Mi perra vida

Mi perra vida

Fastidiado de las restricciones en las redes sociales, y sin postureo ni opiniones al vapor, aquí les dejo Mi Perra Vida

Episodes

  1. Sep 25

    Mi perra vida

    Doctor Nómada (décimo quinta parte) Leer la décimo cuarta parte Doctor Nómada (décimo quinta parte) El último día de Fidel fue como hacía tanto no lo recordaban sus familiares. La firma de un armisticio entre él, sus seres queridos y el destino que, se había encarnizado con ellos. A la mañana siguiente de haberlo visto; mientras yo seguía dormido, impregnado con el olor de la pus que había drenado de su pierna; Fidel estaba reactivo, abandonó esa postura derrotada en la cama, pidió que lo sacaran de la habitación, quería ver su milpa, o lo que alguna vez lo fue, y ahora era un páramo descuidado lleno de hierbas silvestres. Lo sacaron al patio y lo acomodaron en una silla, consternados le preguntaban -¿qué quería? Tan sólo ver el amanecer, escuchar el bosque que rodeaba su casa, todo eso que había sido su reinado hasta hace poco y que fue perdiendo junto con las piernas, las esperanzas y las ganas de vivir. El resto de la familia se sentó a su lado, en el suelo y tras un buen rato mirando cómo el sol alejaba la oscuridad, comenzó a platicar, como sólo los viejos saben, escarbando en las profundidades de sus vivencias, rescatando aquellas que lo habían iluminado y le habían salpicado la vida de gozo. Alrededor, la sorpresa no cesaba, estaban más asombrados que fascinados de escucharlo, y aún mas de ver un brillo en su mirada nublada y esa sonrisa que olvidaron hace tanto. Los minutos se sucedían dinámicos, pero nadie quería interrumpirlo, así como el niño aprendiendo a andar en bicicleta y que se ha caído tantas veces que, cuando por fin logra vencer a la gravedad, quieres que nunca deje de pedalear, así lo observaban y escuchaban. -¿Qué en esta casa no se desayuna? -dijo Fidel cuando hizo una pequeña pausa entre sus anécdotas. No habían reparado en que la hora de desayunar ya había pasado, así que su hija y su nieta se levantaron y buscaron qué preparar, tampoco es que hubiera mucho, pero presintiendo que esta mejoría no sería duradera, sacaron lo mejor que tenían de su escuálida alacena para hacer un desayuno memorable. Al cual Fidel dio batalla, comía con ganas, de esas que se contagian. El menú no dejó de ser humilde, pero todos lo disfrutaban, junto con la abundante plática que continúo hasta ya cerca el medio día. Le sugirieron que descansara un rato, no entendían de dónde sacaba tantas fuerzas y anécdotas, parecía que el embrujo se había esfumado y Fidel cobraba venganza a la oscuridad que lo tenía postrado desde hace tanto. Lo llevaron a la cama para que descansara un rato, y su esposa a la que el asombro la tenía fatigada, se quedó con él sentada en una silla, trabajando en su bordado, hasta que también se quedó dormida con el bastidor en el regazo. Los demás en silencio, hacían las labores cotidianas que correspondían. Su hija tomó el auto y fue al pueblo, deseaba festejar la mejoría de su padre. Si no hubiera vendido todas sus gallinas habría sacrificado a alguna, pero ya en el mercado tuvo que pedir fiado para conseguir los ingredientes que conformarían el menú festivo de la comida, un buen caldo que tuvo que ser de pollo, arroz y tortillas. Las personas del mercado ya sabían que la situación de la familia de Fidel era muy dura, más que la del resto del pueblo, y eso no era poco decir, pero les tenían aprecio, habían crecido juntos, y mas tarde que temprano, volvían a liquidar sus deudas. Normalmente pedía prestado lo elemental para salir adelante, ni un poco más. Pero esta era una ocasión especial, así que, hasta unos claveles blancos consiguió con la señora de las flores, a la que le contó el motivo de tal suceso, eso le ablandó el corazón y aceptó dárselas con la promesa de pago. Ya en casa, los viejos se habían despertado y platicaban con su nieta, quien habiendo terminado de limpiar un poco y ventilar el cuarto que hacía mucho no estaba sin esa pesadumbre de guardar enfermedad y dolor, ahora el aire cruzaba de un lado al otro, llevándose los muchos sinsabores. Al ver el cargamento de comida, no lo podían creer, primero se preocuparon por cuánto dinero deberían a los comerciantes, pero bajo la máxima y esperanzadora frase de “ya Dios proveerá”, se dieron a la tarea de preparar la comida. Prendieron el radio que había enmudecido desde hace tanto, y con la música y la plática de Fidel que no paraba, pusieron manos a la obra. Desde la mañana todo era una anomalía, e hizo que todo sucediera más tarde, pero no tenían prisa, días así eran raros. Así que, la comida estuvo lista ya avanzada la tarde, a todos les hacía ruido el estómago, en particular por los olores que arrojaban las ollas en la estufa. Se acomodaron todos en la mesa, y al ver cacerolas con comida humeante, tortillas calientes y los claveles en una botella de refresco que fungió como florero, se quedaron pasmados por unos segundos, guardaron silencio espontáneamente. La vida les había golpeado desde hace tanto y con tanta saña que, una comida decente parecía un acto inmerecido de anarquía frente al orden divino. -¿Y se puede comer o no’mas lo trajiste para mirarlo? -dijo a modo de broma Fidel para romper el silencio. Arrasaron con todo, los huesos del pollo quedaron limpios, y apenas quedó un poco para la cena del abuelo. Para ese momento y entre la fatiga del desvelo, las emociones transcurridas desde la mañana y una sustanciosa comida, acordaron tomar una siesta. Llevaron a Fidel a su cama y la abuela ahora se acostó a su lado, se quedaron boquiabiertos, desde que había perdido sus piernas dormían separados. Al poco rato cayeron el resto vencidos de felicidad y cansancio. Hay una regla no escrita en la medicina, que data de observaciones ancestrales. No infrecuentemente y de manera espontánea en algún paciente muy grave, al que ya creemos perdido, mejora, tanto que parece imposible, pero tras veinticuatro o cuarenta y ocho horas, fallece. Incluso en algunas ocasiones, da tiempo a darlo de alta y apenas llega a casa, o es visitado por todos aquellos que no pudieron verlo en el hospital, muere. El caso de Fidel representaba una confirmación de esa regla no escrita. Cuando intentaron levantarlo para darle sus medicamentos de la noche y hacerle curación a la herida, ya no despertó, murió con tanta felicidad en su último día que, se veía mejor en ese momento que durante los últimos meses que había estado enfermo. Su familia no sólo había pedido fiado en el mercado, también al destino le habían pedido prestado unos momentos de felicidad, que ahora se los estaban cobrando con réditos. La anciana yacía a su lado, inmóvil, también sin vida. Ella que, se había mantenido firme tras los embates que datan de generaciones, ya descansaba, todo indicaba que no deseaba seguir luchando sin su pareja; y casi como deferencia a tantas injusticias, murió junto a su marido. Después de contarme lo ocurrido, y esperando algún tipo de reproche; me llenaron de agradecimientos, por haberles ayudado a tener unos momentos de felicidad. Era absurdo tratar de explicarles lo que no entendía, esos designios misteriosos que no hacen más que conmovernos. Bonus track En modo cumbiero intelectual En el bazar de ilustradores, sólo por el puro recinto valía la pena ir.

