El planeta de pascua

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Sección mensual de ciencia del programa de radio "Es la mañana del fin de semana" en esRadio

  1. Episodio 30.- Leonardo Torres Quevedo: El ingeniero español que anticipó el futuro

    19 abr

    Episodio 30.- Leonardo Torres Quevedo: El ingeniero español que anticipó el futuro

    Si tuviera que elegir una figura que encarne la transición entre la ingeniería clásica del siglo XIX y la ingeniería moderna del siglo XX a nivel mundial, ese nombre sería, sin duda, el del español Leonardo Torres Quevedo (1852–1936). Ingeniero de caminos, matemático autodidacta en muchos aspectos y visionario tecnológico, su obra constituye un caso excepcional por su anticipación en cuestiones muy diversas entre sí, como el control remoto o la computación, décadas antes de su consolidación real. Torres Quevedo nació en 1852 en Santa Cruz de Iguña (Cantabria), en una familia vinculada a la ingeniería, cuyo padre era ingeniero de caminos. Esta circunstancia no menor, le situó desde joven en un entorno donde la ingeniería no era sólo un oficio, sino una forma de entender el mundo. Además, nunca tuvo problemas económicos, al ser nombrado heredero de unos parientes lejanos. Fue a estudiar el bachillerato a París y el trabajo de su padre haciendo ferrocarriles le permitió viajar por mil y un lugares. Decidió estudiar ingeniería de caminos, algo que llevaba claramente en la sangre. Y estudiar ingeniería de caminos era, en aquel entonces, como hacer un doble grado ahora de física y matemáticas: con esa formación podías ser presidente del gobierno, ganador de un nobel de literatura o un prodigioso inventor. Esto le permitió conocer de primera mano multitud de problemas de ingeniería cuya resolución le llevó a realizar infinidad de inventos. Un francés, presidente de la Sociedad Matemática de Francia, en 1930, en las páginas del diario Le Figaro, se preguntaba si acaso no deberíamos considerar a Leonardo Torres Quevedo como el más prodigioso inventor de su tiempo. Y su tiempo no fue otro que el de Alexander Graham Bell (1847-1922), Nikola Tesla (1856-1943), Guglielmo Marconi (1874-1937) o el propio Thomas Alva Edison (1847-1931). Que un francés te sitúe como el más prodigioso entre estos grandes no es baladí. Curiosamente y antes de entrar en materia, nació 400 años después de su homónimo da Vinci y el mismo año que Cajal y Gaudi, máximos representantes de la ciencia y la arquitectura españolas. En 1903 presentó al mundo el Telekino, un sistema capaz de transmitir órdenes a distancia mediante ondas electromagnéticas. No era un simple sistema para enviar señales: eso ya existía en aquella época, sino algo mucho más complicado, con un receptor que era capaz de interpretar comandos y ejecutaba las órdenes que recibía. De hecho, en una demostración que realizó en la Academia de París, fue capaz de teledirigir un coche eléctrico (sí ya existían por aquella época este tipo de artilugios, mal rayo los parta). En el puerto de Bilbao hizo otra demostración dirigiendo un barco desde tierra sin tripulación. El Telekino, por tanto, sería como el antecesor del control remoto moderno y la robótica. No es nada complicado asociar este invento con los drones actuales, que siguen el mismo concepto, los sistemas autónomos, y cualquier comunicación entre máquinas. Y, ya que estamos, en el campo de la computación hizo avances muy relevantes. Por ejemplo, fue capaz de diseñar y construir máquinas capaces de resolver ecuaciones algebraicas y realizar cálculos complejos. Estas máquinas eran, obviamente, analógicas. No eran digitales. Se basaban en mecanismos físicos. Pero lo relevante aquí es la idea de realizar cálculos con una máquina de una manera general. Esto lo situaría a la cabeza de la computación del siglo XX. Y hay un aspecto interesante que le diferencia profundamente de su antecesor Leonardo da Vinci. El italiano nunca construyó ninguno de sus inventos. Eran sólo esbozos dibujados en papel. Torres Quevedo construyó todos y cada uno de sus inventos. Los pensó, los diseñó y los construyó para confirmar que funcionaban. Su independencia económica fue de gran ayuda, cierto es. En 1912 presentó una máquina capaz de jugar fases finales del ajedrez (Rey y Torre blancas contra Rey negro, por ejemplo). No era un truco, ni magia (luego vuelvo sobre este punto): El Ajedrecista, pues así se llamaba su invento, detectaba la posición de las piezas, tomaba decisiones y ejecutaba por sí mismo las jugadas correctas hasta que Rey y Torre daban mate al Rey adversario. Más adelante perfeccionó su invento añadiéndole un gramófono y un disco, lo que le permitía al Ajedrecista, hablar dando la voz de “jaque”. Podemos, sin duda, considerarlo como el primer dispositivo de inteligencia artificial de la historia. En el ámbito de la ingeniería aeronáutica, desarrolló un innovador sistema estructural para los dirigibles: el conocido sistema Astra-Torres. Daba mayor estabilidad y mejor control estructural hasta el punto de que los dirigibles que se fabrican hoy en día siguen su metodología. Leonardo estudió los problemas que otros estaban teniendo en la fabricación de dirigibles y cambió la forma de construirlos haciendo que, al colgar la barquilla, el peso quedaba distribuido uniformemente, eliminando los elementos metálicos y situando una suspensión interior y triangular. Este mecanismo lo desarrolló Torres Quevedo entre 1902 y 1908. Uno de sus logros más visibles y que sigue trabajando hoy como el primer día es el transbordador del Niágara (1916). Hasta aquel entonces, los teleféricos se utilizaban para transportar maderas en laderas de montañas, pero no se admitía el transporte de seres humanos. El motivo era la peligrosidad. Cuando Torres Quevedo decide abordar este problema ya se había inventado en Alemania el cable de acero. Entonces, lo primero que hace Leonardo es sustituir el cáñamo por cables de acero. El problema de los cables de un teleférico de la época es que estaban sometidos a diferentes tensiones que terminaban por romper los cables. Por eso no se permitían para el uso humano. Que un cable trabaje a tensión variable es un problema. Pero si trabaja a tensión constante y está dentro de unos márgenes adecuados, un cable de acero es irrompible. Leonardo concibió un sistema redundante de seis cables. Cuando la barquilla se desliza entre estaciones, si los dos extremos están fijos, vemos como las fuerzas que actúan sobre la barquilla van cambiando de dirección y tensión. Pero si liberamos uno de los extremos y lo hacemos pasar por una polea poniendo un contrapeso en el otro lado, la tensión sobre el cable pasa a ser constante. El cable no sufre y para desplazar la barquilla tan sólo hay que hacer que el contrapeso suba o baje, pero siempre estará a la misma tensión. Esto va a hacer que sea muy difícil que se rompa el cable. Si, además, ponemos seis cables en vez de uno solo, la redundancia te permite tener la certeza de que no va a ocurrir nunca un accidente. Este sistema lo montó una empresa española, con capital español, con la patente española de Leonardo y manteniendo España la explotación hasta los años sesenta del siglo pasado, en el Niágara, en la parte canadiense del río. Aunque se pensó construirlo sobre la catarata, había ciertos problemas técnicos y también burocráticos de visados y pasaportes, que impidieron su construcción en ese lugar. Finalmente, se construyó cinco kilómetros aguas abajo, donde el río hace varios remolinos, entre una orilla canadiense y otra orilla canadiense, pero cruzando por EEUU cuando vas en el aire. Mide 550 metros y sobrevuela toneladas de agua del río a unos 76 metros de altura. Sigue funcionando y en 110 años no ha tenido nunca ningún accidente. Rojo y gualda son sus colores. Magnifico homenaje a España en el Niágara. Fue miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y su prestigio fue considerable en vida, especialmente en Francia. En España somos así: pensad que cuando hizo su demostración en Bilbao del Telekino, mucha gente pensó que ese trataba de un truco de magia. Lo cual me recuerda una frase de Arthur C. Clarke “Toda tecnología suficientemente avanzada, es indistinguible de la magia”. (Como prometí, volví sobre ese punto). Por cierto, prototipos de “El Ajedrecista” y del Telekino pueden verse hoy día en del Museo Torres Quevedo, situado en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid.

