Zafarrancho Vilima

Zafarrancho Vilima

Programa de humor sobre tiempos pasados. Donde la nostalgia y la poca vergüenza se dan la mano. Zafarrancho Vilima se emite todos los viernes a las 19h. en SER+ Sevilla, Cadena SER 96.5 FM. También puedes ver los programas en nuestro canal de Youtube.

  1. Tráiler del episodio 410

    Ojós, Murcia en la España Barbaciada

    Arrancamos de nuevo el Seat 131 Supermirafiori que dejamos aparcado en Ayna, en Albacete. Gonzalo, el técnico, nos ha puesto una nota en el parabrisas que dice: "Prohibido pisar Andalucía". Se ve que le deben dinero en Despeñaperros o algo. Así que, con el volante bloqueado para no girar hacia el sur, tiramos hacia el sureste. Recorremos unos 90 kilómetros por la CM-3203 y luego la A-30, para adentrarnos en la Región de Murcia, concretamente en el precioso Valle de Ricote. Y tras sortear limoneros y palmeras, llegamos al municipio de Ojós. Ojós, que no "Ojos" sin tilde, ni "Ho-Ho-Hos" como Papá Noel. Ojós. Este municipio cuenta con 522 habitantes según el INE, y su gentilicio es ojeño u ojeña. Un gentilicio que te obliga a estar siempre atento. "Ahí viene un ojeño", y tú te pones a buscar. La etimología de Ojós viene del árabe Oxox, que no es un beso y un abrazo en el Messenger, sino que significa "huertos". Y es que este valle es un vergel. Los romanos estuvieron por aquí, por supuesto, porque donde hay agua y se puede plantar algo, un romano ponía una villa. Pero la verdadera salsa de la historia de Ojós la pusieron los moriscos. El Valle de Ricote fue el último reducto de los moriscos en España. Cuando en 1609 Felipe III (el de la plaza mayor de Madrid) ordenó su expulsión, los moriscos de Ojós y alrededores se hicieron los locos. Aguantaron hasta 1613, siendo literalmente los últimos moriscos de España en ser expulsados. Y muchos volvieron de extranjis porque se habían dejado el huerto a medias. En cuanto a su patrimonio, destaca la Iglesia de San Agustín, que es una iglesia del siglo XVI, construida, cómo no, sobre la antigua mezquita. Tiene un estilo que podríamos definir como "murciano adaptativo". Pero lo verdaderamente flipante de Ojós, el plot twist que nadie se espera en un pueblo de 500 habitantes, es que tienen el Museo de Belenes del Mundo. Sí, amigos. Una colección de más de 700 belenes traídos de los cinco continentes. Belenes peruanos, belenes africanos, belenes de cristal... Si te gusta la Navidad, en Ojós vives en un bucle temporal infinito de villancicos. También hay que ver el Lavadero Público, que era el Twitter de la época, donde las ojeñas iban a lavar la ropa y a actualizar el timeline del pueblo. Sus fiestas patronales son a finales de agosto, en honor a San Agustín y a la Virgen de la Cabeza. Aquí las tradiciones incluyen lanzar pólvora y hacer procesiones donde se suda la gota gorda. Y para reponer fuerzas, la gastronomía de Ojós es canela fina. Literalmente. Tienen un dulce típico llamado "bizcochos borrachos", que son unos bizcochos que han pillado una cogorza de campeonato a base de almíbar y licor. Te comes dos y das positivo en el control de la Guardia Civil.