  2. Sep 18

    Mi perra vida

    Doctor Nómada (décimo cuarta parte) Leer la décimo tercera parte Doctor Nómada (décimo cuarta parte) Leonila estaba muy nerviosa por la encomienda ultrasecreta de la que sólo ella y yo sabíamos. Si bien ejecutivamente no implicaba nada complejo, ella sabía que, del resultado de esa búsqueda, el futuro de Luzma podía ser diferente, básicamente estaba retando al destino, y eso la tenía muy angustiada, normalmente los designios divinos se ensañaban con ella y su familia. Me pidió que la acompañara, como si al estar estacionado a unas cuadras del local de renta de computadoras, su labor sería más eficaz. Por supuesto acepté y me ofrecí a manejar la vetusta camioneta. Sentía que habían pasado décadas y que mis habilidades primigenias para conducir estaban atrofiadas. Desde que abandoné mi auto alimentado por gasolina al terminar la especialidad, la transportación eléctrica, asistida por decenas de sensores y asistentes de conducción semi-autónoma fueran la norma, el retorno a maniobrar con tres pedales al suelo, palanca de velocidades y un volante que transmitía sin restricciones las inclemencias del accidentado camino me hicieron padecer, y también a Leonila que al ver mi falta de talento en trayectos tan agrestes, olvidó su misión y estaba más preocupada por llegar sana y salva al pueblo. Al detener la camioneta, los dos quedamos en silencio, como esperando que el alma nos volviera al cuerpo, y tras un par de segundos Leonila advirtió imperativamente que, de regreso ella conduciría. Acepté agradecido, aunque me percaté de que a pesar de haber puesto en riesgo nuestra integridad física, o tal vez por ello, esta sensación de no ser un usuario en una computadora inteligente, y sí el artífice de los movimientos (muchos de ellos salpicados de impericia) de la que máquina que sólo era guiada por mis pies y manos, me dejaron ufano. Le tomó más tiempo del esperado, así que me salí y comencé a caminar por los alrededores, no quería alejarme tanto y aunque tentado a observar la labor de Leonila a lo lejos, preferí no intervenir y dejar que el plan prosiguiera como lo habíamos planeado. Los minutos se alargaron mucho, y mis pasos también. El pueblo era apacible, pero particularmente anacrónico. Todos los avances tecnológicos que yo había experimentado con excitación durante la última década, aquí sencillamente eran inimaginable. El asombro no me abandonaba, me parecía impensable que, a unas horas en autobús de la orbe más poblada del país, la cual contaba con todo lo último, este poblado carecía de esos milagros, pero también de los elemental como médicos y hospitales. Leonila volvía sonriente, era innegable que lo había logrado, se percibía orgullosa, pero en particular con esperanza. A pesar de que todo indicaba un éxito, le pregunté qué tal había ido todo. Me indicó que las cosas había salido excelentes, pero necesitaba un té y un trozo de pastel para calmarle los nervios, y para festejar, acoté. Mientras nos traían las bebidas, ella atacaba con la cuchara una senda rebanada de pastel de zanahoria, al que con menos intensidad yo también acometía, por cierto una verdadera delicia. Ya tranquilizada por la glucosa bañándole el cerebro, me comentó que encontró varias direcciones de correo electrónico, les pudo escribir un pequeño mensaje de su recién inaugurada cuenta de correo electrónico, me confirmó que lo hizo mencionando la recomendación de unos de los amigos de la facultad, éramos un grupo bastante amplio y unido que tuvimos una gran amistad, y seleccione a uno de ellos como quien recomendaba a Leonila. Desde que las interacciones sociales se daban enviando pulgares hacia arriba o corazones, y en medio de un mundo hiperconectado, donde se demostraba amistad en una milésima de segundo, estaba seguro de que esa pequeña mentira, en la que alguien que no era yo los había recomendado para solicitarles ayuda, muy probablemente fuera increíble, la gente ya no recordaba ni lo que había desayunado el día anterior, mucho menos si habían enviado algún paciente al hospital. Pasaban tantas cosas y tan rápido, que era imposible recordarlas. Lo mejor era que mientras estaba enviando correos electrónicos y localizando gente en internet, le habían respondido positivamente casi en tiempo real. Leonila no podía creer que esa inmediatez, nada sorprendente para quien ni siquiera enciende el teléfono celular. Sacó de su bolso unas hojas impresas con los mensajes de correo electrónico, la idea de imprimirlo fue idea de ella, me dio la prueba física de su éxito y de mis suposiciones, leí que efectivamente había la clásica respuesta de quien responde al vuelo, un mensaje efímero que parece cordial y una última línea enviando saludos al colega de la facultad. Pues teníamos resuelta la primera parte de la ecuación, un lugar y una persona con quién acudir para que valorar a Luzma y Fidel. Pagó la cuenta y salimos satisfechos, me pidió las llaves de la camioneta, ni siquiera intentó ofrecerme conducir de regreso, ya estaba ocultándose el sol. -Ya fueron demasiadas emociones para un solo día -me dijo. Sonreí y asentí, durante el camino el hielo entre nosotros se había derretido por completo y no paraba de hablar y explicarme con lujo de detalle, cada aspectos de nuestra misión, parecía que había descubierto el nuevo mundo. Me causó mucha gracia saber que cuando abrió su cuenta de correo electrónico, leyó en tu totalidad los acuerdos y condiciones que todos obviamos y sólo aceptamos, con razón tardó tanto. Estaba sorprendida, porque casi no entendía todos los términos, pero percibía que, podían hacer y deshacer con esa cuenta y compartirla con una lista de diez mil socios comerciales. No comprendía cómo lo que ella escribía le podía interesar a tanta gente; se sinceró y me dijo que si no hubiera sido por Luzma y Fidel no hubiera aceptado todo eso, por un momento sentí ternura de su afirmación, hacía mucho que nadie reparada en lo que ocurría en todas las cuentas que tenían para facilitarles la vida. Llegamos a la casa prácticamente de noche y observamos que el auto de la familia de Fidel estaba estacionado, lo cual no debía ser nada bueno, ya que, mi visita estaba programada para la mañana siguiente. Bonus track El río chiquito de Morelia Paradójicamente ni rio hay ahora en Malinalco Pero si hay perra feliz de salir a correr a la montaña

  3. Sep 11

    Mi Perra Vida

    Doctor Nómada (décimo tercera parte) Leer la décimo segunda parte Doctor Nómada (décimo tercera parte) Si bien es cierto que no nací en la época de los grandes avances tecnológicos; y hasta la debacle que me tiene en este pueblo; fui un apasionado de eso que parecía magia pura, y sobre la tecnología construí mi castillo, hasta que esa misma fe irrestricta casi me deja en la calle. El día que desaparecí para el mundo físico, también lo hice para su versión digital. Algunas veces lo había intentando, aunque de manera más tímida; cuando me despertaba en medio de la madrugada y una visita al sanitario terminaba en un pequeño maratón de capítulos de series o de las transmisiones ininterrumpidas de la gente “interesante”; o cuando en alguna cena con amigos la mayor interacción era tomarnos una foto que confirmaba a los demás que habíamos estado juntos, en el mismo lugar y a la misma hora, pero ya en el auto caía en cuenta de que, salvo dos o tres temas superficiales relacionados con la comida o el último chisme de algún famoso, la mayor parte del tiempo estábamos con la pantalla en la mano, en la muñeca o los lentes. Pero bueno, mis intentos de separación digital eran bastante débiles y esas pequeñas aproximaciones eran efímeras, pero no por ello sencillas. Una de esas epifanías ocurrió cuando en un mismo día el repartidor tocó cuatro veces en mi departamento, yo mismo lo recibí dos veces, en la mañana muy temprano y casi para dormir, ya entrada la noche, a lo largo del día lo vi por la cámara que vigilaba mi puerta y le abrí el buzón en la entrada del edificio. Esa noche tras recibir mi cena y recordar que tenía paquetes por abrir, caí en cuenta que, era la persona que más veía y más me frecuentaba. Trayendo comida, enseres para la casa, medicamentos, alcohol y un largo etcétera, ese perpetuo personaje me visitaba todos los días. Alguna ocasión intenté cambiar ese hábito, al menos un poco, ir a la tienda de ropa por algunas corbatas y camisas. Honestamente fue una sensación muy molesta, ver todas las opciones, el vendedor y su pésimo gusto mostrándome opciones que definitivamente no me agradaban, al final abandoné la tienda, y al llegar a casa, en la pantalla del asistente digital ya tenía un perfil muy detallado de mis gustos, pareció adivinar lo que necesitaba, tipo de prendas, colores y tallas, un excelente pedido que, llegó a la mañana siguiente, por el mismo repartidor que, a pesar de las ojeras y el aspectos de fastidio, me reservaba una sonrisa sincera, pensándolo con detenimiento y viendo que entregaba paquetes a toda hora, era más probable que viera con más frecuencia a sus clientes, que a su familia. Ahora y desde hace semanas no hay ninguna antena de telecomunicaciones trazando todos mis movimientos, tarjetas de crédito sabiendo qué compro y prediciendo con gran precisión mi siguiente paso, o mi auto que tenía años transmitiendo mis rutas cotidianas, y mil cosas más que desaparecieron en su totalidad el día que en medio de la noche, ya no hubo manera de trazar mi camino. Esas miles de migajas de pan digital cesaron, siendo la última mi nombre impreso en el boleto de autobús y que fue escaneado por la máquina que registraba el acceso del camión que me llevaría hacia la incertidumbre. Las cosas se sucedieron tan rápidamente que, no tuve tiempo siquiera de dudar, y que el destino me arrojara a la periferia de un pueblo al que los servicios, incluyendo internet, era errático, había hecho que mi deseo, o mejor dicho, mi esperanza de regresar a ese paraíso digital fuese imposible en términos prácticos. Mi mundo se redujo a lo tangible, a las limitaciones de lo que existía y podías tocar, a las palabras dichas por otras personas, de sus problemas que me implicaban directamente. Antes sabía tanto de tantas cosas, pero en el fondo, estaban en algún lado indeterminado, sin que mis decisiones o comentarios influyeran en nada, era uno de varios millones de ese espectáculo que llamábamos vida. Ahora mi realidad estaba francamente acotada, pero tenía implicaciones y consecuencias directas, nada ocurría en lugares inimaginables que me dejaban de importar a los veinte segundos. Ahora eran tan pocas pero tan relevantes que, lejos están los días en que sabía vida y obra de cientos de personas o bots. Es paradójico que, en el pasado sabía que podía apagar la pantalla y olvidarme de ese mundo, pero nunca lo hacía, y hoy que sé que, la vida tangible no se puede apagar, hay momentos que desearía desconectarla. Mientras desayunaba; después de una ducha y cambio de ropa con olor a bacterias asesinas; pensaba lo que ocurría con Luzma y Fidel. En otro momento estaba lleno de contactos y “amigos” que en algo me podían ayudar, pero hoy no quería volver a encender la luz que señalaba dónde estaba, qué hacía, qué comía, por dónde camino, no quería ser detectado por mi acreedores que, estaban esperando el momento para saldar cuentas. Pero si quería ayudar un poco más a mis dos pacientes, tenía que pedir ayuda, ver si algún colega podía ofrecer alguna opción que les permitiera salir adelante. Era consciente de que, con los recursos que contaba, yo ya había alcanzado mi límite. Algunos amigos de la universidad y especialidad trabajan en hospitales que, aunque con muchas y cada vez mas frecuentes limitaciones, en algo podrían ayudar. Pero cómo hacerlo sin dar señales de vida; los teléfonos, computadoras y otras pantallas, estaban diseñadas para identificar a sus usuarios y extraer perfiles de las miles de fuentes digitales y bases de datos, donde se encontraba registrado todo lo que ocurre en nuestra vida digital, que en términos prácticos era la vida. Las hermanas de Luzma eran las candidatas ideales, estaban enganchadas al teléfono, sólo las limitaciones geográficas les impedían estar con la retina llena de bits y bytes, pero cada que podían se escapaban a alguno de los parajes donde de manera intermitente la señal llegaba, y podían acceder a ese universo en el que todos estaban. Pero por esa cercanía era muy fácil que sus conversaciones escritas o habladas filtraran mi información y aunque parecía paranoia, la tecnología lograba extraer cada vez más datos y su poder de computo era capaz de triangular esa migajas y dar aviso a las empresas que seguramente me buscaban para saldar mis deudas. Honestamente, más allá de ello, esa vida me había hecho bastante daño, ahora estas semanas que, aunque en situación precaria y con muchas limitaciones, estaban siendo un bálsamo. No me costaba nada tomar el teléfono y hacer una búsqueda, pero era un retroceso, un riesgo de volver al mundo que me había escupido. Leonila se transformó en mi objetivo, apenas usuaria elemental y a regañadientes del teléfono, era poco probable que vertiera información de más, comprometiéndome. Aunque también este analfabetismo digital ponía en riesgo la tarea, encontrar los datos de contacto de uno de mis colegas que pudieran ayudarles. En el pueblo, para sorpresa de nadie, aún existían unas reminiscencias dónde se rentaba computadoras por horas, en la actualidad casi extintos, los teléfono y bots eran capaces de hacer más cosas en la palma de la mano. Le indique a Leonila dónde buscar y cómo; tarea ardua, ya que nunca lo había hecho e insistía en que sus hijas lo podían hace mejor. Pero entendió y acepto mis razones, que no eran todas verdaderas, que sí convincentes. Le escribí en un papel los nombres de colegas y hospitales donde recordaba que trabajaban, al menos hasta la última vez que tuve contacto digital con ellos, confiaba que Leonila traería la información necesaria para poder canalizarles y en la medida de lo posible ayudarles. Así que una tarde, Leonila en modo agente secreto se fue al pueblo y pasó varias horas metida en un local lleno de computadores de alquiler, rastreando información sobre quienes pudieran ayudarla. Bonus track En Tapachula esperando el festín de comida, acompañado de una salsa bastante rica y por supuesto picante 🥵 Sin duda una gran vista y afortunadamente sin tanto calor. Estrenando modo “greña alborotada”

