Homilías de cuatro minutos

Joseph Pich

Homilías cortas del domingo

  1. 2d ago

    32 Domingo A Parábola de la Vírgenes necias

    Parábola de las Vírgenes necias             Nos es difícil entender bien esta parábola porque no conocemos las costumbres de las bodas de los judíos. La boda se celebraba en la casa del padre de la novia. Después el novio iba a la casa de la novia para llevársela a su casa por la noche. La novia era acompañada de sus amigas solteras con los faroles encendidos para iluminar el camino. Esperar al novio con las lámparas apagadas sin aceite era inconcebible. Es como ir a un cumpleaños sin regalo, a comer sin traer una botella de vino, o ir a la iglesia sin dinero para la colecta.              Estamos esperando a Jesús, que viene a nuestro encuentro, con el farol de nuestra fe en la mano, lleno del aceite de nuestra caridad, de nuestro amor a Dios, levantándolo en alto, encendido con la llama de la esperanza, para ver cuando viene el esposo. Si no tenemos fe, no tenemos un farol para poner el aceite. Pero no es suficiente el aceite. Este debe estar encendido. El aceite es el amor que alimenta la llama, que ilumina la venida del esposo, nuestro caminar. El farol sin aceite no sirve de nada. También el demonio cree en Dios, pero no tiene amor. La esperanza es lo que mantiene el fuego encendido, aguardando la venida del esposo.             Hay una pintura famosa titulada “Jesús, la luz del mundo”. Se ve a Jesús con un farol encendido, rodeado de oscuridad, tocando a una puerta que hace mucho tiempo que no se ha abierto. La llama del fuego ilumina la faz de Jesús, bien bella, y se observa que tiene mucho interés en entrar. Pero la puerta no tiene pomo. Está en nuestro lado. Jesús está esperando a que abramos nosotros, golpeando la puerta sin cansarse. Tenemos la llave que puede abrir la cerradura. Sabemos que viene, pero no sabemos cuándo viene. Hay que estar despierto para abrirle la puerta.             Esta parábola nos enseña no solo a esperar a Jesús, sino también a estar bien dispuestos para cuando llegue. La vida cristiana no significa ser solo parte de la Iglesia, como miembros de un club, sino ser parte activa. No es suficiente haber hecho la primera comunión y ser confirmado. Tenemos que ser un cristiano que está vivo, que utiliza sus talentos, que da luz a los demás. Un hombre estaba en la cama muriéndose, rodeado de su familia. Preguntó a su mujer: ¿María, estás aquí? Si querido. A su hija: ¿Rosa, estás aquí? Si padre. A su hijo: ¿Carlos, estás aquí? Si padre. Entonces abrió los ojos incorporándose, diciendo: ¿Y quién se ocupa de la tienda? La Iglesia está en nuestras manos y deberíamos sentir la responsabilidad de cuidarla. Dos preguntas Jesús nos hará cuando venga: ¿Tienes aceite? ¿Diste luz a los demás?             No es suficiente tener fe, tener el farol. También nos hace falta el aceite. Es algo pequeño, pero es importante. Las cosas pequeñas marcan la diferencia. Si no hay aceite, no hay luz. No podemos estar rodeados de oscuridad cuando Jesús venga. Sino, no lo veremos venir. ¿De dónde sacamos el aceite? A través de los sacramentos, principalmente la comunión y la confesión, de nuestra vida de oración, de nuestro amor a los demás, de nuestras buenas obras, de lo que hacemos por el prójimo. Nuestro amor a Dios y a los demás son las aceitunas de las que podemos extraer el aceite puro y límpio. Necesitamos suficiente aceite para que nuestras lámparas estén siempre encendidas hasta que Jesús venga.   josephpich@gmail.com

