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Historias exclusivas de misterio, true crime y más

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La ContraHistoria

La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

  1. HACE 2 DÍAS • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Dueños del mundo

    En el Madrid de 1576, flamante capital del Imperio de Felipe II, abundan las muertes y los duelos, pero cuando el alguacil Diego de Paz, veterano de los Tercios, se hace cargo del hallazgo de un cuerpo cruelmente torturado, sabe que se encuentra ante un crimen poco habitual. Se trata de un boticario con fama de alquimista, y conforme avance en sus investigaciones se encontrará con una peligrosa trama que apunta a altas instancias del poder. En la corte se mueven personajes como el secretario Antonio Pérez o la princesa de Éboli, cuando un nuevo asesinato sacude las conversaciones de plazas y mercados. El asesinado es Juan de Escobedo, hombre de confianza del hermanastro del rey, don Juan de Austria, que lucha en Flandes por mantener el poder real. La muerte sin descendencia del rey don Sebastián en la desastrosa jornada de Alcazarquivir supone para Felipe II aspirar al trono de Portugal, pero no será fácil. Una nueva guerra pondrá al duque de Alba al frente del ejército de tierra y al marqués de Santa Cruz al mando de la escuadra que luchará en el mar. José Calvo Poyato regresa con una nueva novela que nos transporta a uno de los periodos más ricos y apasionantes de nuestra historia: el de la mayor extensión del Imperio español. En ella conoceremos no solo a los grandes personajes y eventos de la época, también podremos asistir a la vida cotidiana en las calles del Madrid del Siglo de Oro, con sus mentideros, iglesias y tabernas, o a las salas y corredores de El Escorial y del Alcázar Real. El libro lo pueden encontrar aquí: https://amzn.to/4mENZin ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    49 min
  2. HACE 3 DÍAS • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    1625: el último sol del imperio español

    Conferencia de Hugo Cañete en las Jornadas de Literatura Histórica de Santa Fe. 1625 fue el año de las victorias, en el que la España imperial hizo alarde de la mayor maquinaria militar de su tiempo. Franceses, holandeses, ingleses, daneses, suecos y príncipes de otros estados se coaligaron con el objetivo de neutralizar a la potencia hegemónica, la Monarquía española. El imperio donde no se ponía el sol se vio atacado en tres continentes, dos mares y un océano. Mientras llevaba la iniciativa en Flandes, con el espectacular sitio de Breda, organizó la mayor fuerza anfibia de su tiempo, cinco tercios de infantería y casi sesenta navíos, y la proyectó al otro lado del Atlántico para recuperar la capital brasileña, Salvador de Bahía. Las armas españolas también acudieron en ayuda de la República de Génova y del valle de la Valtelina, guerras subsidiarias de Francia orquestadas por su materia gris, el cardenal Richelieu. Y aún tendrían que rechazar tres ataques más en San Juan de Puerto Rico, en Mina, actual Ghana, y en Cádiz. Eel historiador especialista en los tercios Hugo A. Cañete, especialista en los tercios, aborda con todo detalle el «año de los milagros» en su cuarto centenario. El libro lo podéis encontrar aquí: - "1625. El último sol del imperio español" de Hugo Cañete - https://amzn.to/4dU4zIW ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    1 h 3 min
  3. HACE 3 DÍAS • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Propaganda: la fábrica de la mentira

