura específica que incluye textos propios, como el Introitus, el Kyrie, la secuencia del Dies Irae, el Offertorium, el Sanctus, el Agnus Dei y la Communio. Uno de los elementos más característicos es precisamente el Dies Irae, un extenso poema medieval que describe el día del Juicio Final con imágenes muy vívidas: la resurrección de los muertos, la rendición de cuentas y la salvación o condena de las almas. Desde el punto de vista musical, el réquiem ha sido uno de los géneros más importantes de la música sacra, especialmente a partir del siglo XVIII, cuando comienza a desarrollarse en formato de concierto, con grandes fuerzas corales y orquestales. Sin embargo, no todos los compositores han tratado este texto de la misma manera. Mientras algunos, como Mozart o Verdi, siguen de cerca la estructura litúrgica tradicional, otros, como Brahms, optan por reinterpretar el concepto desde una perspectiva más libre, seleccionando textos y orientando la obra hacia una función distinta. Dentro de la música sacra luterana, uno de los géneros más importantes es la Pasión. La Pasión es una obra musical que narra los acontecimientos de la Pasión de Cristo, es decir, los episodios que van desde la Última Cena hasta la crucifixión y muerte, según los relatos de los Evangelios. En el contexto de la iglesia luterana alemana del siglo XVIII, estas obras formaban parte de la liturgia de la Semana Santa, y se interpretaban principalmente el Viernes Santo. Su función no era únicamente narrativa, sino también meditativa, ya que combinaban la lectura del Evangelio con comentarios poéticos y musicales que invitaban a la reflexión del fiel. Desde el punto de vista estructural, la Pasión se articula en varios niveles. Por un lado, el relato evangélico, que suele estar confiado a un tenor —el llamado Evangelista— que canta en estilo recitativo. Por otro, los personajes individuales, como Cristo, Pedro o Pilatos, que intervienen también en recitativos. A esto se añaden las arias, que no forman parte directa del texto bíblico, sino que funcionan como comentarios poéticos que detienen la acción para reflexionar sobre lo sucedido. Finalmente, los corales luteranos, que eran melodías conocidas por la congregación, refuerzan el carácter comunitario de la obra. Johann Sebastian Bach, nacido en 1685, desarrolló la mayor parte de su carrera en Leipzig, donde ejerció como cantor de la iglesia de Santo Tomás. Allí compuso varias Pasiones, aunque solo se conservan completas dos de ellas: la Pasión según San Juan, estrenada en 1724, y la Pasión según San Mateo, presentada en 1727. Para cerrar el programa, nos encontramos con un género diferente, aunque también vinculado a la música religiosa: el oratorio. El oratorio surge en el siglo XVII, especialmente en Italia, como una forma musical destinada a la interpretación en espacios no teatrales, pero que comparte muchos elementos con la ópera. Al igual que ésta, el oratorio utiliza solistas, coro y orquesta, y se articula a través de arias, recitativos y números corales. Sin embargo, a diferencia de la ópera, no hay escenificación, vestuario ni acción dramática representada. El contenido del oratorio es habitualmente religioso, y su función original estaba vinculada a la reflexión espiritual más que al entretenimiento teatral, aunque con el tiempo también se integró plenamente en el ámbito del concierto. En el caso del Messiah de Händel, nos encontramos con una obra particular dentro del género, ya que no presenta una narración dramática continua, sino una serie de reflexiones musicales sobre la figura de Cristo, construidas a partir de textos bíblicos. El coro adquiere aquí un papel central, no solo como elemento de participación colectiva, sino también como eje estructural de la obra.

