Homilías de cuatro minutos

Joseph Pich

Homilías cortas del domingo

  1. 6d ago

    Corpus Christi

    Corpus Christi              Hoy vamos a llevar a Jesús por las calles. Vamos a andar con él, a dar un paseo, a acompañarlo por los alrededores de la iglesia. Vamos a tocar música, quemar incienso y llevar flores. Queremos traer las flores de nuestras buenas obras. Durante el día podemos recoger las que encontramos por el camino y formar un buen ramo. Son pequeñas flores que nadie reconoce, pero que no pasan desapercibidas a un ojo delicado. Quemamos el incienso de nuestros buenos deseos, que llegan a la presencia del Dios Todopoderoso, a través del humo que sigue subiendo. Y tocamos nuestra mejor música, enviando nuestros pensamientos hacia él, expresando con palabras lo que llevamos en nuestro corazón.             Durante el Jueves Santo organizamos la procesión dentro de la iglesia, hacia el Monumento. Acompañamos a Jesús en el jardín de los olivos, hacia su agonía en Getsemaní. Es una procesión triste, con los apóstoles durmiendo, solo Judas despierto. Hoy vivimos el misterio del Jueves Santo a la luz de la resurrección, que sucedió unos días más tarde. Entonces fue el Via Crucis, el camino hacia la cruz, a través de las calles de Jerusalén. Hoy es el Via Lucis, el camino de la luz, brillante como la luz del sol al medio día. No pudimos celebrar laHostia Santa dignamente el Jueves Santo, porque Jesús iba a morir por nosotros. Después de su resurrección, se fue al cielo, pero se quedó con nosotros en el sagrario. Hoy le felicitamos por su presencia. Estamos agradecidos de que haya decidido quedarse con nosotros.             Es una fiesta magnífica. Como un rey que sale a encontrarse con sus súbditos. Tocamos música, cantamos canciones, nos alegramos de su presencia. Lo acompañamos con nuestros mejores vestidos, con nuestros mejores deseos, y con nuestra presencia reconocemos su realeza, su reinado sobre nosotros, y estamos contentos de ser ciudadanos de su reino, un reinado de paz y justicia, de verdad y de vida. Cantamos aleluya, hosanna, Dios salve al rey, que su reino dure para siempre.             Hemos hecho una alfombra de flores para que Jesús pueda pisar suave. Hoy en Europa hay una larga tradición de magnificas alfombras de flores serpeando por las calles de los pueblos, donde la gente va a admirar los colores y las formas preciosas, justo antes de la procesión. Cada casa diseña la suya, por las calles estrechas, decorando balcones y ventanas. En las grandes ciudades se utilizan grandes custodias antiguas, llevadas en alza por personas o empujadas en ruedas, con toda clase de joyas y piedras preciosas, incrustadas en oro y plata, elaboradas por los mejores joyeros.             Llevamos a Jesús debajo del palio, para cubrir su divinidad, velada detrás de un pedazo de pan, blanco como la nieve, ocultado a nuestros ojos sin fe. Normalmente se esconde dentro del sagrario, frio en invierno y caliente en verano. Pero hoy quiere ver la luz del día, mirar dentro de nuestras almas, curar nuestros cuerpos heridos, atravesar nuestra carne mortal. Desde la altura de la custodia, puede vernos por encima de nuestras cabezas, mirando hacia el futuro, perdonando nuestro mísero pasado. Y como en su camino al Calvario, nos encontramos con su madre, que nos espera en el camino, con el deseo de contemplar su faz, esta vez llena de alegría, cuando nos ve caminando con su hijo.   josephpich@gmail.com

