Frecuencia Emocional

Iratxe López

Espacio dedicado a entender mejor nuestra mente y emociones de la mano de la psicóloga clínica Iratxe López.

  1. hace 3 días

    Desengancha tu cerebro: el bucle del 'overthinking'

    La gente ya no sabe parar de pensar. Aunque darle vueltas a las cosas es una constante en la historia humana, la digitalización ha multiplicado las formas de alimentar ese bucle mental constantemente. Hoy en día, el término anglosajón overthinking se ha popularizado para definir este fenómeno, que en psicología se asocia estrechamente —aunque con matices— a la rumiación mental. Mientras que el overthinking implica pensar en exceso, analizarlo todo y anticipar escenarios futuros, la rumiación es ese pensamiento repetitivo, circular y más difícil de soltar. El impacto silencioso en la salud mental "El overthinking aparece incluso por encima de la ansiedad y el estrés como uno de los problemas más frecuentes en jóvenes". Investigaciones recientes demuestran que este tipo de pensamiento repetitivo está directamente relacionado con más ansiedad, más estrés y peor bienestar psicológico. Vivimos en la época perfecta para alimentar este ciclo: la falta de momentos de aburrimiento o silencio se combate de inmediato cogiendo el móvil, buscando opiniones en internet o comparándose en redes sociales. Esto empuja al cerebro a un bucle constante de análisis bajo la falsa premisa de que pensar más ayudará a resolver el problema, cuando en realidad aumenta el malestar emocional. Perfiles funcionales y respuestas corporales Este problema no siempre es visible externamente. Existen personas superfuncionales que parecen tranquilísimas pero que por dentro mantienen la cabeza funcionando sin parar, lo que genera un gran agotamiento mental y físico, derivando en insomnio, tensión muscular o dificultad para concentrarse. Para combatirlo, la ciencia apunta a prácticas como la meditación y el yoga: La meditación ayuda especialmente con la rumiación mental y el exceso de pensamiento. El yoga ayuda más a bajar la activación física y el estrés corporal. Incluso se está explorando el uso de la inteligencia artificial para detectar estos patrones de pensamiento excesivo a través del análisis de la voz y el lenguaje. El pensamiento como herramienta, no como prisión Es fundamental recalcar que pensar mucho no significa necesariamente tener un problema psicológico. Pensar, cuestionarse o preocuparse forma parte del ser humano. El problema es cuando el pensamiento deja de ser una herramienta y se convierte en una cárcel.

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  2. 11 jun

    El peligro de "poder con todo": ¿Qué es la ansiedad funcional y cómo nos afecta?

    ¿Eres de esas personas que siempre puede con todo? ¿La que trabaja, organiza, responde mensajes, llega a tiempo a cada compromiso y ayuda a los demás aunque por dentro esté agotada? Si te cuesta muchísimo parar y sientes que, si lo haces, todo se va a derrumbar, es muy probable que estés conviviendo con la ansiedad funcional. En el espacio "Frecuencia Emocional" del programa EgunOn Bizkaia, la psicóloga Iratxe López ha analizado este perfil de personas que, de cara al exterior, parecen un ejemplo de éxito y productividad, pero que por dentro "viven con el cerebro a 200 por hora". Una máscara de normalidad La gran dificultad de la ansiedad funcional es que resulta invisible para el entorno e, incluso, para quien la padece. "Como la persona sigue rindiendo, nadie detecta el sufrimiento, ni siquiera la propia persona", advierte López. Existe la falsa creencia de que la ansiedad solo se manifiesta a través de bloqueos, ataques de pánico o la incapacidad de salir de casa. Sin embargo, este tipo de ansiedad es mucho más silenciosa y está socialmente premiada. Es común que estas personas hiperproductivas reciban constantes elogios de su entorno: "qué responsable eres", "qué trabajadora" o "qué fuerte eres". El problema, como señala la psicóloga, es que "a veces lo que se está premiando no es el bienestar, sino la hipervigilancia y la autoexigencia más cruel". El miedo como motor Detrás de esa fachada de control absoluto no hay calma; hay un motor alimentado por el temor. Las personas con ansiedad funcional se mueven por el miedo a fallar, a decepcionar, a perder el control o a no ser suficientes, lo que empuja al cuerpo a entrar en un "modo de supervivencia permanente". Esta desconexión con el propio bienestar es tal que muchas personas "sienten culpa cuando intentan descansar o ansiedad cuando no están haciendo algo productivo". Detrás de este comportamiento se suele esconder una mezcla de hiperexigencia, perfeccionismo y, en ocasiones, historias personales donde se aprendió que había que rendir al máximo para sentirse seguro o querido. Cuando el cuerpo dice "basta" Aunque se pueda ignorar la ansiedad durante un tiempo, el organismo tiene sus propios límites. La procesión va por dentro, pero termina manifestándose físicamente. "El cuerpo suele empezar a pasar factura", explica Iratxe López, a través de síntomas como insomnio, bruxismo, problemas digestivos, irritabilidad, cansancio constante y una clara dificultad para disfrutar de la vida. La experta recuerda que el sistema nervioso humano no está diseñado para vivir en alerta permanente y que, tarde o temprano, enviará un aviso contundente si se estira demasiado la cuerda. Romper con la romantización del estrés Para finalizar, la psicóloga invita a hacer una reflexión incómoda: ¿por qué admiramos tanto a las personas que nunca paran? "Socialmente hemos romantizado muchísimo el estar ocupados", lamenta, como si descansar fuera una pérdida de tiempo. Frente a esta corriente, es vital recordar que "la salud mental también consiste en poder descansar sin culpa, poder bajar la guardia y permitirnos fallar o no poder con todo".

