Rentabilizar & Crecer para Trascender

Guillermo Reyes · bpst.me

La mayoría de las empresas no fracasa por falta de ideas, sino por exceso de ruido. Aquí te ayudo a bajarle el volumen, en episodios de pocos minutos, para que tu empresa rentabilice, crezca y trascienda. Tres décadas de consultoría, cientos de empresas y veintisiete países, en conversaciones breves sobre estrategia, escucha y las decisiones difíciles que separan a una buena empresa de un verdadero legado. bpsinsights.substack.com

  1. 5d ago

    El permiso es tuyo

    Cómo los líderes que vencieron su ego transformaron sus empresas Hola, soy Guillermo Reyes. Llegamos al final de este camino que empezamos juntos hace quince conversaciones. Y quiero cerrarlo con dos temas muy importantes y sin rodeos: Primero con la única idea que, en el fondo, ha estado latiendo debajo de todo lo que te he contado. Segundo quiero presentarte el segundo libro de la serie El arte de transformar tu empresa, al cual he llamado: El permiso de escuchar, del cual te he hablado a lo largo de estas semanas y que hoy te presento y te entrego aquí, en la segunda parte de este episodio. Empezamos esta serie con una frase, ¿te acuerdas? La mayoría de las empresas no fracasa por falta de ideas, fracasa por exceso de ruido. Y a lo largo de todos estos episodios te fui mostrando cómo se le baja el volumen a ese ruido. Recorrimos mucho juntos. El valor de restar, cuando aquel grupo pasó de cuarenta iniciativas a ocho. La humildad de simplificar tu estrategia hasta que quepa en una sola página. La disciplina de ejecutar, porque un buen plan sin ejecución es solo un deseo caro. Aprendimos del supervisor en São Paulo que tenía la respuesta que nadie arriba se detuvo a escuchar. Nos vimos en el espejo, y reconocimos que el mayor obstáculo de una empresa muchas veces tiene la cara de quien la dirige. Aprendimos a nombrar la grieta en lugar de pintarla del color de la pared. Vimos el momento bisagra, ese instante en que alguien se atreve a decir la verdad. Entendimos que la voz del cliente es tu brújula, y la de tu gente, tu alerta más temprana. Recordamos a Claus, y su convicción de que el mayor error que puedes cometer es no intentarlo. Y hablamos de decidir con claridad, de crecer con rentabilidad, de construir algo que te sobreviva, y de usar la tecnología sin entregarle nunca tu criterio. Y ahora quiero decirte cuál era, en realidad, el hilo secreto que unía todo. Cada episodio, sin importar el tema, hablaba de lo mismo. De un permiso. El permiso de ver tu empresa como de verdad es, y de actuar sobre lo que ves. Porque durante años he visto a líderes brillantes esperar. Esperar el momento perfecto. Esperar a que el mercado les dé la señal, a que las circunstancias se alineen, a que llegue por fin esa semana de calma para al fin sentarse a pensar. Y aquí va la verdad que quiero dejarte grabada para siempre. Nadie te va a dar ese permiso. El momento perfecto no existe. Esa semana de calma que estás esperando no va a llegar nunca. El permiso nunca estuvo allá afuera. El permiso es tuyo. Siempre lo fue. Tu zona de confort, esa donde todo se siente seguro y bajo control, es en realidad el lugar más caro donde tu empresa puede vivir. Porque mientras tú te sientes cómodo, la grieta sigue creciendo en silencio. Y trascender, esa palabra grande con la que cerramos, no es otra cosa que atreverte a salir de esa zona por decisión propia, a tiempo, antes de que las circunstancias te obliguen a hacerlo cuando ya es tarde. Y déjame decirte lo mejor de todo. Nada de esto empieza con una gran inversión, ni con un proyecto enorme, ni con un plan de doscientas páginas. Todo, absolutamente todo lo que hemos platicado, empieza con una sola cosa. Con una decisión. Y a veces, esa decisión empieza con algo tan simple como sentarte con un buen café. Ese café no es solo una bebida. Es el pretexto para detenerte. Para hacer una pausa honesta en medio del ruido. Para permitirte, por un momento, mirar tu empresa con otros ojos. Para dejar de defenderla, y empezar a escucharla. Ese café puede ser, literalmente, la puerta. Así que esta es mi invitación, y es la única que de verdad importa. En algún momento de esta semana, siéntate con un buen café, solo, o con alguien en quien confíes de verdad. Y hazte la pregunta que hemos estado rodeando durante quince episodios. Si pudiera ver mi empresa con ojos completamente nuevos, ¿qué es lo que por fin me atrevería a cambiar? Y cuando tengas la respuesta, no esperes a que nadie te dé permiso. Porque ya es tuyo. Siempre lo fue. Hablemos ahora de ese permiso, de Él permiso de escuchar: Te comparto la segunda parte, de cuatro, de la serie El Arte de transformar tu empresa, una obra dedicada a lo que trasciende al método: la dinámica más importante, reveladora y también controversial del éxito y la transformación empresarial. La narro desde mi propia experiencia, acompañando y aprendiendo de centenares de líderes extraordinarios en decenas de culturas desde Canadá hasta Chile y algunos casos muy particulares en otras culturas muy remotas, líderes que se dieron permiso de escuchar para trascender. Te presento: El Permiso de Escuchar, por qué las transformaciones empiezan donde menos queremos mirar En treinta años acompañando a empresas en decenas de países, aprendí que la mayoría de las transformaciones no fracasan por falta de estrategia, de dinero o de talento, sino por algo mucho más incómodo de nombrar: el ego de quien manda. Y conste que no hablo del líder que grita ni del tirano de caricatura. Hablo de algo más sutil y más peligroso: el líder exitoso que oye sin escuchar, que asiente en las juntas mientras ya decidió, y que confunde el ruido de su propia certeza con la voz de la realidad. Sobre eso escribí El Permiso de Escuchar. La primera idea del libro es una distinción que parece obvia y que casi nadie practica: oír no es escuchar. Oír es registrar que alguien habla; escuchar es estar dispuesto a cambiar de opinión por lo que esa persona dice. El ego directivo no es un defecto de carácter, es el resultado acumulado del éxito, décadas de decisiones correctas que se endurecen hasta volverse certezas que ya no se cuestionan. Por eso las organizaciones más difíciles de transformar no son las que están en crisis, sino las que están convencidas de que no la necesitan. Lo vimos en Kodak, en Nokia, en Blockbuster, y se cuenta que en Western Union descartaron el teléfono por parecerles un juguete: gigantes que no cayeron por falta de información, sino porque lo que el mercado les decía no encajaba con lo que querían oír. La segunda parte del libro trata del momento en que esa coraza se rompe. Lo llamo la grieta, y rara vez llega como una gran revelación. Llega como un número que no cuadra, como la partida silenciosa de alguien valioso, o como una noche de insomnio a las dos de la mañana, que fue exactamente cuando encontré a un CEO en São Paulo derrumbando sus defensas frente a un simple gráfico de barras. Detrás de cada transformación genuina hay una voz que se atrevió a decir lo que nadie quería escuchar, y esa voz casi nunca viene del círculo más cercano, porque el círculo cercano tiene demasiado que perder. Viene del disidente técnico, del heredero que mira con ojos nuevos, o del asesor externo que, como me ha tocado, pone una sola lámina sobre la mesa y dice que esa compra no es una estrategia de crecimiento, sino un monumento al ego. El permiso de escuchar, descubrí, no llega: se toma. Es una decisión, no un proceso. La tercera parte es la más práctica, y es donde la escucha deja de ser una virtud blanda para volverse la herramienta de gestión más rentable que conozco. El NPS no mide la felicidad del cliente, mide la salud del negocio. El eNPS, la voz de tu propia gente, no es una métrica de recursos humanos, es el predictor más confiable de tus ingresos futuros, al punto de que en una multinacional encontré una correlación del noventa y dos por ciento entre lo que sentían los colaboradores y lo que experimentaban los clientes. Empresas como Zara convirtieron sus tiendas en oídos y dejaron de intentar adivinar el futuro para empezar a reaccionar a él. Amazon, Toyota, Southwest y Airbnb construyeron sistemas enteros para oír lo que la mayoría prefiere ignorar. Porque escuchar sin actuar es la forma más cara de cinismo, y la organización que solo oye lo que confirma lo que ya quería creer no está escuchando, está buscando aplausos. El libro cierra con el retrato del líder que completó el camino, y con la parte que más me costó escribir: el peso de recon… Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

