Mi perra vida

Mi perra vida

Fastidiado de las restricciones en las redes sociales, y sin postureo ni opiniones al vapor, aquí les dejo Mi Perra Vida

Episodios

  1. 5 jun

    Mi perra vida

    Crónica – Un gran centro comercial | Poema – Inédito – Jaime Sabines | Reseña – Un nosotrxs sin estado – Yásnaya Elena Gil | Frase robada – Noela Lonxe| Bonus track – La Isla – Silvia Eugenia Castillero Un gran centro comercial Por razones ligadas profunda y genuinamente con el código postal de mi nacimiento, la historia de mis viajes y turismo comenzó bastante tardíamente. Estoy casi seguro de que, la primera vez que viaje a Europa fue a Barcelona, ahora que le pongo tinta a mis recuerdos, nunca he ido (salvo una ocasión) a ese continente sino por motivos profesionales, si viajé a varios países con motivación meramente turística, pero cuando estuve viviendo una temporada en Italia, en Trieste. Como decía mis viajes trasatlánticos siempre han estado cobijados por actividades profesionales, estos es un gran eufemismo para decir que siempre he conseguido un mecenas que financie mi estancia. No negaré ante tal evidencia que, podría ser considerado un vividor, pero bueno el mecenazgo ha sido parte de la historia del arte y la ciencia. En esta vida de sacacuartos científico; después de Venecia que, era una parada obligada siempre que alguien iba de visita a Trieste; la ciudad que más he visitado es Barcelona, en la cual he tenido historias interesantes que merecen ser mencionadas en otro momento. Estos recuerdos se amalgamaron con varias lecturas de ficción que ocurren en Cataluña, pero indudablemente Carlos Ruiz Zafón (1964-2020) en su tetralogía titulada El Cementerio de los Libros Olvidados, representa con nostalgia y misticismo una ciudad que, dejó una impronta muy notable en mi sentir y mi pensar. Por lo tanto, tras al menos un par de lustros después de mi última visita (bastante fallida porque solo llegué al aeropuerto); el hecho de que un mecenas me ofreciera volver con el pretexto de un congreso médico y una reunión de trabajo, me pareció una gran oportunidad que, no dejé pasar. Además de las perspectivas profesionales que, estaban bastante bien acotadas, me interesaba volver a recorrer sus calles; con la ilusión de alejarme de las grandes atracciones que ya había conocido en épocas pasadas. Confiaba en que, alejándome de las hordas de gente tomando las mismas fotos que van a los mismos lados, me aportaría una visión renovada y tal vez más genuina. El itinerario incluía librerías, tiendas de música y fotografía, algún restaurante y algún museo. Tenía algunos puntos de referencia y muchas ganas de caminar. Pensé que para mi buena fortuna el hotel donde me hospedaba no estaba en la zona más céntrica de la ciudad, así que el plan estaba razonablemente trazado; digo esto porque normalmente ocurre que, las ciudades ajenas son como un animal huidizo, te muestran lo que desean muy a su manera y con cierto recelo, esta ofrenda se logra caminándola sin expectativas, cuando menos lo esperas algo te sorprende y lo atesoras. No sé qué fue lo que pasó, todo pasaba y ocurría de maneras muy extrañas, cantidades ingentes de turistas en todos lados, tanto que, una de las fotos que más me gustó fue de una pequeña calle con apenas un par de personas, algo anormal. Marquesinas demasiado lindas, excesivamente luminosas, pidiendo a gritos (en inglés) que, le tomaras una foto para etiquetarla en redes sociales o le dejaras una reseña en google maps, calle tras calle la escenografía no cambiaba. Tras varias horas una pequeña tienda de discos y una librería confirmaban mis hipótesis, éramos demasiados visitantes, los hemos invadido y ya no pueden ser melómanos o libreros, sino expendedores de productos. Parecía que toda la ciudad se había transformado en un inmenso centro comercial, ya no era solo el corte inglés, todas las aceras eran transiciones de un tipo de productos a otros, siempre ropa, siempre comida, siempre lo mismo. El capitalismo envistió sus calles de un traje de latex negro que seduce a sus transeúntes y asfixia a sus vecinos. Conforme pasaba el tiempo, porque vaya que insistí en encontrar la ciudad, imaginaba lo terrible que sería lidiar con todo esto cada día en la cotidianidad, es paradójico que hace quinientos años ellos derrumbaran la identidad de pueblos ancestrales y ahora el metamodernismo los deglute. No se puede ser dogmático y pensar que sólo mi experiencia pueda hacer diagnóstico, pero si creo que, si deseo que la ciudad me muestre su alma, tendría que hacerlo con más precisión e ingenio; mientras tanto me llevo esa impresión de haber visitado un gran centro comercial. Inédito – Jaime Sabines No tengo nada porque no quiero nada. No creo en el amor ni en los huevos cocidos. Todo es fugaz y frágil igual que una mirada, y todo es vano y triste como los tiempos idos. ¿Quién soy, o qué? Nada me importa saberme un jitomate malherido, ni llorar por la vida que es tan corta, o tan larga, según lo sucedido. Lagarto, o buey, o talismán y hechizo, cada cosa a su hora, plenamente, soy y no soy como mi madre me hizo. En esta esquina, y por detrás y enfrente, valgo y huelo lo mismo que un chorizo, eterno y para nunca y para siempre. Un nosotrxs sin estado – Yásnaya Elena Gil Este ensayo explora detalladamente, pero de manera manejable, las interacciones entre las diversas culturas y sociedades ancestrales de México y su dominación por el Estado que, busca acallarlas y destruirlas para homogeneizar el ideario de lo que debe ser este país. No sólo desde el análisis y la descripción, sino a través de la denuncia y la utopía donde todxs podamos convivir y florecer. La narración y análisis no muestra una visión rosa y maquilada de la realidad, ni tampoco una perspectiva catastrófica, aunque lo sea. Pienso que es una increíble lectura para tratar de comprender el crisol que somos e intentar interiorizar una alteridad de lo que nos hemos olvidado, lo cual nos perjudica como sociedad, dejándonos demasiado vulnerables. Frase robada – Noela Lonxe Nadie debería comer lo que no ha matado Bonus track Tras mucho caminar, por fin pude encontrar una calle sin gente (o casi). Descansando en las catacumbas del museo Picasso. Por algún momento pensé que el vehiculo del fondo era un recolector de turistas, por si las dudas me escondí.

    20 min
  2. 30 may

    Mi Perra Vida

    Crónica – Descubriendo el fanzine Descubriendo el fanzine Las cosas y sucesos llegan cuando tienen que llegar; así fue mi descubrimiento del fanzine. A pesar de tener una idea muy superficial y claramente errónea, su develación este año fue muy grata y enriquecedora. Para poner el piso plano para tod@s voy a intentar definirlo. Es un medio de expresión impreso (o digital) de formato pequeño, con temáticas variadas, aunque normalmente de nicho, con muy pocas o ninguna regla de tipo editorial o creativa, por lo general de producción casera o en pequeñas editoriales. Es decir puede ser una hoja tamaño carta doblada en cuatro partes escritas a mano con un manifiesto punk, hasta un pequeño ensayo fotográfico en impresión offset. Lo anterior me tiene fascinado, la libertad que implica. Es todo un universo en el que, conviven el cómic, crónica, poesía, ensayo, cuento, relato, crónica, divulgación; cualquier cosas que se pueda imprimir en una hoja de papel, se puede decir. Por la forma en que se produce, prácticamente cualquiera puede crear uno, con unas cuantas hojas de papel y una fotocopiadora tienes para expresar lo que te venga en gana. La imprenta transformó la forma en que los libros se producían, permitiendo su impresión masiva, las técnicas modernas de impresión a bajo costo, permitieron no sólo la impresión masiva, sino la disponibilidad masiva. Para los que venimos de un mundo más anclado a convencionalismos, creeríamos que sólo las grandes editoriales, los autores de culto o figuras que roban la atención de los medios tradicionales, pueden publicar sus creaciones. Pero la posibilidad de que cualquiera pueda expresarse sin ataduras, en este mundo tapizado de candados sociales, comerciales y prejuicios autoasignados; me parece valiente, transgresor y muy interesante. En este momento en el que incluso poner a hervir pasta, agregarle aceite y rallarle queso es denostado y preferimos pedir comida rápida a través del teléfono celular. El decidir crear algún material gráfico y/o escrito, acomodarlo en las páginas, darle formato, imprimirlo, fotocopiarlo y distribuirlo; sabiendo que no será ni rentable, ni sostenible, que no ganará ningún premio literario, y aún así decidir llevar a la vida tus ideas realizando ese esfuerzo; le otorga al fanzine un peso específico muy importante. Puede o no gustarnos, pero lo que es innegable es el interés de la autora, autor o autores para realizar su proyecto. Justamente cuando los estereotipos idealizados que, ya se venían gestando por los algoritmos de las redes sociales y que se consolidaron con la “perfección” y sesgos de la inteligencia artificial, en este mundo tan plastificado y aséptico; encontrar el sello puro y genuino de quien elaboró el fanzine, es un rodal. Se siente el amor e interés vertido en esas hojas fotocopiadas Aunque hay fanzines robustos e icónicos, la mayoría tienen unas cuantas páginas, por lo que si se viene del mundo lector tradicional, devorando cientos y cientos de hojas o del mundo digital de la pantalla infinita; el fanzine puede padecer diminuto, y lo es, pero esa característica lo lleva a apreciarlo de modo distinto, y no pocas veces a releerlo o repensarlo. Arropándome en la tercera acepción de la RAE, es un producto muy elitista y exclusivo no sólo en su producción, sino en su distribución y consumo. No es fácil encontrarlo, hay que poner algo de esfuerzo en dar con ellos; por su conceptualización no son para todos los públicos y su especialización reduce el número de lectores. Pues bien, hasta hace apenas unos meses en la Feria del Libro y la Rosa que, exactamente no sé por qué, pero compre bastantes y recientemente en un viaje a Xalapa otros tantos, me he enamorado del fanzine, pero también de sus valores intrínsecos, con los que congenio plenamente; la libertad, la valentía y la dedicación; impulsados por el interés genuino, me parecen muy atractivos. En esta pequeña incursión que estoy realizando me he encontrado cosas muy interesantes, creativas, inteligentes, divertidas y bellas. Como todo en la vida, también está el lado oscuro, que ni tanto; uno es el costo, si bien no son caros, para el que no valora el trabajo manual, intelectual y artístico; pagar el equivalente a cinco o diez dólares por unas cuantas hojas de papel, le parecerá absurdo. Pero honestamente la mayoría de la gente gasta eso y más en comida chatarra que, sólo les incrementa el riesgo de diabetes y cáncer. Y el segundo punto en contra es que, la versión digital del fanzine, no siempre transmite lo que gemelo analógico si. He cumplido con compartirles mi nueva afición, e invitarlos a que si asisten a alguna feria del libro o si por accidente entran a alguna librería, pregunten si tienen fanzines, algo encontraran que les sorprenda. Bonust track Tras caminar muchas horas, encontré un lugar muy lindo donde comer. Lo llamativo de esta foto fue encontrar una calle de Barcelona que no estuviera tapizada de turistas.

