Frecuencia Emocional

Iratxe López

Espacio dedicado a entender mejor nuestra mente y emociones de la mano de la psicóloga clínica Iratxe López.

  1. Aug 13

    Mejor solo que mal acompañado

    Estar soltero o soltera por decisión propia sigue arrastrando un estigma social implícito. A pesar de los avances culturales, con frecuencia se siguen escuchando frases que dan por sentado que es imposible alcanzar la plenitud sin un compañero o compañera sentimental, o que lo que aporta una pareja no lo puede sustituir ningún otro vínculo. Pero ¿hasta qué punto estas afirmaciones reflejan la realidad emocional? Animales sociales, no solo de pareja Es indiscutible que el ser humano es un animal social que necesita crear lazos, construir vínculos y sentirse acompañado para garantizar su bienestar emocional. Sin embargo, estar en pareja no es la única forma de tener a otras personas en nuestra vida. En la consulta de psicología es habitual comprobar cómo muchas personas con pareja se sienten profundamente solas, mientras que existen personas solteras con una red social riquísima y vínculos profundos que jamás experimentan esa soledad. Para comprenderlo mejor, basta comparar dos situaciones muy comunes: El caso de Javier: Lleva una década conviviendo con su pareja. Ante un problema laboral de gran carga emocional, intenta desahogarse en casa pero no se siente escuchado ni comprendido. A pesar de dormir cada noche al lado de alguien, experimenta un aislamiento absoluto. El caso de Chema: No tiene pareja, pero cuenta con un grupo de amistades sólido y una relación estrecha con su familia. Frente a la misma dificultad laboral, encuentra en su entorno el sostén, la escucha y el acompañamiento que necesita. Este contraste demuestra una premisa clave: tener pareja no garantiza evitar la soledad, y no tenerla no significa vivir en el aislamiento. El mito del vínculo perfecto y el estigma de la soltería ¿Por qué se sigue juzgando a quien decide no tener pareja? En gran medida, esto ocurre porque se tiende a proteger de forma casi sagrada la idea de la pareja tradicional, evitando cuestionar cuando una relación se ha vuelto insana o perjudicial. Por el contrario, se señala y juzga con ligereza a quien opta por la soledad afectiva. Afortunadamente, este estigma comienza a diluirse poco a poco, al igual que ha ocurrido en los últimos años con la normalización de la asistencia a la terapia psicológica. Lo verdaderamente importante no es tener o no tener pareja, sino que los vínculos que mantengamos —del tipo que sean— nos hagan bien y aporten bienestar. Elección deliberada vs. trauma relacional Existe un matiz fundamental al analizar la soltería: no siempre es fácil distinguir cuando la soltería es una elección consciente y cuando responde a un mecanismo de protección. En ocasiones, decidir estar solo o sola puede ser la respuesta a un trauma relacional previo. Tras sufrir heridas profundas en relaciones pasadas, la soledad puede resultar una zona de confort más segura que la vulnerabilidad de volver a acompañarse. Esto no es equivalente a elegir la soltería desde la calma y la plenitud. Aun así, este matiz no otorga a nadie la potestad de juzgar ni de diagnosticar las elecciones ajenas. Cada persona debe analizar sus propios motivos y asumir las consecuencias de sus decisiones, sin que su entorno deba interferir en sus procesos individuales. Para concluir el análisis de esta semana en Frecuencia Emocional, dejamos dos preguntas para la autoreflexión: Si estás soltero o soltera: ¿Cuentas con una red social y afectiva que te haga sentir realmente acompañado? Si tienes pareja: ¿Esa relación te acompaña de verdad, o hay días en los que te sientes tan solo como el pobre Javier?

  2. Aug 7

    ¿Por qué cuesta tanto soltar una relación que nos hace daño?

