Metallica: La historia de cuatro (o cinco, o seis...) tipos que hicieron del ruido un arte Capítulo 1: Un danés, un gringo y un puñetazo al silencio Todo empezó en 1981, cuando Lars Ulrich, un baterista danés con más energía que una ardilla con cafeína, puso un anuncio en un periódico de Los Ángeles que decía algo así como: “Busco músicos para tocar rock duro y rápido. No necesito que sepas leer música, solo que sepas hacer muecas de dolor”. Apareció James Hetfield, un chico rubio con voz de cavernícola melódico y una habilidad innata para fruncir el ceño. Juntos grabaron maquetas caseras que sonaban como si un camión chocara contra una fábrica de guitarras. Y así nació Metallica. Capítulo 2: El bajista que volaba (literalmente) Primero llegó Cliff Burton, un genio del bajo con bigote de los 70 y pelos de los 80. Era tan bueno que hacía solos de bajo y la gente no se iba al baño (milagro). Pero Cliff tenía una maldición: en las giras, el resto de la banda le pedía que “no hiciera cosas raras”. Él las hacía igual. Luego llegó Kirk Hammett, que reemplazó a un guitarrista que, según la leyenda, se fue porque “no soportaba las giras ni las peleas de comida”. Kirk, en cambio, llegó con su wah-wah y su amor por las películas de terror. Desde entonces, todos sus solos suenan como una cucaracha asustada en una caja de resonancia... pero de forma hermosa. Capítulo 3: Los 80: cuando el thrash era rey y ellos eran los payasos malos Metallica sacó discos tan rápidos y furiosos que ponerte Kill ‘Em All era como meterte un despertador en el oído. Luego vino Ride the Lightning, donde descubrieron que podían ser lentos y tristes también (¡quién diría!). Pero fue Master of Puppets su obra maestra: una montaña rusa de riffs, cambios de ritmo y letras sobre adicciones que a todo el mundo le parecieron geniales, aunque ninguno entendía qué decían James porque gruñía. Capítulo 4: La tragedia que heló las melenas En 1986, mientras giraban por Suecia, el autobús de la banda patinó. Cliff Burton murió. El resto se quedó destrozado, pero también muy, muy enojados. Y del enojo nació …And Justice for All, un disco donde el bajo apenas se escucha (algo que los fans aún reclaman en cada entrevista, y Lars se ríe nerviosamente). Capítulo 5: El Black Album y el momento en que se volvieron millonarios (y “vendidos”) En 1991 llegó el Black Album. Sonaba más limpio que el culo de un bebé. Tenían baladas (The Unforgiven), himnos de estadio (Enter Sandman) y Lars aprendió a tocar la batería sin parecer que estaba ahogando a un mapache. Los fans más puristas chillaron: “¡VENDIDOS!”. Metallica se limpió las lágrimas con billetes de 100 dólares y contrató a un coach vocal para James. Hoy en día, James canta como un ángel con gripe. Capítulo 6: Los 90: terapias, cortes de pelo y un bajista bajito Salieron Load y Reload, discos con portadas de sangre y semen (sí, en serio, búscalo). James se cortó el pelo, Lars usó camisas hawaianas y todos se miraron al espejo preguntándose: “¿Qué hemos hecho?” Luego entró Jason Newsted, un bajista hiperactivo que daba saltos como un canguro en conciertos, pero que acabó harto de las bromas pesadas de los demás. Se fue en el año 2000, justo antes de que Metallica cometiera su mayor locura… Capítulo 7: Napster: la guerra contra los adolescentes En 2000, Metallica descubrió que sus canciones se pirateaban en Napster. En lugar de ignorarlo, Lars se volvió el sheriff del metal y demandó a todos, incluyendo a universitarios, abuelas y posiblemente a tu vecino. Se ganaron el odio de internet por una década. Hoy en día, Lars dice que fue “una exageración”. Los fans decimos: “Ya, claro”. Capítulo 8: El documentario que nos hizo quererlos otra vez En 2004, tras peleas internas, James entró a rehabilitación, y la banda contrató a un psicólogo para que les enseñara a hablarse sin tirarse los platos. Todo eso quedó grabado en Some Kind of Monster, un documental tan ridículo y humano que los hizo adorables otra vez. Ver a Lars llorar por sus sentimientos mientras Kirk se toma un té es lo más metal que ha pasado en años. Capítulo 9: La era feliz: un bajista con tatuajes y muchos premios Llegó Robert Trujillo, un bajista tan bueno que hace que las cuerdas lloren. Cobró un millón de dólares de adelanto (literal) y juró que no se iría nunca. Y no lo ha hecho. Metallica sacó Death Magnetic (sonaba como antes, pero más viejos), Hardwired… to Self-Destruct (títulos muy dramaticos para canciones sobre monstruos) y 72 Seasons (donde James canta sobre su infancia y todos asentimos con la cabeza). Epílogo: ¿Qué son hoy? Hoy, Metallica es una banda de abuelos millonarios que siguen tocando como si tuvieran 20 años, aunque necesiten una hora para levantarse de la silla después del concierto. Tienen su propio festival, su propio whiskey, sus propias figuritas de Funko y una legión de fans que los perdonan todo: los cortes de pelo, Napster, Lulu (ese disco con Lou Reed que nadie entiende), y los solos de batería de Lars (que siguen sonando como una lavadora descompuesta pero con feeling). Moraleja: Metallica es la prueba de que puedes hacer todo mal… y aún así acabar siendo la banda más grande del metal. Porque al final, lo importante no es la perfección, sino la actitud. Y ellos tienen tanta actitud que a veces hasta se tropiezan con ella. Fin (por ahora. En unos años sacarán otro disco de 80 minutos, no te preocupes).