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Populares programas de 4 minutos que comienzan con una anécdota o historia y terminan con una aplicación moral y espiritual. Se han transmitido de lunes a sábado durante más de 40 años. Actualmente se difunden más de 4 mil veces al día en 30 países en la radio, la televisión y la prensa, y ahora via Internet en Conciencia.net.

Un Mensaje a la Conciencia Hermano Pablo y Carlos Rey

    • Spirituality
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Populares programas de 4 minutos que comienzan con una anécdota o historia y terminan con una aplicación moral y espiritual. Se han transmitido de lunes a sábado durante más de 40 años. Actualmente se difunden más de 4 mil veces al día en 30 países en la radio, la televisión y la prensa, y ahora via Internet en Conciencia.net.

    Cinco millones de abejas

    Cinco millones de abejas

    Ya pasada la medianoche en la autopista 95 del estado de Florida, en los Estados Unidos, John Shane estaba por terminar un viaje de ocho horas conduciendo su camión de transporte. De repente ocurrió algo increíble.

    Un conductor borracho que venía de frente cruzó la línea divisoria y se estrelló contra el enorme camión. El borracho se mató en el acto, y John quedó aprisionado entre los hierros de su cabina. Pero eso no era todo.

    Allí aprisionado, John oyó un zumbido aterrador. Él sabía que procedía de la carga que llevaba: nada menos que cinco millones de abejas. Muchas de las cajas se habían roto, y los feroces insectos habían comenzado a invadir su cabina. John sabía que las picaduras podían costarle la vida, pero no podía moverse.

    Alguien que pasaba reportó el accidente, y policías, bomberos, equipos de auxilio y expertos en abejas llegaron en cuestión de minutos.

    El trabajo era doble. Había que controlar los miles de abejas que amenazaban a John mientras lo rescataban de su encierro.

    Tres horas después del accidente, y lleno de picaduras, llevaron a John al hospital. «Un aguijonazo más que le hubieran dado las abejas —concluyeron los médicos—, y este hombre habría muerto intoxicado.»

    Si hay algo que horroriza, es el zumbido de una abeja que revolotea cerca de nuestra cabeza. ¡Qué diremos entonces de cinco millones que quieren meterse en la cabina de nuestro vehículo! ¿Habrá peor angustia?

    Y sin embargo hay abejas que, si bien no se meten en nuestro coche, sí se meten en nuestra vida. No son de las que invadieron la cabina de John Shane, pero pudiera llamárseles abejas como quiera, pues tienen su propio aguijón, y pican e inyectan y envenenan y matan.

    Las tales abejas son las palabras ásperas que con insolencia proferimos. El insulto que el jefe le da a su empleado que le ha servido con lealtad durante muchos años. El ultraje que el padre profiere contra su hijo en momentos de ira irresponsable. El mal genio con que el marido insulta y hiere a su esposa, hasta lo más íntimo. Estas son punzadas que hieren en lo más profundo del alma.

    ¿Qué hacer si nos hemos dado al hábito de ofender e insultar? Si de veras queremos cambiar, comencemos pidiendo perdón, que es lo que más nos hace falta. Jesucristo dijo: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34). Pidámosle a Cristo que cambie nuestro corazón. Él quiere darnos una nueva vida.

    Hermano Pablo
    Un Mensaje a la Conciencia
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    • 4 min
    «Nunca pudiste perdonarme»

    «Nunca pudiste perdonarme»

    «Tengo que confesar que, cuando me enteré hace unos momentos de la muerte de la hija menor de doña Clementina, hacía muchos años que no pensaba en ella. [En] la noticia... del periódico... invita a la ceremonia fúnebre su hermano, porque ella nunca llegó a casarse.

    »... ¡Florinda, Florindita, Florinda! La quise con ese primer amor que nos deja una nostalgia especial en el alma.... ¡Por cuánto tiempo allá en mi juventud acaricié su nombre a solas, entre suspiros! Aún me parece verla, el talle erguido y la mirada brillante, rozando las teclas del piano, arrancando melodías que me llenaban de una emoción que amenazó con romperme el pecho a fuerza de latidos. Y ahora, Florinda está muerta....