    Es una de las consultas más frecuentes en el ámbito de la psicología y las relaciones humanas: ¿por qué resulta tan complejo poner fin a una relación cuando se sabe a ciencia cierta que causa daño? Existe una contradicción evidente entre la razón y la conducta. En el plano conceptual, se reconoce que el vínculo genera ansiedad, desgasta la autoestima o mantiene a la pareja en un bucle de discusiones estériles. Sin embargo, la persona permanece o regresa una y otra vez al mismo punto. La psicología clínica aclara que la dificultad para romper un vínculo nocivo no responde a capricho, debilidad o falta de voluntad, sino a mecanismos neurobiológicos y a la memoria corporal. La memoria corporal y la confusión entre apego y seguridad Uno de los principales obstáculos al intentar romper una relación es la memoria corporal. Cuando en el pasado la ruptura de un vínculo generó un dolor profundo, el sistema nervioso aprende a confundir el apego con la seguridad. En estos casos, aunque la relación sea dañina, lo conocido y predecible acaba sintiéndose emocionalmente más seguro que la incertidumbre de la soledad. En este proceso la neurociencia juega un papel clave. Hormonas y neurotransmisores como la oxitocina y la dopamina refuerzan los lazos afectivos, incluso cuando el vínculo es nocivo. Cuando una relación alterna momentos de afecto intenso con etapas de distancia o conflicto, se activa un esquema de recompenza intermitente. Este mecanismo —el clásico «ahora me quiere, ahora no»— engancha al cerebro con mayor fuerza que la propia estabilidad emocional. Diferencias entre un bache de pareja y una relación tóxica Para evaluar si una relación atraviesa una crisis pasajera o si se trata de una dinámica destructiva, es necesario revisar sus cimientos. Un vínculo saludable se sostiene sobre la admiración, la confianza, el respeto, la aceptación y la comunicación. Los conflictos existen, pero no anulan a las partes. Por el contrario, un vínculo tóxico se caracteriza por mermar la autoestima de forma constante, generar ansiedad continuada y hacer sentir a la persona que nunca es suficiente. La prolongación de estas dinámicas en el tiempo produce un deterioro severo en la salud emocional. Mitos del amor que dificultan la ruptura El proceso de desenganche exige también cuestionar ciertas creencias culturales profundamente arraigadas. Afirmaciones como que el sufrimiento es prueba de amor o que con el esfuerzo suficiente la relación volverá a ser como al principio son falsas premisas que prolongan el malestar. El sufrimiento no es equivalente al amor ni la capacidad de aguantar es una virtud en la pareja. Desmontar estas ideas es el primer paso para poder tomar distancia sin culpa. Claves para iniciar el proceso de desvinculación Romper con una dinámica dependiente no es un acto automático, sino un proceso gradual. Los especialistas recomiendan pautas concretas para avanzar sin la presión de una ruptura drástica e inmediata: Poner nombre al enganche: Identificar qué atenta a la relación permite diferenciar el enganche emocional del amor real. Analizar el origen del miedo: Cuestionar si el temor a la soledad o al qué dirán responde a un peligro real o a una amenaza percibida por la mente. Tolerar el vacío: Entrenar al cuerpo para comprender que estar sin la otra persona no equivale a estar en peligro. Reeducar el sistema nervioso: Construir espacios de calma, pausas y apoyarse en entornos seguros para reducir el estado de alerta constante. Buscar red de apoyo o ayuda profesional: Contar con miradas externas que aporten perspectiva o acudir a terapia cuando la situación se prolonga en el tiempo. Comprender que soltar un vínculo dañino no es un evento puntual sino un proceso que requiere tiempo resulta fundamental para abordar la situación con paciencia y autocuidado.

