Radio Expelliarmus

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¡Expelliarmus! La radio que desarma tus ideas. la radio expelliarus esta en la clandestinidad pero busca informar y dar a conocer el mundo mágico

Episodes

  1. 9 Jul

    La voz de la tierra

    El sol se derretía sobre la gran Tenochtitlán, pero dentro del calmécac, el colegio de los nobles, la penumbra era fresca y espesa como el copal. Yotli, un joven de quince años, hijo de un pochteca comerciante, no pertenecía a ese mundo de sacerdotes y guerreros águila por derecho de cuna, sino por un don que le ardía en la sangre: podía sentir el pulso de la tierra. No lo oía con los oídos, sino con los huesos, un latido profundo que subía desde el centro del mundo, desde el ombligo de la luna. Mientras sus compañeros, hijos de tlatoanis y sumos sacerdotes, memorizaban los intrincados calendarios y los nombres de los veinte días, Yotli permanecía en silencio, con los ojos cerrados. Sentía el suave palpitar del maíz en los graneros, el lento respirar de la piedra volcánica con la que estaban construidas las pirámides, y el canto agudo y frío del jade y la turquesa en las ofrendas. El Tlamacazqui, el sacerdote de cabello enmarañado y tez curtida por el humo del sahumerio, lo observaba con desconfianza. Para él, la magia verdadera era la palabra, el ritual exacto, la sangre que alimentaba al sol. La magia de Yotli era primitiva, un eco de los tiempos en que los dioses vagaban por la tierra, una herejía silenciosa. —La tierra no habla, hijo de mercader—le espetó un día, su voz como el crujir de una rama seca—. La tierra escucha. Le ofrecemos sangre para que nos dé su fruto. Tú solo escuchas su rumor, y eso te vuelve débil, un receptor de sus caprichos. Esa misma noche, un temblor sacudió la ciudad. No fue un temblor de los que rompen paredes, sino un escalofrío que hizo vibrar cada canoa atada a la orilla y erizó la piel de los perros xoloitzcuintles. Yotli, en su lecho de petate, sintió el grito. Era un grito de agonía, un lamento metálico y caliente que subía desde las profundidades del lago. Los dioses, los antiguos, los que habitaban el inframundo del Mictlán, estaban inquietos. Algo estaba mal. Corrió al Templo Mayor. Los sacerdotes ya estaban allí, en la cima, ofreciendo copal y sangre de codorniz a Huitzilopochtli. Pero el dios no respondía. El fuego del sahumerio se negaba a elevarse, retorciéndose en espirales grises que caían al suelo como serpientes heridas. Yotli lo supo entonces: no era un dios, sino el equilibrio mismo lo que se desgarraba. Un nudo en las venas de la tierra. Guiado por el latido, huyó de la ciudad sagrada. Siguió el lamento por caminos de piedra, pasando por pueblos dormidos, hasta llegar a una cueva oculta en la sierra, un lugar donde el aire olía a azufre y a flores de muerto. En el fondo, una grieta en la roca palpitaba con una luz roja y enfermiza. De ella manaba un calor que no era del sol, sino del corazón de la tierra. En la oscuridad, vio a un ser. No era humano, pero tampoco era un dios en todo su