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  2. May 25

    Santísima Trinidad

    Santísima Trinidad             Hoy subimos a la cima de la fe cristiana, al misterio de la Santísima Trinidad. Cuando contemplamos otros misterios de nuestra fe debemos andar de puntillas. Ahora tenemos que postrarnos ante la majestad de Dios, tocar el suelo con nuestra frente y guardar silencio. Estamos pisando tierra sagrada. No podemos ver a Dios y vivir. Sin embargo, Dios nos ha abierto su vida íntima. Nos ha dado acceso a su vida interior. Abre la puerta despacio y mira con asombro.             Decimos que Dios es incomprensible. No podemos meter a Dios dentro de esta calabaza que tenemos encima de nuestros hombros. Pero podemos intentarlo. San Josemaria decía que a veces Dios le daba luces para ver mejor, y se ponía muy contento; otras veces parecía que había chocado con un muro, y se ponía más contento, diciendo que Dios es mucho más grande de lo que podemos imaginar. Debemos sumergirnos en este misterio, sabiendo que nunca podremos tocar fondo, pero siempre podemos profundizar más. Santa Catalina de Siena decía que “la Santísima Trinidad es como un mar muy profundo, donde cuanto más buscas, más encuentras, y cuanto más encuentras, más buscas.” Deberíamos ser más ambiciosos. No podemos estar contentos como somos. Debemos profundizar más. Mira como los santos aman a Dios. No puedes hallar un amor más profundo y atractivo que el suyo.             Empleamos nuestro tiempo de muchas maneras, escuchando música, podcasts, audiolibros, viendo películas, siguiendo nuestras series de televisión, leyendo las noticias, las redes sociales, nuestros hobbies, temas de interés. Tratamos de llenar nuestro corazón con muchas cosas buscando la felicidad. Pero los charcos del camino no pueden hacernos felices. Debemos saciar nuestra sed con la auténtica agua viva de Dios. Venimos de él y a él volvemos. Hemos sido creados para conocerle y amarle.             Hay cuatro caminos clásicos para acceder a la Trinidad. Uno es a través de las cosas creadas. Del mismo modo que podemos descubrir a Dios en la creación, en la belleza de la naturaleza, también podemos encontrar huellas de la Trinidad, aunque más escondidas. Los teólogos hablan de grupos de tres: aire, agua y fuego; lluvia, granizo y nieve; arrollo, lago y mar; padre, madre e hijo. Puedes buscar más por tu cuenta. Otro camino es la realidad de la inhabitación de la Trinidad en el alma del justo. Si somos amigos de Dios, él está con nosotros, haciendo su morada en lo más profundo de nuestra alma. Lo encontramos dentro de nosotros. No tenemos que mirar hacia fuera. San Agustín nos dice: “Tu estabas dentro de mí y yo te buscaba fuera de mí.”             El tercer lugar es la Sagrada Escritura. Dios nos ha revelado este misterio en el Nuevo Testamento, con la llegada de Jesús. En el Antiguo Testamento Dios había acentuado la unicidad, para evitar la creencia en muchos dioses. Cuando estábamos dispuestos, nos abrió su intimidad. El cuarto es la liturgia, la acción pública de la Iglesia, especialmente la Eucaristía. Cuando participamos en la Misa, estamos asistiendo a la liturgia del cielo, celebrada por la Santísima Trinidad. Podemos escondernos detrás de nuestra Madre.     josephpich@gmail.com

