Entrelíneas

Ana de Beraza

Micro-pódcast. Un espacio para escuchar con pausa. Reflexiones, palabras en tránsito. Audios literarios. elcuadernodeana.substack.com

Episodes

  1. 12/12/2025

    El hábito de escribir, una diferencia abismal y un poema

    Trazar palabras sobre el papel: un bien cada vez más escaso. La pulsión corporal sujeta a la página en blanco. Cualquier superficie vale: la primera hoja del cuaderno recién comprado, una servilleta, un ticket de compra… Y luego están las excusas para abandonar ese hábito: preservar la naturaleza, cuidar los eucaliptos de los montes; ahorrar, en definitiva, papel. Seguir las recomendaciones. Pero en un tiempo en que cada acto humano es registrado, automatizado, «pasado por máquinas», me resulta cada vez más gratificante escribir a mano. Cualquier bolígrafo, cualquier lápiz viejo sirve. Cualquier superficie libre de palabra. Margaret Atwood tenía razón cuando decía: «Debes ver la escritura como si brotara un largo pergamino de tinta del índice de tu mano derecha; debes imaginar que tu mano izquierda lo borra». Hay una extraña vibración, una conexión casi mágica entre el cerebro y esa mano que da forma a palabras que se forjan en la mente como un meteorito. Últimamente, escribo muchos poemas inacabados, incipientes, de una sola línea. Muchos se han perdido… El otro día garabateé: Desamor. Cuando ser era suficiente. En aquel salón —el humo, el olor agrio de la cerveza—, tú eras. El hábito de escribir Hay mucha magia en el ser humano. Mucha incomprensión también. Escribir o no escribir. Perder el hábito. Llenar folios de palabras ilegibles. No somos tan diferentes de nuestros ancestros cuando, a tientas, en la oscuridad de una cueva, imprimían manos teñidas de sangre animal sobre paredes inescrutables con el fin de dejar un legado, una rémora de su existencia. Trascender el presente: ese también era un instinto. El hábito de escribir se parece mucho al hábito de sentir. Si las palabras desaparecieran, la vida perdería el sentido. ¿Cómo dar forma a lo vivido? Desde que a mi perro le aterroriza el viento, lo odio. Los árboles no han dejado de sacudir sus coronas otoñales durante toda la noche y bien entrada la mañana. Todavía ventean mientras escribo estas líneas; habito el tiempo, este cuarto. Invierno de viento sur es un no-invierno. Arrasa la nieve de los Picos de Europa, arrasa el frío y el deseo de cobijo. Cuando el viento pare, la lluvia hará acto de presencia. Una buena excusa para permanecer en casa, seguir escribiendo. Siri no deja de sugerirme en el móvil la aplicación Notas, donde comencé a escribir el relato de los murciélagos y la mujer que ha heredado el ático. ¿Recordáis? La nota se titula Atajo. La belleza de lo eterno. Dos concepciones opuestas. Me pregunto si es una señal del destino y debo retomar el relato. O es una trampa de la máquina empeñada en destruir el albedrío. No he vuelto a tocar el texto desde hace semanas. Empieza así: «Lo obscuro del mirar busca el vampiro en el cuerpo; el escenario inamovible del ático o, lo que es lo mismo, la parálisis del poema teme la indolencia del mundo». Desde luego es el germen de algo. ¿Demasiado poético? Me pregunto por qué siempre tiendo a la poesía en mis textos, a la musicalidad; es peligroso para la coherencia narrativa. Pero también es inevitable para mí. Luego