EL PODER DE SER UN AMADO Introducción Esta semana tuve una bonita experiencia (en medio de otras algo amargas): en la misma noche, Caleb tuvo un sueño que marcó su vida y yo recibí respuesta en cuanto a comprarle o no el coche a mi padre. Al despertar hubo un pasaje que golpeó mi corazón: Salmo 127:2 pues Él da a su amado aun mientras duerme Ser es superior al hacer: el principio espiritual del Salmo 127 El Salmo 127 comienza con una afirmación radical que desmonta toda espiritualidad centrada en el esfuerzo humano: «Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia.» «Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores; pues a su amado dará Dios el sueño.» (Salmo 127:1-2, RVR1960) Aquí se establece un principio eterno: ninguna obra tiene peso eterno si Dios no está en su origen, su centro y su sustento. El texto no desacredita el esfuerzo, sino la autosuficiencia. No critica el hacer, sino el hacer separado del ser. Sin Dios, todo hacer es vano. Con Dios, el ser “amado” transforma completamente el hacer. La palabra clave del pasaje no es “sueño”, ni “trabajo”, ni “pan”. La palabra clave es amado. Dios cuida a sus amados. “Amado” en el Antiguo Testamento La palabra hebrea traducida como “amado” es Yadid. No describe una función ministerial, ni un logro moral, ni una posición social, describe una relación íntima y afectiva. Cuando Moisés bendice a las tribus de Israel, dice de Benjamín: «A Benjamín dijo: El amado (Yadid) de Jehová habitará confiado junto a él; lo cubrirá siempre, y entre sus hombros morará.» (Deuteronomio 33:12) Aquí se concentran tres grandes verdades del amado: confianza, cobertura y cercanía. El amado no vive a la intemperie espiritual; vive bajo cuidado constante. El salmista ora: «Para que se libren tus amados (Yadid), salva con tu diestra, y respóndeme.» (Salmo 60:5) Daniel: el muy amado En el libro de Daniel aparece una expresión que define toda una vida: «Daniel, varón muy amado, está atento a las palabras que te hablaré…» (Daniel 10:11) Y de nuevo: «No temas, varón muy amado; paz sea contigo; esfuérzate y aliéntate.» (Daniel 10:19) Daniel no es presentado ante el cielo por su cargo político, ni por su disciplina espiritual, ni siquiera por su don profético, sino por su relación: muy amado. A los muy amados Dios les confía revelaciones profundas, les comunica sus planes y les fortalece en medio de contextos hostiles. El amado oye la voz de Dios y recibe fuerzas para seguir adelante. Dios invierte en lo que ama: una verdad reveladora Invertimos en aquello que amamos. Ajustamos prioridades, destinamos recursos, protegemos y cuidamos lo que tiene valor para nosotros. El amor siempre busca el bien del amado. Mi experiencia con mi perrito... Gastamos en él, aunque nos cuesta, pero ya es un deber, porque le tenemos cariño. La Escritura revela que Dios actúa exactamente así: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Romanos 8:32) Dios ya ha hecho la mayor inversión imaginable: entregó a su Hijo amado. Si eso es verdad —y lo es—, entonces todo lo demás queda claro. Dios no puede evitar buscar nuestro bien, porque nos ama. Los beneficios de ser un amado La Escritura muestra una y otra vez qué produce esta identidad: 1. Descanso – “A su amado dará Dios el sueño.” Salmo 127. 2. Protección – “Habitará confiado.” Benjamín. 3. Revelación – Como a Daniel. 4. Autoridad espiritual – Jesús, el Hijo amado. 5. Dirección – Dios habla al amado. “Este es mi Hijo Amado”. Ser amado no es un título pasivo, es una posición poderosa. Jesucristo: el Hijo amado Toda la Escritura se centra en una persona: Jesucristo. La identidad de “amado” alcanza en Él su máxima expresión. Antes de predicar, antes de hacer milagros, antes de elegir discípulos, el Padre declara públicamente: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» (Mateo 3:17) El evangelista menciona el cumplimiento de una profecía de Isaías: Mateo 12:18 He aquí mi siervo, a quien he escogido; Mi Amado, en quien se agrada mi alma; Pondré mi Espíritu sobre él, Y a los gentiles anunciará juicio. Su obediencia, su autoridad y su entrega fluyen desde una identidad segura, de Hijo. En el monte de la transfiguración, el Padre vuelve a decir: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.» (Mateo 17:5) Toda cristología sana nace de esta confesión: Jesús es el amado eterno del Padre. Amados