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  3. May 18

    Pentecostés

    Pentecostés              Con la fiesta de Pentecostés finaliza el tiempo de Pascua. Llevamos un tiempo preparándonos para la venida del Espíritu Santo. Una vez al año tenemos la oportunidad de conocer mejor a la tercera persona de la Santísima Trinidad, que San Josemaria llamaba el Gran Desconocido. Sigue desconocido y nos gustaría acercarnos más a él. Es fácil ver a Dios como Padre. Más fácil verlo como hombre, cuando vemos a Jesús como hermano. Pero nos cuesta ver a Dios como una paloma, nuestro esposo, que es Amor. Es bueno desearle que venga. Cuanto más lo deseamos, más nos lo dará Dios. Podemos repetir con frecuencia, ven Espíritu Santo, Veni Sancti Spiritus. Deseamos su presencia.             Los filósofos griegos hablan de los cuatro elementos clásicos que constituyen el universo: aire, fuego, agua y tierra. Tres de ellos son símbolos del Espíritu Santo. Nosotros somos el cuarto, la tierra. Venimos del polvo y a el volveremos. Somos muy terrenos y deberíamos ser más espirituales. El pecado original nos ha hecho más inclinados hacia la tierra. Nuestros ojos miran normalmente hacia el suelo. Damos mucha importancia a las cosas materiales. Por eso necesitamos que el Espíritu Santo nos transforme, haciéndonos más como Él.             El aire. En el día de Pentecostés un viento impetuoso llenó toda la casa donde estaban. Era el signo de que venía el Espíritu Santo. De todos modos, la Sagrada Escritura lo representa como una suave brisa. Se puede sentir, pero no se ve. Él prefiere pasar desapercibido, desaparecer, moverse entre los bastidores, actuar desde dentro. Así es como el Espíritu Santo trabaja en nuestra alma. Necesitamos el aire para respirar, pero no nos damos cuenta de cuán importante es hasta que nos falta, como cuando nos ahogamos debajo del agua. Necesitamos el soplo del Espíritu Santo, el aliento de Dios, para poder vivir una auténtica vida espiritual. Cuando el obispo consagra los santos oleos en la Misa Crismal, espira su aliento sobre el aceite. Debemos dejar que el Paráclito sople su gracia en nuestro corazón, para llenarnos de su poder, como las velas de un velero, que se llenan de aire para navegar más rápido. Le pedimos que envíe un viento huracanado, para que remueva las hojas muertas que se encuentran en nuestra alma.             El fuego. En el día de Pentecostés unas lenguas de fuego se posaron en las cabezas de los apóstoles. Se llenaron del Espíritu Santo. Se lo pedimos hoy: quémanos, purifícanos con tu fuego. Decimos con San Josemaría: “Quítame, Jesús, esa corteza roñosa de podredumbre sensual que recubre mi corazón, para que sienta y siga con facilidad los toques del Paráclito en mi alma.” Como un leño que cuando se quema, transforma la madera en luz y calor. También nosotros queremos ser transformados por el amor de la tercera persona de la Santísima Trinidad, que es Amor. Queremos convertirnos en brasas brillantes que parecen rubies. En vez de volvernos ceniza, queremos transformarnos en Dios.             El agua es parte de la vida. No podemos vivir sin ella. No es tan esencial como el aire, pero muy importante. El agua sacia la sed, limpia nuestros cuerpos y refresca nuestro espíritu. Eso es lo que hace el Espíritu Santo en nosotros. Pero primero tenemos que darnos cuenta de que estamos sedientos, que nuestra alma está sucia y que nos hace falta su amor. Debemos acercarnos al pozo del agua viva que Jesús promete a la mujer Samaritana, para recoger esa agua pura, fresca, transparente, que salta hasta la vida eterna.   josephpich@gmail.com

