Amanecí agotada. La noche anterior había releído algunos párrafos de mi última novela; no la que publico aquí cada semana, sino esa otra, la que siento que me ha hecho escritora y he tenido la necesidad de cuidar cada línea. La guardo como oro en paño, aunque confieso que me atreví a enviarla a un concurso literario. No para ganar —no soy tan ingenua—, sino para que alguien repare en ella en el proceso de selección. Esa es mi esperanza y también mi desesperación. Contradictoriamente, también quiero que la historia siga siendo un secreto a salvo de cualquier juicio y exposición.Los personajes aún me hablan. A veces recuerdo, de repente, algunas de sus frases de forma súbita y tengo que echar mano del manuscrito para releerlas, como si buscara encontrar sentido a esa irrupción en mi vida. Tengo la sensación de que ese libro me va a perseguir siempre. No para mal. ¿O sí? Lo sabré con el tiempo. El tiempo coloca las cosas en su sitio, aunque duelan. Y todo dolor guarda algo de revelación. De redención. Escribir es un acto de fe, de amor y, a veces, de inconsistencia. El acto heroico de escribir No he vuelto a ser la misma desde que la terminé. Han sido siete años de mi vida. No lo tenía previsto; si lo hubiera sabido, quizá no habría empezado ni la primera página. Pero en cuanto escribí las primeras líneas sentí que la historia estaba viva, que tenía un vigor extraño. Que iba a ser eterna; al menos para mí. Siete años de lealtad a unos personajes. De renuncias. De ausencias de mí misma. Porque escribir también es eso: perderse y regresar distinta. Ponerse en segundo o tercer plano. Tener la sensación de jugarte algo íntimo. Siete años donde la dedicación se volvió, a veces, exigente, solitaria. En los que, en algún punto, mis nervios se rompieron. Empezar una novela es como firmar un pacto con el diablo. No puedes desprenderte del todo de ese pacto nunca. Te persigue. Sea cual sea el género, escribir es una forma de vender tu alma, de vaciarte… Es también algo irremediable: un vicio del ser. Pero alimentar ese ser es un privilegio cada vez más caro. ¿Vives o escribes? ¿Eres una mujer “normal”, con pareja, vida social, rutina… o te recluyes horas en casa a escribir sin recibir nada a cambio? Muy poca gente apuesta por eso. A veces he oído decir: “Si no hubiera sabido que mi novela iba a publicarse, no me habría puesto a escribir”. Me sorprende. No me identifico en absoluto. Para mí escribir es un acto heroico donde tú estableces tus propias reglas. Un compartimento íntimo que, al salir a la superficie, vibra en lugar de ti. Una forma de replegarse del mundo. O quizá la manera más profunda de entrar en él. Hoy parece que el valor de cualquier obra depende más de la capacidad de repercusión del artista que del acto creativo en sí. Escribir por las mañanas. Trabajar por las tardes. Leer por las noches o los fines de semana. Cocinar, limpiar, hacer la compra, ver una serie, acariciar a mi perro. Vivir. La fealdad Decía que, entre línea y línea, encuentro tiempo para ver una película. Con verdadero entusiasmo esperaba la última adaptación de Frankenstein. Que se estrenara el día de mi cumpleaños —el 7 de noviembre— me pareció una señal del destino. Incluso me resistí a ver el tráiler: deseaba disfrutar de la inmersión del film sin ninguna idea preconcebida; quería enfrentarme al monstruo por primera vez como su creador. Pero la escena clave, ese encuentro —entre el creador y la criatura—, entre satenes verdes, con el monstruo repitiendo hasta la saciedad el nombre de su creador, “Víctor”, me dejó fría. En una época —principios del XIX— en la que lo horrendo era cotidiano, y lo bello, lo armonioso, era una rareza; en la que lo devastado y lo descarnado formaban parte del paisaje, esta criatura no sabemos si es una momia, un soldado herido o un hombre vendado. La humanización extrema resta horror. Y en Frankenstein, el horror es esencial. Mary Shelley escribió su novela en un contexto donde las demostraciones públicas del galvanismo —hacer mover patas de ranas, cabezas de buey o incluso cadáveres de criminales recién ejecutados aplicando electricidad— causaban morbo, fascinación y un cierto terror. Salían en periódicos y corrían de boca en boca. La clase intelectual y científica seguía muy de cerca estos experimentos de Galvani y sus discípulos; para ellos era casi un tema existencial, ligado a preguntas sobre la vida, la muerte y la electricidad. Ese imaginario precede al nacimiento del monstruo. Lo único memorable de esta adaptación es el papel que interpreta Mia Goth, por partida doble: Lady Elizabeth Harlander, el interés amoroso de Victor Frankenstein y la mujer que muestra alguna debilidad, comprensión hacia la criatura; y Claire Frankenstein, la madre del creador, obligada a tragar un trozo de carne cruda ante su perplejo hijo. Esas escenas femeninas aún vibran en mí. Algo