en el Amado: nuestra identidad en Cristo El evangelio no consiste solo en que Cristo es amado, sino en que nosotros somos introducidos en esa misma relación. Pablo lo expresa así: «Nos hizo aceptos en el Amado.» (Efesios 1:6) Nuestra identidad no está basada en nuestro rendimiento espiritual, sino en nuestra unión con Cristo. Somos amados en Él. Jesús afirma: «El Padre mismo os ama.» (Juan 16:27) Y en su oración sacerdotal declara algo que sobrepasa toda lógica humana: «Los has amado a ellos como también a mí me has amado.» (Juan 17:23) El mismo amor con el que el Padre ama al Hijo eterno es el amor con el que ama a los que están en Cristo. No obedecemos para ser amados. Obedecemos porque ya lo somos. Los frutos de vivir como amados La identidad produce transformación: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.” (2 Corintios 7:1) 1 Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. 2 Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. (Efesios 5:1-2) Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia... (Colosenses 3:12) Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. (1 Juan 4:7) El que vive como amado descansa, obedece, ama y sirve desde una identidad segura. El Espíritu Santo: el testigo interior La identidad de ser amados no es solo una verdad doctrinal que aceptamos con la mente; es una realidad espiritual que se experimenta en el corazón. Y aquí entra en escena la obra imprescindible del Espíritu Santo. Dios no quiso que la certeza de su amor dependiera únicamente de nuestra capacidad de creer o recordar textos bíblicos. Por eso envió a su Espíritu para que dé testimonio interno, profundo y personal, de que somos verdaderamente sus hijos. El apóstol Pablo lo expresa con una claridad extraordinaria: “Porque no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.” (Romanos 8:15–16) Aquí se nos revela algo fundamental: el Espíritu Santo no solo informa, confirma; no solo enseña, testifica; no solo ilumina la Palabra, sella la identidad. El Espíritu Santo es quien rompe el espíritu de orfandad y esclavitud. Ya no nos acercamos a Dios como siervos inseguros, sino como hijos amados que claman “Abba”, una expresión íntima, cercana, profundamente afectiva. El amor derramado, no solo declarado Pablo va aún más lejos cuando afirma que el amor de Dios no es solo proclamado desde el cielo, sino derramado dentro del corazón del creyente: “Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” (Romanos 5:5) Esto es crucial para entender el poder de ser un amado. El amor de Dios no es una idea abstracta, ni un concepto teológico distante. Es una experiencia espiritual, una obra interna del Espíritu Santo. Hay creyentes que conocen versículos sobre el amor de Dios, pero viven como si no fueran amados. ¿Por qué? Porque esta verdad no se sostiene solo con información bíblica, sino con revelación espiritual. Es el Espíritu Santo quien: • hace real el amor del Padre, • sana la imagen distorsionada de Dios, • restaura corazones heridos, • y establece una identidad firme y segura. Sin el Espíritu Santo, la doctrina puede volverse fría. Con el Espíritu Santo, la verdad arde en el corazón. El Espíritu Santo y la seguridad del amado Ser amado implica vivir con seguridad espiritual. Y esa seguridad nace del sello del Espíritu. Pablo escribe a los efesios: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa.” (Efesios 1:13) El sello habla de pertenencia. El Espíritu Santo es la garantía de que le pertenecemos a Dios y de que su amor no es provisional ni condicional. Por eso, cuando el creyente vive lleno del Espíritu: • deja de buscar aprobación, • deja de vivir desde la culpa, • deja de servir desde el miedo. El Espíritu Santo nos recuerda constantemente que no somos tolerados, sino amados; no somos huéspedes, sino hijos; no somos trabajadores, sino herederos. El Espíritu y la experiencia del amor que transforma Juan, el discípulo a quien Jesús amaba, escribe con una autoridad nacida de la experiencia: “Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.” (1 Juan 4:16) Este “conocer” no es meramente intelectual. Es relacional, vivencial. Y ese conocimiento solo es posible por la obra del Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo gobierna, el creyente: • permanece en el amor, • camina en obediencia, • descansa en la filiación. Así se