    9 min
  3. 22 may

    Mi perra vida

    Crónica – Me duelen hasta las buenas intenciones Me duelen hasta las buenas intenciones Algunas personas me han preguntado por qué no escribo sobre mi patológica afición a correr largas distancias. Lo he intentado un par de veces, pero los temas relacionados con los deportes son un terreno resbaloso que, se acerca peligrosamente a la autosuperación personal y la meritocracia. Es menester decir que, de todas las disciplinas deportivas, correr largas distancias en la montaña es la menos aspiracional. Para la mayoría de los mortales, la llegada a meta nos hace ver más que como un mensajero icónico del mediterráneo; parecemos actores de relleno para una película de zombies de bajo presupuesto, y olemos peor que un buen queso Vieux-Boulogne. Es buena idea aclarar qué es el ultramaratonismo. En su sentido más literal es, correr una distancia superior a los 42.195 kilómetros del maratón. Algún gracioso dice que, correr desde la meta hasta el estacionamiento es considerado ultramaratonismo. El mundo de las ultradistancias es vasto, llegando a centenas de kilómetros; aunque los 100 millas y 100 kilómetros se consideran canónicas; e incluye infinidad de terrenos dónde realizarlos; lo característico es el bosque, pero va del desierto a la tundra, pasando por el asfalto de la ciudad. Al combinar estas heterogéneas características se podría correr un ultramaraton dando vueltas a una cancha de fútbol, o una carrera corta en una montaña. La composición más frecuente suele ser corredor de montaña y ultramaratonista. Pienso que, se debe a aspectos logísticos y de disponibilidad; es más sencillo (o no), meter cientos de corredores en medio del bosque por diez o veinte horas, que lanzarlos a las carreteras, expuestos a la hegemónica fauna del motor de combustión interna. Ya definidas las distancias y localización donde ocurren estos eventos. Se debe considerar en la ecuación una variable muy importante, la orografía. Lo accidentado y elevado del terreno, ya que subir una cuesta de cinco kilómetros es totalmente distinto a realizar la misma distancia en carretera o camino llano. Ésta es la razón por la que, las carreras de montaña incluyen en su descripción, la distancia y el desnivel tanto positivo como negativo. Subir varios cientos de metros para alcanzar las crestas de la montaña impone una demanda física importante no sólo para el ascenso, se pensaría que, al bajar la gravedad nos ayudará, pero, no pocas veces en particular si no se tiene suficiente técnica o experiencia, bajar una ladera puede ser más difícil, lento y peligroso que subirla. Lo anterior se adereza con portar lo necesario para comer e hidratarse durante el camino, portar la ropa suficiente para afrontar mínimamente las inclemencias del tiempo y no pocas veces correr de noche. Toda esta explicación además de aburrirles, lleva a la pregunta que, propios y extraños nos realizamos ¿por qué hacer esto?. Algún amigo me decía que incluso en auto recorrer tanta distancia da pereza. Pues las respuestas, cuando las hay, son de lo más variadas y no pocas veces llenas de estereotipos; desde el macho alfa, hasta historias de redención sabor tutti frutti. Alguna vez un niño de unos ocho años, algo contrariado, al verme corriendo en condiciones deplorables me aventó la pregunta -¿por qué corres?-. Algo tan elemental que aún sigo sin poder responder a cabalidad. De manera rápida es, porque tengo una fisonomía que me facilita esta disciplina, y por lo tanto no me dejaría ser jugador de rugby. Especulo que, mis genes algo de raramuri deben traer y que, eso me dota de una condición que promueve un adecuado consumo de oxígeno y energía. La segunda razón es que, desde pequeño me he sentido atraído por la naturaleza. Es un lugar en el que me encuentro muy feliz, me llena en muchos sentidos físicos y espirituales. Desde que tuve la oportunidad de escapar de las toneladas de cemento de la Ciudad de México, para ir a la montaña los fines de semana, regreso con cierto grado de serenidad, algo totalmente opuesto a lo que ocurre cuando por diversos motivos no puedo escaparme, entonces la ciudad me asfixia. Después viene algo más complicado de definir. Este tipo de carreras implica, entre muchas, dos cosas muy importantes para mi; la soledad y el aislamiento. Sé que una competencia de ultradistancia me llevará a estar muchas horas en soledad, y totalmente incomunicado. Algo tan anormal en la actualidad que, es casi un santuario a las ataduras sociales. En ese recinto, mi cabeza pasa horas en grato destierro. Me han preguntado ¿qué piensas durante tanto tiempo? En la superficie nada relevante o significativo, pero en el fondo algo ocurre en esos trayectos que no recuerdas, horas perdidas que se borran de tu experiencia, algo profundo se moldea ahí, la mayor parte de las veces sin darme cuenta. Lo anterior se amalgama con una dosis de esfuerzo físico muy importante y una significativa cantidad de sufrimiento y fatiga. El año pasado fue un annus horribilis en mi vida como corredor de montaña. Tuve que abandonar una carrera porque la diarrea me traicionó y no había manera de continuar. Mi segunda deserción ocurrió porque subestimé la distancia, llegó un momento en que mi cuerpo alcanzó a su límite y no pude dar un paso mas. Estos fracasos se me clavaron profundamente y desde entonces había evitado una carrera de esta índole. Es el precio que se paga por crearme expectativas, las cuales son un verdugo receloso y vengativo. Pero acá estamos de vuelta, intentado desenterrarme la espina. Mi madre, que me acompaño esta ocasión y yo, nos levantamos a las dos y media de la mañana. Dado que el pueblo está a dos horas en auto, pensé que podía salir muy temprano de casa, para evitar busca algún hotel cerca de la meta. La idea dejó de ser tan buena, cuando me di cuenta que, tenía que llegar a las 4:30 a.m. para recoger mi dorsal. Tampoco calculé que a muchas avenidas principales les dan mantenimiento a esa hora, lo que implica cierres y desviaciones. Finalmente, es el horario en que muchas personas salen de la fiesta y cumpliéndose el vaticinio, un tipo en máxima irresponsabilidad iba zigzageando, poniendo en peligro a tod@s. Algo interesante fue ver localidades que de día son pintorescas, durante la madrugada intimidan. Superando esas adversidades se logró llegar a la zona de salida en tiempo y forma. Ya con dorsal en mano, me dispuse a desayunar algo ligero, labor que se tornó compleja porque traía un panal de abejas en el estómago, los nervios me revoloteaban por todo el triperio, por un instante pensé que vomitaría. Tras la cuenta regresiva ciento cincuenta corredor@s abandonamos la carretera y nos hundimos poco a poco en las entrañas del bosque. Mi estrategia era sencilla, hidratar y alimentarme correctamente, evitar caídas, y llevar un paso muy controlado que, aunque no asegurara un lugar en el podium, me permitiera terminar (ahora si) la competencia; la ecuación era soluble, lo que olvidé es que intentar resolverla a un poco más de 3000 metros sobre el nivel del mar la enviste de complejidad. Durante la primera hora de carrera se observa bastante caos, entre quienes la lideran, los que la quieren liderar y no podrán, lo que no buscamos gloria ni fanfarrias, y en no pocas ocasiones los que aún necesitan más entrenamiento y experiencia para enfrentar no menos de ocho horas en continuo movimiento, cargando dos kilos de equipo en la espalda. Al llegar al kilómetro diez y siete, en una laguna hermosa, ya se había establecido el lugar que nos correspondía, de ahí en adelante restaba ejecutar la estrategia para rasguñar una mejor posición. Para ese momento el miedo atávico de los fracasos se comenzaba a difuminar. Como el canto de las sirenas, la belleza de la naturaleza me arrobó el pensamiento. Pero en el tercio medio de la distancia pactada, se comenzó a cobrar la factura. Ya que, era la parte más difícil, trece kilómetros de subida y bajada, los incluyo en la misma categoría porque en este deporte ambos, requieren mucho esfuerzo. Es ahí donde la naturaleza se impone, y anguladas pendientes o eternas bajadas resbalosas nos ponen en nuestro lugar, y no pocas veces es el momento en que unas buenas bofetadas de realidad nos despiertan del sueño meritocrático. Pude transitar ese purgatorio con bastante decencia, lo que me puso contento, eso significaba que mi modesta y ecléctica forma de entrenar estaba rindiendo frutos. No había comentado que esta es la carrera con menos kilómetros de entrenamiento, aunque con cambios radicales en la alimentación y ejercicios de fuerza. Merece ser mencionado que, el paso por el centro ceremonial Otomí es majestuoso, y aunque construido apenas el siglo pasado, enviste respeto y otorga cierta energía. Ya para el último tercio de la carrera, me habían dejado las mujeres que disputaban el tercer lugar con las que compartí un rato trayectos, y un corredor muy joven que bajaba cuestas sin temor a dios ni a la gravedad, pero que, me dio confianza y lo seguí un buen rato; es lo que se llama kilómetros gratis, cuando logras encontrar compañeros que te hacen más grato el camino. La soledad de las últimas horas bajo el sol en su cenit era el lugar propicio para que, el demonio se ponga a hurgar en mis debilidades y rasque con su pezuña, para que comiencen a sangrar. Afortunadamente un clima bastante benévolo, un final en descenso tenue y la buena ejecución del tramo recorrido, me dejaron correr y escapar del maligno que, me quería seducir. Siempre la llegada a meta es emotiva y te sientes emperador por diez segundos. Finalicé dos horas antes de lo esperado, y la sorpresa fue haber logrado un lugar mucho mejor de lo que pensaba. Al final el objetivo era desenquistarme los fracasos previos. En este trance he acotado mi situación de vida, y ser consciente de lo que si puedo hacer y lo que no.

    15 min
  4. 15 may

    Mi Perra Vida

    Relato – Le tengo más miedo al teléfono inteligente que al hantavirus | Poema – ¿QUÉ PASA SI METO LA CABEZA EN EL CONGELADOR? – Adrían Fauro | Reseña – En defensa de la conversación – Sherry Turkle | Frase robada – Yásnaya Elena Gil | Bonus track – Vudú – Odette Alonso Le tengo más miedo al teléfono inteligente que al hantavirus Mi aseveración es tan absurda como verdadera. La noticia de que un grupo de gente de bien y de bienes; encerrados en un crucero, se trajeron un virus que, convirtió a quienes menos lo esperaban en unos apestados, unos impuros, prácticamente una nave espacial que amenazaba la vida en la tierra como la conocemos; esto ha sido tema de noticieros, periódicos, redes sociales y sobremesas del mundo. Fenómeno totalmente esperado por las reminiscencias del COVID. La definición de pandemia del Diccionario de Español de México (sí, dejaré de usar el diccionario de la RAE) es: “fenómeno que se extiende a todas las poblaciones, especialmente tratándose de enfermedades”. No sé si, al estar pedaleando todos lo días o mi aproximación más crítica hacia los usos y por supuesto abusos de la tecnología de consumo, pero, todo el tiempo percibo un suceso que se extiende a todas las poblaciones; traer en teléfono en la mano todo el tiempo, algo tan normal, tan esperado y justificado que, no se nota. A menos de que, tu integridad física e incluso tu vida dependa de ello. El utilizar la bicicleta como medio de transporte implica varios retos, y la asunción de algunas habilidades. En mi filia por priorizar todas las cosas, tengo una lista de cosas peligrosas al andar en pedaleando, encabezada por los automovilistas usando su teléfono inteligente. Son de lo más peligrosos, ya sea con el vehículo en movimiento, detenidos en un semáforo o estacionados en la calle. Por dos características importantes: 1) la falta de preocupación por su alrededor; verdaderamente tienen toda su atención en la pantalla; y 2) se les olvida que tienen entre sus manos el control de alrededor de una y media toneladas de peso que, dependiendo de la velocidad este valor se multiplica. Así como en las pandemias un agente minúsculo ingresaba al organismo y podía lesionarlo hasta la muerte; y no conforme, ese fatal comportamiento lo extendía a su entorno más cercano. En perfecta analogía, un dispositivo de menos de 200 gramos y cerca de 6 pulgadas que, sólo requiere el dos por ciento de nuestro angulo de visión, es capaz de transformar en víctimas al usuario y cualquier persona que comparta su territorio: otros automovilistas, ciclistas, usuarios de moto y monopatin, transeúntes, y prácticamente cualquier ser vivo que se atreva a invadir su hegemonía. Es tan ubicua esta amenazas que, “infecta” a los peatones. Esta es mi segunda amenaza al rodar por las calles de la ciudad, las persona en la calle mirando la pantalla, siempre en posición sumisa, si además traen puestos audífonos, la ecuación es altamente peligrosa, parecen minas antipersona, en cualquier momento podrían detonar. Esto me tiene con el umbral muy bajo para la identificación de teléfonos celulares guiando a setenta kilos de carne, piel y músculos que, desposeídos deambulan errática y peligrosamente por las calles de la ciudad. Así como en las historias de fantasía cuando una piedra, un anillo, una espada, transformaba para bien o para mal a la o al protagonista, del mismo modo el dispositivo inteligente en la mano siempre, siempre, y reitero, siempre; transforma al autoconsiderado epítome de la evolución en un ser sin alma, determinación, ni pensamiento. Esto se reproduce en escenarios variopintos. Me sorprende cómo los acompañantes de un paciente estén atentos a la pantalla y no a lo que ocurre en la consulta médica; aún mas dramático cuando es el propio paciente quién no se puede despegar de su dispositivo, la dominación es tremenda. Ya ni hablar de reuniones con amigos, familia o pareja, en la que ese bicho de silicio y luz incandescente hace presencia. Esta situación tiene menos de veinte años, cuando Steve Jobs (que espero se esté dorando a fuego lento en el infierno) lanzó al pionero del teléfono inteligente, pero también algo más importante, el modelo de negocio que, a la postre trajo a la vida a los jinetes del apocalipsis. En términos históricos es un suspiro, pero así como el COVID transformó en poco tiempo la historia del mundo, de igual manera lo han hecho los teléfonos inteligentes. Aún recuerdo a mi madre limitándome el acceso al televisor, “por que esa caja tonta te envicia y te deja tarado”. Hoy la veo enganchada a tiktok de una manera impensable. Yo que cambiaba de teléfono cada año, o menos, que tuve todas las redes sociales y me monitorizaba hasta lo impensable, sigo siendo su fiel ciervo; ataviado y adoctrinado de manera distinta no deja de dominarme, de ser una adicción que ocasiona daños físicos (de los mentales mejor ni ahondar), justo ahorita traigo una tendinits del pulgar derecho y dolor de codo por no soltar a ese gente infeccioso que, de una manera u otra hace hasta lo imposible por alimentarse de nuestra atención. Inocentemente pensé que con modificaciones en mis hábitos de consumo digital iba a lograr emanciparme, pero no fue así. Se comporta como los virus, muta para resistirse a su extinción y mientras se encuentre en el ambiente, son un riesgo para la salud. A diferencia del hantavirus en el que las alarmas internacionales se detonaron, esta pandemia tiene un horizonte sombrío, ya que, ni sus víctimas y mucho menos los victimarios quieren buscar una cura. Así como Mark Fisher dijo que era más fácil imaginar el fin del mundo que, el fin del capitalismo. Su servidor parafrasea esta contundente afirmación, porque creo que, es más fácil imaginar el fin del mundo, que un día con el teléfono inteligente sin batería. ¿QUÉ PASA SI METO LA CABEZA EN EL CONGELADOR? – Adrían Fauro Un psicólogo de la Universidad de California dice que hay que dejar el café y cambiarlo por meter la cabeza en el congelador para activar el cuerpo y así eliminar la cafeína del organismo para dormir bien evitar pensamientos intrusivos despertarse en mitad de la noche poder pasar los días sin problemas de salud disfrutar el tiempo libre reduciendo la posibilidad de problemas mayores como la depresión medicación y meter la cabeza en el horno. En defensa de la conversación – Sherry Turkle Al tener este libro en mis manos pareciera que versara sobre la autosuperación personal, ya que mis deseos de establecer diálogos con otros seres humanos es bastante limitado. Pero en realidad es un ensayo y trabajo etnográfico (ambos bastante blandos) sobre el estado actual de la conversación; en contra punto a la epidemia de comunicación digital. Utiliza el recurso de las sillas de Thoreau para darle estructura a la basta información, a ratos repetitiva y aburrida que, demuestra cómo desde hace más de diez años las empresas tecnológicas se nos han metido hasta el tuétano y ahora dominan (y auditan) los aspectos más elementales de nuestra vida. Es importante mencionar que, la descripción de éste fenómeno de virtualización de la comunicación viene profundamente representado por trabajo etnográfico, lo cual de un matiz muy regional y no debemos olvidar que, si bien lo mencionado puede aplicar a otras sociedades, es una muestra de la sociedad estadounidense. Me parece que el revuelo que causó el libro justamente se debe a que proviene de este entorno carente de autocrítica. En donde cuestionar su voracidad por lo novedoso parece un acto de rebeldía, lo que refleja lo miopes que están, y que estamos, al ponerlos como referentes para todo. Al ser o intentar ser, un ensayo le falta rigor y profundidad, funge como una no tan pequeña muestra de los problemas de la sociedad de hace diez años que, para sorpresa de nadie se han profundizado dramáticamente. Más que un ensayo, es una descripción unidimensional y bastante cobarde de un problema muy grave, que jamás menciona el contexto. Como suele ser, el texto deja al individuo consciente del problema de la comunicación oral, pero desolado, sin referentes para buscar repuesta, y por supuesto sin subrayar a los culpables de esta debacle. Frase robada – Yásnaya Elena Gil Esta pasión por lo macro nos impide atisbar otras posibilidades. Bonus track Definición gráfica de paz y tranquilidad: perro, libro y día libre; qué más se puede pedir.