    12 min
  2. Episodio 29.- Exoplanetas: de 51 Pegasi b a KOI-872

    11 abr

    Episodio 29.- Exoplanetas: de 51 Pegasi b a KOI-872

    El 5 de octubre de 1995 Michel Mayor y Didier Queloz, del observatorio de Ginebra, cambiaron la Astronomía para siempre al anunciar la primera detección de un planeta fuera de nuestro Sistema Solar. El exoplaneta orbitaba alrededor de la estrella 51Pegasi, una estrella muy parecida a nuestro Sol, dando una vuelta cada 4.23 días terrestres; su masa era similar a la de Júpiter, unas 1.000 veces la masa de la Tierra; además, estaba terriblemente cerca de su estrella, a unos 7 millones de kilómetros. Júpiter gira a 780 millones de km del Sol. Hasta Mercurio, el planeta más cercano al Sol de nuestro Sistema Solar, lo hace a 58 millones de km. No es de extrañar, por tanto, que a este tipo de exoplanetas se les comenzara a denominar Júpiter Calientes (Hot Jupiter), en honor a su tamaño y a la temperatura elevada que debían soportar por estar tan cerca de su estrella. Aquel 5 de octubre de 1995, la Astronomía vivió un cambio de paradigma similar al que generó Galileo al apuntar por primera vez un telescopio a los cielos. Según el recuento oficial que mantiene la NASA en su catálogo de exoplanetas, se han confirmado ya más de 6000 orbitando distintas estrellas. Pero dejadme que os diga algo acerca de la palabra exoplaneta. Antes de 1995, la comunidad astronómica estaba de acuerdo en que tenía que haber planetas orbitando otras estrellas. Únicamente hacía falta descubrirlos. Y todo comenzó en 1983, con el lanzamiento del satélite IRAS (Infrarred Astronomical Satellite), un pequeño telescopio fabricado para observar la parte infrarroja del espectro. ¿Por qué esa longitud de onda? Porque es aquella en la que todos los objetos con temperatura (incluso nosotros) emiten radiación. ¿Y por qué un satélite en lugar de un telescopio terrestre? Porque nuestra atmósfera bloquea la radiación infrarroja, por lo que es necesario que el telescopio orbite fuera de nuestro planeta, en el vacío y la negrura del espacio, para poder detectarla. Tened en cuenta que una estrella brilla en luz visible 1.000.000.000 veces más que un planeta, lo que imposibilita materialmente el que podamos “ver” exoplanetas en luz visible. Aunque la tecnología y el Telescopio Espacial Hubble, han hecho milagros, y en 2008 llegó la primera fotografía de un exoplaneta en luz visible. IRAS no tardó en descubrir que muchas estrellas emitían un exceso de radiación infrarroja y los astrónomos lo interpretaron como si las estrellas tuvieran discos de residuos o de polvo, partículas milimétricas de silicatos amorfos y fragmentos de rocas. Debido a que este tamaño es mayor que el del polvo interestelar, los astrónomos pensaron que estos fragmentos eran el resultado de choques, que fusionaban las partículas haciéndolas cada vez mayores. Incluso los huecos se interpretaron como zonas limpias, barridas por objetos mayores: ¿planetas? Quizás. Lo que empezaba a estar claro era que IRAS nos podía estar mostrando otros sistemas solares en formación. Estrellas que, con el paso del tiempo, tendrían planetas orbitando alrededor de ellas. Llegados a este punto, hacia falta un nombre para esos posibles planetas. Se pensó en “planetas extrasolares” (algunos utilizan esa nomenclatura hoy en día); pero había un problema: si hablamos de planetas extrasolares, ello implica que debe haber planetas intrasolares, algo que es absurdo, dado que no se conocen, ni se conocerán, planetas en el interior del Sol. De ahí que el término exoplanetas sea más adecuado. Existen distintos métodos para detectar exoplanetas. Os decía más arriba que las estrellas brillan mucho más que los planetas que, en el fondo, se ven obligados a brillar reflejando la luz de su estrella madre. Sin embargo, la relación entre la masa de una estrella y la de un planeta no es tan desfavorable para el planeta. Una estrella suele pesar entre 1.000 y 100.000 veces más que un planeta. Esto hace que podamos “ver” los efectos gravitacionales de los exoplanetas sobre su estrella madre. Ahora se explica por qué los primeros exoplanetas descubiertos son los más fáciles de descubrir: planetas gigantes, como Júpiter, con masas alrededor de unas pocas veces la masa del gigante de nuestro Sistema Solar, ya que estos planetas son los que más fácilmente pueden alterar gravitacionalmente a su estrella madre. A pesar de que alguno de estos métodos de detección es algo complejo, me gustaría enumerarlos a continuación, como referencia. Son los siguientes: Velocidad Radial La inmensa mayoría de los primeros exoplanetas detectados lo han sido gracias a este método, consistente en la medición de las oscilaciones que un planeta provoca en la estrella alrededor de la cual orbita y que se traducen en alteraciones en la longitud de onda recibida, el conocido efecto Doppler. Para poder medirlo se ha hecho necesario detectar variaciones de velocidad de sólo 3m/s, la misma que tiene una persona al trote. Por ejemplo, la velocidad radial del Sol varía con un periodo de 12 años, periodo que coincide con el periodo orbital de Júpiter. Un ser extraterrestre que estuviera analizando nuestro Sol, comprendería que esas variaciones en la velocidad de la estrella se deberían a un planeta que orbitaría la estrella con un periodo cercano a los 12 años, descubriendo así Júpiter. El Sol presenta también una pequeña variación en la velocidad radial debido a Saturno. La del resto de planetas es imperceptible. De ahí que el extraterrestre tuviera el mismo problema que nosotros: cuanto más pequeño sea el planeta, más difícil es detectarlo; de ahí que se produzca ese sesgo estadístico: no es que la mayoría de los primeros planetas fueran como Júpiter: es que los planetas como Júpiter son los que podíamos detectar. Imagen directa Muy complicado porque el planeta es millones de veces menos brillante que la estrella y queda ocultado por la luz de la misma, pero funciona con planetas gigantes, que estén muy alejados de su estrella que, a su vez, tiene que estar relativamente cerca de nosotros.. Tránsitos En un tránsito, la disminución de la luminosidad es función de la relación de tamaños entre la estrella y el planeta. Los tránsitos tienen la gran ventaja de que, por definición, permiten asegurar que la órbita de la estrella coincide con el plano de nuestra visual, lo que permite conocer tanto la masa real del exoplaneta como su diámetro, y por tanto la densidad. Además, se abre la posibilidad de realizar análisis espectrométricos de la atmósfera planetaria. Lentes gravitacionales. El paso fortuito de otra estrella por detrás de la que queremos examinar provocará una situación relativista, en la que la luz de la estrella de fondo será curvada por la masa de la estrella problema. Si hay un exoplaneta en órbita de esta última, el efecto de la lente será complejo: la imagen llegará al observatorio duplicada y aumentada. Un planeta en órbita de la estrella intermedia altera todavía más el trayecto de la luz Enumerados estos métodos casi por obligación, quería hablaros de KOI-872c. Este exoplaneta es el segundo conocido que orbita la estrella KOI-872. Los exoplanetas se designan con el nombre de la estrella, seguido de una letra minúscula en orden alfabético desde la “b”, que indica el orden de descubrimiento, no la distancia a la estrella. Pues bien, este exoplaneta ha sido el primero en ser descubierto por los efectos gravitaciones que alteraban, no la estrella en sí, si no a KOI-872b, un exoplaneta descubierto por el método de tránsito. Es decir, KOI-872b pasa entre su estrella y nosotros. La disminución en la luz que detectan los telescopios más sensibles permitió descubrirlo. Sin embargo, el planeta mostraba una irregularidad en esos tránsitos sólo explicable si otro objeto estaba alterando la órbita gravitacionalmente. Esto permitió descubrir KOI-872c. Fijaos: este mismo método fue el que aplicaron Urban Le Verrier (1811-1877) y John Couch Adams (1819-1892) de manera independiente, para descubrir el planeta Neptuno. Fue en 1845. Adams (1819-1892), astrónomo y matemático inglés, calculó la órbita de un nuevo planeta cuyos efectos gravitacionales explicarían por qué Urano no seguía la órbita predicha por las leyes de Kepler. La búsqueda se demoró en parte por el escepticismo del astrónomo real G.B. Airy (1801-1892). En 1846, J.G.Galle (1812-1910), consiguió ver por primera vez el nuevo planeta llamado posteriormente Neptuno. Galle utilizó los cálculos de Le Verrier.

