«Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva» daba paso en el libro anterior al presente; ahora Agustín pronuncia la frase que articula todo este libro XI: «Por amor de tu amor hago esto» (amore amoris tui facio istuc). Agustín abre aquí la segunda parte de las Confesiones, la propiamente teológica: los cuatro últimos libros son un comentario al principio del Génesis. No es ya autobiografía, sino la mente creyente que, a las puertas del relato mosaico, se detiene a interrogar el misterio más vertiginoso que puede asediar al hombre: ¿qué es el tiempo?, ¿cómo crea Dios?, ¿qué significa que Dios haya hecho el cielo y la tierra «en el Principio»? Comienza con una de las páginas más hermosas de súplica intelectual de la literatura cristiana: pide que las Escrituras sean «mis castas delicias», que Dios circuncide sus labios interiores y exteriores, que no cierre su Palabra contra los que llaman. «¿O es que estos bosques no tienen sus ciervos, para que en ellos se alberguen, y paseen, y pasten, y rumien?» Luego aborda la creación. Dios no hace el mundo como el artesano hace un mueble, a partir de una materia previa. Dios crea de la nada, y lo hace por su Palabra, por el Verbo eterno: no una voz que suena y pasa —como la del Tabor, que se hizo y cesó—, sino una Palabra coeterna en la que «dices a un tiempo y sempiternamente todas las cosas». «En ese Principio, Señor, en tu Verbo, en tu Hijo, en tu Virtud, en tu Sabiduría, en tu Verdad, hiciste el cielo y la tierra.» Sale entonces al paso de la famosa objeción burlona: «¿Qué hacía Dios antes de crear el cielo y la tierra?». Agustín rechaza con elegancia la salida chistosa («preparaba castigos para los que escudriñan profundidades») y responde con una intuición decisiva: no había un «antes», porque el tiempo mismo es criatura. Dios no precede a los tiempos en el tiempo, sino por la celsitud de su eternidad siempre presente. «Tus años son un día, y tu día no es un cada día, sino un hoy.» Y aquí comienza la página que durante mil seiscientos años no ha dejado de sorprender a filósofos, físicos y teólogos: la indagación del tiempo. Planta la célebre confesión: «¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.» Descubre la paradoja del presente, que no tiene espacio, y sin embargo es lo único que es. Niega que el tiempo sea el movimiento del sol o de los astros. Y llega a su respuesta definitiva: el tiempo es una distentio animi, una distensión del alma, medida en la mente por tres presentes simultáneos: presente de lo pasado (memoria), presente de lo presente (visión) y presente de lo futuro (expectación). «En ti, alma mía, mido los tiempos.» Cierra el libro volviendo al drama personal. Su propia vida es una distensio, un estirarse doloroso entre el pasado que pesa y el futuro que distrae. La salida es Cristo: el Mediador entre el Uno (Dios) y los muchos (nosotros, dispersos). Por Él, Agustín aspira a ser «recogido», a dejar de disiparse en los tiempos y ser «purificado y derretido en el fuego de tu amor». Un libro arduo, luminoso y conmovedor: el momento en que san Agustín piensa la creación y el tiempo como solo puede hacerlo un alma que ya ha aprendido a llorar y a orar. Traducción de Ángel Custodio Vega Rodríguez, OSA, revisada por José Rodríguez Díez, OAR. Todos los beneficios de este audiolibro se destinan a la Limosnería Apostólica, en favor de las obras de caridad del Papa León XIV.