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No querían resultar inofensivos. No querían parecerse a la música que ocupaba las radios. Querían hacer ruido. Querían sudar. Querían que cada concierto tuviera la fuerza de una explosión. Y eligieron un nombre que describía perfectamente sus intenciones: Obús. VALLECAS: DONDE COMENZÓ EL ESTRUENDO La historia de Obús no nació entre despachos, productores ni campañas publicitarias. Nació en la calle. En los barrios obreros del Madrid de finales de los setenta, especialmente en Vallecas, la música era mucho más que entretenimiento. Era una vía de escape, una declaración de identidad y, para muchos jóvenes, la única forma posible de gritar todo aquello que nadie parecía dispuesto a escuchar. España estaba cambiando, pero no todos vivían ese cambio de la misma manera. Mientras una parte del país descubría nuevos colores, nuevas modas y una libertad todavía confusa, en los barrios seguían existiendo el desempleo, las fábricas, los bloques de hormigón y una juventud que no quería pasar la vida obedeciendo. En aquel paisaje aparecieron el guitarrista Paco Laguna y el bajista Juan Luis Serrano. Ambos habían coincidido anteriormente en diferentes formaciones y compartían una misma convicción: era posible crear una banda de heavy metal que cantara en español sin pedir disculpas por hacerlo. Al proyecto se incorporaron Fernando Sánchez a la batería y un cantante imposible de ignorar: Fructuoso Sánchez, conocido desde entonces como Fortu. Paco proporcionaba los riffs y la estructura. Juan Luis aportaba un bajo poderoso y una enorme presencia escénica. Fernando golpeaba la batería como si cada canción fuera una batalla. Y Fortu se convirtió en la detonación final. Su voz era aguda, salvaje y reconocible. Pero tan importante como su forma de cantar era su manera de dominar el escenario. Fortu no interpretaba las canciones: las atacaba. Gritaba, corría, se retorcía y miraba al público como si estuviera desafiándolo a seguirle. Cuando aquellos cuatro hombres se reunieron, Obús dejó de ser solamente el nombre de una banda. Se convirtió en una amenaza. EL FESTIVAL QUE ENCENDIÓ LA MECHA En 1981, Obús se presentó al Festival de Rock Villa de Madrid. Para muchos grupos, participar ya habría sido una oportunidad. Para Obús, solo existía una posibilidad: ganar. Y ganaron. Aquella victoria abrió las puertas de Chapa Discos, el sello dirigido por Mariscal Romero que se había convertido en uno de los grandes refugios del rock duro español. La banda entró en los estudios Escorpio de Madrid para grabar su primer álbum. En la producción participaron Luis Soler y una figura aparentemente alejada de la brutalidad del heavy metal: Tino Casal. Sin embargo, Casal comprendió algo esencial. Debajo del cuero, las tachuelas y el estruendo existían canciones. Obús tenía imagen, actitud y provocación, pero también poseía estribillos capaces de ser recordados después de una sola escucha. El resultado apareció en 1981 bajo un título que sonaba como una advertencia: Prepárate. No era una invitación. Era una cuenta atrás. El disco comenzaba dejando claras las intenciones de la banda. Su tema más emblemático condensaba en pocos minutos todo lo que representaba Obús: guitarras directas, una base rítmica aplastante, la voz de Fortu perforando los altavoces y un estribillo destinado a convertirse en historia. “Prepárate… va a estallar el Obús”. Solo seis palabras. Pero fueron suficientes para cambiar el heavy metal español. El 6 de noviembre de 1981, Obús presentó el álbum en el Pabellón Deportivo del Real Madrid. El concierto confirmó que aquello no era una moda pasajera. Había miles de jóvenes dispuestos a identificarse con aquella música, aquella estética y aquella forma de enfrentarse al mundo. El 9 de enero de 1982, “Va a estallar el Obús” alcanzó el número uno de Los 40 Principales. Un grupo de heavy metal español, nacido en los barrios de Madrid, había llegado hasta lo más alto de una de las listas musicales más importantes del país. El disparo había dado en el centro de la diana. CUANDO EL HEAVY METAL OCUPÓ LA TELEVISIÓN Obús dejó de ser un fenómeno subterráneo. Sus miembros comenzaron a aparecer en revistas, emisoras de radio y programas de televisión. En una época en la que el heavy metal todavía provocaba desconcierto, aquellos cuatro músicos irrumpían en los