podaré el texto como un jardinero. Posdata: siempre he tenido miedo a los jardineros. Me he dicho que el relato será un texto experimental y así debe seguir siendo. Siri lo ha vuelto a hacer. Me sugiere la aplicación Notas, justo en el inicio del texto. Desea que mis pensamientos pasen por máquina. Pero hoy escribiré a mano. Decía en el episodio anterior que iba a hablar de El Sr Fox, la novela de la autora estadounidense Joyce Carol Oates. La novela que resucitó mis ganas de leer después de sufrir una crisis lectora. La historia en torno a Francis Fox: un carismático profesor en un internado de élite— cuya imagen pública como docente respetado oculta un pasado oscuro de abusos hacia menores. Oates, prolífica y valiente, no teme adentrarse en los abismos de la condición humana. En esta novela no solo aborda el acto criminal del abuso, sino las dinámicas que lo sostienen: la manipulación, el abuso de poder, el encubrimiento social, la fragilidad de las instituciones. Cómo alguien aparentemente respetable puede esconder su monstruosidad. El Sr Fox, el señor Lengua. Ya os conté que ese personaje me había cautivado. No solo por lo bien escrito que está, sino porque yo misma caí en la trampa de su neurosis, de su fachada. Como todo depredador lleva una máscara diseñada a la perfección. Pero he de deciros que ha habido otro personaje que me ha sorprendido más: Demetrius Helen. “Alto y desgarbado como un ave zancuda”, poco agraciado según los estándares sociales: patillas ralas, pelo desaliñado, apariencia descuidada. Un paria para su familia, la sociedad, el instituto. Y aun así, con alma de justiciero. Muchos lo consideran —injustamente— alguien “de pocas luces”. Pero es él quien se da cuenta de lo que está sucediendo en el instituto. Tímido, inseguro, poco habituado a las maniobras sociales. Me pregunto si vivir al margen te permite una mirada más lúcida de la sociedad. Demetrius Helen, el verdadero antagonista de Francis Harlan Fox. Frente a Demetrius, el Sr. Lengua pierde fuerza. Él es la verdadera sorpresa de la novela. Un elemento disruptivo. Moralmente lúcido. Imprevisible. Los personajes femeninos —sobre todo las niñas que aparecen en la novela: Mary Ann, Eunice, Genevieve y otras— quedan algo desdibujados al ser víctimas del grooming. El manipulador no permite penetrar en ellas narrativamente. Y es una pena. Orbitan en torno a sus juegos psicológicos. Muchas provienen de estratos sociales humildes, son víctimas “invisibles” sin redes de apoyo. Enigmas. Y en la novela lo siguen siendo. El retrato del Sr Fox, en cambio, es preciso, incómodo, estremecedor. Su doble vida. Su máscara. Ese actor omnisciente de la perversión que domina cada ángulo: lo que muestra y lo que es. Cómo confunde a sus víctimas con el fin de saciar su instinto. Cómo utiliza las convenciones sociales, el trauma, la vulnerabilidad para pasar desapercibido… y seducir al entorno. Oates no se corta al profundizar en él. Ella tiene esa capacidad: escribir novelas grandiosas en extensión y contenido; pero que se leen como un thriller. Sus más de seiscientas páginas se devoran rápido. Un lujo hoy en día, cuando a muchos les escandaliza toparse con libros de más de doscientas páginas en los escaparates de las librerías, aunque luego pasen horas scrolleando el móvil. Una diferencia abismal También adelanté en