Un nuevo podcast de Penalty Stroke con Guille Carnicer. Un nuevo episodio de Penalty Stroke en el que abordamos una parte de este deporte que no habíamos tratado hasta ahora como la de la gestión de un club deportivo. Guille es el Director General del Junior Hockey y además desde esta temporada entrena al División de Honor A Masculino. Guille es de Sant Cugat y se ha movido poco, dice. Tampoco viene de una saga: empezó porque el hockey era el deporte que ofrecía su colegio y porque sus padres querían un deporte de equipo que no fuera fútbol. Por descarte, hockey. Luego cambió de colegio, acabó en el Junior porque era el único club de la zona, y arrastró a la familia detrás. Hoy juega su hermano y su sobrino empezará en breve. De un accidente a un pilar central de su vida y de la de su casa. Como jugador pasó sin pena ni gloria. Lo dice él en nuestra conversación. Se retiró a los 19 con una lesión, justo cuando se le juntaron la universidad y el ascenso del primer equipo a División de Honor A. Ya entrenaba infantiles, y ahí se enamoró del otro punto de vista del deporte, el del liderazgo y el vestuario. No echó de menos volver a jugar. El origen de todo es una pregunta que le hizo su entrenador cuando él era un niño, y que explica cómo funcionan nuestros clubes mejor que cualquier informe: ¿en qué momento vais a devolverle al club lo que estamos haciendo nosotros? Se formó por todas partes. Niveles 1 y 2 de la Federación Española muy pronto, y desde 2019 los cursos de la Federación Internacional, primero online durante el COVID y después presenciales. Este año ha terminado el nivel 5. Hay un nivel 6 por invitación y ha decidido esperar, con un argumento que no es de currículum: a estas alturas el aprendizaje ya no está en lo técnico sino en lo que compartes con gente en tu misma situación, y para eso necesita antes cambiar él de contexto. En paralelo, doble grado en ADE y Marketing, una primera experiencia en consultoría financiera que le pareció demasiado genérica, y dos másteres en el Johan Cruyff Institute, gestión de empresas deportivas y marketing y patrocinio. De ahí salió con trabajo. Después vinieron Jolaseta, que fue el único momento de su vida en el que se dedicó solo a entrenar y que le sirvió para descubrir que necesitaba espacios donde no pensar en hockey, el Polo, y la vuelta a casa. En su primer año de vuelta ganó la primera liga de la historia del Junior femenino, con jugadoras y staff con los que ya había coincidido en infantiles. Ahora lleva dos sombreros a la vez: manager de la sección y entrenador del primer equipo masculino. Llega al club a las ocho y se va a las diez de la noche. Y aquí van los números que explican el oficio: unos 600 jugadores, medio centenar de equipos, más de cien entrenadores, cuatro equipos en División de Honor. Y a tiempo completo en la gestión está él solo. Tres personas más a tiempo parcial. “Mediano tirando a grande”, dice, sabiendo que está lejos de las fichas de Polo, Atlètic, Egara o Club de Campo. Sobre la EHL es de una honestidad poco habitual. Ha vivido dos, una con el Polo y otra como primer entrenador del Junior femenino, donde fueron cuartas y se quedaron a instantes de forzar los shootouts. Su veredicto frío es que, mirada como transacción, quizá no compensa: es caríssima, las posibilidades reales de ganarla son bajas y el desgaste llega justo antes del tramo decisivo de liga. Y aun así todo el mundo se mata por ir, porque la experiencia lo vale. Lo que se trajo de vuelta fueron dos sensaciones a la vez: ojalá volver pronto, y qué lejos estamos. De ahí sale la frase que me quedo, y es una frase de gestor y de educador, no de entrenador: nosotros no huimos de la frustración. Lo explican en las reuniones de padres al empezar la temporada y hay quien los mira como si se hubieran vuelto locos. El razonamiento es que el deporte da acceso a una serie de frustraciones (esforzarte y que no salga, perder, no ser convocado) en entornos donde las familias suelen tener recursos de sobra para evitárselas. Así que el trabajo es normalizarlas y pedir a las familias que acompañen en lugar de apartarlas. Y cuando eso ya no basta, psicólogos en los primeros equipos y servicio para los adolescentes, porque lo mental es un área de rendimiento más, como la física o la alimentación. Hablamos también de trabajo, y Guille mete un matiz que a mí se me había pasado. El problema no es solo el internacional con 150 días fuera. Es el grueso de jugadores que no cobran, a los que probablemente jugar les cuesta dinero, y cuya retirada óptima estaría entre los 30 y los 32 años. Si uno empieza a trabajar a los 22 en determinados sectores, está poniendo un temporizador muy corto a su vida deportiva. Por eso el club abrió un business club. Y lo que dice después es exactamente el hueco que intentamos cerrar desde Hueman: dedicar quince o veinte horas semanales a competir con exigencia profesional dice más cosas buenas que malas de un candidato, pero en un currículum no se ve. Y acabamos en la inteligencia artificial, donde también es cauto. La usan con GPS, vídeo y cargas de entrenamiento, pero marca el límite: cuidado con fiar decisiones trascendentes a algo que no entiendes. Y una observación que le compro entera, viniendo además de alguien que da clase en la universidad: está codificado para darte la razón, así que como herramienta de discusión no funciona. De esa misma conversación salió el panel que estamos montando: resultados.penaltystroke.es. Esta temporada arranca ciclo con el equipo masculino y no esconde el objetivo: Final Four y pelear por los títulos. Y da clase de liderazgo e innovación en cuarto curso en Blanquerna, porque, dice, no le gusta aburrirse. ¡Gracias Guille! 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