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Historias exclusivas de misterio, true crime y más

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La ContraHistoria

La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

  1. HACE 3 DÍAS • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    La isla ferroviaria

    Durante casi dos siglos la península ibérica ha sido una isla ferroviaria. La causa son los 233 milímetros de diferencia entre el ancho ibérico (1.668 mm) y el ancho internacional (1.435 mm) que es el que hay en la mayor parte de Europa. Esa decisión, tomada en 1844 por una comisión presidida por el ingeniero Juan Subercase, partió de dos justificaciones. Por un lado pensaban que la para gestionar mejor la difícil orografía española las locomotoras deberían tener calderas mayores y, con ello más potencia. Por otro preveía que el continente acabaría adoptando anchos más amplios. La historia desmintió ambas previsiones ya que Europa se uniformó en torno al estándar inglés dejando a España y Portugal aisladas. A pesar de que existe la leyenda de que se escogió ese ancho por miedo a una invasión francesa no hay nada de eso. Ningún documento oficial menciona razones defensivas y, además, para frenar a un invasor habría que haber elegido un ancho más estrecho, no más amplio. Las consecuencias se han dejado sentir hasta el momento presente. La ruptura de carga en las estaciones fronterizas encarecía el comercio exterior y restaba competitividad a la economía española. Los pasajeros tenían que cambiar de tren en la frontera y eso añadía tiempo a los trayectos. Pero, como la red se construyó de forma muy rápida, cuando se encontraron con el problema ya era tarde. Convertirla al ancho internacional hubiese sido muy caro y las obras de adaptación habrían ocasionado un trastorno aún mayor. En 1988 se decidió construir la nueva línea de alta velocidad Madrid-Sevilla en ancho internacional. Aquella decisión, tomada casi a hurtadillas con la vista puesta en la Expo 92, abrió la era del AVE, que pasaría desde entonces a convivir con los trenes de ancho ibérico. Esa convivencia entre ambos anchos se resolvió con ingeniería española. Talgo desarrolló su sistema de rodadura desplazable en los años 60 y tiempo después lo haría CAF. Hoy ambas tecnologías son patentes españolas exportadas a países que tienen problemas similares de distintos anchos de vía. Estos sistemas de cambio de ancho han permitido que los trenes Alvia puedan circular por las dos redes. Pero en España hay más anchos que el ibérico y el internacional. También existe una red de ancho métrico y una gran variedad de anchos que emplean los tranvías, los sistemas de Metro, los trenes mineros y los turísticos. Ese mosaico de anchos ferroviarios ha hecho de España un caso único en Europa.

    52 min
  2. HACE 3 DÍAS • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Lanzas, sangre y honor

    Todos hemos oído hablar de los torneos medievales, incluso los hemos podido ver en el cine. Aparecieron en la Francia del siglo XI. En esos primeros tiempos se les conocía como melé y eran simples peleas, batallas en miniatura que se libraban a campo abierto con armas afiladas, cargas a galope, heridos y en ocasiones también muertos. Aquellas melés servían para mantener engrasada la maquinaria de guerra en tiempos de paz ,y para que se luciesen los mejores caballeros de cada señorío. La Iglesia condenaba la práctica, pero sin demasiado éxito ya que pronto empezaron a verse melés por toda la Europa occidental. Ya en el siglo XIII la melé fue cediendo terreno a la justa, un combate singular y teatralizado entre dos caballeros separados por una liza de madera. Aquella barrera, creada por por los italianos del siglo XIV, reducía el riesgo de morir en combate y permitía que la justa se convirtiese en un gran espectáculo que congregaba a multitudes. El torneo se transformó así en un escaparate cortesano con heraldos que anunciaban a los contendientes, damas que entregaban los premios, y un código heráldico fácilmente reconocible que permitía saber el linaje de cada caballero aunque llevase el yelmo cerrado. El honor era lo que estaba en juego, aunque, eso sí, las justas de los siglos XIV y XV movían ya una cantidad de dinero considerable. En origen los caballeros iban armados con una simple cota de malla, poco a poco fueron adoptando piezas duras, primero de cuero hervido y luego de metal. La armadura de los siglos XV y XVI estaba ya muy trabajada. Para las justas se fabricaban en los talleres de Milán o Augsburgo armaduras de placas que cubrían en cuerpo entero. Esas armaduras llegaron a alcanzar precios de escándalo, pero los caballeros pagaban gustosos. Maximiliano de Habsburgo dio nombre a la modalidad estriada, la cumbre de las armaduras que llegó justo cuando la pólvora y las armas de fuego portátiles empezaron a cambiar la cara a la guerra. Pero el torneo era también un negocio. Los rescates que pedían los vencedores, los caballos destreros criados en Flandes o en Andalucía y los séquitos que acompañaban a los caballeros movían fortunas y trastornaban la vida de las ciudades que acogían una justa durante semanas. Organizar un buen torneo otorgaba un gran prestigio al anfitrión y dejaba mucho dinero allá donde se celebraba. A mediados del siglo XVI empezaron a decaer y su declive fue muy rápido. Los arcabuces y mosquetes hicieron de la armadura algo inútil, disciplinados cuerpos de infantería como los tercios desplazaron a la caballería pesada y la nobleza empezó a perder el interés en participar directamente en las guerras. Hubo también un desgraciado accidente. En 1559 durante una justa que celebraba en París el matrimonio de Felipe II de España e Isabel de Valois, el rey de Francia murió a consecuencia de las heridas tras medirse con el conde de Montgomery. Su viuda, Catalina de Médici prohibió los torneos en toda Francia y a partir de ahí fueron perdiendo atractivo. Pero de los torneos medievales nos queda más de lo que pensamos. La heráldica pervive hasta nuestros días, también la idea caballeresca del juego limpio y el respeto al adversario. Para hablar de este tema tan sugerente vuelve a La ContraHistoria Yeyo Balbás, alguien para quien la edad media no tiene secreto alguno. Bibliografía: “Libro de la orden de caballería” de Ramón Llull - https://amzn.to/425KmZu “Tournaments: Jousts, Chivalry and Pageants in the Middle Ages” de Richard Barber y Juliet Baker - https://amzn.to/4cH8mZ0 “Chivalry” de Maurice Keen - https://amzn.to/4tDTOPL “Libro del passo honroso” de Suero de Quiñones - https://amzn.to/3PcW3dV

