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La economía es casi tan antigua como el ser humano. Entre el nacimiento del trueque y la explosión del comercio online han pasado miles de años. Y por el camino se han producido infinidad de historias que queremos contar en elEconomista porque nos ayudan a comprender cómo hemos llegado hasta aquí.

Historias de la economía elEconomista

    • Economía y empresa
    • 3.0 • 1 calificación

La economía es casi tan antigua como el ser humano. Entre el nacimiento del trueque y la explosión del comercio online han pasado miles de años. Y por el camino se han producido infinidad de historias que queremos contar en elEconomista porque nos ayudan a comprender cómo hemos llegado hasta aquí.

    El escándalo Sofico, la gran estafa del tardofranquismo

    El escándalo Sofico, la gran estafa del tardofranquismo

    El negocio funcionaba. Los inversores recibían las rentabilidades prometidas. La empresa crecía, y recibía todo tipo de reconocimientos por su labor en favor del impulso del turismo. Mientras que Peydró era el ejemplo del empresario perfecto.

    Impulsados por el éxito, en 1969 nace Sofico Renta, una filial pensada para captar pequeños ahorradores. Ofrecía participaciones de 25.000 pesetas, con rentabilidades del 12%. Emitieron 127.000 títulos, con los que captaron 3.189 millones de pesetas, unos 18 millones de euros.

    Al principio, la compañía vendía apartamentos ya construidos y terminados. Después, pasó a venderlos sobre plano, cobrando un porcentaje inicial de la vivienda. Hasta que llegó a cobrar la totalidad del piso, o venderlos antes incluso de disponer de los solares. Suponía que era el futuro propietario el que estaba financiando la construcción. Y surgía la duda: ¿dónde estaban entonces los más de 3.000 millones captados?

    Casi sin darse cuenta, Peydró había construido una estafa piramidal. Sofico acabó ingresando más dinero por los nuevos títulos, que emitía de forma constante, que por la venta o alquiler de los apartamentos.

    En 1973 empiezan a aparecer en prensa artículos que ponían el foco en Sofico, y en las dificultades financieras que podía estar pasando. La empresa se defiende negándolo todo, y durante varios meses siguen pagando las rentabilidades acordadas cuando corresponde. ¡No había motivos para dudar de ellos! Peydró insistía en los medios de comunicación en la buena salud de 'la empresa del caballito de mar', que era el símbolo de la compañía.

    Después supimos que, en realidad, era una huida hacia adelante. Sofico seguía vendiendo apartamentos que sabra que no podría llegar a entregar nunca. Y en julio del 74, estalla. Por primera vez, no logran hacer frente a sus obligaciones de pago.

    Todo va muy rápido. El 28 de noviembre, un acreedor solicita la quiebra de la sociedad. El día 30, Sofico Renta declara la suspensión de pagos. En 10 días se unen Sofico Inversiones, Sofico Servicios Turísticos y Sofico Vacaciones. El imperio inmobiliario se derrumbó como un castillo de naipes, y dejó atrapados a 3.000 inversores.

    En el momento en el que estalla todo, Sofico contaba con un total de 47 edificios, entre Málaga y Marbella, que sumaban más de 5.000 apartamentos. Aseguraba que contaba con activos superiores a los 8.000 millones de pesetas. Cuando investigan, se descubre que todo era una ficción contable, y que superaban por poco los 700 millones. Mientras que la deuda era de más de 11.000 millones.

    Eugenio Peydró, junto a su hijo, fueron procesados, y estuvieron en prisión durante unos meses. El resto de la junta, integrada por militares y políticos, quedó exenta de toda culpa, considerados meros hombres de paja. Sin embargo, el juicio tardó en celebrarse 13 años.

    Fueron condenados por delitos de falsedad documental y estafa, agravada por el elevado valor del fraude y por afectar a múltiples perjudicados. La pena para el padre, considerado autor del delito, fue de 9 años, pero al poco tiempo de la resolución, falleció por un paro cardiaco. Para el hijo la condena fue de 2 años, considerado cómplice. Pero nunca pisó la cárcel.

