Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento. Juan David Betancur Fernandez elnarradororal@gmail.com Había una vez una pareja de esposos que llevaban mas de 50 años de feliz matrimonio.. Sin embargo bajo la paz y la tranquilidad de aquel hogar algo turbio se presentía. Como todos los días El reloj de péndulo del vestíbulo daba las cinco con una puntualidad insultante, propia de un hogar donde nada, absolutamente nada, se había salido jamás de su cauce. Mary Smith sirvió el té con pulso de cirujano. El sonido del chorro contra la porcelana de la taza fue la única perturbación en aquel salón victoriano de cortinas aterciopeladas. Frente a ella, como si fuera un conejo frente a un perro cazador. Hacía exactamente tres semanas desde aquella conversación que Tomas recordaba claramente.. Mientras el se encotraba plácidamente leyendo el periódico en su butaca preferida Mary le había preguntado sin ninguna razón aparente como le gustaría morir si el pudiera escoger. Tomas extrañado le respondió que nunca lo había pensado pero que eran temas que no quería discutir. Mary simplemente se sonrio y siguió haciendo los deberes de la casa. Tres semanas en que el señor Tomas Smith no había vuelto a respirar con los pulmones llenos —¿Te apetece una galleta de jengibre, querido? —preguntó Mary con una dulzura cristalina, empujando el plato de plata—. Tienen un toque picante exquisito. Canela, clavo... y una pizca de almendra amarga. A Tomas se le heló la saliva. Almendra amarga. El que era un asiduo lector de novelas de mistrerio algo le recordaba ese supuesto sabor. Era el sabor del ácido cianhídrico mejor conocido en sus novelas como Cianuro. —No tengo apetito, Mary. Gracias. Respondió en ese momento con una voz Temblorosa. —Qué lástima. Esta muy sabroso. Tomas. Mary dio un sorbo minucioso a su té, levantando el meñique con la distinción que correspondía a una dama de Kensington. Luego, con total parsimonia, se levantó a ajustar las cortinas. Al pasar por detrás del sillón de su marido, su mano rozó con delicadeza la nuca de Tomas. El hombre se encogió de golpe, como si una víbora le hubiese rozado la piel. Las palpitaciones le martillaban las sienes. Cada fibra de su espalda esperaba el golpe seco de un pisapapeles de bronce, o el frío de una navaja de afeitar deslizándose entre las vértebras. —Tienes tensión en las cervicales, pobre mío —murmuró ella desde la penumbra del cortinaje—. Deberías darte un buen baño caliente antes de la cena. He dejado todo listo en el piso de arriba. El baño. La mente de Tomas proyectó de inmediato la bañera de patas de león, el agua humeante, y aquel viejo calentador eléctrico cuyo cableado siempre había chisporroteado un poco junto a los azulejos húmedos. Podía verla a ella: envuelta en su bata de seda, empujando suavemente el aparato con la punta de una zapatilla acolchada mientras él flotaba indefenso entre la espuma. —Prefiero no ducharme hoy —balbuceó Tomas con la voz agrietada—. El médico dijo que el agua muy caliente no conviene a mi presión. —Como gustes, tesoro. Solo procuro tu bienestar. Los días siguientes se transformaron para Tomas en un tablero de ajedrez infernal donde las piezas eran invisibles. Vivir se convirtió en una tortura constante esperando el desenlace final. Bien preparado estaba debido a todas las novelas que entretenían sus días y noches de retirado. Si Mary le servía sopa de verduras, él se quedaba mirando los guisantes flotar, convencido de que uno de ellos portaba la dosis microscópica de estricnina calculada para desgarrarle las tripas a medianoche. Si le ofrecía un vaso de agua, él esperaba a que ella se girara para disimuladamente volcarlo en la maceta del helecho (que, para mayor tortura de sus nervios, comenzó a secarse a los cuatro días). El coche nunca más fue utilizado. La sola idea de presionar el freno y sentir el pedal hundirse blando