  4. Aug 28

    Mi Perra Vida

    Doctor Nómada (décimo primera parte) Doctor Nómada (décimo primera parte) Leer la décima parte Las cosas sucedieron bastante rápido, tras conseguir controlar el dolor y realizar ajustes en los líquidos intravenosos que se administraban a Luzma, la fuerza de su edad ayudó para que comenzara a mejorar poco a poco, nada de cambios milagrosos. Pero se había logrado asentarle el estómago y paulatinamente comía un poco más; un gran logro fue que se mantuviera sentada buena parte del día, con lo que, ahora ya podía salir de su habitación y mantenerse casi todo el tiempo en el comedor, para ser participe de la vida cotidiana. Cuando consiguió recuperar fuerzas para que con ayuda pudiera acudir al sanitario y por fin retirarle el pañal que documentaba su incontinencia, fue motivo de fiesta. Al principio dudaron, cuando reduje a lo indispensable la interminable lista de medicamentos que la inundaban de efectos adversos, y el resto del cuidado se basaba en la rehabilitación y encontrar la manera de alimentarla adecuadamente; mientras no se volviera a infectar, existía la posibilidad, no de una cura, pero si de un restablecimiento que le diera a todos un suspiro en espera de lo inminente. Yo me instalé en la casa de la abuela Leonor, aunque los primeros días insistí en quedarme en uno de los hoteles que había en el pueblo, mi permanencia de casi todo el día en la casa y la persistencia de ellas por pagar mi estancia, sabiendo que los recursos no sobraban, me hicieron aceptar el cuarto que usaban como pequeña bodega que, con algo de limpieza y un mobiliario mínimo, se lograba decencia y comodidad para pasar la noche. Durante el día ya tenía establecida la rutina de cuidados de Luzma que, junto con su abuela lográbamos llevar atenta y pacientemente. Por supuesto que el tiempo me sobraba, incluso después de convencerlas para que les ayudara a realizar actividades en la casa, ya que nunca aceptaron que les pagara por la estancia y la comida; así mi rutina estaba establecida a las pocas semanas. Fuera de la paciente y las actividades domésticas, el tiempo, por primera vez en décadas, dejó de ser un bien limitado y lleno de distracciones. Mi cuerpo y mi mente necesitaban un sucedáneo a la hiperestimulación y multiactividad a la que estaba habituado. Al principio temeroso, comencé a caminar por los alrededores de la casa, con el paso de los días y con más confianza esas caminatas se fueron adentrando en el bosque que me rodeaba. Cuando mis anfitrionas se dieron cuenta que los paseos se dilataban, me dieron algunas recomendaciones sobre la lluvia y los truenos, evitar que me sorprendiera la noche en medio de la nada y, lo más importante, alejarme de las propiedades que se encontraban anormalmente protegidas o incluso custodiadas, era mejor no saber lo que ahí ocurría. Esas caminatas fueron mi terapia, poco a poco y con muchos kilómetros de por medio, las ideas y mis sentimientos se comenzaron a desenredar, conforme iba reconociendo brechas y caminos entre los árboles, me desahogaba; no encontré respuestas pero, todos los sinsabores se fueron macerando paulatinamente. Una tarde al volver, siempre antes de que el sol se ocultara, vi una camioneta estacionada fuera de la casa, lo cual me pareció extraño; desde que llegué nunca había habido visitas. Deseé que nada malo hubiese pasado; Luzma estaba razonablemente estable y mejoraba lo poco que la leucemia le permitía y lo mucho que los cuidados de su familia le prodigaban. Pero sabía que la abuela aunque fuerte era una candidata ideal para que las desgracias se ensañaran. Apuré el paso y entré con sigilo a la casa, Leonila y Leonor, con otras dos mujeres que, representaba una familiar similar, abuela y madre, estaban sentadas a la mesa con cuatros jarros con café humeante y caras demasiado largas. Al verlas dirigí la vista a la abuela, que se adelantó a mis presentimientos. -Luzma está dormida doctor -dijo para tranquilizarme- ¿se puede sentar con nosotras?, estas personas quieren hablar con usted. La abuela Leonor me presentó con ellas, y me ofreció disculpas anticipadas, por el atrevimiento, pero sus amigas tenían un paciente muy grave y no sabían qué hacer. Explicaron que, desde que llegué la gente sabía que era médico; lo cual confirmó mi creencia de que las noticias se regaban como pólvora; y el esposo de la anciana estaba muy enfermo, ya se lo habían desahuciado en todos lados, y se rumoreaba en el pueblo que yo había curado a Luzma. -Le pedimos que nos ayude, mi marido está sufriendo mucho y no sabemos qué hacer -dijo la anciana completamente derrotada. No quise aclarar la situación de Luzma, tampoco era momento de recordar que el destino era terrible. Y a pesar de que tenías varias justificaciones para negarme, la cara de las mujeres tiraba por la borda cualquier argumento, no tenía elementos para dejar de ayudar al patriarca de esa familia. Esa ocasión regresé ya muy avanzada la madrugada, lo primero que hice fue entrar a la casa para ver cómo seguía Luzma, desde mi llegada nunca la había dejado tanto tiempo. A pesar de la hora, la abuela Leonor estaba en la mesa esperando con un bordado entre las manos. Al verme me preguntó si quería cenar, hubiera querido negarme y no dar molestias, pero moría de hambre y de fatiga. En silencio me sirvió lo de siempre, que siempre era exquisito, aunque con tanta hambre me supo a gloria pura. Ella se mantuvo en silencio mientras llevaba las cosas a la mesa, rellenó su jarro de café y se sentó a mi lado. -Muchas gracias doctor, sé que me dijo que ya se había retirado, pero se le está yendo el marido y nadie los ayuda, ni siquiera a bien morir. La tranquilicé, le dije que no se preocupara, efectivamente su situación era muy complicada, y que haría todo lo posible por ayudarles. Igual aclaré que mis cuidados con Luzma seguirían como hasta ahora. Leonor me agradeció y bendijo en múltiples ocasiones; al terminar de cenar o desayunar, no sabía muy bien, se levantó a recoger las cosas y me mandó a dormir, ella continuaría bordando un rato más, los fantasmas le habían espantado el sueño. Ya en mi habitación me tiré sobre la cama, estaba rendido; me quedé dormido sobre la cobijas, no supe hasta que hora desperté pero, la luz me pegaba en la cara con persistencia, el olor en la habitación era penetrante, cuando llegué, el cansancio me venció, pero hoy era evidente que mi ropa, mi cuerpo, toda esa habitación estaba inundada de ese olor a miasma y muerte, que me traje de casa de aquel viejo moribundo. Bonus track En modo cumbiero intelectual para iniciar un largo día que iniciara en el centro de la ciudad y terminará en Tlapa Si me viera la nona traicionando la receta de sus pizzas :-D, llegamos a Tlapa con hambre eterna y estas pizzas sorprendentemente cumplieron la encomienda con decencias y suficiencia. Y sin duda las cocineras en Tlapa nos atienden como reyes, esta flautas ahogadas eran la evidencia empírica de que dios si existe y es caldillo de jitomate 😛