    El nazismo no se sostuvo únicamente sobre la Gestapo y los campos de concentración. Lo hizo también sobre una formidable maquinaria de propaganda que convenció a millones de alemanes de que Hitler tenía razón en todo y el tercer Reich era el mejor de los mundos. Los cimientos de esta propaganda los encontramos ya en “Mein Kampf”, donde Hitler, obsesionado con la idea de que Alemania había perdido la Gran Guerra en la retaguardia y no en el frente, esboza un método tan simple como efectivo: dirigirse a las masas y no a las élites, apelar a la emoción y no a la razón, reducir el mundo a amigos y enemigos, y repetir el mensaje hasta la extenuación. Ese método lo pusieron en práctica nada más llegar al poder mediante el ministerio de Ilustración Popular y Propaganda, dirigido por Joseph Goebbels, un filólogo y novelista frustrado que se convirtió en el demiurgo del imaginario del Reich. Tres palabras resumían aquello: emoción, repetición y enemigo. El enemigo por antonomasia era el judío, al que se culpaba de todos los males del país: de la derrota en la guerra, de la inflación, del desempleo, del bolchevismo y del capitalismo financiero. Sobre eso se levantaron mitos como el de la sangre y el suelo, la superioridad aria y el Führerprinzip, que convertía a Hitler en un mesías secular rodeado de una liturgia pagana filmada magistralmente por Leni Riefenstahl en “El triunfo de la voluntad”. La prensa opositora fue absorbida o cerrada y los periodistas obligados a seguir las consignas diarias del ministerio. La radio se convirtió en el mejor arma para llegar a las masas gracias al Volksempfänger, un receptor asequible que sólo retransmitía las emisoras del régimen. Alemania se convirtió, de hecho, en el país del mundo con más receptores de radio por habitante. El cine combinaba entretenimiento de mera evasión con películas puramente ideológicas. La literatura fue purgada de autores y estilos incómodos, lo mismo sucedió con la música, la pintura, la escultura y la arquitectura. El arte era un brazo más del sistema goebbelsiano, uno de los más importantes, La educación fue depurada, se incluyó en el temario la biología racial y se encuadró a los niños y adolescentes en las Juventudes Hitlerianas y la Liga de las Muchachas alemanas. Allí los niños aprendían a marchar, obedecer y, en ocasiones, delatar a sus propios padres. Los grandes rituales colectivos tuvieron su cumbre en los congresos de Núremberg, cuya sede Albert Speer transformó en una catedral de luz de Speer. En 1936, sólo tres años después de la llegada al poder de los nazis y coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Berlín, la máquina ya funcionaba a pleno rendimiento. Hacia el exterior también se proyectaba esa imagen dulcificada del régimen. Pero ahí no fue tan efectiva. Allá donde tenía que competir con la prensa libre se atascaba. Dentro de Alemania funcionaba a la perfección y lo siguió haciendo hasta el final de la guerra. Nos queda una lección incómoda. Los alemanes eran seguramente el pueblo más culto de Europa. La propaganda funcionó no porque fuese tosca, sino por todo lo contrario, era muy sofisticada, vestía el odio de deber patriótico y de sentimiento de pertenencia. Para hablar de este tema nos acompaña hoy Juanjo Ortiz, un divulgador histórico bien conocido entre los aficionados por su web, El cajón de Grisom, y autor de un magnífico libro sobre la propaganda nazi que publicó hace sólo unos meses.

    1 h 22 min
  4. 9 ABR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Franco, Salazar y la OTAN

    Cuando la OTAN nació en abril de 1949 entre sus doce miembros fundadores figuraba Portugal, un país gobernado desde hacía casi dos décadas por el dictador António de Oliveira Salazar. España, en cambio, tuvo que esperar hasta 1982 para poder acceder. El franquismo y el Estado Novo portugués eran dos regímenes ideológicamente hermanos que compartían inspiración católica, corporativismo, partido único y desprecio por la democracia liberal. ¿Por qué admitieron a Portugal, pero no a España? La clave no está en la ideología, sino en lo que cada dictador hizo entre 1939 y 1945. Franco había recibido ayuda directa de Hitler y Mussolini durante la guerra civil, vistió su régimen con los ropajes fascistas de Falange, se reunió con el Führer en Hendaya y, sobre todo, envió la División Azul al frente ruso. Aquel gesto, pensado para saldar deudas pasadas manteniendo la ilusión de la neutralidad, se convirtió para los aliados en la prueba incontestable de que se había alineado con las potencias del Eje. Salazar jugó otra partida muy distinta. Practicó lo que los historiadores portugueses llaman "neutralidad geométrica”. Vendía wolframio a ambos bandos, pero mantuvo intacta la vieja alianza con Inglaterra. Cuando en 1943 Churchill invocó un tratado medieval para poder instalar bases en las Azores, Salazar cedió. Aquellas islas, situadas en mitad del Atlántico, resultaron decisivas para cerrar el agujero en el cazaban los submarinos alemanes. Portugal pasó así a estar, de forma muy discreta, del lado de los aliados. En 1945 se condenó explícitamente a Franco en la conferencia de Potsdam. Un años más tarde la recién fundada ONU recomendó la retirada de embajadores de Madrid y España quedó aislada internacionalmente. Portugal, en cambio, entró en la OTAN porque sin las Azores la alianza atlántica era inconcebible. Franco se conformó con los Pactos de Madrid de 1953 y con unas bases americanas que le permitieron normalizarse. La apariencia, las formas y la geografía marcaron la diferencia de dos dictaduras que, en casi todo lo demás, fueron de la mano. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    52 min
  5. 9 ABR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Tercios, picas y burocracia