    57 min
  5. MAR 24

    Orfeo en los infiernos de J. Offenbach

    Para entender Orfeo en los infiernos, hay que situarse en un momento muy concreto de la historia europea. Estamos en el París del Segundo Imperio, bajo el gobierno de Napoleón III. Es una ciudad en plena transformación: grandes avenidas, vida nocturna, cafés, teatros… y una burguesía que busca, cada vez más, entretenimiento. En ese contexto, la ópera tradicional —la grand opéra francesa— seguía dominando los escenarios con sus grandes historias históricas, sus decorados espectaculares y su tono solemne. Pero al mismo tiempo, empezaba a surgir una necesidad distinta: la de un teatro más cercano, más ligero, más inmediato. Y es ahí donde aparece Jacques Offenbach. Nacido en Colonia en 1819, como Jakob Offenbach, hijo de un cantor judío, se trasladó muy joven a París, donde pronto destacó como violonchelista. Pero Offenbach no quería limitarse a interpretar música: quería crearla… y, sobre todo, quería reinventar el teatro musical. Tras años de dificultades, en 1855 consigue abrir su propio teatro: los Bouffes-Parisiens. Será allí donde desarrolle un nuevo tipo de espectáculo, ágil, satírico y profundamente conectado con su tiempo. Offenbach no inventa la opereta desde cero, pero sí la define, le da forma y la convierte en un fenómeno. Su música combina melodías irresistibles, ritmos vivos y una capacidad extraordinaria para caracterizar situaciones y personajes con rapidez y eficacia. Pero hay algo más importante aún: el humor. Un humor que no es superficial, sino profundamente crítico. Porque Offenbach utiliza la risa como herramienta para cuestionar la sociedad de su tiempo: la hipocresía moral, el poder político, las apariencias burguesas. Y en 1858, con Orphée aux enfers, lleva esta idea al extremo. La obra toma como punto de partida uno de los mitos más nobles de la tradición clásica: el de Orfeo, el músico capaz de descender a los infiernos por amor y conmover incluso a los dioses. Pero Offenbach —junto a sus libretistas, Hector Crémieux y Ludovic Halévy— hace algo completamente inesperado: desmonta el mito pieza a pieza. Orfeo ya no es un héroe romántico, sino un marido mediocre e infeliz. Eurídice no es una esposa fiel, sino una mujer deseosa de escapar. Los dioses del Olimpo no son figuras majestuosas, sino una corte aburrida, caprichosa y ridícula. Y el infierno… el infierno es, paradójicamente, el lugar más alegre de todos. El escándalo fue inmediato. Parte de la crítica acusó a Offenbach de frivolizar la cultura clásica, de atacar los valores establecidos, incluso de corromper el gusto del público. Pero el público respondió de otra manera: con entusiasmo. Orfeo en los infiernos se convirtió en un éxito rotundo, y marcó un antes y un después en la historia del teatro musical. Musicalmente, la obra es un prodigio de ligereza y precisión. Offenbach domina el ritmo teatral como pocos: números breves, contrastes rápidos, melodías pegadizas y una orquestación brillante, siempre al servicio de la escena. Y en medio de todo ello, introduce uno de los momentos más célebres de toda la música: el llamado “Galop infernal”, que el mundo entero conocerá como el can-can. Pero más allá de su fama, lo verdaderamente importante es lo que representa la obra: una nueva forma de entender la música escénica, donde la inteligencia, la ironía y el ritmo sustituyen a la solemnidad. Offenbach no destruye la ópera… pero sí la pone frente a un espejo deformante. Y en ese espejo, la sociedad de su tiempo —y quizá también la nuestra— no siempre sale bien parada.

