Homilías de cuatro minutos

Joseph Pich

Homilías cortas del domingo

  1. 5d ago

    27 Domingo A Parábola de los viñadores homicidas

    Parábola de los viñadores homicidas              Las lecturas de hoy nos hablan de cuanto ha hecho Dios por nosotros y nuestra falta de correspondencia a su amor. La primera lectura del profeta Isaías es una canción alabando al viñedo. Un campo de viñas era muy preciado alrededor del Mediterráneo. Producía uvas, fruto del tiempo, vino, una buena bebida que se puede almacenar sin que se pudra, y uvas secas, que se guardan para el futuro. Requiere trabajo para conservar los viñedos en buen estado, y aprender el arte de la producción del vino. La parábola de los viñadores homicidas recalca nuestra responsabilidad de cuidar la viña del Señor y el deber de producir un buen vino espiritual.             Al principio Dios confió su viña al pueblo elegido. Les dio lo que necesitaban, la tierra prometida, que manaba leche y miel. Construyó una cerca para que vivieran en paz y prosperidad, sometiendo a los enemigos que tenían alrededor. Puso una torre en medio, dándoles profetas y reyes para que los guiaran. Pero no le fueron fieles y adoraron los dioses ajenos. Dios intentó que volvieran a él, y los perdonó cuando se arrepintieron. Pero siguieron rebelándose contra él y al final les envió a su propio hijo como último remedio. Lo agarraron, lo sacaron fuera de Jerusalén y lo crucificaron.             Hoy es un buen día para examinarnos de cómo nos estamos cuidando de la viña del Señor, del trozo de esta que Dios nos ha confiado. No es nuestra, pero deberíamos cuidarla como si lo fuera. Tenemos que asegurarnos que producimos el fruto que Dios espera de nosotros, no lo que a nosotros nos apetece, lo que nos gusta, sino lo que Dios quiere. Pensando más en los demás que en nosotros mismos. Sería una pena que escucháramos la amonestación de Jesús al final de la parábola dirigida a los judíos: “Se os quitará el Reino de Dios y se entregará a un pueblo que rinda sus frutos.”             ¿Qué fruto estamos produciendo? Es una pregunta que debemos hacernos de vez en cuando. Todos tenemos la sensación de que si Dios nos pidiera cuentas ahora, nos presentaríamos ante él con las manos vacías. No valen las excusas. Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para producir el tipo de vino que él espera. A veces somos perezosos, perdemos el tiempo con cosas inútiles, o dejamos que el vino se torne vinagre. Cuando venga a recoger el vino, al final de nuestra vida, esperemos que lo encuentre de su gusto. Sería una pena que nos lo hubiéramos bebido, o que tratáramos a su hijo como los viñadores homicidas.             Un amigo mío me contó de un famoso enólogo que cada año produce 500 botellas de vino de exquisita calidad, mezclando con destreza buenos caldos. Los vende en los Estados Unidos por mil dólares la botella, a los muy ricos que quieren aparentar. Le pregunté si esas botellas valían su exorbitante precio. Me comentó que debía ser un buen vino, pero no lo sabía, pues no podía permitirse el lujo de probarlo. El vino que debemos producir debe ser digno de la mesa del Señor, de tal calidad que podamos catarlo por una eternidad, y no nos cansemos de él.   josephpich@gmail.com