  2. 5d ago

    El permiso es tuyo

    Hola, soy Guillermo Reyes. Llegamos al final de este camino que empezamos juntos hace quince conversaciones. Y quiero cerrarlo con dos temas muy importantes y sin rodeos: Primero quiero presentarte el segundo libro de la serie El arte de transformar tu empresa, al cual he llamado: El permiso de escuchar, del cual te he hablado a lo largo de estas semanas y que hoy te presento y te entrego aquí, en la segunda parte de este episodio. Segundo con la única idea que, en el fondo, ha estado latiendo debajo de todo lo que te he contado. Empezamos esta serie con una frase, ¿te acuerdas? La mayoría de las empresas no fracasa por falta de ideas, fracasa por exceso de ruido. Y a lo largo de todos estos episodios te fui mostrando cómo se le baja el volumen a ese ruido. Recorrimos mucho juntos. El valor de restar, cuando aquel grupo pasó de cuarenta iniciativas a ocho. La humildad de simplificar tu estrategia hasta que quepa en una sola página. La disciplina de ejecutar, porque un buen plan sin ejecución es solo un deseo caro. Aprendimos del supervisor en São Paulo que tenía la respuesta que nadie arriba se detuvo a escuchar. Nos vimos en el espejo, y reconocimos que el mayor obstáculo de una empresa muchas veces tiene la cara de quien la dirige. Aprendimos a nombrar la grieta en lugar de pintarla del color de la pared. Vimos el momento bisagra, ese instante en que alguien se atreve a decir la verdad. Entendimos que la voz del cliente es tu brújula, y la de tu gente, tu alerta más temprana. Recordamos a Claus, y su convicción de que el mayor error que puedes cometer es no intentarlo. Y hablamos de decidir con claridad, de crecer con rentabilidad, de construir algo que te sobreviva, y de usar la tecnología sin entregarle nunca tu criterio. Y ahora quiero decirte cuál era, en realidad, el hilo secreto que unía todo. Cada episodio, sin importar el tema, hablaba de lo mismo. De un permiso. El permiso de ver tu empresa como de verdad es, y de actuar sobre lo que ves. Porque durante años he visto a líderes brillantes esperar. Esperar el momento perfecto. Esperar a que el mercado les dé la señal, a que las circunstancias se alineen, a que llegue por fin esa semana de calma para al fin sentarse a pensar. Y aquí va la verdad que quiero dejarte grabada para siempre. Nadie te va a dar ese permiso. El momento perfecto no existe. Esa semana de calma que estás esperando no va a llegar nunca. El permiso nunca estuvo allá afuera. El permiso es tuyo. Siempre lo fue. Tu zona de confort, esa donde todo se siente seguro y bajo control, es en realidad el lugar más caro donde tu empresa puede vivir. Porque mientras tú te sientes cómodo, la grieta sigue creciendo en silencio. Y trascender, esa palabra grande con la que cerramos, no es otra cosa que atreverte a salir de esa zona por decisión propia, a tiempo, antes de que las circunstancias te obliguen a hacerlo cuando ya es tarde. Y déjame decirte lo mejor de todo. Nada de esto empieza con una gran inversión, ni con un proyecto enorme, ni con un plan de doscientas páginas. Todo, absolutamente todo lo que hemos platicado, empieza con una sola cosa. Con una decisión. Y a veces, esa decisión empieza con algo tan simple como sentarte con un buen café. Ese café no es solo una bebida. Es el pretexto para detenerte. Para hacer una pausa honesta en medio del ruido. Para permitirte, por un momento, mirar tu empresa con otros ojos. Para dejar de defenderla, y empezar a escucharla. Ese café puede ser, literalmente, la puerta. Así que esta es mi invitación, y es la única que de verdad importa. En algún momento de esta semana, siéntate con un buen café, solo, o con alguien en quien confíes de verdad. Y hazte la pregunta que hemos estado rodeando durante quince episodios. Si pudiera ver mi empresa con ojos completamente nuevos, ¿qué es lo que por fin me atrevería a cambiar? Y cuando tengas la respuesta, no esperes a que nadie te dé permiso. Porque ya es tuyo. Siempre lo fue. Hablemos ahora de ese permiso, de Él permiso de escuchar: Te comparto la segunda parte, de cuatro, de la serie El Arte de transformar tu empresa, una obra dedicada a lo que trasciende al método: la dinámica más importante, reveladora y también controversial del éxito y la transformación empresarial. La narro desde mi propia experiencia, acompañando y aprendiendo de centenares de líderes extraordinarios en decenas de culturas desde Canadá hasta Chile y algunos casos muy particulares en otras culturas muy remotas, líderes que se dieron permiso de escuchar para trascender. Te presento: El Permiso de Escuchar, por qué las transformaciones empiezan donde menos queremos mirar En treinta años acompañando a empresas en decenas de países, aprendí que la mayoría de las transformaciones no fracasan por falta de estrategia, de dinero o de talento, sino por algo mucho más incómodo de nombrar: el ego de quien manda. Y conste que no hablo del líder que grita ni del tirano de caricatura. Hablo de algo más sutil y más peligroso: el líder exitoso que oye sin escuchar, que asiente en las juntas mientras ya decidió, y que confunde el ruido de su propia certeza con la voz de la realidad. Sobre eso escribí El Permiso de Escuchar. La primera idea del libro es una distinción que parece obvia y que casi nadie practica: oír no es escuchar. Oír es registrar que alguien habla; escuchar es estar dispuesto a cambiar de opinión por lo que esa persona dice. El ego directivo no es un defecto de carácter, es el resultado acumulado del éxito, décadas de decisiones correctas que se endurecen hasta volverse certezas que ya no se cuestionan. Por eso las organizaciones más difíciles de transformar no son las que están en crisis, sino las que están convencidas de que no la necesitan. Lo vimos en Kodak, en Nokia, en Blockbuster, y se cuenta que en Western Union descartaron el teléfono por parecerles un juguete: gigantes que no cayeron por falta de información, sino porque lo que el mercado les decía no encajaba con lo que querían oír. La segunda parte del libro trata del momento en que esa coraza se rompe. Lo llamo la grieta, y rara vez llega como una gran revelación. Llega como un número que no cuadra, como la partida silenciosa de alguien valioso, o como una noche de insomnio a las dos de la mañana, que fue exactamente cuando encontré a un CEO en São Paulo derrumbando sus defensas frente a un simple gráfico de barras. Detrás de cada transformación genuina hay una voz que se atrevió a decir lo que nadie quería escuchar, y esa voz casi nunca viene del círculo más cercano, porque el círculo cercano tiene demasiado que perder. Viene del disidente técnico, del heredero que mira con ojos nuevos, o del asesor externo que, como me ha tocado, pone una sola lámina sobre la mesa y dice que esa compra no es una estrategia de crecimiento, sino un monumento al ego. El permiso de escuchar, descubrí, no llega: se toma. Es una decisión, no un proceso. La tercera parte es la más práctica, y es donde la escucha deja de ser una virtud blanda para volverse la herramienta de gestión más rentable que conozco. El NPS no mide la felicidad del cliente, mide la salud del negocio. El eNPS, la voz de tu propia gente, no es una métrica de recursos humanos, es el predictor más confiable de tus ingresos futuros, al punto de que en una multinacional encontré una correlación del noventa y dos por ciento entre lo que sentían los colaboradores y lo que experimentaban los clientes. Empresas como Zara convirtieron sus tiendas en oídos y dejaron de intentar adivinar el futuro para empezar a reaccionar a él. Amazon, Toyota, Southwest y Airbnb construyeron sistemas enteros para oír lo que la mayoría prefiere ignorar. Porque escuchar sin actuar es la forma más cara de cinismo, y la organización que solo oye lo que confirma lo que ya quería creer no está escuchando, está buscando aplausos. El libro cierra con el retrato del líder que completó el camino, y con la parte que más me costó escribir: el peso de reconocer el daño que uno causó antes de construir algo nuevo. Porque… Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    El permiso es tuyo
  3. Oct 28