    1 h 21 min
  3. 23 ABR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Cuando Japón se aisló del mundo

    El Sakoku fue la política de aislamiento forzoso que impuso el shogunato Tokugawa a mediados del siglo XVII. Tras más de un siglo de inestabilidad y guerras civiles, el shogun Tokugawa Ieyasu se hizo con el poder en 1603 e instauró un gobierno centralizado en la ciudad de Edo, la actual Tokio. Sus sucesores, especialmente Iemitsu, promulgaron entre 1633 y 1639 cinco edictos que prohibieron a los japoneses salir del país, impidieron el regreso de los emigrados y expulsaron a los portugueses. El motivo principal no fue teológico, sino político. Los shogunes temían que detrás de los misioneros portugueses y españoles llegasen los mercaderes y los soldados como había pasado en la India o Filipinas. Pero el aislamiento no fue absoluto. Algunos puertos quedaron abiertos con muchas restricciones para comerciar con China, Corea y los Países Bajos. Estos últimos comerciaban desde una isla artificial llamada Dejima frente al puerto de Nagasaki. Los Tokugawa se fiaban más de los holandeses porque comprobó que no tenían intención de evangelizar, solo les movía la ambición comercial. Por Dejima fueron entrando algunos de los avances científicos y técnicos que se produjeron en aquella época. Una minoría selecta de eruditos japoneses aprendió el neerlandés y tradujo manuales y tratados que formarían a las élites que protagonizarían la apertura del siglo XIX. Dos siglos y medio de paz sentaron muy bien a Japón. El país experimentó un gran crecimiento urbano y el florecimiento de las artes. Pero el mundo había cambiado mucho para mediados del siglo XIX. En 1853 se presentó en la bahía de Edo una escuadra estadounidense al mando del comodoro Matthew Perry, que les entregó un ultimátum para firmar un acuerdo comercial. Esa expedición se sustancia en una serie de tratados con Estados Unidos y varios países europeos. La crisis interna no tardó en estallar y aquello culminó con la Restauración Meiji de 1868, que puso fin a este peculiar experimento que tuvo una influencia decisiva en el Japón contemporáneo. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    59 min
  4. 22 ABR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    El Grand Tour

