30MilSomosTodxs | Voces Recuperadas

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La idea de #30MilSomosTodxs, y también de Voces Recuperadas, es visibilizar a las víctimas del Terrorismo de Estado como una forma de seguir reclamando Verdad y Justicia por las compañeras y compañeros que fueron secuestrados, torturados, desaparecidos o asesinados. La dictadura cívico-militar no eligió al azar sus víctimas. Eligió personas comprometidas con un proyecto popular. Funcionarios, dirigentes, militantes, trabajadores, estudiantes, cada uno con una historia diferente y a la vez con un horizonte compartido. #30MilSomosTodxs

  1. Julio Antonio Martín Martín

    03/24/2020

    Julio Antonio Martín Martín

    Soy Julio Antonio Martín Martín. Nací en Madrid en el año 49, el mismo año en que mi padre fue contratado por la Ffacultad de Artes de Tucumán para enseñar metalistería artística. Unos años después mi madre viajó conmigo. Fui a la escuela Mitre en la primaria y egresé del secundario en el Instituto Técnico de la UNT. Me gustaba mucho dibujar, sobre todo autos y personas en diferentes posiciones. Quizás fue debido a este gusto por el dibujo que seguí la carrera de arquitectura. Mi otro placer es la música. Junto a tres compañeros armamos una banda de Jazz. Saxo, trompeta, contrabajo y batería. El de la batería soy yo. Me enamoré de Marta Inés Gómez y nos casamos en enero de 1975. Comencé a trabajar como dibujante en la Maderera Lules mientras Marta terminaba sus estudios de bioquímica. En noviembre de 1975 nació Andrés, nuestro hijo. Julio fue secuestrado el 27 de diciembre de su lugar de trabajo. Cuentan los testigos que fueron dos autos con personal policial armado a buscarlo. Lo subieron al auto y nunca más se tuvo certeza de lo que hicieron con él. La Escuelita de Famaillá y el Arsenal Miguel de Azcuénaga, son algunos lugares por donde posiblemente lo hayan tenido cautivo. Todas las fuerzas consultadas respecto a su paradero, cuando se presentó un habeas corpus, negaron haberlo visto. En 2017 el Equipo Argentino de Antropología Forense comunicó que algunos restos encontrados por el CAMIT en el Pozo de Vargas pertenecen a Julio Antonio Martín Martín. Memoria, Verdad y Justicia. #30MilSomosTodxs

    2 min
  2. Eduardo Aníbal Serrano

    03/22/2020

    Eduardo Aníbal Serrano

    Soy Eduardo Aníbal Serrano. Nací en Tucumán en 1953. Egresé del Gymnasium Universitario y comencé las carreras de Historia y Filosofía, ambas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán en la cual me desempeñé como presidente del Centro de Estudiantes. Me casé con Cristina Aráoz, y nuestra hija Carla nació en septiembre de 1976. Ese año yo trabajaba en Buenos Aires, en el Instituto ILVEM de lectura veloz y bachillerato para adultos. Con el tiempo se supo que los dueños de este instituto, eran informantes de la Marina. El 26 de Octubre, a media mañana recibo el llamado de un amigo y compañero de trabajo, Robert Boudet, quien me pide que nos encontremos a tomar un café en la Confitería El Molino, de Av. Callao y Rivadavia. Yo desconocía que Robert había sido secuestrado dos días antes, en la noche del 24 de Octubre. Fue una trampa aquel llamado. Según testigos presenciales, fue un operativo conjunto de la Marina y el Ejército, había muchos hombres fuertemente armados y vestidos de civil. Al rato, otro compañero de ILVEM, me ve dentro de un Ford Falcon verde. Tiempo después, mi familia supo que me llevaron al Centro de exterminio, el Arsenal Miguel de Azcuénaga de Tucumán. Allí fui torturado tanto que perdí un ojo y un brazo. Un médico del Ejército, Rodríguez, le hace saber a mi suegro que yo estaba vivo en esos tiempos. En Julio de 1978, cuando todavía era el mundial de fútbol, un militar le comunica a un familiar de mi mujer que mi expediente había desaparecido... eso significaba que me podían haber trasladado a un centro de máxima seguridad. Mi familia no entendió que, en la jerga de los asesinos, aquello significaba la muerte. Cristina, mi mujer; Carla, mi hija a la que disfruté sólo 42 días y demás familiares, aún siguen esperando que me encuentren. Memoria, Verdad y Justicia. #30MilSomosTodxs.