    »Doña Clementina... organizó una fiestecita en su casa a la cual estaba invitada toda la juventud. Felipe llegó tarde... y nos fue saludando uno a uno hasta llegar a Florinda, que se le quedó mirando con tal angustia que todos nos dimos cuenta de que algo había pasado entre esos dos que no estaba resuelto aún.... [Por los] celos que me ahogaban... tuve que salir de la casa [para] no dar un espectáculo....

    »Fuimos todos a la finca al día siguiente.... Llegamos allá al río, todos los muchachos dispuestos a bañarnos....

    »... Sólo quería que vieras a Felipe tan ridículo como lo veía yo, un montuno ignorante incapaz de nadar, porque le tenía miedo al agua. ¡Te lo juro, Florinda! Yo no lo empujé al charco como tú creíste. Él se cayó solito de las piedras, y quién sabe cómo se golpeó. ¿No te diste cuenta de que fui el primero en tirarme, cuando noté que no salía? Sentí allá abajo, cerca del fondo, su cuerpo desesperado buscando apoyo, y traté de sacarlo; pero se prensó de mis piernas halándome al abismo cenagoso, y tuve que empujarlo porque yo también me ahogaba. Todos se dieron cuenta de que yo hice un gran esfuerzo por salvarlo, menos tú; escuché tus gritos de espanto cuando logramos sacar el cuerpo frío y sin vida del agua, y vi tus ojos de acusación antes de que te desmayaras....

    »Nunca me contestaste las cartas. Te encerraste en una soledad que nadie pudo llenar, y todos en el pueblo pensaron que te escondiste así por la muerte de tu padre y se olvidaron de aquel verano cuando nos volvimos viejos de repente.

    »Y ahora estás muerta, Florinda, y sé que nunca pudiste perdonarme....

    »Espero que alguno de mis nietos pueda llevarme al entierro de Florinda. Tengo que cumplir con ella aunque sea por última vez.»1

    Así termina el cuento de la doctora Rosa María Britton, ginecóloga, oncóloga y prolífica escritora panameña, al que le puso por título «El primer amor». Se trata de un amor romántico que nunca llegó a ser correspondido, debido a que la mujer amada juzgó con severidad y condenó sin misericordia al hombre que ansiaba manifestárselo. Gracias a Dios, en lo tocante a su amor divino no tenemos que preocuparnos por que Él nos juzgue con severidad por nuestros errores y desatinos, ni mucho menos por nuestros pecados si se los confesamos. Porque Él no envió a su Hijo Jesucristo al mundo a condenarnos sino a salvarnos.2 Tanto es así que, en la hora misma de su muerte por nuestros pecados, Jesús le dijo al Padre que lo había enviado: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»3

    Carlos Rey
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    1
    Rosa María Britton, La muerte tiene dos caras, 3a. ed. (Panamá: Editora Sibauste, 2003), pp. 47‑60.


    2
    Jn 3:16-17; 8:1-11; 1Jn 1:9


    3
    Lc 23:34

    • 4 min
    De cuerpo muerto, nueva vida

    De cuerpo muerto, nueva vida

    No dieron mucha esperanza de vida. El accidente había sido horrible. En las carreteras de Alemania se corre a velocidades exorbitantes y, cuando hay algún choque, es siempre desastroso. Así había sido éste en las cercanías del pueblo de Altdorft, Alemania.

    De tres personas que venían en el automóvil, Marion Ploch fue la única que sobrevivió. Su situación era crítica porque además de haber quedado toda mutilada, traía en el vientre una criatura de tres meses de gestación. Los médicos hicieron todo lo posible por salvarla, pero su cuerpo no resistió.

    Quedaba, entonces, el problema de la criaturita. ¿Podrían salvar al bebé? Había una sola manera: mantener artificialmente con vida el cuerpo de Marion hasta que la criatura naciera.

    Así procedieron. Mantuvieron a la madre con vida hasta que dio a luz por cesárea a su hijito. Para entonces Marion Ploch, aquella madre de dieciocho años de edad, había estado muerta seis meses. Este es otro caso increíble de la ciencia moderna.