esplendor. Era un nahual, un guardián de la frontera. Tenía la cabeza de un jaguar y el cuerpo de un hombre anciano, su piel era como la corteza de un árbol milenario y sus ojos brillaban como dos carbones encendidos. —Has llegado, niño que oye—gruñó el nahual, su voz como el rodar de piedras—. El nudo se está apretando. El pueblo del maíz olvida que no es dueño de la tierra, sino su hijo. Los sacerdotes clavan sus cuchillos en el pecho de los cautivos, buscando poder, y el poder se está pudriendo. La tierra se está secando por dentro. Si no se desata, en una luna, el lago se volverá ceniza y el sol se negará a salir. Yotli sintió miedo, un miedo frío que le congeló la sangre. —¿Cómo lo desato? —preguntó, su voz apenas un susurro. —No con sangre—respondió el nahual, extendiendo una garra hacia él—. Con memoria. Con semilla. Con el canto que el pueblo olvidó. La piedra que tienes al cuello, la que te regaló tu abuela, guarda una canción. No la del Códice, sino la que se cantaba antes de que el sol se moviera por primera vez. Cántala aquí, en la herida. Haz que la tierra recuerde que la vida no se toma, se siembra. Yotli tocó el colgante de jade verde oscuro. Lo había llevado toda su vida, un regalo de su abuela, una mujer que hablaba con los pájaros. Nunca supo que guardaba un eco, un hechizo más antiguo que el propio tiempo. Cerró los ojos. No buscó la palabra, buscó el latido. Sintió el ritmo del nahual, el palpitar de la cueva, el lamento de la grieta. Y entonces, sin saber cómo, abrió la boca y cantó. No era una canción en náhuatl, ni en ninguna lengua que hubiera escuchado. Era un sonido que imitaba el viento, el gotear del agua, el crujir de la tierra al recibir la semilla. Era el canto del origen. La luz roja de la grieta parpadeó. El nahual rugió, no de dolor, sino de liberación. El temblor cesó. El aire se volvió fresco y puro, lleno del olor a tierra mojada. El nudo en las venas de la tierra se deshizo, y un susurro de alivio recorrió las montañas. Cuando Yotli abrió los ojos, el nahual había desaparecido. La cueva estaba en silencio. Solo el jade en su pecho latía con una luz tenue y apacible. Regresó a Tenochtitlán al amanecer. Los sacerdotes lo miraban con recelo, pero no pudieron negar que, inexplicablemente, el agua del lago estaba más clara y las milpas de los alrededores se mecían con una vitalidad nueva. Yotli no dijo nada. No necesitaba un título ni un sacrificio. Había aprendido que la verdadera magia no estaba en las palabras de los códices ni en el filo del cuchillo, sino en la capacidad de escuchar aquello que todos habían olvidado: el corazón palpitante del mundo que los sostenía. Desde entonces, en las noches de luna nueva, los pescadores y los campesinos hablaban de un joven que se sentaba en las orillas del lago, y que, con solo cerrar los ojos, parecía hacer que el agua cantara. Y aunque los sacerdotes prohibieron hablar de él, el rumor de su magia, la magia de la tierra, se esparció como el polen en el viento, una semilla de memoria que ningún poder humano podría arrancar.

