Juan Carlos Parra

Juan Carlos Parra Valero

Mensajes de edificación predicados desde A los Pies del Rey, Radio Tv Vida o de algunas de las conferencias impartidas en mis viajes. Tienes más mensajes en mi blog pastorjuancarlosparra.com y en mi perfil de Youtube: https://www.youtube.com/c/JUANCARLOSPARRAVALERO

  1. Un profeta visitó España (Max Barroso)

    3D AGO

    Un profeta visitó España (Max Barroso)

    Un profeta visitó España (Max Barroso) El 20 de febrero de 2026, en la asamblea anual de la FPCE, Max Barroso, representante internacional del ministerio EveryONE trajo una palabra a los pastores y líderes presentes que es una voz profética muy oportuna para este tiempo: Mensaje de Max Barroso – Representante de EveryONE El sonido comenzó a cambiar. Hace quince años trabajábamos con esperanza, aunque no veíamos resultados. Pero con el paso del tiempo, ese sonido de fe comenzó a mezclarse con un tono de amargura. Las conversaciones alrededor de la mesa ya no estaban llenas de expectativa sino de cansancio. Sin darnos cuenta, nuestras palabras comenzaron a reflejar una reducción en nuestra visión de Dios. Seguíamos sirviendo, sí, pero muchas veces por obligación. Sabíamos que hubo un llamado, lo entendíamos como obediencia, pero habíamos perdido el gozo de la relación. Y el Señor nos dice hoy: Yo no me he olvidado de ti. Yo no soy hombre para mentir. El problema no es la ausencia de promesa. El problema es cuando la esperanza se transforma en resignación. Por eso la palabra en Isaías 54:1–4 es tan confrontativa: “Regocíjate, oh estéril…” ¿Regocijarme cuándo? En medio de la situación mala. Cuando aún no ha cambiado nada. Cuando el vientre sigue cerrado. Regocíjate. Recupera el sonido de fe y de alabanza de tu juventud. Como dice Oseas 2, vuelve a cantar como en los días de tu desposorio. Celebra lo que voy a hacer, no mires más atrás. Nuestra fe es necesaria para la obra. La promesa se cumplirá. Pero si Dios va a traer hijos, prepara tu casa. Prepárate para tener muchos hijos. En 1 Samuel 1 encontramos a Ana. Ella tenía una porción escogida, una doble porción de amor, pero el Señor había cerrado su vientre. Y una doble porción nunca sustituye la multiplicación. Puedes tener estructura, reconocimiento, incluso estabilidad… pero si hay esterilidad, no hay trascendencia generacional. No nos conformemos con la doble porción si el vientre está cerrado. Ana provocó una atmósfera. No fue una atmósfera de queja pasiva. Fue una atmósfera de desesperación santa, de fe intensa, de “no le voy a negar nada al Señor”. Ella decidió que no se conformaría mientras hubiera Samueles por nacer. Y cuando hizo voto, lo cumplió. Cuando el milagro llegó, no retrocedió. Entregó a su hijo. Y en el momento en que lo entregó, la revelación comenzó a fluir. En 1 Samuel 2:1 Ana profetiza acerca del Ungido, del Rey que vendría. Está viendo generaciones adelante. La Escritura dice que antes de que la lámpara se apagara y cuando los ojos de Elí comenzaban a oscurecerse, Samuel dormía en el templo donde estaba el arca. Era un momento crítico: una generación a punto de extinguirse. Pero antes de que la lámpara se apague, Dios siempre habla a una nueva generación. Hoy el Espíritu del Señor se está derramando sobre la Generación Z. Hay movimientos de adoración continua. Hay despertares en Florida, en Buenos Aires, en Singapur, en campus de Estados Unidos. Dios está soplando sobre una generación que no quiere tradición sin presencia. La pregunta es: ¿qué atmósfera estamos creando nosotros? Porque los padres espirituales debemos proteger y guiar, como Elí acompañó a Samuel cuando aprendió a reconocer la voz de Dios. Debemos decirles: “Vuelve a la presencia. Deja que Él te hable de lo que has de hacer.” No podemos mantenerlos encerrados en nuestra casa —es decir, en nuestra iglesia, en nuestro ministerio, en nuestro modelo—. Debemos entregarlos para que sirvan al Señor en todas las esferas. Ana abrió su mano. ¿La abriremos nosotros? En Lucas 1 encontramos otro ejemplo. Zacarías y Elisabet, estériles y de edad avanzada. En el lugar santo, el ángel anuncia un hijo. Y cuando nace, rompen con la tradición familiar y declaran: “Se llamará Juan.” Al hacerlo, están diciendo: esta generación no está para perpetuar nuestro nombre, sino para cumplir un propósito mayor. Cuando Zacarías suelta el nombre, su lengua también se suelta y comienza a profetizar. Qué contraste tan poderoso: Zacarías vestía con vestiduras sacerdotales. Juan vestiría pelo de camello. Uno representaba la tradición del templo. El otro, la voz que clama en el desierto. Pero el padre le dio espacio al hijo. Dio lugar a lo nuevo. Si no soltamos, no veremos profecía fluir. Isaías 54 termina con una declaración estremecedora: “Te extenderás a derecha y a izquierda; tu descendencia heredará naciones y habitará ciudades asoladas.” Eso no es solo para nosotros. Es para nuestros hijos. Para los Samueles. Para los Juanes. Pero depende de que seamos buenos padres espirituales. Depende de que no nos conformemos con nuestro pequeño éxito mientras haya una generación esperando nacer. Depende de que celebremos antes de ver. De que ensanchemos la tienda antes de que lleguen. El Señor le dice a la Iglesia que se siente estéril: Celebra. Ensánchate. Alarga tus cuerdas. Refuerza tus estacas. No seas escasa. No queremos solo escuchar historias de avivamientos pasados. Queremos ver a la Iglesia haciendo historia ahora. Recuperemos el sonido correcto. No el sonido de la resignación. Sino el sonido de fe. Porque antes de que la lámpara se apague, Dios ya está hablando a una generación. En el nombre de Jesús. Amén.