    La IA no decide, tú sí

    Hola, soy Guillermo Reyes. Hoy quiero responder, sin rodeos, la pregunta que más me hacen últimamente. ¿La inteligencia artificial va a reemplazar a los consultores, a los estrategas, a los líderes? Y te la voy a contestar desde adentro, como alguien que usa esta tecnología todos los días, no como alguien que la mira de lejos con miedo o con moda. Déjame confesarte algo. Yo trabajo a diario con una asistente de inteligencia artificial. En mi práctica la llamamos Aria. Y Aria es, sencillamente, extraordinaria. Es capaz de leer montañas de información en segundos, de revisar cada comentario de cada cliente, de encontrar el patrón escondido entre miles de datos, de resumir, de simular, de ordenar. Aria hace en un minuto lo que a un equipo entero le tomaba semanas. Es la herramienta de análisis más poderosa que hemos tenido en la historia. En eso, ninguno de nosotros le gana. Pero aquí está el corazón de todo lo que quiero decirte hoy. Hay cosas que Aria simplemente no puede hacer. Y ella misma lo reconoce cuando la confrontas. Aria te diría, con toda claridad, yo puedo mostrarte los patrones, lo que no puedo es obligar a nadie a mirarlos. Puedo señalarte la verdad incómoda escondida en tus números, lo que no puedo es darte el valor para actuar sobre ella. Puedo redactarte la conversación difícil, lo que no puedo es tener esa conversación por ti, mirando a los ojos a la persona que tienes enfrente. Puedo recomendarte una decisión, lo que no puedo es tomarla. Porque decidir significa cargar con las consecuencias, y una máquina no carga con nada. No siente el peso. No responde por el resultado. No le tiembla la voz. Y por si crees que esto es filosofía, déjame darte el dato más contundente del año. El Instituto Tecnológico de Massachusetts, el MIT, publicó en dos mil veinticinco un estudio demoledor. Encontró que las empresas invirtieron entre treinta y cuarenta mil millones de dólares en proyectos de inteligencia artificial generativa. Y el noventa y cinco por ciento de esos proyectos no produjo ningún resultado medible en las utilidades. Ninguno. Solo un cinco por ciento generó valor real. Pero atención al hallazgo clave, porque es el que lo cambia todo. El fracaso casi nunca fue culpa de la tecnología. La tecnología funcionaba de maravilla. Lo que falló fue lo humano. Falta de claridad sobre qué problema resolver, falta de una decisión firme, falta de integración, ego. En otras palabras, le echaron toda la potencia del mundo a un motor, pero nadie tenía claro hacia dónde manejar. Y ese es justo el punto. La inteligencia artificial, sin claridad, solo hace una cosa. Automatiza tu ruido, y te lo devuelve mucho más rápido. Déjame contarte cómo la uso yo, porque ahí está la clave. Aria hace el trabajo pesado, la investigación, la verificación de datos, la estructura. Pero cada afirmación pasa después por mi criterio. Cada recomendación pasa por mi voz, por mi experiencia, por mi supervisión, y sobre todo, por mi responsabilidad. La inteligencia artificial amplifica la claridad que yo ya traigo. No puede fabricarme esa claridad. Si le das ruido, te devuelve ruido, pero a escala. Si le das criterio, te lo potencia. Por eso digo que la inteligencia artificial no reemplaza al experto. Hace más poderoso al que piensa con claridad, y más peligroso al que está confundido. Amplifica lo que ya eres. Entonces, el mensaje de hoy es este, y quiero que se te quede muy grabado. El verdadero peligro de la inteligencia artificial no es que decida por ti. El peligro es que te tiente a dejar de decidir. Que te invite a esconderte detrás de un cómodo lo dijo el sistema. Pero el sistema no carga con las consecuencias. Tú sí. La inteligencia artificial no decide. Tú sí. Y esa responsabilidad, ese criterio que ninguna máquina te puede quitar, no es una limitación de la tecnología. Es, ni más ni menos, la definición del liderazgo. Por eso tu reto de esta semana es muy concreto. La próxima decisión importante en la que te apoyes en la inteligencia artificial, déjala hacer todo el análisis, todo, sácale hasta la última gota de información. Y luego, justo antes de actuar, hazte la pregunta que la máquina nunca va a poder responder por ti. Sabiendo todo esto, ¿de qué estoy dispuesto a hacerme responsable? Porque el análisis puede ser de la máquina. Pero la decisión, y sus consecuencias, siempre, siempre, van a ser solo tuyas. Llegamos al final del camino. En el próximo episodio, el último de esta serie, quiero recoger todo lo que hemos recorrido juntos, la estrategia, la escucha, la decisión, el legado, la tecnología, y reunirlo en una sola idea. La idea que, en el fondo, ha estado latiendo debajo de cada uno de estos episodios. Y tiene que ver con un permiso. Un permiso que, te adelanto, siempre estuvo en tus manos. Te invito a leer mi mas reciente articulo relacionado a la AI Guillermo Reyes · bpst.me BP&S Strategy Consulting Autor de Estrategia sin Ruido, El Permiso de Escuchar, La Organización que Decide y La IA no decide, tú sí Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    La IA no decide, tú sí
