El episodio 21 de la serie de pódcast Médicos que dejan huella recoge la trayectoria de José Ángel García, jefe del Servicio de Obstetricia y Ginecología del Hospital Materno-Infantil durante más de tres décadas, referente por haber logrado algo insólito: un servicio puntero, sin listas de espera y tomado como modelo en toda Canarias. Nacido en La Laguna en 1949, creció en una ciudad muy distinta a la actual, con calles de tierra que en invierno se convertían en barrancos y una vida tranquila alrededor de la plaza de La Concepción. Su padre, mecánico, soñaba con verlo dentista, pero un amigo de la familia —médico— le cambió la mirada: le hizo ver que traer vidas al mundo podía ser mucho más trascendente que pilotar aviones. En la facultad, al descubrir la obstetricia y la ginecología, sintió que había encontrado su sitio: desde el primer parto y la primera cesárea tuvo claro que aquella especialidad sería para siempre su vocación, hasta el punto de repetir que le sorprendía que le pagaran por algo que habría hecho gratis. Tras formarse en Tenerife, dio un giro decisivo cuando aceptó trasladarse a Gran Canaria para incorporarse al Hospital Materno-Infantil. Dejó un entorno cómodo y previsible para asumir, con 39 años, la jefatura de un servicio grande, con muchos especialistas mayores que él y “colmillo retorcido”. Aquellos primeros meses de estómago encogido, entrando al hospital casi como un alumno nuevo, dieron paso a un proyecto de transformación profundo: reorganizó la actividad, impulsó unidades específicas —medicina materno-fetal, reproducción, suelo pélvico, diagnóstico prenatal— y defendió que, siendo el único servicio público de obstetricia y ginecología de Gran Canaria y referencia para Lanzarote y Fuerteventura, tenían la obligación de ofrecer la mejor asistencia posible. Uno de los hitos que más reivindica es haber conseguido eliminar las listas de espera, tanto quirúrgicas como diagnósticas, y mantener ese logro en el tiempo. Recuerda a las mujeres que entraban a su despacho para contarle, con razón, que llevaban demasiado tiempo esperando una intervención. “Había que arreglarlo”, cuenta. Para hacerlo, recurrieron a soluciones organizativas más que a grandes inversiones: conciertos específicos con clínicas externas para operar, mejor uso de los quirófanos del propio hospital y una coordinación estrecha con Atención Primaria para ordenar el cribado del cáncer de cuello uterino. El resultado: un servicio sin listas de espera, que hoy sigue siendo el mejor de Canarias en este indicador, no solo entre ginecologías, sino entre todas las especialidades. En la entrevista, José Ángel reflexiona también sobre cómo entender la gestión y el modelo retributivo. Defiende que no se puede tratar igual a quien se implica al máximo que a quien se acomoda. En su servicio diseñaron baremos que ponderaban la actividad y el compromiso reciente por encima de la antigüedad, para evitar que los años de carrera fueran el único mérito. Además del sueldo, subraya la importancia de otros incentivos: la posibilidad de formarse, de liderar proyectos, de ser reconocido por los compañeros y de que las buenas ideas encuentren eco en la organización. Su objetivo nunca fue “ser jefe” o “ser catedrático”, sino hacer bien el trabajo que esos cargos conllevan. Detrás del gestor hay un clínico marcado por muchas madrugadas de guardia. Relata, por ejemplo, la llamada a las tres de la mañana por una gestante con un desprendimiento brusco de placenta: correr al quirófano, hacer una cesárea urgente, ver salir al bebé con vida y a la madre estable. Esa mezcla de adrenalina y alivio es, en sus palabras, una experiencia “que no te la paga nadie”. También habla de la fragilidad emocional de las mujeres embarazadas, de la dureza de comunicar malas noticias en oncología ginecológica y de la necesidad de no acostumbrarse nunca al sufrimiento de las pacientes, precisamente para poder acompañarlas mejor. Otro pilar de su legado es la forma de entender la docencia y los equipos. Por su servicio han pasado decenas de residentes, y a todos les trasladó la misma idea: para quedarse no basta con ser un buen ginecólogo general, hay que aportar algo diferencial. Favoreció que los médicos se formaran fuera —en Australia, Francia, otros grandes centros españoles— para que regresaran con nuevas técnicas y miradas. Asume con naturalidad que quienes han pasado por Lyon o por centros punteros de ecografía pelviana sepan más que él en esas áreas: lo importante, insiste, es rodearse de gente que te supere y ponga su excelencia al servicio de las pacientes. Su compromiso trasciende las paredes del Materno-Infantil. Durante años ha participado en proyectos de cooperación en Mauritania, Mozambique, Chad, India o la Amazonía peruana, a menudo de la mano de . De aquellas experiencias no solo guarda la satisfacción de haber operado o atendido a cientos de personas, sino también el orgullo de haber contribuido a formar médicos locales, como en la facultad de Medicina impulsada en Mozambique, de donde procede hoy cerca de un tercio de los médicos del país. Esa mirada internacional le sirve, además, para valorar con más matices el sistema sanitario español: reconoce sus carencias y su margen de mejora, pero recuerda que en muy pocos países del mundo un trasplante o una cirugía compleja están garantizados por el sistema público con la misma lógica de equidad. Al final de la conversación, cuando se le pregunta por la huella que cree haber dejado, vuelve al mismo punto: un servicio con una forma de trabajar muy particular, basada en la exigencia, la organización y la confianza en las personas, que demuestra que es posible ofrecer una ginecología y obstetricia de alto nivel sin listas de espera y con una atención de calidad. El episodio 21 de Médicos que dejan huella es, en definitiva, el retrato de un médico que convirtió su vocación en motor de cambio para todo un hospital. Más información: https://www.medicoslaspalmas.es/index.php/colegio/institucion/historia-colegio/medicos-que-dejan-huella/medicos-que-dejan-huella-episodios?view=article&id=14364:jose-angel-garcia&catid=502:medicos-dejan-huella