    17 min
  5. 8 may

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    Relato – Un pájaro toca a mi ventana | Bonus track Un pájaro toca a mi ventana Era otro sábado en el que venía arrastrando una semana de cansancio; a pesar de las dos horas de manejo, vale la pena, estar rodeado de monte, del ruido de los animales, aunque también del ruido de los pueblos. Salirme me da aire a la cabeza, que no pocas veces pesa demasiado. Pero hay que ser honestos, en términos prácticos lo que hago es cambiar una rutina por otra, ese es mi súper poder, transformar todo en una serie de sucesos repetitivos, lo que si bien puede ayudar a que las cosas ocurran de manera más automática y por tanto “eficiente”, también se puede transformar en una asfixiante bolsa de plástico cubriéndote la cabeza. Así que, venir al campo y hacer una permuta de hábitos, al menos por veinticuatro horas, que es la duración promedio de mi fin de semana, me ayuda a seguir adelante en mi semana circense. Lo digo con una connotación de literalidad ¿acaso los payasos, acróbatas y malabaristas, no hacen lo mismo que yo? Tal vez sus rutinas sólo se fracturan por otras rutinas de su vida nómada. Lo primero que me llamó la atención fue que el vidrio de la ventana estuviera sucio, como si le hubiera salpicado tierra y la lluvia lo enjuagara mal y quedaran los rastros del desastre. Me pareció raro que no lo limpiaran, en especial que el resto de los vidrios estuvieran impecables. También que alrededor había francas evidencias de que las aves habían seleccionado esa zona de la terraza como baño público, e igual de inusual que no lo limpiaran, en fin, todo continuo como de costumbre. Por lo que a las nueve de la noche estaba más destruido que un zombie en la quinta temporada de la serie. Cansado de estar cansado cerré el libro y me fui a la cama, esperando que mi sueño tuviera el valor de ignorar mi vida cotidiana, y cumpliera su promesa de desintoxicarme el alma y el cerebro de los miasmas consuetudinarios; lo cual por cierto se ha incumplido perseverantemente en los últimos años. Pero cada noche es una oportunidad de lograrlo, me lo digo como si lo creyera. Apenas el sol empuja la noche y antes de que mi cerebro adoctrinado a levantarse a las cinco treinta de la mañana, traicione mi día de descanso o de que las perras me laman la cara indicándome que debo abrirles la puerta para desahogar sus necesidades; lo que siempre me pone a pensar si, la vida no es tener que estarle abriendo las puertas a las necesidades de los demás. Pero antes de que toda esa avalancha de sucesos inaugure mi dominical mañana, escucho tac, tac, tac, tac; primero de manera nebulosa, entre sueños, pero el tautológico sonido no deja de insistir. Aún con los ojos cerrados, creyendo que esa irrupción me va a permitir continuar con mi sueño, comienzo a pensar, primero de dónde viene, quién lo hace, por qué lo hace, tac, tac, tac, tac. Mi terquedad es congénita y dominante, a pesar de estar apretando los párpados con tanta fuerza que hasta duele la cabeza, insisto en que puedo cumplir la convención de seguir dormido; sin llegar a conclusiones precisas del origen de ese nuevo y obstinado ruido. Al final las perras que no entienden mis irracionalidades acuden a recordarme mis responsabilidades no escritas; cumplo con ellas y la de mi organismo; regreso a la cama, tac, tac, tac, tac. Caigo en la desesperación, el teléfono, el correo, mensajes de texto, juntas y pacientes urgentes; ahora hasta la naturaleza reclama mi atención. Me levanto y planeo resolver el enigma. El sonido viene de la ventana sucia, me siento a mirarla y un pájaro, no uno de esos pequeños como gorriones, bastante más grande, totalmente gris y con pico muy largo y afilado vuela frente a la ventana, hace grandes esfuerzos por mantenerse estático y soltar un picotazo en el vidrio, tac. Me hubiera gustado que hubiera sido un cuervo, pero esto no es de contentillo, aún con un ave menos icónica me siento por unos minutos como Edgar Allan Poe, sólo espero que al impertinente animal no se le ocurra decirme “Nunca más” porque me da un infarto. Me quedo un rato observándolo, pensando qué puede ser lo que intenta, lo que lo mueve a tocar en mi ventana a tan temprana hora de la madrugada. Al final me preparo un café y me salgo a la terraza, el pájaro se para en un árbol, me observa sabiendo que lo veo, que lo estoy invadiendo, impidiendo su labor, la cual es matutina, ya que en el resto del día no vuelve a intentarlo. Como si no fuera suficiente con los cajones de mi cerebro desbordados de cosas, ideas y tareas; agrego una más ¿qué está deseando el plumífero? que tanto insiste. No lo sabré hasta la próxima semana, mientras tengo algunas hipótesis; de inicio voy a quitar el árbol de navidad, si es mayo y la navidad seguía patente, que pereza e inutilidad ponerla y retirarla, pero bueno, hay que hacer lo que se tiene que hacer. A lo mejor es un ave que se creyó eso de la meritocracia y cree que con esfuerzo puede romper el vidrio a picotazos, dándole acceso a ese árbol frondoso, colorido, con esferas y luces que, aunque artificial, le dará cabida a su descendencia. La siguiente semana no pude escaparme a la montaña, algún compromiso mas tenía que cumplir entre las cuatro paredes en las que me encierro con otros veinte millones de chilangos, así que, tendré que esperar otra semana para saber que pasó. Lo primero que noté es que el vidrio seguía sucio y persistían las heces. Así que, para no variar mi plan no resultó, si no me entiendo ni yo, menos los deseos de un pájaro. Antes de entrar a la cabaña por un segundo pienso que capaz el ave ya está adentro, que sí lo logró y se instaló como amo y señor. Obvia y afortunadamente no pasó, aunque esa tarde bastante calurosa, dejé la puerta abierta y se metió una golondrina; demasiados eventos relacionados con pajarracos. Estoy tentado a preguntarle a la IA, pero me aguanto, si voy a estresarme por idioteces, al menos que sean de creación propia. Me voy a la cama, ahora esperando, que no deseando, que llegue ese instante antes del amanecer, en el que el mundo se vuelva real y vea si aparece mi alada némesis. Tac, tac, tac, tac ¡la puta madre! ¿qué quiere ese pinche animal? maldigo, me desespero, no entender me pone muy mal, y lo único que se me ocurre es tomar una escoba, le monto una camisa y lo planto en la venta, un espanta pájaros, lo veo y me parece tan absurdo, tan inútil, una Quijotada; caigo en cuenta de que se parece más a mí de lo que creo. Replanteo mis hipótesis ¿qué podría desear un ave? tanto que lo lleva la irracionalidad de querer entrar a través de un vidrio, sólido, frío e inerte, que en su transparencia le permite ver una ilusión; incluso me pregunto ¿cómo ven las aves? ¿a colores, en grises o blanco y negro? ¿cuál es su ángulo de visión? y caigo en lo absurdo ¿qué puede desear un pájaro? Miro la sala con detenimiento, mi última opción es el perchero, podría ser un artista cubista o surrealista e imagina que, ese trozo de madera sosteniendo gorras, sombreros, bolsas y bolsos; es un lugar donde el podría anidar. Rompiendo las reglas elementales de la decoración lo retiro y lo meto en una de las habitaciones. La sala se va quedando más vacía, sin nada que se deba ser útil o atractivo para ese pájaro que se empecina en una tarea tan imposible como fútil. Pasaron ahora dos semanas, sí, la vida está exigiendo cada vez más tiempo y más atención. Apenas me estaciono voy a ver el vidrio, no me parece más sucio que la vez pasada, prácticamente sin rastros de la estancia del pájaro, el suelo de la terraza limpio. Pienso que lo he logrado, casi estoy seguro. Me urge que sean las ocho de la noche para forzarme a estar despierto dos horas más, e irme a la cama e intentar enterrar mi racionalidad hasta que, abra los ojos con los primeros rayos de sol. Entonces escucho, silencio, el silencio de la monótona madrugada; he vencido, pienso. Logro dormirme un rato más, así es de efímero el éxito. Hasta que un lengüetazo en la cara me despierta, saco a las perras, regreso a la cama deseando dormir un rato más. Tac, tac, tac, tac…ahora suena diferente, más espaciado, apenas tres o cuatro veces, más tenue, cansado. Entonces pienso que logré mi objetivo, le he quitado la esperanza a ese pobre pájaro de liberarme. Bonus track Algondocillo (Asclepia) que es la única llanta donde la mariposa monarca pone sus huevecillos y la única donde se alimenta la oruga antes de convertirse en mariposa. Estaba en medio del pastizal seco, lo cual la vuelve aún más interesante. Insecto palo, o eso creo. Quería convivir y se paseó buena parte de la tarde, sólo había que estarlo cuidando de que las perras no lo fueran a morder o aplastar.

    28 min
  6. 1 may

    Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 18.