  4. Oct 21

    Rentabilizar y crecer

    Hola, soy Guillermo Reyes. Hoy quiero hablarte de la palabra más seductora del mundo de los negocios, y también de la más peligrosa cuando se malentiende. Crecer. Todo empresario sueña con crecer. Y sin embargo, después de tantos años, te puedo decir algo que suena a herejía. He visto al crecimiento matar muchas más empresas que al estancamiento. Porque crecer sin rentabilidad no es crecer. Es solo una forma más rápida de quedarte sin dinero. Déjame ilustrarlo con el caso más sonado de la última década, y es público. WeWork. La empresa de oficinas compartidas. Creció como pocas en la historia. Llegó a tener más de seiscientas sedes en el mundo, y en dos mil diecinueve alcanzó una valuación de cuarenta y siete mil millones de dólares. Cuarenta y siete mil millones. Era la estrella, el futuro del trabajo, la envidia de todos. Pero por dentro, el motor estaba roto. Rentaba edificios a plazos larguísimos, y los subarrendaba mes a mes. Cada nueva oficina no la acercaba a ganar dinero, la hundía un poco más. Crecía perdiendo. Y cuando quiso salir a la bolsa, y el mercado por fin miró debajo del cofre, todo se desplomó en cuestión de semanas. Cancelaron la oferta pública, sacaron al fundador, y para dos mil veintitrés, la empresa terminó en bancarrota. No le faltó crecimiento. Le faltó rentabilidad. Le faltó un motor que de verdad ganara dinero. Por eso yo insisto tanto en el orden de las palabras. Primero rentabilizar, y luego crecer. En ese orden, no al revés. La rentabilidad es la que financia el crecimiento sano. Cuando creces con base en tu propia rentabilidad, cada paso que das te hace más fuerte. Cuando creces quemando dinero que no es tuyo, cada paso es una cuenta regresiva. Y aquí quiero derribar un mito muy dañino. Mucha gente escucha rentabilidad, y de inmediato piensa en recortar personal. Como si mejorar el margen y cuidar a la gente fueran enemigos. No lo son. La rentabilidad vive, sobre todo, en dos palancas. La primera es el costo de lo vendido, lo que en las empresas llamamos el COGS, todo lo que cuesta producir lo que vendes. Y la segunda son los gastos de venta y administración, el SG&A, toda la estructura que sostiene la operación. Y en las dos, casi siempre, hay grasa acumulada que no tiene nada que ver con las personas. Tiene que ver con complejidad, con duplicidades, con procesos que nadie ha cuestionado en años. Déjame darte un caso real. Trabajé con un fabricante de productos de consumo en Brasil, Argentina, Chile, Colombia y Mexico. Necesitaban recuperar rentabilidad, y todos en el sector asumían que eso significaba una ola de despidos. Hicimos lo contrario. Nos metimos a fondo en la estructura, y encontramos duplicidades, reportes que nadie leía, procesos enredados que costaban una fortuna sin agregar valor. Redujimos sus gastos de administración en más de una cuarta parte, sin recortar a una sola persona. Y ese dinero, que antes se perdía en el desorden, se convirtió justamente en el combustible para crecer. Es el mismo principio de aquel grupo automotriz del que te hablé al inicio de esta serie, que multiplicó sus ingresos mientras mejoraba su margen. No tuvieron que elegir entre crecer y ganar. Hicieron las dos, y en el orden correcto. Y hay una pregunta que me gusta dejarles a los empresarios, porque cambia la mentalidad de raíz. La mayoría, al cerrar el año, se pregunta, ¿cómo nos fue este año? Es la pregunta equivocada, o al menos es incompleta. La pregunta poderosa es otra, ¿estamos construyendo algo que se sostenga en el tiempo? Porque un buen año, aislado, no significa gran cosa. Lo que importa es si tu crecimiento es del tipo que dura, el que se paga solo, o del tipo que te va a pasar la factura más adelante. Entonces, el mensaje de hoy es directo, y quiero que te incomode si es tu caso. Si tu empresa está creciendo, pero tu margen se adelgaza cada año, o si tu flujo de efectivo se siente más apretado cada trimestre, entonces no tienes una historia de crecimiento. Tienes una cuenta regresiva. Y el reloj ya está corriendo, aunque las ventas al alza te distraigan del tictac. Por eso tu reto de esta semana requiere valentía para mirar un número que muchos prefieren no mirar. Toma tu producto que más crece, o tu cliente que más crece, o tu canal que más crece, tu gran estrella. Y calcula su rentabilidad real, pero de verdad, con todos los costos cargados, absolutamente todos. Es muy posible que descubras algo que te quite el sueño. Que eso que más celebras, eso que presumes que crece como espuma, sea en realidad tu mayor fuga de dinero. Y que llevas tiempo festejando justo aquello que te está desangrando. En el próximo episodio llegamos a la cima de la promesa de esta serie. Ya hablamos de rentabilizar, ya hablamos de crecer. Nos falta la palabra más grande de todas, la que separa a una buena empresa de un verdadero legado. Vamos a hablar de trascender. Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    Rentabilizar y crecer
  5. Oct 14