    58 min
  6. MAR 17

    La donna del lago de Gioachino Rossini

    Hoy les invitamos a viajar a las brumosas tierras de Escocia, entre montañas, lagos y clanes enfrentados. Allí situó Gioachino Rossini una de sus óperas más bellas y menos conocidas: La donna del lago. Rossini nació en 1792 en la ciudad de Pesaro, en la costa adriática italiana. Hijo de músicos —su padre era trompetista y su madre cantante—, desde muy joven vivió rodeado de teatro y de música. Su talento fue extraordinariamente precoz. Con apenas veinte años ya estaba componiendo óperas que se representaban con gran éxito en los teatros italianos, y muy pronto se convirtió en el compositor más famoso de su tiempo. Durante la segunda década del siglo XIX Rossini dominó completamente la escena operística italiana. En apenas unos años escribió obras que hoy siguen siendo pilares del repertorio como Il barbiere di Siviglia, La Cenerentola, L'italiana in Algeri o Tancredi. Rossini poseía un talento melódico excepcional y un sentido teatral muy especial. Sus óperas se reconocen fácilmente por su energía rítmica, por el famoso crescendo rossiniano, y por una escritura vocal extremadamente brillante que exige gran virtuosismo a los cantantes. Pero Rossini no fue únicamente un maestro de la comedia. También cultivó con enorme éxito la ópera seria. Obras como Semiramide, Mosè in Egitto o la que hoy nos ocupa demuestran su capacidad para crear música dramática y de gran intensidad. En 1815 Rossini fue nombrado director musical del prestigioso Teatro San Carlo de Nápoles, uno de los centros operísticos más importantes de Europa. Allí compuso varias de sus partituras más ambiciosas y desarrolló un estilo cada vez más refinado. Hay además un recurso musical muy característico que aparece constantemente en la música de Rossini y que se ha hecho famoso con el nombre de “crescendo rossiniano”. El procedimiento es aparentemente sencillo, pero enormemente eficaz en el teatro. Rossini toma una pequeña idea musical —un motivo rítmico o una breve frase melódica— y la repite varias veces seguidas. Cada repetición añade algo más: primero nuevos instrumentos de la orquesta, después más voces, más intensidad, más energía. La música parece crecer poco a poco, acumulando tensión y entusiasmo, hasta desembocar en un final brillante y explosivo. Este tipo de crescendo produce un efecto irresistible en el público. La emoción va aumentando progresivamente y la escena adquiere una sensación de movimiento y de alegría casi contagiosa. Rossini utilizó este recurso tanto en sus óperas cómicas como en las serias, y con el tiempo se convirtió en una de las señas de identidad más reconocibles de su estilo. Escuchando sus óperas es muy fácil reconocerlo: una melodía que se repite, la orquesta que se hace cada vez más grande… y de pronto, una auténtica explosión de música. Fue precisamente para ese teatro napolitano para el que escribió en 1819 la ópera que hoy nos ocupa: La donna del lago. Esta obra tiene además una importancia histórica especial, porque se inspira en la literatura del novelista escocés Walter Scott, autor que despertó una auténtica fascinación en toda Europa. Gracias a esa influencia literaria, Rossini creó una ópera llena de paisajes evocadores, clanes guerreros y pasiones románticas. Muchos musicólogos consideran que La donna del lago anticipa ya el romanticismo operístico que más tarde desarrollarán compositores como Gaetano Donizetti, Vincenzo Bellini o incluso Giuseppe Verdi. A pesar de su enorme éxito en vida, Rossini sorprendió al mundo cuando decidió retirarse del teatro de ópera siendo todavía relativamente joven. Su última ópera fue Guillaume Tell, estrenada en París en 1829. Después de esa obra monumental, el compositor prácticamente abandonó la ópera y vivió durante décadas dedicado a una vida tranquila entre París y Bolonia, componiendo principalmente música de salón y obras religiosas. Rossini falleció en 1868, convertido ya en una auténtica leyenda musical. Rossini la estrenó en 1819 en el Teatro San Carlo de Nápoles, uno de los templos operísticos de Europa. Pero lo más interesante es que el compositor se inspiró en una obra del gran novelista escocés Walter Scott, autor que fascinó a los románticos del siglo XIX. De hecho, La donna del lago está considerada por muchos historiadores como una de las primeras óperas románticas italianas, con paisajes evocadores, identidades ocultas y amores imposibles entre enemigos. Rossini escribió la partitura pensando en grandes virtuosos del canto, y la ópera exige nada menos que tres grandes papeles de tenor, algo muy poco habitual.

