La ContraHistoria

La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

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Historias exclusivas de misterio, true crime y más

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  1. Aug 6 • Subscribers Only

    La batalla del Atlántico

    La conocida como batalla del Atlántico fue la campaña más larga de toda la segunda guerra mundial. Duró 68 meses sin una sola pausa entre septiembre de 1939 y mayo de 1945. No tuvo la épica de otros frentes, pero resultó decisiva porque Gran Bretaña, una isla que en aquel entonces tenía 48 millones de habitantes, importaba por mar más de la mitad de sus alimentos y casi todas sus materias primas. Cortar ese cordón umbilical equivalía a estrangular la resistencia británica sin necesidad de invadir la isla. Churchill lo comprendió y bautizó en 1941 lo que estaba sucediendo en el océano con el nombre de batalla del Atlántico, que es como ha pasado a la historia. El arma de los alemanes fue el submarino. El almirante Karl Dönitz estaba convencido de que con 300 U-Boote podía asfixiar al Reino Unido, pero al empezar la guerra solo disponía de 57, de los cuales apenas 25 servían para el océano abierto. Sus superiores, encabezados por Erich Raeder, seguían soñando con grandes buques de superficie, pero la Kriegsmarine no estaba aún preparada al comenzar la guerra para medirse con la Royal Navy. Aun así, en los primeros meses el arma submarina cosechó varios éxitos muy celebrados en Alemania como el ataque de Günther Prien contra el Royal Oak en la base de Scapa Flow. La rendición de Francia en junio de 1940 lo cambió todo. Los puertos de Bretaña y del golfo de Vizcaya acortaron la ruta hacia las zonas de caza y dieron lugar a lo que los marinos alemanes denominaron los tiempos felices. Fue entonces cuando capitanes de submarinos como Otto Kretschmer hundieron miles de toneladas aplicando la táctica de las manadas de lobos. Frente a ellos, los británicos reactivaron el sistema de convoyes y confiaron en el sonar, que se demostró inútil contra submarinos que atacaban de noche y desde la superficie. La estrategia de Dönitz se basaba en la llamada guerra del tonelaje, es decir de hundir barcos aliados más deprisa de lo que los astilleros podían reponerlos. La entrada de Estados Unidos en la guerra, lejos de acabar con el problema, inauguró otra etapa dorada para los submarinos alemanes, que hundían barcos frente a la costa este sin apenas oposición. Pero no duró mucho, los alemanes no contaban con la desmesurada capacidad industrial estadounidense. Entre marzo y mayo de 1943 los aliados consiguieron cambiar el rumbo de la batalla gracias al descifrado de la máquina Enigma, el desarrollo del radar centimétrico, el Huff-Duff, los grupos de apoyo con portaaviones de escolta y los aviones Liberator de muy largo alcance que cerraron el agujero negro del centro del océano. A todo eso se sumó la producción en masa de los mercantes de la clase Liberty. La fase final entre 1943 y 1945 fue la de un irreversible declive. Los nuevos submarinos del Tipo XXI llegaron demasiado tarde y tras el desembarco de Normandía perdieron sus bases en Francia. La batalla costó la vida a 30.000 marinos que tripulaban los más de 30.000 mercantes hundidos. En el lado alemán se perdió la mayor parte de la flota de submarinos, que se convirtieron en ataúdes de hierro para sus tripulaciones. En torno al 75% de los submarinistas alemanes perdieron la vida. Los historiadores han debatido mucho sobre si el Reino Unido estuvo realmente al borde del colapso, pero una cosa no anula la otra. Fue una batalla fundamental que los aliados no podían permitirse perder y que se ganó tanto en las cubiertas barridas por los temporales como en los astilleros de Baltimore y en las salas de Bletchley Park. En El ContraSello: 0:00 Introducción 4:05 La batalla del Atlántico 1:19:12 Los fenicios en la península ibérica ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  2. Aug 6 • Subscribers Only

    ¿Por qué pierden todas las guerras?