hogares españoles vestidos de cuero y tachuelas. Para algunos padres eran una provocación. Para miles de jóvenes eran la prueba de que otra vida era posible. En 1982 publicaron Poderoso como el trueno. El título no podía ser más apropiado. Obús ya no necesitaba anunciar su llegada: todo el país sabía que estaban allí. Su sonido era directo, físico y sin adornos innecesarios. Las canciones hablaban de vivir intensamente, de la carretera, del dinero, del peligro, del deseo y de una juventud que se negaba a comportarse como le habían ordenado. Al mismo tiempo crecía otra de las grandes bandas del género: Barón Rojo. La prensa y parte del público convirtieron a ambos grupos en rivales. Barón Rojo representaba para muchos una vertiente más técnica, reflexiva e internacional, mientras que Obús encarnaba la descarga inmediata, el sudor y la provocación. Pero aquella supuesta guerra ocultaba una realidad mucho más importante. Entre los dos grupos estaban construyendo los cimientos del heavy metal español. No era necesario elegir. Había espacio para el vuelo del Barón y para la explosión del Obús. EL QUE MÁS: LA CONSAGRACIÓN En 1984 llegó el disco que terminó de convertirlos en gigantes: El que más. Obús se encontraba en la cima de su poder. Habían pasado de los locales de ensayo a llenar pabellones y convertirse en una de las bandas más populares del país. Para aquel álbum trabajaron con Mark Dodson, vinculado al sonido de Judas Priest, y contaron con una colaboración inesperada: Adrian Smith, guitarrista de Iron Maiden, participó en la composición de “Alguien”. Obús demostraba así que el heavy cantado en español podía mirar cara a cara a las grandes bandas internacionales. El disco contenía canciones que terminarían formando parte de la memoria colectiva del rock español. Entre todas ellas destacó un himno que resumía el espíritu de una época: “Vamos muy bien”. Su tono era festivo, descarado y excesivo. Obús no pretendía impartir lecciones de comportamiento. Cantaba sobre la noche, la libertad y el derecho a vivir al límite. Sus conciertos se transformaban en celebraciones multitudinarias donde el público no era un simple espectador: era parte de la explosión. La banda cruzó el Atlántico, actuó en Venezuela y comprobó que aquellas canciones nacidas en Madrid podían ser comprendidas por seguidores situados a miles de kilómetros. Ya no eran una promesa. Eran una de las mayores bandas de heavy metal en español. LA CARRETERA TAMBIÉN DEJA CICATRICES Pero ninguna explosión puede mantenerse eternamente en su punto máximo. Después llegaron Pega con fuerza, en 1985, y Dejarse la piel, en 1986. Los títulos parecían describir la propia vida del grupo. Las giras interminables, los conciertos, las grabaciones y la presión comenzaron a pasar factura. El heavy metal español seguía siendo poderoso, pero el mercado musical estaba cambiando. Nuevos estilos ocupaban las radios, las compañías modificaban sus prioridades y una parte de la industria que había celebrado el rock duro comenzó a darle la espalda. En 1987, Obús publicó un disco en directo que capturó la verdadera naturaleza de la banda. Porque Obús podía grabar grandes álbumes, pero su territorio natural siempre fue el escenario. Allí no había trucos. Solo amplificadores, electricidad y cuatro músicos dispuestos a dejarse la piel delante del público. En 1990 apareció Otra vez en la ruta, pero el mundo ya no era el mismo que había recibido a Prepárate. La década de los ochenta había terminado. El heavy metal clásico atravesaba una etapa complicada y las tensiones internas comenzaron a desgastar al grupo. En 1991, Obús detuvo su actividad. Durante un tiempo, el cañón guardó silencio. Pero la mecha nunca llegó a apagarse completamente. EL REGRESO DESDE EL FONDO DEL ABISMO En 1996, la formación clásica volvió a reunirse. No regresaban como una banda de nostalgia. Regresaban porque todavía tenían algo que demostrar. El público seguía recordando las canciones. Una nueva generación había descubierto sus discos y aquellos antiguos seguidores, ahora mayores, continuaban levantando los puños cuando escuchaban los primeros acordes. En el año 2000 apareció un álbum cuyo título explicaba perfectamente la resurrección: Desde el fondo del abismo. Obús había sobrevivido a sus propios excesos, a las transformaciones de la industria y a una década que parecía haber