Las confesiones de San Agustín por la Familia Agustiniana

Las Confesiones de san Agustín, una de las obras más profundas y luminosas de la tradición cristiana, cobran nueva vida en este audiolibro producido conjuntamente por la Orden de San Agustín (OSA) y la Orden de Agustinos Recoletos (OAR).

Episodes

  1. APR 23

    Libro 11: El tiempo, la eternidad y el «Principio» de la creación

    «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva» daba paso en el libro anterior al presente; ahora Agustín pronuncia la frase que articula todo este libro XI: «Por amor de tu amor hago esto» (amore amoris tui facio istuc). Agustín abre aquí la segunda parte de las Confesiones, la propiamente teológica: los cuatro últimos libros son un comentario al principio del Génesis. No es ya autobiografía, sino la mente creyente que, a las puertas del relato mosaico, se detiene a interrogar el misterio más vertiginoso que puede asediar al hombre: ¿qué es el tiempo?, ¿cómo crea Dios?, ¿qué significa que Dios haya hecho el cielo y la tierra «en el Principio»? Comienza con una de las páginas más hermosas de súplica intelectual de la literatura cristiana: pide que las Escrituras sean «mis castas delicias», que Dios circuncide sus labios interiores y exteriores, que no cierre su Palabra contra los que llaman. «¿O es que estos bosques no tienen sus ciervos, para que en ellos se alberguen, y paseen, y pasten, y rumien?» Luego aborda la creación. Dios no hace el mundo como el artesano hace un mueble, a partir de una materia previa. Dios crea de la nada, y lo hace por su Palabra, por el Verbo eterno: no una voz que suena y pasa —como la del Tabor, que se hizo y cesó—, sino una Palabra coeterna en la que «dices a un tiempo y sempiternamente todas las cosas». «En ese Principio, Señor, en tu Verbo, en tu Hijo, en tu Virtud, en tu Sabiduría, en tu Verdad, hiciste el cielo y la tierra.» Sale entonces al paso de la famosa objeción burlona: «¿Qué hacía Dios antes de crear el cielo y la tierra?». Agustín rechaza con elegancia la salida chistosa («preparaba castigos para los que escudriñan profundidades») y responde con una intuición decisiva: no había un «antes», porque el tiempo mismo es criatura. Dios no precede a los tiempos en el tiempo, sino por la celsitud de su eternidad siempre presente. «Tus años son un día, y tu día no es un cada día, sino un hoy.» Y aquí comienza la página que durante mil seiscientos años no ha dejado de sorprender a filósofos, físicos y teólogos: la indagación del tiempo. Planta la célebre confesión: «¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.» Descubre la paradoja del presente, que no tiene espacio, y sin embargo es lo único que es. Niega que el tiempo sea el movimiento del sol o de los astros. Y llega a su respuesta definitiva: el tiempo es una distentio animi, una distensión del alma, medida en la mente por tres presentes simultáneos: presente de lo pasado (memoria), presente de lo presente (visión) y presente de lo futuro (expectación). «En ti, alma mía, mido los tiempos.» Cierra el libro volviendo al drama personal. Su propia vida es una distensio, un estirarse doloroso entre el pasado que pesa y el futuro que distrae. La salida es Cristo: el Mediador entre el Uno (Dios) y los muchos (nosotros, dispersos). Por Él, Agustín aspira a ser «recogido», a dejar de disiparse en los tiempos y ser «purificado y derretido en el fuego de tu amor». Un libro arduo, luminoso y conmovedor: el momento en que san Agustín piensa la creación y el tiempo como solo puede hacerlo un alma que ya ha aprendido a llorar y a orar. Traducción de Ángel Custodio Vega Rodríguez, OSA, revisada por José Rodríguez Díez, OAR. Todos los beneficios de este audiolibro se destinan a la Limosnería Apostólica, en favor de las obras de caridad del Papa León XIV.