    Desde 1945 Estados Unidos ha intervenido en numerosas guerras y casi todas las ha perdido o las ha dejado en un desagradable empate, quizá también la actual con Irán, donde todavía no ha logrado ninguno de los objetivos declarados por el Gobierno de Trump. La lista habla por sí misma. La de Corea acabó en tablas, Vietnam fue una derrota clara, y lo mismo cabe decir de Irak en 2003 y de los veinte años que junto a sus aliados de la OTAN pasó en Afganistán, dos décadas y un dineral gastado para huir a la carrera en agosto de 2021. De la de Kosovo en 1999 se suele hablar como una victoria, pero lo cierto es que Serbia obtuvo al final mejores condiciones que las ofrecidas antes de los combates. La única excepción fue la guerra del Golfo de 1991. El fracaso no se explica por falta de dinero, potencia de fuego ni valentía de sus soldados, porque de todo eso van sobrados. Las razones son estratégicas y estructurales. Estados Unidos libra guerras que escoge librar allá donde no se despacha nada especialmente grave para sus intereses nacionales, pero los objetivos que se ponen suelen ser muy ambiciosos. Esos objetivos a menudo pasan por rehacer otros países a su imagen y semejanza. Sus enemigos, en cambio, se juegan la supervivencia o la independencia, de modo que están mucho más dispuestos al sacrificio. En las guerras asimétricas el débil no vence en el campo de batalla, sino evitando ser aniquilado hasta que el fuerte concluye que seguir metido en eso no le compensa. Esto explica buena parte de la historia bélica de Estados Unidos desde el final de la segunda guerra mundial. China frenó en Corea lo que veía como amenaza existencial, el nacionalismo comunista venció en Vietnam, y Saddam Hussein no suponía una amenaza en 2003 cuando se puso en marcha la Operación Libertad Iraquí. Unos años antes, en la guerra del Golfo, todo funcionó bien porque los objetivos bélicos coincidieron con los intereses nacionales, Bush padre terminó rápido y no tomó Bagdad. La cuestión es que una superpotencia tan absoluta no encuentra intereses vitales que justifiquen grandes sacrificios, aunque precisamente por eso, porque son muy poderosos, tengan propensión a intervenir en cualquier parte. Su problema siempre ha sido elegir las guerras y los objetivos equivocados. Si ese problema persiste es porque la élite que maneja la política exterior en Washington se resiste a rendir cuentas y aprender de sus errores. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  3. Jul 30 • Subscribers Only

    Fronteras malditas

    Las fronteras que vemos en cualquier mapa parecen que siempre han estado ahí que son naturales, pero no es así. Existen fronteras naturales, por supuesto, suelen coincidir con ríos lo suficientemente anchos o cordilleras suficientemente altas. Ese es el caso de los Pirineos, donde la frontera natural y la política coinciden. Pero incluso ahí caben excepciones como los valles de Arán y Valcarlos. España, de cualquier modo, es mal ejemplo para entender la frontera moderna porque las suyas son antiguas y casi todas se fueron haciendo poco a poco y desde abajo. Durante la mayor parte de la historia las fronteras no eran líneas, sino zonas de transición muy porosas y con contornos difíciles de definir. La idea de que un país acaba en una línea bien definida empezó con la Paz de Westfalia de 1648 y culminó en el siglo XIX con los tratados de límites. A partir de aquí la mayor parte de las fronteras del mundo no surgieron de la geografía sino de una mesa de negociación. Un mapa político es por lo general una construcción que nos habla de intereses concretos de personas concretas. El acuerdo Sykes-Picot de 1916 repartió el moribundo Imperio otomano entre Francia y el Reino Unido mediante una serie de líneas recta trazada sobre un desierto que apenas conocían. Los británicos hicieron además tres promesas contradictorias sobre el mismo suelo. De aquel reparto nacieron Irak, Siria, el Líbano y Jordania, Estados artificiales en los que metieron a la fuerza a sunitas, chiíes, kurdos, cristianos y alauíes bajo las mismas bandera. Los kurdos, hoy 40 millones de personas, se quedaron sin Estado y están repartidos entre cuatro países. La Conferencia de Berlín de 1884 estableció las reglas para que los europeos se repartiesen África sin contar con los africanos, naturalmente. El principio de ocupación efectiva disparó la carrera por plantar banderas. El 30% de las fronteras africanas son líneas rectas perfectas que parten pueblos como los somalíes, los bakongo o los yoruba, o encierran a tribus muy distintas y que se llevan mal desde siempre. La descolonización del siglo pasado heredó íntegras aquellas fronteras y también los problemas derivados de ellas. En 1947 los británicos encargaron a Cyril Radcliffe, un jurista que nunca había pisado la India, dividir el Raj, un subcontinente de 400 millones de habitantes en solo cinco semanas. Su línea separó regiones enteras y provocó entre 12 y 18 millones de desplazados, amén de cientos de miles de muertos. De aquello saldría la guerra de Bangladés en 1971 y la disputa de Cachemira, que desde entonces enfrenta a indios y pakistaníes. El colapso de la Unión Soviética en 1991 convirtió en fronteras internacionales unas líneas administrativas trazadas básicamente por Stalin para dividir y controlar a las minorías. Valles como el de Ferganá en el centro de Asia fueron troceados, el Alto Karabaj, poblado por armenios, se metió en en Azerbaiyán, Crimea y el Donbás pasaron a Ucrania. De ahí nacieron los conflictos congelados que hoy siguen activos desde Transnistria hasta la guerra de Ucrania. La historia se repite una y otra vez. Trazar una frontera es un acto de poder cuyas consecuencias duran generaciones. El mapa no es el territorio, y no necesariamente es la gente que lo habita. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:44 Fronteras malditas 1:14:06 El trabajo infantil en las leyes de Indias Bibliografía: “Divide y vencerás” de Henri L. Wesseling - https://amzn.to/4vWsgpa “Atlas de las fronteras” de Bruno Tetrais - https://amzn.to/4fuHxZt “La frontera: un viaje alrededor de Rusia” de Erika Fatland - https://amzn.to/44TUhCS “Myths of geography” de Paul Richardson - https://amzn.to/4wpNqx0

