La ContraHistoria

La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

IVOOX ORIGINALS

Historias exclusivas de misterio, true crime y más

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    ContraViajes de invierno

    Desde 2022 los ContraViajes culturales se organizan una vez al año en primavera, pero abril y mayo resultan demasiado fríos y lluviosos para destinos septentrionales como Viena, Budapest o las islas británicas, y demasiado calurosos para lugares meridionales como Egipto, Petra o el norte de África. De ahí nace la propuesta de desdoblar el viaje en dos, uno invernal a destinos por debajo del paralelo 40, entre noviembre y marzo, y otro estival a destinos septentrionales, de mayo a julio. La ventaja añadida es que quienes no encajan las fechas del viaje único podrían acudir al menos a uno de los dos. Como primera prueba invernal se plantean las islas Canarias, un destino que va mucho más allá del sol y la playa. El archipiélago desempeñó un papel decisivo en el descubrimiento y la conquista de América, sirvió de escala a Colón y ensayó soluciones urbanísticas luego trasladadas al continente. La Laguna, con su trazado en damero declarado patrimonio en 1999, y Las Palmas, con Vegueta, la Casa de Colón y sus castillos, concentran un patrimonio singular, junto a La Orotava o la Candelaria. Su clima benigno, buenos vuelos desde Madrid, amplia planta hotelera y un guía como Carlos Pérez Simancas completan el atractivo. Necesito la opinión de los patronos, fans y miembros del canal, porque de esa opinión saldrá lo que se haga finalmente. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

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    Los asedios de Malta

    Malta es un archipiélago diminuto compuesto por tres islas principales de apenas 320 kilómetros cuadrados de superficie. No tiene ríos, hay muy poca tierra fértil y escasea el agua. Por lógica, un lugar así no debería ser muy deseable y su papel en la historia tendría que haber ido parejo a su tamaño. Pero ocurrió lo contrario. Su posición en el centro exacto del Mediterráneo, a la entrada del canal de Sicilia, donde el mar se estrecha y se parte en dos cuencas, convirtió a Malta desde tiempos lejanos en una de las islas más codiciadas. Quien dominaba Malta dominaba ese brazo de mar y podía asfixiar el comercio. Llegó a ser tan importante que en la segunda guerra mundial se ganó el apodo de portaviones insumergible. A ese valor se sumaba el de contar uno de los mejores puertos naturales del Mediterráneo, situado en la costa norte, donde los caballeros de San Juan levantaron la ciudad fortificada de La Valeta. Cinco grandes asedios han definido su historia. El primero fue en el año 870, cuando los aglabíes de Ifriqiya arrasaron la ciudad bizantina de Melita tras un sitio dirigido por el ingeniero Halaf al Hadim. La plaza fue saqueada, sus murallas demolidas y su población esclavizada o pasada a cuchillo. Los conquistadores no querían quedarse, solo neutralizar la isla. Décadas después la repoblaron colonos musulmanes llegados desde Sicilia que dejaron una herencia permanente, el maltés, único idioma semítico escrito en alfabeto latino de la Unión Europea. El segundo asedio fue el de Mdina en 1429. Una flota hafsí proveniente de Túnez desembarcó unos 18.000 hombres como represalia por una incursión aragonesa realizada poco antes en las costas africanas. La vieja capital resistió tres días encaramada en su cerro, pero el enemigo saqueó el resto de la isla y se llevó miles de cautivos. Malta tardó décadas en recuperarse de aquel golpe demográfico. El tercero, el Gran Sitio de 1565, es el más conocido. Solimán el Magnífico envió entre 40.000 y 50.000 hombres contra los 6.000 u 8.000 defensores de la Orden de San Juan capitaneados por su gran maestre, el anciano Jean Parisot de la Valette. El sacrificio del fuerte de San Telmo, que aguantó un mes y costó miles de bajas otomanas y la vida del corsario Dragut, dio tiempo a que llegara el socorro español desde Sicilia. Los turcos se retiraron en septiembre tras cuatro meses de sitio. El cuarto fue distinto. En 1798 Napoleón tomó la isla sin necesidad de disparar aprovechando la decadencia de la Orden. Pero su ofensiva anticlerical provocó una insurrección de los malteses. Los británicos declararon un bloqueo naval que obligó a rendirse a los franceses, pero solo después de dos años resistiendo tras los inexpugnables muros de La Valeta. Tras ello los británicos se apoderarían del archipiélago durante siglo y medio. El quinto sitio llegó en 1940, pero esta vez no llegó ni por tierra, ni por mar, sino desde el aire. Los aliados habían transformado Malta en una base clave para interceptar los convoyes del Eje rumbo a África. Los alemanes la bombardearon durante años de forma inclemente, pero la isla no se rindió. Gracias a eso su contribución a la victoria aliada en el norte de África fue fundamental. Para reconocérselo el rey Jorge VI concedió la Cruz de San Jorge a toda la población de las islas, la misma cruz que hoy la república de Malta luce orgullosa en su bandera. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:56 Los asedios de Malta 1:14:34 La guerra civil 1:20:01 La corona de Aragón