    • 7 min
    La historia del obrero que creó Casio

    La historia del obrero que creó Casio

    Millones de reproducciones lleva en Spotify y Youtube la canción de Shakira y Bizarrap, dedicada al exmarido de ella, Gerard Piqué, y en la que hace una clara referencia comparativa entre ella y la nueva pareja de su ex.
    Un tema sobre el que se ha escrito mucho desde la publicación de la canción, en el que no queremos incidir, pero vamos a profundizar en una de las marcas que se han visto salpicadas por la polémica: Casio. Aunque en su caso, a pesar del menosprecio, ha visto cómo el número de seguidores en redes se disparaba más de un 60% desde que estalló toda la polémica.
    El creador de la compañía fue el japonés Tadao Kashio. Nació en el año 1917, en Kureta-mura (actualmente Nankoku) en la prefectura de Kochi. Seis años más tarde, y tras un gran terremoto en Kanto, su familia y él se mudaron a Tokio, gracias a la invitación de un familiar.
    Una vez que se graduó de secundaria, Tadao comenzó a trabajar como aprendiz de operador de torno. Su jefe, el dueño de la fábrica, reconoció las habilidades del joven, y lo alentó para que estudiara en Waseda Koshu Gakko, mientras trabajaba en la fábrica.
    Cuando Kashio ganó experiencia laboral, haciendo ollas, sartenes y lámparas para bicicletas, se labró una buena reputación, que le trajo subcontratos para hacer piezas. Hacía todo esto mientras estudiaba en la universidad, al tiempo que ganaba el reconocimiento de sus profesores por ser un alumno aplicado.
    De esta forma, y con toda la experiencia sobre sus hombros, estableció, junto a sus hermanos, un negocio llamado Kashio Seisakujo, en Mitaka, Tokyo. Se dedicaban a la reparación de máquinas emisoras de billetes de avión, y después al resto de máquinas del aeropuerto, en el que fue su primer contacto con la tecnología. Al fundar la empresa, en 1946, los cuatro hermanos de la familia Kashio no sabían que iban a crear una de las compañías de electrónica de mayor éxito del mundo.
    Un día le llevaron a su pequeño taller, para reparar, una gran calculadora. La utilizaban los militares japoneses en las oficinas del aeropuerto, para controlar el transporte. Era una máquina grande, montada en una mesa con ruedas, con palancas y teclas mecánicas. Al arreglarla, y con un entusiasmo de un joven innovador, decidió fabricar una calculadora más pequeña, que pudiera ser transportada de un escritorio a otro. La clave para reducir el tamaño fue utilizar los primeros transistores que se conocían, e implementar el teclado númerico, con las claves del 0 al 9. Es considerada como la primera solución de alta tecnología aplicada en Japón.
    Así llegó a instalar su primera fábrica de calculadoras en Tokio en 1949, para atender la demanda nacional, en un país que se recuperaba de las consecuencias de la guerra. Ocho años más tarde, los hermanos fundaron la compañía CASIO y nombraron como presidente a su padre, Shigeru. A partir de entonces la empresa diseñó y fabricó calculadoras basadas en relés, posteriormente transistorizadas y, más tarde, electrónicas.
    La curiosidad de Tadao Kashio llegó más lejos, y dirigió su compañía hacia el universo de la relojería. Se fijó en los, por entonces, modernos relojes de mesa, que funcionaban gracias a un pequeño cristal de cuarzo, que movía las manecillas con una señal electrónica que recibía cada segundo de una batería.
    En el 56, crea el centro de investigación y desarrollo de nuevas tecnologías, para adaptar las nuevas tecnologías a todas las necesidades de la sociedad. Y es en 1969 cuando, gracias a este aprendizaje, inventa el primer reloj de pulsera de cuarzo, con pantalla de cristal líquido, lo suficientemente pequeño como para llevarlo en la muñeca. Era el Casiotrón. Fueron uno de los primeros fabricantes de relojes digitales de pulsera.
    No dejaron de investigar, y en unos años habían integrado diez funciones adicionales en ese reloj de pulsera, y hasta llegarón a integrar una calculadora electrónica.
    Mientras tanto, el c