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  4. May 11

    La Ascensión

    La Ascensión             San Bernardino de Siena nos cuenta la historia de un joven que fue a Tierra Santa e intentó seguir las huellas de Cristo. Comenzó en Nazaret, luego Belén, Caná de Galilea, Cafarnaúm y Jerusalén. Siguió la vida de Jesús desde el principio hasta el final. Por último, llegó al lugar de la Ascensión. Hoy en día hay una iglesia circular que solía no tener techo para poder ver el cielo, con una piedra en el medio, con las huellas de Jesús antes subir al cielo. Allí comenzó a llorar diciendo: “Te he seguido durante estos meses por los lugares donde has estado y me siento más cerca de ti. ¿A dónde voy ahora?” Sufrió un ataque de corazón y murió. Debió haber ido directamente al cielo. Nosotros hacemos lo mismo. Cada año seguimos a Jesús a través de su vida, muerte y resurrección, como en una espiral, cada año un poco más cerca, hasta que un día saltaremos al cielo.             Hoy es un día triste. El Señor se va al cielo y nos deja huérfanos. ¿Por qué? Porque no estamos preparados. Todavía tenemos unas cuantas cosas que hacer. Nuestra misión no ha acabado. Nos gustaría ir con él, pero se va para comprobar que el lugar que nos ha preparado está listo. Y va a volver para llevarnos con él. Sin embargo lo echamos en falta, su mirada, su voz, sus ojos, su sonrisa. Cuanto más lo queremos, más lo echamos a faltar. Es muy humano. Imagina cómo se sintieron los apóstoles, después de tres años de vivir con él. Esta es la razón de que nunca estamos completamente felices aquí abajo. Hemos sido creados para el cielo, para estar con Dios para siempre. Hoy es un buen día para fijar nuestros ojos en la eternidad. Hoy podemos fomentar nuestro deseo del cielo.             Pero ¿por qué tuvo que irse? ¿No podía haberse quedado con nosotros y al mismo tiempo haberse ido? Lo podía haber hecho, porque es Dios. Podía haberse quedado en Jerusalén, o en Roma, o en nuestro pueblo. Pero entonces hubiéramos tenido sólo cinco minutos en nuestra vida para hablar con él. 8 billones de personas son muchas para verlas a todas. Sin embargo hizo algo mejor. Se ha quedado con nosotros en la Eucaristía, en el tabernáculo, en un trozo de pan, para poderle comer, para venir a verlo y estar un rato con él. Nos está esperando, 24 horas, 7 días a la semana. Hay siempre una lámpara votiva encendida diciéndonos que está allí. ¿Qué es el tabernáculo? Una caja donde ponemos a Dios. En hebreo significa tienda, un lugar para resguardarse, para descansar, encontrar al amado.             Jesús quiere volver con su Padre Dios. Lo entendemos. Su cuerpo glorioso merece la gloria del cielo. Esperamos que un día tengamos también nosotros un cuerpo glorioso. San Ambrosio dice que un Dios bajó del cielo y un hombre subió de vuelta. Antes conocíamos a Jesús como hombre; ahora lo vemos como Dios. Nuestra fe crece al contemplar su divinidad. San Bernardo habla de los tres escalones de Jesús bajando: encarnación, crucifixión y muerte; y tres escalones subiendo: resurrección, ascensión y sentado a la diestra de Dios Padre. Queremos estar con Dios para siempre. Todo es posible en el cielo.             Hoy Jesús vuela al cielo. Cuando hizo los milagros, intentó no hacer nada especial, lo más natural posible, sin llamar la atención. Incluso, cuando multiplicó los panes y los peces, los bendijo y los distribuyó, sin actuar como un mago. Pero hoy actúa diferente. Hasta ahora se aparecía y desaparecía. Hoy quiere que sus apóstoles se den cuenta que se va definitivamente, que no vuelve. Por eso se va volando. Si quieres, si eres rápido, puedes volar con él. Yo prefiero quedarme con su madre.     josephpich@gmail.com

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  5. May 4

    Sexto Domingo de Pascua

    La Voluntad De Dios             Hoy escuchamos en el Evangelio: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.” ¿Cuánto amo a Dios? ¿Qué estamos dispuestos a hacer por Él? Amar no son sólo sentimientos sino unirnos a la voluntad de Dios. Casarse significa hacerse uno, cuerpo y alma, tener una sola voluntad. Amas al otro cuando estás dispuesto a seguir su voluntad. Cuando la gente se casa se dan el uno al otro; ya no se pertenecen a sí mismos. Desde entonces tienen que pensar lo que la otra persona quiere de ellos. El fracaso se produce cuando uno o los dos no se dan completamente y permanecen solteros. Acaban viviendo dos vidas paralelas. Nuestra unión con Dios, dice San Juan de la Cruz, reside en la unión de nuestra voluntad a la suya. Cuanto más nos unimos a la voluntad de Dios, más nos convertimos en Él, hasta que llega un momento en que sólo tenemos una voluntad, la suya.             Dios nos ha dado una voluntad libre para poder amarle. Amar no puede ser obligatorio. La gente se queja del mal en el mundo, preguntando porque Dios deja que cosas malas sucedan, si es tan poderoso. Es porque nos ha creado libres. Ha preferido correr el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Cuando la gente se enamora al principio hay una emoción intensa, que atrae uno al otro. Pero luego entra en juego la libertad: amo a esta persona porque quiero, porque es mi esposo, independientemente de mis sentimientos. A veces los sentimos, muchas veces no, y otras veces sentimos lo contrario.             Imagina que tienes dos trabajadores, uno muy laborioso, que hace lo que quiere, y otro más bien perezoso, pero que te obedece. ¿A cuál prefieres? El que hace lo que le dices. El otro es inútil. Es lo mismo con Dios. Podemos estar muy ocupados, pero haciendo nuestra propia voluntad. San Agustín dice con frase muy ajustada: Bene curris, sed extra viam. Corres bien, pero fuera del camino. Dios prefiere que sigamos su voluntad, a que estemos todo el día en la iglesia.             Dios ha diseñado un camino para cada uno de nosotros para seguirlo. ¿Te acuerdas de aquellos dibujos en las revistas, donde tenías que trazar una línea entre los puntos, para que apareciera una figura? El Espíritu Santo ha marcado los puntos. Todo lo que tenemos que hacer es unir los puntos cada día, justo el punto delante nuestro, sin que sepamos lo que va a resultar. No se descubre nada mirando hacia adelante. Solo se ve algo mirando hacia atrás. Para ver la figura en su totalidad, hay que volar por encima, como un águila o un drone, y mirar con los ojos de Dios.             Es muy importante la actitud que tengamos delante de la voluntad de Dios. Es fácil seguirla cuando se ajusta a la nuestra. Es más difícil cuando se oponen. Existen diferentes estados de conformidad con su voluntad: comenzamos con resignación, una palabra negativa; pasamos a desear quererla, aceptarla, y acabamos abandonándonos en sus manos. Como un bebé en los brazos de su madre. Un bebé no tiene voluntad propia; todo lo que hace es dejarse querer.         josephpich@gmail.com