  3. 3 gg fa • Solo abbonati

    Snow y el misterio del cólera

    El padre de la epidemiología fue un médico británico llamado John Snow. Nació en York en 1813, en el seno de una familia humilde, y tras aprender el oficio a la manera tradicional en Newcastle, viajo a Londres a pie en 1836 para formarse como médico. Antes de pasar a la historia por el cólera, se ganó un nombre como anestesista. Estudió con rigor matemático el éter y el cloroformo, diseñó inhaladores bien calibrados y llegó a administrar cloroformo a la reina Victoria en el parto del príncipe Leopoldo en 1853, lo que legitimó de golpe la anestesia obstétrica frente a los escrúpulos religiosos que eran muy comunes en la época. Pero su gran obra fue otra. En una época dominada por la teoría del miasma, según la cual las epidemias se transmitían por el aire corrompido, Snow estaba convencido de que el cólera viajaba en el agua contaminada por las heces de los enfermos. Hizo primero un razonamiento clínico constatando que la enfermedad afectaba primero al intestino y no a los pulmones. La prueba sobre el terreno la obtuvo en 1854, cuando un brote fulminante mató a más de 600 personas en el Soho londinense. Snow recorrió las calles casa por casa, anotó las muertes y trazó un mapa que las concentraba alrededor de una fuente de agua en Broad Street. Convenció a las autoridades para retirar la manija del surtidor, algo que se ha convertido en todo un símbolo de la medicina. Reforzó la investigación en Broad street con un experimento a gran escala al sur del Támesis, donde comparó la mortalidad según la compañía que suministraba el agua. Murió en 1858, a los 45 años, fue enterrado de forma muy discreta, casi sin honores, y hasta ridiculizado por defender que el mal olor no mataba. Décadas después, Pasteur y Koch le dieron la razón. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  4. 6 ago • Solo abbonati