y vacío en la bajada de High Street le provocaba sudores fríos que empapaban sus sábanas. Subir al dormitorio era una odisea alpina: se aferraba al pasamanos con ambas manos, tanteando cada escalón de roble con la punta del zapato, convencido de que Mary había untado con jabón la madera o encerado a traición la penúltima curva. Eso también había sucedido en una de las novelas de la autora de misterio que tanto le gustaba. Y Mary, mientras tanto, no hacía nada. Absolutamente nada. Se limitaba a bordar pájaros en bastidores de lino, a leer los obiturarios del periódico buscando el nombre de algún conocido y a mirarlo atentamente con una sonrisa en sus labios. Era la mirada de quien observa germinar una semilla particularmente lenta. Cuando sus ojos se cruzaban con los de él sobre el periódico matutino, Mary le dedicaba una leve inclinación de cabeza, serena, cómplice, casi compasiva, como diciéndole: «Aún no, querido. Pero pronto». Al tercer mes, Tomas ya no dormía. Pasaba las noches sentado en el borde del colchón, de espaldas a la pared, con los párpados pegados por el insomnio y una vela consumiéndose en la mesilla. Si cerraba los ojos, podía sentir que cada sonido correspondía a algún acto sospechoso de Mary. Posiblemente estaría tomando el candelabro de plata del recibidor; o ese silbido podía ser que ella estaria abriendo y dejando escapar el gas de la cocina. Tambien lo había leído en algún libro. Al quinto mes, el doctor Moris acudió a la residencia de la pareja alertado por el aspecto fantasmal de Tomas. El había perdido veintidós kilos ya que no se atrevia a comer casi nada. Su piel tenía el tinte grisáceo y sus manos temblaban con tal furia que no lograba sostener una cuchara. —Tiene el pulso en un hilo—diagnosticó el médico en el pasillo, bajando la voz—. Una taquicardia galopante, delirio persecutorio y un agotamiento nervioso absoluto. Me temo que su corazón no resistirá otro mes. Es un caso insólito de colapso vegetativo. —Es terrible, doctor —suspiró Mary secándose una lágrima invisible con un pañuelo de encaje—. Ha sido tan repentino... Si supiera cuánto rezo todas las noches a los pies de su cama. Y era cierto. Rezaba con devoción ejemplar. Siempre pidiéndole algo a su Dios. La última semana, Tomas yacía en la cama del dormitorio principal, consumido, con la mirada fija en el techo de molduras blancas. Mary se sentó a su lado, tomó su mano esquelética entre las suyas y le acarició los nudillos con ternura infinita. —Tranquilo, Tomas —le susurró con voz aterciopelada, acercándose a su oído—. Descansa. Ya casi termina. Tomas la miró. Buscó el veneno en su vaso, el cable en el suelo, el arma bajo su cama. No había nada. La habitación estaba impecable, limpia, ventilada, desprovista de cualquier peligro físico. Solo estaba ella, mirándolo morir sin haber movido un solo dedo. El corazón de Tomas, exhausto de batirse contra un enemigo que nunca dio un golpe, dio tres latidos arrítmicos, un chasquido sordo en el pecho, y se detuvo para siempre. El entierro en el cementerio de St. Judas fue sobrio y concurrido. Todos los vecinos de la parroquia elogiaron la entereza admirable de la viuda, quien, de riguroso luto y con velo de gasa negra, depositó una solitaria rosa blanca sobre la lápida de mármol. Aquella noche, de regreso a la solitaria casa de Kensington, Mary subió la escalera sin prisa, pisando con firmeza el centro de cada peldaño. Entró en el cuarto de baño, encendió las luces, llenó la bañera hasta el borde con sales aromáticas y se sumergió en el agua caliente, dejando que el vapor disipara cincuenta años de tedio conyugal. Antes de cerrar los ojos para disfrutar del silencio absoluto de la casa, Mary unió las manos sobre el pecho, miró hacia el cielo raso y murmuró con sincera y humilde gratitud: —Gracias, Señor misericordioso. Bien sabes que una dama jamás debería ensuciarse las manos.