En 1973, Maurice y Maralyn Bailey vendieron su casa, compraron un velero de nueve metros al que llamaron Auralyn —un juego de palabras con sus nombres que revela la clase de amor cursi y formidable que se tenían—, y zarparon de Southampton rumbo a Nueva Zelanda. Era el sueño de una vida: jubilarse anticipadamente, navegar los océanos, vivir sin reloj. El 4 de marzo, al amanecer, una ballena embistió el casco. No fue un roce. No fue un aviso. El animal, probablemente un cachalote, aunque nunca lo sabrán con certeza, abrió un boquete en el barco que lo mandó al fondo del Pacífico en menos de una hora. Maurice y Maralyn apenas tuvieron tiempo de inflar la balsa salvavidas y arrojar dentro lo que pudieron: algo de comida, una brújula, un kit de emergencia sin espejo de señales (detalle que luego se convertiría en una tortura) y poca cosa más. Estaban a mil quinientos kilómetros de la costa más cercana. En un bote de goma, sin motor y sin forma de comunicarse. Y entonces empezó lo que debería haber sido una sentencia de muerte y se convirtió en uno de los ejercicios de resistencia psicológica más extraordinarios del siglo XX. Ciento dieciocho días. Cuatro meses enteros sin ver tierra. Sin ver un solo ser humano que no fuera el otro. Comieron tortugas crudas, pescaron con anzuelos improvisados a partir de imperdibles. Bebieron agua de lluvia recogida en lonas. Vieron pasar siete barcos a lo lejos, y en todas las ocasiones sus bengalas fallaron o nadie miró hacia donde estaban. La balsa se desinflaba constantemente y tenían que hincharla a pulmón, ya desnutridos y cubiertos de llagas por la constante humedad. Los tiburones merodeaban, las tormentas los zarandeaban y, en medio de todo aquello, jugaban a las cartas. Leían. Se turnaban para mantener la cordura del otro cuando uno de los dos empezaba a quebrarse. Cuando un pesquero coreano los rescató, el 30 de junio, habían perdido dieciocho kilos cada uno. Apenas podían sostenerse en pie. Pero estaban vivos. ¿Sabéis qué hicieron al año siguiente? Compraron otro barco, lo llamaron Auralyn II, y volvieron a hacerse a la mar. Porque hay personas que entienden algo que el resto no entendemos: que lo importante no es evitar la tormenta, sino saber qué haces cuando las olas te están golpeando la cara. El mercado lleva semanas ¿o tal vez meses? haciendo algo parecido a lo de los Bailey. Los índices americanos encadenan siete semanas al alza encaramados a máximos históricos, pero el número de empresas que tocan mínimos de 52 semanas superó esta semana al número de empresas que tocan máximos. Hay más de un agujero en el casco: una inflación al 3,8%, una guerra en Oriente Medio que no se resuelve, un nuevo presidente de la Fed que acaba de aterrizar en el cargo..., pero la gran pregunta no es si va a entrar el agua. La gran pregunta es qué demonios haces ahora. A quién miras. En qué confías. Cuánto aguantas. En el episodio de esta semana de Actualidad Semanal +D hablamos de un IPO que abrió a 350 dólares cuando el precio de partida era 185. Hablamos de un fabricante de coches que subió un 21% en dos días no porque venda más coches, sino porque alguien dijo que quizá podría vender baterías a centros de datos. Hablamos de un sector entero, la antigua niña bonita, el software, que está siendo castigado como si tuviera la peste mientras otro, los semiconductores, flota en una nube de euforia que empieza a recordar peligrosamente a 1999. Hablamos de cuándo la paciencia deja de ser virtud y se convierte en terquedad, y de cómo distinguir una tormenta pasajera de un naufragio. No prometo respuestas. Pero sí la conversación más entretenida sobre finanzas que vas a escuchar esta semana. Actualidad Semanal +D — búscalo donde escuches tus podcasts.