    13 min
  3. Episodio 28.- Le Gentil: el astrónomo desastre (sin estrella)

    19 ene

    Episodio 28.- Le Gentil: el astrónomo desastre (sin estrella)

    Cuando era niño me imaginaba la profesión de astrónomo como algo hecho para gente solitaria. Para bohemios soñadores, en un sentido más de artista que de otra cosa. La noche, un telescopio y la soledad del que contempla la Creación con mayúsculas. Así veía yo a los astrónomos. Cierto es que en aquel entonces devoraba libros de Julio Verne y de Edgar Allan Poe, llenos de aventuras y aventureros científicos que recorrían el globo terráqueo para descubrir sus misterios aún por explorar. Pues hubo un tiempo en el que, para hacer ciencia, había que explorar y viajar por un planeta lleno de peligros. La historia que voy a narrar forma parte de la vida de un astrónomo sin suerte. Alguien que podría haber sido perfectamente un personaje de un libro de Verne, o de Poe. Alguien con una misión científica en un mundo todavía por explorar, con muchas incógnitas pendientes que había que resolver con ayuda de los pocos medios que la tecnología de la época permitía. Me he permitido el lujo de titular estas líneas como “Le Gentil: el astrónomo desastre”, buscando quizás un juego de palabras. No en vano, la palabra desastre nos ha llegado, tras muchas mezclas, del italiano antiguo “disastro” que, a su vez, viene del prefijo latino “dis” (separación, negación, malo…) y “astro”, del latín “astrum”: estrella. Así pues podríamos decir que Le Gentil fue un astrónomo sin estrella. Al menos, se quedó sin ella en un momento importante para su vida y para la propia Academia de Ciencias de Francia, de la que era miembro. Guillaume Joseph Hyacinthe Jean-Baptiste Le Gentil de la Galaisière (1725-1792) tenía una misión. Una misión importante que, como las misiones científicas importantes de la época, tenía su riesgo. No en vano había que tener una vena de aventurero para poder embarcarse en misterios del estilo al que le tocó resolver. En el siglo XVIII no estaba claro cuál era el tamaño del Sistema Solar. No se sabía con precisión a qué distancia estaba cada planeta del Sol. Pero sí se sabía cómo se podía calcular. Para ello tan sólo se necesitaba conocer el tamaño de la Tierra y ser capaces de medir con precisión el tránsito de un planeta desde dos lugares distintos. Y sí: se sabía con una muy buena aproximación el tamaño de la Tierra, algo que calculó por primera vez Eratóstenes alrededor del 240 a. C. Ahora sólo nos faltaba tener un tránsito planetario. ¿Qué es un tránsito? Mercurio y Venus son planetas interiores. Es decir, están entre la Tierra y el Sol. Por eso, cada cierto tiempo, pasan por delante del Sol y desde la Tierra podemos ver un puntito negro que atraviesa el disco solar. El evento dura horas y es muy cotizado entre los astrónomos aficionados aunque, por desgracia, ocurre cada centenares de años. En el caso de Venus, por las configuraciones de las órbitas de la Tierra y Venus, los tránsitos se dan en parejas cada 8 años y luego hay que esperar más de 100 años hasta el siguiente, en un ciclo que ronda los 243 años. El último tránsito se dio el 8 de junio de 2004 y el 6 de junio de 2012, justo ocho años después. El siguiente tendrá lugar el 11 de diciembre de 2117 y el 8 de diciembre de 2125. La suerte, en este caso buena, hizo que hubiera un par de tránsitos cuando Le Gentil contaba con 36 años el primero de ellos y con 44 el segundo. En concreto, el primer tránsito tuvo lugar el 6 de junio de 1761 y el segundo el 3 de junio de 1769. Para un científico como él, astrónomo y miembro de la Academia de Ciencias francesa, era una oportunidad de oro para poder calcular la distancia de la Tiera al Sol y con ella, utilizando las leyes de Kepler, calcular por fin el tamaño real del Sistema Solar, poniendo distancia al Sol a cada uno de los planetas. Los tránsitos no se ven desde cualquier lugar. Pasa lo mismo cuando hay eclipses de luna o de Sol. Por desgracia para Le Gentil, el tránsito de 1761 no iba a ser visible desde París. Por este motivo, la Academia de Ciencias de Francia organizó una expedición que llevaría a Le Gentil a una posesión francesa en la India. En concreto a Pondicherry. El viaje no era sencillo: había que circunnavegar toda África y pasar por el cabo de Buena Esperanza, ese lugar donde se encuentran el Atlántico y el Índico, zona de tormentas, vientos y corrientes impredecibles que, para la navegación a vela (la tecnología de la época era así), no era nada sencillo de atravesar bajo ciertas condiciones. Además, la expedición tenía que transportar todo el material. En aquella época las cosas no eran tan sencillas como llegar y comprar un buen telescopio en la óptica de la esquina. Había que llevarlos desde París, junto con los cronómetros de precisión y el resto de los instrumentos necesarios para poder observar el tránsito y conseguir datos fiables y útiles para la misión. El primer encontronazo