  2. Sep 22

    26 Domingo A Parábola de los dos hijos

    Parábola de los dos hijos             El domingo pasado, hoy y el próximo domingo la Iglesia nos presenta las parábolas de la viña. El Antiguo Testamento describe a Israel como la viña del Señor. Representa el cuidado que Dios tiene por nosotros. Un viñedo requiere mucho trabajo para producir un buen vino. El primer milagro de Jesús fue convertir agua en vino. El vino es comparado con la gracia que Dios nos da para hacernos felices y parecernos más a él. San Juan de la Cruz realza una bodega con el más alto estado de amor que el alma puede conseguir en esta vida. No podemos olvidar que el vino en la Misa se convierte en la sangre de Cristo.             Dios nos pide que le ayudemos a producir un vino añejo. Nos envía a trabajar en su viña, nuestra heredad. El vino que producimos es el que vamos a beber durante nuestro eterno descanso, y debemos asegurarnos de que es de la mejor cualidad. Se cuenta de un rey que dio a su hijo mucho dinero para construir un castillo. Como era un hombre avaro se guardó la mayoría y construyó un castillo económico con materiales baratos. Cuando acabó le dio las llaves a su padre. Este se las devolvió a él diciendo que era suyo. Deberíamos estar muy interesados en trabajar bien en la viña del Señor, porque lo que producimos nos pertenece.             Cuando Dios nos pide trabajar en su viña, a veces decimos que sí y a veces decimos que no. A veces vamos y a veces no vamos. Somos pecadores y muchas veces nuestra primera reacción es negativa. Pero con frecuencia luego nos arrepentimos. No debería preocuparnos mucho nuestra primera reacción, pues es fruto de nuestra soberbia o egoísmo. Lo importante es cambiar nuestra voluntad para adaptarla a la de Dios.             Cuando obedecemos, conformamos nuestra voluntad con la de Dios. Él prefiere nuestra docilidad más que los actos heroicos que pueden ser fruto de nuestra soberbia. Santa Teresa de Ávila tenía envidia de una monja que hacía mucha penitencia. Su director espiritual no la dejaba imitarla. Cuando se quejó a Jesús, este le dijo que prefería su obediencia más que la penitencia de esta monja. Podemos hacer muchas cosas fruto de nuestra soberbia, pero la obediencia siempre trae consigo la humildad.             En la segunda lectura de la Misa de hoy, de la carta a los Filipenses, San Pablo nos propone el ejemplo de Jesús, que se humilló a si mismo y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. La crucifixión estaba considerada como la peor forma de ejecución. Estaba reservada para los peores criminales. Jesús nos da una lección de docilidad, siguiendo la voluntad de su Padre Dios, para dar su vida por nosotros. Cuando nos cuesta hacer lo que Dios quiere, podemos mirar al crucifijo, a Jesús muriendo en la cruz.   josephpich@gmail.com

  3. Sep 16

    25 Domingo A Parábola de los obreros de la viña

    Parábola de los obreros de la viña             Experimentamos esta parábola cada día en Sudáfrica. Tanta gente buscando trabajo. Se pueden ver en las rotondas con un cartel anunciando su ocupación: electricista, fontanero, carpintero, pintor. Todos esperando a que alguien los contrate por un día. Rezamos por ellos para que encuentren trabajo y puedan alimentar a sus familias. Y rezamos también para que se acabe la corrupción en este país, gente sin escrúpulos que solo piensan en sí mismos.             Esta parábola nos deja con mal sabor de boca. Sentimos compasión por los trabajadores que aguantaron el calor de todo el día, y reciben el mismo salario que los que trabajaron solo una hora. No es justo. Los niños utilizan esta expresión a menudo, cuando ven algo que no les gusta. Tienen un innato sentido de la justicia. Sin embargo, sus padres tratan con desigualdad a los niños diferentes. Lo mismo pasa con Dios. Todos somos iguales ante Dios, con la misma dignidad, pues somos hechos a su imagen, pero Dios nos da a cada uno diferentes dones. ¿Por qué? Porque somos únicos, irrepetibles, todos mostrando diferentes perfecciones y cualidades de Dios. La variedad trae la riqueza. Imagina que todos fuéramos iguales. La vida sería muy aburrida, todos riendo los mismos chistes, contando las mismas historias, cantando las mismas canciones. Los extremos se atraen, diferentes talentos se complementan, cuanta más diversidad más perfección. Al final Dios ofrece el mismo premio: el cielo; el mismo salario. En el paraíso todos están llenos al máximo, rebosando por los bordes. Pero si los comparas unos con otros, verás que unos contienen más, pues tienen más capacidad. Sus recipientes son más espaciosos. Durante su vida, se han dedicado a limpiarlos y a expandirlos.             ¿Qué ocurre con la gente que se bautizan al final de sus vidas, gente que se acerca a la confesión antes de morir, bebés que mueren al nacer? Queremos que todos vayan al cielo. ¿Qué pasó con el buen ladrón en el Calvario? Jesús le prometió el paraíso: “Hoy estarás conmigo.” No podemos limitar la misericordia de Dios, su bondad y generosidad. Precisamente él nos pregunta en la parábola: “Vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?”             Jesús acaba la parábola diciendo: “Los últimos serán primeros y los primeros últimos.” En el cielo nuestra sociedad se volverá del revés: los pobres mandarán y los ricos serán los basureros, los famosos estarán olvidados y las buenas obras escondidas aflorarán en la superficie. Imagina una carrera que gane el último; todos correrán hacia atrás. Eso es lo que tenemos que hacer: en vez de correr hacia nuestro yo, debemos correr hacia Dios, hacia nuestra humildad. Deberíamos ser primeros en el amor a Dios y últimos en nuestra soberbia.   josephpich@gmail.com