  5. Aug 21

    Mi Perra Vida

    Doctor Nómada (décima parte) Doctor Nómada (décima parte) Leer la novena parte Le pedí a Leonila que me mostrara los resultados de los estudios, notas o resúmenes médicos, recetas, todo lo que me permitiera tener una mejor idea de lo que le había estado pasando a Luzma; también pedí que me trajera los medicamentos con los que contaban en la casa. La enferma se quejaba soterradamente mientras dormía, estaba tan desgastada que no reaccionó a mis maniobras de exploración, pero el dolor debía ser lo suficientemente intenso que se quejaba cada tanto. Después de que Leonila hiciera la exposición de sus derroteros, le respondí con la verdad, no con toda, pero sí la que para ella y su familia era relevante; que yo era un médico intensivista retirado que, aunque no era oncológo ni hematológo, si había visto pacientes en la condición de su hija; evité usar la palabra terminal, no sabía que tan conscientes estaban de la situación; y que haría lo posible para que Luzma se sintiera un poco mejor. Antes de que lanzara la pregunta, le aclaré que, no tenía intención de cobrarles, y recordé que todos mis vienes estaban en la mochila que deje apoyada en el piso del corredor, ojalá no fuese yo quien llevara una ingrata sorpresa. Leonila aceptó desconfiada mis argumentos, seguramente deseaba, pero se inhibía, preguntar los detalles elementales; y antes de que se animara, pedí las cosas que ayudarían a entender mejor todo el panorama. Me quedé solo con Luzma, dolía verla en ese estado, cualquier adolescente de esa edad estaría experimentando la transición biológica que expone los atisbos de lo que será su vida futura. Pero ella estaba en un estado muy avanzado de la enfermedad, emaciada, con las salientes óseas cubiertas con almohadillas para evitar que se ulcerarán, a pesar de que lubricaban y cuidaban la piel con frecuencia, era pálida y opaca, con moretones aleatorios que se negaban a desaparecer, la ausencia total de pelo ocultada con una pañoleta llena de colores, era lo único alegre de toda su situación. No se necesitaba ser un especialista para saber que Luzma estaba en sus últimos días. Mientras pensaba qué podría hacer con el dolor de la paciente y las esperanzas de su familia, entraron Leonila y la gemela de Luzma, con una caja de cartón llena de medicamentos y un par de carpetas con los documentos médicos. Había trabajo para un buen rato, así que lo primero era ver si encontraba algo para reducirle el dolor. Ese síntoma era la moneda de cambio en las grandes desgracias, el ejército que lidera una guerra de baja intensidad, dilapida la poca energía del paciente, además mina el ánimo y la fé de todos. Durante los primeros semestres en la facultad de medicina te repiten hasta el cansancio que, el dolor es una respuesta de defensa; conforme el mundo de las enfermedades y sus vicisitudes se van abriendo camino, no puedes dejar de pensar que, en no pocas ocasiones, el cuerpo y sus reacciones sólo buscan traicionarnos. Luzma era el claro ejemplo, su médula osea se volvió loca, como adicto a la cocaína, hacía desmanes en su sangre, dejándola inservible, lista para ser presa de los miles de adversarios microscópicos que nos rodean, en espera de una oportunidad y deshacerse de nosotros. En esa caja había de todo, era claro que habían pasado por un sín fin de médicos, muchos y malos, varios desorientados, y los menos, con alguna idea de cómo ayudar a la paciente. Las recetas eran huellas digitales que indican el saber o la ignorancia de quien las escribe, se notaba con que poco estudio algunos salían a la calle a atender pacientes. Medicamentos caros y baratos, sustancias que la historia había demostrado su ineficacia; la caligrafía famosa de los galenos que más parece ocultar delitos de analfabetismo; fármacos que no deben mezclarse, mecanismos de acción similares que sólo suman efectos adversos. Paradójicamente lo mínimo que necesitaba estaba ahí, pero la combinación adecuada no estaba escrita en ninguna receta, lo cual me dio una sensación agridulce, por un lado tenía campo de mejora y podría ayudar, pero por otro, me imaginaba todo lo mal que lo habían pasado todo este tiempo. Le pedí papel y pluma para poder organizar los medicamentos y su administración. Pero antes tenía que establecer una idea clara de las circunstancias, aunque una idea ya tenía, hay pocos diagnósticos tan abominables a esa corta edad. Decenas de notas y estudios de todo tipo, era terrible ver la cronología del camino accidentado, y no pocas veces contradictorio que habían cruzado. Sé que a “toro pasado” es muy fácil opinar, pero qué difícil les fue encontrar a alguien con la mínima lógica que les orientara el diagnóstico y por supuesto, el tratamiento; era evidente la persistencia de la familia que, se levantaba tras cada tropiezo patrocinado por mis colegas. Más fácil hubiera sido decir no sé, tampoco es un caso fácil, y no hacerles perder tiempo, dinero y esperanzas. Cada tanto le preguntaba a Leonila detalles de los eventos médicos para rellenar los huecos y develar las mentiras, errores, entre otras desgracias que albergaban esos documentos. Conforme avanzaba veía que la madre de Luzma cooperaba con más confianza, creo que tampoco le habían dado oportunidad de hablar, y menos de ser escuchada, en esas consultas cronometradas poco se puede dialogar. No supe cuánto tiempo pasó, pero el suficiente para que la abuela entrara con dos vasos con agua y Leonila aprovechara para ir al sanitario. Leonor se sentó en la silla que había usado su hija y mientras me tomaba el agua, disparó sin sutilezas -¿Cuánto le queda a mi nieta? La pregunta me tomó desprevenido, denotaba que la vida le había enseñado a identificar las causas perdidas, pero también a a intentarlo todo. -Ya revisé todo y además de que su enfermedad es muy agresiva, su cuerpo y sus fuerzas están muy deteriorados. La anciana escuchó como si lo supiera, y con el rostro impertérrito, la mirada la traicionaba, aunque se estaba desplomando, esa lágrima nunca se desbordó. Fui honesto, pero tampo crudo, ya la habían pasa mal, ni el maltrato ni la condescendencia eran un trato justo. Le expliqué que ese tiempo nadie lo sabía exactamente, pero sin duda sería poco, y dado eso, le propuse que hiciéramos todo para que tuviera las molestias más controladas, pudiera comer un poco mejor, esperando que se animara, y el resto, era impredecible. -Entonces no hay ninguna esperanza ¿verdad? -tiró su último cartucho -Aún estando en el mejor hospital y con los mejores tratamientos, apenas lograríamos unos pocos meses más -en ese momento mentí, existían algunas posibilidades pero hasta para a los que les sobran los recursos económicos son inaccesibles. No veía la necesidad de dejarles grabado en el corazón que su condición, un sistema de salud cayéndose a pedazos y una ciencia interesada primordialmente en el rédito financiero, eran los responsables de endosarles una culpa indeleble por la muerte de Luzma. Bonus track ¿A poco no está chulo mi ranchito? Me encontré a este nativo, explorando la montaña Invadiendo la privacidad de la fauna chilanga mientras se alimenta.

  6. Aug 14

    Mi perra vida

    Relato – Doctor Nómada (novena parte) | Bonus track Doctor Nómada (novena parte) Leer la octava parte Luz María, Luzma le decían todos en el pueblo, había tenido fiebre toda la noche. Para Leonila, su madre, no era sorprendente. Ya venía notándola decaída desde hacía algunas semanas, y cómo no se iba a enfermar, sí nunca traía suéter y había estado haciendo más frío, que ya de por sí era infame. Pero se preocupó cuando la llamó para desayunar, ya era tarde, sus hermanas se habían ido al escuela, y ni siquiera contestó, lo cual era raro que ya que tenía muy buen apetito. Leonila se sorprendía al ver que se conservaba particularmente delgada, a pesar de ser más entusiasta en la mesa que sus hermanas. Mientras servía la leche tibia, pan y arroz con frijoles, pensaba que la había notado más delgada últimamente. Al estar la mesa lista y con la abuela Leonor ya esperando, volvió a llamar a Luzma sin obtener respuesta. Leonila ya estaba molesta, tantos sacrificios para comprarles lo necesario, y ahora enferma, con los escasos que eran los doctores. Al verla tirada en la cama temblando y sudando, sabía que no estaba bien, la palidez de su piel era anormal. Intentó despertarla, pero seguía somnolienta y balbuceaba cosas sin sentido. Regresó al comedor a buscar el teléfono celular que le habían regalado sus tres hijas el último cumpleaños, y que nunca tenía a la mano, para ver si tenía señal y marcar al doctor del pueblo. Mientras revolvía cajones buscándolo le explicaba a su madre la condición de su nieta. Por fin lo encontró, apagado y con la batería drenada, quién sabe desde cuándo no lo usaba. Ya conectado y esperando a que el aparato se dignara a trabajar, fue por una olla con agua y varias toallas, para colocárselas húmedas en el abdomen, las piernas y la frente, como cuando les daba fiebre de pequeñas. Su hija respondió con algunos gemidos y palabras incoherentes. Cada tanto le pedía a su madre que le dijera si la pantalla ya estaba iluminada para prenderlo y hablar con el médico del pueblo. Después de un rato la abuela Leonor la sustituyó para que fuera a desayunar, mientras ella continuaba con el intento fallido de quitarle la fiebre. Leonila comió poco y se tomó el café sin dejar de prestar atención a la habitación y al maldito teléfono que no quería encender. Pensaba en llevarla sin más preámbulo, pero no infrecuentemente se ausentaban los dos únicos doctores del pueblo, y había que ir a buscar a localidades vecinas, pero sabía que la fiebre de Luzma y los caminos de terracería que implicaban esa travesía no eran buena idea. Cuando por fin el aparato estaba en funcionamiento, no había señal en la casa, cosa que ocurría intermitentemente. Hoy no podía esperar, se salió y comenzó a caminar, con un ojo en el aparato y otro en el camino para no caer. Después de un rato Leonila volvió a la habitación de su hija, aún sudorosa de la caminata para encontrar señal y hacer la llamada, le dijo a su madre que no estaba ninguno de los doctores y sólo uno de ellos llegaría hasta el día siguiente. Así que, fue a uno de los cajones de su recámara y tomo un par de pastillas que les daba cuando se resfriaban, y continuaron buena parte de la mañana manteniendo fresca a Luzma. Cuando la adolescente dejó de temblar y comenzó a incorporarse de la cama, le dolía todo, como si la hubieran apaleado, pero entre su madre y la abuela, la llevaron al comedor y le recalentaron el desayuno, que apenas probó. -Desde entonces, de eso ya varios meses no vemos la nuestra. Aquí insistían que era una infección y le dieron todos los antibióticos de la farmacia, tomados e inyectados, a veces de los dos al mismo tiempo, y nada. Luzma mejoraba un tiempo, a veces mucho, a veces poco. Yo la veía cada vez más pálida, decaída, ni salía de la casa. A duras penas se levantaba de la cama para hacer lo indispensable. Casi sin apetito adelgazó mucho, estaba en los huesos, bueno, como ahora. No sabíamos qué hacer, intentamos todo, hasta brujas y chamanes vinieron a la casa, y nada, Luzma empeoraba de a poquitos. Hasta que una mañana casi nos morimos del susto, estaba otra vez sudando y temblando, pero tenía moretones en todo su cuerpo, grandes y púrpuras, y donde no, estaba llena de puntos rojos, cubierta por todos lados, hasta la cara. No sabía qué hacer, así que, junte el dinero que tenía y con la ayuda de la abuela y mis hijas la subí a la camioneta y la llevamos con su gemela a la ciudad. Me regañaron los doctores del hospital por haberla traído así, yo sola tantas horas, pero qué iba a hacer, aquí no hay ambulancias. tuve suerte de que me la aceptaran de inmediato, eso me dijeron otras personas que llevaban días esperando a que los atendieran -si debe estar muy enferma- me decían. Ahí estuvimos mucho tiempo, dos o tres veces al día me informaban cómo iba y la podía pasar a ver, estuvo en terapia intensiva, una infección la estaba matando, porque algo en su sangre no funcionaba bien, pero no entendía qué, o tal vez si, pero me decían tantas cosas cómo para que yo no entendiera. A los poco días, vino la otra de mis hijas a sustituir a la gemela de Luzma, apenas comíamos y mal dormíamos en el suelo o alguna silla cuando se desocupaban, pero nos organizábamos. Se tardó bastantes días en controlarse la infección, había ocasiones en que la veíamos muy mal y los doctores nos decían cosas peores, pero afortunadamente la pudieron sacar de ahí y alojarla en un piso donde hay paciente menos graves. Todavía estuvimos algunas semanas, mientras le hacían estudios para saber qué había pasado, y aunque el hospital era público, a cada rato nos pedían cosas para atenderla, de todo, a veces hasta pensaba que nos lo pedían para revenderlo; medicamentos, material de curación, hasta una aguja para picarle los huesos. Si no hubiera sido por su papá y mi cuñado que nos mandaban dinero cada que podían, Luzma se hubiera muerto, como le sucedió a varios de los amigos que hicimos en las salas de espera, muchos no tenían ni para comer, les convidábamos algo, pero era imposible que compraran las cosas para su enfermo. Hacían lo que podían, pero tarde o temprano fallecían. Ya se sabía que si no tenías dinero para comprar lo que te pedían, sólo era cuestión de tiempo o suerte. El día que nos la dieron de alta, no podía ni caminar, apenas lo mínimo, pero me dijeron que ya no podían hacer más y que si la dejaban más tiempo internada, iba a volver a infectarse y que los bichos del hospital son muy agresivos. Nos mandaron al hospital que nos queda aquí cerca, pero ese tiene menos gente y recursos, apenas unos cuantos doctores. Ahí fue cuando empezamos a vender nuestras cosas, primero los animales y poco a poco las tierras y cosas de valor, para llevarla con un especialista. Nos dijo que Luzma tenía leucemia y una forma bastante agresiva, que requería un tratamiento muy costoso y aún así era probable que no funcionara. Nos recomendó la medicina que usted nos ayudó a mantener fría, y con eso la hemos ido llevando estos meses, a veces está un poco mejor, pero seguido se pone muy débil, y cada vez que le ponemos la medicina parece que se nos va a morir. En todo este tiempo ya nos han estafado varias veces, doctores, enfermeras, gente de la farmacia, parece que estuvieran esperando a que uno esté en una desgracia para sacar su tajada y hacernos la vida más miserable. Por eso le pido que si está pensando que aprovechándose de mi madre, va a sacarnos algo, está muy equivocado, ya casi no tenemos nada, así que mejor déjenos en paz. No sé qué le contó a mi mamá, pero le tiene confianza, ella es mayor y sólo está esperando a quién le ofrezca una esperanza. -> continuación - Bonus track Esta semana estuve explorando nuevos senderos, y me encontré está casa tenebrosa.