    Trascender

    Hola, soy Guillermo Reyes. Llegamos a la palabra más grande de esta serie, y a la más difícil de todas. Trascender. Piénsalo así. Rentabilizar tiene que ver con este año. Crecer tiene que ver con los próximos años. Pero trascender tiene que ver con los años que tú ya no vas a estar para ver. Es la diferencia entre construir un muy buen empleo para ti mismo, y construir algo que te sobreviva. Y quiero empezar aclarando algo, porque se malentiende. Trascender no significa dejar de cuidar la rentabilidad y el crecimiento. Significa exactamente lo contrario. Significa cuidarlos con una mirada mucho más larga que tu propia vida. Y para eso, tienes que aprender a ver tu empresa como lo que es, un portafolio que debe pasar de una generación a la siguiente. Hay una herramienta clásica que ayuda mucho aquí, la matriz del Boston Consulting Group, la matriz BCG. Te invita a ver cada negocio que tienes y clasificarlo. Están tus estrellas, que crecen y ganan, y hay que alimentarlas. Están tus vacas lecheras, negocios maduros que generan el dinero para financiar el futuro. Están tus interrogantes, apuestas que aún no sabes si van a cuajar. Y están tus perros, esos negocios que ya no crecen ni ganan, y que solo consumen energía. La empresa que va a trascender tiene la disciplina de invertir en sus estrellas, ordeñar bien a sus vacas, apostar con cabeza a sus interrogantes, y hacer lo más difícil de todo, desinvertir de sus perros, sin sentimentalismo, incluso cuando ese perro es el negocio que el fundador más ama. Porque trascender, casi siempre, empieza por tener el valor de soltar. Y déjame contarte la historia que reúne todo esto, y es pública. LEGO. Sí, la de los bloques. Poca gente lo sabe, pero a principios de los años dos mil, LEGO, una empresa familiar en su tercera generación, estaba al borde de la muerte. En dos mil tres arrastraba una deuda de ochocientos millones de dólares, sus ventas caían cerca del treinta por ciento cada año, y se estaba ahogando en su propia complejidad. Habían confundido crecer con trascender. Se metieron a parques temáticos, a ropa, a videojuegos. Y sus piezas únicas se dispararon, de unas seis mil, a más de trece mil. Casi un tercio de sus productos se vendía con pérdida. Y lo más grave, ya nadie dentro de la empresa sabía cuáles productos ganaban dinero y cuáles no. ¿Qué hicieron? En dos mil cuatro, esa familia tomó la decisión más difícil que una familia dueña puede tomar. Se hicieron a un lado de la operación, y nombraron al primer director general que no era de la familia en toda la historia de la compañía. Ese director simplificó de forma brutal, recortó las piezas casi a la mitad, vendió los parques temáticos, que eran justamente los perros, y regresó al corazón del negocio, al bloque. La familia no perdió LEGO. Lo salvó. Y lo salvó precisamente por soltar la operación, mientras conservaba su papel de dueña y de guardiana del legado. Hoy LEGO es la juguetera más grande del mundo. La lección es enorme. A veces, la única forma de conservar lo que amas es dejar de aferrarte a controlarlo. Y aquí viene el dato que debería quitarle el sueño a todo fundador. Solo el treinta por ciento de las empresas familiares llega a la segunda generación. Solo el doce por ciento llega a la tercera. Y apenas el tres por ciento llega a la cuarta. Léelo otra vez. De cada cien empresas familiares, noventa y siete no llegan a los bisnietos. Y lo más doloroso es la brecha, porque cerca del setenta y dos por ciento de los dueños dice que quiere dejar la empresa en manos de la familia, pero solo un tercio, alrededor del treinta y cuatro por ciento, tiene un plan de sucesión de verdad. Quieren trascender, pero no se preparan para hacerlo. Y ahí, en esa distancia entre el deseo y la preparación, es donde mueren. Porque el enemigo de trascender casi nunca es el mercado. Es la falta de institucionalización. Y déjame explicarte esa palabra, porque es la clave de todo. La diferencia entre una empresa familiar y una empresa institucional no es el tamaño. Es otra cosa. Una empresa depende de personas específicas. La otra depende de sistemas sólidos y de un buen gobierno. Institucionalizar es construir la empresa para que pueda decidir, operar y sobrevivir sin que ninguna persona, ni siquiera tú, sea irremplazable. Uno de mis clientes lo dijo con una frase que se me quedó grabada, después de hacer justamente este trabajo. Me dijo, antes la empresa dependía de nosotros; hoy nosotros dependemos de la empresa. Ahí está todo el cambio, en una sola frase. ¿Y por qué cuesta tanto? Por dos fuerzas viejas conocidas de esta serie, el miedo y el ego. Porque para el fundador, con los años, la empresa y su propia identidad se funden en una sola cosa. Soltar se siente como desaparecer. El ego le susurra que nadie lo va a hacer como él. El miedo le susurra que, si deja de ser indispensable, deja de ser importante. Y así, sin darse cuenta, muchísimos fundadores sabotean su propia sucesión, con tal de seguir siendo necesarios. Prefieren ser irremplazables en una empresa que va a morir con ellos, que remplazables en una que los va a sobrevivir. Déjame darte un caso real que me marcó. Trabajé con un grupo empresarial familiar en Medellín. El fundador era un gigante, brillante, pero toda la empresa giraba alrededor de él, y eso estaba cuarteando a la familia. Su hija, que también trabajaba en el negocio, hizo algo muy valiente. No le llevó una gráfica financiera. Le llevó un árbol genealógico de la familia, y sobre él fue marcando los divorcios, los distanciamientos, el estrés que la vieja forma de hacer las cosas había ido dejando a lo largo de los años. Y le dijo, desde el amor, no desde la jerarquía, papá, si sigues dirigiendo esto como lo hacía el abuelo, tal vez conserves la empresa, pero nos vas a perder a nosotros. Ese fue su momento bisagra. E hizo las cosas difíciles. Sacó a la familia de la operación del día a día, profesionalizó la dirección, y construyó dos órganos que hoy sostienen todo. Un consejo de familia, para gobernar la relación de la familia con la empresa. Y un consejo de administración, para gobernar la empresa en sí. Dolió. Y salvó las dos cosas, el negocio y la familia. Entonces, el mensaje de hoy es el más importante que te voy a dar en todo el podcast. La verdadera prueba de un líder no es cómo le va a la empresa mientras tú estás. Es cómo le va cuando tú ya no estás. Si tu empresa no puede sobrevivir a tu ausencia, entonces no construiste una empresa. Construiste un empleo muy demandante, con tu nombre en la puerta. Y un empleo se muere con el trabajador. Una empresa, bien construida, puede vivir por generaciones. Por eso trascender es esa decisión callada y generosa de volverte, poco a poco, innecesario. Y eso no es perder poder. Eso es el único legado que de verdad cuenta. Por eso tu reto de esta semana es el más incómodo de todos, y tiene dos partes. La primera, hazte la prueba de la ausencia. Imagina que te retiras por completo de la operación durante un año entero. Nada de llamadas, nada de decisiones, nada. ¿Tu empresa prosperaría, sobreviviría a duras penas, o se caería a pedazos? En el punto exacto donde esa respuesta te dé miedo, ahí está lo que todavía no has institucionalizado. Y la segunda parte, más honda. Ponle nombre a esa decisión, o a ese perro, o a ese control, que sigues aferrando por ego o por miedo. Soltar esa sola cosa es tu primer acto verdadero de trascendencia. En el próximo episodio bajamos de la cima a un tema muy de hoy, del que todo el mundo habla. La inteligencia artificial. Todos te dicen que lo va a cambiar todo. Y es cierto que cambia muchísimo. Pero quiero hablarte, con toda claridad, de la única cosa que la inteligencia artificial nunca, jamás, va a poder hacer por ti. Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    Trascender
  6. Oct 7