  3. Jun 25

    ¿Cuándo deja de ser "normal" el dolor? Desmontando los mitos sobre el duelo

    Muchos crecemos con una idea equivocada y excesivamente ordenada de lo que significa perder a alguien. Nos han vendido durante años que el duelo es una especie de proceso lineal y ordenado, una sucesión de etapas donde primero niegas, luego te enfadas y finalmente aceptas. Sin embargo, la psicología actual demuestra que la realidad es muy diferente: el duelo es un camino impredecible. "Lo que suele ocurrir es que estás relativamente bien un día y al día siguiente te derrumbas por una canción, un olor o una fecha concreta. Y eso no significa necesariamente que estés retrocediendo". De hecho, a nivel cerebral, el proceso alterna constantemente entre el sentir la pérdida y el desconectar para poder sobrevivir emocionalmente. El duelo no es una línea recta y es fundamental erradicar esa expectativa de nuestra mente. Cuando el dolor emocional se vuelve físico La experiencia de la pérdida no se limita al plano psicológico; el cuerpo también la padece y la manifiesta. Es muy común experimentar cansancio constante, presión en el pecho, niebla mental, insomnio o cambios drásticos en el apetito. Ante esto, muchas personas se juzgan con dureza, pensando que exageran. La ciencia ofrece una explicación rotunda a este malestar: el dolor emocional de una pérdida activa algunas de las mismas áreas cerebrales que se activan con el dolor físico. El duelo literalmente duele, y no se trata de una simple metáfora. El sistema nervioso está intentando adaptarse a marchas forzadas a una realidad completamente nueva. Una nueva forma de relacionarse con el vínculo Otro de los grandes errores tradicionales ha sido entender el duelo como un proceso de "soltar" o "desapegarse". Hoy en día, las corrientes psicológicas avanzadas proponen un enfoque distinto: aprender a relacionarte de otra manera con ese vínculo. Dado que el cerebro mantiene activa la representación emocional de la persona fallecida, es completamente natural que surjan recuerdos constantes, rutinas grabadas o pequeñas oleadas de emoción. Del mismo modo, es normal sentir emociones contradictorias: puedes sentir tristeza y alivio al mismo tiempo, o reír un día y experimentar culpa por haberlo hecho. ¿Cuándo es el momento de pedir ayuda psicológica? Una de las dudas más recurrentes es saber si el sufrimiento prolongado (por ejemplo, mantener una intensa tristeza año tras año) requiere intervención profesional. No hay una fecha exacta, no existe un límite de meses en el que ya debas haber pasado el duelo. La evolución de este proceso depende de cada persona, del tipo de vínculo y de cómo ocurrió la pérdida. Sin embargo, existen señales de alarma claras que indican la necesidad de buscar apoyo: Cuando el dolor es tan intenso que la vida diaria queda completamente paralizada durante mucho tiempo. Casos de aislamiento extremo o una sensación de desesperanza constante. Cuando el sufrimiento no fluctúa en absoluto y sigue siendo igual de devastador con el paso de los meses. Aparición de conductas autodestructivas, abuso de sustancias o ideación suicida. La sensación persistente de haberse quedado atrapado, como si el duelo no avanzara de ninguna manera. Si estás atravesando una pérdida, recuerda: no estás retrocediendo, no estás exagerando y tampoco estás fallando. Cada proceso tiene su propio mapa y su propio tiempo.

  4. Jun 18

    Desengancha tu cerebro: el bucle del 'overthinking'