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  3. 4 jun

    Regular nuestras emociones: el verdadero significado de escuchar lo que sentimos

    Dentro de la sección Frecuencia Emocional del programa EgunOn Bizkaia, abordamos un aspecto que nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos, pero que raramente comprendemos del todo: las emociones. Aunque se habla de forma constante sobre el cuidado del cuerpo, las relaciones de pareja o el vínculo con nosotros mismos, la relación con nuestras propias emociones suele quedar en un segundo plano. Es momento de poner este tema sobre la mesa, ya que convivirán con nosotros toda la vida y resulta fundamental entender para qué sirven y qué intentan comunicarnos. El Mito de la Calma Perpetua En el ámbito de la terapia, es habitual que los psicólogos recurran a frases como "acepta tus emociones", "escúchalas" o "permítete sentir". Sin embargo, estas pautas a menudo generan confusión en los pacientes, que miran a los profesionales como las vacas al tren sin entender qué significa exactamente. Existe la falsa creencia de que regular las emociones consiste en mantener un estado de calma, positividad y equilibrio permanente, como si sentir enfado, tristeza o ansiedad fuera un fracaso personal. Eso no es salud mental, eso es intentar anestesiarse emocionalmente. Regular las emociones no significa dejar de sentir, no enfadarse nunca o no llorar; significa poder sentir emociones sin que estas te arrasen, o poseer la capacidad de volver a tu equilibrio después de haberte salido de él. La Función de lo "Negativo" Todas las emociones, incluso las consideradas negativas, cumplen una función vital y protectora. El miedo, por ejemplo, nos ayuda a detectar riesgos y protegernos, mientras que el enfado suele aparecer cuando sentimos que se ha cruzado un límite importante para nosotros. Por su parte, la tristeza surge habitualmente ante las pérdidas y nos demanda pausa, consuelo o apoyo. Incluso la culpa tiene su utilidad, ya que nos permite revisar si hemos actuado en contra de nuestros propios valores, al igual que la alegría nos enseña aquello que merece la pena seguir cultivando. Las emociones no están diseñadas para fastidiarnos, sino para transmitirnos información. El problema radica en que tendemos a los extremos: o las evitamos por completo o nos ahogamos dentro de ellas. Seis pasos para una mejor relación emocional Para comenzar a gestionar de manera óptima lo que sentimos, se puede seguir una guía basada en seis pasos muy sencillos. El primero consiste en nombrarla, yendo más allá del "estoy bien" o "estoy mal" para identificar si se trata de tristeza, rabia, ansiedad, decepción o vergüenza, e incluso reconocer si hay varias mezcladas. El segundo paso es localizarla, identificando en qué parte del cuerpo se refleja, como la ansiedad en el pecho, el enfado en la mandíbula o la tristeza como un peso en el estómago. Después llega el momento de aceptarla, teniendo claro que aceptar no significa que te guste, significa dejar de pelearte constantemente con lo que estás sintiendo y desterrar frases de autorreproche. El cuarto paso es escuchar su mensaje para analizar qué ha activado esa emoción y qué necesidad real existe detrás, como descansar, poner límites o sentirse validado. Posteriormente se debe exteriorizarla, permitiendo que la emoción salga a través de la palabra, la escritura, el movimiento, el llanto, la pintura o una caminata. Finalmente, el objetivo ideal es aprender de ella, utilizando la experiencia para obtener orientación sobre nosotros mismos. La próxima vez que aparezca una emoción intensa, el enfoque idóneo no es buscar cómo eliminarla de encima de inmediato, sino plantearse la siguiente pregunta: ¿Qué intenta decirme?