    La batalla del Atlántico

    La conocida como batalla del Atlántico fue la campaña más larga de toda la segunda guerra mundial. Duró 68 meses sin una sola pausa entre septiembre de 1939 y mayo de 1945. No tuvo la épica de otros frentes, pero resultó decisiva porque Gran Bretaña, una isla que en aquel entonces tenía 48 millones de habitantes, importaba por mar más de la mitad de sus alimentos y casi todas sus materias primas. Cortar ese cordón umbilical equivalía a estrangular la resistencia británica sin necesidad de invadir la isla. Churchill lo comprendió y bautizó en 1941 lo que estaba sucediendo en el océano con el nombre de batalla del Atlántico, que es como ha pasado a la historia. El arma de los alemanes fue el submarino. El almirante Karl Dönitz estaba convencido de que con 300 U-Boote podía asfixiar al Reino Unido, pero al empezar la guerra solo disponía de 57, de los cuales apenas 25 servían para el océano abierto. Sus superiores, encabezados por Erich Raeder, seguían soñando con grandes buques de superficie, pero la Kriegsmarine no estaba aún preparada al comenzar la guerra para medirse con la Royal Navy. Aun así, en los primeros meses el arma submarina cosechó varios éxitos muy celebrados en Alemania como el ataque de Günther Prien contra el Royal Oak en la base de Scapa Flow. La rendición de Francia en junio de 1940 lo cambió todo. Los puertos de Bretaña y del golfo de Vizcaya acortaron la ruta hacia las zonas de caza y dieron lugar a lo que los marinos alemanes denominaron los tiempos felices. Fue entonces cuando capitanes de submarinos como Otto Kretschmer hundieron miles de toneladas aplicando la táctica de las manadas de lobos. Frente a ellos, los británicos reactivaron el sistema de convoyes y confiaron en el sonar, que se demostró inútil contra submarinos que atacaban de noche y desde la superficie. La estrategia de Dönitz se basaba en la llamada guerra del tonelaje, es decir de hundir barcos aliados más deprisa de lo que los astilleros podían reponerlos. La entrada de Estados Unidos en la guerra, lejos de acabar con el problema, inauguró otra etapa dorada para los submarinos alemanes, que hundían barcos frente a la costa este sin apenas oposición. Pero no duró mucho, los alemanes no contaban con la desmesurada capacidad industrial estadounidense. Entre marzo y mayo de 1943 los aliados consiguieron cambiar el rumbo de la batalla gracias al descifrado de la máquina Enigma, el desarrollo del radar centimétrico, el Huff-Duff, los grupos de apoyo con portaaviones de escolta y los aviones Liberator de muy largo alcance que cerraron el agujero negro del centro del océano. A todo eso se sumó la producción en masa de los mercantes de la clase Liberty. La fase final entre 1943 y 1945 fue la de un irreversible declive. Los nuevos submarinos del Tipo XXI llegaron demasiado tarde y tras el desembarco de Normandía perdieron sus bases en Francia. La batalla costó la vida a 30.000 marinos que tripulaban los más de 30.000 mercantes hundidos. En el lado alemán se perdió la mayor parte de la flota de submarinos, que se convirtieron en ataúdes de hierro para sus tripulaciones. En torno al 75% de los submarinistas alemanes perdieron la vida. Los historiadores han debatido mucho sobre si el Reino Unido estuvo realmente al borde del colapso, pero una cosa no anula la otra. Fue una batalla fundamental que los aliados no podían permitirse perder y que se ganó tanto en las cubiertas barridas por los temporales como en los astilleros de Baltimore y en las salas de Bletchley Park. En El ContraSello: 0:00 Introducción 4:05 La batalla del Atlántico 1:19:12 Los fenicios en la península ibérica ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  5. 6 ago • Solo abbonati

    ¿Por qué pierden todas las guerras?

