unaVidaReformada

samuel hernández clemente

mirando la vida desde la perspectiva de Dios

  1. La conducta importa

    1D AGO

    La conducta importa

    Vivimos en una época que sospecha de la santidad y celebra la ligereza moral. El espíritu del siglo dice: “cree lo que quieras, pero no cambies cómo vives”. Sin embargo, el evangelio de Jesucristo jamás separa la gracia que salva de la santidad que transforma. Donde Cristo redime, también reforma. Donde justifica, también santifica. El apóstol Pablo lo declara con claridad luminosa: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente.” (Tito 2:11–12) - Obsérvese bien: la gracia no solo perdona, también enseña. No solo nos libra de la culpa del pecado; también nos entrena para abandonar su dominio. De modo que, aunque la salvación es por gracia, por medio de la fe en Jesucristo, LA OBRA DE CRISTO consiste no solo en nuestra EXPIACIÓN (por Su sacrificio sustitutorio), sino también nuestra SANTIFICACIÓN (por su Santo Espíritu). Una conducta sobria, justa y PIADOSA, no son la causa, ni el mérito, ni el medio de nuestra redención, pero sí la EVIDENCIA Y EFECTO de la obra redentora de Cristo - un cristiano que promueve, alberga y disfruta el pecado es una contradicción. Un cristiano que no se está ejercitando en la santidad es una incongruencia. Es que la vida cristiana no es una cómoda hamaca espiritual donde uno se recuesta diciendo “soy salvo”. Es más bien un campo de entrenamiento de santidad, es una carrera, es una batalla - donde el Espíritu trabaja pacientemente en nosotros. Pablo lo describe así: “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer.” (Filipenses 2:12–13) Entonces sí, la conducta importa - No porque queramos ganar la salvación —Cristo ya lo hizo sacrificial y perfectamente— sino porque la vida nueva inevitablemente produce frutos nuevos.

    52 min
  2. Duro con ella

    4D AGO

    Duro con ella

    La Escritura no habla de rehabilitar el pecado, sino de crucificarlo. “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros” (Colosenses 3:5). El viejo puritano John Owen lo expresó con su famosa advertencia: “O estás matando al pecado, o el pecado te está matando” No existe una tregua duradera entre el creyente y la impiedad. Uno de los dos morirá. Y la gracia de Dios no nos llama a una guerra tibia. Nos llama a una guerra decidida. Nuestra naturaleza caída siempre intenta suavizar el juicio contra la impiedad. Nos decimos: “no es tan grave”, “todos luchan con esto”, “Dios entiende”. Sí, Dios entiende… y precisamente por eso envió a su Hijo a morir por el pecado. La cruz de Jesucristo es la evidencia de que Dios no considera el pecado un asunto menor. Si el pecado pudiera ser tolerado, el Calvario habría sido innecesario. Pero la sangre derramada en la cruz declara algo con una claridad que atraviesa los siglos: el pecado debe morir. La palabra “renunciar” en Tito tiene el sentido de rechazar públicamente, repudiar, dar la espalda. No es simplemente sentir culpa. Es romper alianza. La impiedad no puede seguir viviendo como huésped en el corazón redimido. Donde reina Cristo, el pecado no puede ser tratado como amigo. Cristo no justifica a nadie a quien no santifique al mismo tiempo. La misma gracia que nos perdona es la gracia que nos entrena para una vida de santidad. UNA VIDA DIFERENTE Cuando la gracia hace su obra, algo cambia profundamente en el creyente. Comenzamos a odiar lo que antes amábamos. Y comenzamos a amar lo que antes despreciábamos. Lo que antes parecía libertad ahora nos parece esclavitud. Y lo que antes parecía restricción ahora se revela como verdadera vida. El cristiano aprende a vivir: sobriamente, apartado del vicio y gobernado por el Espíritu de Dios – justamente; con una conciencia limpia y una conducta íntegra – y piadosamente, con su corazón orientado a Dios en adoración y sumisión. Y todo esto, no porque sea perfecto, sino porque la gracia lo está formando. DECLAREMOS LA GUERRA A LA IMPIEDAD La gracia de Dios no vino a hacer las paces con la impiedad. Vino a destronarla. Por eso debemos ser firmes. Sin sentimentalismos espirituales. El pecado no es una mascota. Es un asesino. Por tanto, seamos duros con ella. A la impiedad no se le da asiento en la mesa. No se le concede refugio en el corazón. No se le permite crecer en silencio. Se la combate. Se la expulsa. Se la hace morir. Y en su lugar florece la vida nueva que la gracia produce: una vida sobria, justa y piadosa, mientras esperamos la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador (Tito 2:13).