    Relato – ¿Por qué no puedo ser fan? | Poema – Sólo ha sido mía – Francisco Pinzon Bedoya | Reseña – El silencio y la cólera – Pierre Lemaitre | Frase robada – Antón P. Chéjov | Bonus track ¿Por qué no puedo ser fan? Me hacía esta pregunta mientras platicaba con mi hermano, al salir de la feria La Feria del Libro y la Rosa, en la Universidad Nacional Autónoma de México. Entonces me di cuenta de que no era solo yo y que, haciendo memoria muchas personas de mi círculo cercano tampoco lo son. Pero justo había quedado con una amiga y planeábamos saludarnos en la feria literaria. Me envió su itinerario, para mi sorpresa estaba lleno de actividades. También me mostró una pléyade de autógrafos y fotos con la crema y nata de la literatura mexicana. Por mi lado, en teoría iba a tomar dos o tres talleres, con ponentes que desconocía totalmente, básicamente iba por el tema a tratar. Al final decidí irme a comer y sólo entre a uno. Di una vuelta por los pasillos de la feria y eso sí, compré un montón de libros y fanzines de pequeñas editoriales. Esto confirmaba mi sospecha. Hay quienes podemos y quienes no podemos ser fieles y entusiastas seguidores de algo o alguien. Desde pequeño nunca tuve esta acercamiento con los referentes, pienso que se inicia con los deportes, pero haber desarrollado una aversión muy temprana al fútbol me impidió tener equipo favorito. No tuve esa semilla que me enseñara a seguir y apoyar una causa. Creo el siguiente estímulo es el religioso, sin duda uno de los más importantes, tampoco lo sentí propio, a pesar de los intentos de mis padres por volverme católico practicante, se fracaso en el objetivo. Durante una época si que estuve muy cerca de ser un seguidor digno. En la adolescencia fui profundamente influido por mis primos que, si eran muy fanáticos del rock, pero de una vertiente bastante oscura llamada death metal; y ser fan de algo minoritario casi siempre le quita valor, pero esa es otra discusión. En esos años nos formábamos horas afuera de una tienda de discos; que por cierto nos quedaba bastante lejos y no teníamos auto; para que nos firmaran un autógrafo. Cruzábamos la ciudad para ir a los conciertos, obviamente usaba sus playeras y compraba los discos. Esa época habrá durado máximo cuatro años, era muy divertida y fascinante, creo que la aportación más relevante es la ilusión que, se genera al crearte una figura totémica y tenerla literalmente a tu alcance o a través de la comunidad. Tuvo sus momentos gratos que ahora son parte de mi nostalgia. La universidad hizo virar mi camino y jamas volví al universo del entusiasta seguidor. Tampoco creo ser un tipo estéril que no tiene pasiones o intereses. Tengo cantantes, escritores, deportistas, directores, pintores, poetas, etc. que son mis favoritos y tienen un lugar en mi corazón, pero me encuentro muy lejos de ser su consumado seguidor. En alguna conferencia le escuché a Juan Villoro una frase que no recuerdo si era propia o ajena, pero hacía referencia a que, esos referentes, esos ídolos, es mejor tenerlos lejos y apreciarles en ese lugar idílico que les hemos creado. Pienso que esa es una muy bonita justificación a mi pereza y profundo desínteres por ser fanático de algo. No puedo negar que en casa las cosas que sonaban a obsesión, adicción, o endiosar no se promovían mucho, así que eso también cuenta. Disfruto mucho mis aficiones que no son pocas, pero desde una visión mas íntima aunque también distante, acotada, y por supuesto muy individualista. No sé si es miedo a que el ídolo me defraude o el resto de los fanáticos. Aunque también creo que es un tema de definición, es decir ¿cuáles son los requisitos para declararme fan de algo o alguien? En el consultorio tengo decenas de figuras de star wars que los pacientes me han regalado durante años, siempre me preguntan si soy fan. Mi respuesta inmediata es negativa, claro que me gustan, pero ni de lejos podría ser tan erudito en el tema como muchos que conozco. Entonces ¿cuáles son los elementos básicos para ser o no fan de algo o alguien? Yo creo que tan sólo el sentirlo, finalmente tú decides si eres parte de algo más. El problema viene con la interpretación de la sociedad sobre las obligaciones que el seguidor debe contraer para portar tal insignia, y esto puede ser muy potente, categórico y absorbente. Lo cual, a mi, me parece inaceptable, podrás no ser tan fan como los otros, pero eso no te impide tener un particular interés y desarrollarlo de la manera que más te satisface. Pienso en quienes nos decimos fanáticos del atletismo, en especial del correr, como es mi caso. Hay gente que sabe muchas más cosas de atletas, carreras, usa la ropa de su corredora favorita, anda a la caza de firmas y viaja a donde sea necesario para presenciar las proezas de su ídolo. Pero corre, y mal, diez kilómetros. Por el contrario a mi me encantan las ultradistancias y sería muy pedante demeritar la corta distancia de mi contraparte; pero igual debiera serlo el demeritar mi falta de pasión por conocer santo y seña del ídolo de la temporada. Entonces ¿ambos somo fans, pero no de lo mismo? se asoma la terrible pregunta ¿qué somos? Finalmente, salí muy contento de mi paso por la feria del libro, y todo indica que mi amiga también, al final no nos vimos, yo me fui a comer una deliciosa pizza y ella a escuchar a sus ídolos en vivo y a todo color. Así que, todos felices con sus visiones del mundo. Eso responde a mi pregunta, no puedo ser fan, porque estoy satisfecho de no serlo. Sólo ha sido mía – Francisco Pinzon Bedoya Ten cuidado cuando vuelvas a mi herida y te pasees como si no hubieras vuelto Ten paciencia con mis ruegos que se han quedado atados a las rayas de mi cuaderno Ten la luz dispuesta y última para ver de qué están hechos los luceros que otras noches tejí para esos miedos que tuve de ti y que nunca fueron ciertos Ten presente aquellos niños que éramos al confuso olor de los peligros cuando en noches de vientos nos quisimos sin dolor ni miramientos ni testigos Ven al centro de mi vida que los libros míos te sonríen y encontrarás ese espejo que atrapó una historia que quiso ser nuestra pero que sólo fue mía El silencio y la cólera – Pierre Lemaitre En consecución a El Ancho Mundo, esta segunda parte de la serie Los Años Gloriosos, continúa describiendo las subtramas establecidas desde un principio; que sustancialmente son las de los hermanos Pelletier. En esta extensión del mundo de la post guerra no esperen nada novedoso, es tal cual la continuación de lo que se quedo abierto en la primera entrega. Por lo que esta tetralogía se diferencia de la trilogía de Los Hijos del Desastre que sí se podían leer de manera independiente cada uno de sus tomos, en este caso, al menos para la segunda entrega esto no ocurre. Lo que leeremos satisface nuestro morbo de maneras muy creativas. Esa es la magia de Pierre, cada capítulo rara vez es de relleno, siempre es una microaventura que, nos deja boquiabiertos, aunque estilísticamente es bastante pobre, el desarrollo del personaje es una joya, cumpliendo la regla de llevar a tu personaje al máximo. La principal virtud es que, lo hace de manera sucinta y contundente, ahorrándonos la aburrida cotidianidad que padece cualquier ser humano, incluso aquellos tan complejos y siniestros como los hermanos Pelletier. Es adictiva la forma en que los va retorciendo, exprimiendo, pero sin romperlos. Mención especial le daría a Genevé, esposa de Jean, personaje que despierta una repulsión atávica. No está de más decir que es un libro absolutamente comercial, que no aporta nada salvo entretenimiento, tal vez bajo una fórmula algo desgastada y ligeramente insípida, en comparación con otros trabajos del francés. Pero cumple lo que promete y el libro se va como agua entre las manos, esperando ya continuar con el resto de la tetralogía. Frase robada – Antón P. Chéjov Las bebidas calientes se asemejan al agua de mar y a la gloria: cuanto más se bebe de ellas, mayor es la sed. Bonus track Naturaleza reviviendo, la pobre no sabe si hace frío o o calor, si llueve o está nublado, se debe florecer o aguantarse. No sé si es Berlin y presencio una instalación de algún artista de vanguardia o es la Ciudad de México y le parece que, es la mejor forma de evitar que se la roben. Aunque tal vez solo es un espíritu anarquista.

    18 min
  7. 24 abr

    Mi perra vida

    Relato – Como te ven te tratan | Poema – Mis amigos los poetas malditos – Rolando Gabrielli | Reseña – El monte de las furias – Fernanda Trías | Frase robada – Santiago Alba Rico | Bonus track – Espergesia – Cesar Vallejo Como te ven te tratan Seré sincero, no sabía si tocar este tema o no. Se presta a miles de prejuicios, estereotipos, racismos, entre otras tantas formas de discriminación. Pero si uno decidió autoalojar su blog es para tener libertad, pero también responsabilidad de sus palabras. Aclaro que esto no es un ensayo, sencillamente es algo que me ha estado molestando los últimos meses y así que me decidí a escribirlo. Le dí este título porque haciendo memoria, la primera referencia que tengo del tema data de mucho tiempo atrás. Cuando era muy pequeño, pienso que entre los seis y diez años, casi seguro que a consecuencia de mi pertinaz deseo de no limpiar mis zapatos para la escuela, en casa me decían la fatídica frase. Pero no piensen que desde la perspectiva del ejecutor, sino del ejecutado. Mi condición económica me hacía susceptible de verme juzgado por la forma en que me vestía, en particular por los que tenía los medios para vestirse con muchos más recursos. Si me pongo muy emotivo considero que para nada era buena idea decirle eso a un infante, pero entiendo que a ellos les aplicaran esa regla y buscaban domar mi rebeldía, para evitarme sinsabores en el futuro, pero les voy avisando que no funcionó del todo. Sin embargo, este fracaso tuvo latencia. Pienso que hasta la pandemia el mantra racista funcionó, y traté en la medida de mis posibilidades de adherirme a los usos y costumbres de apariencias que mi entorno dictaba, con bastante poco éxito ya que, para sorpresa de nadie, nunca me he sentido genuinamente atraído a dedicarle tiempo y dinero a mi apariencia personal, intentaba solo cumplir, pero sin expectativas. Obviamente en algunas ocasiones recibía comentarios “bromistas” sobre mi desinterés en demostrar un gran, o al menos mejor, estatus socioeconómico a través de mi atavío. Pero bueno, quién me manda meterme donde me meto. Pero volviendo a la pandemia. Tres cosas sucedieron: se relajó la etiqueta entre el gremio médico ya que todos usábamos uniforme quirúrgico (aunque al paso de los años, otra vez los pasillos parecen pasarelas); me adentré profundamente en la literatura, labor que confirmaba mis convicciones antes el postureo y su papel de control social y alineación; y alcancé cierta estabilidad económica y profesional, dotándome de seguridad que no dependía de florituras. Estas tres variables se amalgamaron para que fuese una anacoreta, misántropo y nihilista, con una amplia y notable excepción, mis pacientes, mi leitmotiv; el resto de mis actividades son accesorias. Fuera de la relación médico-paciente, que tampoco requiere de grandes adornos gracias a la bendita bata, sí que me he ido olvidando de cumplir con las normas de apariencia que de mí se esperan, y me he ido mudando a sus antípodas, obvio dentro de ciertos límites. Pero si he notado cómo en congresos científicos, reuniones de trabajo, actividades de “integración” laboral y otros eventos académicos; este desinterés sobre mi apariencia causa una especie de rechazo y porque no, un sutil racismo. Cumpliéndose así de manera profética las palabras escuchadas en mi infancia “como te ven te tratan”, o al menos te tratan diferente. No niego que en más de una ocasión si me afectó este comportamiento, pero a todo se acostumbra uno, y desarrollé un alto sentido de la ataraxia. Este desenfado primero fue en lo verbal, después en la apariencia y recientemente en el tipo de compromisos que tiendo a aceptar. En estos momentos se estarán preguntando ¿por qué si tan a gusto está, viene a hacer catarsis en Mi Perra Vida? Pues porque hace unos días tenía que dar una conferencia organizada por la Academia Nacional de Medicina, y me pareció razonable alejarme del aspecto fodongo y desembarazado, para ponerme saco y corbata, tampoco nada del otro mundo. Así ataviado de tan extraña manera, muchas personas manifestaron su aprobación, que entiendo era con buenas intenciones (o no), pero eso no deja de confirmar el título de esta entrada en mi blog. A partir de entonces he estado pensando cómo buena parte de mi círculo laboral invierta cantidades ingentes de tiempo, trabajo y dinero en mantener un estatus y apariencia para que los traten bien. Honestamente no planeo dedicar más horas al trabajo, que ya de por si parezco malabarista, ni planeo que los pacientes paguen mis inseguridades de las que se aprovecha la sociedad de consumo. Y no puedo negar que al estar consciente de esta situación mi forma de postureo también es una expresión de motivos. Así que, ni se emocionen, este fodongo seguirá llegando en bicicleta a trabajar con los mismos trapos que de costumbre. Mis amigos los poetas malditos – Rolando Gabrielli Mis amigos, los poetas malditos, lo dieron todo por la poesía, no tengo palabras para explicarlo, siguieron su feroz instinto día a día, no transaron en ningún momento con sus ideales, su vida, su poesía, no se hicieron querer por el poder, como dijo Enrique Lihn sin anestesia, no fueron bufones, ni diplomáticos, ni adictos a los premios de ocasión ni oficiales, o a becas internacionales. Fueron poetas que no se escondieron detrás de las palabras, dijeron lo que pensaron, lo que corría por sus venas, fueron fieles a su tiempo, a sus sagradas palabras que acompañaron paso a paso sus días, los años intangibles de unos sueños inconfesables. Les agradezco haber compartido el rayo misterioso de la poesía. El monte de las furias – Fernanda Trías Ante un mundo hostil, incomprensible, donde todo te da la espalda. Donde la historia de quienes te precedieron te persigue y se convierte más que, en una herencia, en un saco que debes arrastrar como un lastre. En este escenario el ostracismo no parece descabellado. Especialmente cuando tu destino, de un modo u otro, dialoga contigo sin prejuicios. Bajo estas circunstancias la montaña, personaje vivo y participe de la novela, impone reglas elementales de convivencia, que por mucho son preferibles a las canónicas socialmente determinadas. La montaña y la montañesa (nuestras protagonistas) hablan. La humana escribe de manera catártica, sin más alcances, sólo ahí se entrega de algún modo y descarga el peso que la somete. La montaña por su lado observa, pero comprende o al menos lo intenta, pero lo más relevante es que siente y es consciente del daño de la humanidad. Hasta que un día aparecen cuerpos sin vida, a los que hay que cuidar (porque también lo que no tiene vida hay que cuidarlo). El significado y veracidad de este fenómeno es una herramienta muy interesante de la novela, ya que es el cartapacio que nosotros podemos rellenar. Estas apariciones mortecinas se torna la sustancia de aquello que nos vuelve humanos; no las máquinas, la religión, el dinero, ni siquiera el amor; tan sólo el cuidado del otro, incluso en los últimos momentos, donde la cruda realidad indica que, ante el evento final ya nada es relevante. Incluso ahí, o más bien ahí ante lo contundente, la alteridad se torna un valor revolucionario y por lo tanto susceptible de ser aniquilado. Es una novela interesante que, explora recursos para subrayar sus intenciones, y que nos enfrenta con la naturaleza, pero en especial con su némesis, nosotros mismos. Frase robada – Santiago Alba Rico Al lugar donde vivimos podemos llamarlo realidad; al lugar donde se decide nuestra vida podemos llamarlo verdad. Bonus track Macchiato defendiéndome de mi fobia, los pulpos. Esta foto me dejó confundido (lo cual no justifica su desenfoque), si algo así se viera en Berlín pensaríamos que, es una instalación de algún artista de vanguardia. Me gustaría saber si ningún infante salió lastimado, o de dónde sale es silla. Y lo más importante cómo llegó ese carrito de juguete a una vía de alta velocidad. En fin, enigmas de la Ciudad de México.