    • 6 min
    El fraude de Puertas Dintel, la empresa española que patrocinaba a Petrovic

    El fraude de Puertas Dintel, la empresa española que patrocinaba a Petrovic

    Hay numerosos municipios cuya economía está muy vinculada a una determinada industria. Almuñecar y el azúcar, Elda y Elche y el calzado, Ibi y los juguetes, Estepa y los mantecados... También es el caso de Villacañas y las puertas de madera. Este pequeño pueblo de Toledo llegó a ser el fabricante del 72% de las puertas de España.
    En los años 50, contaba con unos 10.000 habitantes, y su economía estaba vinculada a la agricultura y sus industrias afines. Y, como pasa siempre en estos casos, hay un pionero que pone la primera piedra. En el caso de Villacañas, el emprendedor fue el carpintero Abilio Cuesta, que creó la primera planta de producción industrial de puertas, en 1972.
    Con su hermano, viajó a Estados Unidos, para averiguar cómo hacían allí sus puertas. Con lo aprendido volvieron a España, importando el método de fabricación en cadena, que además requería de mucha menos madera, al recurrir principalmente al aglomerado. Además, era mucho más económico, lo que reducía enormemente los costes, y permitía ofrecer al consumidor puertas de calidad y estética similar a las artesanas, pero mucho más baratas.
    De esta primera empresa, Puertas Cuesta, surgieron casi todas las demás del municipio. El negocio iba tan bien que un grupo de trabajadores, no muy contentos con el dueño, dejó la empresa para fundar la suya propia. Y a su vez otros trabajadores dejaron estas nuevas compañías para crear las suyas. Había trabajo para todas. La demanda parecía infinita. En pocos años, las puertas de Villacañas eran las dueñas del mercado.
    Una de las empresas que nació de la costilla de la pionera fue Puertas Dintel. Esta compañía, que no dejaba de competir en el mismo mercado que el resto de la comarca, decidió apostar para diferenciarse por los patrocinios deportivos, y en concreto, por el baloncesto. Y lo hizo a lo grande.
    Hablamos de mediados y finales de los años 80, y de la primera década de los 90. Por entonces, la NBA era aún universo lejano para los españoles. Los ojos estaban puestos en las grandes competiciones europeas, dominadas por entonces por los equipos de la antigua Yugoslavia. Contaban en sus filas con algunos de los mejores jugadores que han pisado nunca las canchas.
    Y ahí es donde puso el ojo Puertas Dintel. La compañía, con sede en el pequeño pueblo de Villacañas, empezó a patrocinar en aquella época a equipos balcánicos de baloncesto. Cibona, Jugoplastika o Partizan, algunos de los mejores equipos que ha habido nunca, aparecían con la publicidad de la compañía. E incluso la todopoderosa selección yugoslava llegó a portar la publicidad. Eso sí, lo hacían solo en los partidos que jugaban en España, ya fuera en competiciones europeas o en amistosos, o contra equipos españoles, que se televisasen en nuestro país.
    La relación fue un poco más larga con el Pop 84, denominación que recibía por entonces la temible Jugoplastika. La ciudad de A Coruña acogió los partidos de local del equipo croata varias temporadas a principios de los 90, por culpa de la guerra de los Balcanes. Durante todo ese tiempo, el club llevaba la publicidad de Puertas Dintel.
    La imagen no estaba tan cuidada como en la actualidad. Se trataba de un simple cartel, que incluso daba sensación de cutre, y que iba malpegado a la camiseta de los jugadores. En algunos casos, hasta se desenganchaba.
    Pero a pesar de todo la compañía logró su objetivo. Unir su imagen de marca con grandes estrellas del basket, como Kukoc, Divac, Radja... pero sobre todo, Petrovic, logró que muchos aficionados memorizasen el nombre de la empresa toledana. En muchos casos, ni siquiera tenían claro qué compañía era esa, a qué se dedicaba, o incluso, si era española. Pero hoy, más de 30 años después, aún la recuerdan. La camiseta de genio de Sibenik con la publicidad de Puertas Dintel es hoy un objeto de colección.
    Con el negocio principal de la compañía yendo como un tiro, y visto el éxito que les re