el anterior episodio que iba a releer Lolita, para comparar a los dos depredadores: el Sr. Fox y Humbert Humbert. Fui a buscar el libro en la biblioteca del salón, recordaba vagamente que la portada de la editorial Anagrama era morada, pero el sol había carcomido el color del lomo de la novela hasta volverlo azul. De hecho, me costó encontrar la novela. Ese simple desgaste me hizo ser consciente del tiempo que había pasado. ¿Cinco, siete años? ¿Cuánto había cambiado yo desde entonces? Desde luego soy otra persona. Nunca había releído Lolita, aunque me impactó profundamente. Tampoco soy muy partidaria de releer libros. Me gusta el impacto de la primera vez, la primera sacudida de una descripción, de una palabra, de un diálogo. De un personaje. Volver a un libro, casi siempre, me parece un sacrilegio: como si mitigara esa primera emoción, ese despertar tan vivo, ese primer dominio del ser. En la portada de la edición que tengo entre las manos aparece el dibujo de una chica acuclillada, el rostro tapado, y una manecilla que la atraviesa por la espalda como un cuchillo. La imagen previene al lector. Lolita fue, en su momento, una novela profundamente polémica: la tildaron de pornográfica. Las adaptaciones cinematográficas no ayudaron; más bien reforzaron esa lectura simplista, edulcorando las perversiones de Humbert Humbert. «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta»: el poder de seducción de las palabras llevado al extremo, la estética de la perversión. Hay una diferencia abismal en el planteamiento de las dos novelas. Humbert Humbert y Francis Harlan Fox: depredadores que explotan su poder sobre menores, pero construidos de formas radicalmente distintas. Si Humbert —narrador y protagonista en la novela de Nabokov— manipula desde la primera página al lector con su lenguaje brillante y su autovictimización, el Sr. Fox —el Sr Lengua— es un antagonista expuesto desde fuera, cuya monstruosidad se revela a través del sistema que lo ampara. Humbert idealiza y obsesiona a una sola víctima, Lolita, buscando justificar su deseo; Fox, en cambio, actúa de manera metódica sobre varias jóvenes, aprovechando su posición social y la impunidad institucional. Nabokov afirmaría sobre su novela: «Mi tarea era hacer que el lector viera el mundo a través de los ojos de una persona moralmente repugnante, sin justificarla». Y también: «El libro es un ejercicio de estilo, de voz narrativa, de capturar la obsesión en palabras.» La precisión con la que construye esa voz me hizo pensar —otra vez, a lo largo de su relectura— en si Nabokov era conocedor de primera mano de las pulsiones de este tipo de depredadores. Experimenta con la percepción, muestra cómo un personaje despreciable puede seducir al lector mediante el lenguaje sin que eso implique, en absoluto, una aprobación moral de sus actos. Mientras Humbert engaña con palabras y estética, Fox manipula mediante autoridad y jerarquía. Humbert se hunde en su propio delirio; Fox cae si otros lo delatan. Humbert encarna la perversión íntima y estética, Fox, la corrupción social y el abuso de poder sistémico. Los detractores de Lolita argumentan que Humbert es un personaje demasiado interesante, demasiado seductor, que la novela es dañina para las víctimas. Pero ningún monstruo se presenta ante su víctima con su monstruosidad a plena lu