    Durante el siglo XVIII jóvenes aristócratas del norte de Europa, especialmente británicos, protagonizaron un fenómeno cultural conocido como el Grand Tour. Se trataba de un viaje iniciático por el continente que duraba entre uno y tres años, y que culminaba siempre en Italia. Muchachos de entre 16 y 22 años abandonaban la campiña inglesa para recorrer una ruta previamente establecida que pasaba por París, Ginebra, los Alpes, Turín, Milán, Venecia, Bolonia, Florencia, Roma y Nápoles. Regresaban con libros, grabados, colecciones de medallas, bustos romanos, lienzos y, sobre todo, con una idea nueva del mundo que les transformaba en auténticos gentlemen. El Tratado de Utrecht de 1713 hizo posible este viaje al crear unas condiciones de paz relativa en Europa. Gran Bretaña había emergido como potencia naval, las rutas se volvieron transitables y los puertos estaban abiertos. La nobleza británica, enriquecida por el comercio colonial y la incipiente revolución industrial, disponía del dinero y del tiempo necesarios para financiar semejante viaje. La logística implicaba cierta complejidad. Cada joven viajaba acompañado de un bear-leader, normalmente un cura anglicano culto que oficiaba de tutor. En Italia contrataban cicerones locales de habla inglesa, algunos llegaron a hacerse muy famosos como el alemán Johann Joachim Winckelmann. Las letras de cambio les permitían disponer de efectivo en la moneda local en cada escala, pero era un viaje lento. Cruzar los Alpes exigía desmontar el carruaje y subir el puerto a lomos de mula. Ya en Italia tenían que atravesar aduanas, alojarse en posadas no muy recomendables y pasar cuarentenas que podían retener al viajero durante semanas. El viaje era también muy costoso, de unas 800 libras al año, es decir, unos 200.000 euros actuales. París era la antesala, allí el joven aprendía modales, esgrima, baile y lengua francesa. Visitaba el palacio de Versalles y se codeaba con la nobleza local. Pero Italia era el destino final del viaje. Venecia les deslumbraba. Allí los ingleses descubrieron a Canaletto, cuyas vistas de la ciudad compraban con avidez. Florencia era la patria del Renacimiento y el laboratorio del gusto clásico, pero todo eran simples escalas antes de llegar a Roma. Los viajeros se alojaban junto a la plaza de España en un barrio que los romanos bautizaron como gueto de los ingleses. En Roma adquirían antigüedades y se hacían retratar con ruinas de fondo. La última parada era Nápoles, donde se acababan de descubrir las ruinas de Pompeya y Herculano. En Nápoles no tenían que evocar la antigua Roma, la veían con sus propios ojos. El mercado del arte floreció gracias a estos viajeros que iban con los bolsillos llenos. Marchantes como Thomas Jenkins enviaban a Inglaterra esculturas, mármoles y antigüedades, muchas de las cuales acabarían en el Museo Británico. Al regresar, estos lords reformaban sus mansiones siguiendo el estilo palladiano. Esa misma estética saltaría el Atlántico para convertirse en la arquitectura de prestigio de las trece colonias de Norteamérica. El declive llegó a finales de siglo con la revolución francesa y las guerras napoleónicas, que afectaron directamente a Italia y cerraron el continente para los británicos durante años. Décadas después llegó el ferrocarril, que dejó obsoletos los viajes a la antigua. El Grand Tour, reservado a los aristócratas, dio paso a los viajeros románticos y al turismo burgués. A mediados del siglo XIX era ya cosa del pasado, pero dejó una impronta imborrable en Italia y, sobre todo, en el Reino Unido. En El ContraSello: 0:00 Introducción 4:02 El Grand Tour 1:23:24 Los gulags soviéticos

    1 h 34 min
  5. 17 ABR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Dueños del mundo

    En el Madrid de 1576, flamante capital del Imperio de Felipe II, abundan las muertes y los duelos, pero cuando el alguacil Diego de Paz, veterano de los Tercios, se hace cargo del hallazgo de un cuerpo cruelmente torturado, sabe que se encuentra ante un crimen poco habitual. Se trata de un boticario con fama de alquimista, y conforme avance en sus investigaciones se encontrará con una peligrosa trama que apunta a altas instancias del poder. En la corte se mueven personajes como el secretario Antonio Pérez o la princesa de Éboli, cuando un nuevo asesinato sacude las conversaciones de plazas y mercados. El asesinado es Juan de Escobedo, hombre de confianza del hermanastro del rey, don Juan de Austria, que lucha en Flandes por mantener el poder real. La muerte sin descendencia del rey don Sebastián en la desastrosa jornada de Alcazarquivir supone para Felipe II aspirar al trono de Portugal, pero no será fácil. Una nueva guerra pondrá al duque de Alba al frente del ejército de tierra y al marqués de Santa Cruz al mando de la escuadra que luchará en el mar. José Calvo Poyato regresa con una nueva novela que nos transporta a uno de los periodos más ricos y apasionantes de nuestra historia: el de la mayor extensión del Imperio español. En ella conoceremos no solo a los grandes personajes y eventos de la época, también podremos asistir a la vida cotidiana en las calles del Madrid del Siglo de Oro, con sus mentideros, iglesias y tabernas, o a las salas y corredores de El Escorial y del Alcázar Real. El libro lo pueden encontrar aquí: https://amzn.to/4mENZin ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    49 min
  6. 16 ABR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    1625: el último sol del imperio español