    La gente ya no sabe parar de pensar. Aunque darle vueltas a las cosas es una constante en la historia humana, la digitalización ha multiplicado las formas de alimentar ese bucle mental constantemente. Hoy en día, el término anglosajón overthinking se ha popularizado para definir este fenómeno, que en psicología se asocia estrechamente —aunque con matices— a la rumiación mental. Mientras que el overthinking implica pensar en exceso, analizarlo todo y anticipar escenarios futuros, la rumiación es ese pensamiento repetitivo, circular y más difícil de soltar. El impacto silencioso en la salud mental "El overthinking aparece incluso por encima de la ansiedad y el estrés como uno de los problemas más frecuentes en jóvenes". Investigaciones recientes demuestran que este tipo de pensamiento repetitivo está directamente relacionado con más ansiedad, más estrés y peor bienestar psicológico. Vivimos en la época perfecta para alimentar este ciclo: la falta de momentos de aburrimiento o silencio se combate de inmediato cogiendo el móvil, buscando opiniones en internet o comparándose en redes sociales. Esto empuja al cerebro a un bucle constante de análisis bajo la falsa premisa de que pensar más ayudará a resolver el problema, cuando en realidad aumenta el malestar emocional. Perfiles funcionales y respuestas corporales Este problema no siempre es visible externamente. Existen personas superfuncionales que parecen tranquilísimas pero que por dentro mantienen la cabeza funcionando sin parar, lo que genera un gran agotamiento mental y físico, derivando en insomnio, tensión muscular o dificultad para concentrarse. Para combatirlo, la ciencia apunta a prácticas como la meditación y el yoga: La meditación ayuda especialmente con la rumiación mental y el exceso de pensamiento. El yoga ayuda más a bajar la activación física y el estrés corporal. Incluso se está explorando el uso de la inteligencia artificial para detectar estos patrones de pensamiento excesivo a través del análisis de la voz y el lenguaje. El pensamiento como herramienta, no como prisión Es fundamental recalcar que pensar mucho no significa necesariamente tener un problema psicológico. Pensar, cuestionarse o preocuparse forma parte del ser humano. El problema es cuando el pensamiento deja de ser una herramienta y se convierte en una cárcel.

  5. Jun 11

    El peligro de "poder con todo": ¿Qué es la ansiedad funcional y cómo nos afecta?

    ¿Eres de esas personas que siempre puede con todo? ¿La que trabaja, organiza, responde mensajes, llega a tiempo a cada compromiso y ayuda a los demás aunque por dentro esté agotada? Si te cuesta muchísimo parar y sientes que, si lo haces, todo se va a derrumbar, es muy probable que estés conviviendo con la ansiedad funcional. En el espacio "Frecuencia Emocional" del programa EgunOn Bizkaia, la psicóloga Iratxe López ha analizado este perfil de personas que, de cara al exterior, parecen un ejemplo de éxito y productividad, pero que por dentro "viven con el cerebro a 200 por hora". Una máscara de normalidad La gran dificultad de la ansiedad funcional es que resulta invisible para el entorno e, incluso, para quien la padece. "Como la persona sigue rindiendo, nadie detecta el sufrimiento, ni siquiera la propia persona", advierte López. Existe la falsa creencia de que la ansiedad solo se manifiesta a través de bloqueos, ataques de pánico o la incapacidad de salir de casa. Sin embargo, este tipo de ansiedad es mucho más silenciosa y está socialmente premiada. Es común que estas personas hiperproductivas reciban constantes elogios de su entorno: "qué responsable eres", "qué trabajadora" o "qué fuerte eres". El problema, como señala la psicóloga, es que "a veces lo que se está premiando no es el bienestar, sino la hipervigilancia y la autoexigencia más cruel". El miedo como motor Detrás de esa fachada de control absoluto no hay calma; hay un motor alimentado por el temor. Las personas con ansiedad funcional se mueven por el miedo a fallar, a decepcionar, a perder el control o a no ser suficientes, lo que empuja al cuerpo a entrar en un "modo de supervivencia permanente". Esta desconexión con el propio bienestar es tal que muchas personas "sienten culpa cuando intentan descansar o ansiedad cuando no están haciendo algo productivo". Detrás de este comportamiento se suele esconder una mezcla de hiperexigencia, perfeccionismo y, en ocasiones, historias personales donde se aprendió que había que rendir al máximo para sentirse seguro o querido. Cuando el cuerpo dice "basta" Aunque se pueda ignorar la ansiedad durante un tiempo, el organismo tiene sus propios límites. La procesión va por dentro, pero termina manifestándose físicamente. "El cuerpo suele empezar a pasar factura", explica Iratxe López, a través de síntomas como insomnio, bruxismo, problemas digestivos, irritabilidad, cansancio constante y una clara dificultad para disfrutar de la vida. La experta recuerda que el sistema nervioso humano no está diseñado para vivir en alerta permanente y que, tarde o temprano, enviará un aviso contundente si se estira demasiado la cuerda. Romper con la romantización del estrés Para finalizar, la psicóloga invita a hacer una reflexión incómoda: ¿por qué admiramos tanto a las personas que nunca paran? "Socialmente hemos romantizado muchísimo el estar ocupados", lamenta, como si descansar fuera una pérdida de tiempo. Frente a esta corriente, es vital recordar que "la salud mental también consiste en poder descansar sin culpa, poder bajar la guardia y permitirnos fallar o no poder con todo".