turbio se asentó ahí. El resto —la grandiosidad impostada, la ambición desmedida del doctor, la torre del laboratorio desmesurada, el monstruo edulcorado, casi sexy, del que todos huyen incomprensiblemente— resultó insufrible para mí. No encontré la esencia de la novela de Mary Shelley por ninguna parte.La fealdad —lo monstruoso— se había sofisticado. Reflexionando sobre la fealdad, me vienen a la mente la serie de grabados Los caprichos y las Pinturas negras de Goya. No hace mucho pude disfrutarlas en un viaje a Madrid. Visité el Museo del Prado y me dediqué, a escondidas, a fotografiar todos los perros que aparecían en los cuadros de la pinacoteca. Cuando llegué a las Pinturas negras sufrí, sin saberlo, el síndrome de Stendhal, pero en sentido opuesto. Si Stendhal, al contemplar las obras renacentistas —su equilibrio, proporción, armonía, la idealización del cuerpo humano— sentía “latir el corazón” y cómo la vida se le agotaba, en mí, frente a los grabados y las Pinturas negras, algo me sacudió : una inconcreción, un secreto profundo. A pesar de todo su horror y su fealdad, a pesar de la oscuridad que desprenden, había belleza. Eran cuadros testigos de un tiempo, de una genialidad y una honestidad brutal, sin la menor necesidad de ser validados. En lo inabarcable, muchas veces, se encuentra la inspiración. La obra de Goya es inspiración pura. Tan impactada quedé por las Pinturas negras y Los caprichos que, a la salida del museo, me compré una camisa de hombre con una de las imágenes más reconocibles de la serie: El sueño de la razón produce monstruos. Hasta el propio título es brutalmente honesto. No concede nada.Al igual que la novela de Mary Shelley es fruto de su tiempo, las obras de Goya plasman la brutalidad en la que estaba sumida España a comienzos del siglo XIX, durante la invasión francesa de 1808, que costó alrededor de veinte mil vidas españolas. Goya revela en ellas el horror, la hambruna, la muerte, la desesperación de aquella época. “El sueño de la razón produce monstruos”. Otro día hablaré del acto de titular una obra artística: es todo un arte. En esta litografía se ve a un hombre vestido con unos calzones, acurrucado sobre una mesa o un escritorio, con la cabeza hundida entre los brazos cruzados. Es la viva imagen de la desesperación. Su cabello oscuro oculta el rostro. Porque… ¿cuál es el rostro de la desesperación? Quizá Goya no se atrevía a mirarlo. Detrás, sobre él, revolotean bestias y pájaros que se amontonan, ojipláticos, con una morfología que evoca la histeria de los murciélagos a plena luz del día. ¿Sería Goya ese hombre que intenta descansar de la angustia que lo atenaza, de sus propios terrores? Ese mismo horror acechó al pintor en sus últimos años, cuando la lucidez se confundía con la locura. Su sordera, su aislamiento en la Quinta del Sordo, la violencia política y la enfermedad mental lo acompañaron hasta el final de su vida. Esa lucidez y ese cinismo fueron el motor de las Pinturas negras y de Los caprichos, obras perturbadoras y, a la vez, maravillosas. El grabado El sueño de la razón produce monstruos no se me va de la cabeza. Estoy pensando en escribir un relato inspirado en él. Como afirma Patricia Highsmith en su ensayo El suspense, el germen de una historia es esa imagen súbita o situación inquietante que se impone con fuerza. En este caso, la imagen es la de una mujer que regresa al vecindario de sus padres —ya muertos— a raíz de las quejas de la comunidad de propietarios: en el ático que ha heredado, en un edificio antiguo, ha aparecido un criadero de murciélagos.Apuntes míos sobre ese germen: “Sería un texto poético. Experimental. Los murciélagos entrañan misterio, violencia, asco; viven y respiran fuera de la vida convencional. Tener eso presente.” Dudo, antes de escribir el final de este texto, entre prepararme una manzanilla o un té verde, sin azúcar, por supuesto. Que entre el calor en el cuerpo y la mente se atempere, que la calidez del agua pase por la garganta y abra el pecho. El frío ha llegado a la ciudad después de días de viento sur. Ese frío que cala los huesos y huye de su propia presencia. Que hace mella en el cuerpo y en el ánimo. Y parece un fantasma. Mi crisis lectora Siempre, de la última lectura, queda un poso. Un residuo, una energía que fluye.Al referirme a “última lectura” no me refiero a cuando cierras el libro, sino a la última lectura del día, aunque no acabes la página, el capítulo, la línea; cuando has perdido la concentración o el agotamiento te ha obligado a abandonar el libro. Últimamente no sentía ese poso; mi alma lectora parecía inane, muerta. No sentía ni reflexionaba cuando leía, no aprendía, no percibía la mínima energía de las historias —aunque eran interesantes, buenas, incluso vibrantes—. Leía por inercia y, aunque me desesperaba, no pensaba mucho en ello. No me explicaba la razón de lo