  7. Aug 7

    Mi perra vida

    Relato – Doctor Nómada (octava parte) | Bonus track Doctor Nómada (octava parte) Leer séptima parte Ya casi amanecía, el sol irrumpía los tonos grises entre la montaña y la neblina, en la parte de atrás de la camioneta se sentía con más furia el terreno accidentado. La mujer que conducía hacía su máximo esfuerzo por evitar agujeros o grandes rocas, pero era una tarea imposible. Cada tanto la anciana la tranquilizaba, le decía que no se apresurara tanto, la medicina se había mantenido fría, gracias a mí. La conductora miraba con cierto recelo a través del espejo y asentía despacio. Aunque absurdo intentaba memorizar detalles del camino, desviaciones del sendero, la aparición del bosque, alguna milpa que, indicaba nuestra cercanía con el poblado; como si me fuera a servir en caso de tener que escapar. Ya con la noche en el pasado, comenzamos a entrar al pueblo, no sólo un caserío y perros ladrando a nuestro paso nos lo hizo saber, tres pitidos indicaron que, los teléfonos celulares volvían a tener señal. La conductora volteó rápido a ver lo que hacía, y me dijo que si quería mandar mensajes o avisar a alguien, era el momento porque en su casa no siempre hay cobertura. Eso me tranquilizó un poco, al menos no evitaban que informara de mi situación, aunque al final era una idea efímera. Le agradecí e indiqué que, estaba bien así. La casa de mis anfitrionas estaba en el otro extremo del pueblo, por lo que pude echarle un vistazo rápido. Hacía mucho que no me alejaba de mi entorno citadino, aquí parecía que el tiempo no había pasado, era muy similar a lo que en mi infancia y adolescencia conocía. Iniciando con caseríos aislados, los más humildes, que se tornan mas densos hasta acomodarse al perfil de las calles, ya con mejores materiales llegaban hasta la calle principal, que nos arrojó a un pequeño zócalo, amparado por la iglesia; y a partir de ahí se iba invirtiendo el orden de las cosas. La anciana me preguntó ¿si necesitaba algo?, por un momento pensé que era una pregunta filosófica, transcendental, por que hacía meses que lo único que deseaba era certidumbre, pero eso no se vendía en ningún lado. Le respondí agradeciendo, indicando que, estaba bien así. Dejamos atrás el pueblo y volvimos a sufrir de un camino maltrecho, seguíamos un laberinto de caminos angostos sin indicaciones que, nos fue metiendo a una zona boscosa, hasta llegar a un muro de piedras encimadas y una reja de madera indicando en medio de la nada, la propiedad de ese terreno, a los pocos metros un par de perros se cansaron de ladrarnos. Al detenerse la camioneta enfrente de la casa, no sabía que hacer, espere a que bajaran la adolescente a mi lado que, se mantuvo viendo el teléfono mientras hubo señal, entonces abrí la puerta y los perros se lanzaron a mi encuentro, dejándome paralizado tras sus gruñidos y el pelo erizado. La anciana bajaba con la ayuda de su hija, mientras me tranquilizaba, y llamaba a los animales, los justificó diciendo que casi no recibían visitas. Ante dos o tres palabras de cariño, las mascotas se tornaron sumisas y recibieron a la abuela batiendo sus colas con entusiasmo. Otra adolescente nos esperaba, recibió con un beso a su madre y abrazo a la madre de su madre, reprochándole su preocupación. Yo me quedé de pie observando la escena al lado de la camioneta. Me invitaron a pasar, la casa era en extremo austera, con un mobiliario que no negaba su origen local, ni su edad, pero tibia e impoluta. Seguí los pasos lentos de mi anfitriona y me senté frente en la mesa del comedor. La madre de las adolescentes en silencio, se dirigió a una de las habitaciones, apresurada, todos sabíamos que iría a ver a su hija enferma. Nos sirvieron café humeante, y me preguntó la nieta si deseaba algo más, mientras me acercaba una pequeña canasta con pan después de que la abuela tomara una pieza. La combinación de café diluido endulzado con piloncillo y canela, y ese pan que denota la devoción de su creador, me supieron a otra época, a una sin preocupaciones ni responsabilidades. Miraba los retratos sobre el trinchador, había varios hombres, algunos matrimonios, su hijas y las tres nietas pequeñas. Mientras se enfriaba el contenido del jarro de barro, me contaba un poco las historia de su familia, así como la de esos hombres ausentes ahora, algunos habían muerto, pero uno de sus hijos y su yerno se habían ido a Estados Unidos y cada tanto mandaban dinero, y con menos frecuencia, alguna foto o carta dirigida a la abuela. El relato se interrumpió cuando la madre las adolescentes, salió de la habitación y le comentó a la abuela que la enferma estaba un poco mejor. Eso me sirvió para recordar que esto no era una visita social, y pregunté si podía ver a la paciente. La abuela asintió mientras intentaba levantarse de la silla, su hija la detuvo y me indicó que la siguiera. Entramos y ella cerró la puerta, dejándome avanzar pero cuidando mis movimientos. La habitación olía a esa mezcla que conocí en mis años de estudiante, entre muerta aséptica y desinfectantes. La paciente dormida, agotada con movimiento sutiles y superficiales del pecho, se encontraba como en una habitación del hospital, con suero adherido al brazo, medicamentos en los taburetes, material de curación y recipientes para sus necesidades. Todo indicaba que la enferma no se podía mover y que estaba pasándola mal, por los quejidos ahogados pero constantes que emitía. Me sentía como un invasor, sabía que estaba ahí sólo por el deseo de la abuela, tenía miedo ante el reto de no saber a lo que me enfrentaba, pero tenía que hacer lo que hacía décadas me habían enseñado, y que utilizaba cada vez menos. Antes de acercarme y tocar a la enferma, pedí autorización a la madre que, con la mirada, asintió. Tomé su muñeca para sentir su pulso, la piel era húmeda, diaforética, mientras contaba el impulso tenue de su corazón, observé las cosas sobre una de las mesas, podría tomar la presión, la temperatura y la oxigenación. Mientras la descubría y confirmaba lo avanzado de su deterioro físico, confirmé lo que tenía que hacer, alejé mis temores y comencé a palpar y revisar, tomar signos vitales y buscar las zonas que despertaran dolor; mientras su madre detrás de mí, me observaba con un puño apretado en silencio. Tras algunos minutos establecí un pequeño panorama de la situación actual, pero necesitaba conocer la historia a detalle, así que, voltee y le pregunté a la madre de la paciente ¿cómo había iniciado todo? -> continuación - Bonus track Hora de la comida en Malinalco Desde las montañas del pueblo para el mundo