  2. Oct 28

    Todos los Santos

    Todos los Santos             Una vez al año la Iglesia como buena madre se acuerda de nuestros hermanos que ya han entrado en la eternidad. En el primer día del mes los santos que están en el cielo; en el segundo, las almas del purgatorio. Se dice que hay unos diez mil santos canonizados por la Iglesia. Pero es imposible cuantificar todos los santos del cielo. No tenemos tiempo para canonizar a toda persona que entra en el paraíso: son millones. Los llamamos santos anónimos, que significa sin nombres, aunque para Dios todos tenemos un nombre escondido. Esperemos que un día esa será nuestra fiesta. Hoy es la fiesta más importante en el cielo por el número de santos que celebramos su dies natalis, su nacimiento a la vida eterna.             El recuerdo de los santos nos ayuda a levantar nuestros ojos hacia el cielo. A ellos no les afecta, pues ya están inmersos en Dios y no les hacen falta nuestras oraciones. Nosotros sí que necesitamos su ejemplo, su modelo de vida, inspiración e intercesión. No se trata de copiarlos, porque cada persona es única, sino para convencernos de que podemos ir al cielo, de que Dios nos quiere consigo y de que tenemos las gracias necesarias para conseguirlo.             ¿Qué es la santidad? No implica ser perfectos. Significa que cuando morimos, vamos derechos al cielo. Es imposible ser perfectos, pero podemos llegar al paraíso gracias a la ayuda de Dios. Todos tenemos la sensación de que si morimos ahora quizá podamos colarnos en el purgatorio. Entonces, ¿Cómo podemos pretender el cielo? Con la misericordia de Dios; es tan potente que nos puede hacer completamente limpios. Y ahí está para alcanzarla. Hoy la Iglesia nos quiere recordar que hemos sido creados para estar con Dios para siempre. Es bueno recordar la famosa pregunta que se hizo San Ignacio de Loyola, cuando leía las vidas de santos y experimentaba una paz maravillosa en su alma: Si ellos pudieron, ¿Por qué no yo? El demonio nos quiere desanimar y convencernos que es casi imposible llegar al cielo.             Un día la hermana de Santo Tomás de Aquino le formuló una pregunta difícil, quizá la más importante para nuestra vida, la misma que le hizo el joven rico a Jesús: ¿Qué debemos hacer para llegar al cielo? Santo Tomás, que era un hombre de pocas palabras, siempre preciso en sus explicaciones, respondió con una palabra: Quererlo. Es cuestión de deseo. Dios nos abrirá la puerta si lo queremos de verdad, si la empujamos con nuestra lucha y ambición.             Santa Josefina Bakhita al final de su vida expresó de una manera bien bonita el deseo que todos tenemos: “Viajo muy despacio, pasito a pasito, porque llevo conmigo dos maletas bien grandes. Una, llena de mis pecados, y la otra, más pesada, con los méritos de Jesucristo. Cuando llegue al cielo, abriré las dos maletas y le diré a Dios: Padre eterno, ahora me puedes juzgar. Y le diré a San Pedro: cierra la puerta, porque aquí me quedo.”   josephpich@gmail.com

  3. Oct 27

    31 Domingo A El mayor entre vosotros

    El mayor entre vosotros             Todos tenemos deseos de grandeza, de dejar un surco detrás de nosotros, o de inscribir nuestro nombre en el libro de oro de la historia. Es muy humano el intentar hacer algo que nos sobreviva. Pero hoy Jesús nos dice lo contrario: “Que el mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado.” Pensamos que fama y gloria nos harán felices, pero no es verdad. Es un momento de alegría y satisfacción, pero pasa enseguida, como el viento que cambia de dirección, o como una pompa de jabón que solo dura unos segundos.             Santo Tomás de Aquino demuestra que la fama no tiene la capacidad de satisfacernos. Dice que el honor viene de la felicidad, de algo que ya tenemos, una excelencia que ya poseemos. Por eso la felicidad no puede venir del honor. Viene de dentro de nosotros, no desde fuera. Las cosas de afuera no están en nuestro control, y muchas de ellas dependen de la apreciación de la gente. Lo que realmente causa nuestra felicidad es el conocimiento que Dios tiene de nuestra dignidad, el que seamos sus hijos.             Hacemos muchas cosas dependiendo de lo que la gente va a pensar de nosotros. Nos importa mucho nuestro prestigio, de manera que condiciona nuestro comportamiento. Miramos mucho hacia afuera. No pensamos en la otra vida. Nos olvidamos de que la gente que nos rodea se va a morir, y no deberíamos preocuparnos mucho de lo que piensan de nosotros. Lo que es muy importante es lo que piensa Dios de nosotros. Es crucial, pues un día vamos a encontrarnos directamente con él. Tendremos que explicar algunas cosas. ¿Cómo vamos a justificar las cosas que hemos hecho? No podremos excusarnos hablando de los demás.             Hay que ver lo que la gente hace para atraer la atención de los demás en el internet. Los comentarios que escriben, las fotos que publican, los videos suben, las caras que perfeccionan. Nos gustaría ser influencers, con miles de seguidores. Pero estos se queman fácilmente, con la presión de tener que publicar cosas constantemente. No tienen una vida normal. Es como el vicio de la avaricia: solo eres feliz cuando haces más dinero, no cuando lo gastas. Influencers solo son felices cuando aumentan sus clics. Debemos resistir la tentación de hacer comentarios en el internet. No pongas la foto de la puesta de sol. La cámara nunca podrá capturar su belleza. Deja que sea algo entre tu y Dios. Queremos impresionar a los demás. La mayoría de nuestras fotos desaparecerán cuando nuestro computador se rompa, o cuando la nube desaparezca en la próxima guerra mundial.             Éxito no es uno de los nombres de Dios. No necesita tener éxito porque todo lo que hace es perfecto. Éxito es algo muy humano pues podemos triunfar o perder. Para ser santo no hace falta triunfar en la vida. Es normalmente lo contrario; la gente que triunfa suele perder contacto con la realidad. Vuelan sin alas, y antes o después van a estrellarse. Si fueras un multimillonario no estarías escuchando este podcast. ¡Señor, guárdanos de la fama y del éxito!   josephpich@gmail.com