que se dio nuestro astrónomo sin estrella fue que la demora en el camino por los inconvenientes climáticos le hizo llegar a la isla de Mauricio con bastante retraso sobre el plan previsto. La idea era llegar a Pondicherry desde Mauricio, pero justo estalló la guerra de los Siete Años entre Inglaterra y Francia y Pondicherry había sido ocupada por los ingleses. Esto imposibilitó que el plan de observar desde allí se llevara a cabo y cada vez se acercaba más la fecha del evento astronómico. La guerra es la guerra y el capitán de la fragata decidió regresar a Mauricio. Por este motivo, el tránsito le pilló en medio del océano: Le Gentil pudo ver el tránsito, pero no pudo tomar medidas precisas al encontrarse en un barco en movimiento. Además, parece ser que ese día había marejada o mar de fondo. Antes de regresar a Francia con las manos vacías, Le Gentil pensó que había mucho trabajo que hacer de otro tipo por allí: por ejemplo, cartografiar toda la costa de Madagascar. Incluso hacer expediciones científicas para recoger especies de las islas cercanas. Viajar a la isla de Reunión. Así, al menos, podría volver a Francia con algo de valor científico y aprovechar la expedición. Era la época en la que los científicos realmente eran exploradores, naturalistas, conocedores de todo tipo de ciencias. Un estilo a nuestro capitán Malaspina. Y así fue como Le Gentil se fue entreteniendo año tras año hasta que, cuando se quiso dar cuenta, era 1765 y habían pasado ya 4 años desde el primer tránsito. Quedaban, por tanto, otros 4 para el tránsito de 1769. Decidió quedarse y esperar al siguiente tránsito, ya que estaba por allí. Además, él era muy meticuloso y le gustaba planificar las cosas con tiempo: tenía tiempo para organizarlo todo bien y esperar a que esta vez la suerte le sonriera. Además, incluso podía cumplir uno de sus sueños y circunnavegar el globo terráqueo. Por este motivo viajó hasta Manila, donde fue muy bien recibido por la sociedad española: un francés, parisino, refinado, de modales educados, cultivado… se hizo allí una pequeña celebridad. Sin embargo, el gobernador español no confiaba en él. No creyó mucho en la historia que contaba de una expedición para ver un tránsito de un planeta y pensó que era un espía. Las relaciones se volvieron tan tensas que un año antes del tránsito, Le Gentil decidió marcharse de allí. Además, Pondicherry había vuelto a manos francesas y la guerra con Inglaterra había terminado. Era un buen momento para regresar con sus compatriotas y preparar las observaciones del tránsito de Venus. Al llegar a Pondicherry, es recibido con honores, el gobernador le monta un observatorio y Le Gentil piensa que por fin su suerte ha cambiado. Pasa a ser una celebridad también en Pondicherry hasta el punto de que le envían un refractor acromático, una especie de joya que contaba con la tecnología más puntera de la época en cuanto a telescopios. Todo el equipamiento está listo para observar el tránsito y, además, es un equipamiento puntero. Tan sólo quedaba esperar a que llegara el 3 de junio de 1769… … y ese día llegó. Y justo con el día llegaron las nubes. Increíble. Si los cielos habían estado prístinos, despejados, de un azul celeste maravilloso, el día del evento no se veía nada. Nubes, cada vez más nubes, vientos huracanados… y la tormenta más grande en mucho tiempo. Justo cuando el Sol desaparecía por el horizonte, Le Gentil pudo contemplar un ocaso maravilloso. Una de las puestas de Sol más bonitas que jamás viera en su vida. Pero sus planes se habían ido al traste. Se quedó tan en estado de shock que no escribió en su diario durante más de tres semanas. Además, sus amigos de Manila le contaron que vieron el tránsito perfectamente. Fuera de sí, quema el observatorio y decide regresar a Francia. Consigue un barco que le lleva Mauricio. Llega en 1770 en un estado de estrés y tristeza lamentable. Coge la disentería en Mauricio y tuvo que quedarse durante ocho meses medio muerto, sobreviviendo a duras penas. Finalmente consigue recuperarse lo suficiente como para coger un barco camino de Europa. Los vientos eran tan desfavorables que el barco tuvo que regresar a Mauricio cuatro meses después de partir. Durante una de las tormentas el pobre llegó a caerse por la borda y casi se ahoga. No tenemos constancia de que se tirara él en un intento de suicidarse, así que suponemos que se cayó por la borda. Consigue embarcar en un barco de guerra español que le debía llevar a España. Pero una serie de tormentas desvían el barco a las islas Azores y se rompe el velamen y el mástil…Finalmente en octubre de 1771 consigue llegar a París. 11 años, 6 meses y 13 días después de su partida llega a la puerta de su casa. Le abre su mujer y cuando le ve le dice “¿tú quién eres? Mi marido murió hace muchos años”. ¡Todas, absolutamente todas las misivas que había escrito se habían perdido y ninguna había llegado a su destino! Bien las tormentas, bien los p