    Desde 1945 Estados Unidos ha intervenido en numerosas guerras y casi todas las ha perdido o las ha dejado en un desagradable empate, quizá también la actual con Irán, donde todavía no ha logrado ninguno de los objetivos declarados por el Gobierno de Trump. La lista habla por sí misma. La de Corea acabó en tablas, Vietnam fue una derrota clara, y lo mismo cabe decir de Irak en 2003 y de los veinte años que junto a sus aliados de la OTAN pasó en Afganistán, dos décadas y un dineral gastado para huir a la carrera en agosto de 2021. De la de Kosovo en 1999 se suele hablar como una victoria, pero lo cierto es que Serbia obtuvo al final mejores condiciones que las ofrecidas antes de los combates. La única excepción fue la guerra del Golfo de 1991. El fracaso no se explica por falta de dinero, potencia de fuego ni valentía de sus soldados, porque de todo eso van sobrados. Las razones son estratégicas y estructurales. Estados Unidos libra guerras que escoge librar allá donde no se despacha nada especialmente grave para sus intereses nacionales, pero los objetivos que se ponen suelen ser muy ambiciosos. Esos objetivos a menudo pasan por rehacer otros países a su imagen y semejanza. Sus enemigos, en cambio, se juegan la supervivencia o la independencia, de modo que están mucho más dispuestos al sacrificio. En las guerras asimétricas el débil no vence en el campo de batalla, sino evitando ser aniquilado hasta que el fuerte concluye que seguir metido en eso no le compensa. Esto explica buena parte de la historia bélica de Estados Unidos desde el final de la segunda guerra mundial. China frenó en Corea lo que veía como amenaza existencial, el nacionalismo comunista venció en Vietnam, y Saddam Hussein no suponía una amenaza en 2003 cuando se puso en marcha la Operación Libertad Iraquí. Unos años antes, en la guerra del Golfo, todo funcionó bien porque los objetivos bélicos coincidieron con los intereses nacionales, Bush padre terminó rápido y no tomó Bagdad. La cuestión es que una superpotencia tan absoluta no encuentra intereses vitales que justifiquen grandes sacrificios, aunque precisamente por eso, porque son muy poderosos, tengan propensión a intervenir en cualquier parte. Su problema siempre ha sido elegir las guerras y los objetivos equivocados. Si ese problema persiste es porque la élite que maneja la política exterior en Washington se resiste a rendir cuentas y aprender de sus errores. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  6. 30 lug • Solo abbonati

    Fronteras malditas

    Las fronteras que vemos en cualquier mapa parecen que siempre han estado ahí que son naturales, pero no es así. Existen fronteras naturales, por supuesto, suelen coincidir con ríos lo suficientemente anchos o cordilleras suficientemente altas. Ese es el caso de los Pirineos, donde la frontera natural y la política coinciden. Pero incluso ahí caben excepciones como los valles de Arán y Valcarlos. España, de cualquier modo, es mal ejemplo para entender la frontera moderna porque las suyas son antiguas y casi todas se fueron haciendo poco a poco y desde abajo. Durante la mayor parte de la historia las fronteras no eran líneas, sino zonas de transición muy porosas y con contornos difíciles de definir. La idea de que un país acaba en una línea bien definida empezó con la Paz de Westfalia de 1648 y culminó en el siglo XIX con los tratados de límites. A partir de aquí la mayor parte de las fronteras del mundo no surgieron de la geografía sino de una mesa de negociación. Un mapa político es por lo general una construcción que nos habla de intereses concretos de personas concretas. El acuerdo Sykes-Picot de 1916 repartió el moribundo Imperio otomano entre Francia y el Reino Unido mediante una serie de líneas recta trazada sobre un desierto que apenas conocían. Los británicos hicieron además tres promesas contradictorias sobre el mismo suelo. De aquel reparto nacieron Irak, Siria, el Líbano y Jordania, Estados artificiales en los que metieron a la fuerza a sunitas, chiíes, kurdos, cristianos y alauíes bajo las mismas bandera. Los kurdos, hoy 40 millones de personas, se quedaron sin Estado y están repartidos entre cuatro países. La Conferencia de Berlín de 1884 estableció las reglas para que los europeos se repartiesen África sin contar con los africanos, naturalmente. El principio de ocupación efectiva disparó la carrera por plantar banderas. El 30% de las fronteras africanas son líneas rectas perfectas que parten pueblos como los somalíes, los bakongo o los yoruba, o encierran a tribus muy distintas y que se llevan mal desde siempre. La descolonización del siglo pasado heredó íntegras aquellas fronteras y también los problemas derivados de ellas. En 1947 los británicos encargaron a Cyril Radcliffe, un jurista que nunca había pisado la India, dividir el Raj, un subcontinente de 400 millones de habitantes en solo cinco semanas. Su línea separó regiones enteras y provocó entre 12 y 18 millones de desplazados, amén de cientos de miles de muertos. De aquello saldría la guerra de Bangladés en 1971 y la disputa de Cachemira, que desde entonces enfrenta a indios y pakistaníes. El colapso de la Unión Soviética en 1991 convirtió en fronteras internacionales unas líneas administrativas trazadas básicamente por Stalin para dividir y controlar a las minorías. Valles como el de Ferganá en el centro de Asia fueron troceados, el Alto Karabaj, poblado por armenios, se metió en en Azerbaiyán, Crimea y el Donbás pasaron a Ucrania. De ahí nacieron los conflictos congelados que hoy siguen activos desde Transnistria hasta la guerra de Ucrania. La historia se repite una y otra vez. Trazar una frontera es un acto de poder cuyas consecuencias duran generaciones. El mapa no es el territorio, y no necesariamente es la gente que lo habita. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:44 Fronteras malditas 1:14:06 El trabajo infantil en las leyes de Indias Bibliografía: “Divide y vencerás” de Henri L. Wesseling - https://amzn.to/4vWsgpa “Atlas de las fronteras” de Bruno Tetrais - https://amzn.to/4fuHxZt “La frontera: un viaje alrededor de Rusia” de Erika Fatland - https://amzn.to/44TUhCS “Myths of geography” de Paul Richardson - https://amzn.to/4wpNqx0