  4. Sep 9

    24 Domingo A Parábola del siervo despiadado

    Parábola del siervo despiadado             La parábola del siervo despiadado o malvado se sitúa en el corazón del Evangelio. Es un ejemplo de cómo deberíamos perdonar y olvidar. Sabemos por experiencia que no es fácil. Hasta que no perdonamos de corazón, no conseguimos olvidar. Si la afrenta sigue volviendo a nuestra mente, significa que no hemos conseguido perdonar de verdad. Es sólo un deseo, un ideal, algo que nos gustaría lograr, pero que todavía no hemos alcanzado. Esta parábola nos ayuda a aprender a encontrar el verdadero perdón. Pone las cosas en su auténtica dimensión, de una manera muy gráfica. La diferencia, entre lo que se ha perdonado al siervo y lo que no consigue perdonar a su amigo, es abismal. Debió haber sido muy claro para los que escuchaban a Jesús. Para nosotros es más confuso porque el Evangelio utiliza una moneda que no conocemos, y no sabemos las diferencias entre esas cantidades de dinero. En nuestro caso es comparar unos pocos euros con millones de ellos. No es justo que el siervo después de haber sido perdonado millones euros, no perdone a su amigo un puñado de ellos. La diferencia de cantidades ayuda a subrayar la actitud egoísta y malvada del siervo, y al mismo tiempo nuestra propia mezquindad.             Esta parábola muestra la diferencia que existe entre Dios y nosotros. Él perdona todo y nosotros no olvidamos las pequeñas afrentas que sufrimos todos los días. Cuando vamos a Dios con nuestras insignificantes quejas, detallando lo que nos han hecho nuestros hermanos los hombres, lo primero que nos dice es: “¿Quieres que te muestre mi lista? ¿La quieres ver de verdad? Es una lista tan larga que la tengo enrollada como un rollo de papel de wáter. Y tengo un almacén enorme lleno de ellos.” Cuando vemos qué ridícula es nuestra lista de injurias, comparada con la lista infinita de Dios, nos olvidamos de nuestras pequeñas afrentas y aprendemos a perdonar.             Una vez vi una viñeta donde aparecía Dios dibujado como un hombre viejo, con una larga barba blanca, sentado en una nube, somnoliento. Un angelito volaba alrededor suyo preguntándole: “¿Qué es lo que haces todo el tiempo? ¿No te aburres?” Dios le responde: “¿Qué es lo que hago? Perdonar.” Eso es lo que hace Dios todo el tiempo con nosotros. Somos niños pequeños, traviesos, que pensamos que ya hemos crecido y hacemos lo que queremos. Y Dios, como un buen padre, está siempre dispuesto a perdonar. Se dice que cuando Dios perdona, entierra nuestros pecados en un agujero negro del universo, desapareciendo de sus ojos, atrapados en la materia oscura. Cuando Dios pulsa la tecla de borrar es para siempre, y los pecados no se pueden recuperar del disco duro. Dios no guarda rencor y no se acuerda de nada una vez lo ha perdonado; tiene una memoria muy selectiva. Tenemos que aprender de él, y así seremos sus buenos hijos. Le encanta que hagamos las paces con los demás.             Si el siervo malicioso hubiera perdonado a su amigo, hubiera sido el siervo misericordioso, aunque entonces no hubiera habido parábola. Pero hubiera comenzado una cadena de perdón que hubiera llegado hasta nuestros días. Podemos comenzar esa cadena nosotros, hablando con Jesús acerca de las injurias que tenemos en nuestro corazón, sanándolas, comparándolas con las que hemos causado a nuestro Padre Dios, aprendiendo de él a borrarlas de nuestra memoria.   josephpich@gmail.com