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  4. 28 may

    Por qué decir "no" a tu propia familia es el mayor acto de amor propio (y el que más culpa genera)

    Una de las preguntas más recurrentes en los procesos de terapia es por qué resulta tan complejo fijar límites en nuestro entorno más cercano. A menudo se piensa que el hogar debería ser el espacio más seguro para expresarnos, pero la realidad demuestra que poner límites a la familia suele costar muchísimo más que hacerlo con amigos, compañeros de trabajo o absolutos desconocidos. Esta dificultad no es casual ni un defecto individual. Desde la infancia internalizamos ideas muy potentes sobre el significado del vínculo familiar: mandatos culturales y transgeneracionales como "hay que honrar a los padres", "madre no hay más que una" o *"a la familia hay que perdonarla siempre, pase lo que pase". Bajo el peso de estas creencias, un límite puede vivirse casi como una traición, como si mirar por el bienestar propio significara automáticamente convertirse en un mal hijo, un mal hermano o un miembro egoísta del clan. Cuando el espacio seguro se convierte en una jaula emocional Las familias, bien construidas, representan una red de apoyo impresionante y un lugar idóneo para crecer, expresarse y repararse. Sin embargo, el conflicto aparece cuando ese entorno deja de ser seguro para nuestra individualidad. "El problema surge cuando, para mantener el vínculo con el sistema, tienes que dejar de ser quien eres." Es en ese preciso instante cuando establecer barreras deja de ser una opción egoísta y pasa a ser una necesidad de salud mental absoluta. Si para que sintonices con los tuyos tienes que callar lo que piensas, asumir responsabilidades que no te corresponden o tolerar dinámicas que atentan contra tu estabilidad, el límite se vuelve indispensable. No se trata de un ataque ni de un rechazo hacia los demás, sino de una forma de cuidarte a ti mismo para no quemarte en el proceso. Historias y roles: La mochila que cargamos desde la infancia Si te cuesta poner límites hoy, normalmente no es porque sí; es porque hay una historia detrás. Venimos de aprendizajes, dinámicas y roles sostenidos durante años que cuesta mucho romper. Por ejemplo, la persona que siempre ha ejercido de mediadora en los conflictos familiares siente que defrauda si de repente dice: "yo aquí no me meto esta vez". De la misma forma, quien siente la obligación de estar siempre disponible para sus padres, o quien es incapaz de rechazar un plan familiar dominical a pesar de estar exhausto, vive atrapado en su propio personaje. Romper ese rol genera un terremoto interno, pero es vital para actualizar nuestra posición en el sistema. Ejemplos prácticos para aterrizar los límites en el día a día Establecer una barrera no requiere de grandes confrontaciones, gritos ni dramatismos. Se puede aplicar a través de la asertividad serena, utilizando frases directas pero respetuosas: "Este año estoy muy cansado y no puedo encargarme de organizar la comida familiar, "Os quiero, pero prefiero no hablar de este tema (pareja, trabajo, política) cuando estoy con vosotros", "No voy a ir todos los fines de semana a visitaros porque también necesito tiempo para descansar y gestionar mi propia vida." etc. Estos límites son completamente razonables. No son muestras de desamor, son instrucciones de uso para que los demás sepan cómo relacionarse con nosotros sin lastimarnos. Los mandatos invisibles y la verdadera sanación familiar La célebre psicóloga Alice Miller, especialista en el análisis de las estructuras familiares, habla en profundidad de los mandatos invisibles. Explica cómo el imperativo de "honrarás a tu padre y a tu madre", llevado al extremo y sin matices, puede causar un daño psicológico severo. Se convierte en una obligación rígida que impide cuestionar comportamientos tóxicos, protegernos o tomar la distancia física o emocional que necesitamos. Poner límites no significa querer menos a la familia; al contrario, consiste en quererla más y mejor, buscando una relación en la que ninguna de las partes tenga que anularse. Las familias perfectas donde nadie hiere no existen. Las fricciones son normales, pero una familia sana no es la que nunca daña, sino la que puede escuchar, reparar y respetar el espacio del otro. La familia suma cuando te permite ser tú mismo; si para pertenecer te exigen desaparecer, el sistema necesita una revisión urgente.