  7. 30 lug • Solo abbonati

    La tentación cesarista

    La república romana nació en el año 509 a.C, cuando los patricios expulsaron a Tarquinio el Soberbio. Crearon entonces un sistema pensado para que nadie concentrara demasiado poder. El Senado, las magistraturas colegiadas y anuales, los comicios, los tribunos de la plebe, todo un andamiaje que funcionó durante más de tres siglos y que empezó a resquebrajarse en el año 133 a.C con la muerte de Tiberio Sempronio Graco a manos de un grupo de senadores. A aquello le sucedió un siglo largo de convulsiones que concluyó con un solo hombre que reinstauró la monarquía aunque manteniendo los ropajes de la república. Comparar la república romana con nuestras democracias liberales es arriesgado, pero a la vez irresistible. Roma no era una democracia moderna, era una oligarquía con fachada popular, sin partidos ni sufragio universal y sostenida sobre esclavos. Pero en aquellos hombres reconocemos gestos, formas y vicios que nos suenan mucho. La polarización que envenena el debate, el líder que se presenta como encarnación del pueblo, la violencia política y la erosión silenciosa de las instituciones. A partir de un punto los optimates y populares dejaron de ser tendencias para convertirse en ejércitos morales que veían en el adversario a un enemigo que debía ser destruido. Cuando las instituciones se agrietan aparece el hombre providencial. Mario fue cónsul siete veces y privatizó de hecho el ejército al vincular a los soldados con el general que les prometía tierras. Sila marchó sobre Roma en el año 88 a.C e inauguró las proscripciones. Después llegaron Pompeyo y César, todos ellos salvadores del caos que ellos mismos habían ido creando. Las instituciones seguían existiendo, pero cada vez más vacías por dentro. El Senado fue perdiendo su autoridad, los comicios se manipulaban, las magistraturas caían siempre en los mismos, las conquistas territoriales hacían ricos a unos romanos, pero a otros les empobrecían. Todo convergía en un punto, la pérdida de fe en el sistema. Agotados de guerras civiles y corrupción, los romanos aceptaron con alivio la paz que ofrecía Augusto a cambio de sumisión, una monarquía disfrazada de república restaurada. Nadie quiso destruir la república, todos decían actuar en su nombre, pero entre todos la desmontaron pieza a pieza. De ahí podemos extraer algunas lecciones muy valiosas. Las democracias rara vez mueren de un golpe seco. Mueren por acumulación de decisiones tomadas por gente convencida de tener razón, generalmente con mucho apoyo popular. La historia no se repite, pero rima, nosotros tenemos el precedente que a los romanos les faltó. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  8. 23 lug • Solo abbonati

