Zafarrancho Vilima

Zafarrancho Vilima

Programa de humor sobre tiempos pasados. Donde la nostalgia y la poca vergüenza se dan la mano. Zafarrancho Vilima se emite todos los viernes a las 19h. en SER+ Sevilla, Cadena SER 96.5 FM. También puedes ver los programas en nuestro canal de Youtube.

  1. Tráiler del episodio 411

    Tárbena, Alicante en Las España Barbaciada

    Salimos de Ojós con un bizcocho borracho en la guantera y el nivel de azúcar por las nubes. Nos vamos a adentrar en la provincia de Alicante, huyendo del turismo de pulserita y de los guiris rojos como gambas. Para ello, le exigimos al Supermirafiori que suba montañas. Hacemos unos 120 kilómetros por la A-30 y luego la AP-7, hasta desviarnos hacia el interior de la comarca de la Marina Baja, llegando a nuestro destino: Tárbena. Tárbena tiene una población de unos 624 habitantes, y su gentilicio es tarbenero o tarbenera. El pueblo está en plena sierra, rodeado de montañas que tienen nombres de señora enfadada, como la Sierra de Bernia. Pero lo que hace a Tárbena un expediente X dentro de la España Barbaciada es su historia. ¿Os acordáis de los moriscos de la etapa anterior? Pues aquí también los echaron en 1609. El pueblo se quedó más vacío que un gimnasio en enero. ¿Y qué hizo el señor feudal de turno, que se quedó sin mano de obra para recoger la almendra? Pues se fue a buscar gente a las Islas Baleares. En 1615, Tárbena fue repoblada por 17 familias venidas íntegramente de Mallorca. Y claro, los mallorquines llegaron, miraron las montañas, suspiraron por no tener mar, y dijeron: "Pues vale, pero aquí se hace lo que nosotros digamos". Cuatro siglos después, en Tárbena no se habla el valenciano normativo, se habla el "parlar de sa", un dialecto mallorquín puro. Usan el artículo salado (es, sa, ses). En vez de decir "la casa", dicen "sa casa". Es como un agujero de gusano balear en pleno monte alicantino. El patrimonio de Tárbena está coronado por las ruinas del Castillo de Tárbena (o Castell de les Lletres). Era un castillo árabe, que luego fue cristiano, y que ahora es básicamente un montón de piedras con muy buenas vistas. Ideal para subir a reflexionar sobre tus malas decisiones. También destaca la Iglesia Parroquial de Santa Bárbara, donde encontramos elementos del siglo XVIII y, agárrense, una réplica de la Virgen de Lluc, la patrona de Mallorca. Los mallorquines se trajeron hasta a la Virgen en la mudanza. Sus fiestas patronales son, oh sorpresa, en agosto, en honor a San Roque y Santa Bárbara. Pero aquí lo que importa es comer. Gracias a esa herencia balear, el plato estrella de Tárbena es ¡la sobrasada! Sí, sobrasada casera espectacular en Alicante. Y no solo eso, también hacen "sa figatell", un embutido de hígado y especias que te cura la anemia en un solo bocado. Comer en Tárbena es un homenaje al colesterol del bueno.