    20 min
  2. 11/20/2025

    El acto heroico de escribir, la fealdad y mi crisis lectora

    Amanecí agotada. La noche anterior había releído algunos párrafos de mi última novela; no la que publico aquí cada semana, sino esa otra, la que siento que me ha hecho escritora y he tenido la necesidad de cuidar cada línea. La guardo como oro en paño, aunque confieso que me atreví a enviarla a un concurso literario. No para ganar —no soy tan ingenua—, sino para que alguien repare en ella en el proceso de selección. Esa es mi esperanza y también mi desesperación. Contradictoriamente, también quiero que la historia siga siendo un secreto a salvo de cualquier juicio y exposición.Los personajes aún me hablan. A veces recuerdo, de repente, algunas de sus frases de forma súbita y tengo que echar mano del manuscrito para releerlas, como si buscara encontrar sentido a esa irrupción en mi vida. Tengo la sensación de que ese libro me va a perseguir siempre. No para mal. ¿O sí? Lo sabré con el tiempo. El tiempo coloca las cosas en su sitio, aunque duelan. Y todo dolor guarda algo de revelación. De redención. Escribir es un acto de fe, de amor y, a veces, de inconsistencia. El acto heroico de escribir No he vuelto a ser la misma desde que la terminé. Han sido siete años de mi vida. No lo tenía previsto; si lo hubiera sabido, quizá no habría empezado ni la primera página. Pero en cuanto escribí las primeras líneas sentí que la historia estaba viva, que tenía un vigor extraño. Que iba a ser eterna; al menos para mí. Siete años de lealtad a unos personajes. De renuncias. De ausencias de mí misma. Porque escribir también es eso: perderse y regresar distinta. Ponerse en segundo o tercer plano. Tener la sensación de jugarte algo íntimo. Siete años donde la dedicación se volvió, a veces, exigente, solitaria. En los que, en algún punto, mis nervios se rompieron. Empezar una novela es como firmar un pacto con el diablo. No puedes desprenderte del todo de ese pacto nunca. Te persigue. Sea cual sea el género, escribir es una forma de vender tu alma, de vaciarte… Es también algo irremediable: un vicio del ser. Pero alimentar ese ser es un privilegio cada vez más caro. ¿Vives o escribes? ¿Eres una mujer “normal”, con pareja, vida social, rutina… o te recluyes horas en casa a escribir sin recibir nada a cambio? Muy poca gente apuesta por eso. A veces he oído decir: “Si no hubiera sabido que mi novela iba a publicarse, no me habría puesto a escribir”. Me sorprende. No me identifico en absoluto. Para mí escribir es un acto heroico donde tú estableces tus propias reglas. Un compartimento íntimo que, al salir a la superficie, vibra en lugar de ti. Una forma de replegarse del mundo. O quizá la manera más profunda de entrar en él. Hoy parece que el valor de cualquier obra depende más de la capacidad de repercusión del artista que del acto creativo en sí. Escribir por las mañanas. Trabajar por las tardes. Leer por las noches o los fines de semana. Cocinar, limpiar, hacer la compra, ver una serie, acariciar a mi perro. Vivir. La fealdad Decía que, entre línea y línea, encuentro tiempo para ver una película. Con verdadero entusiasmo esperaba la última adaptación de Frankenstein. Que se estrenara el día de mi cumpleaños —el 7 de noviembre— me pareció una señal del destino. Incluso me resistí a ver el tráiler: deseaba disfrutar de la inmersión del film sin ninguna idea preconcebida; quería enfrentarme al monstruo por primera vez como su creador. Pero la escena clave, ese encuentro —entre el creador y la criatura—, entre satenes verdes, con el monstruo repitiendo hasta la saciedad el nombre de su creador, “Víctor”, me dejó fría. En una época —principios del XIX— en la que lo horrendo era cotidiano, y lo bello, lo armonioso, era una rareza; en la que lo devastado y lo descarnado formaban parte del paisaje, esta criatura no sabemos si es una momia, un soldado herido o un hombre vendado. La humanización extrema resta horror. Y en Frankenstein, el horror es esencial. Mary Shelley escribió su novela en un contexto donde las demostraciones públicas del galvanismo —hacer mover patas de ranas, cabezas de buey o incluso cadáveres de criminales recién ejecutados aplicando electricidad— causaban morbo, fascinación y un cierto terror. Salían en periódicos y corrían de boca en boca. La clase intelectual y científica seguía muy de cerca estos experimentos de Galvani y sus discípulos; para ellos era casi un tema existencial, ligado a preguntas sobre la vida, la muerte y la electricidad. Ese imaginario precede al nacimiento del monstruo. Lo único memorable de esta adaptación es el papel que interpreta Mia Goth, por partida doble: Lady Elizabeth Harlander, el interés amoroso de Victor Frankenstein y la mujer que muestra alguna debilidad, comprensión hacia la criatura; y Claire Frankenstein, la madre del creador, obligada a tragar un trozo de carne cruda ante su perplejo