    51 min
  3. La risa de los IMPÍOS

    MAR 6

    La risa de los IMPÍOS

    “El hacer maldad es como una diversión al insensato” (Proverbios 10:23). PERO: “La risa del necio es como el crepitar de los espinos debajo de la olla” (Eclesiastés 7:6). Así vive el impío; mucho ruido, mucha fiesta, pero pronto acabará en ceniza. La Escritura nos obliga a mirar con sobriedad aquello que el mundo celebra con carcajadas. Hay una risa que alegra el corazón limpio, como la de los redimidos que conocen la gracia de Dios. Pero hay otra risa —estridente, vulgar y oscura— que nace del corazón impío. Es la risa del pecador que no teme a Dios. La impiedad es el deleite en el mal. Es cuando el pecado deja de ser una vergüenza y se convierte en entretenimiento y estilo de vida - La risa de los impíos se alimenta de perversión y necedad - es la carcajada de quienes obran injustamente, es la diversión de quienes se creen impunes; es recreación en la tranza y el agravio, es el deleite en lo profano y lo vil - es una risa altiva y cínica; haciendo alarde de indecencia, lujuria, anarquía y libertinaje - es alegría en la maldad, la violencia y el engaño - es gozo en el vicio y complacencia en la malicia... una risa macabra, diabólica y demente. El profeta habló de esta condición con terrible claridad: “¡Ay de los que llaman a lo malo bueno, y a lo bueno malo!” (Isaías 5:20). Donde el pecado se convierte en chiste, la conciencia ya ha sido cauterizada. Sin embargo, la Escritura no se impresiona por el estruendo de esa risa. El sabio dice que es como el crepitar de espinos bajo la olla (Eclesiastés 7:6). Los espinos arden rápido. Hacen ruido, saltan chispas, iluminan por un momento… pero no producen calor duradero. En pocos instantes se consumen. Así es la alegría del impío. Su risa es fuerte, pero corta. Brilla un instante, pero pronto se extingue - el pecador ríe hoy porque no ha visto aún las consecuencias de su extravío. Por eso la Escritura no nos invita a domesticar el pecado, sino a matarlo. “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13). La impiedad debe morir en nosotros. No se negocia con ella. No se le concede un rincón respetable en el corazón. Debe ser crucificada. Esto implica examinar nuestras alegrías. ¿De qué nos reímos? ¿Qué cosas nos entretienen? ¿Qué pecados celebran nuestras conversaciones? ¿Qué vicios hemos normalizado? ¿Qué pecados hemos tolerado y albergado? Un corazón regenerado aprende a odiar aquello que antes celebraba. Lo que antes provocaba carcajadas ahora produce vergüenza y arrepentimiento. El evangelio no vino a quitarnos la alegría; vino a purificarla. Hay una risa que no nace del pecado, sino de la gracia. Es la alegría sobria del pecador perdonado, del corazón reconciliado con Dios, del alma que ha encontrado su tesoro en Cristo. El mundo cree que la santidad es tristeza. Pero en realidad ocurre lo contrario: la risa del impío es ruidosa y breve, mientras que el gozo del justo es profundo y eterno. Porque el gozo que viene de Dios no depende de la maldad ni del exceso. Nace de la comunión con el Señor. Así pues, abandonemos la risa del pecado y busquemos la alegría de la santidad. Hagamos morir la impiedad y vivamos en devoción. Porque llegará el día en que toda risa será juzgada. Y bienaventurados serán aquellos cuya alegría estuvo en Dios. “Bienaventurado el hombre que no anduvo en consejo de malos… sino que en la ley del Señor está su delicia” (Salmo 1:1–2).