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  5. 21 may

    El miedo a repetir patrones: ¿Cómo influyen nuestras heridas de la infancia en la crianza?

    El deseo de proteger a los hijos es universal, pero a menudo viene acompañado de fantasmas del pasado. En la sección Frecuencia Emocional del programa EgunOn Bizkaia, se ha abordado una realidad silenciosa que afecta a muchas familias: el miedo de padres y madres a repetir con sus hijos los mismos errores y sufrimientos que ellos experimentaron en su propia infancia. Un miedo real y frecuente en consulta Este temor no es una preocupación menor ni anecdótica; al contrario, es un motivo de consulta muy habitual. Existen personas que dudan de la maternidad o la paternidad, no porque no quieran cuidar, sino porque temen hacer daño. "Este no es un miedo absurdo. Cuando una persona ha vivido experiencias difíciles en su infancia, existe una probabilidad alta de que, sin darse cuenta, repita ciertos patrones con sus hijos." Esta repetición puede manifestarse de dos formas: reproduciendo exactamente el mismo comportamiento o cayendo en el extremo opuesto. Por ejemplo, quien creció bajo una exigencia desmedida puede volverse un padre o madre excesivamente permisivo. Sin embargo, en ambos escenarios el problema de fondo es el mismo: no estás eligiendo cómo educar, estás reaccionando desde tu propia herida. Los puntos ciegos de nuestra historia El principal obstáculo para romper estos ciclos son nuestros propios puntos ciegos. Al mirar hacia la propia infancia y hacia los progenitores, se pierde la objetividad: hay conductas que se justifican, realidades que no se quieren ver o dinámicas del pasado que, de forma inconsciente, siguen afectando en el presente. Es precisamente por esto que, cuando un niño acude a terapia, en muchas ocasiones la recomendación es que alguno de los progenitores empiece también terapia; pero no desde la culpa, sino desde la responsabilidad. Aunque no todo el mundo necesita terapia —ya que a veces basta con descanso, apoyo o una red social sólida—, cuando se trata de traumas y de evitar la repetición de patrones, el trabajo terapéutico se vuelve una herramienta clave. El reflejo de la propia infancia La llegada de un hijo activa de forma inevitable un vínculo con el pasado. Su infancia conecta directamente con la tuya. Si sufriste acoso escolar, es probable que vivas con un miedo constante a que tu hijo pase por lo mismo; si te sentiste solo, estarás hipervigilante ante cualquier señal de rechazo. Esta carga emocional puede llevar a los padres a actuar desde el miedo, sobreprotegiendo, anticipando peligros o intentando controlar situaciones de manera innecesaria. A esto se suma que los hijos, por temperamento o forma de reaccionar, suelen parecerse a sus padres, convirtiéndose en espejos que activan aún más esas heridas no resueltas. Sanar a través de la responsabilidad A pesar de las dificultades, cometer errores no significa que todo esté perdido. La clave para reparar el daño y cambiar el rumbo de la crianza radica en asumir la responsabilidad. Algo tan sencillo, pero a la vez tan complejo, como que un padre o una madre pueda mirar a su hijo y decirle: "Tienes razón. Esto que hice te hizo daño, lo siento mucho", tiene un poder profundamente reparador. Negar, justificar o devolver la culpa a los hijos solo profundiza la herida. Por el contrario, romper el ciclo de dolor no solo beneficia al núcleo familiar, sino que tiene un impacto social. Cuando criamos a niños sin esas cargas, sin esas heridas no trabajadas, estamos contribuyendo a crear un mundo más sano, más consciente y mejor. "No se trata de ser padres perfectos, se trata de ser padres conscientes." Si sientes que hay aspectos de tu historia personal que estás trasladando a la crianza de tus hijos, tal vez sea el momento de mirarlos de frente.