hijo. Esas escenas femeninas aún vibran en mí. Algo turbio se asentó ahí. El resto —la grandiosidad impostada, la ambición desmedida del doctor, la torre del laboratorio desmesurada, el monstruo edulcorado, casi sexy, del que todos huyen incomprensiblemente— resultó insufrible para mí. No encontré la esencia de la novela de Mary Shelley por ninguna parte.La fealdad —lo monstruoso— se había sofisticado. Reflexionando sobre la fealdad, me vienen a la mente la serie de grabados Los caprichos y las Pinturas negras de Goya. No hace mucho pude disfrutarlas en un viaje a Madrid. Visité el Museo del Prado y me dediqué, a escondidas, a fotografiar todos los perros que aparecían en los cuadros de la pinacoteca. Cuando llegué a las Pinturas negras sufrí, sin saberlo, el síndrome de Stendhal, pero en sentido opuesto. Si Stendhal, al contemplar las obras renacentistas —su equilibrio, proporción, armonía, la idealización del cuerpo humano— sentía “latir el corazón” y cómo la vida se le agotaba, en mí, frente a los grabados y las Pinturas negras, algo me sacudió : una inconcreción, un secreto profundo. A pesar de todo su horror y su fealdad, a pesar de la oscuridad que desprenden, había belleza. Eran cuadros testigos de un tiempo, de una genialidad y una honestidad brutal, sin la menor necesidad de ser validados. En lo inabarcable, muchas veces, se encuentra la inspiración. La obra de Goya es inspiración pura. Tan impactada quedé por las Pinturas negras y Los caprichos que, a la salida del museo, me compré una camisa de hombre con una de las imágenes más reconocibles de la serie: El sueño de la razón produce monstruos. Hasta el propio título es brutalmente honesto. No concede nada.Al igual que la novela de Mary Shelley es fruto de su tiempo, las obras de Goya plasman la brutalidad en la que estaba sumida España a comienzos del siglo XIX, durante la invasión francesa de 1808, que costó alrededor de veinte mil vidas españolas. Goya revela en ellas el horror, la hambruna, la muerte, la desesperación de aquella época. “El sueño de la razón produce monstruos”. Otro día hablaré del acto de titular una obra artística: es todo un arte. En esta litografía se ve a un hombre vestido con unos calzones, acurrucado sobre una mesa o un escritorio, con la cabeza hundida entre los brazos cruzados. Es la viva imagen de la desesperación. Su cabello oscuro oculta el rostro. Porque… ¿cuál es el rostro de la desesperación? Quizá Goya no se atrevía a mirarlo. Detrás, sobre él, revolotean bestias y pájaros que se amontonan, ojipláticos, con una morfología que evoca la histeria de los murciélagos a plena luz del día. ¿Sería Goya ese hombre que intenta descansar de la angustia que lo atenaza, de sus propios terrores? Ese mismo horror acechó al pintor en sus últimos años, cuando la lucidez se confundía con la locura. Su sordera, su aislamiento en la Quinta del Sordo, la violencia política y la enfermedad mental lo acompañaron hasta el final de su vida. Esa lucidez y ese cinismo fueron el motor de las Pinturas negras y de Los caprichos, obras perturbadoras y, a la vez, maravillosas. El grabado El sueño de la razón produce monstruos no se me va de la cabeza. Estoy pensando en escribir un relato inspirado en él. Como afirma Patricia Highsmith en su ensayo El suspense, el germen de una historia es esa imagen súbita o situación inquietante que se impone con fuerza. En este caso, la imagen es la de una mujer que regresa al vecindario de sus padres —ya muertos— a raíz de las quejas de la comunidad de propietarios: en el ático que ha heredado, en un edificio antiguo, ha aparecido un criadero de murciélagos.Apuntes míos sobre ese germen: “Sería un texto poético. Experimental. Los murciélagos entrañan misterio, violencia, asco; viven y respiran fuera de la vida convencional. Tener eso presente.” Dudo, antes de escribir el final de este texto, entre prepararme una manzanilla o un té verde, sin azúcar, por supuesto. Que entre el calor en el cuerpo y la mente se atempere, que la calidez del agua pase por la garganta y abra el pecho. El frío ha llegado a la ciudad después de días de viento sur. Ese frío que cala los huesos y huye de su propia presencia. Que hace mella en el cuerpo y en el ánimo. Y parece un fantasma. Mi crisis lectora Siempre, de la última lectura, queda un poso. Un residuo, una energía que fluye.Al referirme a “última lectura” no me refiero a cuando cierras el libro, sino a la última lectura del día, aunque no acabes la página, el capítulo, la línea; cuando has perdido la concentración o el agotamiento te ha obligado a abandonar el libro. Últimamente no sentía ese poso; mi alma lectora parecía inane, muerta. No sentía ni reflexionaba cuando leía, no aprendía, no percibía la mínima energía de las historias —aunque eran interesantes, buenas, incluso vibrantes—. Leía por inercia y, aunque me desesperaba, no pensaba mucho en ello. No me explicaba la razón de lo