    Uno de los grandes debates historiográficos de las últimas décadas es el de la conocida como revolución militar que se produjo en los siglos XVI y XVII. La tesis la expuso el historiador escocés Michael Roberts en una conferencia de 1955. Según él esta revolución supuso el nacimiento del Estado moderno. La tesis de Roberts era realmente provocadora. Aseguraba que el arte moderno de la guerra hizo posible, y al mismo tiempo necesaria, la creación de esa maquinaria burocrática en la que todavía vivimos inmersos. Mantener ejércitos permanentes equipados con armas de fuego exigía recaudar impuestos de manera regular, llevar cuentas, organizar suministros y crear una administración profesional. La guerra, en suma, construyó al Estado, y no al revés. Pero el proceso arrancó antes de lo que Roberts pensaba. En el siglo XV los piqueros suizos acabaron con el monopolio del caballero medieval, y poco después Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, combinó picas y arcabuces en las batallas de Ceriñola y Garellano durante las guerras de Italia. De ahí nacieron los tercios españoles, unidades permanentes, profesionales y disciplinadas que dominaron los campos de batalla europeos durante casi siglo y medio. La escuela holandesa de Mauricio de Nassau introdujo después la disciplina romana, la instrucción sistemática y la contramarcha, codificándolo todo en manuales impresos que tuvieron gran difusión. Su discípulo más brillante fue Gustavo II Adolfo de Suecia, el llamado León del Norte, que aligeró el mosquete, uniformó a sus tropas, modernizó la artillería y adoptó formaciones más finas y móviles. Geoffrey Parker añadió en los años 70 una pieza más, la de la traza italiana, fortificaciones abaluartadas bajas y gruesas que resistían el fuego de cañón y convertían la guerra en una sucesión interminable de asedios. Eso obligaba a los príncipes a mantener ejércitos cada vez más numerosos. A esto se sumó la revolución naval con galeones y navíos de línea fuertemente artillados que permitieron proyectar el poder europeo por los océanos. El debate historiográfico posterior ha matizado mucho la tesis original de Roberts. Unos hablan de varias revoluciones sucesivas en lugar de una sola que se fueron encadenando lentamente. Otros invierten la causalidad, es decir, fue el Estado el que hizo a esos ejércitos, no al revés. Otros han demostrado que las cifras de soldados de la época están infladas. Otros que la caballería nunca murió sino que se transformó, y que la supuesta superioridad militar europea sobre otros continentes fue más un mito retrospectivo que una realidad hasta entrado el siglo XIX. ¿Hubo revolución? Si lo entendemos como un cambio súbito en el curso de una generación, no, no la hubo. Si en cambio pensamos en ello como una transformación estructural que cambió cómo aquellas sociedades se organizaban para guerrear y cómo financiaban sus guerras, sin duda sí que la hubo. De aquellos campos de batalla salieron los censos, los impuestos estables, las líneas de suministro y la burocracia. El Estado moderno, con todas sus virtudes y miserias, tiene parte de sus raíces en la pólvora del siglo XVII. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:29 Tercios, picas y burocracia 1:16:02 La operación Gomorra Bibliografía: “La revolución militar” de Geoffrey Parker - https://amzn.to/4std3ue “The Military Revolution Debate” de Clifford Rogers - https://amzn.to/48yhigD “The Military Revolution in Sixteenth-century Europe” de David Eltis - https://amzn.to/4vC7nkm “A Military Revolution?” De Jeremy Black - https://amzn.to/4c3LIKa

    1 h 24 min
  6. 3 ABR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Guardianes de la moral