    52 min
  4. La niña de mis ojos

    MAR 4

    La niña de mis ojos

    He predicado en muchas celebraciones de quince años, y he exhortado a muchas jóvenes a temer y honrar al Señor en sus vidas; pero esta vez, además de ser el predicador, me tocó ser el padre de la quinceañera. Y mientras la miro, recuerdo lo que dice el sabio en Eclesiastés: “vanidad de vanidades… todo es vanidad” (Ec. 1:2). El tiempo es fugaz; ayer era una niña que cabía en mis brazos, hoy es una joven que va aprendiendo a caminar con sus propias convicciones delante de Dios. Aprovecha la vida —dice el Predicador—, pero no como quien corre tras el viento, sino como quien sabe que cada día es un don del Altísimo (Ec. 12:1). Y recuerda que morirás (Ec. 12:7); no para vivir con temor y fatalismo, sino con santa sabiduría, porque “el principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Pr. 9:10). Por eso, escuchemos también el clamor del profeta en Isaías: “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado” (Is. 55:6). El mundo te dirá que tienes todo el tiempo por delante; la Escritura nos dice que el tiempo está en Sus manos - más que vestidos y flores, te regalo esta súplica: que tu corazón pertenezca a Cristo. Porque la juventud pasa, la hermosura se marchita, pero "los que confían en el Señor permanecen para siempre" - Y los papás no podemos desear mayor bendición, que ver la salvación de nuestros hijos y la bendición de Dios sobre su vida; una vida bien invertida y escondida en Aquel que venció a la muerte y reina por los siglos.

    32 min
  5. VIDA por su muerte

    FEB 25

    VIDA por su muerte

    El mismo Dios que fijó nuestros días y señaló el día del juicio, envió a su Hijo. Hebreos proclama que Cristo apareció “para quitar de en medio el pecado por el sacrificio de sí mismo” (Hebreos 9:26). No vino como espectador del drama humano, sino como Sumo Sacerdote que entra con su propia sangre al Lugar Santísimo. Allí donde nosotros merecíamos comparecer para sentencia, Él compareció como sustituto. La muerte y maldición que estaban determinadas en nuestra historia cayeron sobre sus hombros. La condenación que nos aguardaba fue descargada sobre su cuerpo ofrecido “una sola vez para llevar los pecados de muchos” (Hebreos 9:28). La sangre de Cristo es rescate eficaz. Hebreos afirma que esa sangre “limpiará vuestras conciencias de obras muertas” (Hebreos 9:14). La conciencia, ese testigo incómodo que ningún argumento logra callar del todo, encuentra descanso cuando el Cordero nos redime - Donde antes había culpa, ahora hay perdón real; donde pesaba la expectativa del juicio, ahora hay acceso confiadamente al trono de la gracia (Hebreos 4:16). No vivimos anestesiados frente a la muerte; vivimos reconciliados con Dios. Por la fe en Él tenemos vida. No una vida frágil sostenida por ilusiones, sino una vida anclada en un Mediador eterno. “Tenemos tal sumo sacerdote” (Hebreos 8:1) - Tenemos abogado, tenemos sacrificio perfecto, tenemos promesa de herencia eterna (Hebreos 9:15). La muerte, que para el hombre natural es un abismo oscuro, para el creyente se convierte en la puerta hacia la consumación de lo que Cristo ya aseguró. Así, la certeza de que nuestros días están contados no nos encierra en angustia sino que nos despierta a la sobriedad y a la esperanza. Sabemos que moriremos, y sabemos que seremos juzgados; pero también sabemos que el Hijo fue ofrecido una vez para siempre. Vida por su muerte: ese es el evangelio - La historia humana no termina en una lápida sino en un trono, y en ese trono está el Cordero que fue inmolado y vive por los siglos. Quien se aferra a Él por la fe posee desde ahora perdón, comunión y una esperanza que no será avergonzada.