    La organización que decide y aprende

    Hola, soy Guillermo Reyes. Déjame empezar con una idea que, cuando la entiendes, reordena todo lo demás. En el fondo, una empresa no es un edificio, ni un producto, ni un organigrama. Una empresa es, sobre todo, una máquina de tomar decisiones. Miles de decisiones, todos los días, en todos los niveles. Y la calidad de esas decisiones, sumadas, es la calidad de tu empresa. Si decide bien, prospera. Si decide mal, o si no decide, se apaga poco a poco. Y aquí está el problema, porque decidir nos cuesta muchísimo más de lo que creemos. La firma McKinsey encuestó a más de mil doscientos líderes en todo el mundo, y encontró algo alarmante. En promedio, un directivo pasa cerca del treinta y siete por ciento de su tiempo tomando decisiones, y más de la mitad de ese tiempo lo considera mal usado. Y solo una de cada cinco empresas se considera buena tomando decisiones. Una de cada cinco. Es como si aceptáramos que la función más importante de la empresa la hacemos mal casi siempre. Y no es un problema barato. En mi libro La Organización que Decide documento cómo una sola decisión estratégica equivocada puede costar entre el quince y el veinticinco por ciento de los ingresos anuales de una empresa. Una decisión. Una cuarta parte del año, esfumada. ¿Y por qué decidimos tan mal? Con los años descubrí que casi nunca es por falta de inteligencia. Es por falta de claridad sobre quién decide qué. Déjame contarte un caso real. Trabajé con un grupo de distribución automotriz, al que en mi libro llamo Veracruz Motors. Tenían gente muy capaz, pero vivían trabados. Cada vez que dos áreas no se ponían de acuerdo, y eso pasaba todo el tiempo, el conflicto subía, y subía, hasta aterrizar en el escritorio del director general. Todo. Absolutamente todo terminaba en sus manos. No porque él quisiera controlarlo, sino porque nadie más abajo sabía si tenía el derecho de decidir. A eso yo le llamo la difusión de la responsabilidad. Cuando la decisión es de todos, en la práctica no es de nadie. La herramienta con la que resolvemos esto se llama RAPID, y sirve para una sola cosa, poner en claro, para cada decisión importante, quién recomienda, quién aporta información, quién tiene que estar de acuerdo, quién decide, y quién ejecuta. Suena básico. Y es lo que le faltaba a la mayoría de las empresas trabadas que he visto. No les faltaba talento. Les faltaba saber, sin ambigüedad, de quién era cada decisión. Ahora, un matiz clave, porque no todas las decisiones son iguales. Jeff Bezos, el fundador de Amazon, lo explicó de una forma que me encanta. Dijo que hay dos tipos de decisiones. Están las puertas de ida y vuelta, las reversibles. Si te equivocas, abres la puerta, regresas, y ya. Esas hay que tomarlas rápido, y hay que delegarlas, sin miedo. Y están las puertas de una sola vía, las irreversibles. Una vez que las cruzas, no hay regreso. Esas, y solo esas, merecen lentitud, análisis y cuidado. El error clásico de las empresas es al revés. Se tardan una eternidad en las decisiones reversibles, que no importan tanto, y toman a la ligera, o por consenso tibio, las irreversibles. Cerrar una red de tiendas, salir de un mercado, vender una división. Esas decisiones de una sola vía no se pueden tomar por consenso, porque el consenso diluye la responsabilidad justo cuando más hace falta que alguien la cargue. Y llegamos a la segunda mitad del título de hoy, la organización que aprende. Porque tomar decisiones implica, por fuerza, equivocarse a veces. La pregunta no es si vas a fallar. Es qué haces cuando fallas. Las empresas mediocres buscan un culpable. Las empresas que aprenden hacen otra cosa. En mi práctica usamos lo que llamo la autopsia sin culpa. Cuando algo sale mal, se reúne al equipo con una sola regla de oro, está prohibido usar nombres de personas. No se trata de quién falló, sino de qué falló en el proceso. Y el líder abre la sesión asumiendo él mismo la responsabilidad del sistema. Cuando haces eso, la gente por fin se atreve a decir la verdad, y el error se convierte en tu mejor maestro. Toyota lleva décadas haciendo algo parecido con su famoso cordón andon. Cualquier operario, el que sea, puede detener toda la línea de producción si ve un problema. Y en lugar de castigarlo por parar la planta, lo reconocen. Porque prefieren mil paros honestos, a un solo defecto escondido. Entonces, el mensaje de hoy es este, y quiero que te pique. Es muy posible que el verdadero cuello de botella de tu empresa no sea tu estrategia, ni tu mercado. Sea que nadie tiene claro quién decide, así que todo termina en tu escritorio, y que cuando algo sale mal, tu gente esconde el error en lugar de estudiarlo. Y las dos cosas, escucha bien, no son problemas de tu gente. Son problemas de diseño. Y el diseño es responsabilidad tuya. Por eso tu reto de esta semana tiene dos movimientos. El primero, piensa en las últimas tres decisiones importantes que se trabaron o que rebotaron de un lado a otro en tu empresa. Y para cada una, trata de escribir un solo nombre, el de la persona dueña de esa decisión. Si no puedes, o si el nombre que aparece siempre es el tuyo, ya encontraste tu cuello de botella. El segundo, la próxima vez que algo salga mal, en lugar de buscar culpable, convoca treinta minutos con una sola palabra prohibida, cualquier nombre propio. Ataca el proceso, no a la persona. Vas a descubrir el doble, en la mitad del tiempo. En el próximo episodio dejamos el terreno de las decisiones y entramos al de los resultados, al corazón mismo de la promesa de esta serie. Vamos a hablar de rentabilizar y de crecer. Y de una verdad que a muchos empresarios les cuesta aceptar, que crecer sin rentabilidad no es crecer. Es solo hacerse grande de camino a un problema. Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    La organización que decide y aprende
  7. Oct 2