  8. Jul 31

    Mi perra vida

    Relato – Doctor Nómada (séptima parte) | Bonus track Leer la sexta parte Doctor Nomada (séptima parte) Cuando ví unos faros a lo lejos de la carretera comenzarse a acercar, pensé que por fin venían por nosotros, pero al tenerla casi enfrente, una camioneta algo maltrecha y enlodada, me hizo pensar que las cosas podían no ser tan gratas, todos sabemos que, aunque esos lugares parecen tierra de nadie, alguien se los ha apropiado y ha puesto normas fuera de la ley para controlar lo que ahí ocurre. Temblando de frío y algo de miedo, esperaba que un par de sicarios bajara, y al verme haciendo guardia a la intemperie, fuera el primero al que ajustarían cuentas. Apagaron las luces y bajó el piloto, una figura de aspecto femenino, pareció ignorarme, y se dirigió directamente a la puerta del autobús, la cual se abrió tras tocar un par de veces. Yo no sabía qué pensar, seguía temblando por el aire fío que se me filtraba hasta los huesos y el temor ante esa figura femenina, mi cerebro no negaba la posibilidad de que al interior estuviera cobrando algún peaje o vengando una rencilla. El tiempo continuaba lento, mis dudas sobre lo qué debía hacer eran mayores, instintivamente me esforcé por mantenerme inmóvil, deseando que continuara siendo invisible para la visitante en el interior del vehículo, haciendo no sé qué cosa. Al poco rato el silencio del viento se interrumpió por la puerta del transporte, se abrió nuevamente y descendió despacio la mujer de la camioneta, quien para mi sorpresa, tendía la mano a la anciana para que bajara, supuse que debía acercarme. Tomé la hielera y me aproximé a dos pasos de distancia. Sin mediación la mujer, que en medio de la oscuridad me parecía de una edad similar a la mia, tomó el contenedor con el fármaco y se lo llevó junto con la maleta de la anciana para buscarles acomodo en su camioneta. -Ella es mi hija y es para su hija la medicina. Me dice que la ve muy mal, todo lo vomita, apenas se puede mover de la cama y no come nada. Por eso cuando vio que no llegaba, decidió venir a buscarme. No hay muchas carreteras por estos rumbos, estaba segura de que me encontraría. Yo no sabía que decir, sabía que la voz de esa mujer ya no se quebraba, a fuerza de pérdidas constantes se había acostumbrado a enfrentar los embates del destino, sin retroceder a pesar de estar perdiendo. -Hablé con mi hija e hicimos cuentas, podemos pagarle doctor. No sé a dónde vaya usted, pero le ruego que nos ayude, que vea a mi nieta y nos auxilie, al menos para que no sufra tanto. Los doctores del pueblo no quieren verla ya, que para qué, al final se va a morir, es lo único que me dicen. Mientras la escuchaba me hervía la sangre, no era infrecuente que algunos colegas, en su ignorancia, pero en especial ante su insensibilidad abandonaran a su suerte los pacientes con pronóstico ominoso, olvidando que no pocas veces lo único que podemos hacer es acompañarlos y ayudar para que esa transición sea lo menos dolorosa posible. Antes de que continuara la interrumpí, le explique que me había retirado, y no sabía tratar el cáncer, que tenía otra especialidad y era imposible hacerme cargo de su nieta. -Sé que cuando vio la medicina sabía para qué se usaba, los doctores del pueblo ni la conocen. Mi nieta está muy grave, yo ya sé que se nos va a morir, está en los puros huesos, pero por favor ayúdeme a que sus últimos días no los pase revolcándose de dolor, ni vomitando todo lo que le ofrecemos. No sé cuánto cobre, pero lo ofrezco lo último que nos queda. Ese ultimátum me dejó confundido, venía escapando, sin saber a dónde dirigirme, lo que menos me esperaba era que, en medio de la nada ayudara a bien morir a una mujer de la que no sabía nada, ni de los medios que contaría para ello. La mirada de la anciana no ocultaba su dolor y se encajaba profundamente, no la pude sostener por mucho tiempo y asentí. Le respondí que iba por mi equipaje y las acompañaría. Esos ojos sonrieron por un instante. Mientras recogía mis cosas, escuchaba los murmullos de los pasajeros, pensaba en lo absurdo de la circunstancia, pero confiaba que en algo podría ayudar. Fugazmente la incertidumbre se asomó, ¿qué pasaría sí no podía hacer nada?, no sabía a dónde me llevarían, ni nada de la gente a la que me encomendaría. La anciana me esperaba afuera del autobús y con mi mochila y la vida en la espalda, nos dirigimos a la camioneta, me ofreció el asiento delantero, pero me negué, le abrí la puerta y le ayudé a subir. Yo me senté en la parte trasera, ahí también estaba una adolescente que, me miraba extrañada. La anciana me comentó que era su nieta, gemela de la paciente, aprovechó para presentarme a la madre de las gemelas que, con las manos en el volante, ni siquiera volteó, era obvio que no estaba de acuerdo con mi presencia. Yo sólo pude inclinar la cabeza a modo de saludo, no podía despegar la lengua del paladar, los nervios me estaban jugando en contra, a pesar de que el interior de la camioneta estaba tan frío como afuera, yo sudaba sin parar. –> continuación – Bonus track A esta virgencita si le rezo. De paseo por las calles de Puebla, y me encontré esta boina que agregaré a mi colección de boinas casi nuevas.

  9. Jul 24

    Mi Perra Vida

    Relato – Doctor Nómada (sexta) | Bonus track Doctor Nómada (sexta parte) Leer la quinta parte Pasaron varios minutos, más largos de lo deseado, que sirvieron para que los viajantes comenzaran a barajar hipótesis sobre lo ocurrido. Nadie se animaba a abrir la puerta del compartimento para entrar a la cabina del chofer, quien había bajado para ver lo ocurrido. Las historias y tal vez alguna experiencia les habría enseñado que, era mejor no ir al encuentro con el destino. Mi vecina de asiento cada tanto me tranquilizaba, siento que se lo decía a ella misma, yo asentía para no sumarle un fracaso más a sus buenas intenciones. Las luces interiores seguían apagadas, pero todos los pasajeros estábamos bastante nerviosos. Al final se abrió la puerta y el chofer nos anunció que, el sistema eléctrico se había descompuesto e irremediablemente teníamos que esperar a que otra unidad viniera por nosotros y nos llevara a la población más próxima. Nos recomendaba mantenernos en nuestros lugares, porque afuera el frío “estaba bravo”. Parece que mi compañera de asiento había escuchado otra serie de instrucciones, totalmente opuestas. Se retiró la cobija y acomodó el asiento para levantarse. Yo estaba confundido mirando al resto de pasajeros para ver si podía intuir lo que estaba pasando. Pero todos permanecieron en su lugar, sólo la anciana que hasta hace unos minutos roncaba heroicamente parecía deseosa de desobedecer al chofer. Le pregunté si deseaba ir al sanitario. Intentando que la voz no transmitiera lo que su cara evidenciaba, me comentó que, debía bajar y sacar el medicamento que había acomodado en el portaequipaje al inicio del viaje, con el calor de la cabina y la incertidumbre sobre cuándo llegarían por nosotros, los congelantes que lo albergaban se iban a derretir y la medicina se iba echar a perder. Ya casi para levantarse, le pregunté si podría revisar el contenido, ya que, tal vez aún estaba en buenas condiciones. Me miró dubitativa, pero asintió. Efectivamente los congelantes aunque fríos no durarían mucho más, cerré cuanto antes la hielera para evitar que el calor se internara. Ahora no tenía dudas sobre su contenido, no entendía por qué una anciana trasladaba a un lugar perdido, un fármaco tan costoso, que además era casi imposible se vendiera al público directamente. Me miraba cómo a quién le han descubierto un secreto, uno muy importante. Pero antes de que yo le pudiera hacer cualquier pregunta, inquirió. -¿Usted es doctor, verdad? Ahora ambos lucíamos contrariados, nuestras cartas estaban expuestas sobre la mesa. Dado que, la mejor defensa es escapar, me ofrecí a sacarlo a la intemperie, con la temperatura tan baja, seguro se mantendría bastante frío. Asintió con la cabeza y antes de que me diera recomendaciones, me levanté del asiento, busqué la chamarra que llevaba y me preparé para salir. Le dije que no se preocupara, me quedaría afuera con su cargamento para evitar cualquier sorpresa. Me recibió un aire más gélido que la inhóspita oscuridad, sólo estaba el chofer con una lámpara, apresurado, colocando señalizaciones que parecían innecesarias, la carretera era silenciosa, únicamente el viento alrededor nos acompañaba. Al terminar su labor y ver que me planeaba quedar afuera, mi sugirió que regresara a la unidad o me iba a congelar. Le agradecí, comenté que no se preocupara, que me gustaba salir a estirar los pies y no era friolento. Antes de abandonarme echó una última mirada y dado que seguía en la oscuridad buscando un sitio dónde apoyar la hielera, cerró la puerta manualmente y se apoltronó en su asiento. Yo, con bastante timidez daba unos pasos hacia la oscuridad, buscaba un sitio donde el aire no golpeara tan fuerte. Encontré unas piedras en donde podía sentarme. Las advertencias del chofer eran ciertas, el aire helaba hasta los párpados, así que cada tanto caminaba un poco para no congelarme. No hacía falta que volviera a abrir la hielera, sabía que ese medicamento se usaba para tratar algunos tipos de cáncer. En el hospital usábamos terapias más modernas, pero aún así el contenido de esa caja era extremadamente costoso, y sin duda, quien fuera a recibirlo no se encontraba en buenas condiciones. Estuve bastante rato entre caminando y sentado, resistiendo el frío, el aire se me filtraba en la cabeza, y en medio de la soledad, los acontecimientos de los últimos meses se me arremolinaban, no había tenido tiempo de pensar, sólo tomaba decisiones sin mucha reflexión. Ahora congelándome en medio de la nada intentaba encontrarle orden a mi vida. Se observaron luces al interior del autobús, seguramente el teléfono de algún pasajero. Al poco rato bajó mi vecina de asiento, con bastante lentitud y mejor arropada que yo, descendía por las escalera a mi encuentro. Se dirigió despacio, directamente a donde estaba su medicamento, seguramente me había estado vigilando todo este rato. Se acercó lo suficiente para estar segura de que el viento no se llevaría sus palabras. -Muchas gracias por ayudarme doctor -la seguridad con la que me recordó mi profesión fue ocultada por la oscuridad-, a mi nieta no le funciona la sangre, desde hace meses se nos está muriendo y como tampoco funciona el hospital, la llevamos con un especialista y nos recomendó ponerle esta medicina, es muy difícil encontrarla y hemos estado vendiendo todo lo que tenemos, a retazos para costearla. Cada vez que se la ponemos parece que se va a morir, pero solo así se nos ha mantenido viva. –> continuación – Bonus track En modo trabajador Par de perros en la montaña admirando el paisaje Pecora como siempre, en modo aventurera

