Parábola de las Vírgenes necias Nos es difícil entender bien esta parábola porque no conocemos las costumbres de las bodas de los judíos. La boda se celebraba en la casa del padre de la novia. Después el novio iba a la casa de la novia para llevársela a su casa por la noche. La novia era acompañada de sus amigas solteras con los faroles encendidos para iluminar el camino. Esperar al novio con las lámparas apagadas sin aceite era inconcebible. Es como ir a un cumpleaños sin regalo, a comer sin traer una botella de vino, o ir a la iglesia sin dinero para la colecta. Estamos esperando a Jesús, que viene a nuestro encuentro, con el farol de nuestra fe en la mano, lleno del aceite de nuestra caridad, de nuestro amor a Dios, levantándolo en alto, encendido con la llama de la esperanza, para ver cuando viene el esposo. Si no tenemos fe, no tenemos un farol para poner el aceite. Pero no es suficiente el aceite. Este debe estar encendido. El aceite es el amor que alimenta la llama, que ilumina la venida del esposo, nuestro caminar. El farol sin aceite no sirve de nada. También el demonio cree en Dios, pero no tiene amor. La esperanza es lo que mantiene el fuego encendido, aguardando la venida del esposo. Hay una pintura famosa titulada “Jesús, la luz del mundo”. Se ve a Jesús con un farol encendido, rodeado de oscuridad, tocando a una puerta que hace mucho tiempo que no se ha abierto. La llama del fuego ilumina la faz de Jesús, bien bella, y se observa que tiene mucho interés en entrar. Pero la puerta no tiene pomo. Está en nuestro lado. Jesús está esperando a que abramos nosotros, golpeando la puerta sin cansarse. Tenemos la llave que puede abrir la cerradura. Sabemos que viene, pero no sabemos cuándo viene. Hay que estar despierto para abrirle la puerta. Esta parábola nos enseña no solo a esperar a Jesús, sino también a estar bien dispuestos para cuando llegue. La vida cristiana no significa ser solo parte de la Iglesia, como miembros de un club, sino ser parte activa. No es suficiente haber hecho la primera comunión y ser confirmado. Tenemos que ser un cristiano que está vivo, que utiliza sus talentos, que da luz a los demás. Un hombre estaba en la cama muriéndose, rodeado de su familia. Preguntó a su mujer: ¿María, estás aquí? Si querido. A su hija: ¿Rosa, estás aquí? Si padre. A su hijo: ¿Carlos, estás aquí? Si padre. Entonces abrió los ojos incorporándose, diciendo: ¿Y quién se ocupa de la tienda? La Iglesia está en nuestras manos y deberíamos sentir la responsabilidad de cuidarla. Dos preguntas Jesús nos hará cuando venga: ¿Tienes aceite? ¿Diste luz a los demás? No es suficiente tener fe, tener el farol. También nos hace falta el aceite. Es algo pequeño, pero es importante. Las cosas pequeñas marcan la diferencia. Si no hay aceite, no hay luz. No podemos estar rodeados de oscuridad cuando Jesús venga. Sino, no lo veremos venir. ¿De dónde sacamos el aceite? A través de los sacramentos, principalmente la comunión y la confesión, de nuestra vida de oración, de nuestro amor a los demás, de nuestras buenas obras, de lo que hacemos por el prójimo. Nuestro amor a Dios y a los demás son las aceitunas de las que podemos extraer el aceite puro y límpio. Necesitamos suficiente aceite para que nuestras lámparas estén siempre encendidas hasta que Jesús venga. josephpich@gmail.com