    La voz de la tierra
  2. 1 Jul

    Mundial de Quidditch

    El sol de la tarde se reflejaba en las aguas de la laguna Rodrigo de Freitas, pero nadie en Río de Janeiro prestaba atención al paisaje. Mil ojos estaban fijos en el cielo, donde veinte figuras volaban a velocidades vertiginosas entre los aros de tres niveles que flotaban como centinelas dorados. Era la final del Campeonato Mundial de Quidditch. Brasil contra Inglaterra. El marcador era un latigazo: 160 a 140, favorables a los ingleses. El público verde y amarillo contenía la respiración. El buscador brasileño, João “Flecha” Silva, un joven de piel canela y cabello al viento, sudaba bajo su uniforme. Llevaba veinte minutos sin ver ni un destello dorado. Del otro lado, el inglés Reginald Thistlewaite, con su característica frialdad, parecía tener un radar en la mirada. —¡João, concéntrate! —gritó desde el suelo la entrenadora Tereza, su voz amplificada por un sonorus—. No busques la snitch, ¡siente el viento! João cerró los ojos un segundo. Sintió el aire húmedo que subía del mar, el olor a yerba mate del estadio, el rumor de las olas. Y entonces, lo sintió. No lo vio, pero lo sintió: un diminuto desplazamiento de aire a su izquierda, como una burbuja de champagne escapando de una copa. Abrió los ojos y se lanzó. La snitch, diminuta y loca, zigzagueaba entre los aros. Thistlewaite se abalanzó también, pero su escoba, una Cleansweep modelo estándar, no tenía la agilidad de la “Estrela”, la escoba brasileña tallada en madera de jacarandá y encantada con flexibilidad de reptil. João se inclinó, casi rozando el aro central, y extendió la mano. La snitch le besó la palma. —¡AGARREI! —su grito fue apenas un susurro, pero el sonorus captó su vibración. El estadio estalló. Faltaban tres minutos para el final, y el marcador saltó a 310 a 140. Era matemáticamente imbatible. El equipo brasileño, liderado por la ruda pero estratégica cazadora Valentina, había hecho su trabajo: habían metido goles suficientes para asegurar que, cuando llegara la captura, la victoria fuera inapelable. La euforia fue un maremoto. Los jugadores brasileños se abrazaron en el aire, formando un círculo volador. Los ingleses, con la deportividad que los caracteriza, descendieron lentamente, pero sin poder evitar sonrisas de admiración. El capitán inglés, un corpulento guardián llamado Edward, se acercó a João. —Esa última maniobra de picada bajo el aro... fue de locos, chico. ¿Cómo no te estrellaste? João sonrió, y su sonrisa era tan amplia como el Cristo Redentor que se veía a lo lejos. —La “Estrela” no se estrella, señor. Baila. La premiación fue un carnaval en el cielo. La copa, una enorme esfera de oro con alas batientes, fue levantada por todos los jugadores a la vez, mientras las gradas coreaban un “olé, olé, olá” adaptado al ritmo de una batucada improvisada. Pero la verdadera historia no estaba en la copa, sino en lo que sucedió después. En la rueda de prensa, un periodista inglés preguntó con sorna: —Flecha, en el último entrenamiento dijiste que la snitch “había sido diseñada por alguien que no entendía el calor brasileño”. ¿Qué quisiste decir? João se limpió el sudor con el dorso de la mano y respondió: —La snitch es dorada como el sol, pero vuela como si tuviera miedo de la luz. Nosotros no. Nosotros bailamos en la luz. La atrapamos no porque la veamos mejor, sino porque la entendemos. Esta copa no es solo nuestra. Es de todos los que juegan bajo este cielo, de los que saben que el quidditch no es una guerra, es una fiesta. La multitud rugió. Esa noche, en la favela de la Rocinha, un grupo de niños volaba en escobas de palo, persiguiendo una pelota de goma pintada de dorado. Uno de ellos, un flacucho de nueve años llamado Miguel, detuvo el juego y señaló el cielo. Una estrella fugaz cruzó el firmamento. —¡Miren! —gritó—. ¡Es la snitch de João! Los niños rieron. Pero en sus ojos brillaba la certeza de que, algún día, uno de ellos también la atraparía. Porque Brasil no había ganado un mundial de quidditch. Brasil había ganado una promesa. Y las promesas, como la “Estrela”, vuelan más alto que cualquier copa.