    19 min
  8. 17 abr

    Mi perra vida

    Relato – Un mundo raro | Poema – Indeseable – José Emilio Pachecho| Reseña – El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes – Tatiana Tibuteac | Frase robada – Fernanda Trías | Bonus track – Lo fatal – Ruben Dario Un mundo raro Este mundo se está poniendo agresivo o puede que siempre haya si así y que mi percepción ha cambiado. La hostilidad aparece en cada esquina, incluso en los lugares que pensaba eran santuarios. Familia, amigos, trabajo; ya no hablemos de redes sociales o aplicaciones en el teléfono, cine, periódicos y mucha literatura. Intentando leer El Quijote, es patente que el mundo hace más de cuatrocientos años ya era así, o él también así lo veía. Parecía que alucinaba, pero servía para subrayar o hacer notar a través del contraste, lo factual de la violencia cotidiana, normalizada, pero particularmente anestesiada. Paradojicamente en esta modernidad se consolida la felicidad, la comodidad y el bienestar como la industria que mueve y justifica todo. A lo largo del día somos principalmente un medio para transferir de un lado al otro, normalmente hacia quién ya posee cantidades groseras de recursos. Dejamos de ser ciudadanos, para convertirnos en consumidores. Desde que sales de casa, ya sea en el transporte público, en el auto, en bicicleta o caminando, todo el tiempo buscan tus ojos y oídos para venderte algo, hasta cuando crees que sólo te estás divirtiendo escuchando un podcast, u observando la idílica vida de tus contactos, incluso ahí, o predominantemente ahí, cientos de empresas están crean un perfil superior a tu imagen y semejanza para que, tarde o (más bien) temprano te vendan algo, o le venda a alguien tu perfil a alguien que te venda algo. Todo el día esquivando el equivalente virtual de una o miles de minas antipersona, aquellas que en la praxis buscan herir gravemente, mutilar, de ningún modo matar, tan sólo desmoralizar al enemigo; eso buscan con nuestra libertad de pensar o actuar. Apenas abro los ojos, normalmente cansado, y tengo que hacer mi mayor esfuerzo por no decirle al teléfono que ta me desperté. Camino al trabajo donde antes solo había casas o en el peor escenario grafitis, pintas, hoy está lleno de anuncios brillantes y coloridos. ¿Sólo para mí son molestos, excesivos, intrusivos? Imposible tolerar el silencio, así que escuchas o pero aún lees mientras manejas, mensajes o ideas de segunda mando, simples y sencillos; pero altamente eficaces cargados de irracionalidad, apenas regurgitados de boca en boca, sin alma ni pensamiento. Los mismos que usará para llenar el vacío en el elevador, antes de una innecesaria y burocrática junta, o en esos ejercicios de postureo con tu selecto grupo de amistadaes. Vivir una vida de segunda opiniones, pensamientos y sentimientos de segunda mano, una subsistencia fugaz. Si eres de los privilegiados, o anormal, o anacoreta que intenta encontrar un huevo para escucharse, para permitir que la nada le roce la mano, tendrá una, dos o más pantallas advirtiéndole del pecado de la improductividad, te hace recordar que todo se puede mercadear. Miedo tengo y por tanto apago el interruptor (ojalá el botón funcionara) para no ver cómo tus cercanos cada vez están más lejos de ti y más cerca de esa pantalla que nos muestra un universo absurdo, innecesario, polarizado, intolerante. Así que sólo queda escuchar con tristeza cómo se te han desquebrajado los referentes, y sales más sólo de lo que entraste. ¿En qué momento la interacción con los otros se transformó en un monólogo? ¿Cuándo dejaron de enriquecer las conversaciones? Para solo ser ahora la confirmación del absurdo. Infeliz este mundo en el que la gente convive, te drena, ta cansa, te seca. ¿Cuándo fue la última vez que saliste estimulado, animado o esperanzado de una reunión? Sólo espero el ocaso deseando que en mis sueños haya tristeza, sufrimiento o felicidad y pasión, pero mías. Espero que a nadie se le ocurra un “revolucionario” dispositivo que optimice el sueño, y así seas más productivo y de pasada, así como llevaron nutella a la luna; ahora promuevan la champions mientras te duermes. De momento ya llevan el camino andado, no por nada el número de adolescentes que duerme menos de cinco horas cada noche aumenta, en la misma proporción que se reduce el número de personas que lo hace ocho horas o más. Pero también, aún no sé a quien culpar o culparme, a las cuatro de la mañana un pensamiento absurdo en su diurno habitat, se me injerta en el cerebro para rumiar escenarios y pensamientos que no llevan a ningún lado. Estoy, o estamos en realidad no sé, en un laberinto de topología y teselaciones aberrantes. Lo que sí sé, es que quiero y no encuentro la salida, un atisbo de absurda y pueril esperanza, un mensaje simple eficaz y contundente. Algo como ese mensaje en una botella en medio del mar que le escuche a Juan Tallón dedicando un libro con la siguiente frase “con la esperanza de que el futuro tengamos más tiempo para hacer menos cosas”. Indeseable – José Emilio Pachecho No me deja pasar el guardia. He traspasado el límite de edad. Provengo de un país que ya no existe. Mis papeles no están en orden. Me falta un sello. Necesito otra firma. No hablo el idioma. No tengo cuenta en el banco. Reprobé el examen de admisión. Cancelaron mi puesto en la gran fábrica. Me desemplearon hoy y para siempre. Carezco por completo de influencias. Llevo aquí en este mundo largo tiempo. Y nuestros amos dicen que ya es hora de callarme y hundirme en la basura. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes – Tatiana Tibuteac El cuarto mandamiento indica “honrarás a tu padre y a tu madre”. Tal como se esperaba, el uso de reglas para la contención del orden social (pueden llamarlo leyes, religión, código de conducta, etc.) genera conflictos, pareciera que el enfrentamiento es una cualidad intrínseca al pensar y sentir humanos. Ojalá Alan Turing hubiera usado el conflicto como una de las capacidades a superar en su famosa prueba, y así hoy por hoy, no llamaríamos IA a la bazofIA que nos inunda hasta en el retrete. Pero regresando a los conflictos maternos-paternos-filialales, existen incontables casos reales y bastante cotidianos sobre la herejía ejercida ante el cuarto mandamiento. Algunos de ellos francamente inhumanos y otros hasta comprensibles, es decir hay de todo en la viña del señor (siguiente el tenor religioso). En esta primer novela de la moldava Tatiana Tibuteac se explorar una relación materno-filia muy tortuosa, determinada en buena medida por el trastorno psiquiátrico del hijo y seguramente un entorno social y cultural que llevaron a la madre a tomar algunas decisiones que no ayudaron. Propiamente no se explora la génesis de la desastrosa o ausente relación madre e hijo. Tiene un inicio in media res que progresa continuamente hacia futuro (muy) finito de ella que, tiene “un cáncer rabioso” y su único deseo es morir intentando apagar el infierno que la separa de su hijo. Esto hace que el inicio sea cruento y perturbador, pero una vez establecido el escenario, en la campiña francesa, en la que pasarán sus últimos días juntos, el cáncer crea metástasis, pero no solo de células que devastan cada uno de sus órganos, sino también de las pocas emociones que existían entre ellos, potenciándolas en búsqueda de redención. Desde esta perspectiva el argumento es un cliché, en el que el amor perdona y puede todo, y que sucesos tan determinantes como la muerte pueden ser el detonante. Pero el hecho de que el hijo sea un enfermo psiquiátrico y que a partir de esta mezcolanza encuentra la exención en el arte, transmutando de un apestado a una figura notable, le torna de cierta excentricidad. Sin embargo, y más allá del lugar común, la capacidad de Tatiana Tibuteac para explorar los personajes está bastante bien lograda, permitiendo introyectar al lector en lo que todos, en mayor o menor medida experimentamos. Al final del día no hay familia perfecta, aunque parezca. Es una novela que lleva a la reflexión y espero me sea de utilidad, que buen falta me hace. Al final el corolario de la obra está en una frase perdida, donde ella le dice “te he querido como he podido”. Frase robada – Fernanda Trías Para la vida no se necesita diccionario, dejamequetediga, se necesitan conocidos y obediencia. Bonus track Les dejo el podcast de gente aburrida, donde hablamos de la película de Mario Bros de hace cuarenta años Señor insecto en la puerta de la casa, este sí que se veía grande, muy perseverante, subió dos pisos, pero no me quedó claro el objetivo de la travesía, tal vez sólo estaba entrenando. Vean esta creatura tan inocente, tiene hecha pedazos la tortuga, pero me mira como si no hubiera hecho nada. Pero se le perdona por hermosa.

    18 min
  9. 10 abr

    Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 15.