    58 min
  7. MAR 10

    La viuda alegre opereta de Franz Lehár

    Franz Lehár nació el 30 de abril de 1870 en la ciudad de Komárom, entonces parte del Imperio austrohúngaro y hoy dividida entre Hungría y Eslovaquia. Su padre, también llamado Franz Lehár, era director de banda militar en el ejército imperial, y esa circunstancia marcaría profundamente el destino musical del hijo. El mundo sonoro que rodeó su infancia no fue el de los teatros de ópera ni el de los salones aristocráticos, sino el de las bandas militares que recorrían las ciudades del imperio tocando marchas, valses y arreglos de música popular. Aquella mezcla de disciplina militar y vitalidad popular proporcionó al joven Lehár un contacto directo con una tradición musical muy viva en la Europa central de finales del siglo XIX, donde las fronteras entre música culta y música popular eran mucho más permeables que hoy. El Imperio austrohúngaro era en aquel momento una compleja estructura política y cultural en la que convivían múltiples pueblos, lenguas y tradiciones. Húngaros, austríacos, checos, eslovacos, croatas o italianos compartían un mismo marco político bajo la dinastía de los Habsburgo. En ese mosaico cultural, la música desempeñaba un papel fundamental como espacio de identidad común. Los valses vieneses de Johann Strauss, las danzas húngaras, las polcas bohemias o las marchas militares circulaban constantemente por teatros, cafés y jardines públicos. Lehár crecería, por tanto, en una atmósfera musical extraordinariamente rica, en la que los estilos nacionales se mezclaban con naturalidad. Su formación académica fue seria y rigurosa. A los once años ingresó en el Conservatorio de Praga, uno de los centros musicales más prestigiosos de Europa central. Allí estudió violín y composición, recibiendo una sólida educación en el repertorio clásico germánico. En el conservatorio entró en contacto con la gran tradición sinfónica centroeuropea, desde Beethoven hasta Brahms, y aprendió las técnicas de orquestación que más tarde aplicaría con gran refinamiento en sus partituras teatrales. Aunque en principio parecía destinado a una carrera como violinista, pronto se inclinó hacia la composición. Al terminar sus estudios comenzó, como su padre, una carrera como director de bandas militares. Durante años dirigió formaciones en diversas ciudades del imperio, entre ellas Trieste, Budapest y Viena. Esta etapa, a menudo considerada secundaria, fue en realidad decisiva para su desarrollo como compositor. Dirigir bandas exigía escribir constantemente arreglos, marchas y piezas de carácter popular, lo que obligaba a dominar la claridad melódica, la eficacia rítmica y la brillantez instrumental. Lehár aprendió a escribir música que comunicara de forma inmediata con el público, una habilidad que más tarde sería fundamental en el teatro musical. A finales del siglo XIX Viena seguía siendo uno de los grandes centros musicales de Europa. Sin embargo, el panorama teatral había cambiado mucho respecto a la época dorada de Johann Strauss. La llamada opereta vienesa, que había alcanzado su apogeo en las décadas de 1860 y 1870, parecía haber entrado en un cierto agotamiento. Las obras de Strauss o de Offenbach habían establecido un modelo basado en el ingenio satírico, el ritmo de danza y el espíritu festivo, pero hacia el cambio de siglo ese modelo comenzaba a parecer repetitivo. El público buscaba nuevas emociones, y el teatro musical debía adaptarse a una sensibilidad distinta. Fue en ese contexto cuando Lehár decidió orientarse hacia la escena. Sus primeros intentos operísticos no tuvieron demasiado éxito, pero pronto comprendió que su verdadero terreno estaba en la opereta, un género que permitía combinar la elegancia musical con la ligereza dramática. Sus primeras operetas comenzaron a representarse en Viena a comienzos del siglo XX, y poco a poco su nombre empezó a circular en el mundo teatral. Lo que distingue a Lehár dentro de la historia de la opereta es su capacidad para transformar el género. Mientras que la opereta clásica de Offenbach o Strauss se basaba sobre todo en la sátira y el humor, Lehár introdujo una dimensión sentimental mucho más marcada. Sus obras conservan el brillo de la danza y el ingenio teatral, pero incorporan también una vena lírica cercana a la ópera. Las melodías se vuelven más amplias, más cantables, y los personajes adquieren una profundidad emocional que antes no era habitual en la opereta. Esta transformación responde en parte