    Mundial de Quidditch
  3. 25 Jun

    Crónica de la Magia Mestiza de América

    Mucho antes de que las velas europeas aparecieran en el horizonte del Atlántico, América ya era un continente encantado. Los pueblos andinos conversaban con los apus, los espíritus de las montañas. Los amazónicos aprendían de los dueños invisibles de los animales y las plantas. Los mayas observaban el movimiento de las estrellas para interpretar la voluntad de los dioses. Los mexicas alimentaban el equilibrio cósmico mediante rituales que sostenían el Sol. La magia americana no era un arte separado de la vida: era la vida misma. Los curanderos hablaban con las hierbas. Los sacerdotes escuchaban los sueños. Los guerreros recibían la fuerza de animales tutelares. Los tejidos, las máscaras, las vasijas y las canciones contenían poder. La realidad visible y la invisible formaban un solo mundo. Los europeos, al llegar, creyeron haber descubierto tierras nuevas. En verdad, habían entrado en un continente antiguo de espíritus. Los conquistadores trajeron acero, caballos y pólvora. Pero también trajeron magia. Desde la Península Ibérica llegaron las tradiciones de alquimistas, astrólogos, sanadores, brujas rurales, monjes místicos y ocultistas. Los grimorios europeos hablaban de ángeles, demonios, símbolos sagrados y palabras de poder escritas en latín, hebreo y griego. Los sacerdotes intentaron destruir las prácticas indígenas. Sin embargo, ocurrió algo inesperado. Las magias comenzaron a mezclarse. Los espíritus de los cerros aprendieron a convivir con los santos cristianos. Las antiguas diosas fueron ocultadas bajo advocaciones marianas. Los rituales agrícolas indígenas incorporaron cruces. Los rezos católicos comenzaron a acompañar limpias, curaciones y ofrendas. Así nació la primera forma de la Magia Mestiza. No era completamente indígena. No era completamente europea. Era ambas cosas al mismo tiempo. Después llegaron millones de africanos esclavizados. Y con ellos llegaron nuevos poderes. Trajeron los conocimientos de los yoruba, bantú, ewe y otros pueblos. Trajeron tambores capaces de llamar espíritus. Trajeron sistemas complejos de adivinación. Trajeron la memoria de dioses antiguos. Los europeos intentaron prohibir estas prácticas. Los africanos respondieron ocultando sus divinidades detrás de imágenes cristianas. Así, en muchas regiones, un santo podía ser también un dios africano. Una virgen podía esconder una antigua deidad del río. Un tambor podía convertirse en una oración.Y la Magia Mestiza volvió a transformarse. Era como un árbol cuyas raíces crecían en tres continentes. Durante los siglos XIX y XX llegaron nuevas migraciones. Miles de chinos arribaron a América. Después llegaron japoneses. Con ellos viajaron tradiciones espirituales que pocos comprendían. Los chinos trajeron conceptos como:El flujo del Qi.El equilibrio entre Yin y Yang.El arte del Feng Shui.Las prácticas taoístas.El uso energético de hierbas y talismanes. Los japoneses trajeron: El respeto por los kami, espíritus de la naturaleza. Elementos del sintoísmo.Tradiciones esotéricas budistas.Técnicas de meditación y disciplina espiritual.El arte de armonizar la energía mediante la intención y la pureza. En lugares como Perú, Brasil, México y Cuba comenzaron a producirse encuentros inesperados. Un curandero andino podía estudiar acupuntura. Un sanador amazónico podía aprender principios energéticos chinos. Un descendiente japonés podía combinar meditación zen con rituales locales. La magia americana absorbió estas nuevas influencias. Los cronistas ocultos cuentan que, hacia finales del siglo XX, surgió una nueva tradición. No pertenecía a ningún pueblo específico. Era el resultado de quinientos años de encuentros. Sus practicantes la llamaron: La Magia Mestiza Continental. Según esta tradición, toda magia funciona mediante cuatro fuerzas fundamentales: 1. Memoria Proviene de América. Todo lugar conserva recuerdos. Montañas, ríos, bosques y ciudades almacenan la energía de quienes vivieron allí. Los magos aprenden a leer esas memorias. 2. Nombre Proviene principalmente de Europa. Nombrar correctamente una cosa otorga influencia sobre ella. Las palabras son llaves. Los símbolos son puertas. 3. Ritmo Proviene principalmente de África. Todo posee una vibración. Los tambores, cantos y movimientos permiten armonizarse con fuerzas invisibles. 4. Flujo Proviene principalmente de Asia. La energía circula. Puede bloquearse, fortalecerse o equilibrarse. La salud espiritual depende de ese flujo. Los magos contemporáneos de esta crónica sostienen que el continente entero se ha convertido en un gran laboratorio espiritual. La magia moderna ya no se organiza por culturas separadas. Se organiza por redes. Un practicante puede estudiar: •Herbolaria amazónica. •Astrología europea. •Rituales afroamericanos. •Meditación japonesa. •Geomancia china. •Simbolismo andino. Todo dentro de una misma tradición. Según ellos, la magia actual opera mediante tres principios: Resonancia, Intercambio,Equilibrio.

    Crónica de la Magia Mestiza de América

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