    17 min
  2. Tráiler del episodio 410

    Robert Duvall en Las Grandes Biografías de Zafarrancho Vilima

    Hoy recordaremos al hombre que no necesitaba hablar alto porque su mirada ya te estaba juzgando en tres idiomas diferentes; el único tipo capaz de darte un consejo de vida, robarte la cartera y venderte un caballo, todo mientras se toma un café. Hoy hablaremos de Robert Duvall, el hombre que nos enseñó que la mejor forma de ganar un Óscar es parecer que estás pensando en tus tierras mientras los demás actores se dejan el alma gritando. El pequeño Robert nació el 5 de enero de 1931 en San Diego. Su padre era almirante de la Marina y su madre actriz, así que el niño creció con la disciplina de un portaaviones y el drama de una diva. De joven se unió al Ejército, donde aprendió que la mejor forma de mimetizarse con el entorno es poner cara de llevar cuarenta años viviendo en ese cuartel. En la universidad se graduó en drama, que es lo que uno estudia cuando tiene la capacidad de mirar fijamente a una pared y hacer que el público llore. Luego se fue a Nueva York a compartir piso con Dustin Hoffman y Gene Hackman, formando el trío de solteros más peligroso de la Gran Manzana: tres tipos que no tenían dinero para cenar pero sí toneladas de intensidad dramática. En 1962 llegó su gran debut en Matar a un ruiseñor. Interpretaba a Boo Radley, un personaje tan misterioso y callado que Duvall pasó todo el rodaje ensayando el arte de no pestañear. El tío lo hizo tan bien que el público pensaba que venía incluido con los muebles de la casa. Si Robert se quedaba quieto en una esquina, la gente intentaba colgarle el abrigo encima. Su consagración llegó en 1972 con El Padrino. Interpretaba a Tom Hagen, el contable y consejero de la mafia que era tan calmado que hacía que Marlon Brando pareciera un adolescente histérico. Mientras los demás se tiroteaban en los restaurantes, Robert pedía los recibos del almuerzo. Era el único hombre en la historia capaz de amenazar a un productor de Hollywood usando un tono de voz que parecía que estaba leyendo el prospecto de una aspirina. Pero el delirio absoluto llegó en 1979 con Apocalypse Now. Se puso el sombrero de cowboy del Coronel Kilgore y nos regaló la frase definitiva del cine. El tío paseaba por la playa esquivando bombas como quien esquiva charcos en el mercado, argumentando que el olor del napalm por la mañana le recordaba a la victoria. George Peppard desayunaba planes, pero Duvall desayunaba combustible militar. A partir de ahí, su carisma rural se volvió tan cotizado que si una película necesitaba un sheriff, un predicador o un tipo con bigote que supiera arreglar un tractor con la mirada, le llamaban a él. Se casó cuatro veces, demostrando que su pasión por el tango y las mudanzas requerían un ritmo constante que no todo el mundo podía seguir. En 1983 ganó el Óscar por Gracias y favores, interpretando a un cantante de country tan acabado que la estatuilla se la dieron más por compasión con sus botas que por el guion. Incluso al pasar los años, se ha mantenido tan incombustible que los directores jóvenes le llaman solo para que se siente en una mecedora y aporte prestigio al plano. Robert decidió que la jubilación es para los débiles y que un buen vaquero muere con las botas puestas y el sombrero bien encajado. A sus noventa y tantos años, el gran padrino del cine del oeste sigue demostrando que la veteranía no es un grado, es un superpoder. Aunque ustedes siempre podrán recordarlo cada vez que huelan algo quemado por la mañana y sientan la necesidad incontrolable de mirar al horizonte, ponerse un sombrero imaginario y decir con desprecio: "¡Aquí no se hace surf!".

    4 min
  3. Tráiler del episodio 409

    Aýna en La España Barbaciada

    Dejamos atrás las cuestas de Almedina, nos quitamos el polvo de La Mancha de las solapas, y giramos el volante hacia el este. Vamos a hacer unos 90 kilómetros gloriosos, adentrándonos en una de las zonas más sorprendentes y desconocidas de la península: la Sierra del Segura. Cruzamos a la provincia de Albacete y, tras unas cuantas curvas en las que el Supermirafiori casi nos pide la jubilación anticipada, nos asomamos a un abismo espectacular. Bienvenidos a Ayna. Ayna tiene 582 habitantes y sus vecinos responden al orgulloso gentilicio de ayniegos. A este municipio se le conoce con el rimbombante pero acertado apodo de "La Suiza Manchega". El pueblo está literalmente colgado de la pared de un cañón profundísimo excavado por el río Mundo. Las casas están construidas en terrazas, unas encima de otras, y si a un vecino se le cae una maceta del balcón, le aterriza directamente en la sopa al vecino de tres calles más abajo. Pero si Ayna es un lugar de culto en la cultura pop española es por un motivo ineludible: aquí se rodó gran parte de la película "Amanece, que no es poco" del maestro José Luis Cuerda. Pasear por Ayna es pasear por un plató al aire libre del surrealismo rural. Tienen hasta un sidecar plantado en un mirador en homenaje a la película. Es un pueblo donde no te extrañaría que los vecinos brotaran de los bancales como calabazas. Históricamente, los ayniegos llevan aquí desde que el mundo es mundo. Literalmente. A pocos kilómetros del pueblo se encuentra la Cueva del Niño, donde hay pinturas rupestres del Paleolítico. Vamos, que hace 20.000 años ya había gente por aquí pintando cabras y ciervos en la pared mientras se quejaban de la humedad del cañón. Su patrimonio natural es apabullante, destacando el Balcón de los Mayas y el Mirador del Diablo, donde te asomas y sientes que te llama el vacío. Sus fiestas mayores se celebran a principios de septiembre en honor a la Virgen de lo Alto. Y lo más espectacular son sus encierros, porque las reses corren por unas calles tan empinadas y estrechas que el toro no sabe si embestir o pedir un piolet. En la mesa, Ayna ofrece comida de la sierra, contundente y honesta. Su plato estrella es el atascaburras. No os asustéis por el nombre: es un puré rústico hecho con patata cocida, bacalao desalado, ajo, nueces y huevo duro. Un manjar que, como su nombre indica, si comes mucho, te atasca hasta el alma, pero te da una energía que subes el cañón del río Mundo haciendo el pino. También bordan el cordero segureño a la brasa.

