El Oyente de la Palabra

Padre Luis M Flores Alva

Este podcast, el Oyente de la Palabra, surge de la convicción de que el Ser Humano solo alcanzará históricamente su realización al cimentar toda su existencia en la Palabra que le motiva e ilumina.

  1. 5d ago

    Dios ha permitido que cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos su misericordia.

    Durante varias semanas san Mateo ha ido formando pacientemente el corazón de sus discípulos. Primero les enseñó que la Palabra sólo puede dar fruto en un corazón dispuesto a escuchar. Después les mostró que el Reino crece con la paciencia de Dios. Más tarde los condujo a descubrir el tesoro escondido, a reconocer el verdadero alimento que sacia el corazón humano y, el domingo pasado, a aprender a reconocer la presencia de Cristo en medio de la tormenta. Hoy el camino continúa. Pero ahora la pregunta es distinta. ¿Es nuestro corazón tan grande como el corazón de Dios? La primera lectura nos ofrece la clave para comprender el Evangelio. El profeta Isaías anuncia algo verdaderamente sorprendente para el pueblo de Israel: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos.” Israel había recibido la elección de Dios como un privilegio. Pero Dios recuerda que aquella elección nunca tuvo como finalidad excluir a los demás, sino convertirse en instrumento de bendición para todas las naciones. El corazón de Dios siempre ha sido más grande que las fronteras de Israel. Con esta promesa en el corazón llegamos al Evangelio. Una mujer cananea, extranjera, sale al encuentro de Jesús suplicando por su hija. Y, para sorpresa nuestra, Jesús guarda silencio. Después parece rechazarla. Y finalmente pronuncia unas palabras que siempre nos resultan difíciles de escuchar: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”

  2. Jul 11

    Una vez salió un sembrador a sembrar...

    El Evangelio de este domingo marca un momento muy importante en el ministerio de Jesús. Hasta ahora lo hemos visto llamar a Mateo, enviar a los Doce, prepararlos para las dificultades y enseñarles a vivir sin miedo, aprendiendo de su corazón manso y humilde. Pero hoy comienza una etapa nueva en su enseñanza. San Mateo nos dice que Jesús comenzó a enseñar en parábolas. Y esto llama tanto la atención que los mismos discípulos le preguntan: —”¿Por qué les hablas en parábolas?” Muchas veces pensamos que Jesús utilizaba parábolas para hacer más sencillo su mensaje. Como si quisiera poner ejemplos fáciles para que todos lo entendieran mejor. Sin embargo, el Evangelio nos dice precisamente lo contrario. Jesús comienza a hablar en parábolas porque muchos, después de haber visto sus milagros y escuchado sus enseñanzas, siguen sin abrir el corazón. Por eso cita al profeta Isaías: “Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán… porque este pueblo ha endurecido su corazón.” El problema no está en la Palabra de Dios. El problema está en el corazón que la recibe. Las parábolas no ocultan la verdad. La revelan a quien esta dispuesto a dejarse transformar por ella. Pero sólo puede descubrirla quien está dispuesto a dejarse transformar. Quizá por eso las parábolas se parecen mucho a aquella historia que el profeta Natán contó al rey David. Natán no comenzó acusándolo directamente de su pecado. Primero le contó una historia. David se dejó involucrar por la historia, se indignó y, sólo al final, comprendió que aquella historia hablaba de él mismo (cf. 2 Sam 12,1-7).

  3. Jun 27

    El que salve su Vida la perderá

    El Evangelio de este domingo contiene una de las afirmaciones más exigentes de Jesús: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». A primera vista estas palabras pueden parecer duras, como si el Señor quisiera disminuir el valor del amor familiar. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Jesús no está enseñándonos a amar menos a nuestra familia; nos está revelando cuál debe ser el fundamento de todo amor verdadero. Todo ser humano organiza su vida alrededor de aquello que considera su bien más grande. Algunos colocan en el centro el éxito, otros el dinero, otros el trabajo, otros incluso a las personas que más aman. Pero el corazón humano sólo encuentra descanso cuando Dios ocupa ese lugar central. Ninguna criatura puede cargar con el peso de convertirse en nuestro bien absoluto. Cuando esperamos que un esposo, una esposa, un hijo o unos padres llenen completamente nuestro corazón, terminamos exigiéndoles algo que sólo Dios puede ofrecer. Por eso Jesús nos invita a ponerlo a Él en el primer lugar, no para quitarnos a quienes amamos, sino para enseñarnos a amarlos de verdad. La primera lectura ilustra esta verdad con gran delicadeza. La mujer de Sunem recibe al profeta Eliseo sin esperar nada a cambio. Reconoce en él a un hombre de Dios y decide abrirle un espacio en su casa. Le prepara una habitación con una cama, una mesa, una silla y una lámpara. Antes de recibir un don, hace lugar para Dios. Y precisamente cuando Dios ocupa ese lugar en su hogar, recibe el regalo que nunca había pedido: un hijo. La Escritura nos enseña así un principio profundamente espiritual: cuando buscamos primero al Señor, todo lo demás encuentra su verdadero lugar. La mujer de Sunem no buscó primero el milagro; buscó primero al Dios que podía habitar en su casa. La segunda lectura profundiza todavía más esta enseñanza. San Pablo recuerda que, por el Bautismo, hemos muerto con Cristo para resucitar con Él a una vida nueva. Ya no vivimos únicamente para nosotros mismos; Cristo se ha convertido en el centro de nuestra existencia. Desde esa nueva vida comprendemos mejor las exigencias del Evangelio. Cuando Cristo ocupa el primer lugar, no amamos menos a nuestra familia, sino mejor. El esposo deja de esperar que su esposa satisfaga todos los deseos de su corazón; la esposa deja de exigir al esposo una perfección imposible; los padres aprenden a amar a sus hijos sin convertirlos en el centro absoluto de su vida, y los hijos descubren que el amor de sus padres tiene una fuente más profunda: el amor mismo de Dios. Cuando Dios ocupa el primer lugar, todos los demás amores encuentran su justa medida. Esta enseñanza adquiere una dimensión muy concreta en la Eucaristía. Cada domingo hacemos exactamente lo que Jesús nos pide en el Evangelio. Antes que el trabajo, antes que nuestras preocupaciones, antes que nuestros proyectos e incluso antes que nuestras relaciones más importantes, venimos a poner a Dios en el centro. No porque la familia sea menos importante, sino porque sólo desde Dios aprendemos a amar verdaderamente a nuestra familia. La Eucaristía es la escuela donde el Señor va ordenando nuestros afectos y enseñándonos cuál es nuestro verdadero Bien Supremo.

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