    18 min
  3. 10/31/2025

    Disfraces, monstruos de moda y otros sucedáneos

    Noto cierta atemporalidad en las ciudades. Cierta no-pertenencia. Desapasionamiento. Septiembre no había terminado y ya asomaban las primeras máscaras, calabazas y disfraces de monstruos en el paisaje urbano. Hoy todo huele a jengibre; si pides un pastel en una cafetería, debe tener forma de calavera o de fruto otoñal. Tal vez vivir en esta época sea renunciar a lo sorpresivo. Halloween, esa fiesta pagana que rinde homenaje al miedo y a la muerte, a algo tan inconmensurable, se ha reducido al consumismo. Me repito que no debo ser tan analítica. Debo disfrutar. Las galletas de jengibre están realmente ricas. Estudié en un colegio de monjas hasta los dieciocho años. De aquella educación conservo cierto misticismo, una rigidez de ánimo y la admiración por la iconografía religiosa. No en el sentido moral ni creyente, sino en la forma en que mi sistema nervioso y sensitivo se deja moldear, acoge la vida. Hubo un tiempo, en mi adolescencia, en que disfrazarse era un gesto de rebeldía. Este octubre, las franquicias y los escaparates—decorados al milímetro según la festividad de turno— ofrecen un amplio repertorio de máscaras y atuendos. Mi mente automatizada busca, casi asustada, ante la posibilidad de no hallar nada —ni una mínima perplejidad—, y sentir que cada celebración está marcada por fuerzas externas que poco o nada tienen que ver con la tradición, la complejidad humana, o cualquier forma de ritualismo. Lo predecible no encierra misterio alguno. Corroe al miedo. El monstruo de moda Ed Gein, el monstruo por excelencia esta temporada. Infame asesino. Profanador de tumbas. En la Noche de los Muertos será un disfraz más.He sido incapaz de pasar del tercer capítulo de la serie: Monstruo: La historia de Ed Gein. Mi tolerancia al asco no estaba lo suficientemente entrenada. Vivir es también dejar un poco los escrúpulos a un lado, me digo. Cuando alguien saque el tema de la serie de moda, asentiré, por cortesía, para no aguar la fiesta. ¿Qué es el miedo, después de todo?El miedo va con uno mismo; lo adormecemos, lo ignoramos para seguir siendo funcionales. A veces lo intuimos en un reflejo, en un pensamiento intrusivo al que no hacemos caso, en una sensación de pérdida repentina que no sabemos explicar. El miedo son las preguntas que no deseamos responder, a las que ni siquiera nos asomamos. El algoritmo y las modas estandarizan la inquietud, la felicidad. ¿Cuáles son los deseos, los gustos, las verdaderas apetencias? Esta noche los niños y los adultos juegan a invocar lo que en verdad temen. Cada año, el mismo rito: domesticar, atenuar ese residuo primitivo para que no nos devore. Enseñar a los más pequeños a nombrar el miedo sin conocerlo.Bajo la fiesta edulcorada, algo antiguo despierta: una herencia biológica, un resto de animalidad que aún transita en el cuerpo. Hoy comentamos, rememoramos nuestra película de terror favorita, aquel disfraz comprado con prisas que causó verdadero impacto en una fiesta a la que, en realidad, no fuimos invitadas; donde, en lo irreconocible, en lo monstruoso, nos sentimos otras; hicimos y deshicimos lo inconfesable.También, en esta noche repleta de símbolos que evitan mirar al verdadero miedo, volvemos a nuestras lecturas predilectas: aquellas que nos mantuvieron en vilo, al borde de la verdad que siempre hemos eludido, pero a la que ansiamos mirar. Edgar Allan Poe dijo: “I became insane, with long intervals of horrible sanity.” Me volví loco, con largos intervalos de horrible cordura. Sus personajes no temen al monstruo, sino a sí mismos. Roderick Usher siente cómo su mansión se pudre al mismo ritmo que su mente; el narrador de El corazón delator escucha su culpa latir bajo el suelo; Ligeia regresa de la muerte solo para recordar que el deseo es más fuerte que la razón; el protagonista de El gato negro encarna la violencia que habita en todo amor corrompido. En Berenice, Ligeiay Morella, las mujeres son espectros bellos y decadentes, símbolos del deseo que devora; en El cuervo, el duelo se convierte en palabra obsesiva: Nevermore. El miedo, ese desbordamiento del ser: lo que nos impide reír, incluso pensar, y que en esta Noche de los Muertos se invoca con ligereza, porque en su verdad reside lo insoportable.