  4. Jul 30 • Subscribers Only

    La tentación cesarista

    La república romana nació en el año 509 a.C, cuando los patricios expulsaron a Tarquinio el Soberbio. Crearon entonces un sistema pensado para que nadie concentrara demasiado poder. El Senado, las magistraturas colegiadas y anuales, los comicios, los tribunos de la plebe, todo un andamiaje que funcionó durante más de tres siglos y que empezó a resquebrajarse en el año 133 a.C con la muerte de Tiberio Sempronio Graco a manos de un grupo de senadores. A aquello le sucedió un siglo largo de convulsiones que concluyó con un solo hombre que reinstauró la monarquía aunque manteniendo los ropajes de la república. Comparar la república romana con nuestras democracias liberales es arriesgado, pero a la vez irresistible. Roma no era una democracia moderna, era una oligarquía con fachada popular, sin partidos ni sufragio universal y sostenida sobre esclavos. Pero en aquellos hombres reconocemos gestos, formas y vicios que nos suenan mucho. La polarización que envenena el debate, el líder que se presenta como encarnación del pueblo, la violencia política y la erosión silenciosa de las instituciones. A partir de un punto los optimates y populares dejaron de ser tendencias para convertirse en ejércitos morales que veían en el adversario a un enemigo que debía ser destruido. Cuando las instituciones se agrietan aparece el hombre providencial. Mario fue cónsul siete veces y privatizó de hecho el ejército al vincular a los soldados con el general que les prometía tierras. Sila marchó sobre Roma en el año 88 a.C e inauguró las proscripciones. Después llegaron Pompeyo y César, todos ellos salvadores del caos que ellos mismos habían ido creando. Las instituciones seguían existiendo, pero cada vez más vacías por dentro. El Senado fue perdiendo su autoridad, los comicios se manipulaban, las magistraturas caían siempre en los mismos, las conquistas territoriales hacían ricos a unos romanos, pero a otros les empobrecían. Todo convergía en un punto, la pérdida de fe en el sistema. Agotados de guerras civiles y corrupción, los romanos aceptaron con alivio la paz que ofrecía Augusto a cambio de sumisión, una monarquía disfrazada de república restaurada. Nadie quiso destruir la república, todos decían actuar en su nombre, pero entre todos la desmontaron pieza a pieza. De ahí podemos extraer algunas lecciones muy valiosas. Las democracias rara vez mueren de un golpe seco. Mueren por acumulación de decisiones tomadas por gente convencida de tener razón, generalmente con mucho apoyo popular. La historia no se repite, pero rima, nosotros tenemos el precedente que a los romanos les faltó. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  5. Jul 23 • Subscribers Only