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  6. 14 may

    ¿Por qué hemos dejado de sentir el dolor ajeno?

    La sección Frecuencia Emocional del programa EgunOn Bizkaia ha abordado esta semana un fenómeno tan invisible como preocupante: la desensibilización ante el sufrimiento de los demás. En un contexto donde las guerras, catástrofes y actos de violencia inundan nuestras pantallas a diario, es común sentir que, poco a poco, reaccionamos con menos intensidad, siguiendo con nuestras vidas como si nada hubiera ocurrido. El cerebro tiene un límite Este comportamiento no responde a una falta de bondad o a una personalidad fría. Según se explica en el espacio, "nuestro cerebro tiene un límite". Cuando nos exponemos de forma constante a imágenes de dolor, el órgano más complejo de nuestro cuerpo activa un escudo protector: baja la intensidad de la respuesta emocional para sobrevivir al entorno. Es, en esencia, un mecanismo de autodefensa que "baja el volumen" a la tragedia para que podamos seguir funcionando. Menos empatía, menos acción La ciencia respalda esta realidad con estudios inquietantes. En el programa se citaron investigaciones donde personas expuestas a videojuegos o películas violentas mostraban una menor disposición a ayudar a otros en situaciones de emergencia real. Lo más revelador es que "no solo sentimos menos, sino que también actuamos menos". La desensibilización altera nuestra percepción de la gravedad de las situaciones, haciéndonos creer que el dolor de los demás no es tan urgente o profundo como realmente es. La paradoja de la fuerza emocional Existe una creencia errónea de que ver mucho contenido impactante nos hace "más fuertes". Sin embargo, el análisis de Frecuencia Emocional sugiere lo contrario: lo que ocurre es que perdemos la capacidad de conectar con el otro. Al acostumbrarnos al estímulo, perdemos la perspectiva de quien vive el dolor por primera vez, generando una desconexión que nos impide ponernos en su lugar. ¿Protección o desconexión? Aunque la desensibilización es necesaria para que profesionales como médicos o personal de emergencias puedan trabajar, el peligro surge cuando se generaliza en nuestra vida cotidiana. "Normalizamos situaciones graves y minimizamos el dolor ajeno porque ya estamos acostumbrados", se advierte en el programa. El cierre de esta entrega nos invita a una reflexión profunda sobre nuestra higiene emocional: "¿Te estás protegiendo o te estás desconectando?". Existe una línea muy fina entre cuidar nuestra salud mental y dejar de ser humanos frente al dolor del prójimo.

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  7. 7 may

    Descifrando qué significa ser una Persona con Alta Sensibilidad (PAS)