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  6. Apr 27

    Quinto Domingo de Pascua

    Camino, Verdad y Vida              Jesús les dijo a sus discípulos: me tengo que ir para preparar un lugar para cada uno de vosotros; voy a volver para llevaros conmigo; el camino ya lo sabéis. Tomás, que era un hombre práctico, le dice: Maestro, no sabemos a dónde vas, como podemos saber el camino. Gracias a su lógica, tenemos estas preciosas palabras de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” Él es todo, el número uno, el paso obligado. Él debería ser nuestro centro, nuestra cima, nuestra alma, nuestro amor. Nos podemos preguntar: ¿Cuál es el lugar de Jesús en nuestra vida? Cuando miras una foto de un grupo de personas, puedes adivinar las relaciones entre las personas, dependiendo del lugar donde se hallan en la foto. La que está en el centro suele ser la más importante. Si tomas una foto de las personas que cuentan en tu vida, ¿Dónde pones a Jesús? ¿En un lado, atrás? O quizás sea un selfie.             San Agustín dice que el camino nos lleva a la verdad, y la verdad a la vida. Jesús es el camino, el único camino. Hay muchos senderos en la vida, tantos como personas, pero sólo hay un único camino. Nuestra vida sólo puede ir en una dirección. Si queremos llegar al cielo necesitamos seguir a Jesús. Venimos de Dios y a él volvemos. Estamos aquí sólo por unos años, pasando por esta vida como una estrella fugaz, que aparece y desaparece. Hemos sido creados sin nuestro consentimiento, pero depende de nosotros el llegar a nuestro destino final. Hay un famoso dicho en la vida espiritual: Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti.             Es muy fácil perderse. Lo vemos a nuestro alrededor. Tanta gente que pierde su camino. Hay tantas cosas en nuestras vidas que intentan alejarnos del camino, distraernos, atascarnos, hacernos dar la vuelta. Esa es una de las razones porque Jesús vino a la tierra, para mostrarnos el camino. Él es el atajo, la línea directa, el sendero derecho, la autopista. Él es el verdadero GPS. Confiamos que nuestros móviles nos llevarán a donde queremos ir, pero a veces nos fallan: se ha agotado la batería, no tenemos internet o no hay cobertura. Sin embargo, no confiamos en Jesús, el auténtico GPS, que nunca falla, el único que nos puede dirigir hacia nuestro destino mas importante, el cielo. Si le buscamos, él nos encontrará, y una vez lo hallamos, no tendremos otra libertad que la de amarle. No le dejaremos y mantendremos nuestros ojos en él. No nos perderemos.             Si seguimos el camino, encontraremos la verdad. Jesús siempre nos conduce a la verdad. A veces no seguimos el camino porque no queremos aceptar la verdad. No nos gusta lo que la verdad nos dice, lo que significa. Vivimos en una sociedad relativista que no le interesa la verdad. La gente adapta la verdad a lo que piensan o como viven. O vives como piensas, o acabas cambiando tus creencias. Ese es el problema de la verdad: tiene una influencia en nuestras vidas. Es fuerte, pero nos hace libres. Nos libera de las cosas a las que estamos adictos o somos esclavos.             Y la verdad nos lleva a la vida. Cuando vivimos de acuerdo con la verdad de nuestra naturaleza, comenzamos a vivir una auténtica vida cristiana y somos felices porque así es como nos ha creado Dios. Estamos en el camino del cielo.     josephpich@gmail.com