    13 min
  4. 28/12/2025

    Episodio 27.- ¿Por qué el Sol está cada vez más caliente?

    Desde que se encendió el Sol hace 5.000 millones de años, no ha parado en ningún momento de brillar. Afortunadamente para nosotros (para la vida en la Tierra) y, también, para nosotros (los científicos de este planeta). Con esta segunda afirmación lo que quiero decir es que habría sido toda una sorpresa que el Sol hubiera dejado de brillar en algún momento. Una sorpresa algo desagradable, todo hay que decirlo. El motivo es claro: conocemos a la perfección los mecanismos que hacen brillar una estrella y, por tanto, que hacen brillar a “nuestra” estrella. Y no caben las sorpresas en tal mecanismo. Se habrían tenido que violar leyes de la física que son inviolables para que el Sol hubiera dejado de brillar. Y con alguna autoridad, si no toda, los científicos de la Tierra podemos afirmar que el Sol brilla hoy con más intensidad que antes. Y, por “antes”, entiéndase todo pasado anterior a “ahora”. Para entenderlo, empecemos por el principio. Hace unos 5.000 millones de años, casi todo el hidrógeno que se encontraba localmente formando una nube de gas y polvo donde ahora está el Sistema Solar fue agrupándose por gravedad hasta formar nuestra estrella. Esto, lo que significa, es que los átomos de hidrógeno fueron acumulándose en lo que hoy es el Sol, atraídos por la gravedad, hasta formar un núcleo tan compacto que, primero perdieron los electrones y, segundo, al llegar a una temperatura de unos diez millones de grados, comenzaron de repente las reacciones nucleares de fusión entre esos núcleos de hidrógeno, que no son otra cosa que protones. Pensad que los protones son cargas positivas que, por efecto de las fuerzas electromagnéticas, tienden a repelerse. Pero cuando confinas muchos protones en una región muy pequeña y, por tanto, aumenta la presión y la temperatura, entra en juego otra fuerza mucho más fuerte que la electromagnética, pero cuyo alcance es mucho menor: es decir, los núcleos tienen que estar muy cerca para que esa fuerza actúe y los protones fusionen. Precisamente esa “cercanía” se consigue cuando esos protones están confinados en los núcleos de las estrellas, apretados por la gravedad de las mismas y se alcanza una temperatura de unos 10 millones de grados. Cuando se fusionan dos protones se forma un núcleo de helio, que es el siguiente elemento en la tabla periódica. Pero el helio tiene una masa que es menor a la suma de las masas de los protones que se han unido para formar el helio. En concreto, es un 0,7% menos masivo que la suma de los cuatro protones que hacen falta para formarlo. Esa diferencia de masa es un “sobrante” en la reacción nuclear y se emite al espacio en forma de radiación: la estrella comienza a brillar. Cada segundo, 700 millones de toneladas de hidrógeno se transmutan en 695 millones de toneladas de helio. Las 5 millones de toneladas restantes, nos calientan. Hay que ver a las estrellas, por tanto, como inmensas bolas de gas que se encuentran en equilibrio. Durante su proceso de formación, la gravedad gana y los núcleos se van acercando cada vez más, van implosionando hacia el interior de la estrella, hasta que de repente se dan las condiciones para que empiecen las reacciones nucleares de fusión. En ese momento, la estrella comienza a explotar, liberando energía. Pero como hay material tanto en el núcleo, como en capas más exteriores de la estrella, ésta no explota violentamente, sino que comienza a brillar y se mantiene en equilibrio: por un lado la gravedad tiende a que la estrella implosione y por otro lado, las reacciones de fusión que liberan energía tienden a que la estrella explote. Hace 5.000 millones de años, cuando el Sol comenzó a brillar, apenas había helio en su interior. Podemos decir que el núcleo Solar era 100% hidrógeno (siendo rigurosos no es del todo cierto, porque la proporción de hidrogeno y helio en la nube que dio origen al Sistema Solar era de 3 átomos de hidrógeno por uno de helio, como en el resto del universo). Pero ha transcurrido ya la mitad de la vida de Sol y, aunque sigue siendo una estrella muy estable y lo será casi hasta el final de su vida, desde hace mucho tiempo hay demasiado helio en su interior. Al ir consumiendo el hidrógeno y generándose el helio, la gravedad va ganando la batalla del equilibrio, por lo que el núcleo del Sol se vuelve más denso aún, aumentado más la temperatura. Ese aumento de temperatura se traduce en que el hidrógeno comienza a quemarse más rápido todavía para volver al equilibrio anterior, puesto que aun no se ha alcanzado temperatura suficiente como para que sea el helio el que comienza a fusionar. Al quemar más hidrógeno, el Sol brilla más ahora que antes. Y, por tanto, nuestro planeta recibe más radiación que antes. En concreto, el Sol ha perdido ya el 30% del hidrógeno que tenía cuando nació y es, por tanto, un 30% más brillante que antes. Se da una paradoja interesante. Según los cálculos que os acabo de contar, el Sol hace 3.800 millones de años no tendría fuerza suficiente como para impedir que toda el agua de la Tierra estuviese congelada. Sin embargo, sabemos que en aquella época, el agua era líquida en nuestro planeta. La explicación se la debemos a los benditos gases de efecto invernadero. Sin ellos, nuestra joven estrella no habría tenido fuerza suficiente como para hacer en la Tierra una sopa ideal para el surgimiento de la vida. Otro dato interesante llegados a este punto es que la vida de un fotón generado en el núcleo Solar no es tan sencilla. Los fotones deberían viajar a la velocidad de la luz y, por tanto, tardar 8 minutos desde que se generan en el núcleo Solar hasta que llegan a la Tierra. Sin embargo, la luz que vemos salir del Sol ahora mismo se generó en nuestra estrella hace aproximadamente unos 200.000 años: ni siquiera el Homo Sapiens estaba gobernando el planeta en aquel entonces. El motivo es que la densidad del Sol es tan grande que un fotón como mucho puede viajar unos milímetros hasta que “choca” con algo, ya que se halla inmerso en una masa de plasma muy densa. Ese fotón es reabsorbido y reemitido muchas veces hasta que consigue salir de la zona radiativa del Sol: tantas veces, que tarda cerca de 200.000 años como media en poder salir. Luego tardará unos 10 días hasta llegar a la superficie del Sol, también siendo reabsorbido y reemitido, pero ya en la zona convectiva mucho menos densa y, una vez que llega a la superficie, se siente libre y es lanzado al espacio a la velocidad de la luz hasta que llega a nuestro planeta en 8 minutos y 20 segundos. Pero sigamos. Entendemos ya por qué el Sol brilla más ahora que antes. Lo hará así durante aproximadamente otros 5.000 millones de años. Transcurrido ese tiempo, cuando el hidrógeno del núcleo se agote, éste se contraerá debido a la presión gravitatoria y a la falta de combustible nuclear. Esta contracción del núcleo tendrá efecto sobre las capas exteriores del Sol, que se expandirán debido a la menor atracción del núcleo sobre ellas: el globo Solar aumentará unas 100 veces su tamaño, engullendo a Mercurio y convirtiendo el Sol en una gigante roja, comenzando el proceso de quemado de helio. El helio será el combustible nuclear durante aproximadamente 200 millones de años, hasta que se consuma del todo y el Sol se convierta en una enana blanca. Pero ningún ser humano podrá ser testigo de esto, puesto que dentro de unos 2.000 o 3.000 millones de años, el Sol brillará tanto que habrá convertido en un desierto sin vida nuestro planeta.