    • 11 min
    El broker que quebró el banco de la reina de Inglaterra

    El broker que quebró el banco de la reina de Inglaterra

    A los más jóvenes es probable que el nombre de Nick Leeson ni siquiera les suene. Pero fue el protagonista del primer gran escándalo financiero de la era moderna, allá por los 90. Un fraude que se llevó por delante la entidad para la que trabajaba, Barings Bank, la más antigua de Reino Unido, y entre cuyos clientes estaba la antigua reina de Inglaterra, Isabel II.
    Todo ocurrió en 1995, y todo fue, básicamente, un fraude. Leeson, nacido en Watford, Reino Unido, empezó a trabajar como empleado de banca privada en Coutts, cuando no tenía ni 20 años. En 1987 se incorporó a Morgan Stanley, donde estuvo dos años más, hasta que en 1989 llegó a Baring Brothers.
    Y empieza la debacle. En 1992, cuando ya acumulaba algunos años de experiencia en la bolsa a pesar de su juventud, Barings le nombra gerente general de una nueva operativa de mercados de futuros en Singapur. Lo que ni él ni el banco revelaron entonces es que en Reino Unido le habían denegado la licencia de corredor de bolsa, por un fraude en su solicitud.
    En un principio, Leeson se dedicó a invertir en el mercado de futuros del Nikkei japonés, y con buenos resultados. Pero, al mismo tiempo, y casi desde el principio, también realizó operaciones especulativas no autorizadas, que también le estaban dando grandes beneficios a Barings. Los 10 millones de libras que obtuvo equivalían al 10% de las ganancias anuales del banco. Gracias a ese éxito logró un bonus de 130.000 libras, que superaba por mucho a los 50.000 libras anuales que tenía de sueldo.
    Cuenta la leyenda, difundida por el propio Leeson, que todo empezó a complicarse por un acto de solidaridad. Tenía a una joven ayudante, Kim Wong, de origen chino. Él quería contratar a alguien de más experiencia, pero su jefe prefería a alguien que cobrase poco, como pasaba con Wong, cuyo salario era solo de 4.000 libras anuales.
    En una tarde especialmente complicada, con el aire acondicionado estropeado y mucho estrés, Wong cometió un error: vendió 20 contratos en lugar de comprarlos, como el cliente había pedido. Un error de 20.000 libras. Para proteger a su compañera, Leeson creó una cuenta falsa, a la que llamó 88888. Su objetivo, consciente de que no era un fallo tan grande, era ocultarlo en esa cuenta hasta poder subsanarlo.
    Lejos de solventar ese error, Leeson empezó a usar esa cuenta para ocultar otras operaciones deficitarias que estaba llevando a cabo él mismo. Para el final de 1992, las pérdida de esa cuenta superaban los 2 millones de libras. Pero no pasaba nada, ya había resuelto situaciones más complicadas otras veces. Como cuando, estando largo en el Nikkei, el mercado se hundió en picado. Trató de comprar más para compensarlo, pero llegó un momento en el que se quedó sin dinero para cubrir las garantías de su posición, como recuerdan desde Finect. Para lograr capital, y aprovechando el apetito de mercado por invertir a la baja en el Nikkei, decidió vender opciones de venta, y utilizar esas primas para pagar las garantías de sus futuros del Nikkei. El mercado comenzó a subir, y logró recuperar todas las pérdidas acumuladas.
    Leeson creía que había encontrado una fórmula infalible, así que empieza a repetir la operación, ya para incrementar sus beneficios y no para cubrir pérdidas. Sus posiciones llegaron a representar el 40% de este mercado. Y le iba bien.
    Todo colapsa en enero de 1995. Leeson realizó una pequeña inversión en la bolsa de Tokio, apostando a que el mercado se mantendría estable. Pero al día siguiente, un importante terremoto en Kobe hundió los mercados asiáticos. Las posiciones comerciales del inversor se fueron al traste. En una huída hacia adelante desesperada, Leeson empieza a hacer operaciones cada vez más arriesgadas, para tratar de recuperar las pérdidas. Pero no acierta.
    Desesperado, el 23 de febrero dejó una nota en la oficina que decía 'Lo siento', y huyó. Las pérdidas equivalían a 1.400 millones de dólares, dos vece