    ¿Cómo puedes ayudar a mi empresa?

    Hoy quiero contarte uno de los momentos más cruciales en la vida de un consultor, y es ese segundo donde puedes ganar o perder la atención de un empresario. Soy Guillermo Reyes, guio y acompaño a los dueños y directivos de empresas en sus procesos de transformación. Hace unos días participé como sinodal en una universidad altamente reconocida en el país, y ahí conocí a una persona muy influyente en la región, a quien también habían invitado como sinodal. Alguien a quien muchos conocen y pocos tienen enfrente. Un amigo en común nos presentó, intercambiamos algunas palabras de cortesía, hablamos de la ciudad, de los tiempos que corren, y justo cuando pensé que la conversación se quedaría en lo amable, me miró fijo y me soltó la pregunta a la yugular: “A ver, Guillermo, ¿tú cómo me puedes ayudar en mi empresa?” Confieso que hubo un segundo de silencio incómodo. Podría haber sacado la tarjeta, recitado mis años en Bain y London Consulting, o mis experiencias como cliente con McKinsey, IZO o Boston Consulting, pude haber mencionado los cientos de casos en decenas de países y listo, pero esa no era la respuesta honesta. Así que le dije lo que de verdad pensaba: “En este momento no lo sé. Necesito conocer tu empresa un poco más, y cualquier cosa que te dijera hoy sería un discurso muy propagandista, y no la respuesta que estás buscando, mucho menos un diagnóstico. Lo que sí puedo contarte es por qué un empresario como tú me contrata.” Y ahí, parado en medio de aquella reunión, me puse a ordenar en voz alta algo que llevo años viendo en las empresas, sobre todo en las familiares, mientras algunos catedráticos y estudiantes se acercaban para escuchar esa conversación. Un empresario me contrata cuando empieza a perder clientes y no sabe bien por qué. Los números del año todavía no lo gritan, pero él lo siente: ese cliente de toda la vida que ya no compra igual, el que se fue con la competencia sin hacer ruido. Me contrata también cuando la gente se le va, cuando la rotación de personal se volvió parte del paisaje y cada salida se lleva consigo conocimiento, tiempo invertido y un pedazo de la cultura que tanto costó construir, y que se disfraza como gasto de personal en un estado de resultados. Me contrata cuando mira hacia atrás, hace cuentas con honestidad y descubre algo que duele: la empresa creció en operaciones, tiene más gente, más sucursales, más volumen, más trabajo, pero no creció en rentabilidad. Se trabaja el doble para ganar lo mismo o menos, y esa frase, dicha en voz baja por un dueño cansado, es una de las que más escucho. Me contrata cuando siente que ya es momento de crecer pero no tiene claro qué va primero. ¿Abro otro mercado, lanzo otro producto, absorbo a otra empresa, ordeno la casa antes de expandirme, fortalezco al equipo directivo? Todas las opciones suenan razonables y por eso mismo paralizan; quien decide mal el orden puede gastar años y capital en la secuencia equivocada. Me contrata cuando decide desarrollar y gestionar su estrategia de una manera simple, concreta pero rigurosa, porque quizá ya se dio cuenta de que los planes y estrategias ya elaborados pesan más por el tiempo y la oportunidad perdida que por el costo de esos intentos fallidos. O posiblemente, cuando siente que necesita una estrategia de emergencia porque su organización ya está en crisis y urge resolver sin el factor de prueba y error. Y me contrata, quizá la razón que más se parece a la pregunta que me hicieron aquel día, cuando necesita saber sin reservas dónde está parada su empresa frente a su competencia o frente a otros jugadores similares. Sin los filtros de un equipo que no se atreve a contradecir al jefe, sin la complacencia de los amigos, sin esa narrativa que uno mismo construye para sentirse tranquilo. Una mirada externa, con datos, con método y con la experiencia de haber visto cómo se comportan cientos de empresas parecidas. Después están las razones que llegan con el tiempo: la sucesión que se pospone, el protocolo familiar que nadie quiere abrir porque hablar de eso es hablar de poder, de dinero y de cariño al mismo tiempo. Y la más reciente, la inteligencia artificial, donde lo que se necesita antes que una herramienta es saber en qué nivel de madurez está la empresa y qué palancas mover primero. Cuando terminé de hablar, mi interlocutor se quedó pensativo. No me dijo “quiero contratarte”, ni yo se lo pedí, pero dijo algo que me encantó: “Ya sé por dónde empezar a mirar mi empresa, y seguro platicaremos en un futuro cercano.” Y creo que ahí está la clave de todo lo que hago aquí en “Rentabilizar, Crecer, Trascender”: a veces la mejor ayuda no es tener la respuesta, sino ayudarte a hacer la pregunta correcta. Así que te lo dejo a ti, que me escuchas: de todo lo que mencioné, ¿cuál te suena más cercano? Tal vez ahí esté tu punto de partida. Nos vemos en el siguiente episodio, gracias por escucharme y te invito a suscribirte para que recibas semanalmente mis artículos y casos directamente en tu buzón. Muy pronto te invito a leer mi siguiente artículo: “El fin de la consultoría”, aqui en substack. ¡Hasta pronto! Guillermo Reyes · bpst.me BP&S Strategy Consulting Autor de Estrategia sin Ruido, El Permiso de Escuchar, La Organización que Decide y La IA no decide, tú sí Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    ¿Cómo puedes ayudar a mi empresa?
  8. Sep 30