    Lo más triste en la vida es ver un sueño morir sólo porque antes de que tiene la oportunidad de nacer, nosotros nos damos por vencidos. Esas son las veces en que, en medio de alguna tragedia, por no seguir la lucha, por no tener fe en nosotros mismos, por no pedirle ayuda a Dios, dejamos de batallar, y lo que pudiera ser fuente de alguna gran obra queda muerto en los escombros de la desilusión.

    Muchas de las obras musicales del gran maestro Ludwig Van Beethoven jamás habrían nacido si el gran maestro de la música le hubiera dado más importancia a su condición física que a su pluma. Fue autor de treinta y dos sonatas, diecisiete cuartetos, nueve sinfonías, varios conciertos y otras muchas obras de una expresión incomparable. ¡Y todo esto mientras luchaba con la pérdida de su oído! Su infortunio era más que suficiente para haber abortado toda vida musical, pero Beethoven no se dio por vencido. Siguió dándole al mundo su arte aun cuando sus oídos estaban muertos.

    De la muerte puede nacer nueva vida. La desventura puede ser fuente de nueva visión. La desgracia puede producir la victoria. No perdamos la fe.

    La lección más grande es la del Calvario. No hubiera habido resurrección sin un Calvario. Y la muerte de Cristo ha sido la vida de millones de personas.

    No perdamos la fe. Levantemos la vista al cielo. Cristo nos tomará de la mano para que crucemos juntos el valle de la desilusión. Él puede y quiere resucitarnos.

    Hermano Pablo
    Un Mensaje a la Conciencia
    www.conciencia.net

    • 4 min
    Infidelidad y cáncer del cerebro

    Infidelidad y cáncer del cerebro

    En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» en nuestro sitio www.conciencia.net. Lo hizo de manera anónima, como pedimos que se haga; así que, a pesar de que no se lo había contado a nadie, nos autorizó a que lo citáramos, como sigue:

    «Tengo sesenta años, y mi esposa cuarenta y cuatro. Hace catorce meses le diagnosticaron cáncer.... La metástasis ha llegado al cerebro. Hace un mes, mientras íbamos a dormir, en un estado de pánico, pensando en la muerte, me confesó que fue infiel hace tres años con un ex novio de su juventud.

    »Me siento consternado. No sé qué hacer. Jamás llegué a pensar que mi esposa sería capaz de eso. Necesito quitar de mi mente todo lo posible que hayan hecho.... No sé cuánto tiempo duraron esos encuentros. Necesito ayuda.»

    Este es el consejo que le dio mi esposa:

    «Estimado amigo:

    »¡Cuánto sentimos la enfermedad de su esposa y la gran pena que están sufriendo los dos! Y claro que comprendemos por qué lo que le reveló su esposa lo ha empeorado todo. Es de esperarse que lo esté afectando mucho emocionalmente.

    »Usted quiere saber cómo dejar de pensar en los encuentros que tuvo su esposa con el otro hombre. El problema es que, cuando tratamos de no pensar en algo, entonces pensamos en eso mucho más. Una táctica más eficaz es la de sustituir los pensamientos mortificantes con pensamientos de otra índole. Cada vez que se sienta alterado mentalmente, esté listo para ocupar la mente en algo distinto. Algunas personas piensan a dónde quisieran ir de vacaciones. Piensan en el lugar turístico, el hotel y las actividades que han de realizar allí. Otras ocupan la mente escuchando, por medio de sus audífonos, un buen libro grabado en audio o un podcast. Y aun otras piensan en las cosas que harían si de repente tuvieran mucho dinero. El llenar la mente de otros pensamientos es la mejor manera de lograr lo que usted desea.

