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Argentina y el dilema del tranvía La ContraCrónica

    • Política

Tres ministros de Economía se han sucedido en Argentina a lo largo del último mes. El día 4 de julio el independiente Martín Guzmán, que llevaba ahí desde la llegada de Alberto Fernández al poder en 2019, presentó su renuncia. Ese mismo día el presidente anunció que su sucesora sería Silvina Batakis, una economista de la casa, que venía de la secretaría de provincias. Batakis no duró mucho en el cargo, justo un mes después, el 3 de agosto, renunció al cargo y fue premiada con la presidencia del Banco Central. Fernández tuvo de nuevo que improvisar y entregó la cartera a Sergio Massa, que venía de presidir la Cámara de Diputados.

Todo este baile de ministros es la cara más visible del recrudecimiento de la crisis económica en Argentina, que no ha hecho más que empeorar a lo largo del presente año. El país ya traía una situación económica muy comprometida desde antes de la pandemia, en 2019, cuando Fernández ganó las elecciones a Mauricio Macri. En aquel momento Argentina ya estaba en crisis, pero los confinamientos, que en este país fueron especialmente duros, el enfriamiento económico subsiguiente y la inestabilidad internacional de este año han llevado al Estado argentino al borde mismo de la bancarrota, una situación que sus gobernantes conocen bien porque Argentina lleva décadas flirteando con la quiebra.

Para evitar el derrumbe, el Gobierno de Alberto Fernández acaba de refinanciar un rescate de 44.000 millones de dólares con el FMI gracias a un acuerdo destinado a evitar eso mismo, que la República presente la suspensión de pagos. Fernández se comprometió a reducir gasto público para cuadrar las cuentas, pero sigue creando dinero por lo que los analistas descuentan que la devaluación del peso irá a más. Con ella, se incrementará la inflación que, de nuevo, ya era alta hace dos años, pero que ahora se ha colocado en niveles insoportables, por encima del 70% interanual. Como consecuencia, los argentinos huyen de su propia moneda y tratan de hacerse con unos dólares cada vez más caros y escasos.

Massa, un político profesional que ya trabajo en la administración de Néstor Kirchner como responsable de la Seguridad Social y luego como jefe de Gabinete de Cristina Fernández de Kirchner se enfrenta a la mayor crisis inflacionaria de los últimos treinta años, a un creciente malestar social y a una crisis dentro del gobierno, ya que el sector izquierdista de la coalición encabezado por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner se opone a los recortes de gasto público que, hoy por hoy, son imprescindibles para estabilizar la economía.

Massa no parece un candidato reformista precisamente. Es poco probable por no decir imposible que sacrifique su propia carrera a sólo un año de las elecciones presidenciales, a las que podría llegar a presentarse como líder del Frente Renovador, uno de los integrantes de la coalición que llevó a la Casa Rosada a Alberto Fernández hace tres años. No sería la primera vez que Massa se lanza a por la presidencia. En 2015 quedó tercero y, aunque no pasó a segunda vuelta, se hizo con el 21% de los votos. Es posible que Massa utilice el ministerio de Economía recrecido con las carteras de Producción y Agricultura como plataforma para convertirse en presidente.

Pero la situación económica es realmente mala. Una cartera como la de Economía hoy en Argentina no es un regalo, es lo más parecido a un potro de tortura. El hartazgo por la perenne crisis alcanza a todas las capas sociales, incluyendo a los que votaron por Alberto Fernández en 2019. No hay espacio, además, para soluciones intermedias. O se cumple con el FMI reduciendo gasto para atender la deuda o el país quebrará ocasionando una crisis como la de 2001, pero en un entorno internacional mucho más enrarecido. Todos lo saben, pero los cálculos políticos a corto plazo podrían pesar más. Argentina se encuentra ante el dilema del tranvía. Habrá víctimas,

Tres ministros de Economía se han sucedido en Argentina a lo largo del último mes. El día 4 de julio el independiente Martín Guzmán, que llevaba ahí desde la llegada de Alberto Fernández al poder en 2019, presentó su renuncia. Ese mismo día el presidente anunció que su sucesora sería Silvina Batakis, una economista de la casa, que venía de la secretaría de provincias. Batakis no duró mucho en el cargo, justo un mes después, el 3 de agosto, renunció al cargo y fue premiada con la presidencia del Banco Central. Fernández tuvo de nuevo que improvisar y entregó la cartera a Sergio Massa, que venía de presidir la Cámara de Diputados.

Todo este baile de ministros es la cara más visible del recrudecimiento de la crisis económica en Argentina, que no ha hecho más que empeorar a lo largo del presente año. El país ya traía una situación económica muy comprometida desde antes de la pandemia, en 2019, cuando Fernández ganó las elecciones a Mauricio Macri. En aquel momento Argentina ya estaba en crisis, pero los confinamientos, que en este país fueron especialmente duros, el enfriamiento económico subsiguiente y la inestabilidad internacional de este año han llevado al Estado argentino al borde mismo de la bancarrota, una situación que sus gobernantes conocen bien porque Argentina lleva décadas flirteando con la quiebra.

Para evitar el derrumbe, el Gobierno de Alberto Fernández acaba de refinanciar un rescate de 44.000 millones de dólares con el FMI gracias a un acuerdo destinado a evitar eso mismo, que la República presente la suspensión de pagos. Fernández se comprometió a reducir gasto público para cuadrar las cuentas, pero sigue creando dinero por lo que los analistas descuentan que la devaluación del peso irá a más. Con ella, se incrementará la inflación que, de nuevo, ya era alta hace dos años, pero que ahora se ha colocado en niveles insoportables, por encima del 70% interanual. Como consecuencia, los argentinos huyen de su propia moneda y tratan de hacerse con unos dólares cada vez más caros y escasos.

Massa, un político profesional que ya trabajo en la administración de Néstor Kirchner como responsable de la Seguridad Social y luego como jefe de Gabinete de Cristina Fernández de Kirchner se enfrenta a la mayor crisis inflacionaria de los últimos treinta años, a un creciente malestar social y a una crisis dentro del gobierno, ya que el sector izquierdista de la coalición encabezado por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner se opone a los recortes de gasto público que, hoy por hoy, son imprescindibles para estabilizar la economía.

Massa no parece un candidato reformista precisamente. Es poco probable por no decir imposible que sacrifique su propia carrera a sólo un año de las elecciones presidenciales, a las que podría llegar a presentarse como líder del Frente Renovador, uno de los integrantes de la coalición que llevó a la Casa Rosada a Alberto Fernández hace tres años. No sería la primera vez que Massa se lanza a por la presidencia. En 2015 quedó tercero y, aunque no pasó a segunda vuelta, se hizo con el 21% de los votos. Es posible que Massa utilice el ministerio de Economía recrecido con las carteras de Producción y Agricultura como plataforma para convertirse en presidente.

Pero la situación económica es realmente mala. Una cartera como la de Economía hoy en Argentina no es un regalo, es lo más parecido a un potro de tortura. El hartazgo por la perenne crisis alcanza a todas las capas sociales, incluyendo a los que votaron por Alberto Fernández en 2019. No hay espacio, además, para soluciones intermedias. O se cumple con el FMI reduciendo gasto para atender la deuda o el país quebrará ocasionando una crisis como la de 2001, pero en un entorno internacional mucho más enrarecido. Todos lo saben, pero los cálculos políticos a corto plazo podrían pesar más. Argentina se encuentra ante el dilema del tranvía. Habrá víctimas,

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