    1h 10m
  2. APR 23

    Libro 6: Catedrático imperial y catecúmeno en Milán

    «¡Esperanza mía desde mi juventud! ¿Dónde estabas para mí o a qué lugar te habías retirado?». Así se abre el Libro VI de las Confesiones, que narra dos años densísimos en la vida de san Agustín: de los treinta a los treinta y dos (384–386), ya afianzado como catedrático imperial de retórica en Milán, catecúmeno de Ambrosio y atravesado por una inquietud que no le deja vivir. El libro se abre con la llegada de Mónica a Milán, tras seguir a su hijo por mar y tierra, tranquilizando incluso a los marineros durante la tormenta porque sabía que Dios le había prometido una travesía segura. Al enterarse de que Agustín ya no es maniqueo, no salta de alegría: «me respondió con mucho sosiego… que ella creía en Cristo que antes de salir de esta vida me había de ver católico fiel». Junto a esta escena, la memorable obediencia de Mónica cuando Ambrosio prohíbe la costumbre africana de llevar vino a las tumbas de los mártires. Ambrosio está en el centro del libro. Agustín lo admira, lo escucha cada domingo, lo observa leer en silencio —una de las páginas más curiosas de la literatura antigua— y, sin pretenderlo, empieza a recibir por los sermones del obispo una lectura espiritual del Antiguo Testamento que desmonta sus viejas objeciones. «La letra mata, el espíritu vivifica»: la fe católica deja de parecerle absurda, aunque aún no se atreve a abrazarla del todo. En medio de la carrera mundana, Agustín vive una epifanía inesperada en una calle de Milán al cruzarse con un mendigo borracho y alegre. Él, que prepara un panegírico del emperador lleno de mentiras, comprende que aquel pobre ha conseguido en unas monedas la misma alegría temporal que él persigue entre angustias: «él estaba alegre y yo angustiado, él seguro y yo temblando». Entra entonces en escena Alipio, amigo entrañable de Tagaste, a quien Agustín había apartado del circo cartaginés y a quien Dios arrancará después, en Roma, de la pasión por los juegos gladiatorios en una de las escenas más famosas de la obra: Alipio cierra los ojos decidido a no mirar, pero al oír el clamor de la muchedumbre, los abre y «bebió con la sangre la crueldad». Se narran también su falsa acusación como ladrón en el foro y su íntegra labor como asesor, negándose al soborno y a la amenaza de un senador poderoso. Llega también Nebridio, dejando patria, hacienda y madre para unirse a ellos. Tres bocas hambrientas de verdad. El libro culmina con los grandes dilemas de Agustín ya con treinta años: el sueño frustrado de una comunidad filosófica con los amigos, deshecho por la cuestión de las mujeres; los planes de matrimonio impulsados por Mónica con una niña aún no núbil; y, sobre todo, la dolorosísima separación de la mujer con la que había convivido casi quince años, madre de Adeodato, que vuelve a África haciendo voto de castidad. Agustín, incapaz de esperar dos años, toma otra concubina, y su herida, lejos de sanar, se infecta: «doliendo tanto más desesperadamente cuanto más se iba enfriando». Atraviesa todo el libro el miedo a la muerte y al juicio futuro, que se mantiene firme en él incluso cuando casi cede al epicureísmo. Y esa voz de Dios en el fondo: «Corred, yo os llevaré». Un libro sobre la fe que nace entre la prisa y la dispersión, los amigos que se tambalean juntos y una madre que espera lo que aún no ve. Traducción: Ángel Custodio Vega Rodríguez, revisada por José Rodríguez Díez. Todos los beneficios de este audiolibro se destinan a la Limosnería Apostólica, para sostener las obras de caridad del Santo Padre León XIV.

    56 min
  3. APR 23

    Libro 3: Joven estudiante y maniqueo en Cartago

    Aquí tienes la descripción para el Libro III, en el mismo estilo: Libro III — Estudiante en Cartago (descripción principal) «Llegué a Cartago, y por todas partes crepitaba en torno mío un hervidero de amores impuros». Con esta célebre apertura arranca el Libro III de las Confesiones, que abarca los años de san Agustín como estudiante en Cartago, de los diecisiete a los diecinueve años (370–373). Es el libro de la gran ciudad, de los teatros, de las ambiciones retóricas… y también del primer terremoto interior. Agustín se describe a sí mismo «enamorado del amor»: buscaba amar y ser amado, mezclaba la amistad con la concupiscencia, se deleitaba en los dramas del teatro llorando desdichas ajenas mientras no lloraba las propias. Triunfaba en la escuela de retórica —llegó a ser el primero— y convivía con los eversores, aquellos estudiantes gamberros cuyo nombre él transforma en retrato espiritual. En medio de esa vida disipada ocurre un acontecimiento decisivo: la lectura del Hortensio de Cicerón, una exhortación a la filosofía que le enciende el corazón con un ardor nuevo. «¡Cómo ardía, Dios mío, cómo ardía en deseos de remontar el vuelo de las cosas terrenas hacia ti!». Por primera vez, Agustín busca no la elocuencia, sino la Sabiduría. Una sola cosa templa ese incendio: en aquellas páginas no aparece el nombre de Cristo, bebido ya con la leche de su madre. Intenta entonces leer las Escrituras, pero su soberbia las encuentra indignas frente a Cicerón. Es también el libro de su caída en el maniqueísmo: atrapado por hombres «habladores en demasía» que repetían los nombres divinos sin su verdad, Agustín pasará nueve años revolcándose en sus fantasías materialistas sobre Dios, el mal y la justicia. El santo, ya maduro, desmonta con ironía esas «ridiculeces» —como la creencia de que los higos lloran leche al ser arrancados— y dibuja, frente a ellas, una honda reflexión sobre el mal como privación del bien, la justicia inmutable de Dios a través de los tiempos y la universalidad de la moral. El libro culmina con dos páginas inolvidables dedicadas a santa Mónica: su dolor por el hijo perdido, el sueño consolador sobre la regla de madera en el que Dios le muestra que «donde tú estás, allí está él», y la respuesta célebre de aquel obispo anciano: «No es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas». Un libro sobre la búsqueda apasionada de la verdad, los desvíos del corazón joven y el poder silencioso de una madre que ora. Traducción: Ángel Custodio Vega Rodríguez, revisada por José Rodríguez Díez. Todos los beneficios de este audiolibro se destinan a la Limosnería Apostólica, para sostener las obras de caridad del Santo Padre León XIV.

    35 min

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