    »Su esposa quería tener la conciencia tranquila, así que le contó su secreto más censurable. Ella deseaba perdón y alivio de la culpa que sentía, pero sólo consiguió causarle a usted más angustia. El único que puede perdonarla y quitar su pecado es Jesucristo. Él murió en la cruz para pagar por todos nuestros pecados. Le ruego que la anime a orar y pedirle a Dios que le perdone todos sus pecados en el nombre de su Hijo Jesucristo. Ella necesita estar preparada para la eternidad, de modo que la muerte no la espante. Uno de los versículos más conocidos de la Biblia nos asegura que, si ponemos nuestra confianza en Cristo, tendremos vida eterna.1 Su esposa puede vivir eternamente en el cielo si decide hacerse seguidora de Cristo.

    »Por supuesto, le recomendamos que también usted se haga seguidor de Cristo. Usted necesita la gracia, la paz y la fortaleza que sólo Cristo puede dar. Y Él puede ayudarle a controlar sus pensamientos. Lo que usted de veras necesita es esa ayuda.»

    Con eso termina lo que recomienda Linda, mi esposa. Este caso y este consejo pueden leerse e imprimirse si se pulsa la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 474.

    Carlos Rey
    Un Mensaje a la Conciencia
    www.conciencia.net



    1
    Jn 3:16

    • 4 min
    «Volarán como águilas»

    «Volarán como águilas»

    (Antevíspera del Día Internacional de las Poblaciones Indígenas)

    Cuentan los indígenas de América del Norte que un guerrero encontró un huevo de águila y lo puso en el nido de un urogallo, ave gallinácea de aquel continente. El aguilucho salió del cascarón con una nidada de polluelos y se crió con ellos. Toda su vida el águila, convencida de que era un urogallo, siguió las costumbres de los urogallos. Escarbó en la tierra en busca de semillas y de insectos para comer, y en la época del celo daba gritos roncos que se parecían al mugido del toro. No llegó a volar a más de un metro de altura. ¿Acaso no volaban así todos los urogallos?

    Pasaron los años y envejeció el águila. Un día vio un ave espléndida que volaba en las alturas del cielo. La mantenían a flote las poderosas corrientes del viento, de modo que atravesaba el firmamento casi sin tener que emplear la fuerza motriz de sus hermosas alas doradas.

    —¡Qué ave tan elegante! —exclamó el águila en presencia de su vecino—. ¿Qué será?

    —Es un águila, el ave más importante de todas. Pero tú ni lo sueñes. Jamás podrás llegar a esas alturas.

    Así que el águila no volvió a pensar en eso. Y así murió, convencida de que era un simple urogallo.

    A diferencia de este triste mito indígena tenemos, en el cuarto Evangelio, la historia del llamamiento de Simón. Sucede que su hermano Andrés lo encuentra y lo lleva a Jesús, quien lo mira fijamente y le dice: «Tú eres Simón, hijo de Juan. Serás llamado Cefas (es decir, Pedro).»1 Ahora bien, Simón sabe que el nombre arameo Cefas, que corresponde al nombre griego Pedro, significa «roca». Así Jesucristo le da a entender que no ve en él lo que es sino lo que puede ser. No ve su estado actual sino las potencialidades de su ser. Le pone por nombre Pedro, que significa «roca», porque tiene fe de que será un hombre fuerte que habrá de influir para bien en la vida de un sinnúmero de personas. Cristo ve en el espejo de Simón lo que Simón mismo es incapaz de ver. Más allá de los tropiezos que Simón habrá de sufrir a causa de sus debilidades, el Maestro de Galilea ve que este discípulo tiene la posibilidad de ser fuerte como una roca.2 Y a pesar de las decisiones lamentables que llevarán a Pedro al extremo de abandonar y negar a su Señor, con una mirada y palabras penetrantes Jesucristo habrá de mostrarle su amor y hacerle ver que a Él sí le gusta lo que ve en Simón Pedro.3

    Al igual que la tuvo con Pedro, Dios tiene fe en cada uno de los que hemos sido creados a su imagen y semejanza. A cambio, Él espera que tengamos fe primeramente en Él y luego en nosotros mismos, es decir, fe en las posibilidades con las que fuimos creados. Así se harán realidad en nosotros las palabras del profeta Isaías: «Los que confían en el Señor... volarán como las águilas.»4

    Carlos Rey
    Un Mensaje a la Conciencia
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    1
    Jn 1:42