a un cambio general en el gusto del público europeo. A comienzos del siglo XX la cultura urbana experimentaba una cierta nostalgia por el romanticismo. El mundo elegante de los salones y de los bailes seguía fascinando, pero ya estaba teñido de una melancolía que reflejaba las tensiones de la época. Lehár supo captar perfectamente esa sensibilidad. Sus operetas presentan un universo refinado, lleno de uniformes, embajadas y aristócratas, pero siempre atravesado por una emoción sentimental que conecta con el público de forma inmediata. Desde el punto de vista musical, su estilo se caracteriza por una extraordinaria fluidez melódica. Lehár poseía un instinto casi infalible para crear melodías memorables, capaces de instalarse en la memoria del oyente desde la primera audición. A diferencia de muchos compositores de opereta anteriores, cuidó además con especial atención la orquestación. Sus partituras muestran una riqueza instrumental que las acerca a la tradición sinfónica centroeuropea. Los valses, elemento esencial del género, adquieren en sus manos una elegancia y una amplitud casi sinfónicas. Otro rasgo fundamental de su estilo es la integración de influencias culturales diversas. Procedente de una región fronteriza del imperio y formado en un ambiente multicultural, Lehár incorporó a su música elementos húngaros, eslavos y vieneses. En sus partituras aparecen con frecuencia ritmos y giros melódicos asociados a la música centroeuropea, lo que confiere a sus obras un color particular y reconocible. Todo ese proceso culminaría en 1905 con el estreno de la obra que cambiaría la historia de la opereta: La viuda alegre. Cuando Lehár recibió el libreto, basado en una comedia francesa de Henri Meilhac, nadie podía prever que aquella obra se convertiría en uno de los mayores éxitos del teatro musical europeo. La trama gira en torno a la rica viuda Hanna Glawari y a los esfuerzos de la embajada de un pequeño estado balcánico por lograr que se case con un compatriota para evitar que su fortuna salga del país. Bajo esa premisa ligera se desarrolla una historia de amor llena de elegancia, humor y nostalgia. El contexto en el que nace La viuda alegre resulta especialmente significativo. El Imperio austrohúngaro vivía entonces sus últimos años de estabilidad aparente. Bajo la superficie brillante de Viena se acumulaban tensiones políticas y nacionales que acabarían estallando pocos años después con la Primera Guerra Mundial. La opereta de Lehár refleja, en cierto modo, el deseo de prolongar un mundo elegante que empezaba a percibirse como frágil. Los bailes, las embajadas, los uniformes y los valses evocan una sociedad refinada que aún se considera eterna, aunque en realidad esté a punto de desaparecer. También en el plano personal Lehár se encontraba en un momento decisivo. Tras años de trabajo relativamente discreto en el teatro musical, buscaba una obra que consolidara definitivamente su carrera. Con La viuda alegre logró algo más que eso: redefinió el género. La opereta dejó de ser simplemente una comedia ligera para convertirse en un espectáculo musical capaz de combinar humor, romanticismo y una sofisticación musical notable. El estreno tuvo lugar en el Theater an der Wien en diciembre de 1905. El éxito fue inmediato y extraordinario. En pocos años la obra se representaba en toda Europa y en América, traducida a numerosos idiomas. Sus valses y canciones se hicieron populares en cafés, salones y teatros, y el nombre de Lehár se convirtió en sinónimo de la nueva opereta vienesa. Lo que Lehár aportó a la escena lírica fue precisamente esa renovación del género. Supo conservar la tradición de la opereta clásica —su elegancia, su sentido del ritmo, su espíritu festivo— pero añadió una profundidad melódica y emocional que la acercaba a la gran tradición operística. De ese modo creó un puente entre la ligereza del teatro musical y la riqueza expresiva de la ópera. Por esa razón, La viuda alegre no es solo una opereta de éxito, sino un verdadero símbolo cultural de la Viena de comienzos del siglo XX. En sus melodías se escucha el eco de un imperio multicultural, de una sociedad fascinada por el baile y la elegancia, y también la nostalgia de un mundo que estaba a punto de desaparecer. Y en el centro de todo ello aparece la figura de Franz Lehár, un compositor formado en la tradición centroeuropea que supo transformar la opereta en un arte refinado y profundamente comunicativo, capaz de conquistar al público de todo el mundo.