¿Quién está dispuesto hoy a volverse disfuncional? ¿A ser tan temerario? ¿Quién correría ese riesgo? Es el terror del nuevo siglo. El deseo como conductor del horror Un libro al que vuelvo siempre por estas fechas: Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary W. Shelley. El comienzo: el paisaje gélido del Ártico, el aislamiento, la muerte emocional y la soledad extrema del hombre que desafía los límites de la naturaleza. Las primeras palabras del creador, el doctor Frankenstein, respecto del monstruo: “Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeaba melancólicamente los cristales, y mi vela estaba casi consumida, cuando, a la luz de la llama vacilante, vi abrirse los ojos amarillentos de la criatura; respiró pesadamente, y un movimiento convulsivo agitó su cuerpo.¡Qué horror! ¡Qué horroroso fue aquel momento! Había trabajado durante casi dos años para infundir vida a un cuerpo inanimado; por ello había privado a mi cuerpo de descanso y salud. Pero ahora que había terminado, la belleza del sueño se desvanecía, y el aliento del terror y del asco llenaba mi corazón. No podía soportar la visión del ser que había creado. (...)Había deseado con un ardor que excedía toda moderación el logro de mis deseos; pero ahora que lo había conseguido, el encanto del sueño desapareció, y un horror sin límites y repugnancia me llenaron el alma.” Así como Prometeo robó el fuego divino —vida, conocimiento—, Frankenstein termina rodeado de hielo: la congelación de su hybris, de su desmesura. El hielo como estancamiento moral. Como prisión de los actos. A veces se ha de temer lo que se desea. Dos películas que siempre veo: La primera, Los inocentes, coescrita por mi admirado Truman Capote. Versión cinematográfica de otra novela corta y fascinante, Otra vuelta de tuerca, de Henry James. Podes ver la película completa aquí. No os la perdáis 👇 Capote, con su estilo elegante y sugerente, logra evocar la corrupción de la inocencia y la belleza amenazada. Para ello, intensificó la relación entre la institutriz y los niños, afinó el lenguaje visual y los silencios, usando el subtexto más que la acción explícita, e introdujo escenas y diálogos que profundizan en la idea de la “corrupción de la inocencia”. Si en Los inocentes el mal no reside en los fantasmas, sino en el deseo reprimido, la mirada y la sugestión, en mi siguiente recomendación, It Follows, su director David Robert Mitchell retoma ese principio y lo actualiza: el horror tampoco se explica del todo, sino que se contagia a través del deseo. Si en The Innocents el erotismo reprimido corrompe la inocencia, en It Follows, mi segunda recomendación, el sexo libera, pero también condena. El deseo sexual activa la maldición: lo que se transmite no es solo un virus sobrenatural, sino la culpa y la conciencia del deseo.Planos largos, lentos travellings, ausencia de música explicativa. El monstruo de It Follows camina despacio, casi como un pensamiento del que no puedes desprenderte. Ambas películas tratan el paso de la inocencia a la experiencia, con el cuerpo como territorio amenazado. Me imagino siendo el capitán Robert Walton escuchando la confesión del doctor Frankenstein en su navío, la confesión del creador.Me imagino siendo Capote, dosificando la ambigüedad moral de los personajes a lo largo del metraje.Me imagino siendo Jay Height, la protagonista de It Follows, en Detroit, viendo y viviendo su propio cuerpo como catalizador de la libertad sexual y el horror. Que paséis buena noche. Por cierto, la próxima semana, publicaré el siguiente capítulo de mi novela por entregas El rechazo. Mientras tanto, podéis leer el primer capítulo aquí, disponible para todos los lectores de esta Newsletter This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit elcuadernodeana.substack.com