    • 9 min
    Cómo Noruega se convirtió en un país rico

    Cómo Noruega se convirtió en un país rico

    Noruega es un país de poco más de 5 millones de habitantes, con unas condiciones de vida, de desarrollo y de bienestar que están entre las más destacadas del mundo. Y, por supuesto, con una economía próspera, que le coloca entre los países más ricos, utilizando casi cualquier índice que se nos ocurra. Son el estado con el que todos sueñan ser.
    Pero no siempre fue así. Cuando Noruega se independizó de Dinamarca, en 1814, era un país rural, con el 90% de la población dedicada a la agricultura, en unas tierras que además no eran especialmente fáciles de cultivar. No es hasta finales del siglo XIX cuando la economía del país empieza a despegar, gracias a la revolución industrial, las mejoras agrícolas, la expansión de la ganadería... y sobre todo el dominio del mar. Se convierten en una potencia del transporte marítimo, que le permite exportar hierro, carbón, madera y pescado, y cuenta con una flota naval que llegó a representar el 7% del total mundial.
    Sin embargo, la primera Guerra Mundial, a pesar de que se mantuvieron neutrales, provocó el estancamiento absoluto de su economía, debido principalmente a la dependencia que tenían de Reino Unido, por entonces su principal socio comercial.
    Noruega siempre fue vista como la prima pobre de los países escandinavos. Unos 'paletos', agricultores y pescadores, a los que Suecia y Dinamarca, mucho más urbanas, siempre miraban por encima del hombro. Con la economía parada, y sin oportunidades, fueron cientos de miles los noruegos que emigraron a América del Norte en la primera mitad del siglo XX, tanto a Estados Unidos como a Canadá. De hecho, fue, tras Irlanda, el país de Europa con más emigrantes en proporción a su población.
    Por si la situación no fuera bastante complicada, la segunda Guerra Mundial y la ocupación alemana acabaron con cualquier signo de recuperación que pudiera mostrar la economía noruega.
    Tras la guerra, Noruega se enfrenta al reto de resucitar su maltrecha economía, arcaica y muy vinculada a la pesca. Con un futuro que no veían nada claro, el Gobierno Laborista, con Einar Gerhardsen al frente, inicia una serie de reformas de corte socialdemócrata y con un enfoque claramente keynesiano. El objetivo, para reducir la pobreza, era mejorar la redistribución de la riqueza.
    La receta aplicada por el Ejecutivo pasó por implementar impuestos altos y progresivos, crean una especie de IVA y además gravan adicionalmente productos discrecionales como el alcohol, el tabaco, los coches o los cosméticos.
    Los ingresos que logra el Estado de esta manera le permiten desarrollar un sistema de Seguridad Social, que garantizase las pensiones y que además permitiese cubrir la atención médica para toda la población, entre otros beneficios.
    La situación de Noruega por fin mejora, y muchos emigrantes incluso retornan, pero eso no le convierte aún en un país rico. Ese salto se produce en los 60. Los expertos del país ni siquiera creían que pudiera haber hidrocarburos bajo su mar. Pero a principios de aquella década Países Bajos encuentra gas en sus costas, lo que impulsa la investigación del resto del Mar del Norte. Son empresas privadas las primeras que se acercan al Gobierno a solicitar permiso para llevar a cabo esa exploración, pero el Ejecutivo, prudente, primero desarrolla el marco legal adecuado.
    Además, en 1963, Noruega negocia con Reino Unido y Dinamarca el reparto del subsuelo marítimo del Mar del Norte, logrando un provechoso acuerdo, que le atribuyó más terreno que el que le correspondería si hubieran aplicado la Convención de Ginebra. Se benefició de las prisas de Reino Unido por empezar a explorar, y de la incapacidad negociadora del ministro de Asuntos Exteriores de Dinamarca.
    Con la normativa desarrollada y los límites territoriales claros, comienza la exploración. Las empresas encargadas, por entonces todas extranjeras, encuentran varias reservas de petróleo, pero de pequeño tamaño y difíciles de explot