    El pánico del año mil

    Todos hemos oído hablar algún vez del pánico del año mil, pero nunca ocurrió. La imagen que nos transmitió la literatura romántica de una Europa arrodillada en las iglesias en la noche del 31 de diciembre del 999 esperando el fin del mundo, con los campos sin sembrar y los penitentes flagelándose por las calles, es una invención posterior. Ninguna crónica contemporánea da cuenta de ello y ese silencio de los anales monásticos, siempre atentos a cometas, eclipses y muertes de obispos, habla por sí solo. El artífice de la leyenda fue Jules Michelet, que en 1833 dedicó unas páginas a este pánico medieval, unas páginas magníficas como obra literaria, pero muy flojas como tratado histórico. No era el primero en mirar a esos años con condescendencia. Antes de él la época del cambio de milenio ya había sido pintada de negro durante la reforma protestante y por parte de los ilustrados, que necesitaban una edad media oscura y supersticiosa para exhibirse ellos como los heraldos de un renacimiento cultural y espiritual. El romanticismo decimonónico, que miraba a la edad media con fascinación, se limitó a rematar la faena. La realidad del año mil fue muy distinta a como unos y otros la imaginarían siglos después. La inmensa mayoría de los europeos ignoraba en qué año vivía. En aquel entonces los eruditos, que eran muy pocos, empleaban distintos sistemas para el cómputo de los años, el de la era cristiana era sólo uno de ellos. Pero ninguno de ellos alcanzaba a la mayor parte de la población, que se regía por el curso de las estaciones, las cosechas, la coronación de los reyes y las festividades religiosas. La idea de que el mundo iba a acabar a los mil años procedía de mucho antes, del capítulo 20 del Apocalipsis. Durante el primer cristianismo tuvo cierto predicamento, pero San Agustín y otros padres de la Iglesia zanjaron el asunto interpretando ese número como símbolo del tiempo de la Iglesia, una doctrina que funcionó durante siglos como cortafuegos frente a las fiebres apocalípticas. Eso no fue obstáculo para que los profetas del fin del mundo siguiesen apareciendo, pero siempre fueron episodios locales y de pequeño alcance. Las fuentes que alimentaron el mito son escasas y sospechosas. Rodulfus Glaber, de quien se nutrió Michelet siglos más tarde, escribió sus “Cinco libros de historias" unos treinta años después de los hechos, pero Glaber tenía una propensión natural a los prodigios sobrenaturales que le convierte en un cronista poco fiable. Ninguno de sus coetáneos hicieron la más mínima mención al pánico del cambio de milenio. Nada de esto significa que aquella fuera una época tranquila. Ninguna lo fue, menos aún en un continente tan pobre y fragmentado como la Europa de hace mil años. Aquellas gentes tenían una mentalidad muy diferente a la nuestra, casi cualquier cosa que se salía de lo normal, desde una sequía al paso de un cometa, les parecía una señal divina. Los europeos del siglo X eran supersticiosos y en ocasiones milenaristas. El hecho es que fue precisamente en esa época cuando el oeste de Europa empezó a sacudirse el letargo económico y cultural que la había castigado desde la desaparición del imperio romano de occidente. De forma muy gradual la economía y la población despegaron y fueron dando forma a la Europa medieval que ha llegado hasta nosotros. Lo que no ha desaparecido es el milenarismo, ese sobrevive intacto y revive de tanto en tanto con la misma fuerza que lo hizo en el pasado. Sígueme en: · Web... https://diazvillanueva.com · Twitter... https://twitter.com/diazvillanueva · Facebook... https://www.facebook.com/fernandodiazvillanueva1/ · Instagram... https://www.instagram.com/diazvillanueva · Linkedin… https://www.linkedin.com/in/fernando-d%C3%ADaz-villanueva-7303865/ · Flickr... https://www.flickr.com/photos/147276463@N05/?/ · Pinterest... https://www.pinterest.com/fernandodiazvillanueva ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  6. Jul 23 • Subscribers Only