    57 min
  8. FEB 24

    Eugene Onegin de Pyotr Ilyich Tchaikovsky

    Compositor: Piotr Ilich Chaikovski Libretista: Konstantin Shilovski y el propio Chaikovski Estreno: 29 de marzo de 1879 (Teatro del Conservatorio de Moscú) Idioma original: Ruso Basada en: “Eugene Onegin” de Aleksandr Pushkin Hoy vamos a situarnos en la Rusia del siglo XIX para entender mejor quién era Piotr Ilich Chaikovski y qué lugar ocupa en la historia de la ópera. Nació en 1840, en Vótkinsk, en el seno de una familia acomodada. Su padre era ingeniero de minas y su formación inicial no fue musical, sino jurídica. De hecho, trabajó como funcionario del Ministerio de Justicia antes de ingresar en el recién creado Conservatorio de San Petersburgo, donde estudió con Anton Rubinstein. Es importante recordar este dato: Chaikovski pertenece a la primera generación de compositores rusos formados académicamente en un conservatorio al estilo europeo. No fue un autodidacta ni un nacionalista radical. En aquella época convivían en Rusia dos tendencias musicales. Por un lado, el llamado “Grupo de los Cinco” —Balákirev, Cui, Músorgski, Borodín y Rimski-Kórsakov— defendía una música fuertemente nacional, inspirada en el folclore y relativamente ajena a las formas occidentales tradicionales. Chaikovski, en cambio, aunque profundamente ruso en sensibilidad, asumió con naturalidad la herencia europea, especialmente la tradición alemana y francesa. Admiraba a Mozart, conocía bien a Beethoven y estaba atento a la ópera italiana. Esa posición intermedia le generó críticas desde ambos lados: para algunos rusos era demasiado occidental; para ciertos europeos, demasiado eslavo. Su carrera fue intensa y breve. Murió en 1893, con apenas 53 años, en circunstancias todavía discutidas —oficialmente por cólera— pocos días después de estrenar su Sexta Sinfonía, la “Patética”. En poco más de veinte años dejó un catálogo amplísimo: seis sinfonías numeradas, conciertos, música de cámara, ballets como El lago de los cisnes o El cascanueces, y diez óperas. En el terreno operístico, Chaikovski no buscó el espectáculo monumental al estilo de la gran ópera francesa, ni el realismo crudo que más tarde caracterizaría al verismo italiano. Tampoco adoptó el sistema de leitmotivs continuos propio de Wagner. Su estilo operístico se caracteriza por la atención al detalle psicológico y por una escritura vocal que privilegia la expresión lírica antes que el virtuosismo brillante. Otra característica fundamental es su interés por la literatura. Varias de sus óperas están basadas en textos de autores rusos de prestigio, especialmente Pushkin. No buscaba argumentos exóticos ni espectaculares, sino historias donde pudiera explorar conflictos interiores: culpa, deseo, frustración, nostalgia. En lugar de centrarse en grandes acontecimientos históricos, prefería retratar individuos enfrentados a decisiones íntimas que cambian su destino. Además, Chaikovski poseía un talento especial para integrar elementos de la vida social rusa —danzas, escenas corales, ambientes campesinos o aristocráticos— dentro de la estructura dramática. Valses, polonesas y canciones populares aparecen con naturalidad, pero no como simple decoración, sino como parte del contexto en el que viven los personajes. En resumen, su escritura operística combina formación académica sólida, sensibilidad melódica muy desarrollada y una atención constante al mundo emocional de sus protagonistas. No es una ópera de grandes efectos externos, sino de conflictos internos expresados con claridad musical. Esa combinación explica por qué sus obras, y especialmente Eugene Onegin, siguen ocupando un lugar central en el repertorio