  10. Jul 17

    Mi Perra Vida

    Relato – Doctor Nómada (quinta parte) | Bonus track Doctor Nómada (quinta parte) Leer la cuarta parte En menos de treinta días mi castillo de naipes se había derrumbado. Nada de lo ocurrido era injustificado, pero eso no lo hacía deseable, ni tolerable. Lo primero que se agotó, aunque se había terminado desde hace mucho, pero no me había dado cuenta, era la gente que me tenía afecto; mis nuevos conocidos del club y de la alta dirección me esquivaban en persona, por correo electrónico o al teléfono, no querían que ni una gota de mi mala suerte les ensuciara su prístino destino. A pesar de saber que poco iba a lograr, intenté retomar mis viejas amistades pero, obtuve muy pocas respuestas y nada de entusiasmo para verme, ya ni siquiera la posibilidad de ayuda para encontrar un nuevo empleo. Esto último se había vuelto mi prioridad, si bien reduje a mínimos mis gastos, había contraído demasiadas responsabilidades a largo plazo que, estaban deglutiendo mis ahorros demasiado rápido. Al ritmo que estaban ocurriendo las cosas, aun vendiendo todo lo que tenía caería en un impago muy pronto. Correos sin respuesta, llamadas sin retorno, negativa tras horas sentado en una sala de espera para una oferta de trabajo, esa era mi nueva cotidianidad. Cuando el departamento y mis esperanzas de encontrar un nuevo empleo se habían vaciado, hice una actualización de mis cálculos y en menos de tres semanas la inmobiliaria me echaría de lo que era mi último bastión, eso apenas me sacaba a flote unos pocos días. Ahora me daba cuenta de la cantidad de despilfarro a la que había llegado. La última noche que dormí en esa vida, fue antes de volver a revisar cuántos días más podía estar en esa situación antes de acabar en la calle. Me acosté rumiando mis desgracias, no sé cuánto tarde en vencer al insomnio pero, apenas abrí los ojos al día siguiente, sin saber de dónde, si lo había pensado antes de lograr conciliar el sueño o era una reminiscencia de esos mundos oníricos que se permean al descansar pero, me levanté con una idea, si no había manera de ingresar dinero a mi cuenta y las deudas la vaciaban con voracidad, podía buscar la manera de que durara lo más posible. Me levanté y para hacer tiempo en lo que el banco abría, desayuné lo último que había en el refrigerador. Frente a la sospecha del encargado del banco, vacié mi cuenta de ahorros, no podía cerrarla porque estaba llena de deudas. Al entregarme mi dinero, el tipo me vio con recelo, sabiendo que estaba presenciando mi transformación en moroso titulado, al que llegarían amenazas y requerimientos legales en poco tiempo; pero no tuvo más remedio que entregarme mis últimas reservas. Al despedirse de mí, notó que, traía una mochila más grande de lo usual, supongo que intuía cuál era mi plan, porque me deseo suerte al salir de la sucursal. Hacía mucho tiempo que no escuchaba una palabra de aliento, eso me animó a continuar. Muy cerca de ahí había ubicado un local de empeños, al que entregue mis últimas pertenencias, incluido mi teléfono, sabiendo que nunca más las recuperaría. Me dieron una miseria y yo les entregué un papel donde prometía volver a pagar ese dinero entregado en prenda. El dependiente sabía muy bien que, así se acude para nunca más volver, y seguramente ya pensaba en potenciales clientes para lo que le había llevado. En ese momento toda mi vida y su patrimonio iban en la mochila colgando a mis espaldas, dejaría todo lo que no pudiera cargar conmigo. Para mis acreedores y el resto del mundo iba a desparecer, sin dejar rastro, abandonaría todo; nunca pensé que, volverme invisible sería tan sencillo, a partir de ese momento no podría ser localizado, no se me podría exigir que cumpliera mis promesas de pago; el bello arte de mandar todo a la mierda. Mientras el taxi atravesaba la ciudad con el tráfico desbocado, me iba sintiendo ligero, liberado, pero con el corazón galopando fuerte en mi pecho, abandonaría todo y la inmensidad me atemorizaba. Al bajar del auto se terminó mi vida como la conocía, con planes, compromisos, sueños y responsabilidades. El horizonte de mi vida no estaba trazado, apenas sabía mi siguiente paso. En ese momento sólo tenía hambre e incertidumbre, así que, entré a un pequeño restaurante a resolver ambos problemas. Mientras me llevaban la comida, miraba el tablero con los destinos próximos, algunos conocidos, pero muchos a poblaciones que jamás había escuchado. Como nunca, comí con calma, sin marco de referencia veía aparecer y desaparecer destinos en el tablero, algunos sabia que estaban a pocas horas y otros a decenas. Al final decidí ser congruente y tomar la decisión de mi destino basado en la irracionalidad. Compré el boleto, solo de ida, para el destino más impronunciable. Ahora saberlo todo era irrelevante, desconocía si el lugar al que llegaría era de mar o montaña, cómo sería su gente, ni siquiera dónde podría encontrar alojo. Sólo sabía que el autobús salía en tres horas y que había elegido un asiento al lado del pasillo, no quería ver nada, ni recordar nada, tan sólo olvidar. Pedí una y después varias tazas de café, para que pasara el tiempo. Mientras tanto me distraía viendo a la gente cruzar la terminal de un lado al otro con bultos, hijos, sonrisas y tristezas. Me preguntaba si alguien más estaba huyendo como yo, caí en cuenta que tenía un monologo desde hacía bastante rato. Ya no había nada que me lo impidiera, una llamada de atrajera mi atención, las notificaciones perennes dejarlo de serlo y el deseo de ver el mundo a través de la pantalla había desaparecido, sólo tenía la realidad próxima e inmediata frente a mi. Anunciaron la salida de mi autobús, así que, pagué la cuenta y me formé para ingresar al vehículo; sin prisa, fui uno de los últimos. Ubiqué mi lugar y a mi vecina de asiento, la saludé, acomodé mis cosas en el maletero y ocupé mi asiento. Al lado mio una anciana se tardó bastante más tiempo en acomodarse la cobija que traía, un termo con una bebida caliente, “porque era muy friolenta” me dijo sin que le preguntara, y cuando se había logrado instalar correctamente se le había quedado una pequeña maleta en las piernas, se disponía a deshacer su cobijo pero, me ofrecí a acercársela y acomodarla junto a la mía, no deseaba verla nuevamente en todo su ritual de acomodación. Era una hielera, además de agradecer, me pidió que lo hiciera con cuidado, porque era un medicamento. La dispuse con cuidado y al confirmar con el oído que no se movía, la anciana se quedó dormida en pocos minutos, lucía exhausta, y sus rotundos ronquidos lo confirmaban. Por lo visto también había sido un día largo para mí, porque a pesar del concierto de ruidos de mis vecinos, al poco rato, caí rendido. Nos despertó y desacomodó una serie de movimientos erráticos que hacía el autobús, que cada vez avanzaba más despacio. Mi asombro era mayúsculo, no sabía que pasaba. Mi vecina me tranquilizó, diciéndome que seguramente se había ponchado una llanta. Eso me dio algo de paz, lo que me intranquilizó fue la acotación de su comentario, donde para sí misma deseaba que fuera eso y no los asaltantes de autobuses que llenan la carretera con clavos para detener a los viajantes y asaltarlos. –> continuación continuación —

