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  1. hace 5 h

    No seamos solemnes

    Solemne es el título de la novela de autoficción de Santos Cerdán, La caída, que ya tiene cuajo titularla como la novela de Camus. El término «solemne» viene de sollus annus, todo el año, porque solemne es aquello para lo que uno se pasa el año aguardando y lustrando los zapatos: el cotillón de Nochevieja, la cabalgata de Reyes, la corrida de Beneficencia, una boda con photocall, cosas así. De ahí que resulte tan cómico el solemne fuera de temporada, el baranda que se presenta endomingado un jueves por la mañana como si le fueran a prender el Toisón de Oro. El libro de Santos no pasará a la historia como un hito de la literatura carcelaria ni está a la altura de Koestler o de Solzhenitzyn, pero nos deja una enseñanza filosófica. No sé si te has fijado, Carlos, en el hecho de que el adjetivo solemne siempre acompaña un insulto, nunca un elogio. Uno puede ser un solemne majadero o un tonto solemne, pero nunca "un solemne tipo estupendo", "una solemne gran amiga". La solemnidad es la mitra de cartón piedra, el capelo cardenalicio que se pone el más bobo cuando quiere que le hablen de usted o le besen el anillo. Con la solemnidad pasa como con el smoking: uno se lo calza y se cree Von Karajan, presto para dirigir la Filarmónica de Berlín, y en realidad parece el mayordomo del conde Drácula. Por eso, porque abjuro de la solemnidad, esta noche pienso acudir a los premios Cavia con mis playeras J´hayber y mi camiseta del Xacobeo 93.

    3 min

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