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  3. Pedro Rondoletto

    03/21/2020

    Pedro Rondoletto

    Soy Pedro Rondoletto, nací en Tucumán el 1 de noviembre de 1920. Durante mi juventud, jugué al fútbol en los clubes Central Córdoba y San Martín. Entre a trabajar a la editorial y librería La Raza y ahí conocí a María Cenador, hija del dueño de la imprenta, nos enamoramos y nos casamos en 1947. Tuvimos tres hijos: Marta, Silvia y Jorge. La casa donde vivíamos tenía dos plantas; en la de abajo estábamos con mi hija Silvia y en la de arriba estaban Jorge y su esposa Azucena. Remodelamos un costado de la casa como un local en el que instalamos con mi socio Gramajo, una imprenta chica dedicada a papelería comercial y a la encuadernación, trabajo que hacía mi esposa, María, oficio que había estudiado en la universidad. Mis tres hijos, además de trabajar y estudiar, militaban políticamente, lo cual para mí era medio sorprendente, pues nunca percibí la política como algo cercano a mi realidad. María y yo nunca hablábamos de política. Al que más lo ubicaba era a Celestino Gelsi, un gobernador radical que apareció con la caída del peronismo en el 55, y mi mujer se inclinaba por la Democracia Cristiana. Nunca entendí de dónde los chicos habían salido peronistas, tantos años después. El 2 de noviembre de 1976, entre las 2 y 3 de la tarde, un grupo compuesto de más o menos 30 hombres armados pertenecientes a la V Brigada de Infantería bloquearon la cuadra y entraron a la imprenta. Los hombres vestían de civil, con medias de nylon cubriendo sus rostros, y portaban armas cortas y largas y todos tenían voz de mando como los del Ejército. Al identificarme, uno de ellos me golpea brutalmente y así me llevan al interior de la casa donde ya se encontraban mi esposa y mi hija Silvia, también rodeadas de militares. Simultáneamente, un tercer grupo de encapuchados trajo del departamento de arriba a mi hijo Jorge y a mi nuera Azucena Bermejo quien ya tenía un embarazo de cuatro meses. Luego de aproximadamente 35 minutos, nos sacan de la casa, con los ojos vendados y bolsas sobre nuestras cabezas. A María y a mí nos metieron en un auto del estado, y a los chicos, en un auto negro. Antes de partir, uno de los hombres le dijo mi socio que tenía veinticuatro horas para cerrar la imprenta… o le pondrían una bomba. Los secuestradores se apoderaron de todas las pertenencias que encontraron. Durante varios días la casa estuvo siendo saqueada, y se quedaba un hombre a custodiarla. También sustrajeron los dos automóviles de la familia, un AMI 8, de mi propiedad y un Citroën 3 CV propiedad de mi hijo Jorge. Mi auto fue entregado como gratificación por el Comisario Roberto ALBORNOZ a un Sargento que iba a jubilarse y que nos había custodiado en la Jefatura de Policía. Luego nos pasaron a la cárcel de Villa Urquiza y finalmente al Arsenal Miguel de Azcuénaga, donde fui fusilado junto a mi hijo Jorge. Nos habían sacado del recinto de detención y entregados al Primer Alférez Roberto Barraza, quien junto al Teniente Coronel Cafarena y dos o tres gendarmes más, nos conducen al borde de una fosa. Cafarena da la orden de disparar y luego de caer, nos arrojan encima ramas, llantas, aceite y gasoil, y nos prenden fuego. Yo permanezco aún con vida cuando me arrojan otra rueda de tractor y le prenden fuego. El Ex gendarme Antonio Cruz pide a Barraza que me mate, pero éste se niega, dejándome morir quemado. Cuarenta años después, en 2016, partes de los restos de mi familia fueron encontrados por el CAMIT, en el Pozo de Vargas e identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Un año después identificaron mis restos, también, extraídos del Pozo de Vargas. Memoria, verdad, justicia. #30MilSomosTodxs

    5 min
  4. María Cenador de Rondoletto

    03/21/2020

    María Cenador de Rondoletto

    Soy María Cenador, me dicen “Nena”. Nací en Tucumán y era hija de Andrés Cenador Aparicio y Ramona Barrasa. Mi padre tenía la imprenta y librería “La Raza”, que llegó a convertirse en una muy reconocida editorial en Tucumán. Cuando tenía 16 años, mi madre falleció. Luego el amor llegó a mi vida: me enamoré de Pedro Rondoletto, un empleado de la imprenta al que todos querían mucho. Era un gran jugador de fútbol. Nos pusimos de novios, nos casamos en 1947 y tuvimos tres hijos: Marta, Silvia y Jorge. Formamos una familia unida y fuerte. Cuando los chicos fueron más grandes, decidí comenzar a trabajar y luego me puse a estudiar encuadernación en la UNT. Con ese título, me sumé como encuadernadora en la imprenta de mi marido y un socio, la que funcionaba en un local delantero, en la propia vivienda familiar. Mis tres hijos y mi nuera, Azucena, militaron en diferentes agrupaciones, discutían y hablaban mucho al respecto. También comencé a compartir ese otro universo del compromiso político, aunque mi marido no se involucraba en esas perspectivas. Yo era más abierta a escuchar y también a expresar mis opiniones. Era la que estaba más al tanto de las actividades de mis hijos, que tenían un fuerte compromiso con lo social y político. El 2 de noviembre de 1976, alrededor de las 14, un grupo de tareas se presentó en nuestro domicilio y nos secuestraron a Pedro –que estaba trabajando en la imprenta–, a mi hija Silvia, a Jorge y a Azucena, que estaban en su casa en la planta alta, y a mí. Azucena estaba embarazada de cuatro meses en ese momento. Los cinco fuimos llevados con los ojos vendados y las cabezas cubiertas con bolsas. Pedro y yo fuimos puestos en una rural y mis hijos y mi nuera en un auto negro. Antes de partir, le dijeron al socio de mi marido que tenía 24 horas para desmantelar la imprenta y, si no lo hacía, pondrían una bomba. Los días posteriores al secuestro mi casa continuó siendo saqueada. Fueron los padres de Azucena los primeros que comenzaron a buscarnos…. en todos los casos la respuesta fue el silencio. Mi hija Marta, que ya por ese entonces vivía en Buenos Aires, se enteró de nuestro secuestro, quince días más tarde. Fuimos llevados a la Jefatura de Policía, luego a la cárcel de Villa Urquiza y finalmente al Arsenal Miguel de Azcuénaga. Al parecer, Pedro y Jorge fueron fusilados en este último centro clandestino. Cuarenta años después, en 2016, nuestros restos fueron encontrados por el CAMIT en el Pozo de Vargas e identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense. El bebé que esperaba mi nuera y que debió nacer entre marzo y abril de 1977, continúa desaparecido. Memoria, verdad y justicia. #30MilSomosTodxs Nota: CAMIT (Colectivo de Arqueología, Memoria e Identidad de Tucumán)

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