    Relato – Réquiem por la redes sociales | Bonus track Réquiem por la redes sociales Desde que nací y hasta los veintitrés años, me enteraba de lo que ocurría en mi círculo familiar y amistades a través de la presencialidad. Para informarme sobre mis intereses, pasatiempos y educación, recurría a la materialidad; libros, revistas especializadas, algún fanzine o publicación independiente. Y de lo que pasaba más allá de esas fronteras, me arropaba en una primitiva virtualidad, en dos connotaciones. Virtualmente me importaba poco o muy poco lo que superaba mis límites físicos. Y si la sociedad “te obligaba” a interesarte por estos lejanos sucesos, los resolvía con la radio y televisión. Hoy, para sorpresa de muchos, se podía vivir, y no en la época de las cavernas ni en la ignominia, es más, décadas y cientos de años antes esos eventos lejanos eran comunicados aún más despacio y con menos eficacia. En esas circunstancias se sentaron las bases de los medios digitales de comunicación que usamos desde hace veinticinco años. Esto viene, no a modo de nostalgia, que honestamente puede oler a choquía e incluso ser inerte. Lo comento por el hecho puro, duro y tácito de que el 98.75% del tiempo de la humanidad después de Cristo, ha transcurrido sin redes sociales, tal como las conocemos actualmente, no en su sentido social o antropológico. Es innegable que estas tecnologías han perfilado nuestra realidad, pero siguen siendo jóvenes en una perspectiva más amplia, y sólo para la generación zeta y las que le siguen, se pueden considerar totalmente nativas, para todo el resto han sido tecnologías de transición, adquiridas, esto es para cerca del 75% de la población mundial. Toda esta diatriba es para pedirles (salvo a los nacidos desde el años 2000) sensatez cuando comenten con tono asombrado, ofendido y voz chillona “no sé que haría sin redes sociales” o peor “el mundo es inadmisible sin redes sociales”, porque su paquete de nacimiento y crecimiento no las tenía incluidas. Algo que no ha cambiado desde que la humanidad es lo que es, ha sido su interés por saber lo que ocurre a su alrededor, ya sea con fines puros o perversos, es algo muy atávico. Cumpliré entonces con esa tradición y contaré, cómo a cuentas gotas han ido muriendo las redes sociales para mi. Juan José Millás en el periódico El País dice “no [hay] que poseer cosas que no [seas] capaz de cuidar”. Perspectiva que no considera al operario, usuario o humano que toma esa responsabilidad, pone la perspectiva utilitarista del objeto (aunque luego ahonda sobre el impacto que esto tiene en la sociedad) . Pero incluso esa perspectiva pasa desapercibida cuando llenamos el teléfono (que básicamente es una extensión de nuestra vida) con las innumerables aplicaciones para mantenernos en contacto y comunicación con los que queremos. Vale la pena acotar esto último, todas las aplicaciones y sus modelos de negocio están diseñados para generar ganancias (no pocas) a sus dueños, no buscan un avance o mejorar de nuestras relaciones sociales. Ya instaladas y habiéndoles dado autorización total sobre todo el contenido del teléfono, comenzarán a hacer de manera cotidiana (o mucho más frecuentemente) lo que por ejemplo, tu automóvil hace cada tantos miles de kilómetros, pedir tu atención para que “las cuides”. De este modo nos llenamos de cosas a la que hay que cuidar, hay que alimentarlas, informarlas; y no porque mi madre y mi padre (que tengo abandonados) estén preocupados por ver la foto de mi desayuno o esperen con ansia y devoción mi cuidada selección de memes. No, la aplicación quiere atención y cuidado porque mientras más lo hagas, el modelo de negocio cumple su propósito. Pero si piensan que soy un ludita de principios del siglo XXI, no es así. Así como en sesión de Alcohólicos Anónimos, debo confesar que tuve muchas de las aplicaciones de redes sociales (primero en su versión para computadora y después su edición adictiva para el teléfono). Hi5 o myspace (no recuerdo exactamente con cual me inicie), facebook, instagram, pinterest, youtube (si, también es considerada red social), linkedin, snapchat, vine, tumblr, twitter (cuando así se llamaba), swarm, threads, medium y substack; tal vez se me escape alguna pequeña o que no tuvo tanto impacto, pero mi freno fue tiktok, que ahora que lo pienso, abrí un perfil y no recuerdo exactamente para qué (creo que para poner poesía, fracaso asegurado); sobre esto último agregaré a mi currículo la insignia de “sobreviviente del tiktok”, una de las redes más adictivas. Como era esperable todas me gustaron, que para eso le meten millones de dólares y contratan a las cabeza mas brillantes. Pero tras varios años me afinqué en youtube, instragram, facebook y linkedin; no poca cosa. No me pregunten qué demonios esperaba de ellas, porque la respuesta puede ser extensa y seguramente confusa, pero lo que empezó como medio de expresión y/o comunicación, terminó como forma de buscar obtener reconocimiento efímero (es decir un me gusta qué significa realmente, pero cuanta paz otorga); pero además también e ilusoriamente cumplir con la primera ley de la meritocracia, monetizar todos incluyendo tu vida, profesión y familia. En mayor o menor medida todas me “regalaban” reconocimiento, pero como decía Juan José Millás, hay que cuidarlas, incluso contratando a un tercero (tercera en mi caso) para que me ayudara, y honestamente en mi debacle así fue como se hicieron cargo de ellas por al menos un par de años. La única que cumplió la promesa de monetización directa, osea recibir dinero en la cuenta del banco, fue youtube; tampoco era que me entregaran las joyas de la corona, unos cien dólares al mes (insuficiente para pagarle a la community manager), juntando dos canales, uno de gastroenterología y otro de hepatología, con cerca de 100,000 seguidores y un poco mas de 300 vídeos. Pero este aparente beneficio venía cargado de un número basto de comentarios a los que alguien “tenía” que dar respuesta. Todos ellos; exagero, el 99% de ellos; variaban entre mensajes de odio y la evidencia empírica de que a un gran porcentaje de la población le faltó ácido fólico durante la estancia en los vientres de sus progenitoras. De este modo el trabajo, que claramente no pagaba ni la gasolina, implicaba crear vídeos, es decir varias horas invertidas y encontrar una cantidad ingente de eufemismos para evitar decirle a mis seguidores que sus comentarios eran una rotunda idiotez. En facebook con 16000 seguidores ocurría algo similar. Y bueno, en instragram intentaba que fuera “mas personal”, lo cual implicaba ser políticamente correcto e intentar cumplir con el estereotipo de blanquitud y bienestar que norman lo cánones. De los casi 1000 seguidores recibía esos me gusta (cerca de diez o doce por publicación) que eran como un bálsamo para mi autoestima clasemediera. Finalmente linkedin, con casi 7000 contactos, creía que era mas neutral o al menos profesional, pero al final se transformó en un twitter o instagram de la oficina, siendo la única diferencia que había menos mensajes de odio; bueno hasta que se me ocurrió criticar al bodrio de donald trump, y un whitexican se transformó en su adalid y confirmó que era un racista de enciclopédica ignorancia. Sería muy difícil y largo explicar los motivos de mis decisiones; esta relatoría ya de por sí se esta alargando demasiado; pero fueron muriendo una a una, dejé de interesarme primero en facebook, luego youtube, linkedin e instagram. Esto se fue dando en los últimos dos años (tal vez más tiempo con facebook). Inicié quitando las notificaciones de en el teléfono o por correo, luego desinstalando las aplicaciones e incluso ya ni en la computadora las veía. ¿Y saben qué pasó? Nada, osea no me sentí liberado del yugo de las megacorporaciones, ni mucho menos con renovada autoridad moral, pero tampoco me siento en la edad media (y eso que hasta spotify abandoné). Llegados a este punto tendremos la esperada sesión de preguntas y respuestas. ¿Cómo te enteras de lo que pasa con tu familia y amigos? Como puedo, en general cuando me encuentro con la gente cara a cara me actualizan, sé que no con el detalle ni la inmediatez de antes, pero no siento que me esté perdiendo de algo relevante. ¿Sabes algo del mundo o la misantropía te devoró? Leo casi a diario el periódico El País (no es comercial) y a través de una aplicación que lee RSS me llega información de medios periodísticos directamente y sin interpretaciones, ni intermediarios. Y si algo es lo suficientemente importante para saberlo en tiempo real, alguna persona me lo hace saber, pero de manera espontánea. ¿Y tus aficiones o intereses personales cómo los satisfaces? Esta es la noticia más importante, una anatema, tengo (en algún modo de posesión) una red social que se llama Mastodon, pero aún no están preparados para tener esa conversación. ¿Sigues usando alguna red social popular aunque sea en secreto? Uso los estados de whatsapp, cada vez menos, pero ocasionalmente tengo mis caídas. Y subo imágenes o enlaces siguiendo la estrategia meme->meme->mensaje anticapitalista. Pero sólo estoy esperando que pongan publicidad y también dejaré de usarlos. Pues bien esta fue la triste historia de mis redes sociales, que no intenta ser una fábula, sino la descripción de su agonía, muerte, entierro; y por supuesto su réquiem. Nota: el uso inadecuado de algunas mayúsculas es completamente deliberado y es una expresión de motivos. Bonus track Así se encontraba la montaña el fin de semana pasado, nublado, y aunque ha llovido el pastizal aún no reverdece y el viento lo “peina”. Cabe aclarar que iba con las perras y nos toco lluvia y truenos. Aquí la evidencia de que estaban tratando de escapar de la tormenta. Este video requiere mucha a

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  10. 3 abr

    Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 14.