    Sancho el mayor

    Sancho Garcés III de Pamplona heredó siendo un niño un reino pequeño, apenas unos valles pirenaicos, la cuenca de Pamplona y una Rioja recién incorporada con Nájera como segunda capital. Su padre, García el Temblón, murió hacia el año 1004 y la regencia quedó en manos de su madre, Jimena Fernández, y de su abuela Urraca, dos mujeres de considerable peso político. Cuando el joven empezó a gobernar por sí mismo el califato de Córdoba estaba en plena guerra civil, de modo que pudo dedicar buena parte de sus energías a intervenir en los reinos y condados vecinos. Su instrumento favorito no fue la espada, sino el lecho nupcial. En el año 1010 se casó con Muniadona, hija de Sancho García, conde de Castilla. Cuando en el año 1029 el heredero de Castilla fue asesinado en León por los Vela, los derechos del condado recayeron en la casa de Pamplona. Sancho ocupó el condado, castigó a los culpables y colocó al frente a su hijo Fernando, que era todavía un adolescente. En 1032 remató la jugada con una doble boda que emparejaba a dos hijos suyos con dos hermanos leoneses. Entre 1033 y 1034 sus tropas entraron en Astorga y en la propia León, y Bermudo III tuvo que replegarse a Galicia. Al este absorbió Ribagorza y Sobrarbe aprovechando varias crisis dinásticas, arbitró entre los condes catalanes y ejerció una hegemonía un tanto difusa sobre Gascuña. En 1034 controlaba, directa o indirectamente, media España cristiana sin haber conquistado prácticamente nada a los musulmanes. Era tan poderoso que algunos cronistas se referían a él como rey de las Españas. Entretanto envió al monje Paterno a Cluny, implantó los usos benedictinos en San Juan de la Peña y Leyre, refundó el monasterio de Oña, restauró la sede episcopal de Palencia y consolidó el Camino de Santiago como arteria de comunicación con el resto de Europa. Murió poco después, en 1035, pero repartió sus dominios entre sus cuatro hijos bajo la jefatura del mayor, que se quedó el de Pamplona. El plan no duró mucho. Fernando venció a Bermudo III en la batalla de Tamarón y se hizo proclamar rey de León. A la vuelta de unos años Pamplona se la repartirían entre la emergente Castilla y el emergente Aragón. Esa fue su verdadera herencia, la de diseñar el mapa de la España cristiana que continuaría hacia el sur en la reconquista.

  7. Jul 17 • Subscribers Only

    Las armas de la venganza

    En el verano de 1944, con el frente occidental derrumbándose tras el desembarco de Normandía, la Alemania nazi presentó al mundo sus llamadas Armas de Venganza, las Vergeltungswaffen. Se trataba de dos ingenios revolucionarios, la V1 y la V2, concebidos para castigar a las ciudades británicas y devolver al Reich una iniciativa que ya había perdido en los campos de batalla. Más allá de su valor militar, Hitler y su ministro de propaganda Joseph Goebbels vieron en ellas un instrumento formidable para sostener la moral interna y alimentar la ilusión de un arma capaz de cambiar el curso de la guerra. La V1, denominada oficialmente Fieseler Fi 103, fue la primera bomba volante operativa de la historia. La impulsaba un motor pulsorreactor Argus cuyo característico zumbido intermitente le valió el apodo londinense de buzz bomb. Alcanzaba unos 640 kilómetros por hora, tenía un radio de acción cercano a los 250 kilómetros y transportaba una carga explosiva de unos 850 kilogramos. Su sistema de guía era rudimentario, un piloto automático giroscópico combinado con una pequeña hélice que medía la distancia recorrida y ordenaba el picado final sobre el objetivo. Desarrollada en el complejo de Peenemünde, en la costa báltica, la V1 empezó a lanzarse contra Londres el 13 de junio de 1944, apenas una semana después del Día D. Más adelante, los alemanes dirigieron miles de proyectiles contra Amberes, puerto vital para el abastecimiento aliado. Se lanzaron alrededor de 10.000 unidades contra Inglaterra, de las que poco más de 2.400 alcanzaron la capital y causaron unos 6.000 muertos. La respuesta aliada fue rápida y eficaz. Cazas como el Hawker Tempest, la artillería antiaérea dotada de espoletas de proximidad y los globos de barrera llegaron a derribar la mayoría de las bombas en las últimas semanas de la ofensiva. Muy distinta era la V2, conocida técnicamente como Aggregat 4 o A4, el primer misil balístico de largo alcance de la historia. Su desarrollo estuvo dirigido por el joven ingeniero Wernher von Braun, que encabezaba el equipo de cohetes de Peenemünde con el respaldo del ejército alemán. A diferencia de la V1, la V2 era un cohete propulsado por combustible líquido, una mezcla de alcohol etílico y oxígeno líquido que le proporcionaba un empuje extraordinario. Tras un breve ascenso vertical, el misil describía una trayectoria balística que lo elevaba hasta unos 80 kilómetros de altura antes de precipitarse sobre el objetivo a velocidad supersónica, superando los 5.000 kilómetros por hora. Esa velocidad lo volvía imposible de interceptar, pues impactaba antes de que se oyera su llegada. Transportaba una ojiva de aproximadamente una tonelada de explosivos. La producción en serie se concentró en la fábrica subterránea de Mittelwerk, cerca de Nordhausen, donde miles de prisioneros del campo de concentración de Mittelbau-Dora trabajaron en condiciones atroces. Se calcula que murieron más trabajadores forzados fabricando el arma que víctimas causó su empleo. Las primeras V2 cayeron sobre París y Londres el 8 de septiembre de 1944. Hasta el final de la contienda se dispararon más de 3.000 unidades contra objetivos británicos y belgas, con un balance cercano a los 9.000 muertos. Comparadas entre sí, la V1 y la V2 respondían a filosofías opuestas, la primera barata y sencilla pero vulnerable, la segunda sofisticada, cara e imparable. Ninguna de las dos alteró el rumbo del conflicto. Su impacto material resultó modesto frente a los bombardeos aliados, y su verdadera fuerza fue psicológica, el terror de un ataque imposible de prever. El legado técnico, en cambio, fue inmenso. La V2 se convirtió en la antepasada directa de los misiles balísticos modernos y de los cohetes espaciales, y el propio Von Braun terminaría diseñando el Saturno V que llevó al hombre a la Luna.