    21 min
  2. Tráiler del episodio 411

    Manuel Torreiglesias en Las Grandes Biografías

    Hoy recordaremos al hombre que no necesitaba brújula porque su propio pulso ya le marcaba el camino correcto; el único tipo capaz de diagnosticarte un colesterol alto con solo mirarte el lóbulo de la oreja y tener tiempo para recetarte tres manzanas antes de que parpadees. Hoy hablaremos de Manuel Torreiglesias, el hombre que nos enseñó que si un día te levantas con dolor de espalda, es porque no le hiciste caso a él antes de desayunar. El pequeño Manuel nació el 16 de marzo de 1941 en Pontedeume, La Coruña. Su entorno estaba lleno de verde y aire puro gallego, así que el niño creció con la resistencia de un roble atlántico y la firmeza de un médico de cabecera de los de antes, aunque primero decidió estudiar Magisterio y Filosofía. De joven aprendió que la mejor forma de ganar una discusión sobre salud es cruzar los brazos, entornar los ojos y recordarle al rival que la tensión ideal es la que él decida. En la televisión descubrió que lo suyo era el servicio público. Entró en RTVE en los años 60 y pasó por programas de radio y debates como Voces sin voz o Usted, por ejemplo. Allí perfeccionó el noble arte de mirar a la cámara con una mezcla de preocupación paternal y superioridad intelectual, demostrando que para convencer a España de comer verdura hay que parecer que estás revelando un secreto de Estado. En 1997 llegó su momento cumbre con Saber vivir. Se convirtió en el director y presentador de un plató que era mitad consulta médica y mitad plató de variedades. El tío iba siempre tan pulcro, con sus trajes impecables y su característico bigote, que si un virus entraba en el set, el virus pedía cita previa o se destruía solo por vergüenza. En el rodaje había tanta obsesión por la salud que los cámaras se tomaban la tensión entre toma y toma. A partir de ahí, su autoridad médica ficticia subió tanto que los jubilados de España empezaron a mirar sus consejos como si fueran los diez mandamientos. Tenía un carácter tan protector y didáctico que se decía que las frutas y las verduras subían de precio en el supermercado justo cinco minutos después de que él las nombrara en directo. Su popularidad le llevó a ganar premios como el Micrófono de Oro, demostrando que su receta de optimismo y caminatas mañaneras funcionaba mejor que cualquier fármaco de moda. En 2009, tras un sonado desencuentro con la cadena pública por temas publicitarios, la televisión de siempre cerró una etapa, pero Manuel demostró que un buen divulgador nunca se jubila del todo. Fichó por otros espacios para seguir recordando la importancia de cuidar el motor del cuerpo. Afrontó sus propios achaques y problemas de salud con la misma serenidad con la que explicaba las bondades del ejercicio moderado a sus espectadores. Desgraciadamente, el gran gurú de las mañanas saludables nos dejó el 19 de mayo de 2025 a los 84 años. Aunque ustedes siempre podrán recordarlo cada vez que se estiren al salir de la cama, rechacen un bollo industrial y sientan la imperiosa necesidad de exclamar mirando fijamente a sus familiares: "¡Hay que saber vivir!".

    4 min
  3. Tráiler del episodio 410

    Ojós, Murcia en la España Barbaciada

    Arrancamos de nuevo el Seat 131 Supermirafiori que dejamos aparcado en Ayna, en Albacete. Gonzalo, el técnico, nos ha puesto una nota en el parabrisas que dice: "Prohibido pisar Andalucía". Se ve que le deben dinero en Despeñaperros o algo. Así que, con el volante bloqueado para no girar hacia el sur, tiramos hacia el sureste. Recorremos unos 90 kilómetros por la CM-3203 y luego la A-30, para adentrarnos en la Región de Murcia, concretamente en el precioso Valle de Ricote. Y tras sortear limoneros y palmeras, llegamos al municipio de Ojós. Ojós, que no "Ojos" sin tilde, ni "Ho-Ho-Hos" como Papá Noel. Ojós. Este municipio cuenta con 522 habitantes según el INE, y su gentilicio es ojeño u ojeña. Un gentilicio que te obliga a estar siempre atento. "Ahí viene un ojeño", y tú te pones a buscar. La etimología de Ojós viene del árabe Oxox, que no es un beso y un abrazo en el Messenger, sino que significa "huertos". Y es que este valle es un vergel. Los romanos estuvieron por aquí, por supuesto, porque donde hay agua y se puede plantar algo, un romano ponía una villa. Pero la verdadera salsa de la historia de Ojós la pusieron los moriscos. El Valle de Ricote fue el último reducto de los moriscos en España. Cuando en 1609 Felipe III (el de la plaza mayor de Madrid) ordenó su expulsión, los moriscos de Ojós y alrededores se hicieron los locos. Aguantaron hasta 1613, siendo literalmente los últimos moriscos de España en ser expulsados. Y muchos volvieron de extranjis porque se habían dejado el huerto a medias. En cuanto a su patrimonio, destaca la Iglesia de San Agustín, que es una iglesia del siglo XVI, construida, cómo no, sobre la antigua mezquita. Tiene un estilo que podríamos definir como "murciano adaptativo". Pero lo verdaderamente flipante de Ojós, el plot twist que nadie se espera en un pueblo de 500 habitantes, es que tienen el Museo de Belenes del Mundo. Sí, amigos. Una colección de más de 700 belenes traídos de los cinco continentes. Belenes peruanos, belenes africanos, belenes de cristal... Si te gusta la Navidad, en Ojós vives en un bucle temporal infinito de villancicos. También hay que ver el Lavadero Público, que era el Twitter de la época, donde las ojeñas iban a lavar la ropa y a actualizar el timeline del pueblo. Sus fiestas patronales son a finales de agosto, en honor a San Agustín y a la Virgen de la Cabeza. Aquí las tradiciones incluyen lanzar pólvora y hacer procesiones donde se suda la gota gorda. Y para reponer fuerzas, la gastronomía de Ojós es canela fina. Literalmente. Tienen un dulce típico llamado "bizcochos borrachos", que son unos bizcochos que han pillado una cogorza de campeonato a base de almíbar y licor. Te comes dos y das positivo en el control de la Guardia Civil.

