1376 – Mt 17:1-2 – La transfiguración, la gloria del Rey. Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Jesús va a dar un destello de la gloria y majestad de Dios que será manifestada a toda plenitud en su segunda venida. No se va a tratar de un milagro por lo cual Jesús resplandeció glorioso a los ojos de tres de sus discípulos, sino la manifestación de la gloria que siempre tiene por ser Dios, en la unidad con el Padre y el Espíritu Santo. Juan testificará diciendo: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.” (Jn 1:14). La transformación del Hijo (Mt 17:1-2). “Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.” En esta ocasión el Señor toma a tres de sus discípulos, suben a un monte que se cree sea Hermón, para que sean testigos de lo que va suceder. Era necesario tener un testimonio eficaz según Dt 17:6; 19:15. Mateo y Marcos precisan el tiempo diciendo que solo habían pasado seis días (Mr 9:2). Lucas no contradice porque introduce el adverbio como para establecer un aproximado de ocho días (Lc 9:28). El Señor había dicho: “Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras. De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino.” (Mt 16:27-28). Ahora Jesús está dando un pincelazo del destello de la gloria de Dios. El Señor se transfiguró, cambió de aspecto revelando la deidad de Dios, y resplandeció su rostro como el sol. Marcos describe: “Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos.” (Mr 9:3). Mateo dice que: “sus vestidos se hicieron blancos como la luz”. La luz representaba la gloria y la majestad de Jesús. En la eternidad, la Jerusalén celestial, “no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.” (Ap 21:23). Los santos testigos (Mt 17:3-4). “Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.” Además de la resplandeciente gloria de Dios, aparecen Moisés y Elías hablando con el Señor. Lucas dice que Moisés y Elías: “aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén.” (Lc 9:31). Pedro testificaría luego hablando sobre la segunda venida de Cristo diciendo: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad.” (2Pe 1:16). Pedro quería permanecer a solas con la gloria del Señor. Pero eso era un obstáculo para los planes de Dios porque Jesús tenía que salir a Jerusalén para ser crucificado. Pedro recordaría: “En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre.” (Sal 16:11). La manifestación del Padre (Mt 17:5-6). “Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd. Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor.” Ahora los tres discípulos son rodeados de la gloria de Dios, una nube de luz. Dios había manifestado a Israel su gloria, su presencia con una nube de luz. Algunos casos en Ex 16:10; 19:9-16; 24:15; 33:9; 40:32.