    22 min
  4. Tráiler del episodio 409

    Gemma Cuervo en las grandes biografías de Zafarrancho Vilima

    Hoy sacaremos los prismáticos para espiar a los vecinos y recordar a Gemma Cuervo, una mujer con tanta clase y tanto señorío que te pedía un vaso de agua y te daban ganas de ponértelo tú mismo en la cabeza para servirle de bandeja. Gemma nació el 22 de julio de 1936 en Barcelona, un año ideal para nacer en España si lo que te gustaba era el riesgo y la aventura. Ya de chica se le veía que tenía madera de artista porque cuando lloraba no hacía berrinches, hacía tragedias griegas con tres actos y descanso para el bocadillo. Empezó la carrera de Filosofía y Letras, que es lo que uno estudia cuando quiere tener muchas conversaciones profundas pero no tiene prisa por comprarse un piso. Menos mal que se apuntó al Teatro Universitario, porque la literatura perdió a una lectora pero España ganó a una señora que sabía mirar por encima del hombro como nadie. En los años 60 se juntó con Fernando Guillén y montaron su propia compañía de teatro. No contentos con trabajar juntos las 24 horas del día, decidieron tener tres hijos, que nacieron ya con el carné de la Unión de Actores debajo del brazo y hablando en verso. Formaron una de las sagas más importantes del país, una familia donde para pedir la sal en la cena había que proyectar la voz y vocalizar como si estuvieras en el Teatro Mérida. Gemma se tiró décadas haciendo obras de esas que duran cuatro horas, donde todo el mundo va vestido de época y al final se muere hasta el apuntador. Trabajó en el mítico programa Estudio 1, haciendo que la televisión en blanco y negro pareciera de alta definición solo con su presencia. El público la respetaba tanto que si salía en la pantalla, la gente se abrochaba el último botón de la camisa por si acaso los estaba viendo. Pero el verdadero subidón de azúcar en su carrera llegó en 2003, cuando se mudó a la calle Desengaño 21 para interpretar a Vicenta Benito en Aquí no hay quien viva. Allí formó la "Radio Patio" junto a Mariví Bilbao y Emma Penella, que eran como las tres mellizas pero con rebeca de punto, un cigarro en la boca y bolsas de cotilleos más grandes que las de la compra. Vicenta era una mujer tan ingenua que pensaba que los canapés de las fiestas los traían los mismos ángeles y que estaba enamorada de Manolo, un novio imaginario que tenía menos papeles que un conejo de campo. Luego se mudó a La que se avecina para seguir haciendo de las suyas, demostrando que con más de 70 años se podía tener más energía que un niño chico jarto de gominolas. Desgraciadamente, nuestra querida cotilla mayor del reino dejó de espiar por la mirilla en marzo de 2026 a los 89 años, aunque ustedes siempre podrán recordarla si ven a tres señoras mayores murmurando en un portal o si conocen a alguien que todavía esté esperando a que Manolo la llame por teléfono.

    4 min

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Programa de humor sobre tiempos pasados. Donde la nostalgia y la poca vergüenza se dan la mano. Zafarrancho Vilima se emite todos los viernes a las 19h. en SER+ Sevilla, Cadena SER 96.5 FM. También puedes ver los programas en nuestro canal de Youtube.

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