    17 min
  4. Tráiler del episodio 410

    Robert Duvall en Las Grandes Biografías de Zafarrancho Vilima

    Hoy recordaremos al hombre que no necesitaba hablar alto porque su mirada ya te estaba juzgando en tres idiomas diferentes; el único tipo capaz de darte un consejo de vida, robarte la cartera y venderte un caballo, todo mientras se toma un café. Hoy hablaremos de Robert Duvall, el hombre que nos enseñó que la mejor forma de ganar un Óscar es parecer que estás pensando en tus tierras mientras los demás actores se dejan el alma gritando. El pequeño Robert nació el 5 de enero de 1931 en San Diego. Su padre era almirante de la Marina y su madre actriz, así que el niño creció con la disciplina de un portaaviones y el drama de una diva. De joven se unió al Ejército, donde aprendió que la mejor forma de mimetizarse con el entorno es poner cara de llevar cuarenta años viviendo en ese cuartel. En la universidad se graduó en drama, que es lo que uno estudia cuando tiene la capacidad de mirar fijamente a una pared y hacer que el público llore. Luego se fue a Nueva York a compartir piso con Dustin Hoffman y Gene Hackman, formando el trío de solteros más peligroso de la Gran Manzana: tres tipos que no tenían dinero para cenar pero sí toneladas de intensidad dramática. En 1962 llegó su gran debut en Matar a un ruiseñor. Interpretaba a Boo Radley, un personaje tan misterioso y callado que Duvall pasó todo el rodaje ensayando el arte de no pestañear. El tío lo hizo tan bien que el público pensaba que venía incluido con los muebles de la casa. Si Robert se quedaba quieto en una esquina, la gente intentaba colgarle el abrigo encima. Su consagración llegó en 1972 con El Padrino. Interpretaba a Tom Hagen, el contable y consejero de la mafia que era tan calmado que hacía que Marlon Brando pareciera un adolescente histérico. Mientras los demás se tiroteaban en los restaurantes, Robert pedía los recibos del almuerzo. Era el único hombre en la historia capaz de amenazar a un productor de Hollywood usando un tono de voz que parecía que estaba leyendo el prospecto de una aspirina. Pero el delirio absoluto llegó en 1979 con Apocalypse Now. Se puso el sombrero de cowboy del Coronel Kilgore y nos regaló la frase definitiva del cine. El tío paseaba por la playa esquivando bombas como quien esquiva charcos en el mercado, argumentando que el olor del napalm por la mañana le recordaba a la victoria. George Peppard desayunaba planes, pero Duvall desayunaba combustible militar. A partir de ahí, su carisma rural se volvió tan cotizado que si una película necesitaba un sheriff, un predicador o un tipo con bigote que supiera arreglar un tractor con la mirada, le llamaban a él. Se casó cuatro veces, demostrando que su pasión por el tango y las mudanzas requerían un ritmo constante que no todo el mundo podía seguir. En 1983 ganó el Óscar por Gracias y favores, interpretando a un cantante de country tan acabado que la estatuilla se la dieron más por compasión con sus botas que por el guion. Incluso al pasar los años, se ha mantenido tan incombustible que los directores jóvenes le llaman solo para que se siente en una mecedora y aporte prestigio al plano. Robert decidió que la jubilación es para los débiles y que un buen vaquero muere con las botas puestas y el sombrero bien encajado. A sus noventa y tantos años, el gran padrino del cine del oeste sigue demostrando que la veteranía no es un grado, es un superpoder. Aunque ustedes siempre podrán recordarlo cada vez que huelan algo quemado por la mañana y sientan la necesidad incontrolable de mirar al horizonte, ponerse un sombrero imaginario y decir con desprecio: "¡Aquí no se hace surf!".

    4 min

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Programa de humor sobre tiempos pasados. Donde la nostalgia y la poca vergüenza se dan la mano. Zafarrancho Vilima se emite todos los viernes a las 19h. en SER+ Sevilla, Cadena SER 96.5 FM. También puedes ver los programas en nuestro canal de Youtube.

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