  4. Oct 20

    30 Domingo A El primer mandamiento

    El primer mandamiento             El capítulo 22 del evangelio de San Mateo es tiempo de preguntas. La semana pasada vimos la pregunta acerca del tributo al Cesar. También preguntaron acerca de la resurrección de los muertos. Ahora preguntan acerca del mandamiento más importante. Fue un abogado que quería probarle, para saber cuánto sabía acerca de la ley. Hay que tener cuidado con los abogados. Los Fariseos tenían 613 leyes y se debatían en interminables discusiones acerca de su importancia. Algunas leyes no eran fáciles de vivir. Jesús da una respuesta precisa y breve: ama a Dios por encima de todo y al prójimo como a ti mismo.             Es un mandamiento simple y sencillo: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.” Es la médula del mensaje cristiano, el resumen del Evangelio. No es fácil de vivir; tenemos la experiencia propia. Si lo sigues, te haces santo. Lo hemos escuchado muchas veces y nos gustaría cumplirlo. Pero ¿Es posible seguirlo? Dios no nos puede pedir algo que no podemos cumplir. Los santos lo han conseguido. Podemos intentarlo, pero ¿Queremos hacerlo? Somos creados para amar a Dios, y es la única manera de ser eternamente felices.             El Antiguo Testamento dice que Moisés era amado por Dios. Hablaba con él como un hombre habla con su amigo. Después de sus conversaciones con Dios, tenía que cubrir su faz porque emitía una luz tan brillante, que los israelitas no podían mirarle a la cara. No podemos ver la faz de Dios y vivir. Por eso Dios le dejó a Moisés ver su espalda: “Al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver.” Nos gustaría ver a Dios, aunque fuera sólo una parte, pero nuestro amor por él no es lo suficientemente fuerte como para conseguirlo.             Al final de nuestras vidas vamos a ser medidos en nuestro amor a Dios. Jesús, nuestro juez, va a sostener la balanza con los dos platillos, uno con nuestros pecados, y el otro con nuestros actos de amor. El de nuestros pecados está bien lleno. Debemos llenar el otro, para que pese más. Algunos santos fueron grandes pecadores: San Agustín y María Magdalena. Ellos llenaron el segundo platillo al final de sus vidas. Nos dan mucha esperanza. No te preocupes mucho de tus pecados; asegúrate de crecer en tu amor a Dios. Su secreto es amar con su amor; pídele ese don.             ¿Cuánto amo a Dios? Depende cuanto estamos dispuestos a hacer por él. ¿Estamos dispuestos a no ofenderle? Crecemos en nuestro amor a Dios de la misma manera que amamos a la gente: haciendo cosas por ellos, intentando no enfadarlos, pensando en ellos. Nuestra mente se va a la gente que queremos. Se habla de los cinco lenguajes del amor. Actos de servicio: debemos servir a Dios, haciendo cosas solo por él. Palabras de afirmación: alabamos a Dios cuando vamos a Misa. Tiempo de calidad: cuando dedicamos tiempo a la oración. Contacto físico: cuando comulgamos. Regalos: cuando somos generosos y le damos a Dios lo que nos pide.   josephpich@gmail.com