  5. Sep 1

    23 Domingo A Corrección Fraterna

    Corrección Fraterna             Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la corrección fraterna. Somos hermanos en la fe y necesitamos ayudarnos unos a otros. La semana pasada vimos a Jesús corrigiendo a Pedro. Se puede decir que Jesús se pasó tres años corrigiendo a sus apóstoles, formándoles, pasándoles el evangelio y preparándolos para su misión. Desde un punto de vista humano no fue muy eficaz: al final sólo Juan le acompañó hasta la cruz. Uno le traicionó, otro lo negó y los demás huyeron.             Los primeros cristianos practicaban la corrección fraterna. Se corregían mutuamente, y se decían las cosas cara a cara, sin hablar por detrás. Solían decir de ellos: Mirad como se aman. La gente se acercaba a la fe cuando experimentaban la caridad cristiana. Es el mejor ejemplo que podemos dar. Deberíamos amar a todo el mundo, pero especialmente a nuestros hermanos cristianos. Queremos que sean mejores y que se acerquen más a Dios.             El corregir y ser corregido no es fácil. Nuestra soberbia se interpone. Es importante no corregir cuando estamos enfadados o frustrados; pierde su efecto. Deberíamos corregir cuando estamos serenos, fruto del cariño, pensando antes qué vamos a decir y qué palabras vamos a emplear. Normalmente corregimos a personas que están cerca de nosotros. Es un buen remedio contra la murmuración o la costumbre de hablar por la espalda. Nos da mucha confianza el saber que la gente que nos quiere no nos va a dar una puñalada trasera.             ¿Nos dejamos corregir? Los santos están siempre abiertos a ser corregidos. No es fácil aceptar que nos digan lo que hacemos mal, pero nos ayuda mucho. Deberíamos ser agradecidos a la gente que nos quiere, esposo, familiares, o amigos, que nos digan a la cara lo que piensan de nosotros. Recuerdo la conversación con un director de empresa que se quejaba de que ninguno de sus empleados le decía lo que tenía que oír: me tienen miedo, solo quieren halagarme. Ocurre lo mismo a los párrocos. Todos necesitamos escuchar la verdad para mejorar. Nadie es perfecto. Algunas parejas tienen por costumbre una vez a la semana decirse mutuamente algo que no les gusta del otro. Esto es estar abierto y vulnerable.             No es fácil conocerse. Es una de las cosas más difícil, porque siempre miramos desde dentro de nosotros. No podemos vernos desde fuera a no ser que sea desde una cámara. La primera vez que oímos nuestra voz nos resultó extraña. Los selfies nos permiten vernos a través de los ojos de los demás. Tenemos el ejemplo del Rey David al que Dios tuvo que enviarle el profeta Natán para recordarle de su pecado: había tomado la mujer de otro y organizado su muerte. Llevamos nuestras imperfecciones a la espalda para no verlas. No nos gusta que nos las recuerden. Ponemos nuestras buenas obras siempre delante de nosotros. Pensamos que somos mejores de lo que realmente somos. Dicen que el mejor negocio es comprar a la gente por lo que valen, y venderlos por lo que piensan que valen. Nos gusta hablar mal de la gente para ponernos por encima de ellos. La corrección fraterna nos ayuda a luchar contra todas esas malas costumbres.   josephpich@gmail.com

