unaVidaReformada

samuel hernández clemente

mirando la vida desde la perspectiva de Dios

  1. Sep 13

    Un intercambio disparejo

    Hay algo particularmente decepcionante en esos intercambios de regalos en los que uno pone verdadero empeño y termina recibiendo cualquier cosa. Uno escoge algo bueno, quizá costoso, útil o especialmente pensado para la persona que lo recibirá. Lo envuelve con cuidado, lo entrega con alegría y espera, al menos, una cierta reciprocidad. Pero entonces llega nuestro turno: abrimos el paquete y descubrimos algo de segunda mano, algo barato, algo que parece haber sido comprado cinco minutos antes de la reunión… o, en el peor de los casos, algo que uno sospecha que estaba destinado al bote de basura. La sonrisa se vuelve diplomática, el “¡qué bonito!” se convierte en una pequeña obra de teatro y por dentro pensamos: “Yo sí me esforcé”. Porque todos quisiéramos un intercambio parejo: dar algo bueno y recibir algo bueno; entregar algo valioso y recibir algo de valor semejante. La reciprocidad nos parece justa. Pero en el Calvario ocurrió el intercambio más disparejo de toda la historia. Y, paradójicamente, precisamente en esa absoluta desigualdad se encuentra la gloria del evangelio. Cristo dio algo cuyo valor jamás podremos calcular. No entregó simplemente una cosa que poseía; se entregó a sí mismo. El Hijo eterno de Dios, aquel por medio de quien fueron creadas todas las cosas, tomó nuestra naturaleza, habitó entre nosotros y caminó voluntariamente hacia la cruz. “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros” (Efesios 5:2). No entregó las sobras de su gloria, ni una fracción de su dignidad, ni algo que le resultara prescindible. Se dio completamente. “El cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). El regalo de Cristo no fue algo que pudiera separarse de su persona: fue su propia vida, su propia sangre, su propia obediencia, su propio cuerpo quebrantado bajo el juicio de Dios. Pedro lo expresa con una precisión estremecedora: fuimos rescatados “no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18-19). Ahora bien, si quisiéramos describir este intercambio desde una perspectiva humana, podríamos decir que Cristo lo dio todo y nosotros no dimos absolutamente nada - Pero el intercambio fue todavía más profundo y más terrible - Porque nosotros sí llevamos algo al Calvario. No llevamos una ofrenda digna. No llevamos méritos. No llevamos buenas obras suficientes para equilibrar la balanza. No llevamos una vida moralmente aceptable que pudiera presentarse delante de Dios como parte de pago. Llevamos nuestro pecado. Llevamos nuestra culpa. Llevamos nuestra condenación. Llevamos nuestra maldición. Y Cristo la recibió - Cristo ocupó nuestro lugar bajo el juicio que nosotros merecíamos. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El profeta no presenta la cruz como una simple demostración sentimental del amor de Dios, ni como un ejemplo inspirador de sacrificio altruista. Presenta al Siervo cargando aquello que pertenecía a otros. “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Ese es el intercambio disparejo: nuestra culpa fue puesta sobre Cristo y su justicia es puesta sobre nosotros. Nuestro pecado fue imputado a Él y su justicia es imputada al creyente. Nosotros recibimos lo que Él merece; Él soportó lo que nosotros merecíamos. Nosotros recibimos aceptación; Él experimentó rechazo. Nosotros recibimos paz; Él soportó el castigo. Nosotros recibimos vida; Él entregó la suya. Nosotros recibimos bendición; Él se hizo maldición por nosotros.

    Un intercambio disparejo
  2. Sep 8

    La luz de la VIDA

    Cuando Cristo fue crucificado, «hubo tinieblas sobre toda la tierra» (Mr. 15:33). Aquellas tinieblas no fueron simplemente un fenómeno natural ni un detalle poético del relato; fueron una señal solemne del juicio divino que estaba cayendo sobre el Sustituto. El Hijo inocente estaba siendo tratado como culpable, llevando sobre sí nuestros pecados y soportando la condena que nosotros merecíamos. Isaías había anunciado: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6). En el Calvario, las tinieblas nos permiten contemplar, aunque sea débilmente, la terrible realidad de lo que significa estar bajo la ira santa de Dios. Allí, el Justo fue hecho pecado por nosotros (2 Co. 5:21), y el juicio que merecía nuestra rebelión cayó sobre Cristo. Por eso, cuanto más comprendamos la gravedad de las tinieblas, más apreciaremos la gloria de la Luz. No fuimos rescatados de una oscuridad superficial, de una simple ignorancia intelectual o de una etapa difícil de nuestra existencia; fuimos rescatados «de la potestad de las tinieblas» y trasladados «al reino de su amado Hijo» (Col. 1:13). Cristo mismo declaró: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn. 8:12). La luz de Cristo resplandece con mayor belleza cuando recordamos de qué oscuridad nos sacó: del pecado, de la culpa, de la condenación y de la muerte. La cruz no disminuye la gloria de la Luz; explica el precio con el que fuimos llevados hacia ella. En Cristo, entonces, las tinieblas no tienen la última palabra. Aquel que experimentó las tinieblas del juicio para llevar nuestra condena es quien nos conduce a la luz de la vida. Pedro lo expresa así: Dios nos llamó «de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9). ¡Qué contraste glorioso! Las tinieblas hablan del juicio que merecíamos; la cruz habla del juicio que Cristo soportó; y la luz habla de la vida que gratuitamente recibimos en Él. Por eso no debemos contemplar el Calvario con ligereza: cuanto más profundamente entendamos la oscuridad de nuestra condición, más preciosa será para nosotros la luz de Cristo. Él entró en nuestras tinieblas para que nosotros pudiéramos vivir para siempre en su luz.

    La luz de la VIDA

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