  5. Oct 13

    29 Domingo A El tributo al Cesar

    El tributo al César             Los Fariseos querían pillar a Jesús. Planearon una buena trampa. ¡Qué tontos! Pensamos que podemos sorprender a Dios. Otras veces nos enfadamos con él. Le culpamos de cosas de las que somos responsables nosotros. Tratamos de bajar a Dios a nuestro nivel. Si nos diéramos cuenta de la diferencia que hay entre él y nosotros, no osaríamos ni nombrar su nombre. Cuando ponemos a Dios en su sitio, nos damos cuenta de quien somos nosotros. Gracias a Jesús, un Dios que se hizo hombre, podemos acercarnos a él.             Era una trampa inteligente, sin salida airosa. Dijera lo que dijera Jesús, enfadaría a unos o a otros. Aunque los dos grupos se detestaban, les unía el odio hacia Jesús, y se pusieron de acuerdo contra él. Los Herodianos apoyaban a los Romanos, que habían puesto a Herodes como un rey de cartón; los Fariseos en cambio eran judíos nacionalistas. Si Jesús decía que no había que pagar el tributo, los Herodianos se lo dirían a los Romanos. Si decía lo contrario, los Fariseos tendrían algo contra él en frente de la gente, para criticarlo.             La respuesta de Jesús fue muy brillante, una manera de lanzarles el dardo de vuelta, como la que tuvo con los que querían apedrear a la mujer adúltera. Le permitió andar la línea del medio, sin caer en los dos extremos. Cuantas veces tomamos partido, hacia un lado o hacia el otro, blanco o negro, fallando de guardar el punto medio. Las herejías suelen poner el acento en un lado de la cuestión, sin mantener ambas partes unidas. En nuestra fe, la verdad trata de conservar el equilibrio entre ambos misterios: gracia y libertad, Dios y hombre, uno y tres, madre y virgen, cuerpo y alma, santo y pecador. Es más fácil caer en un extremo.             Hoy Jesús, aprovechando la ocasión de la trampa que le tendieron, nos dice que tenemos que dar al Cesar lo suyo, pero no más. Y en cambio a Dios hay que darle todo. Son dos niveles diferentes. Debemos proveer para el bien común, ayudar como podamos a nuestra sociedad, pero no podemos olvidar de que estamos de paso, y que venimos de Dios y a él volvemos. Todo lo que tenemos viene de él y debemos reconocer esta realidad en nuestras vidas.             Jesús les pidió a los Fariseos que le mostraran una moneda, no para quedársela, sino para preguntarles cual era la imagen impresa en ella: era la faz del Augusto. Nos recuerda de lo que está inscrito en nuestros cuerpos: la imagen de Dios. Nuestros cuerpos llevan grabada la hermosa y adorable faz de Cristo. Tenemos que preservarla, hacerla relucir y reproducirla de la mejor manera posible. No nos pertenece, no es nuestra y no podemos apropiárnosla. Devuelve a Jesús su imagen. Dicen que San Francisco de Asís ha sido la imagen de Cristo hasta ahora más perfectamente reproducida. Todos podemos ser en nuestra manera una imagen única de Cristo. El Beato Carlo Acutis solía decir que “todos somos pruebas originales; no te conviertas en una fotocopia.” Intentamos copiar los modelos que los medios sociales nos presentan. Si pudiéramos conocerlos, nos daríamos cuenta de su falta de virtud y santidad. Por el Bautismo, los cristianos tenemos grabados en nuestra alma un sello que nos hace ser lo que somos: imagen y semejanza de Jesús. Tu eres el único que puede hacerlo realidad.   josephpich@gmail.com