    36 min
  6. El poder de la SANGRE

    FEB 24

    El poder de la SANGRE

    El autor de Hebreos declara que Cristo es mediador de un “nuevo pacto” (Hebreos 9:15). Nuevo no en el sentido de improvisado, sino en el sentido de cumplido, consumado, superior. La sangre inaugura una realidad renovada. El antiguo sistema envejecía; sus sacrificios se repetían; su sacerdocio moría. Pero el sacrificio de Cristo no se repite porque no necesita repetirse. Es perfecto. Y por eso inaugura una vida nueva. “Teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo” (Hebreos 10:19), ahora caminamos en una relación renovada con Dios. La sangre del pacto no solo nos rescata del pasado; nos introduce en un presente de acceso y en un futuro de herencia eterna. Donde antes había distancia, ahora hay comunión. Donde antes había temor servil, ahora hay confianza filial. De este calibre es el poder de la sangre del pacto, la sangre del Hijo de Dios: paga nuestra deuda, limpia nuestra culpa, consagra nuestra vida, une nuestro pueblo y renueva nuestro acceso a Dios. No necesitamos añadirle nada. No podemos mejorarla. Solo podemos postrarnos, creer y vivir a la altura de tan grande sacrificio. Porque al final, toda nuestra esperanza se resume en esto: tenemos un altar, un Mediador y una sangre que habla mejor que la de Abel (Hebreos 12:24). Y esa sangre no clama por juicio, sino por misericordia. La sangre del pacto pagaLa sangre del pacto limpiaLa sangre del pacto consagraLa sangre del pacto uneLa sangre del pacto renueva

    43 min
  7. Pacto y testamento

    FEB 18

    Pacto y testamento

    TRÁMITES QUE SALVAN VIDAS. En esta vida, los trámites suelen desgastarnos: filas interminables, sellos que faltan, requisitos imposibles, oficinas que nos devuelven al punto de partida. Un simple documento puede complicar la existencia. Pero Hebreos nos habla de otros trámites, no terrenales sino celestiales. Allí no hay corrupción, ni errores administrativos, ni expedientes extraviados, sino compasión, misericordia y redención de Dios para con los extraviados. La carta a los Hebreos nos habla de dos trámites que sustentan nuestra redención: el pacto y el testamento, y nos presenta a Cristo como “Mediador de un nuevo pacto” (Hebreos 9:15), Aquel que no solo anuncia mejores promesas, sino que las garantiza con Su propia sangre. Como Moisés roció el antiguo pacto con sangre ajena, así nuestro Señor entra al Lugar Santísimo no con sangre de machos cabríos, sino con la Suya propia (Heb. 9:12), asegurando redención eterna. Pero el autor va más lejos: donde hay testamento, es necesaria la muerte del testador (Heb. 9:16-17). Cristo no solo intercede; Él muere para que la herencia sea legalmente nuestra. Es Mediador porque reconcilia a Dios con hombres culpables; es Testador porque, al morir, pone en vigor el testamento de gracia que nos nombra herederos. Como dijo Juan Calvino, “Cristo no obtuvo una salvación posible, sino una salvación efectiva para los suyos”. Así, el evangelio no es oferta incierta, sino herencia sellada con sangre divina: el Crucificado vive, y porque murió, nosotros heredamos vida eterna. No estamos ante metáforas piadosas, sino ante realidades jurídicas del cielo. Como Mediador, Él representa a Dios ante nosotros y nos representa a nosotros ante Dios, satisfaciendo la justicia divina con Su propia sangre (Heb. 9:12). Como Testador, su muerte no fue accidente trágico, sino acto soberano que activa la herencia prometida: perdón, conciencia limpia y acceso al Lugar Santísimo. El antiguo pacto se inauguraba con sangre ajena; el nuevo, con la del Hijo eterno. Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador. (Heb 9:15-16)

    39 min

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