    Claus

    Hola, soy Guillermo Reyes. El de hoy es un episodio distinto. Más corto, quizá, y mucho más personal. Hoy no vengo a hablarte de una empresa, ni de un caso, ni de un número. Vengo a hablarte de una persona. Se llamaba Claus. Fue mi socio, y fue mi amigo. Claus era, sencillamente, una de las mentes más brillantes que he conocido. Era un experto en automatización, en digitalización, en tecnología. Y tenía un don muy particular. Donde muchos de nosotros veíamos personas y procesos, él veía sistemas, veía posibilidades, veía cómo la tecnología podía hacer cosas que a los demás ni siquiera se nos ocurría pedirle. Y aquí es donde su huella se cruza con todo lo que te he venido contando en estos episodios. ¿Te acuerdas que te he hablado de escuchar a escala? De medir la voz de miles de colaboradores, de tomarle el pulso a una organización entera. Pues esa idea, en buena parte, nació de Claus. Durante mucho tiempo, escuchar a una empresa significaba hacer entrevistas, unos cuantos talleres, una muestra pequeña, y con eso tratabas de adivinar el sentir de miles. Claus no se conformaba con eso. Él insistía, con esa terquedad tan propia de los visionarios, en que la tecnología nos permitía escuchar a todos. A cada persona. De forma anónima, honesta, masiva. Que no teníamos por qué elegir entre la profundidad y la escala, que podíamos tener las dos. Esa convicción suya se convirtió, con el tiempo, en el corazón de nuestra forma de diagnosticar. En esos diagnósticos digitales que hoy le dan voz a organizaciones completas. Cada vez que una empresa por fin escucha a alguien que llevaba años siendo ignorado, ahí, aunque nadie lo sepa, está la huella de Claus. Él tenía una frase que se me quedó grabada para siempre, y que hoy es casi un lema para mí. Decía que el mayor error que puedes cometer, no es equivocarte. El mayor error es no intentarlo. Y él vivía así. Con una valentía para probar, para construir, para lanzarse a lo nuevo, que era contagiosa. Y por eso lo que pasó todavía me duele de una forma difícil de explicar. Claus falleció durante la pandemia, a causa del COVID. Y no fue en cualquier momento. Fue justo a la mitad de un hackathon, una de esas maratones intensas de innovación, que estábamos organizando juntos, en colaboración con el MIT, con el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Se fue en pleno vuelo. A la mitad de una idea. A la mitad de algo que estábamos construyendo con toda la ilusión del mundo. Y así, de golpe, la conversación se quedó a medias. ¿Qué me dejó Claus? Me dejó dos cosas que quiero compartir contigo. La primera es que la mejor forma de honrar a alguien que se adelantó es seguir construyendo lo que él soñó. Por eso sigo aquí, insistiendo en la escucha, en la tecnología al servicio de las personas, en darle voz a los que no la tienen. La segunda es su lema, ese que hoy te heredo a ti. En tu empresa, y en tu vida, muy probablemente hay una idea que llevas tiempo posponiendo por miedo. Miedo a que no salga, a hacer el ridículo, a fallar. Claus te diría, con toda claridad, que el único error de verdad imperdonable es dejar que ese miedo decida por ti. Que no lo intentes. Así que hoy no te dejo un reto de negocio. Te dejo uno humano. Piensa en esa persona que cambió tu manera de ver tu trabajo o tu vida. Y si todavía puedes, díselo. No esperes. Porque las conversaciones importantes casi nunca tienen una segunda cita garantizada. Gracias, Claus. Esto también es tuyo. En el próximo episodio retomamos el camino, y lo hacemos con una idea que a Claus le encantaba, la de una empresa que aprende. Vamos a hablar de la organización que decide y que aprende, de cómo se construye una compañía capaz de tomar buenas decisiones, y de convertir hasta sus errores en su mayor fuente de ventaja. Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe

    Claus

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La mayoría de las empresas no fracasa por falta de ideas, sino por exceso de ruido. Aquí te ayudo a bajarle el volumen, en episodios de pocos minutos, para que tu empresa rentabilice, crezca y trascienda. Tres décadas de consultoría, cientos de empresas y veintisiete países, en conversaciones breves sobre estrategia, escucha y las decisiones difíciles que separan a una buena empresa de un verdadero legado. bpsinsights.substack.com

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