Hoy descubriremos el lado más desconocido de un hombre que tenía una caja con más papeles que Bárcenas y una agenda que parecía la lista de asistentes a una cumbre del G20. Hoy hablaremos de Jeffrey Edward Epstein, “Esa persona de la que usted me habla”. Jeffrey nació en Brooklyn el 20 de enero de 1953. Su familia era judía askenazí, que son los judíos que se asentaron en Europa, bueno, los que quedaron. Su madre, Pauline, era ama de casa y su padre, Seymour, era jardinero del Ayuntamiento, que el hombre intentó meter a Jeffrey y a su hermano de ordenanzas, pero Jeffrey dejó de escuchar en el “meté”. Cuando cumplió 5 años, el niño le pidió a la madre una pelota en forma de teta que le había visto a un amiguito, pero la madre lo apuntó mejó a piano pa que tocara algo. Asistió a los colegios públicos de allí, que tienen menos nivel que la Juan Carlos I, porque los judíos son muy buenos haciendo dinero pero dicen que gastan menos que Perluigi Collina en Champú. Epstein terminó COU en 1969, con 16 años, saltándose 2 cursos, porque eso sí, era más listo que el primero que cobró “gastos de gestión”. Se matriculó en 1970 en la Cooper Unión hasta que el padre se dio cuenta que era una universidad privada y lo mandó en el 71 a la facultad de matemáticas de Puerto Real. De allí se fue en 1974, con 21 años pero sin terminar, sin título y sin ponerse ni un día una camiseta blanca de mangas largas debajo de una oscura de mangas cortas. Esa misma tarde, antes de que se dieran cuenta en la facultad que no iba a volver a pisarla ni pa ir a la cafetería a jugar al mus, Jeffrey echó el currículum en un Instituto de Manhattan donde pa trabajar el único título que pedían era el de una canción, así que antes de acabar el curso estaba de profesor de física y matemáticas rodeado de adolescentes y más contento que Garamendi dando de comer a una familia. Pero viendo que cobraba poco y que el instituto tenía cámaras de vigilancia, Epstein decidió meterse en la banca y abrir su propia asesoría. Eso sí, él no asesoraba a “Carpas Quitasol”, él asesoraba a Leslie Wexner, el fundador de Victoria´s Secret, que tenía todo lo que a él le gustaba, mucho dinero y abridores de botellines en forma de totete. A Epstein le fue tan bien que se compró el Lolita Express, un avión en el que se montó hasta Stephen Hawking pero por el catering y porque se estaba fresquito. También se compró una isla en las “Islas Vírgenes” donde siempre había más gente que delante de la Gioconda. Vamos, que Epstein iba dejando más pistas que Hansel y Gretel. En 1992 se echó de novia a Ghislaine Maxwell, que es como la Infanta Cristina de ellos. En esta época Epstein ya tenía el pelo blanco, la cara alargaita como un suso de crema y amistad con Trump, Clinton, la princesa Mete Mary y Anita Obregón, que es como un mueble de IKEA, está en tós laos. Además, Epstein era tan buen anfitrión que les hacía foto-recuerdos a sus invitados como cuando tú te montas en la montaña rusa de Isla Mágica y sale con la cara que parece que te acaba de llegá la factura de la luz. En 2008 le pillaron por primera vez mirando raro un dibujo de Candy, Candy. Pero como tenía mejores abogados que un malo de James Bond, le cayó una condena que parecía un campamento de verano: salía de la cárcel 12 horas al día para ir a la oficina. El 6 de julio de 2019 ya le pillaron por segunda vez, pero con el dibujo de Candy, Candy de los que si tú le dabas con salivita y desaparecía la ropa. Lo metieron en una cárcel de Nueva York mientras llegaba el juicio, en una celda sin ventanas, sin compañero, sin guardas, sin cámaras de seguridad, con una viga, una silla y una sábana muy larga. Así que el 10 de agosto de 2019, con 66 años, Epstein se fue al patio los callaos sin ser juizgado, aunque ustedes siempre podrán recordarlo cuando vean a alguien con muchos papeles o le saquen una foto inesperada en una montaña rusa.