    10 min
  5. 28/12/2025

    Bonus: Especial Nochebuena, el Reno Relativista

    Hay una frase que repito a menudo: los seres humanos dejamos huella allí donde posamos el pie… o nuestras naves espaciales. La contaminación, esa sombra que acompaña a nuestra civilización desde que aprendimos a fabricar fuego, ha llegado también al espacio. Allá arriba, a cientos de kilómetros sobre nuestras cabezas, orbita una nube invisible y peligrosa de desechos. Tornillos, trozos de cohetes, satélites moribundos que siguen girando sin rumbo. Es la basura espacial, la nueva frontera del descuido. Tengo que decir que estas fechas me gustan. Entiendo que haya personas a las que no, pero a mí me encantan. Me retrotraen a la infancia y a esa inquietud que tenía de pequeño por saber qué regalos me traería Papá Noel y, días más tarde, los Reyes de Oriente. Cierto es que en aquel entonces tenía muchas dudas acerca de la existencia de todos ellos, tanto de Papá Noel como de Melchor, Gaspar y Baltasar… Siempre tuve una mentalidad muy científica, también de pequeño y, para mí, era un hecho inexplicable cómo era posible que consiguieran estar en todas las casas de todos los niños del planeta a la vez. Claro: esta pregunta efectuada a un adulto pocas veces tenía una respuesta comprensible que no fuera más allá de un: “pues porque sí”, o un: “porque los renos y los camellos son mágicos”, y dejo la mejor para el final: “ya lo averiguarás cuando seas mayor” … . Reconozco que esta última siempre me dejaba un poco extrañado, pero con esperanzas de que ese misterio, cuando fuera mayor, sería resuelto. Ni idea de cómo, pero al menos había un puntito de esperanza, qué duda cabe. Y me hice mayor… y lo averigüé… y hoy, aquí, voy a tratar de explicaros a todos cómo es posible que tanto Papá Noel como los Reyes de Oriente, sean capaces de entregar los regalos puntualmente a todos los niños del planeta en sendas noches mágicas. Y el motivo por el que son capaces… ese motivo… la explicación de ese motivo, más bien… se la debemos a Albert Einstein (1879-1955) que, aquel año 1905 considerado como el “annus mirabilis”, trabajando en la Oficina de Patentes de Berna, Suiza, publicó cuatro artículos revolucionarios, cada uno de ellos merecedor de un premio Nobel: el efecto fotoeléctrico (en 1921 ganó el nobel por este artículo), el movimiento browniano, la relatividad especial y la equivalencia entre masa y energía. De estos cuatro artículos, el que realmente nos interesa para entender el proceso de entrega de regalos, es el de la Relatividad Especial. Porque ahí está el quid de la cuestión: si los renos, en vez de ser renos normales, fueran renos relativistas, estaría resuelto el misterio. Y creedme que llegar ahí no fue un paso sencillo. Y si no, que se lo digan a Hendrik Lorentz (1853-1928), que tuvo a su alcance, delante de sus ojos, todo el aparataje matemático de la teoría y también los hechos. Pero le faltó dar el salto conceptual que sí que fue capaz de hacer Einstein: por eso consideramos a Einstein un genio de la física y Lorentz no pasó de ser un gran físico. Y quién dice Lorentz, dice el resto de los contemporáneos del gran genio alemán. Prometo que, antes de terminar, os explicaré ese cambio conceptual que hace que Einstein sea considerado un genio. Pero empecemos por el principio… Antes de 1905 los científicos creían en la existencia de una cosa que llamaban éter… ¿Qué era el éter? Vamos a intentar explicarlo de una forma curiosa, para que el concepto nos venga por sí mismo. Imaginad un estanque con agua al que lanzamos una piedra. Se forman olas. Esas olas no son más que una perturbación en el agua que se transmite al chocar unas moléculas con otras. Se genera una ola que se desplaza por un medio. Esas olas siguen una serie de ecuaciones que son muy sencillas y que vamos a llamar ecuaciones de ondas: porque son ondas. ¿Sabéis lo que es una onda sonora? Sí, ¿verdad? Las moléculas del aire vibran y se transmite una onda como las acuáticas gobernadas, también, por las ecuaciones de ondas. Pues bien, en 1865, James Clerk Maxwell (1831-1879) revolucionó la física al publicar un artículo “A dynamical Theory of the Electromagnetic Field” en el que explicaba las ecuaciones del campo eléctrico y magnético unificándolos en cuatro maravillosas y simples ecuaciones. Y sí, esas cuatro ecuaciones no eran otra cosa que ¡ecuaciones de ondas! Porque la luz, amigos míos, no es otra cosa que una onda. Una onda que, para la mente de los científicos anteriores a 1905, tenía que desplazarse en algún medio. Las olas, en el agua… el sonido, en el aire (recordad que en el espacio no hay atmósfera, no hay aire y el sonido no se propaga: podría estar explotando una nave espacial detrás de ti en el espacio y no oirías nada, al no tener la onda sonora un medio por el que transmitirse). Pero, ¿en qué medio se transmitía la luz? Lo has adivinado: en el éter. En esas ecuaciones maravillosas de Maxwell hay dos constantes, una es la permeabilidad magnética, que mide la capacidad del vacío (bonita palabra que se nos cuela en mal momento: venga, llamémosle éter y así no desvelamos nuestras cartas antes de tiempo); de la permeabilidad magnética, decía, que mide la capacidad del “éter” para permitir que se establezca un campo magnético y la segunda constante es la permitividad eléctrica, que mide la capacidad del “éter” de permitir que se establezca un campo eléctrico. Lo mágico de estas dos constantes es que hay una relación entre ellas dos y la velocidad de la luz. En concreto, la velocidad de la luz es uno dividido entre la raíz cuadrada del producto de ambas constantes. ¿Por qué os cuento esto? Porque haga lo que haga con dos constantes, las multiplique, las divida, las sume, las reste… da igual: el resultado siempre será una constante. Sí, las ecuaciones de Maxwell afirman que la velocidad de la luz es una constante. Y ahora, vayamos a los hechos. Todos los científicos pensaban que el éter era una realidad porque la luz, al ser una onda, necesitaba un medio por el que propagarse. El éter, por tanto, debía ser un marco de referencia universal, ser fijo y absoluto. Y las cosas debían moverse con respecto a ese éter que formaría todo el universo. La Tierra, por tanto, al moverse alrededor del Sol, se estaría desplazando con respecto al éter. En 1887, Michelson y Morley realizaron un experimento increíble que, al fin y a la postre, es uno de los grandes hitos de la física moderna. Albert A. Michelson (1852-1931) y Edward W. Morley (1838-1923) construyeron un interferómetro que dividía un rayo de luz en dos partes, que viajarían siguiendo trayectorias perpendiculares. Cada rayo se reflejaba en un espejo y volvía a unirse creando interferencias. La idea de ambos físicos era que si la luz se veía afectada por el movimiento de la Tierra (el rayo debería viajar más rápido o más lento según se moviera en la dirección de la tierra o perpendicular a ese movimiento), las franjas de interferencia deberían cambiar al rotar el aparato. Una forma sencilla de entender esto es pensar que estamos en un tren, moviéndonos a 10 km/h. Si por el pasillo del vagón lanzamos una pelota en el mismo sentido de avance del tren y la pelota se mueve, respecto a nosotros, a 10 km/h, la misma pelota, vista desde el andén por una persona fuera del tren, se moverá (para ese observador) a 20 km/h. Y si la lanzáramos en sentido contrario a la marcha del tren, para el observador de fuera la pelota estaría totalmente estática en el mismo punto, sin moverse. Eso mismo era lo esperado en el experimento de Michelson-Morley: si “lanzábamos” el rayo de luz en el sentido de movimiento de la Tierra, la velocidad de la luz debería ser la propia de la luz más la velocidad de la Tierra. Sin embargo, lo observado era algo totalmente distinto: la luz permanecía constante con independencia del movimiento del observador. Lorentz construyó unas ecuaciones matemáticas para relacionar espacio, velocidad y tiempo entre dos observadores, de manera que la velocidad de la luz fuera constante. Como consecuencia de este hecho, las ecuaciones de Lorentz indicaban que, para un observador que se moviera a velocidades cercanas a la de la luz, el espacio debía contraerse y el tiempo dilatarse: era la única manera de que ese observador se pusiera de acuerdo con otro que estuviera parado en que la velocidad de la luz para ambos era la misma. La Relatividad Especial estaba lista para ser explicada. Pero, como os decía más arriba, Lorentz no supo interpretar bien el resultado físico real de sus ecuaciones matemáticas. Lorentz estaba convencido de que el éter existía y era el medio por el que se transmitía la luz y toda su física trataba de conciliar el concepto de éter con las ecuaciones de Maxwell. Sin embargo, el genio de Einstein estuvo en prescindir del éter: para él, el éter no era necesario y no existía. La luz era una onda electromagnética que se transmitía en el vacío, sin que existiera ningún medio para ello. Por tanto, no existía un marco referencial absoluto y lo único que era cierto era que la velocidad de la luz es la que es, con independencia de cómo se mueva el observador. En cuanto al tiempo, Lorentz pensaba que la dilatación del tiempo era un efecto para que sus ecuaciones funcionaran, pero no tenía un sentido físico real. Para Einstein simplemente la naturaleza era así: nos toca vivir en un universo en el que el tiempo es una cualidad que depende de cómo se esté moviendo el observador: si te mueves cerca de la velocidad de la luz, aunque para ti el tiempo transcurre normalmente, un observador que no se mueva te dirá que tu tiempo es muy lento y que un segundo dura, en realidad, muchísimo tiempo. Siendo esto así, un reno que se mueva a velocidades cercanas a la de la luz, medirá un espacio mucho más corto entre dos puntos de lo que lo haces tú, un observado

