El sol de la tarde se reflejaba en las aguas de la laguna Rodrigo de Freitas, pero nadie en Río de Janeiro prestaba atención al paisaje. Mil ojos estaban fijos en el cielo, donde veinte figuras volaban a velocidades vertiginosas entre los aros de tres niveles que flotaban como centinelas dorados. Era la final del Campeonato Mundial de Quidditch. Brasil contra Inglaterra. El marcador era un latigazo: 160 a 140, favorables a los ingleses. El público verde y amarillo contenía la respiración. El buscador brasileño, João “Flecha” Silva, un joven de piel canela y cabello al viento, sudaba bajo su uniforme. Llevaba veinte minutos sin ver ni un destello dorado. Del otro lado, el inglés Reginald Thistlewaite, con su característica frialdad, parecía tener un radar en la mirada. —¡João, concéntrate! —gritó desde el suelo la entrenadora Tereza, su voz amplificada por un sonorus—. No busques la snitch, ¡siente el viento! João cerró los ojos un segundo. Sintió el aire húmedo que subía del mar, el olor a yerba mate del estadio, el rumor de las olas. Y entonces, lo sintió. No lo vio, pero lo sintió: un diminuto desplazamiento de aire a su izquierda, como una burbuja de champagne escapando de una copa. Abrió los ojos y se lanzó. La snitch, diminuta y loca, zigzagueaba entre los aros. Thistlewaite se abalanzó también, pero su escoba, una Cleansweep modelo estándar, no tenía la agilidad de la “Estrela”, la escoba brasileña tallada en madera de jacarandá y encantada con flexibilidad de reptil. João se inclinó, casi rozando el aro central, y extendió la mano. La snitch le besó la palma. —¡AGARREI! —su grito fue apenas un susurro, pero el sonorus captó su vibración. El estadio estalló. Faltaban tres minutos para el final, y el marcador saltó a 310 a 140. Era matemáticamente imbatible. El equipo brasileño, liderado por la ruda pero estratégica cazadora Valentina, había hecho su trabajo: habían metido goles suficientes para asegurar que, cuando llegara la captura, la victoria fuera inapelable. La euforia fue un maremoto. Los jugadores brasileños se abrazaron en el aire, formando un círculo volador. Los ingleses, con la deportividad que los caracteriza, descendieron lentamente, pero sin poder evitar sonrisas de admiración. El capitán inglés, un corpulento guardián llamado Edward, se acercó a João. —Esa última maniobra de picada bajo el aro... fue de locos, chico. ¿Cómo no te estrellaste? João sonrió, y su sonrisa era tan amplia como el Cristo Redentor que se veía a lo lejos. —La “Estrela” no se estrella, señor. Baila. La premiación fue un carnaval en el cielo. La copa, una enorme esfera de oro con alas batientes, fue levantada por todos los jugadores a la vez, mientras las gradas coreaban un “olé, olé, olá” adaptado al ritmo de una batucada improvisada. Pero la verdadera historia no estaba en la copa, sino en lo que sucedió después. En la rueda de prensa, un periodista inglés preguntó con sorna: —Flecha, en el último entrenamiento dijiste que la snitch “había sido diseñada por alguien que no entendía el calor brasileño”. ¿Qué quisiste decir? João se limpió el sudor con el dorso de la mano y respondió: —La snitch es dorada como el sol, pero vuela como si tuviera miedo de la luz. Nosotros no. Nosotros bailamos en la luz. La atrapamos no porque la veamos mejor, sino porque la entendemos. Esta copa no es solo nuestra. Es de todos los que juegan bajo este cielo, de los que saben que el quidditch no es una guerra, es una fiesta. La multitud rugió. Esa noche, en la favela de la Rocinha, un grupo de niños volaba en escobas de palo, persiguiendo una pelota de goma pintada de dorado. Uno de ellos, un flacucho de nueve años llamado Miguel, detuvo el juego y señaló el cielo. Una estrella fugaz cruzó el firmamento. —¡Miren! —gritó—. ¡Es la snitch de João! Los niños rieron. Pero en sus ojos brillaba la certeza de que, algún día, uno de ellos también la atraparía. Porque Brasil no había ganado un mundial de quidditch. Brasil había ganado una promesa. Y las promesas, como la “Estrela”, vuelan más alto que cualquier copa.