Antorcha Nueva - Neue Fackel

P. Maximiliano Cappabianca OP

🇵🇪 Antorcha Nueva es una voz dominicana que se levanta desde la fe para hablarle a este tiempo. Cada episodio reúne predicaciones, conferencias y artículos de opinión que miran la realidad social, política y personal a la luz de la Palabra — sin rodeos, sin miedo a incomodar. No es un podcast de consuelo fácil: es una antorcha que se enciende para señalar lo que otros prefieren callar, y para sostener la fe de quienes buscan una palabra clara en medio del ruido. Desde el Peru, con la convicción de que la fe también tiene algo que decir sobre lo que pasa en la calle, en la política y en la vida cotidiana.   🇩🇪 Antorcha Nueva – Neue Fackel ist eine dominikanische Stimme, die aus dem Glauben heraus zu unserer Zeit spricht. Der Podcast versammelt Predigten, Vorträge und Meinungsbeiträge, die gesellschaftliche, politische und persönliche Fragen im Licht des biblischen Wortes betrachten – klar, unbequem, ohne Beschönigung. Kein Podcast des leichten Trostes, sondern eine Fackel, die anspricht, was andere lieber verschweigen, und Halt gibt für alle, die in lauter Zeit nach einem klaren Wort suchen. Aus Peru – davon überzeugt, dass der Glaube mitreden kann, wo Straße, Politik und Alltag einander begegnen.

  1. 9h ago ·  Video

    De quién es esta cara? (Lucas 12, 8-12)

    Escríbeme Homilia en el Templo parroquial de Quillabamba 16.10.2026 Saquemos un billete de la cartera. Uno cualquiera. Miremos: un número, una firma, una cara. Alguien decidió poner ahí un rostro. Y nosotros lo llevamos todo el día, lo doblamos, lo gastamos, lo perdemos. Jesús también tiene hoy una moneda delante. "Muéstrenme la moneda del impuesto." Y fijémonos: él no la tiene. ¡Ellos sí! Los que vienen a preguntarle si es lícito pagar al César llevan la moneda del César en el bolsillo, en pleno recinto del templo. Una moneda que decía que el emperador era hijo de un dios. ¡En el templo! Es una trampa, y sucia. Si Jesús dice "no paguen", lo entregan a Roma como rebelde. Si dice "paguen", el pueblo lo desprecia como a un vendido. Y ese pueblo ya no tenía aire: campesinos que perdían su tierra por deudas, familias que trabajaban para un imperio que ni conocían. Nosotros sabemos lo que es eso. Trabajar y trabajar, y que nunca alcance. Antes de oír a Jesús, volvamos a la primera lectura, porque es un asombro. Dios llama "mi ungido" a Ciro, rey de Persia. ¡Un emperador extranjero, que ni siquiera lo conocía! ¿Por qué? Porque dejó volver a casa a los desterrados. Imaginemos esa vuelta: gente que había llorado lejos de su tierra durante tantos años, por fin caminando hacia casa. Así que sí: Dios puede actuar por medio de un poderoso, cuando ese poder libera. Pero oigamos lo que sigue: "Yo soy el Señor, y no hay otro." Ciro hizo algo bueno, y por eso Dios lo usó. Pero Ciro no es Dios. ¡Y la moneda del César decía otra cosa: que él sí lo era! Un poder que libera sirve a Dios. Un poder que se hace Dios, lo traiciona. Desde ahí responde Jesús: "Denle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios." Ojo: no es un reparto parejo, mitad y mitad, como si el César y Dios fueran dos patrones con los mismos derechos. Jesús pregunta otra cosa: ¿de quién es la imagen? La moneda lleva la cara del César. Pues devolvámosela. ¡Es suya! ¿Y qué lleva la imagen de Dios? Lo dice la primera página de la Biblia: "Dios creó al ser humano a su imagen." A cada uno. Al campesino. A la vendedora del mercado. Al niño que lustra zapatos. A la abuela que espera horas en la posta. ¡Esa cara no es del César! Ningún César puede quedarse con ella. Punto. Sí, pagamos impuestos: sirven para la posta, la escuela, el camino. Pero hay cosas que ningún poder puede reclamar. Y los Césares de hoy tienen otros nombres. La minería que envenena el río de nuestros hijos. El patrón que paga una miseria y exige todo. Un sistema que cuenta a la gente como se cuentan los billetes: se usa, se cambia, se tira. ¡No! Cada vez que una persona es tratada así, alguien le pega encima una cara que no es la suya. Y a nosotros, que conocemos ese rostro de verdad, tiene que dolernos. Y el billete, ¿qué pasa con él? Pasa de mano en mano, se arruga, se rompe, hasta que la cara casi no se ve. Con la imagen de Dios en nosotros es distinto. Puede ser pisoteada, humillada, escondida. Borrada, nunca. Eso es consuelo para todos los que hoy nos sentimos gastados. Por eso, cuando miremos hoy a la persona que tenemos al lado, cansada, arrugada como un billete viejo, recordémoslo: esa cara lleva otra firma. A esa no se la cobra, no se la compra, no se la gasta. Se la cuida.   Instagram / Youtube: @patermaxop