  6. Oct 6

    28 Domingo A Parábola del banquete de bodas

    Parábola del banquete de bodas             Dios nos ha invitado a un banquete de bodas en el reino de los cielos. Estamos todos invitados. Él quiere que todos acudamos. Pero respeta nuestra libertad. Es solo una invitación. Aunque es lo mejor para nosotros, no estamos obligados a aceptarla. Para los judíos los banquetes de bodas eran muy especiales; señalaba el mayor grado de felicidad que podían esperar. Duraban unos cuantos días, dependiendo de lo ricos que fueran los novios. Para nosotros las bodas son importantes, pero solo duran unas horas, aunque se piensan todos los detalles, todo debe ser perfecto, y no importa cuánto se gasta.             Pero esta boda es especial. Celebra la unión de Cristo con su Iglesia. Jesús es el novio y nosotros somos su novia, parte de la Iglesia. No solo nos invita a su boda, sino que somos su prometida. Nos invita a una unión más íntima que la unión conyugal. El matrimonio es para aquí abajo en la tierra, donde lo necesitamos para generar nuevas vidas. Arriba en el cielo no hace falta casarnos, porque nuestro esposo es Jesús. La unión que Jesús nos propone es una unión para siempre, para toda la eternidad. Él quiere que nos unamos a él de tal manera que nos identifiquemos con él. Aquí nos ofrece el anillo de prometido. Pero es posible vivir el cielo ya en esta tierra. Para los santos el banquete de bodas comienza aquí. Podemos imitarlos.             La mayoría de nosotros no queremos asistir a esta boda. No estamos convencidos. Nos inventamos toda clase de excusas: estoy muy ocupado, debo ver una película, estoy surfeando las redes sociales, he comprado un nuevo aparato, estoy cansado. Cada vez que hacemos lo que queremos, que no seguimos la voluntad de Dios, o cuando pecamos, estamos diciendo a Jesús que se guarde el anillo. No vemos la maravillosa piedra preciosa que está montada. Es un anillo más poderoso que el del Señor de los Anillos. Es el anillo que abre las puertas del paraíso y nos une a nuestro Dios.             Es imposible para nosotros imaginar el cielo. No tenemos todavía esos sentidos espirituales para disfrutarlo. Por eso rechazamos su invitación. Ese rechazo nos acerca al infierno. Su existencia es negada por el hombre moderno; no lo entiende, no lo acepta. ¿Cómo puede Dios crear ese lugar, un lugar horrible para toda la eternidad? Lo hemos creado nosotros con nuestros pecados. Él nos ha creado para el cielo. Dicen que la gente en el infierno no quiere salir; no están dispuestos a pedir perdón. Debemos fijar nuestros ojos en el premio, en el amor que Dios siente por nosotros.             Uno de los invitados al banquete de bodas fue echado fuera, pues no llevaba el vestido nupcial. San Gregorio Magno dice que ese vestido es la virtud de la caridad, nuestro amor a Dios. Es la única virtud teologal que perdura en el cielo. Debemos vestirla para entrar en el paraíso. Si no la vestimos seremos echados fuera, a las tinieblas exteriores. Tenemos toda la vida para hilar nuestro vestido de bodas. Cada uno teje el suyo y es único e irrepetible. Lo trenzamos poco a poco, cada día un hilo, con nuestras pequeñas buenas obras, con esos filamentos de amor que han quedado entrelazados en nuestro vestido nupcial.   josephpich@gmail.com

  7. Sep 29

    27 Domingo A Parábola de los viñadores homicidas

    Parábola de los viñadores homicidas              Las lecturas de hoy nos hablan de cuanto ha hecho Dios por nosotros y nuestra falta de correspondencia a su amor. La primera lectura del profeta Isaías es una canción alabando al viñedo. Un campo de viñas era muy preciado alrededor del Mediterráneo. Producía uvas, fruto del tiempo, vino, una buena bebida que se puede almacenar sin que se pudra, y uvas secas, que se guardan para el futuro. Requiere trabajo para conservar los viñedos en buen estado, y aprender el arte de la producción del vino. La parábola de los viñadores homicidas recalca nuestra responsabilidad de cuidar la viña del Señor y el deber de producir un buen vino espiritual.             Al principio Dios confió su viña al pueblo elegido. Les dio lo que necesitaban, la tierra prometida, que manaba leche y miel. Construyó una cerca para que vivieran en paz y prosperidad, sometiendo a los enemigos que tenían alrededor. Puso una torre en medio, dándoles profetas y reyes para que los guiaran. Pero no le fueron fieles y adoraron los dioses ajenos. Dios intentó que volvieran a él, y los perdonó cuando se arrepintieron. Pero siguieron rebelándose contra él y al final les envió a su propio hijo como último remedio. Lo agarraron, lo sacaron fuera de Jerusalén y lo crucificaron.             Hoy es un buen día para examinarnos de cómo nos estamos cuidando de la viña del Señor, del trozo de esta que Dios nos ha confiado. No es nuestra, pero deberíamos cuidarla como si lo fuera. Tenemos que asegurarnos que producimos el fruto que Dios espera de nosotros, no lo que a nosotros nos apetece, lo que nos gusta, sino lo que Dios quiere. Pensando más en los demás que en nosotros mismos. Sería una pena que escucháramos la amonestación de Jesús al final de la parábola dirigida a los judíos: “Se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos.”             ¿Qué fruto estamos produciendo? Es una pregunta que debemos hacernos de vez en cuando. Todos tenemos la sensación de que si Dios nos pidiera cuentas ahora, nos presentaríamos ante él con las manos vacías. No valen las excusas. Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para producir el tipo de vino que él espera. A veces somos perezosos, perdemos el tiempo con cosas inútiles, o dejamos que el vino se torne vinagre. Cuando venga a recoger el vino, al final de nuestra vida, esperemos que lo encuentre de su gusto. Sería una pena que nos lo hubiéramos bebido, o que tratáramos a su hijo como los viñadores homicidas.             Un amigo mío me contó de un famoso enólogo que cada año produce 500 botellas de vino de exquisita calidad, mezclando con destreza buenos caldos. Los vende en los Estados Unidos por mil dólares la botella, a los muy ricos que quieren aparentar. Le pregunté si esas botellas valían su exorbitante precio. Me comentó que debía ser un buen vino, pero no lo sabía, pues no podía permitirse el lujo de probarlo. El vino que debemos producir debe ser digno de la mesa del Señor, de tal calidad que podamos catarlo por una eternidad, y no nos cansemos de él.   josephpich@gmail.com