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  2. El poder de ser un amado

    12/22/2025

    El poder de ser un amado

    EL PODER DE SER UN AMADO Introducción Esta semana tuve una bonita experiencia (en medio de otras algo amargas): en la misma noche, Caleb tuvo un sueño que marcó su vida y yo recibí respuesta en cuanto a comprarle o no el coche a mi padre. Al despertar hubo un pasaje que golpeó mi corazón: Salmo 127:2 pues Él da a su amado aun mientras duerme Ser es superior al hacer: el principio espiritual del Salmo 127 El Salmo 127 comienza con una afirmación radical que desmonta toda espiritualidad centrada en el esfuerzo humano: «Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia.» «Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores; pues a su amado dará Dios el sueño.» (Salmo 127:1-2, RVR1960) Aquí se establece un principio eterno: ninguna obra tiene peso eterno si Dios no está en su origen, su centro y su sustento. El texto no desacredita el esfuerzo, sino la autosuficiencia. No critica el hacer, sino el hacer separado del ser. Sin Dios, todo hacer es vano. Con Dios, el ser “amado” transforma completamente el hacer. La palabra clave del pasaje no es “sueño”, ni “trabajo”, ni “pan”. La palabra clave es amado. Dios cuida a sus amados. “Amado” en el Antiguo Testamento La palabra hebrea traducida como “amado” es Yadid. No describe una función ministerial, ni un logro moral, ni una posición social, describe una relación íntima y afectiva. Cuando Moisés bendice a las tribus de Israel, dice de Benjamín: «A Benjamín dijo: El amado (Yadid) de Jehová habitará confiado junto a él; lo cubrirá siempre, y entre sus hombros morará.» (Deuteronomio 33:12) Aquí se concentran tres grandes verdades del amado: confianza, cobertura y cercanía. El amado no vive a la intemperie espiritual; vive bajo cuidado constante. El salmista ora: «Para que se libren tus amados (Yadid), salva con tu diestra, y respóndeme.» (Salmo 60:5) Daniel: el muy amado En el libro de Daniel aparece una expresión que define toda una vida: «Daniel, varón muy amado, está atento a las palabras que te hablaré…» (Daniel 10:11) Y de nuevo: «No temas, varón muy amado; paz sea contigo; esfuérzate y aliéntate.» (Daniel 10:19) Daniel no es presentado ante el cielo por su cargo político, ni por su disciplina espiritual, ni siquiera por su don profético, sino por su relación: muy amado. A los muy amados Dios les confía revelaciones profundas, les comunica sus planes y les fortalece en medio de contextos hostiles. El amado oye la voz de Dios y recibe fuerzas para seguir adelante. Dios invierte en lo que ama: una verdad reveladora Invertimos en aquello que amamos. Ajustamos prioridades, destinamos recursos, protegemos y cuidamos lo que tiene valor para nosotros. El amor siempre busca el bien del amado. Mi experiencia con mi perrito... Gastamos en él, aunque nos cuesta, pero ya es un deber, porque le tenemos cariño. La Escritura revela que Dios actúa exactamente así: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Romanos 8:32) Dios ya ha hecho la mayor inversión imaginable: entregó a su Hijo amado. Si eso es verdad —y lo es—, entonces todo lo demás queda claro. Dios no puede evitar buscar nuestro bien, porque nos ama. Los beneficios de ser un amado La Escritura muestra una y otra vez qué produce esta identidad: 1. Descanso – “A su amado dará Dios el sueño.” Salmo 127. 2. Protección – “Habitará confiado.” Benjamín. 3. Revelación – Como a Daniel. 4. Autoridad espiritual – Jesús, el Hijo amado. 5. Dirección – Dios habla al amado. “Este es mi Hijo Amado”. Ser amado no es un título pasivo, es una posición poderosa. Jesucristo: el Hijo amado Toda la Escritura se centra en una persona: Jesucristo. La identidad de “amado” alcanza en Él su máxima expresión. Antes de predicar, antes de hacer milagros, antes de elegir discípulos, el Padre declara públicamente: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» (Mateo 3:17) El evangelista menciona el cumplimiento de una profecía de Isaías: Mateo 12:18 He aquí mi siervo, a quien he escogido; Mi Amado, en quien se agrada mi alma; Pondré mi Espíritu sobre él, Y a los gentiles anunciará juicio. Su obediencia, su autoridad y su entrega fluyen desde una identidad segura, de Hijo. En el monte de la transfiguración, el Padre vuelve a decir: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd.» (Mateo 17:5) Toda cristología sana nace de esta confesión: Jesús es el amado eterno del Padre. Amados en el Amado: nuestra identidad en Cristo El evangelio no consiste solo en que Cristo es amado, sino en que nosotros somos introducidos en esa misma relación. Pablo lo expresa así: «Nos hizo aceptos en el Amado.» (Efesios 1:6) Nuestra identidad no está basada en nuestro rendimiento espiritual, sino en nuestra unión con Cristo. Somos amados en Él. Jesús afirma: «El Padre mismo os ama.» (Juan 16:27) Y en su oración sacerdotal declara algo que sobrepasa toda lógica humana: «Los has amado a ellos como también a mí me has amado.» (Juan 17:23) El mismo amor con el que el Padre ama al Hijo eterno es el amor con el que ama a los que están en Cristo. No obedecemos para ser amados. Obedecemos porque ya lo somos. Los frutos de vivir como amados La identidad produce transformación: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.” (2 Corintios 7:1) 1 Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. 2 Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. (Efesios 5:1-2) Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia... (Colosenses 3:12) Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. (1 Juan 4:7) El que vive como amado descansa, obedece, ama y sirve desde una identidad segura. El Espíritu Santo: el testigo interior La identidad de ser amados no es solo una verdad doctrinal que aceptamos con la mente; es una realidad espiritual que se experimenta en el corazón. Y aquí entra en escena la obra imprescindible del Espíritu Santo. Dios no quiso que la certeza de su amor dependiera únicamente de nuestra capacidad de creer o recordar textos bíblicos. Por eso envió a su Espíritu para que dé testimonio interno, profundo y personal, de que somos verdaderamente sus hijos. El apóstol Pablo lo expresa con una claridad extraordinaria: “Porque no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.” (Romanos 8:15–16) Aquí se nos revela algo fundamental: el Espíritu Santo no solo informa, confirma; no solo enseña, testifica; no solo ilumina la Palabra, sella la identidad. El Espíritu Santo es quien rompe el espíritu de orfandad y esclavitud. Ya no nos acercamos a Dios como siervos inseguros, sino como hijos amados que claman “Abba”, una expresión íntima, cercana, profundamente afectiva. El amor derramado, no solo declarado Pablo va aún más lejos cuando afirma que el amor de Dios no es solo proclamado desde el cielo, sino derramado dentro del corazón del creyente: “Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.” (Romanos 5:5) Esto es crucial para entender el poder de ser un amado. El amor de Dios no es una idea abstracta, ni un concepto teológico distante. Es una experiencia espiritual, una obra interna del Espíritu Santo. Hay creyentes que conocen versículos sobre el amor de Dios, pero viven como si no fueran amados. ¿Por qué? Porque esta verdad no se sostiene solo con información bíblica, sino con revelación espiritual. Es el Espíritu Santo quien: • hace real el amor del Padre, • sana la imagen distorsionada de Dios, • restaura corazones heridos, • y establece una identidad firme y segura. Sin el Espíritu Santo, la doctrina puede volverse fría. Con el Espíritu Santo, la verdad arde en el corazón. El Espíritu Santo y la seguridad del amado Ser amado implica vivir con seguridad espiritual. Y esa seguridad nace del sello del Espíritu. Pablo escribe a los efesios: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa.” (Efesios 1:13) El sello habla de pertenencia. El Espíritu Santo es la garantía de que le pertenecemos a Dios y de que su amor no es provisional ni condicional. Por eso, cuando el creyente vive lleno del Espíritu: • deja de buscar aprobación, • deja de vivir desde la culpa, • deja de servir desde el miedo. El Espíritu Santo nos recuerda constantemente que no somos tolerados, sino amados; no somos huéspedes, sino hijos; no somos trabajadores, sino herederos. El Espíritu y la experiencia del amor que transforma Juan, el discípulo a quien Jesús amaba, escribe con una autoridad nacida de la experiencia: “Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él.” (1 Juan 4:16) Este “conocer” no es meramente intelectual. Es relacional, vivencial. Y ese conocimiento solo es posible por la obra del Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo gobierna, el creyente: • permanece en el amor, • camina en obediencia, • descansa en la filiación. Así se

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