    12 min
  4. 11/15/2022

    Una noche de insomnio

    El perro no ha dormido bien, el viento sur ha soplado con intensidad durante la noche haciendo temblar las persianas y la copa de los árboles aledaños. Su sueño ha sido inconstante, también el mío, una duermevela desesperada por encontrar la calma que no llegaba. Casualmente leía hace poco un artículo en el que se analizaba el insomnio en España: ha aumentado entre la población de manera considerable. Ahondando en el asunto en internet encontré otro donde se culpaba a la hormona del sueño, la afamada Melatonina, de extrañas pesadillas, crear una artificialidad a la larga en el cerebro. Muchos han sido los escritores que han profundizado en lo onírico como fuente de inspiración. Vladimir Nabokov, sin ir más lejos, en 1964 tomó nota de sus sueños nada más despertarse durante tres meses con el fin de demostrar que el tiempo era una entidad de varias direcciones. Concepto que influyó en numerosas de sus novelas, incluida su obra maestra Ada o el ardor. Frank Kafka pasaba las noches escribiendo (durante el día cumplía sus obligaciones laborales en un instituto de patentes en Praga); Marcel Proust —además de alimentarse a cafés y croissant y ser un trasnochador empedernido—, cuando lo hacía, escribía por las noches en un cuarto de paredes revestidas de corcho para evitar los ruidos del exterior; Thomas Wolfe,  autor de La mirada del ángel y Tengo algo que deciros, se atiborraba a té y café mientras escribía de pie y usaba la nevera como atril (era extremadamente alto); el maravillo Gustave Flaubert, escritor de la siempre inolvidable Madame Bovary, trabajaba por las noches varias horas sobre sus manuscritos porque durante el día se distraía fácilmente; la autora de Entrevista con el vampiro, Anne Rice, prefería también escribir por las noches por el mismo motivo; Toni Morrison, Premio Nobel de Literatura en 1993, en sus primeros años como escritora, al ser madre y trabajar en una editorial por el día, se abandonaba a la exigente tarea de escribir durante las horas noctámbulas. Podría seguir compartiendo innumerables ejemplos en los que escritores y escritoras pasan la noche dando forma a obras maestras, pero la lista sería interminable. Todo escritor o escritora que se precie debe percibir como una oportunidad esa vigilia, y profundizar en el mundo creativo. Algunos expertos culpan a una vida «excesivamente iluminada» nuestra falta de sueño. Por lo visto, el resplandor de las pantallas móviles hace que el cerebro continúe en vela a altas horas de la madrugada. El móvil en la mesilla de noche se ha convertido en un objeto imprescindible, una compañía tan persistente como inerte, que nos hace vivir alerta. A veces creo que es la inmediatez la que ha convertido la necesidad de dormir en un sueño inalcanzable, la  misma necesidad imperiosa de sucumbir. Las noches de insomnio son cada vez más frecuentes, el cansancio  acumulado a lo largo del día no es suficiente para sucumbir al sueño . Me digo que todo escritor o escritora que se precie debe percibir como una oportunidad esa vigilia, y profundizar en el mundo creativo. Sin embargo, el cansancio sigue ahí, es demasiado fuerte como para levantarme y sentarme frente al ordenador. Apenas tomo notas en el móvil; algunas pinceladas de la trama que estoy escribiendo, diálogos vagos de los personajes o versos sueltos de algún poema. Nunca he sufrido (o disfrutado, según se mire), ese frenesí que domina a algunos escritores y escritoras y les obliga a no cesar de escribir, casi no comer ni dormir hasta que han concluido su obra. Experimentar ese trance es uno de mis sueños. ¡Gracias por leerme! 🖤Clarisa This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit elcuadernodeana.substack.com

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