  2. 9h ago ·  Video

    Ni de uno se olvida (Lucas 12, 1-7)

    Escríbeme Homilia 16.10.2026 en el Templo parroquial de Quillabamba  Miles de personas se juntan alrededor de Jesús, dice el evangelio, hasta pisarse unas a otras. Imaginemos la escena: empujones, gente apretada, nadie mira a nadie. En un lugar así, uno es un número. Una cabeza más. Y justo ahí Jesús habla de gorriones. Cinco gorriones por dos monedas. Era la comida de los pobres, lo más barato del mercado. Se suele explicar que el quinto ni se cobraba: el vendedor lo daba de regalo. El que sobra. El que nadie cuenta. Y Jesús dice: "Ni de uno solo de ellos se olvida Dios." ¡Ni de ese! Punto. Después dice algo más: "Hasta los cabellos de su cabeza están contados." Nosotros sabemos bien lo que es ser contados. En el hospital, en la cárcel, en la fila de la posta, tantas veces somos un número, un expediente, un turno. Dios cuenta de otra manera. No cuenta para sumar. Cuenta para no perder a nadie. Eso nos consuela. Y también nos hace fuertes. Porque al comienzo, Jesús advierte contra la levadura de los fariseos, la hipocresía. ¿Por qué fingimos? Por miedo. Miedo a no valer, a que se note lo que somos, a quedar al final de la fila. Pero si Dios ya nos conoce completos, con lo escondido, con lo pequeño, con lo que nos da vergüenza, entonces ya no hace falta actuar. Podemos dejar la máscara en casa. Y hay algo más. Si Dios se fija en lo pequeño, nosotros también podemos aprender a mirarlo. El saludo a quien limpia el pasillo. El nombre de quien nos atiende. El vecino al que nadie visita. Lo pequeño que hacemos tampoco se pierde. "No tengan miedo", dice Jesús. No porque la vida sea fácil, sino porque nadie cae fuera de la mano de Dios. Esta noche, antes de dormir, pongamos la mano sobre la cabeza y digamos en silencio: contados, conocidos, no olvidados. Instagram / Youtube: @patermaxop

  3. Oct 6

    Se agachó - Dia de la medicina 5.10.2026 Hospital Quillabamba

    Escríbeme Hermanos y hermanas, buenos días. Hoy, 5 de octubre, el Perú celebra el Día de la Medicina Peruana. Recordamos a un joven: Daniel Alcides Carrión, nacido en Cerro de Pasco en 1857 y estudiante de Medicina en Lima. En su tiempo, dos enfermedades desconcertaban a los médicos: la fiebre de la Oroya, que mató a muchos obreros durante la construcción del ferrocarril hacia la sierra, y la verruga peruana. Carrión quería conocer mejor esta enfermedad. Por eso, el 27 de agosto de 1885, se inoculó sangre de una verruga. Fue anotando cómo avanzaba la enfermedad en su propio cuerpo. Murió el 5 de octubre de 1885, con 28 años. Su sacrificio mostró que la fiebre de la Oroya y la verruga peruana son dos caras de la misma enfermedad. Desde entonces lo recordamos como mártir de la medicina peruana. Hoy damos gracias por todos los médicos que, como él, ponen su saber, su tiempo y a veces su salud al servicio de los enfermos.  Homilía  Jesús cuenta una historia que todos conocemos. Un hombre baja de Jerusalén a Jericó, por un camino solitario, y los ladrones lo dejan medio muerto. Pasa un sacerdote: mira y sigue. Pasa un levita: mira y sigue. Tenían prisa, tenían obligaciones, tenían sus razones. Todos conocemos esas razones. Y entonces llega un extranjero, un samaritano, alguien que nadie esperaba. El Evangelio dice algo muy fuerte: «se conmovió hasta las entrañas». Primero el corazón, y después las manos. Se baja del animal, limpia las heridas con aceite y vino, que era la medicina de entonces, venda, lo sube a su cabalgadura, lo lleva a una posada, y paga. Y dice: «Cuídalo. Lo que gastes de más, yo te lo pagaré a mi regreso». Escuchen bien: vendar, curar, trasladar, hospitalizar, pagar, volver a controlar. Jesús describe un acto médico completo. Esto es lo que ustedes hacen cada día, muchas veces cansados, con turnos largos, con falta de insumos, con pocas gracias. Hoy queremos decirles, sencillamente: gracias. Gracias por cada noche en vela, por cada mano que sostuvieron, por cada familia que acompañaron en su peor momento. Pero este Evangelio también incomoda, y es bueno que incomode. En el Perú hay muchos caminos a Jericó. Hay pueblos lejanos, aquí en la selva y en la sierra, donde la posta no tiene medicinas ni médico. Hay gente que no llega a tiempo porque el hospital está a un día de camino. Los ladrones de hoy se llaman pobreza, abandono, un sistema que deja a tanta gente tirada. La salud no puede ser un privilegio de quien puede pagar. Es un derecho, y cuidar de ese derecho nos toca a todos. Daniel Alcides Carrión no pasó de largo. Puso su propio cuerpo para que otros se curaran. No les pido que sean héroes como él. Jesús no pregunta: «¿quién fue un héroe?». Pregunta: «¿quién fue prójimo?». Y la respuesta es: el que tuvo compasión. El que se agachó. Una cosa más, para ustedes. Quien cuida tanto también se cansa y también se hiere. A veces ustedes son el herido al borde del camino. Dejen que alguien se agache por ustedes: un colega, un amigo, la familia, Dios mismo. Nadie puede cuidar siempre y no ser cuidado. Que Dios bendiga sus manos, que no se les cierre el corazón, y que vuelvan hoy a casa con el cansancio bueno de quien no pasó de largo. Vayan, y sigan haciendo lo mismo.   Instagram / Youtube: @patermaxop