  6. Jun 4

    Regular nuestras emociones: el verdadero significado de escuchar lo que sentimos

    Dentro de la sección Frecuencia Emocional del programa EgunOn Bizkaia, abordamos un aspecto que nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos, pero que raramente comprendemos del todo: las emociones. Aunque se habla de forma constante sobre el cuidado del cuerpo, las relaciones de pareja o el vínculo con nosotros mismos, la relación con nuestras propias emociones suele quedar en un segundo plano. Es momento de poner este tema sobre la mesa, ya que convivirán con nosotros toda la vida y resulta fundamental entender para qué sirven y qué intentan comunicarnos. El Mito de la Calma Perpetua En el ámbito de la terapia, es habitual que los psicólogos recurran a frases como "acepta tus emociones", "escúchalas" o "permítete sentir". Sin embargo, estas pautas a menudo generan confusión en los pacientes, que miran a los profesionales como las vacas al tren sin entender qué significa exactamente. Existe la falsa creencia de que regular las emociones consiste en mantener un estado de calma, positividad y equilibrio permanente, como si sentir enfado, tristeza o ansiedad fuera un fracaso personal. Eso no es salud mental, eso es intentar anestesiarse emocionalmente. Regular las emociones no significa dejar de sentir, no enfadarse nunca o no llorar; significa poder sentir emociones sin que estas te arrasen, o poseer la capacidad de volver a tu equilibrio después de haberte salido de él. La Función de lo "Negativo" Todas las emociones, incluso las consideradas negativas, cumplen una función vital y protectora. El miedo, por ejemplo, nos ayuda a detectar riesgos y protegernos, mientras que el enfado suele aparecer cuando sentimos que se ha cruzado un límite importante para nosotros. Por su parte, la tristeza surge habitualmente ante las pérdidas y nos demanda pausa, consuelo o apoyo. Incluso la culpa tiene su utilidad, ya que nos permite revisar si hemos actuado en contra de nuestros propios valores, al igual que la alegría nos enseña aquello que merece la pena seguir cultivando. Las emociones no están diseñadas para fastidiarnos, sino para transmitirnos información. El problema radica en que tendemos a los extremos: o las evitamos por completo o nos ahogamos dentro de ellas. Seis pasos para una mejor relación emocional Para comenzar a gestionar de manera óptima lo que sentimos, se puede seguir una guía basada en seis pasos muy sencillos. El primero consiste en nombrarla, yendo más allá del "estoy bien" o "estoy mal" para identificar si se trata de tristeza, rabia, ansiedad, decepción o vergüenza, e incluso reconocer si hay varias mezcladas. El segundo paso es localizarla, identificando en qué parte del cuerpo se refleja, como la ansiedad en el pecho, el enfado en la mandíbula o la tristeza como un peso en el estómago. Después llega el momento de aceptarla, teniendo claro que aceptar no significa que te guste, significa dejar de pelearte constantemente con lo que estás sintiendo y desterrar frases de autorreproche. El cuarto paso es escuchar su mensaje para analizar qué ha activado esa emoción y qué necesidad real existe detrás, como descansar, poner límites o sentirse validado. Posteriormente se debe exteriorizarla, permitiendo que la emoción salga a través de la palabra, la escritura, el movimiento, el llanto, la pintura o una caminata. Finalmente, el objetivo ideal es aprender de ella, utilizando la experiencia para obtener orientación sobre nosotros mismos. La próxima vez que aparezca una emoción intensa, el enfoque idóneo no es buscar cómo eliminarla de encima de inmediato, sino plantearse la siguiente pregunta: ¿Qué intenta decirme?