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  7. Apr 20

    Cuarto Domingo de Pascua

    El Buen Pastor              En el cuarto domingo de Pascua tenemos el evangelio del buen pastor. Jesús es el Buen Pastor, que guía sus ovejas a buen pasto, que las conoce una a una y nos llama por nuestro nombre. Nos da mucha confianza saber que tenemos un gran pastor para guiarnos al cielo. Todo lo que tenemos que hacer es seguirlo. Los primeros cristianos tenían mucha devoción a esta imagen. En las catacumbas de San Calixto en Roma, se halla la representación más antigua que tenemos de Jesús, un hombre joven que lleva una oveja en sus hombros. ¿Has intentado alguna vez llevar a una oveja en tus hombros? No es fácil.             Llamamos a Jesús el Cordero de Dios. En cada Misa el sacerdote nos muestra la hostia diciendo: “Este es el Cordero de Dios.” Él es el cordero del sacrificio. En el Antiguo Testamento los judíos ofrecían animales como sacrificio. Ahora no hace falta ofrecer más sacrificios, porque Jesús nos dio su vida por nosotros de una vez para siempre. Los Cristianos, como seguidores de Jesucristo, intentamos identificarnos con él, oveja y pastor.             Ser pastor significa dar la vida por las ovejas. Es bonito ser jefe, pero exige sacrificio, responsabilidad de olvidarnos de nosotros mismos, hacer lo mejor para los demás. En una palabra, ofrecer tu vida por ellos; significa no tener tu vida propia. No podemos ser pastores de alquiler, que no conocen a sus ovejas, que son indiferentes a ellas; pastores que sólo piensan en ellos mismos, que están allí para aprovecharse, que no saben servir. Servicio es una palabra muy bella que casi ha desparecido del diccionario. Hablamos de derechos, pero nos olvidamos de nuestras responsabilidades. No nos gusta hablar de deberes.             Somos también ovejas, que siguen los silbidos del buen pastor. No la oveja perdida de la parábola. Es muy fácil perderse. Nos gusta corretear, jugar con fuego, hacer lo que queremos, siguiendo las inspiraciones de nuestra soberbia o de nuestro egoísmo. Y cuando nos perdemos, nos quejamos. Queremos la libertad de hacer lo que nos da la gana, pero cuando tenemos problemas, pedimos ayuda. Jesús nos dice que tenemos que ser ovejas, no lobos. A veces preferimos ser lobos, luchando con todos, mordiendo a quien nos encontramos a nuestro paso, ladrando todo el tiempo. Ser oveja significa ser un animal tranquilo, sereno y sonriente. No se queja y te deja hacer lo que quieras. Hay mucha diferencia entre matar a una oveja y a un cerdo. La oveja muere sin rechistar; el cerdo lo hace despertando a todos los vecinos. Hay dos clases de personas: unos que crean problemas y otros que los resuelven. Una madre siempre ayuda. Un niño mimado siempre crea dificultades.             En este domingo rezamos por vocaciones al sacerdocio. Le pedimos al Señor que nos envíe buenos pastores. Seguimos el consejo de Jesús: “La mies es mucha pero los trabajadores son pocos. Rogad al dueño de la mies, que envíe trabajadores para su mies.” Le pedimos que nos envíe pastores, especialmente de nuestra parroquia. Jesús sabe que necesitamos vocaciones. Todo lo que tenemos que hacer es pedirlas.   josephpich@gmail.com