    El pánico del año mil

    Todos hemos oído hablar algún vez del pánico del año mil, pero nunca ocurrió. La imagen que nos transmitió la literatura romántica de una Europa arrodillada en las iglesias en la noche del 31 de diciembre del 999 esperando el fin del mundo, con los campos sin sembrar y los penitentes flagelándose por las calles, es una invención posterior. Ninguna crónica contemporánea da cuenta de ello y ese silencio de los anales monásticos, siempre atentos a cometas, eclipses y muertes de obispos, habla por sí solo. El artífice de la leyenda fue Jules Michelet, que en 1833 dedicó unas páginas a este pánico medieval, unas páginas magníficas como obra literaria, pero muy flojas como tratado histórico. No era el primero en mirar a esos años con condescendencia. Antes de él la época del cambio de milenio ya había sido pintada de negro durante la reforma protestante y por parte de los ilustrados, que necesitaban una edad media oscura y supersticiosa para exhibirse ellos como los heraldos de un renacimiento cultural y espiritual. El romanticismo decimonónico, que miraba a la edad media con fascinación, se limitó a rematar la faena. La realidad del año mil fue muy distinta a como unos y otros la imaginarían siglos después. La inmensa mayoría de los europeos ignoraba en qué año vivía. En aquel entonces los eruditos, que eran muy pocos, empleaban distintos sistemas para el cómputo de los años, el de la era cristiana era sólo uno de ellos. Pero ninguno de ellos alcanzaba a la mayor parte de la población, que se regía por el curso de las estaciones, las cosechas, la coronación de los reyes y las festividades religiosas. La idea de que el mundo iba a acabar a los mil años procedía de mucho antes, del capítulo 20 del Apocalipsis. Durante el primer cristianismo tuvo cierto predicamento, pero San Agustín y otros padres de la Iglesia zanjaron el asunto interpretando ese número como símbolo del tiempo de la Iglesia, una doctrina que funcionó durante siglos como cortafuegos frente a las fiebres apocalípticas. Eso no fue obstáculo para que los profetas del fin del mundo siguiesen apareciendo, pero siempre fueron episodios locales y de pequeño alcance. Las fuentes que alimentaron el mito son escasas y sospechosas. Rodulfus Glaber, de quien se nutrió Michelet siglos más tarde, escribió sus “Cinco libros de historias" unos treinta años después de los hechos, pero Glaber tenía una propensión natural a los prodigios sobrenaturales que le convierte en un cronista poco fiable. Ninguno de sus coetáneos hicieron la más mínima mención al pánico del cambio de milenio. Nada de esto significa que aquella fuera una época tranquila. Ninguna lo fue, menos aún en un continente tan pobre y fragmentado como la Europa de hace mil años. Aquellas gentes tenían una mentalidad muy diferente a la nuestra, casi cualquier cosa que se salía de lo normal, desde una sequía al paso de un cometa, les parecía una señal divina. Los europeos del siglo X eran supersticiosos y en ocasiones milenaristas. El hecho es que fue precisamente en esa época cuando el oeste de Europa empezó a sacudirse el letargo económico y cultural que la había castigado desde la desaparición del imperio romano de occidente. De forma muy gradual la economía y la población despegaron y fueron dando forma a la Europa medieval que ha llegado hasta nosotros. Lo que no ha desaparecido es el milenarismo, ese sobrevive intacto y revive de tanto en tanto con la misma fuerza que lo hizo en el pasado. Sígueme en: · Web... https://diazvillanueva.com · Twitter... https://twitter.com/diazvillanueva · Facebook... https://www.facebook.com/fernandodiazvillanueva1/ · Instagram... https://www.instagram.com/diazvillanueva · Linkedin… https://www.linkedin.com/in/fernando-d%C3%ADaz-villanueva-7303865/ · Flickr... https://www.flickr.com/photos/147276463@N05/?/ · Pinterest... https://www.pinterest.com/fernandodiazvillanueva ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

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