    • 10 min
    Auge y caída de La Ibense, la heladería más antigua de España

    Auge y caída de La Ibense, la heladería más antigua de España

    Hay heladeros de Ibi, Alicante, por toda España. Quiso la casualidad que, a mediados del siglo XIX, un grupo de habitantes de este pequeño pueblo, que estaban en Madrid buscándose la vida, conocieran a un italiano que sabía hacer helados, y que les trasladó sus conocimientos.
    Ese aprendizaje adquirido se une a la tradición nevera del pueblo. Aprovechando la altura, en sus alrededores había numerosos pozos de nieve, depósitos circulares construidos en las laderas de las montañas, donde se aplastaba nieve para fabricar una especie de hielo que vendían por la provincia. Muchos vecinos, en condiciones económicas complicadas, apuestan por lanzarse a la fabricación de helados, aprovechando estos dos factores. Cada verano, se iban a vender esos helados, primero a ciudades cercanas, y después por toda España e incluso por el extranjero. La industria se desarrolló a gran velocidad a finales del siglo XIX.

    Uno de los vecinos que apostó por esta actividad fue Carlos Bornay, un auténtico emprendedor que en 1892 lanza su empresa, La Ibense Bornay. Una fecha que la convierte, hasta ahora, en la heladería más antigua de España. En busca de nuevos territorios en los que vender su producto, empieza a ir cada verano a Sanlúcar de Barrameda, en Cádiz, donde en verano se reunía la flor y nata del país para pasar sus vacaciones estivales.

    Él y su mujer se desplazaban cada verano a la ciudad costera, donde vendían helado mantecado, una mezcla de mucha leche y vainilla, directamente en la playa. Hasta que con los primeros ingresos se hicieron con un carro para vender por las calles, mucho más cómodo que la arena. Hasta que al final de cada verano volvían a casa, hasta la siguiente temporada.

    Es el hijo de ambos, José, el que decide, a principios del siglo XX, dar un paso más. Con su mujer, Josefa Picó, decide instalarse de forma permanente en Sanlúcar. Adquieren un pequeño obrador, con una confitería, que les permitía librarse de la estacionalidad de helado, que vendían en verano, mientras que el resto del año lo que comercializaban era pasteles y cafés.

    Durante décadas, La Ibense Bornay se mantiene con este negocio, que sufrió una gran evolución gracias a avances tecnológicos como las nuevas heladeras o el desarrollo de la electricidad, que facilitaba la congelación.

    Hasta que en 1965 la empresa da un nuevo salto, al introducirse en la fabricación industrial, ya de la mano de la tercera generación, con el nieto del fundador. Sin embargo, desde la marca han insistido siempre en que ese salto no supuso el abandono de su característico toque artesanal.

    Viajaban al extranjero con relativa frecuencia, acudiendo a ferias sectoriales, o para conocer cómo trabajaban en fábricas de otros países. Una actividad poco usual en España por aquel entonces, pero que les permitió hacer sus primeros contactos en el extranjero para empezar a exportar, ya desde los 70. Esta apuesta por el exterior se consolidó con la compra, a principios de los 80, de una planta de 12.000 metros cuadrados en la propia Sanlúcar de Barrameda.

    Pero con los 90 llegan las primeras crisis. Una de las mayores, en 1992. La Ibense Bornay paga un importante aval para convertirse en el proveedor oficial de la Expo de Sevilla, con el helado de Currito por bandera. Tenían dos cafeterías, 25 carros de helados y 25 kioskos para explotar en exclusiva, con sus helados y granizados.

    La compañía se puso a producir grandes volúmenes, para poder atender la potencial demanda con la que esperaban contar en el gran evento. Pero la realidad es que no se respetó lo acordado, y los establecimientos de la Expo vendían los helados que les daba la gana, sin respetar el acuerdo de exclusividad.

    Fueron a juicio, y ganaron, recuperando el importante aval que habían adelantado. Sin embargo, no recibieron ningún tipo de indemnización adicional, así que la enorme inversión que llevaron a cabo previamente se...

    • 8 min

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