    A lo largo de la historia contemporánea se repite un mismo patrón, el de individuos o grupos se erigen en guardianes de la moral ajena, detectan una amenaza (real o imaginaria), la amplifican y desatan persecuciones que dejan tras de sí carreras destruidas y vidas arruinadas. El arquetipo del censor moderno es Anthony Comstock, un puritano de Connecticut que, tras la Guerra Civil, emprendió desde Nueva York una cruzada contra la obscenidad. En 1873 logró que el Congreso aprobara una ley que llevaba su nombre y que prohibía el envío por correo de material considerado indecente. Armado con esa legislación deliberadamente vaga y respaldado por algunos magnates, fundó la Sociedad Neoyorquina para la Supresión del Vicio, que persiguió a médicos, editores, galeristas y dramaturgos. Presumió de haber provocado quince suicidios y arruinado casi 3.700 vidas. Incluso obras de autores clásicos como Aristófanes, Bocaccio o Chaucer sucumbieron, las de los autores contemporáneos sufrieron hostigamiento y censura. El espíritu censor de Comstock tuvo su eco años más tarde en Hollywood con el Código Hays, un sistema de autocensura que durante más de treinta años dictó lo que podía mostrarse en pantalla. Quedaron desterradas la homosexualidad, las relaciones interraciales y cualquier transgresión de lo que se consideraba la moralidad adecuada. Las cláusulas de moralidad en los contratos controlaban también la vida privada de los artistas. El macartismo reprodujo luego el mismo esquema: una amenaza difusa, un aparato institucional complaciente y el señalamiento de los “inmorales". Lo más inquietante es que el fenómeno no ha desaparecido, de hecho se ha amplificado y afecta ahora a ambos lados del espectro político. Las redes sociales han creado un ecosistema donde la indignación moral es moneda de cambio. Derecha e izquierda despliegan sus propias cruzadas moralistas. Unos retiran libros de bibliotecas, otros imponen criterios de género y raciales con cláusulas contractuales más severas que las de 1914. El mecanismo es idéntico al de los censores de la época de Comstock. A ello se debe responder con coraje, sentido común y humor frente al fanatismo de quienes pretenden silenciar la libertad de expresión. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    38 min
  7. 2 ABR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Apolo, el gran salto

    La Luna siempre ha estado ahí, aparentemente a tiro de piedra. Se encuentra a una media de 384.000 kilómetros, lo que la convierte en el único cuerpo celeste que nuestros antepasados podían contemplar con detalle a simple vista. Eso hizo de ella territorio de sacerdotes, poetas y astrólogos durante miles de años. Sus fases regulares, ese ciclo de 29 días y medio, sirvieron para medir el tiempo mucho antes de que nadie entendiese la mecánica orbital. Calendarios lunares los hay por todas partes, desde el chino hasta el musulmán, pasando por el modo en el que los cristianos fijan la fecha de la Semana Santa. Llegar a pisarla ya era otra historia. La odisea empezó con la Segunda Guerra Mundial y los cohetes V-2 que Wernher von Braun desarrolló para el Tercer Reich. Acabada la contienda, estadounidenses y soviéticos se llevaron a los ingenieros alemanes. Von Braun acabó en Alabama trabajando para el ejército de Estados Unidos. Durante años su trabajo avanzó lentamente hasta que el 4 de octubre de 1957 la Unión Soviética puso en órbita el Sputnik. Aquella esfera que pitaba desde el espacio provocó la estupefacción de los estadounidenses. Los soviéticos repitieron con la perra Laika y luego con Yuri Gagarin, el primer ser humano en orbitar la Tierra. Estados Unidos iba siempre un paso por detrás. Entonces apareció Kennedy. Joven y ambicioso, vio en la Luna un proyecto casi de ciencia ficción en el que todos estaban de acuerdo. En mayo de 1961 anunció ante el Congreso que un estadounidense pisaría la Luna antes de que terminase la década. Era una promesa temeraria porque en aquel momento la experiencia tripulada de la NASA se reducía al vuelo suborbital de quince minutos de Alan Shepard. Nadie sabía cómo llegar a la Luna. Nadie tenía el cohete. Nadie estaba seguro de que fuera posible. Los programas Mercury y Gemini fueron la escuela. Con el Mercury aprendieron que un ser humano podía sobrevivir en el espacio. Con el Gemini ensayaron todo lo necesario para la misión lunar: acoplamientos, paseos espaciales, maniobras orbitales. El programa para llegara a la Luna la NASA lo bautizó Apolo. Adoptaron el perfil de misión propuesto por el ingeniero John Houbolt y Von Braun construyó el Saturno V, un monstruo de 110 metros de altura capaz de poner 45 toneladas camino de la Luna. Hubo tragedias. El incendio del Apolo 1 mató a tres astronautas en enero de 1967 y obligó a rediseñar la cápsula entera. Hubo también momentos gloriosos. El Apolo 8 llevó a tres hombres a orbitar la Luna en la Navidad de 1968. Y el 20 de julio de 1969, Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendieron con el módulo Eagle hasta el mar de la Tranquilidad. Seiscientos millones de personas lo vieron en directo por televisión. Le siguieron seis misiones más, hasta el Apolo 17 en diciembre de 1972. Trajeron 382 kilos de rocas, desplegaron instrumentos, algunos incluso siguen funcionando hoy y cambiaron para siempre nuestra comprensión del sistema solar. Las huellas de aquellos doce hombres permanecen intactas en el regolito lunar ya que en la Luna no hay viento ni lluvia que las borre. Esperemos que quienes lleguen después las respeten. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:49 Apolo, el gran salto 1:25:38 El origen de las cofradías de Semana Santa Bibliografía: “El programa Apolo” de Peter Duke - https://amzn.to/4mditYO “La carrera espacial” de Ricardo Artola - https://amzn.to/4bKYmNW “Apolo 11” de Eduardo García Llama - https://amzn.to/4scvjaX “Los otros vuelos a la Luna” de Rafael Clemente - https://amzn.to/4sQJrI8