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  8. Apr 14

    Tercer Domingo de Pascua

    El camino de Emaús             El camino de Emaús es el viaje de nuestra vida. Somos peregrinos. Somos como estos dos discípulos que se vuelven a su pueblo, después de la muerte de Jesús. Todo se ha terminado. Sólo conocemos el nombre de uno de ellos, Cleofás. Podemos ser el otro. Hemos puesto nuestras esperanzas e ideales en ese hombre que pensamos era el Mesías. Lo hemos seguido por tres años, esperando que salvara Israel de los Romanos. Y lo han matado, de la manera más horrible, muerte en la cruz. Lo hemos visto morir y nos volvemos a nuestra vida pasada, toda esperanza perdida. Lo intentamos por un tiempo, pero no ha resultado. Nos vamos de Jerusalén, abandonamos a Dios. Vamos por el camino contrario, contra el tráfico. En las autopistas se pueden ver a veces unas señales rojas diciendo: camino equivocado, date la vuelta. Debemos volver a Dios.             Jesús viene a nuestro encuentro. Se acerca a nosotros y camina a nuestro lado. No lo reconocemos porque estamos desanimados, centrados en nosotros mismos. ¿Estamos tristes porque no vemos, o porque no vemos estamos tristes? La causa de la tristeza es normalmente la ceguera. Nos ocurre cuando no conseguimos descubrir a Jesús que pasa por nuestras vidas. Pasa cada día. Podía haber venido con su cuerpo glorioso, mostrando sus cinco llagas, pero viene como viajero, peregrino, como cada uno de nosotros. Viene como hombre, a encontrarnos en el camino de nuestra vida. Dios baja a nuestro nivel, a buscarnos. Pensamos que debería venir con efectos especiales, cohetes, ruido y milagros. Y viene discreto, a través de las ordinarias circunstancias de nuestra vida. Santa Teresa de Ávila solía decir que entre los pucheros anda Dios.             Jesús se acerca y habla con nosotros. Escucha lo que tenemos dentro, nuestros desánimos, nuestra falta de fe. Y comienza a explicarnos las Escrituras. Nos muestra el otro lado de la vida. Siempre tiene buenas noticias que contarnos. Debemos escucharle, especialmente cuando estamos decaídos. Jesús nos da ejemplo de cómo ayudar a las personas que se cruzan en nuestras vidas. Tenemos que correr hacia ellos, encontrarlos donde están, acompañarlos en su viaje, escuchar lo que tienen que decir, lo que tienen en su corazón, participar en sus emociones, entender sus problemas, y hablar de lo que tenemos en nuestro corazón. No tenemos que imponer nuestras ideas o nuestras opiniones. Sólo explicar nuestro propio viaje. Los acompañamos a Emaús, a través de nuestro ejemplo, de nuestros sentimientos, y Jesús nos sale al encuentro.             Cuando los dos discípulos llegaron a Emaús, le pidieron a Jesús que se quedara con ellos porque ya era tarde. Tenemos que hacer lo mismo con Jesús; pedirle que se quede. Sin él no hay luz ni esperanza en nuestra vida. Tú eres el camino, la verdad y la vida. Sentados a la mesa lo reconocemos al partir el pan. Era el principio de la comida. Jesús partía el pan a su manera. Los primeros cristianos llamaban así a la Eucaristía. ¿Reconocemos a Jesús en la Misa? ¿Creemos que está en el sagrario esperándonos? Vemos el pan, pero es Jesús. Nos hace falta más fe.             Cuando los dos discípulos reconocieron a Jesús, este desapareció. Nos pasa lo mismo a nosotros. Jesús viene y va; aparece y desaparece. Tenemos que seguir buscándolo. El evangelio dice que los dos discípulos se preguntaron: “¿No es verdad que ardía nuestro corazón, mientras nos hablaba por el camino?” Se dieron cuenta de lo que es caminar con Jesús. No podemos acostumbrarnos a él, a la seguridad de la fe, la confianza de la esperanza y el calor de nuestra caridad. Vamos a seguirlo más de cerca.   josephpich@gmail.com

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