  8. Sep 22

    26 Domingo A Parábola de los dos hijos

    Parábola de los dos hijos             El domingo pasado, hoy y el próximo domingo la Iglesia nos presenta las parábolas de la viña. El Antiguo Testamento describe a Israel como la viña del Señor. Representa el cuidado que Dios tiene por nosotros. Un viñedo requiere mucho trabajo para producir un buen vino. El primer milagro de Jesús fue convertir agua en vino. El vino es comparado con la gracia que Dios nos da para hacernos felices y parecernos más a él. San Juan de la Cruz realza una bodega con el más alto estado de amor que el alma puede conseguir en esta vida. No podemos olvidar que el vino en la Misa se convierte en la sangre de Cristo.             Dios nos pide que le ayudemos a producir un vino añejo. Nos envía a trabajar en su viña, nuestra heredad. El vino que producimos es el que vamos a beber durante nuestro eterno descanso, y debemos asegurarnos de que es de la mejor cualidad. Se cuenta de un rey que dio a su hijo mucho dinero para construir un castillo. Como era un hombre avaro se guardó la mayoría y construyó un castillo económico con materiales baratos. Cuando acabó le dio las llaves a su padre. Este se las devolvió a él diciendo que era suyo. Deberíamos estar muy interesados en trabajar bien en la viña del Señor, porque lo que producimos nos pertenece.             Cuando Dios nos pide trabajar en su viña, a veces decimos que sí y a veces decimos que no. A veces vamos y a veces no vamos. Somos pecadores y muchas veces nuestra primera reacción es negativa. Pero con frecuencia luego nos arrepentimos. No debería preocuparnos mucho nuestra primera reacción, pues es fruto de nuestra soberbia o egoísmo. Lo importante es cambiar nuestra voluntad para adaptarla a la de Dios.             Cuando obedecemos, conformamos nuestra voluntad con la de Dios. Él prefiere nuestra docilidad más que los actos heroicos que pueden ser fruto de nuestra soberbia. Santa Teresa de Ávila tenía envidia de una monja que hacía mucha penitencia. Su director espiritual no la dejaba imitarla. Cuando se quejó a Jesús, este le dijo que prefería su obediencia más que la penitencia de esta monja. Podemos hacer muchas cosas fruto de nuestra soberbia, pero la obediencia siempre trae consigo la humildad.             En la segunda lectura de la Misa de hoy, de la carta a los Filipenses, San Pablo nos propone el ejemplo de Jesús, que se humilló a si mismo y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. La crucifixión estaba considerada como la peor forma de ejecución. Estaba reservada para los peores criminales. Jesús nos da una lección de docilidad, siguiendo la voluntad de su Padre Dios, para dar su vida por nosotros. Cuando nos cuesta hacer lo que Dios quiere, podemos mirar al crucifijo, a Jesús muriendo en la cruz.   josephpich@gmail.com

About

Homilías cortas del domingo

You Might Also Like