    2
    Hch 1:12—12:19; 15:7


    3
    Lc 22:55-62; Jn 21:15-19


    4
    Is 40:31

    • 4 min
    «Para no dañar a mi hija»

    «Para no dañar a mi hija»

    En este mensaje tratamos el caso de un hombre que «descargó su conciencia» en nuestro sitio www.conciencia.net. Lo hizo de manera anónima, como pedimos que se haga; así que, a pesar de que nunca se lo había contado a nadie, nos autorizó a que lo citáramos, como sigue:

    «He pecado. He tocado de manera indebida a mi hija de once años. Me siento muy arrepentido y ya no lo quiero hacer, pero me siento esclavo y no sé cómo dejar de hacerlo. Necesito ayuda porque ya mi mente divaga en tener relaciones íntimas con ella. He pensado en entregarme a la policía para no dañarla, incluso en mutilarme. ¡Ayúdenme! Me siento avergonzado y he avergonzado a Jesucristo.»

    Este es el consejo que le dio mi esposa:

    «Estimado amigo:

    «Es muy serio su caso, así que le rogamos que siga nuestro consejo. Están en juego la salud y el bienestar futuros de su hija. Usted tiene el poder de arruinar la vida de ella, pero también tiene el poder de protegerla.

    »El que haya pensado en entregarse a la policía y hasta en mutilarse demuestra que usted reconoce lo peligrosos y desastrosos que son los pensamientos que está teniendo. Pero reconocer el peligro y estar arrepentido no bastan para proteger a su hija. El hecho de que admita que usted se siente esclavo de sus pensamientos y tentaciones quiere decir que ella sigue corriendo grave peligro.

    »Usted tiene que contarle a su esposa de inmediato y explicarle por qué no puede permanecer en casa con ella y con su hija. Aunque no dejará de ser responsable por ellas y amarlas, usted tiene que vivir en otro lugar y visitarlas únicamente cuando su esposa puede estar a su lado en todo momento.

    »Usted sabe que ha pecado contra Dios, y comprendemos que es probable que le haya dicho lo arrepentido que se siente. Pero aun así es necesario que le pida perdón por este pecado y por todos los demás pecados que usted haya cometido. Él está dispuesto a perdonar cualquier pecado, con tal que usted esté de veras arrepentido y dispuesto a vivir conforme a sus normas divinas en las Sagradas Escrituras.

    »Sin embargo, aunque el perdón de Dios le servirá de ayuda espiritual, Él espera que usted, a pesar de lo difícil que sea, se someta a un tratamiento médico para esas tentaciones peligrosas. Es que, si bien Dios no nos condena por nuestros pecados, sino que los perdona, Él no nos quita las consecuencias naturales de lo que hayamos hecho.

    »Usted tiene que afrontar esas consecuencias de su conducta. Si su esposa cree que lo que usted ha hecho merece recurso judicial, entonces ella pudiera denunciarlo a la policía....

    »La responsabilidad primaria de su esposa es proteger a la hija.... Las mujeres que no defienden a sus hijos e hijas víctimas de abuso sexual llegan a ser tan culpables como los agresores.

    »La víctima en este caso no es usted sino su hija. Mantenga eso presente. ¡Haga lo debido!»

    Con eso termina lo que Linda, mi esposa, recomienda en este caso. El caso completo, que por falta de espacio no pudimos incluir en esta edición, se puede leer si se pulsa la pestaña en www.conciencia.net que dice: «Casos», y luego se busca el Caso 603.

    Carlos Rey
    Un Mensaje a la Conciencia
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    • 4 min

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Jake740 ,

OMG...

ESTA ES UNA BENDICION

PherCh'S ,

No se detengan

Es una bendición que exitan este tipo de mensajes y poder contar con los suficientes medios para poder oír a Dios hablarnos. Solo como sujerencia deberían darle mas publicidad en su página web a este podcast. Gracias de nuevo y que Dios los bendiga.

Em1974 ,

reflexiones

Gracias por eatas hermosas historias realmente lo pone a uno a refleccionar,bendiciones y adelante en el camino del Senor!

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