  6. Aug 26

    22 Domingo A Toma tu cruz

    Toma tu Cruz              La semana pasada Jesús le dijo a San Pedro que era la roca donde iba a construir su Iglesia. Hoy le llama Satanás. Entonces Pedro llamó a Jesús el hijo del Dios vivo; hoy le trata de disuadir que muera en la cruz. Entonces Pedro estaba inspirado por Dios; hoy se deja llevar por sus miras humanas. Jesús aprovecha este momento para hablar acerca de una de las paradojas más difíciles de entender de nuestra fe: si quieres ser feliz, tienes que cargar con tu cruz. Hoy en día nadie quiere oír hablar de la cruz, pero Jesús está en la cruz, el símbolo de nuestra vida cristiana.             ¿Cómo podemos explicar que la cruz es una bendición? Esta idea va contra uno de los pilares de la sociedad moderna: hay que conseguir el mayor placer a cualquier precio. La gente se mata lentamente con las drogas y el alcohol; destruyen sus familias con el adulterio; pierden sus bienes apostando; perjudican sus cuerpos comiendo demasiado; arriesgan sus vidas conduciendo peligrosamente; dañan la salud trabajando muchas horas y luego se gastan el dinero tratando de arreglarla. Y todo esto por el placer de unos segundos. Todos queremos ser felices, pero muchas veces buscamos la felicidad en lugares equivocados.             San Juan de la Cruz le dijo una vez a su hermano: “Te voy a contar algo que me pasó con el Señor. Teníamos en el monasterio un crucifijo y un día, estando en frente de él, me pareció que estaría mejor en la iglesia, venerado por los frailes y por los de afuera. Después de llevar a cabo mi idea, estando en oración en frente de él, Jesús me dijo: Hermano Juan, pídeme lo que quieras por el servicio que me has prestado. Le dije: Señor, todo lo que quiero de ti son sufrimientos para llevarlos por ti, y que yo sea despreciado y humillado.” Poco después lo tomaron prisionero y lo encerraron en una celda minúscula por nueve meses casi sin agua y comida. De ahí tenemos el santo que conocemos.             Mientras a nosotros nos atraen las cosas que nos producen placer, los santos se fijan en la cruz. ¿Por qué? Porque saben que Dios nos bendice con la cruz. Quieren con toda el alma hacer su voluntad. Y a veces su voluntad cuesta. ¿Por qué? Porque Dios quiere que crezcamos, que maduremos, que nos conformemos con su imagen. Los padres saben que sus niños a veces tienen que sufrir para crecer. El sufrimiento es compañero de la vida humana. El dolor es la otra cara de la moneda del amor. Quien te quiere te hace sufrir. Viene del pecado original. O lo aceptamos y amamos, o nos rebelamos y nos amargamos.             Miguel Ángel cuando miraba un bloque de mármol decía: “Veo la estatua dentro; la voy a liberar.” Entonces comenzaba a golpear con el martillo y el cincel. Pasa lo mismo con nosotros. Tenemos la imagen de Cristo escondida en nuestra naturaleza y Dios la ve y trata de sacarla afuera. Pero el proceso es doloroso. Tiene que arrancar muchos trozos que no pertenecen a Jesús. Suele pulirnos usando a la gente que tenemos alrededor. Nos ayudan a identificarnos con él. Debemos facilitarle la labor. Esto es lo que ha hecho con todos los santos.   josephpich@gmail.com

  7. Aug 18

    21 Domingo A El Primado de Pedro

    Primado de Pedro             Hoy en el Evangelio Jesús pregunta a los apóstoles: ¿Qué dice la gente de mí? Como es natural había muchos dimes y diretes acerca de Jesús. Ellos le cuentan lo que se decía de él. Entonces Jesús les hace una pregunta directa: ¿Quién soy yo para vosotros? Se quedaron callados. Es una buena pregunta para hacernos de vez en cuando: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué lugar ocupa Jesús en mi vida? Es una pregunta que todo el mundo debería hacerse. La respuesta es importante. Determina como vivimos y como morimos. Pedro responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” El Espíritu Santo responde a través de San Pedro para cada uno de nosotros: Jesús debería ser nuestra prioridad, el centro de nuestra vida, la niña de nuestros ojos. Benedicto XVI solía decir que el cristianismo no es solo unas reglas de vida, sino la relación con una persona que cambia nuestra vida.             Al responder la pregunta Pedro muestra su primado y Jesús lo confirma: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.” Jesús aprovechó este momento para establecer su Iglesia sobre una base sólida, la roca de Pedro. Sin la Iglesia no podemos poner a Jesús como centro de nuestras vidas. No es posible amar a Jesús y no amar la Iglesia, porque esta es su esposa. Nos ha dejado su Iglesia para tener una luz para seguir, un camino directo, una seguridad para no perdernos. Jesús está sentado en la catedra de San Pedro.             Jesús cambió el nombre de Pedro, Simón, por el de Cefas, que significa piedra en arameo. Pedro viene de Petros en griego, y Petra en latín, que significan lo mismo. El cambio de nombre era muy importante en el Antiguo Testamento, y determinaba la nueva misión para una persona. Jesús dando un nuevo nombre a Pedro, significó que la Iglesia estaba fundada en base firme: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.” Estas palabras están escritas en mosaico dentro de la basílica de San Pedro, circulando la cúpula, en letras grandes de tres metros, para que se puedan leer desde abajo. Y se han cumplido. Después de veinte siglos, la Iglesia sigue viva y creciendo. Oímos constantemente que la Iglesia se está acabando, y vemos como la barca de San Pedro sigue navegando a través de las tormentas, mientras los enemigos de la Iglesia desaparecen.             Decimos que la Iglesia es Una, Santa, católica y Apostólica. San Pio X decía que debemos añadir otra nota: Perseguida. Nos quejamos cuando los cristianos sufren persecución, y deberíamos defenderlos contra cualquier discriminación. Pero es bueno que los medios de comunicación nos critiquen; significa que estamos en el buen camino. Jesús nos avisó que como él nosotros también sufriríamos tribulaciones y contrariedades. Pero no deberíamos preocuparnos mucho; la Iglesia ha sido construida en base sólida. Jesús nos vigila a través del Papa que es Vicario de Cristo, o como decía Santa Catalina de Siena, el dulce Cristo en la tierra.             Hay un antiguo dicho en latín que dice: Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus. Donde está Pedro, allí está la Iglesia, allí está Dios. Queremos estar con Pedro, porque con él está la Iglesia, con él está Dios. Sin él Dios falta. Podemos ser muy buenos, pero si nos separamos de Pedro, de la Iglesia, nos secamos. La historia nos da la razón. Hoy rezamos por el Papa, para que nos conduzca a través de las aguas turbulentas de estos tiempos, y para sentir un poco en nuestros hombros el peso de la Iglesia.   josephpich@gmail.com