  8. Jul 16 • Subscribers Only

    La guerra que cambió España

    El 17 de julio de 1936 el ejército de África se sublevó contra el gobierno en el protectorado español de Marruecos. Un día más tarde la rebelión militar se extendió a las comandancias de la península, pero no triunfó en todas ellas, en las principales ciudades y en la propia capital fracasó. Esta circunstancia transformó lo que un grupo de generales habían planeado como un golpe rápido e indoloro en una guerra civil que duraría casi tres años. Las dos Españas se reorganizaron. La republicana en torno a un gobierno debilitado y con muchas divisiones internas que iría improvisando y se mantendría a la defensiva. La sublevada, que pasó a denominarse nacional, en torno a la figura de Francisco Franco, un general africanista que en octubre fue nombrado comandante supremo por sus compañeros de armas. La guerra tuvo varias varias fases. En el otoño de 1936 las columnas sublevadas avanzaron sobre Madrid, pero no consiguieron tomar la ciudad, lo que prolongó el conflicto. En 1937 el frente principal se desplazó al norte. Los sublevados se hicieron con el País Vasco, Cantabria y Asturias desde las zonas que ya controlaban en Navarra y Galicia. En 1938 la ofensiva de Aragón partió la zona republicana en dos. La batalla del Ebro, entre julio y noviembre de 1938, fue la más larga y sangrienta de todas. La derrota republicana permitió a los sublevados hacerse con Cataluña dejando al bando republicano herido de muerte y sin posibilidad ya de recuperarse. Unos meses más tarde se rindió Madrid y, con él, lo que quedaba de la zona controlada por la república. La guerra terminó el 1 de abril de 1939. La guerra pronto adquirió dimensión internacional. Alemania e Italia enviaron al bando sublevado material y unidades militares como la Legión Cóndor y el Cuerpo de Tropas Voluntarias. La Unión Soviética suministró aviación, carros de combate y asesores al Gobierno republicano, pagados en buena parte con las reservas de oro del Banco de España trasladadas a Moscú en 1936. Junto a eso unos 35.000 voluntarios extranjeros se integraron en las Brigadas Internacionales, que se retiraron en 1938 cuando la guerra estaba ya prácticamente perdida. El Comité de No Intervención, creado en septiembre de 1936 a instancias de Francia y el Reino Unido, no consiguió impedir que la guerra se internacionalizase. Ambas potencias se mantuvieron al margen. La guerra fue muy costosa en términos humanos y materiales, una auténtica tragedia para un país que ya arrastraba problemas económicos antes de su estallido. El balance fue de aproximadamente medio millón de muertos por todas las causas, de los cuales entre 150.000 y 200.000 correspondieron a operaciones militares y el resto a la represión en ambas zonas, el hambre y las enfermedades. España quedó devastada y tardó mucho en reconstruirse porque, apenas unos meses después de concluir la contienda, comenzó la segunda guerra mundial. Para hablar de este tema tenemos hoy en La ContraHistoria a Miguel Ángel Santamarina, escritor, periodista y divulgador histórico que este mismo año ha publicado un libro magnífico sobre la guerra civil: “La guerra que cambió España”, una aproximación muy original ya que lo ha estructurado en torno a episodios concretos que, juntos, nos cuentan la guerra tanto desde el punto de vista militar como el político y el humano. Bibliografía: - “La guerra que cambió España” de Miguel Ángel Santamarina - https://amzn.to/4vJ1mkM - “La guerra que cambió el mundo” de Miguel Ángel Santamarina - https://amzn.to/4wJTHmX - “La guerra civil” de Manuel Chaves Nogales - https://amzn.to/3RzYlVI - “La guerra civil española” de Burnett Bolloten - https://amzn.to/4pk45ze - “Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie” de Juan Eslava Galán - https://amzn.to/4fF8NUY

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