  11. Jul 10

    Mi perra vida

    Relato – Doctor Nómada | Bonus track Doctor Nómada (cuarta parte) Leer la tercera parte La reunión fue sucinta y con un foro exiguo. El director de recursos humanos, el de finanzas y un par de sus mandos medios, todos con pésimas dotes de actuación. Me transmitieron las disculpas del cuerpo directivo a los que les fue imposible asistir, pero me enviaban saludos y deseaban mi pronta recuperación. Tras el protocolario intercambio de vacuos mensajes fraternales y optimistas, me explicaron que, durante mi ausencia; la cual debió haber sido una terrible experiencia de la cual seguramente salí fortalecido; en esas semanas tuvieron que buscar ayuda para continuar con la operación del hospital. La compañía que proveía de toda la infraestructura tecnológica, al ver nuestro gran avance, ofrecieron en su fase temprana y ultrasecreta una versión del modelo que podía “apoyar” las actividades de posiciones directivas, dada la coyuntura determinada por mi estado de salud, aprovecharían la oportunidad para probar el modelo y comprobar su utilidad en vida real. No entendí muy bien o no quería entender, pero interrumpí el monólogo del director de recursos humanos, para decirle que, ya me sentía muy bien y no era necesaria la ayuda de la IA para mis actividades. Tras soterrar parcialmente una sonrisa, continuó explicando que, la prueba había sido un éxito, y el programa se amplió a unas cuantas direcciones más. Su perorata terminó con una sensación de que algo más faltaba. Antes de que pudiera opinar algo al respecto, intervino el director de finanzas. Explicaba que, con la inclusión de los nuevos modelos directivos de IA se encontraron áreas de oportunidad que permitirían optimizar los recursos, esto daría paz a los accionistas, los cuales estaban muy nerviosos por no ver los resultados financieros esperados. Una de las áreas que más cambios necesitó fue la mía, entendían que, fue pionera en el gran cambio de la institución, y por lo tanto con más áreas de mejora. Indudablemente era una decisión dura, la cual prometieron haber meditado muchísimo, pero tenían que prescindir de mi para llevar a cabo esas nuevas actividades. Un hueco invadió mi abdomen, en ese momento caí en cuenta que, nunca pensé en esa posibilidad, me creía imprescindible, y por supuesto tampoco se me había ocurrido revisar mi contrato laboral, en un segundo me percaté de la situación altamente vulnerable en la que me encontraba. Temeroso pregunté si entonces volvería a mi trabajo clínico. En mi desesperación olvidé lo que ellos gustosamente me recordaron. Les hubiera encantado regresarme a esa posición, pero en el momento actual estaba cubierta por uno de los primeros modelos de IA que, yo, ayude a instaurar. Antes de que hiciera la pregunta obvia, el director de recursos humanos respondió, iniciando con el amplio reconocimiento que la institución y la alta dirección tenían por mis contribuciones y que por ese motivo recibiría un bono adicional, y por supuesto agradecían infinitamente el apoyo otorgado y me deseaban lo mejor en los proyectos que emprendiera. Tuve que realizar dos intentos para levantarme de la silla mientras me miraban fríamente, me cubría un sudor fino pero helado con el que luché para no temblar enfrente de todos, me despedí con la mayor formalidad y antes de salir me indicaron que, eran conscientes de mi estado de salud, por lo que se habían tomado la molestia de empacar mis cosas, para evitar esfuerzos en mi condición y me las harían llegar a lo largo del día. Salí a la calle y con mis últimas fuerzas sentado en una banca de la acera intenté recuperarme, sentía que me iba a desmayar; las manos me temblaban, me di cuenta que estaba hiperventilando. La gente pasaba a mí lado indiferente, una tras otra. Me quedé ahí, sin saber qué hacer, con la cabeza hecha un huracán. Sin darme cuenta pasaron varias horas, en las que estuve en ese estado hasta que, la luz del sol comenzó a alejarse. Me levanté y me fui a casa, no sabía qué hacer, y no tenía a quién acudir. Al llegar me tiré en el sillón, estaba rendido, era la primera vez que salía después de la cirugía y no había sido nada fácil, sin saber en qué momento, me quedé dormido. Era más de medio día cuando desperté dolorido, con la boca amarga y la cabeza explotándome de dolor. Traté de poner orden a mis ideas y tras un analgésico, ducharme y desayunar algo ligero, me senté a revisar lo que era una de mis principales preocupaciones en ese momento, mi cuenta en el banco. La tranquilidad de ese bono prometido me daba cierta paz, la cual se esfumó cuando vi los documentos de despido que llegaron a mi correo electrónico. En la vorágine de mi ascenso, los beneficios económicos fueron marcados como compensaciones, nunca fueron parte de un ajuste salarial, así que, me habían echado a la calle con un sueldo similar al de mi ingreso al hospital, es decir mucho menos de lo esperado. En ese momento me di cuenta de que uno es esclavo de sus lujos. –> continuación continuación —

  12. Jul 3

    Mi perra vida

    Relato – Doctor Nómada | Bonus track Doctor Nómada (tercera parte) Leer la segunda parte El tráfico de la ciudad era particularmente denso, hacia donde volteara las calles y avenidas eran un estacionamiento, pensé que, eso me tenía con una sensación atípica de cansancio y malestar general. Me esforzaba mucho para mantenerme atento a la videollamada que hacía regularmente de camino a casa y que, por lo visto todos hacían antes de llegar a sus hogares. Al terminar aún faltaba para llegar a mi destino, me recosté en el asiento trasero y no supe en qué momento me acomodé en posición fetal y cerré los ojos. Soñaba que, era un protagonista a algo parecido a la serie juego de tronos, pero en la irracionalidad propia de ese mundo imaginario, al correr a través del bosque caía en una trampa para osos mi tobillo sangraba profusamente, y escuchaba caballos jadeando acercándose, a cada intento por escapar los dientes afilados se clavaban profundamente en el hueso que iba cediendo a cada intento. Varios jinetes me rodearon, sin mediación de ningún tipo, uno de ellos vestido totalmente de negro y sin rostro, sacaba una lanza de su espalda y la enterraba en mi abdomen, mientras la machacaba con furia contra el suelo, el dolor me invadía y me hacía temblar, deseando que todo terminara. Mi nuevo chofer me despertó preguntando ¿si me encontraba bien? Estaba empapado en sudor y temblando, instintivamente me toqué el abdomen y vi que no había pasado nada, todo había sido una pesadilla. Al bajar de la camioneta las fuerzas me fallaron, por nada caigo en el suelo, me quedé unos segundos apoyado en el asiento con la puerta abierta, no sabía qué me pasaba. Le dije al chofer que, no se preocupara, y con todas mis fuerzas logré que las piernas dejaran de temblar, llegué al ascensor y mientras subía al pent house, me comenzó a molestar el abdomen, para cuando logré acomodarme en el sillón de la sala sentía que algo me taladrara los intestinos. El departamento estaba solo, mi pareja se había ido de vacaciones a la playa con sus amigas, fue su regalo de cumpleaños, no sabía a quién acudir, el dolor y el temblor iban en aumento. Lo que menos pensé que ocurriera se manifestó, en medio de mi infierno, de manera súbita mi abdomen se infló como nunca y ruidos de aguda corriendo me avisaban que debía ir al sanitario, tomé aire y todas mis fuerzas para levantarme pero, había sido demasiado tarde, el accidente había ocurrido, ya en pie me esforcé en caminar por el pasillo, apoyado en la pared, apenas había avanzado unos pasos y el dolor apretó con más fuerza, me tuve que sentar en el suelo, el ruido metálico en el vientre me volvía a recorrer, otro accidente ocurrió; lo último que recuerdo, es el suelo de mármol en el que se escurrían mis miasmas con sangre llegando hasta los tobillos. Al intentar abrir los ojos, de lo primero que me percaté es que un tubo invadía mi boca y rasgaba mi garganta, el monitor sobre mi cabeza se aceleró y una alarma comenzó a sonar repetidamente, no pude abrir los ojos, estaban sellados. Una voz dulce y relajada se escuchaba alrededor, sin saber exactamente de dónde provenía, intentaba tranquilizarme, me explicaba porque habían tenido que cerrar mis ojos con cinta adhesiva, y porque un tubo estaba dándole aire a mis pulmones. En los minutos que parecieron horas, logré entender que estaba en terapia intensiva. La voz era de la IA de monitoreo de esa área, la cual me explicó lo ocurrido, una úlcera intestinal se perforó, ocasionando que, la sangre llenara mi abdomen hasta casi vaciarme, igualmente me indicó el tratamiento instituido, quitarme parte del estómago y el intestino; finalmente me explicó lo que tenía que hacer al momento de retirarme el tubo que me ventilaba. Me parecía escuchar las animaciones de la pantalla del avión con las indicaciones ante una emergencia, todo era claro, congruente, pero parecía irreal. Llegó alguien que nunca supe quién fue, retiró las telas adhesivas que mantenían mis párpados cerrados y la luz del cuarto, aunque tenue dolía, no lograba enfocar nada, ahora sí, una voz humanada me pidió que siguiera las instrucciones que había recibido, porque retiraría el tubo de mi garganta. Sentí algo desinflarse en mi cuello, tras ese segundo de alivio, el dolor como el de una sierra se extendió desde mi pecho hasta la boca, el tubo se despegaba dolorosamente, unas lágrimas se me escaparon mientras el aire del ambiente ardía y quemaba en su trayecto hasta mis pulmones. Tras dos segundos de silencio, la persona se alejó, la voz que invadía la habitación continuaba con su letanía acerca de mi estado de salud. Durante los siguientes días sólo entraba una persona que me ayudaba a comer y bañarme. Le preguntaba sobre mi estado, pero desconocía absolutamente todo de mi caso, había sido contratada para limpiar pacientes. Le pedí que por favor le avisara al médico quién era yo, que deseaba saber qué estaba sucediendo. La mujer me preguntó asombrada si la IA no me había explicado todo eso, porque desde que ella había llegado, nunca había visto un médico en esa área. Se ofreció a transmitir mi petición a las otras personas que aún trabajaban en esa zona, alguna enfermera, un camillero, un fisioterapeuta, quienes también acudían unos pocos minutos cada día para moverme, hacer curaciones en la herida, moverme al sillón o ponerme hacer algunos ejercicios de movilidad. Recordé que esas funciones no pudieron ser sustituidas por robots de asistencia, pero actuaban eficazmente como una cadena de producción, seguían las instrucciones de la pantalla que les colgaba del cuello, sin cuestionarse ni saber nada de los pacientes, sabían que la IA estaba a cargo de esas decisiones. Después de ir mejorando tras varias semanas, una especie de administrador vino a explicarme que se había determinado mi alta, también que la cuenta había sido saldada por los jefes de mis jefes, y me ofreció apoyo para que me llevaran a mi departamento, ya que el teléfono de contacto de mi pareja nunca respondió. Mientras la sirena de la ambulancia recorría las calles de la ciudad, yo hurgaba en mis pensamientos sobre lo que ocurriría llegando a casa. Al abrir la puerta odie tener la razón, ella me había dejado, no había señal de su existencia. Me senté con dificultad en la sala y le pedí a la IA que actualizara mis pendientes de las últimas semanas, cientos de cadenas de correos, cancelación de reuniones y únicamente una carta del consejo directivo que, lamentaba profundamente lo ocurrido e indicaban que deseaban verme personalmente en cuanto estuviera preparado. —> continuación — Bonus track Me encontré uno de esos extraños contrastes de la montaña, una rama practiamente seca, en medio deel bosque reverdecido La montaña está que no cabe de frondosa Florecitas en el camino

About

Fastidiado de las restricciones en las redes sociales, y sin postureo ni opiniones al vapor, aquí les dejo Mi Perra Vida