  8. Aug 16

    20 Domingo A La mujer Cananea

    La mujer Cananea             Hoy vemos en el evangelio una mujer gentil consiguiendo de Jesús lo que deseaba. Aunque no era judía, obtiene un milagro del Señor. Nos enseña a rezar, a pedir y a conseguir lo que necesitamos. Nos muestra como acercarnos a Jesús. Nos da ejemplo de cuáles son las características más importantes de la oración de petición: fe, humildad y perseverancia. Deberíamos aprender de ella.             Jesús fue a la región de Tiro y Sidón, cerca de la costa, para alejarse de Herodes y los judíos, que lo buscaban, y aprovechar para estar un tiempo con sus apóstoles sin muchas distracciones. Era una región de gentiles, colonias de fenicios y griegos, gente sin fe en el Dios de Israel. Pero esta mujer se dio cuenta de quien era Jesús y lo que podía hacer por ella. Era su última esperanza y se aferró a ella como a un clavo ardiendo. Tuvo la determinación de pedir a Jesús lo que necesitaba y no cejó hasta que lo consiguió. Su confianza en el Señor fue tan grande, que Jesús alabó su fe: “¡Mujer, qué grande es tu fe!” Jesús no es una persona que alabe a la gente fácilmente.             La segunda cualidad de su petición es la humildad. Esta mujer Cananea se arrodilla delante de Jesús, chilla tanto que los apóstoles le piden al Señor que la envíe de paseo y no se desanima cuando él la pone en su sitio. Su hija está poseída por un demonio y sabe que solo Jesús lo puede expulsar. Se encuentra en una posición de extrema necesidad. No tiene nada para dar al Maestro a cambio del milagro. Se halla impotente y sin ninguna carta para jugar. Esta es nuestra disposición delante de Dios. El mejor ejemplo que nos da esta mujer es el de perseverancia. No se arredra ante las dificultades y no para hasta que consiga lo que quiere. Así tendría que ser nuestra oración. Tenemos que seguir pidiendo lo que necesitamos, aunque parece que Jesús no quiere darnos lo que pedimos. Si seguimos rezando, significa que Jesús nos escucha. Quizás quiera que estemos seguros de que necesitamos lo que pedimos, y su tardanza hace crecer nuestros deseos. Constancia es una gran cualidad de la buena oración. Otra lección que esta escena nos enseña es qué poderosas son las madres cuando piden a Jesús gracias para sus hijos. Nos recuerda la historia de Santa Mónica, cuando le pidió a un obispo santo por su hijo Agustín. Este la respondió: “Es imposible que se pierda un hijo de tantas lágrimas.” La historia le dio la razón. El corazón de Jesús es especialmente sensible a estas lágrimas. Lo vemos hoy en el evangelio, y en otras ocasiones como con la viuda de Naim o la madre de los hijos de Zebedeo. Dios escucha de modo especial la oración de los que sufren y saben amar.   josephpich@gmail.com

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