    ¿Alguna vez has sentido que percibes detalles que otros pasan por alto? ¿Te agotan los ruidos fuertes o los ambientes muy cargados? En una nueva entrega de Frecuencia Emocional, el espacio de psicología en EgunOn Bizkaia, analizamos qué hay detrás de las Personas con Alta Sensibilidad (PAS) y cómo distinguir si se trata de una forma de ser o de algo clínico. Ni trastorno ni diagnóstico: un rasgo de personalidad Una de las dudas más frecuentes es si la alta sensibilidad es un trastorno mental. La respuesta es clara: "La alta sensibilidad no aparece como un diagnóstico en el manual DSM, que recoge los trastornos mentales reconocidos oficialmente". En lugar de una patología, la investigación define este fenómeno como Sensibilidad de Procesamiento Sensorial. No es algo que se "tenga" o no, sino que funciona como un continuo: hay personas con sensibilidad baja, media y alta. Se estima que aproximadamente un tercio de la población pertenece al grupo de mayor sensibilidad. La capacidad de detectar lo sutil Ser PAS implica procesar la información (lo que vemos, oímos y sentimos) de una forma más intensa y profunda. Esto se traduce en habilidades muy concretas en el día a día: Detección de detalles sutiles: Capacidad para notar cambios en el tono de voz o expresiones faciales ajenas. Empatía profunda: Una gran conexión con las emociones de los demás. Agudeza sensorial: Percibir tensiones ambientales o incomodidades físicas que otros ignoran. El riesgo de la saturación Como ocurre con casi todo en psicología, este rasgo tiene dos caras. Si bien aporta una gran capacidad de observación, también conlleva una mayor facilidad para la sobreestimulación. "Las personas PAS se saturan antes y pueden sentirse desbordadas en entornos exigentes". De hecho, algunos estudios vinculan este rasgo con una mayor tendencia a la preocupación, la rumiación o la ansiedad, especialmente cuando el entorno no es favorable. Autoconocimiento para adaptarse mejor Más allá de las etiquetas, lo verdaderamente útil es entender cómo funcionamos. Si te identificas con estas características, no lo veas como una limitación, sino como una herramienta para conocer tus necesidades. Saber que eres una persona con alta sensibilidad te permite poner límites, regularte mejor y buscar esos momentos de descanso que tu sistema necesita para procesar el exceso de estímulos. En definitiva, se trata de usar esta información a tu favor para vivir de una forma más equilibrada.

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  8. 30 abr

    ¿Por qué muchas mujeres llegan a los 30 o 40 años sin saber que son autistas?

    En la sección Frecuencia Emocional de EgunOn Bizkaia, abordamos un fenómeno en auge en las consultas de psicología: el diagnóstico de autismo en mujeres adultas. Esta tendencia no responde a un aumento real de casos, sino a que históricamente estas mujeres han sido invisibles para el sistema. Para comprenderlo, debemos entender que la neurodivergencia implica que no todos los cerebros funcionan igual, ya que algunas personas procesan la información de manera distinta sin que esto sea mejor ni peor, simplemente diferente. El peso de un modelo masculino El principal obstáculo ha sido un sesgo de género histórico, donde el modelo de diagnóstico se basó casi exclusivamente en cómo se presenta el autismo en niños y hombres. Esto provocó que muchas niñas quedaran fuera del radar al no presentar conductas disruptivas y al contar con herramientas de evaluación poco sensibles a su realidad. Además, las mujeres suelen desarrollar estrategias de adaptación social mucho más sofisticadas que los varones. La trampa del camuflaje social Una de las claves de esta invisibilidad es el camuflaje o masking, un esfuerzo constante por parecer neurotípica que implica forzar la mirada o ensayar conversaciones mentalmente. Esta imitación de gestos para encajar tiene un coste psicológico devastador, pues supone muchísimo agotamiento, ansiedad y la sensación de perder la propia identidad. Mientras en los hombres el autismo suele manifestarse de forma externa, en las mujeres predominan los problemas internalizantes como la tristeza y la ansiedad. Señales en la vida adulta En el día a día, estas mujeres pueden parecer funcionales, pero a menudo se sienten como "extraterrestres" que actúan un papel. Presentan rasgos como un agotamiento social profundo que requiere aislamiento para recuperarse, hipersensibilidad a ruidos o luces, e intereses muy intensos en temas como la lectura o la psicología que suelen pasar desapercibidos por ser socialmente aceptados. El diagnóstico como nuevo comienzo Finalmente, recibir el diagnóstico en la madurez se vive como un alivio transformador. No es una etiqueta rápida, sino una explicación que permite ser más compasiva con una misma al entender por fin el porqué de tantos años de esfuerzo. Como reflexión necesaria, debemos recordar que muchas veces, lo que no se ve no es que no exista, es que nadie ha sabido mirarlo bien.

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Espacio dedicado a entender mejor nuestra mente y emociones de la mano de la psicóloga clínica Iratxe López.