El 2 de enero de 1935, un joven de unos 20 años cruzó el umbral del lujoso Hotel President en Kansas City. Vestía un abrigo oscuro, no llevaba equipaje y se registró bajo el nombre de Roland T. Owen. Pidió una habitación interior, lejos de la luz del sol, un refugio de sombras que se convertiría, apenas tres días después, en el escenario de un rompecabezas imposible para la policía. Desde el primer momento, el comportamiento de Owen fue errático. La camarera de pisos, Mary Soptic, lo encontró en varias ocasiones sentado en la penumbra total de la habitación 1046, con las cortinas cerradas y la mirada fija en el vacío. Owen parecía esperar a alguien, un misterioso "Don" al que mencionaba en notas y con quien hablaba con un tono tenso y sumiso por teléfono. El 4 de enero, la tragedia estalló: tras varias llamadas de despertador sin respuesta, el personal del hotel forzó la entrada. Lo que encontraron parecía una escena de pesadilla. Owen estaba desnudo, atado de pies y manos, con marcas de estrangulamiento y múltiples heridas de arma blanca. Las paredes y la alfombra estaban salpicadas de sangre. Increíblemente, aún respiraba. Cuando la policía le preguntó quién le había hecho eso, Owen, en un último y escalofriante acto de lealtad o terror, susurró: "Nadie, me he caído contra la bañera". Horas después, moría en el hospital, llevándose sus secretos a la tumba. La investigación reveló un escenario vacío. Alguien se había tomado el tiempo de limpiar la habitación y llevarse cada pertenencia de la víctima: ropa, cepillo de dientes, incluso las etiquetas de las almohadas y el cenicero. No había arma homicida, pero sí pistas inconexas: un vaso roto, una horquilla de mujer y una etiqueta de corbata de Nueva Jersey. La identidad del joven resultó ser falsa; "Roland T. Owen" no existía. El misterio no terminó con su muerte. Semanas después, un donante anónimo pagó un funeral digno para el desconocido, enviando dinero y trece rosas rojas con una tarjeta que decía: "Amor eterno, Louise". No fue hasta un año más tarde que una mujer en Alabama reconoció la foto en un periódico: el muerto era su hijo, Artemus Ogletree, un joven de 17 años que había salido de casa en busca de aventuras. A pesar de identificar el cuerpo, las preguntas se multiplicaron. ¿Quién era "Don"? ¿Quién era la mujer que discutió con él en la habitación? ¿Y quién siguió enviando cartas mecanografiadas a su madre meses después de que Artemus ya estuviera enterrado, fingiendo que estaba vivo en Egipto o Europa? El caso de la habitación 1046 permanece como un laberinto sin salida, un recordatorio de que algunas sombras son tan densas que ni siquiera la verdad logra iluminarlas.