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  6. Episodio 26.- El problema de la basura espacial

    12/11/2025

    Episodio 26.- El problema de la basura espacial

    Hay una frase que repito a menudo: los seres humanos dejamos huella allí donde posamos el pie… o nuestras naves espaciales. La contaminación, esa sombra que acompaña a nuestra civilización desde que aprendimos a fabricar fuego, ha llegado también al espacio. Allá arriba, a cientos de kilómetros sobre nuestras cabezas, orbita una nube invisible y peligrosa de desechos. Tornillos, trozos de cohetes, satélites moribundos que siguen girando sin rumbo. Es la basura espacial, la nueva frontera del descuido. Desde que en 1957 el Sputnik inauguró la era espacial, la órbita terrestre se ha ido poblando de objetos de todo tipo. Hoy se calcula que más de 130 millones de fragmentos de distinto tamaño rodean la Tierra. Los hay grandes como un autobús, pequeños como un grano de arena. Y todos viajan a velocidades que rozan los 30.000 kilómetros por hora, siete veces más rápido que una bala. A esa velocidad, una simple arandela puede perforar el fuselaje de una nave o dejar fuera de servicio un satélite de comunicaciones. No es ciencia ficción. En 2009, un satélite operativo estadounidense colisionó contra otro soviético fuera de uso. La colisión generó miles de fragmentos nuevos. Y la Estación Espacial Internacional —para mí, una de las más impresionantes obras de ingeniería— debe realizar cada año maniobras de evasión para esquivar la nube de escombros que amenaza su órbita. Las órbitas más contaminadas son las bajas, entre 400 y 1000 kilómetros de altitud. Más arriba, en la órbita geoestacionaria —donde giran los satélites que nos permiten ver un partido en directo o seguir la trayectoria de un huracán—, la situación también preocupa. Allí flotan miles de objetos, muchos sin control, que forman una corona de chatarra alrededor del planeta azul. Y, paradójicamente, esa corona sostiene buena parte de nuestra vida moderna. Cada día interactuamos con más de 100 satélites sin darnos cuenta: los que guían nuestros coches, transmiten señales de televisión, predicen el tiempo o vigilan los volcanes. Sin ellos, volveríamos a una Tierra muda y desorientada. La responsabilidad, sin embargo, no es sólo de los gobiernos. En los últimos años, la conquista del espacio se ha privatizado. De los más de 10.000 satélites operativos, unos 7.000 pertenecen a Starlink, la constelación de Elon Musk. Una red que promete comunicación global, pero que también multiplica los riesgos de saturación y de impacto. ¿Y qué se está haciendo? Algunos países, como Francia, han desarrollado marcos legales que obligan a retirar los satélites al final de su vi da útil. En Europa, la Comisión Europea y la ESA trabajan en sistemas de vigilancia: radares, telescopios y sensores láser capaces de detectar objetos del tamaño de un cubo de Rubik. Más pequeño que eso, todavía escapa a nuestra vista y a nuestras posibilidades de detección. Y se proyectan misiones de limpieza: grúas espaciales, redes, brazos robóticos que “atrapen” satélites inertes y los guíen hacia una reentrada controlada sobre el punto Nemo, el lugar más remoto del Pacífico. Allí, entre las olas, descansan los restos de antiguas naves: nuestro vertedero en el océano de los mares. Aun así, el desafío no es sólo técnico. Es también moral. El espacio —ese territorio sin fronteras— carece de una ley universal que regule lo que hacemos con él. Cada país es responsable de los daños que provoquen sus objetos, pero a la hora de señalar culpables, cuando una colisión ocurre en la órbita, todo se vuelve difuso. Nadie sabe de quién es el tornillo que rompió un panel solar o escacharró un satélite. La empresa española GMV, con un centenar de ingenieros vigilando el cielo desde distintos países, desarrolla sistemas para rastrear la basura espacial y evitar nuevas colisiones. También trabaja en tecnologías de remediación: esas futuras “grúas” que limpiarán la órbita. Quizá, dentro de unos años, el espacio vuelva a brillar limpio, sin la sombra de nuestro descuido. Porque si no actuamos, podríamos convertirnos en la primera civilización que sueña con salir de su planeta… y queda atrapada en su propio anillo de chatarra. Una ironía cósmica que no queremos vivir. Un espejo suspendido en el vacío, que nos recuerda que incluso en el cielo, dejamos huella.

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  7. Episodio 25.- 3I/ATLAS, un visitante interestelar

