FIESTA DE TODOS LOS SANTOS Apocalipsis 7, 2-4. 9-14: “Vi una muchedumbre tan grande, que nadie podía contarla. Eran individuos de todas las naciones y razas, de todos los pueblos y lenguas”. Salmo 23: “Esa es la clase de hombres que te buscan, Señor”. I San Juan 3, 1-3: “Veremos a Dios tal cual es”. San Mateo 5, 1-12: “Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”. Al preparar la “pastorela” que año con año se presenta en familia para Navidad, el “director”, por decir de alguna forma a quien coordinaba, tenía la difícil decisión de repartir, entre niños y adolescentes, los diferentes “papeles” que cada quien debía interpretar. José y María fueron escogidos. Al buscar quienes representarían a diablos, ángeles y pastores surgió la dificultad: ¡Todos querían ser diablos! “Los pastores son muy tontos y ser ángel es muy aburrido, -decía uno de los pequeños- en cambio ser diablo resulta divertido”. Así, en la representación resultaron 15 “pequeños diablos”, y a duras penas aparecieron dos ángeles y cuatro pastores ¿Ser “bueno” será sinónimo de ser aburrido? ¿Ser “santo” será señal de pasividad y estupidez? Ciertamente va contra la lógica del mundo, pero ser santo es la alegría en plenitud y un compromiso dinámico y activo. Es buscar ser como nuestro Dios: misericoridioso y santo. “Ser santo” era el anhelo y el sueño que se trataba de grabar en el corazón de los pequeños y los jóvenes de hace ya algunos años. Quizás en nuestro mundo ya no se escuche este anhelo, pero ¡Es la propuesta de Jesús! No se trata de esa santidad estirada, fría y a veces hasta inhumana, con que se acostumbra presentar a muchos de los santos. La invitación de Jesús a ser santos tiene mucho que ver con la vida diaria, con el compromiso con los hermanos y con la verdadera felicidad. Ser santo es alegría, dinamismo y fuerza en la búsqueda de la verdad. Se podría resumir en el Sermón de la Montaña cuyo pórtico, las Bienaventuranzas, nos ofrece hoy el pasaje de San Mateo. Dejando de lado la felicidad como era presentada con frecuencia en el Antiguo Testamento que unía una vida justa con riquezas, salud y larga vida, Cristo nos presenta nuevas pistas que conducen a la verdadera felicidad. Las Bienaventuranzas declaran dichosas a personas consideradas, de ordinario, malditas o desgraciadas. La primera de ellas resume a las demás: “Dichosos los pobres de espíritu”, o sea, los que han puesto su confianza en el Señor. Cada bienaventuranza es una proclamación mesiánica, un anuncio de que el Reino ha llegado para quienes tienen el corazón limpio y buscan la justicia. Ser santo hoy es vivir plenamente las Bienaventuranzas que nos propone Jesús. El Antiguo Testamento llama a Dios “el único y verdaderamente Santo”, expresando sobre todo su trascendencia, su completa separación de lo humano. Sin embargo, siempre surge la invitación a “ser santos como Dios es santo”. Israel se considera un pueblo santo, pero en el sentido de estar “separado” de los demás. Expresa su santidad sobre todo en el culto a Dios, sus sacrificios… Con frecuencia cae en el pecado y los profetas le exigen la verdadera santidad: el culto que Dios quiere es fidelidad y amor, traducidos en justicia, verdad y amor al hermano. Cristo es llamado “el Santo de Dios”,