    Relato – El espejo (5) | Poema – Alas de páginas – Kellyath Clementine | Reseña – Antología fantástica – Anna O’Malley – Valentina Marini | Frase robada – Juan Villoro | Bonus track – Las alas del colibri – Norma Lazo El espejo (5) -episodio anterior- Nada más alejado de la realidad pensar en una vida normal tan sólo deshaciéndome de mis reflejos. En la cotidianidad era más o menos sencillo esquivarlos o evitar verme directamente a los ojos por más de un par de segundos. A los pocos días de haber creído que lo había logrado, poco a poco, con paciencia el destino encontró esa grieta por la cual cobrarme las facturas de lo que soy e hice. Comencé despertándome agitado, siempre alrededor de las tres de la mañana. Conforme la verdad se me iba acumulando, ese despertar se convirtió en una tortura, mi cuerpo trémulo, sudoroso, febril, con la boca seca, arenosa y mis movimientos lentos desordenados que intentaban escapar de mis sueños; tras un par de horas terminaba vomitando, no sé cómo pero siempre algo gris, como si hubiera cenado puños de cemento. Al vaciar por completo mis entrañas por fin descansaba un poco y dormitaba máximo una hora más y me tenía que ir a la oficina. Conforme las noches y el malestar se acumulaban, mi cuerpo iba pagando a cuenta gotas cada una de sus facturas. Aunque trataba que mis despertares nocturnos no afectaran mi vida laboral, no dejaba lugar a dudas. -¿Estás bien? -me preguntó Poncho una vez que subimos solos en el elevador. Me excusé diciendo que padecía insomnio y que eso me tenía muy mal. Poncho puso cara de fingir creerme. -Pues mejor ve con el médico o has algo, si sigues así no vas a durar mucho. Pensé que sus palabras algo forzadas, tenían cierta verdad, ya que estas pesadillas no respetaban cansancio, jornada laboral o día de la semana, apenas maldurmiendo tres o cuatro horas diarias y con un apetito casi extinto, mi cuerpo y la psique estaban muy deteriorados. No había madrugada en la que no buscara una solución a esta situación. Después de vaciar violentamente el estómago, en esos minutos que preceden al sueño inundado de días de fatiga, eran uno de los instantes donde perdía por completo la lucidez. En ese momento, ante la debilidad no sólo física, el suicidio era una de las respuestas a la que llegaba. Pero mi lógica elemental no me dejaba seducir por la idea de terminar mis días, sabía que todo esto había comenzado en El Pueblo de las Brujas. Me afané en buscar a alguien que me pudiera ayudar. Tal búsqueda fue infructuosa, pasé semanas visitando brujas, chamanes, mediums, cualquier variante de lo paranomal, pero la respuesta era la misma; cara de susto y negativa a ayudarme. Siempre había visitado mujeres, hasta que una de ellas me envió con él. -Él trata con fuerzas de otras tierras -me dijo la chamana que no pudo hacer nada, más que escuchar mis historias. Encontrarme con él no era tarea fácil, demasiadas negativas, evasivas y desconfianza. Hasta que después de varios intentos por fin pudimos concertar una cita. Para mi sorpresa fue en un hotel de paso en la periferia de la ciudad. Yo no sabía que pensar, aunque por supuesto lo obvio; que el tipo fuera un pervertido. Pero mi extenuación terminó por domesticar mi sentido común, y saliendo de trabajar un viernes me dispuse a encontrarme con el mentado brujo. El encuentro fue muy extraño, verlo esperando en la recepción y saludarme como si fuera una reunión de negocios, no solo a mi me pareció anormal; los empleados acostumbrados a reuniones más ocultas, endosadas de vergüenza o culpa, no daban crédito a lo que presenciaban; un tipo de aspecto algo suigéneris acordando reglas con alguien de mi aspecto tan venido a menos. Me dio un apretón de manos que duro y se sintió más de lo usual. -Tenían razón -me dijo mientras me miraba fijamente, estrechando la mano -tu no perteneces a este sitio, no va a ser tarea fácil volverte de donde te sacaron. Me voy a adelantar, te marco a la recepción para que pases. Me quedé sentado esperando, consternado. No sabía exactamente que pensar. Los minutos pasaron, hasta que al final y con algo de malicia, los encargados de la recepción me dijeron que pasara a la habitación. Entré sin tocar a la puerta, el cuarto estaba en penumbra, movió los efímeros muebles, con una distribución parecida a la de la casa en El Pueblo de las Brujas, la pequeña mesa, dos sillas en el centro de la habitación y espejos distribuidos en forma de pentágono. El recuerdo me puso nervioso y dudaba si sentarme o no. Él lo notó e insistió en que tomara asiento. -Sé lo que estás pensando, ya me contaron lo que pasó. Desafortunadamente mi colega no estaba preparada, y se le salió de las manos, lamentablemente lo pagó caro. Trataré de ser cauto y lograr desenquistar eso que corroe el alma. Al sentarme colocó una mascada negra que me cubría la cara, mientras escuchaba una oración que se repetía una y otra vez al ir descubriendo los espejos colocados en la periferia. Mientras rezaba escuchaba que algo derramaba a mi alrededor. -Voy a descubrirte la cara, no importa lo que veas, quiero que permanezcas sentado. Asentí, mientras me descubría el rostro, en lo que mis ojos se habituaban miré en el suelo un círculo de arena que me rodeaba. Levanté la vista con miedo y el espejo frente a mi tenía mi reflejo que, como en otras ocasiones, a los pocos segundos comenzó a sangrar. -Tranquilo, apenas vamos comenzando -me dijo con tono sereno. Voltee a los espejos laterales, y en cada uno de ellos el reflejo obedecía mis movimientos, pero la imagen no me representaba. Diversos animales antropomorfos; la cabeza de una cabra, un cerdo, una serpiente, un toro y una mosca inmensa; se reflejaban en donde debía aparecer mi figura. -¿Te das cuenta? -dijeron a mi espalda- cada animal es un demonio, normalmente vemos uno o dos, pero tu caso es especial, estás infestado. Déjate llevar por uno de ellos, ahí encontraras las respuestas que buscas. Volteaba sudoroso a cada uno de los espejos, aterrorizado de lo que observaba, sin saber cuál de ellos era el adecuado, la imagen del cerdo se quedó estática por dos segundos, era una señal. Me le quedé viendo fijamente y me hundí en sus ojos llenos de fuego, fulguraban, al persistir en ellos, menos presente me percibía, hasta que logré verme sentado frente a la mujer que sostenía mis manos, cuando vio mi rostro porcino frente a ella, el miedo afloró. Sentía su miedo en las venas, me acerqué para olfatearla, sabía que se sentía perdida, así que la ataqué con la mandíbula en su cuello, bebiendo su sangre hasta que se vació. -Cada uno de los demonios que ves en los espejos debe tener una historia parecida -me dijo una voz que me rodeaba distante. Volví al cuarto de hotel y me levanté de la silla, giré hacia atrás, él se retrajo al verme. A modo de defensa miro el círculo de arena que me circundaba mientras pasaba las cuentas de un rosario entre los dedos y rezaba ansiosamente. -¿Crees que tus vulgares malabares me detendrán? -le dije con una voz desconectada de mi cuerpo, y de sus emociones. Como si no hubiera nada crucé el círculo marcado en el piso y me acerqué, tomé su cuello entre mis manos y comencé a sujetarlo contra su voluntad, sus movimientos convulsos no me detuvieron, hasta que cedió y su cuerpo quedó tendido en el piso. Algo dentro de mí me obligó a golpear los espejos, uno a uno hasta hacerlos pedazos, los rostros animales desaparecían, el cerdo fue el último en ser escombros de vidrio. Estaba hincado en medio de la habitación con las manos ensangrentadas. No supe cuánto tiempo había pasado ni cuánto tiempo estuve tirado llorando, pero cuando decidí escapar de ese cuarto, la noche estaba muy avanzada. Desde entonces, y de esto ya hace bastante tiempo, vivo esperando que la policía venga a buscarme, por esa mujer o ese hombre, a los que les arrebaté la vida. Y como desde el inicio, todas las noches son una pesadilla, mi cuerpo se agita, reniega se maldice por lo que le ocurre durante las madrugadas, y se desgasta por mantener ocultos a mis demonios. Evito cualquier situación que implique mi reflejo en un espejo, lo que de momento sé fue la puerta de entrada a sus mundos. Esta tarea no ha sido tan difícil, ya que mi aspecto se deteriora día tras días, meses de no dormir, me han conferido un aspecto enfermo, lúgubre. Mis colegas insisten en que vaya al médico, pero no saben que esos demonios no se extirpan con una cirugía, así que me están consumiendo noche a noche, pero espero seguir manteniéndolos en su lado de el espejo. Alas de páginas – Kellyath Clementine Una niña, de espalda encorvada y esquelética abrió un libro a la mitad y lo cosió a sus escápulas. Le salieron alas de letras saladas. La niña leía y ya no lloraba. Se hizo una escalera con peldaños de papel y de madera para subir a lo más alto de la ladera de esta vida y así hacerla más llevadera. Cuando cayó en aguas profundas torció letras rotundas y se hizo una balsa de ideas que le llevase a buen puerto y así sobreviviera. Nevase o lloviera tenía un techo de tapa dura con paredes de hermosas letras. Su alimento está escrito en negro sobre siena. Bebió y bebió más verbos, esa era su tarea; construir mundos a base de signos que no entienda cualquiera, solo aquel necesitado de salvación y guía podría entender esta obsesión que fue mi salvación escondida entre poemas. Antología fantástica – Anna O’Malley | Valentina Marini Debo decir que este libro lo escogí accidentalmente, ya que su portada ilustrada con una calavera, serpientes, lobos y ángeles, me hizo pensar que compraba el título “Antología Satánica”, que tampoco era un rótulo atractivo, pero bueno, gustos son gustos. El caso es que, al verlo detalladamente noté que se antologaban cuento

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  11. 27 mar

    Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 13.

    Relato – El espejo (4) | Poema – Mi casa III – Jazmin Campos Díaz | Reseña – Mujeres amores y otras rarezas – Soledad Arellano | Frase robada – Robert Penn Warren | Bonus track – El viudo – Diego Velázquez El Espejo (4) -capítulo 3- Esa primera noche fue el preámbulo del resto de todo. El cansancio de lo ocurrido auguraba que caería rendido. Pedí algo para cenar, no tenía deseos de ir al supermercado, me di una ducha más por compromiso que por deseo y me dispuse a dormir. La mentira se hizo patente, cerré los ojos y las ensoñaciones comenzaron a descender, trozos de recuerdos de todos los tiempos que, como los rayos de una tormenta me despertaban con espanto, sudando con el corazón en el cuello. Intentaba volver a conciliar el sueño pero la fórmula se repetía, en cada intento un recuerdo retorcido, transmutado me despertaba. Tuve que ver el reloj, no quería hacerlo, sabía que aún faltaba mucho para levantarme. Eran las tres de la mañana, la que se convertiría en mi nueva hora de despertar. Fastidiado de dormir a retazos me levanté por un poco de agua a la cocina; de regreso encendí la luz del baño, aproveché para enjuagarme la cara, con la esperanza de que se aplacaran los pensamientos. Me apoyé en el lavabo y dejé correr un poco de agua, me hipnotizaba el pequeño remolino que se formaba en el desagüe, me enjuagué tres o cuatro veces la cara, y al mirarme al espejo mi espanto me obligó a ahogar un grito, de mi cara escurría sangre, gruesas gotas, rutilantes que caían de mi reflejo. De inmediato tomé la toalla y me limpié la cara, para mi sorpresa estaba blanca y húmeda, pero en el reflejo persistía la sangre embarrada que se arrastraba con cada intento por limpiarme, froté con intensidad pero la sangre se empeñaba, vi el agua corriendo y me volví a mojar la cara; para mi incomprensión el agua era pura, limpia y al verme en el espejo mi reflejo otra vez estaba empapado de sangre. Volví a restregar la toalla que solo absorbió el agua de mi piel, pero me observaba con la sangre embarrada. Estaba temblando y agitado, observaba la cara en busca de heridas, pero sólo estaba la sangre que se comenzaba a secar y cuartear, me tire al suelo y abrazando las rodillas comencé a llorar con odio, con ahogo. No sé cuánto tiempo estuve así, pero desperté hecho un ovillo en el tapete felpudo del baño, todo me dolía y la cabeza apretaba fuerte, fui directo hacia la regadera no quería saber si mi reflejo seguía ahí, en una pesadilla. Me bañé mirando con atención el agua, el jabón en mis manos al lavarme la cara, nada fuera de lo usual. Tomé la toalla y me sequé, todo normal, pero mi temor era observar el reflejo, el miedo tomó le decisión por mi, y pasé directo a la recámara, prácticamente cerré los ojos al pasar frente al espejo encima del lavabo. Al salir al pasillo me pasé las manos por la cara, secas, sin rastros de nada. Comencé a vestirme y prepararme para ir a la oficina. Afortunadamente nunca he sido muy esmerado en mi apariencia personal, por lo que el otro espejo de la casa estaba en la habitación que uso como biblioteca y sala de televisión; antes de salir normalmente me veo rápidamente, más que por vanidad es para confirmar que lleve lo que tenga que llevar, el descuido me ha jugado malas pasadas con zapatos impares o combinaciones excesivamente eclécticas. Pero hoy confiaría en mis hábitos, no quería saber qué era lo que deparaba mi reflejo en esa luna de cuerpo entero. Mientras desayunaba, cada tanto me tocaba la frente y las mejillas, para corroborar que mis manos seguían limpias. Saqué mi cepillo de dientes y la pasta dental de la maleta de viaje, para asearme en la cocina. Al llegar a la oficina fui el centro de atención, todos estaban desconcertados por lo ocurrido en El Pueblo de las Brujas, en especial con lo que me había pasado. Al parecer para los otros no fue nada sorprendente; leerles la mano, lanzarles el Tarot, algunos rituales con hierbas e incienso, pero nada mas; bastante “normal” decían, así que, lo que yo les dijera era motivo de interés nacional. A la hora de la comida se dispusieron a darle coherencia a los fragmentos de la historia que repetían. Llegaron a la conclusión de que me habían drogado, sin tener un motivo claro; por algún momento mientras me llevaban al hospital, pensaban que me iba “a quedar en el viaje”. Antes de volver a nuestras actividades el corolario fue que me veía pésimo, muy demacrado, y la amnesia a partir de que me quedé atando las agujetas de mis zapatos, les impidió satisfacer su curiosidad y ser contundentes en sus opiniones. Decidí que no les contaría lo ocurrido al interior de la casa y lo que estaba sucediendo con mis sueños, mucho menos lo que pasaba con mi reflejo. La vida en la oficina anestesia el espíritu, la imaginación y porque no, hasta las maldiciones. Cursé la tarde casi con normalidad, pero conforme mis compañeros levantaban sus cosas para emprender el regreso a casa, mi temor aumentaba, aún no encontraba una solución al pánico de volver a mi departamento. A cuenta gotas se despedían con inusual entusiasmo. Terminé siendo el último en todo el piso, hasta que llegó el personal de seguridad para saber si me quedaría más tiempo y avisar al resto del equipo. Era absurda mi estrategia de evasión, así que, tomé mis cosas y volví sin afán a casa. Entré y me tiré en el sillón, estaba rendido, no sabía si deseaba más dormir o cenar algo, al final el sueño venció, y sin percatarme me recosté en el sofá. El frío me despertó o eso pensaba, decidí levantarme para irme a la cama, fui a la recámara a ponerme el pijama, volví a la cocina por agua y vi el reloj de pared, las tres de la mañana, la peor hora para la indecisión entre dormir o lamentarme del sueño que se alejó. Tomé el teléfono celular para distraerme pero la batería se había agotado. No lo pensé, la costumbre me hizo entrar al cuarto de televisión donde tenía el cargador y lo conecté, mientras me sentaba en la silla del escritorio a esperar que encendiera. La maldita duda me obligó a levantarme y acercarme al espejo de cuerpo entero. Me paré frente a el y todo parecía natural, mi cuerpo correspondía con la versión reflejada, hasta que tras unos segundos mi imagen dejó de moverse, estaba estática, desobediente a mis mandatos, no sabía qué hacer, algunos movimientos sutiles, temeroso de lo evidente. Se me ocurrió la absurda idea de mover mi dedo índice y apoyarlo en el pecho de ese otro, de la figura que no se movía, el dedo chocó con el duro vidrio, pero al verlo parecía que lo hubiera hundido en el pecho del inerte reflejo, estaba lleno de sangre. Absorto, buscaba el origen de esa sangre tibia, volví a observarme esperando la obediencia que finamente imitara mis actos, pero mi reflejo no sólo desobedecía mis mandatos, su semblante, los ojos y nariz sangraban; era lo único que se movía en el mundo del espejismo, ansioso pasé las manos sobre mi cara, permanecían secos, repetí la maniobra desordenadamente deseando que se llenaran de sangre, eso tendría más lógica que lo que estaba ocurriendo. Al ver mis manos limpias, lo único que se me ocurrió fue usarlas para golpear el espejo hasta romperlo, cedió a los primeros puñetazos, pero perseveré hasta que decenas de pedazos se me enterraran en los nudillos, y ahora si las manos se me llenaron de sangre. Desistí en el deseo de acabar con mis puños o mi reflejo cuando en los pocos fragmentos que permanecían, por fin tornó la obediencia, mi yo fragmentado en pedazos emulaba perfectamente mis movimientos. Decidido, con las manos ensangrentadas, tomé mi vaso con agua y fui al baño, antes de enjuagar las heridas, golpeé el espejo con el vaso hasta hacerlo pedazos, los fragmentos pegados a la pared finalmente sometidos me mostraban mis puños cerrados llenos de sangre. Esa sumisión me dio la tranquilidad para volver a la cama después de curarme las heridas y dormir por unas horas al fin. Mi casa III – Jazmin Campos Díaz La cucaracha jamás ha sido testigo de la risa que se despliega en las cortinas de la casa, se oculta despreocupada en los puntos ciegos de lo cotidiano del cuerpo, los azulejos sarrientos. Como hoja en blanco ella espera la posibilidad     la caída, el desperdicio que mantenga su mordida la expresión del deseo traducida en un pedazo de membrillo una nube de huevo revuelto en el comedor restos de galleta debajo de la cama. La más astuta de todas resbala entre los pies no teme que la pisen     teme que la encuentren. Mujeres amores y otras rarezas – Soledad Arellano Sé que es una visión romántica y profundamente cursi, esa de que lo libros son los que nos eligen, que están esperando en las estanterías de bibliotecas o ahora en las ofertas que, implacablemente te lanza amazon; independientemente de su génesis, el objetivo es encontrarte en el momento preciso. Ya alguna vez lo había experimentado, pero en esta ocasión sí que fue evidente el trazo inequívoco del destino, del cual soy un fiel escéptico, lo que me llevó a comprar lo que de momento parece el libro del año. Hacía tiempo que no iba a mi universidad, pero fui invitado a ser sinodal de un examen doctoral. Dado que en bicicleta el tiempo y la distancia son algo predecible, llegué considerablemente temprano, así que, decidí sentarme en los bancos del edificio central conocidos como “los ceniceros”, por su forma cuadrada y estar parcialmente enterrados. Lugar donde te podías encontrar con tus amigos y que se encuentra al lado de la librería. Después de ejercitar mi voyerismo y darme cuenta de que los paseantes no ofrecían nada interesante, me decidí a entrar. En mi pasado algunas veces además de libros de fisiología y bioquímica, encontré algún libro interesante, pero en ese entonces la medicina era lo que guiaba mis lecturas. P