    1 h 36 min
  8. 27 MAR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    El New Deal

    El New Deal nació en lo peor de la gran depresión. En 1933 Estados Unidos llevaba tres años y medio hundiéndose en la peor crisis económica de su historia. Bancos cerrados, fábricas paradas, desempleo del 25% y colas del pan que daban la vuelta a la manzana. En ese escenario llegó Franklin Delano Roosevelt con algo que no era exactamente un plan, sino más bien una actitud: había que hacer algo. Lo que fuera. Ya. Y ese algo fue el New Deal. No se trataba de un programa coherente salido de un laboratorio de ideas, sino de una avalancha de leyes, agencias y experimentos, muchos de ellos improvisados y aprobados a toda velocidad. Eso hizo que algunos se contradijesen entre sí tanto en su planteamiento como en sus consecuencias. Se sustanció en una sopa de letras de organismos, programas y administraciones que ni sus propios creadores entendían del todo pero que algunos han durado hasta el momento presente. El primer New Deal, entre 1933 y 1935, fue de emergencia. Se estabilizó el sistema financiero, se abandonó el patrón oro (se prohibió incluso la tenencia privada de oro), se crearon programas de empleo y se intentó poner de acuerdo a empresarios y trabajadores con la intermediación del Estado federal. Algo parecido al corporativismo fascista, aunque a Roosevelt esa comparación no le gustaba nada. El segundo New Deal llegó 1935 y se concentró en la reforma social. La Seguridad Social, la Wagner Act (que consagró el derecho de los trabajadores a sindicarse), la WPA que empleó a millones de personas para construir todo tipo de infraestructura. Algunas de las leyes que acompañaron a todo el proceso fueron incluso declaradas inconstitucionales por el Tribunal Supremo que Roosevelt quiso poner de su lado con una polémica reforma que el Congreso rechazó. ¿Funcionó? A medias. Alivió algunos efectos de la gran depresión, modernizó la infraestructura del país, quizá salvó a la estadounidense de de algo peor. Pero no acabó con la crisis. Eso lo hizo la segunda guerra mundial, que proporcionó el nivel de gasto que Roosevelt nunca se atrevió a alcanzar en tiempos de paz. Lo que si consiguió fue cambiar para siempre la relación entre el ciudadano y el Estado. Los americanos de 1930 no esperaban nada del gobierno. Los de 1940 esperaban pensiones, regulaciones y empleo público. Ese cambio fue más duradero que cualquier de sus leyes, tanto que se mantiene casi un siglo después. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    49 min

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La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

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