internacional. Entramos ahora directamente en la génesis de Eugene Oneguin. La ópera fue compuesta por Piotr Ilich Chaikovski entre mayo de 1877 y enero de 1878, en un periodo especialmente turbulento de su vida. Ese mismo año contrajo matrimonio con Antonina Miliukova, una antigua alumna que le había declarado su admiración de forma insistente. El matrimonio fue un fracaso casi inmediato y desembocó en una profunda crisis emocional que obligó al compositor a abandonar Moscú y viajar al extranjero durante una temporada para recuperarse. En medio de esa situación personal tan inestable, Chaikovski encontró en la historia de Oneguin un material que conectaba directamente con su propio estado anímico: sentimientos no correspondidos, incomunicación, decisiones equivocadas y arrepentimiento. La idea de convertir la novela en verso de Aleksandr Pushkin en una ópera no partió inicialmente de él, sino de la cantante Yelizaveta Lavróvskaya, que le sugirió el tema. Chaikovski, en un primer momento, consideró que no era un argumento adecuado para la escena lírica, precisamente porque carecía de grandes episodios espectaculares. Sin embargo, esa aparente falta de acción externa terminó por convencerlo. Lo que le interesaba no era la intriga, sino el mundo interior de los personajes. El libreto fue elaborado por el propio compositor junto a Konstantín Shilovski. En lugar de construir una adaptación completa y lineal de la novela, seleccionaron escenas concretas, respetando en muchos casos los versos originales de Pushkin. De ahí que Chaikovski definiera la obra como “escenas líricas” y no como ópera en el sentido tradicional. No hay una continuidad narrativa cerrada, sino episodios que muestran momentos decisivos en la vida de los personajes. La partitura revela varias características que la distinguen dentro del repertorio operístico del siglo XIX. En primer lugar, la estructura dramática evita el esquema rígido de aria-recitado-cabaletta propio de la tradición italiana. Los números musicales surgen de manera orgánica dentro del desarrollo escénico. Existen momentos claramente delimitados —como la escena de la carta de Tatiana o el aria de Lenski antes del duelo—, pero no están concebidos como piezas de lucimiento aisladas, sino como culminaciones emocionales dentro de un flujo continuo. El estreno tuvo lugar el 29 de marzo de 1879 en Moscú, en el Teatro Maly del Conservatorio, con estudiantes del Conservatorio de Moscú dirigidos por Nikolái Rubinstein. Chaikovski prefirió este entorno más íntimo antes que un gran teatro imperial, convencido de que la frescura interpretativa era esencial para la obra. La recepción inicial fue respetuosa, aunque no entusiasta. Algunos sectores consideraron que el argumento carecía de la espectacularidad que el público esperaba de una ópera. La consolidación llegó algunos años después. En 1881 se representó en el Teatro Bolshói de Moscú y más tarde en San Petersburgo. A medida que el público fue comprendiendo que no se trataba de una ópera de efectos externos, sino de un drama íntimo, la obra ganó prestigio y terminó convirtiéndose en uno de los pilares del repertorio ruso. En el siglo XX pasó a formar parte estable de los grandes teatros internacionales. En definitiva, Eugene Oneguin nace de una crisis personal, se construye a partir de una de las obras literarias fundamentales de Rusia y se define por su enfoque psicológico y su sobriedad teatral. No busca impresionar por la acción, sino por la verdad emocional. Esa combinación explica que, más de un siglo después de su estreno, siga siendo una de las óperas más representadas del repertorio eslavo.

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