El episodio arranca con una afirmación que nadie discute: todos tenemos una foto de los ochenta escondida en un cajón. Lo que sigue es un inventario sorprendentemente detallado de cómo se vestía, se peinaba y se perfumaba la generación X en México, y lo que lo hace valioso no es la nostalgia general sino la especificidad. El copete, por ejemplo, no se hacía con cepillo: se armaba tallando el pelo con el peine hasta hacerle nudo, capa sobre capa, y se fijaba con Super Punk, un líquido azul que era básicamente alcohol y que dejaba la mano pegajosa el resto de la tarde. Las hombreras se vendían sueltas en las mercerías, y las mujeres las enganchaban al tirante del brasier cuando la blusa no las traía cosidas. Hay un bloque que explica, casi sin proponérselo, la economía de esa década. En los ochenta México todavía no tenía apertura comercial, de manera que la ropa de marca simplemente no entraba. Si querías unos Levi’s 501 o unos Guess, tenías tres caminos: la falluca, el primo mayor que te heredaba lo que ya no le quedaba, o la señora del rumbo que viajaba a Estados Unidos, traía mercancía y la vendía por encargo. Todo el mundo en la colonia sabía con quién se conseguían los jeans. Y cuando nada de eso alcanzaba, se improvisaba: Genaro cuenta cómo intentó hacerse sus propios jeans deslavados en casa, con cloro, después de enterarse de que los originales se lavaban con piedra pómez. El resultado, admite, quedó más cerca del camuflaje que de la moda. El recorrido por el calzado es el inventario más completo del episodio: los Panam como versión mexicana de lo que no se podía importar, los Charlie, los Catlon, los Top Sider de dos colores con sus tiras de piel, las jelly shoes de plástico brasileñas que hacían sudar el pie y resbalaban, y los tenis canguro con una bolsita lateral donde cabían exactamente dos monedas o el boleto del metro. Más los mocasines con una moneda metida en la lengüeta, una costumbre que ninguno de los dos logra explicar. Después vienen los accesorios y los objetos de estatus. Las gummies de plástico flúor que se acumulaban hasta cubrir el antebrazo completo. Los aretes gigantes de estrellas, rombos y flores. El zinc de colores en la nariz, que servía para no quemarse pero se usaba por puro estilo. Los lentes espejo. El Casio con calculadora, agenda telefónica y en algunas versiones radio AM, con salida para audífonos. Y el Swatch, que era el objeto deseado y costaba varios domingos de ahorro. Aparecen también las marcas mexicanas que prácticamente se borraron de la memoria colectiva: Aca Joe, que llegó a tener sucursales en Estados Unidos, Furor, Eduardo, El Taconazo Popis, Tres Hermanos, Canadá, y los calcetines Donnelly, cuyo eslogan —“entre el zapato y el pantalón hay un detalle de distinción”— Genaro recita de memoria cuarenta años después, para asombro de su compañera. La parte más divertida es la de las técnicas caseras para el cabello. El moco de King Kong. El mousse, que había que dosificar porque de más dejaba el pelo con aspecto mojado. El Wildroot, una cera líquida que solo servía para dar brillo. Y el jitomate: la mamá de Maricarmen le exprimía jugo de jitomate en la cabeza con la convicción de que nutría el cabello, lo que deriva en un debate de dos minutos sobre si el jitomate tiene o no olor propio. Hay un momento revelador cuando sale el tema de los retratos ochenteros hechos con inteligencia artificial que circulan en redes. Los dos lo descartan por la misma razón y casi con las mismas palabras: para qué, si tenemos muchas de a deveras. El episodio cierra con la pregunta que organiza todo el repaso: ¿qué dejarías de los ochenta y qué no volverías a usar jamás? Y con una convocatoria: se está armando una segunda parte con fotos de los ochenta de la audiencia, y los conductores ya se comprometieron al aire a publicar las suyas. Cuando Sí Cuentan los 50 es un podcast sobre lo que vivió la generación X, contado por quienes lo vivieron. Episodios nuevos cada martes. Una producción de SENMO | Querétaro Podcast Studio.