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  12. 20 mar

    Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 12.

    Relato – El espejo (3) | Poema – La casa parecía cansada, como si rehusara ser vivida de nuevo – Anaclara Muro | Reseña – Los once de la tribu – Juan Villoro | Frase robada – Ekaitz Cancela | Bonus track El espejo (3) -episodio 2- Cuando abrí los ojos mi espanto fue mayúsculo, estaba recostado en una cama de hospital, enchufado a un suero en un brazo y cables por el pecho, con un monitor sobre mí cabeza que confirmaba que seguía vivo. La luz fría, blanca, estéril sobre la cabeza me deslumbraba, como si apenas hubiera salido de la oscuridad de la casa de los espejos. Estaba agitado y confundido, mí último recuerdo era el de una anciana con ojos totalmente negros cuestionándome. Entró una enfermera que, al verme despierto sonrió discretamente y se apresuró a tomarme la presión y registrar en su bitácora el resto de signos vitales. -Buen susto les dio a sus amigos -me dijo mientras anotaba las últimas cifras en el expediente. -¿Pero qué pasó, no recuerdo cómo llegué aquí? -¿Si recuerda que estaba en el Pueblo de las Brujas verdad? -asentí- yo no sé para que se meten en esos lugares. Pues sus amigos dicen que lo encontraron como drogado, vagando por el pueblo, cabizbajo en silencio, y con las uñas sangrando ¿pues qué les hizo? En ese momento me percaté del vendaje en mis manos, aún con algo de sangre. Por más que intentaba recordar, no avanzaba más allá del momento en que mis manos estaban sobre las de la mujer de cabello oscuro. -¿Mis colegas, saben que estoy aquí? -Si, bueno, el menos uno de ellos, los demás tenían que regresar, ya tenían sus vuelos comprados. Pero no se preocupe, se hospeda en un hotel cercano, nos dejó su número para que le avisáramos cualquier cambio en su estado de salud. Ahorita no es hora de visitas, pero en un rato más seguro ya le contará detalles. Entró un médico que me estuvo lanzando infinidad de preguntas, y más allá de las que se relacionaban con mi estado de salud, todo lo que ocurrió al interior de esa casa lo tenía bloqueado. Me dijeron que estaba en un cuadro de desorientación aguda, tal vez inducido por algún alucinógeno. No sé por qué, pero preferí omitir la parte del ritual en la que intercambiábamos tragos. Tocaron la puerta casi como trámite, y entró Alfonso, el mismo que me despertó a media resaca para iniciar todo esto. -¡Pero que pinche sus nos diste! No te vuelvo a sacar sin correa, te pones muy mal -decía a modo de broma y no tanto-, oye si estás más solo que perro enfermo, no encontramos a quién avisarle. Así que por andar organizando la excursión todos decidieron que me quedara hasta que estuvieras bien. -Gracias Poncho -le dije apenado, como adolescente después de su primera borrachera-, no sé qué paso, en teoría me iban a predecir el futuro o algo así. -Entonces ¿no recuerdas qué paso? -negué con la cabeza- todo está muy raro, el chofer te encontró caminando como sonámbulo, escurriendo sangre de los dedos, te fue llevando hasta la camioneta y comenzó a llamarnos por teléfono a todos, teníamos que salir cuanto antes, “la cosa se había complicado” nos dijo. Pero no fue nada fácil, andábamos todos regados por el pueblo y se desató una polvareda que no dejaba ver ni avanzar, hasta el cielo se nubló; honestamente daba miedo. Pero cuando te vimos, ahí si que nos espantamos. No sé si antes no nos fijábamos tanto, o era la palidez pero hasta te veías más canoso, y luego con las manos sangrando, parece que te querían arrancar las uñas a mordidas. Algunos quisimos regresar para que nos explicaran qué te habían hecho, pero el chofer nos dijo que ni le buscáramos, que ya todo se había complicado y que era mejor ya no volver y agitar el avispero, “esa gente es muy vengativa” nos advirtió. La verdad no sé que les hicimos, pero en fin, el caso es que ya te trajimos al hospital y pues creo que los doctores ya te explicaron qué te paso. -Pues mas o menos -le respondí- tampoco tienen muy claro qué ocurrió, creen que me dieron algún alucinógeno, pero no se explican cómo se me cayeron las uñas a pedazos. Pero ya me quiero ir, ¿te han dicho si ya me pueden dar de alta? -Antes de entrar a verte, pasé a preguntar, y que mañana temprano, que quieren vigilarte una noche más. Yo creo que sólo nos quieren sacar dinero, pero pues también tenía reservada la habitación hasta mañana, así que ahorita en el hotel compro los boletos y nos vamos en cuanto amanezca. Por cierto, espero que tengas ahorros, porque esta va a ser la borrachera más cara de tu historia. Esto último me lo dijo mientras cerraba la puerta de la habitación al salir, y yo asentí resignado. Esa última noche en el hospital la pasé muy agitado, me sentía mareado, inestable, me esforzaba por recordar lo que había pasado, dormitaba y despertaba siempre al ver mis manos derretidas con la carne de ella. No supe en qué momento por fin el cansancio me venció, y dormí hasta que la enfermera acudió a tomar mis signos vitales y comenzar a desconectarme cables y mangueras. Llegó Poncho con el resto de las cosas que había dejado en el hotel y bajamos juntos a liquidar la cuenta. Se había equivocado en su pronóstico, no era la borrachera más cara de mi historia, eran varias de las mas caras juntas, pero en fin, esa factura era mi ingreso a la abstinencia total. Mientras íbamos camino al aeropuerto Poncho me preguntaba continuamente cómo me sentía, le mentía de manera optimista. -Pues yo si te veo jodido -afirmaba. Algo inexplicable me ocurría, sentía que pensaba con medio segundo de anticipación, o mi cuerpo actuaba con medio segundo de retraso, en especial la mirada. Sentía que con el rabillo del ojo arrastraba las sombras que las persona proyectaban a mi alrededor. Continuamente volteaba hacia ambos lados siguiendo esa oscuridad, pero nada, solo el pobre Poncho que deseaba dejarme en mi casa. Aterrizamos y recogimos las maletas, en el camino le dije que ya me sentía bien, y que me podría ir en taxi, al principio dudó, pero su cara era de alivio al aceptar tras mi insistencia. Sólo le pedí que me esperara para salir juntos, tenía que pasar al sanitario y no me sentía tan bien como para andar al pendiente de mis maletas y mi órgano reproductor. Mientras me lavaba las manos que aún me dolían bastante me observé en el espejo, no había caído en cuenta de que la última vez que vi mi reflejo fue en el Pueblo de las Brujas. Efectivamente me veía jodido, muy jodido, no sé de donde me salieron canas y la mirada algo extraña, como perdida en el vacío. El agua enjugaba el jabón de mis manos que aún sangraban un poco, y vi pasar tres pequeñas sombras corriendo por el suelo, brinque del susto, juraba que habían sido ratas, pero al voltear se habían ido, me mal sequé las manos tomé mas toallas de papel para limpiar la sangre que intermitentemente salía de las heridas y fui en búsqueda de Poncho. -Te tardaste muchísimo ¿qué te estaba haciendo la vasectomía o algo más sucio? -Mejor ni te cuento -le dije con una sonrisa forzada- este aeropuerto esta lleno de ratas. Salimos a la fila de los taxis, el salía antes que yo, le agradecí infinitamente. Mientras llegaba el siguiente auto buscaba ratas por todos lados. No sé si sea cierto o no, pero alguna vez escuché que el asiento detrás del piloto es el lugar más seguro en caso de un accidente automovilístico. Pero dentro de un taxi no es el lugar más cómodo ni el mas inusual para quien viaja solo. Desde esa perspectiva también puedes verte directamente en el espejo retrovisor. El tránsito tenía la densidad perenne de las tardes en las que los oficinistas peregrinan a sus casas. Me encontré la mirada y me fije en las ojeras que me escurrían, a mi alrededor se había nublado y una polvareda agitaba las calle por donde circulábamos. Me dejé ir en esa tormenta de arena no sé cuánto tiempo, pero el suficiente para que el chofer me repitiera varias veces en tono molesto que, ya habíamos llegado. Estaba asombrado prácticamente habíamos cruzado la ciudad y no me di cuenta, además el sol azotaba como de costumbre, sorprendido me bajé del auto. -¿Se siente bien? – me terminó de gritar el conductor. Tome mis cosas de la cajuela y me dirigí al acceso de la torre de departamentos donde vivía. La casa parecía cansada, como si rehusara ser vivida de nuevo – Anaclara Muro Luisa Josefina Hernández Detrás de la superficie blanca la pared se pudre la vida crece en el abandono como si no hubiera pasado nada en mil años como si el proceso de la evolución apenas comenzara: un ser diminuto que se retuerce en el agua se transforma le crecen patas pulmones se arrastra hacia la orilla grita mientras tanto lo nuestro se estuvo acabando desde que empezó Lo vivo siempre está muriendo Una casa para llorar y que nadie te escuche una casa para que no ahogues el grito con la mano y respires profundo mientras aprietas los dientes o corras al baño o te congeles en un rincón y trates inútilmente de calmarte Si te pudiera contestar por qué lloro te diría que por el pastel que se hundió en el horno cuando tenía trece años porque es imposible regresar el tiempo modificar la inflexión de la voz no hacer preguntas ridículas decidir estar sola porque no entiendes ese momento de estar fuera de casa sin entender por qué ni cómo llegaste a esa cama con ese hombre que en realidad te odia Los once de la tribu – Juan Villoro Sorprendería a más de uno, el hecho de que un sibarita del lenguaje, un intelectual moderno, también tenga que ir a pepenar el pan. A diferencia de otras de sus facetas donde él es quien domina el escenario, en su versión de periodista debe descender del pedestal, arremangarse la camisa y hacer el trabajo. En este libro reúne varias de sus entrevistas y reportajes periodísticos, demostrando versatilidad, ya que va desde cubrir un concierto de los R

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Fastidiado de las restricciones en las redes sociales, y sin postureo ni opiniones al vapor, aquí les dejo Mi Perra Vida