    Conferencia de Hugo Cañete en las Jornadas de Literatura Histórica de Santa Fe. 1625 fue el año de las victorias, en el que la España imperial hizo alarde de la mayor maquinaria militar de su tiempo. Franceses, holandeses, ingleses, daneses, suecos y príncipes de otros estados se coaligaron con el objetivo de neutralizar a la potencia hegemónica, la Monarquía española. El imperio donde no se ponía el sol se vio atacado en tres continentes, dos mares y un océano. Mientras llevaba la iniciativa en Flandes, con el espectacular sitio de Breda, organizó la mayor fuerza anfibia de su tiempo, cinco tercios de infantería y casi sesenta navíos, y la proyectó al otro lado del Atlántico para recuperar la capital brasileña, Salvador de Bahía. Las armas españolas también acudieron en ayuda de la República de Génova y del valle de la Valtelina, guerras subsidiarias de Francia orquestadas por su materia gris, el cardenal Richelieu. Y aún tendrían que rechazar tres ataques más en San Juan de Puerto Rico, en Mina, actual Ghana, y en Cádiz. Eel historiador especialista en los tercios Hugo A. Cañete, especialista en los tercios, aborda con todo detalle el «año de los milagros» en su cuarto centenario. El libro lo podéis encontrar aquí: - "1625. El último sol del imperio español" de Hugo Cañete - https://amzn.to/4dU4zIW ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    1 h 3 min
  7. 16 ABR • SÓLO PARA PERSONAS CON SUSCRIPCIÓN

    Propaganda: la fábrica de la mentira

    El nazismo no se sostuvo únicamente sobre la Gestapo y los campos de concentración. Lo hizo también sobre una formidable maquinaria de propaganda que convenció a millones de alemanes de que Hitler tenía razón en todo y el tercer Reich era el mejor de los mundos. Los cimientos de esta propaganda los encontramos ya en “Mein Kampf”, donde Hitler, obsesionado con la idea de que Alemania había perdido la Gran Guerra en la retaguardia y no en el frente, esboza un método tan simple como efectivo: dirigirse a las masas y no a las élites, apelar a la emoción y no a la razón, reducir el mundo a amigos y enemigos, y repetir el mensaje hasta la extenuación. Ese método lo pusieron en práctica nada más llegar al poder mediante el ministerio de Ilustración Popular y Propaganda, dirigido por Joseph Goebbels, un filólogo y novelista frustrado que se convirtió en el demiurgo del imaginario del Reich. Tres palabras resumían aquello: emoción, repetición y enemigo. El enemigo por antonomasia era el judío, al que se culpaba de todos los males del país: de la derrota en la guerra, de la inflación, del desempleo, del bolchevismo y del capitalismo financiero. Sobre eso se levantaron mitos como el de la sangre y el suelo, la superioridad aria y el Führerprinzip, que convertía a Hitler en un mesías secular rodeado de una liturgia pagana filmada magistralmente por Leni Riefenstahl en “El triunfo de la voluntad”. La prensa opositora fue absorbida o cerrada y los periodistas obligados a seguir las consignas diarias del ministerio. La radio se convirtió en el mejor arma para llegar a las masas gracias al Volksempfänger, un receptor asequible que sólo retransmitía las emisoras del régimen. Alemania se convirtió, de hecho, en el país del mundo con más receptores de radio por habitante. El cine combinaba entretenimiento de mera evasión con películas puramente ideológicas. La literatura fue purgada de autores y estilos incómodos, lo mismo sucedió con la música, la pintura, la escultura y la arquitectura. El arte era un brazo más del sistema goebbelsiano, uno de los más importantes, La educación fue depurada, se incluyó en el temario la biología racial y se encuadró a los niños y adolescentes en las Juventudes Hitlerianas y la Liga de las Muchachas alemanas. Allí los niños aprendían a marchar, obedecer y, en ocasiones, delatar a sus propios padres. Los grandes rituales colectivos tuvieron su cumbre en los congresos de Núremberg, cuya sede Albert Speer transformó en una catedral de luz de Speer. En 1936, sólo tres años después de la llegada al poder de los nazis y coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Berlín, la máquina ya funcionaba a pleno rendimiento. Hacia el exterior también se proyectaba esa imagen dulcificada del régimen. Pero ahí no fue tan efectiva. Allá donde tenía que competir con la prensa libre se atascaba. Dentro de Alemania funcionaba a la perfección y lo siguió haciendo hasta el final de la guerra. Nos queda una lección incómoda. Los alemanes eran seguramente el pueblo más culto de Europa. La propaganda funcionó no porque fuese tosca, sino por todo lo contrario, era muy sofisticada, vestía el odio de deber patriótico y de sentimiento de pertenencia. Para hablar de este tema nos acompaña hoy Juanjo Ortiz, un divulgador histórico bien conocido entre los aficionados por su web, El cajón de Grisom, y autor de un magnífico libro sobre la propaganda nazi que publicó hace sólo unos meses.

    1 h 22 min

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