    12/10/2025

    Episodio 25.- 3I/ATLAS, un visitante interestelar

    En 1973, Arthur C. Clarke escribió Cita con Rama. En esta maravillosa obra, el que probablemente sea el mejor escritor de ciencia ficción junto con Isaac Asimov, situaba en el futuro, allá por el año 2130, la llegada de un objeto interestelar y construía una novela para contar el revuelo que supuso para la humanidad descubrir que tal objeto era artificial. No desvelo más porque no han pasado los años por la novela, que sigue siendo genial, si obviamos las primeras páginas en las que el escritor está muy influenciado por la Guerra Fría. No hay que olvidar que la obra se gestó en los años setenta; aun así, la novela se desacopla rápidamente de esa parte y fluye como debe, ajena al tiempo y a situaciones concretas de nuestra historia reciente. Aconsejo a nuestros oyentes la lectura, sean o no amantes del género de ficción científica. Y así pueden comprobar si, como a mí, les resulta totalmente imposible distinguir un texto de Clarke, de un texto de Asimov. De Asimov, por no dejarlo ahí y se vean obligados a hacer la búsqueda por sí mismos, la saga de novelas de La Fundación es excelente y buena prueba del estilo del escritor. Volviendo al tema que nos ocupa, hay una palabra en el primer párrafo por la que merece la pena detenernos un momento. Se trata de la palabra “interestelar”. ¿Qué significa exactamente que un objeto celeste sea interestelar y por qué es capaz de encender nuestra imaginación hasta extremos impensables? Al menos, la imaginación de los científicos y de los escritores de ciencia ficción. Y también (y sobre todo) la del astrofísico de Harvard Avi Loeb, al que volveremos más adelante. Un objeto interestelar es un cuerpo celeste que no está ligado gravitacionalmente a ninguna estrella. Si pensamos en los planetas del sistema solar, éstos dan vueltas a nuestro Sol. Están ligados gravitacionalmente al Sol y viajan con él en órbitas elípticas. Todos los objetos que orbitan el Sol pertenecen a nuestro Sistema Solar. También los cometas que tienen órbitas conocidas y que periódicamente regresan una y otra vez, aunque su órbita sea muy elíptica y vengan de lugares tan remotos como la nube de Oort. Cuando miramos al cielo y descubrimos un nuevo objeto celeste que viene hacia nosotros, lo primero que hacemos es calcular su órbita. Más que nada porque nos preocupa que el objeto pueda cruzarse con nuestro planeta en alguna carambola cósmica catastrófica. Pero no sólo por eso. También porque sentimos curiosidad por ese objeto y queremos saber si es una roca que forma parte de nuestro Sistema Solar o bien es un objeto interestelar que viene de otras estrellas. Y, para saber esto, la órbita es fundamental: si es elíptica, es un objeto ligado al Sol. Pero si es hiperbólica, entonces no viene de nuestro sistema solar, sino que está viajando entre las estrellas y ahora le toca pasar cerca del Sol. Pasará y nunca más volverá. Por tanto, todo objeto que tenga una órbita hiperbólica, pasará cerca del Sol, ganará velocidad en el acercamiento y seguirá su camino alejándose para siempre disminuyendo un poco su velocidad según se aleje. Es normal y se debe al tirón gravitacional que genera el sol. Pero venga de donde venga, lo cierto es que ese objeto ha estado viajando durante miles de millones de años por el espacio y, durante una breve fracción de tiempo, habrá sido visible por nosotros. Y creedme que conocer todo lo que se pueda de un objeto así, nos daría muchísima información no sólo de nuestro Sistema Solar, sino de otros mundos que no son este. El primer objeto interestelar descubierto fue Oumuamua, en el año 2017. Era un objeto alargado con forma de cigarro puro, que causó gran extrañeza por presentar una aceleración peculiar no esperada. Lo descubrió Robert Weryk, el 19 de octubre de 2017 usando el telescopio Pan-STARRS1, en Hawai. Oumuamua, en hawaiano significa “mensajero que llega primero desde lejos”. Sinceramente me parece un buen nombre para ese primer objeto interestelar registrado. Hubo otros visitantes. Seguro. En la historia de la Tierra puede que centenares de miles o más. Pero no hubo nadie mirando o sabiendo qué mirar o con medios para mirar. Realmente no sabemos cuántos objetos de este tipo hay: lo importante es que nunca habíamos descubierto uno y, de repente, apareció Oumuamua. Si os causa curiosidad, os puedo dar algunos datos: pasó a unas 0,25 Unidades Astronómicas (unos 37 millones de kilómetros) del Sol, a una velocidad de 87 km/s, tenía entre 100 y 400 metros, una proporción de 10 a 1, es decir, si midiera 10 metros de largo, mediría uno de ancho, algo nunca visto antes en un objeto celeste, que tienden a ser redondos por la acción de la gravedad. No mostró ninguna cola visible, por lo que su paso cerca del Sol no generó la evaporación de ningún material, pero es verdad que su aceleración aumentó al alejarse, lo cual desconcertó mucho a los científicos. Ahí entró en acción Avi Loeb, de la Universidad de Harvard que, ni corto ni perezoso, intentó explicar esa aceleración con ausencia de cola cometaria afirmando que se trataba de un objeto extraterrestre, como el Rama de la novela de Clarke. Es verdad que esta idea suya no ha sido seguida por el resto de científicos. Pero también es verdad que debido a aquello, existe ahora el Proyecto Galileo, que busca evidencias de tecnología extraterrestre en los objetos interestelares. Por mucho que haga afirmaciones más dignas de un programa de “Cuarto Milenio” que de un científico, Loeb no deja de ser un astrofísico muy reputado por sus trabajos en cosmología, astrofísica de agujeros negros, materia oscura y exoplanetas. Otra cosa es que utilice ese reconocimiento que sin duda tiene y nadie le puede negar, para realizar afirmaciones no científicas y alejadas de las cosas demostrables. Si nuestros oyentes bucean estos días en X o en Instagram, podrán dar buena cuenta de ello. Afortunadamente (o no) el segundo de los objetos interestelares descubierto fue mucho más “normal”… el 2I/Borisov. Se entienden ahora ese 2 y esa I, ¿verdad? “2” por segundo objeto e “I” por interestelar… Fue descubierto el 30 de agosto de 2019 y pasó por el perihelio (el punto más cercano al Sol) a unas 2 Unidades Astronómicas. El doble de la distancia entre la Tierra y el Sol. Su órbita también era hiperbólica, por lo que claramente era un objeto que venía de fuera del Sistema Solar, pero su comportamiento fue totalmente cometario. Presentó una cola bien visible compuesta principalmente por cianógenos y agua, como un cometa normal y algo más de monóxido de carbono de los que tienen los cometas de nuestro Sistema Solar. Si los científicos consideran Oumuamua como un asteroide o un artefacto ambiguo (tal cual), Borisov es claramente un cometa. Y no hay dos sin tres: 3I/ATLAS, descubierto el 1 de julio de 2025 por un telescopio de la red chilena ATLAS, que es un conjunto de telescopios especialmente diseñados para buscar asteroides peligrosos para la Tierra pero que, en los últimos años, se ha convertido en un cazador de fenómenos transitorios raros, como explosiones de estrellas, cometas raros o, como en este caso, visitantes interestelares. El punto más cercano al Sol de 3I/ATLAS será de 1,4 Unidades Astronómicas, tendrá lugar hacia el 29/30 de octubre y su tamaño no se ha medido aún con precisión y oscina entre los 300 metros y los 5 kilómetros de diámetro, un tamaño digno de cualquier cometa de nuestro sistema solar. Pero su órbita hiperbólica lo delata como claramente un objeto interestelar. Presenta una cola cometaria, lo cual nos ha permitido saber que contiene dióxido de carbono, cianuro y níquel, algo un poco raro porque esa mezcla no es habitual. Y su luz muestra una polarización negativa extrema. Esto es algo realmente raro y sugiere que el polvo es muy poroso y su núcleo tiene que estar formado por materiales que no conocemos. ¿Por qué? La luz normal vibra en todas direcciones: decimos que la luz está polarizada cuando vibra más en ciertas direcciones que en otras. Cuando decimos que la luz reflejada de un cometa presenta polarización negativa lo que queremos decir es que en vez de ser reflejada de manera normal, como si el cometa fuera un espejo, está reflejada como si el cometa estuviera formado por muchísimos granos muy pequeños, irregulares y mezclados con gas. Para más inri, no se comporta como un cometa al uso. Su actividad (la cantidad de gas y polvo que libera en forma de coma) es mucho más alta de la que debería en el punto de la órbita en la que está. Esto, para los científicos normales, no deja de ser una curiosidad: estamos ante un objeto diferente que viene de otro sistema solar y es normal que veamos cosas nuevas. Pero para Avi Loeb (una vez más) podría ser una sonda extraterrestre y así lo ha estado (y lo está) predicando por doquier en todos los medios de comunicación y redes sociales donde tiene cuenta. Lo cierto es que su llegada está causando expectación y se está siguiendo el objeto con el Hubble y el James Webb Space Telescope. También la ESA y el Instituto de Astrofísica de Canarias están implicados en su observación. El objeto parece venir del disco de nuestra Vía Láctea, una región que se sabe que es más antigua y menos densa que la zona donde nos encontramos nosotros, que en realidad nos vamos moviendo por la periferia entre los brazos de la galaxia. Pensamos, por tanto, que es un objeto mucho más antiguo que nuestro Sistema Solar. 3I/ATLAS alcanzará su máximo brillo a finales de octubre de 2025 y será observable con telescopios de aficionados (no a simple vista) en el Hemisferio Sur. Tras esto, se perderá detrás del Sol y volverá a ser visible hacia diciembre, pero ya muy débil por la distancia y alejándose para siempre.

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Sección mensual de ciencia del programa de radio "Es la mañana del fin de semana" en esRadio