  7. May 28

    Por qué decir "no" a tu propia familia es el mayor acto de amor propio (y el que más culpa genera)

    Una de las preguntas más recurrentes en los procesos de terapia es por qué resulta tan complejo fijar límites en nuestro entorno más cercano. A menudo se piensa que el hogar debería ser el espacio más seguro para expresarnos, pero la realidad demuestra que poner límites a la familia suele costar muchísimo más que hacerlo con amigos, compañeros de trabajo o absolutos desconocidos. Esta dificultad no es casual ni un defecto individual. Desde la infancia internalizamos ideas muy potentes sobre el significado del vínculo familiar: mandatos culturales y transgeneracionales como "hay que honrar a los padres", "madre no hay más que una" o *"a la familia hay que perdonarla siempre, pase lo que pase". Bajo el peso de estas creencias, un límite puede vivirse casi como una traición, como si mirar por el bienestar propio significara automáticamente convertirse en un mal hijo, un mal hermano o un miembro egoísta del clan. Cuando el espacio seguro se convierte en una jaula emocional Las familias, bien construidas, representan una red de apoyo impresionante y un lugar idóneo para crecer, expresarse y repararse. Sin embargo, el conflicto aparece cuando ese entorno deja de ser seguro para nuestra individualidad. "El problema surge cuando, para mantener el vínculo con el sistema, tienes que dejar de ser quien eres." Es en ese preciso instante cuando establecer barreras deja de ser una opción egoísta y pasa a ser una necesidad de salud mental absoluta. Si para que sintonices con los tuyos tienes que callar lo que piensas, asumir responsabilidades que no te corresponden o tolerar dinámicas que atentan contra tu estabilidad, el límite se vuelve indispensable. No se trata de un ataque ni de un rechazo hacia los demás, sino de una forma de cuidarte a ti mismo para no quemarte en el proceso. Historias y roles: La mochila que cargamos desde la infancia Si te cuesta poner límites hoy, normalmente no es porque sí; es porque hay una historia detrás. Venimos de aprendizajes, dinámicas y roles sostenidos durante años que cuesta mucho romper. Por ejemplo, la persona que siempre ha ejercido de mediadora en los conflictos familiares siente que defrauda si de repente dice: "yo aquí no me meto esta vez". De la misma forma, quien siente la obligación de estar siempre disponible para sus padres, o quien es incapaz de rechazar un plan familiar dominical a pesar de estar exhausto, vive atrapado en su propio personaje. Romper ese rol genera un terremoto interno, pero es vital para actualizar nuestra posición en el sistema. Ejemplos prácticos para aterrizar los límites en el día a día Establecer una barrera no requiere de grandes confrontaciones, gritos ni dramatismos. Se puede aplicar a través de la asertividad serena, utilizando frases directas pero respetuosas: "Este año estoy muy cansado y no puedo encargarme de organizar la comida familiar, "Os quiero, pero prefiero no hablar de este tema (pareja, trabajo, política) cuando estoy con vosotros", "No voy a ir todos los fines de semana a visitaros porque también necesito tiempo para descansar y gestionar mi propia vida." etc. Estos límites son completamente razonables. No son muestras de desamor, son instrucciones de uso para que los demás sepan cómo relacionarse con nosotros sin lastimarnos. Los mandatos invisibles y la verdadera sanación familiar La célebre psicóloga Alice Miller, especialista en el análisis de las estructuras familiares, habla en profundidad de los mandatos invisibles. Explica cómo el imperativo de "honrarás a tu padre y a tu madre", llevado al extremo y sin matices, puede causar un daño psicológico severo. Se convierte en una obligación rígida que impide cuestionar comportamientos tóxicos, protegernos o tomar la distancia física o emocional que necesitamos. Poner límites no significa querer menos a la familia; al contrario, consiste en quererla más y mejor, buscando una relación en la que ninguna de las partes tenga que anularse. Las familias perfectas donde nadie hiere no existen. Las fricciones son normales, pero una familia sana no es la que nunca daña, sino la que puede escuchar, reparar y respetar el espacio del otro. La familia suma cuando te permite ser tú mismo; si para pertenecer te exigen desaparecer, el sistema necesita una revisión urgente.

  8. May 21

    El miedo a repetir patrones: ¿Cómo influyen nuestras heridas de la infancia en la crianza?

    El deseo de proteger a los hijos es universal, pero a menudo viene acompañado de fantasmas del pasado. En la sección Frecuencia Emocional del programa EgunOn Bizkaia, se ha abordado una realidad silenciosa que afecta a muchas familias: el miedo de padres y madres a repetir con sus hijos los mismos errores y sufrimientos que ellos experimentaron en su propia infancia. Un miedo real y frecuente en consulta Este temor no es una preocupación menor ni anecdótica; al contrario, es un motivo de consulta muy habitual. Existen personas que dudan de la maternidad o la paternidad, no porque no quieran cuidar, sino porque temen hacer daño. "Este no es un miedo absurdo. Cuando una persona ha vivido experiencias difíciles en su infancia, existe una probabilidad alta de que, sin darse cuenta, repita ciertos patrones con sus hijos." Esta repetición puede manifestarse de dos formas: reproduciendo exactamente el mismo comportamiento o cayendo en el extremo opuesto. Por ejemplo, quien creció bajo una exigencia desmedida puede volverse un padre o madre excesivamente permisivo. Sin embargo, en ambos escenarios el problema de fondo es el mismo: no estás eligiendo cómo educar, estás reaccionando desde tu propia herida. Los puntos ciegos de nuestra historia El principal obstáculo para romper estos ciclos son nuestros propios puntos ciegos. Al mirar hacia la propia infancia y hacia los progenitores, se pierde la objetividad: hay conductas que se justifican, realidades que no se quieren ver o dinámicas del pasado que, de forma inconsciente, siguen afectando en el presente. Es precisamente por esto que, cuando un niño acude a terapia, en muchas ocasiones la recomendación es que alguno de los progenitores empiece también terapia; pero no desde la culpa, sino desde la responsabilidad. Aunque no todo el mundo necesita terapia —ya que a veces basta con descanso, apoyo o una red social sólida—, cuando se trata de traumas y de evitar la repetición de patrones, el trabajo terapéutico se vuelve una herramienta clave. El reflejo de la propia infancia La llegada de un hijo activa de forma inevitable un vínculo con el pasado. Su infancia conecta directamente con la tuya. Si sufriste acoso escolar, es probable que vivas con un miedo constante a que tu hijo pase por lo mismo; si te sentiste solo, estarás hipervigilante ante cualquier señal de rechazo. Esta carga emocional puede llevar a los padres a actuar desde el miedo, sobreprotegiendo, anticipando peligros o intentando controlar situaciones de manera innecesaria. A esto se suma que los hijos, por temperamento o forma de reaccionar, suelen parecerse a sus padres, convirtiéndose en espejos que activan aún más esas heridas no resueltas. Sanar a través de la responsabilidad A pesar de las dificultades, cometer errores no significa que todo esté perdido. La clave para reparar el daño y cambiar el rumbo de la crianza radica en asumir la responsabilidad. Algo tan sencillo, pero a la vez tan complejo, como que un padre o una madre pueda mirar a su hijo y decirle: "Tienes razón. Esto que hice te hizo daño, lo siento mucho", tiene un poder profundamente reparador. Negar, justificar o devolver la culpa a los hijos solo profundiza la herida. Por el contrario, romper el ciclo de dolor no solo beneficia al núcleo familiar, sino que tiene un impacto social. Cuando criamos a niños sin esas cargas, sin esas heridas no trabajadas, estamos contribuyendo a crear un mundo más sano, más consciente y mejor. "No se trata de ser padres perfectos, se trata de ser padres conscientes." Si sientes que hay aspectos de tu historia personal que estás trasladando a la crianza de tus hijos, tal vez sea el momento de mirarlos de frente.

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