    Se agachó - Dia de la medicina 5.10.2026 Hospital Quillabamba
  4. Oct 5 ·  Video

    La piedra que desecharon los constructores (Mt 21, 33-43)

    Escríbeme Los labradores de la parábola quieren quedarse con lo que no les pertenece, y los constructores tiran la piedra que no encaja en ninguna parte. Una reflexión personal sobre el Evangelio de hoy, desde la mirada de quienes alguna vez nos sentimos de menos y de todos los que la sociedad ha dado por descartados, con un alegato: ningún ser humano puede ser desechado. Reflexión del Padre Max del 4 de octubre de 2026 sobre Mateo 21, 33-43 Empiezo con una confesión, y sé que a muchos les costará creerla: de joven yo era un manojo de inseguridad. Me sentía poca cosa. Me faltaba confianza en mí mismo, aunque tuve una infancia feliz: mis padres me querían. Aun así, dudaba mucho de mí, y hasta hoy me pasa, aunque ahora tal vez sé un poco mejor cuáles son mis fuerzas y mis debilidades, y qué talentos me ha regalado Dios. Por eso, cuando escucho en el Evangelio: "La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular", algo dentro de mí se estremece. Porque me reconozco ahí. Y sospecho que no soy el único. Miremos con atención la parábola. Un hombre planta una viña y la alquila a unos labradores. Él mismo vive lejos. Los que escuchaban a Jesús conocían bien esa situación: en Galilea, muchas tierras eran de grandes propietarios que vivían lejos. Los arrendatarios trabajaban, sudaban, y la cosecha se iba a otras manos. Yo puedo entender su rabia. Pero entonces algo se rompe. Llega el hijo del dueño, y los labradores dicen: "Este es el heredero. ¡Matémoslo, y la viña será nuestra!" De la rabia se pasa a la violencia. Y lo que se les había confiado se convierte en propiedad. Dios, en cambio, no quiere dueños codiciosos. Quiere que de lo que nos confía crezca algo bueno, ¡para todos! Al final de la parábola, Jesús cita el Salmo 118. Y en ese salmo hay un juego de palabras: en hebreo, "hijo" se dice ben y "piedra" se dice eben. Suenan casi igual, y Jesús juega con eso. Les pregunta a los sumos sacerdotes y a los ancianos: "¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular; es el Señor quien lo ha hecho, y es admirable a nuestros ojos?" El hijo al que echan de la viña y matan es la piedra que los constructores tiran. Los dos son lo mismo: el rechazado. ¡Y justamente él sostiene todo el edificio! ¡Miremos más de cerca esa piedra! Los constructores la giran entre las manos. No tiene forma. No encaja. Sobra. Y termina en el montón de escombros. ¿Cuánta gente conocemos así? El niño que no puede seguir el ritmo en la escuela. La campesina a la que nadie escucha. El migrante. La mujer con un pasado que no la suelta. El anciano que "ya no produce". Por eso esta frase me llega tan hondo. Me hace uno con todos los que alguna vez fueron tenidos por menos. No por lástima. Por parentesco. Porque Dios no le saca filo a la piedra rechazada hasta que encaje. ¡La pone en el centro! Todo el edificio descansa sobre lo que otros despreciaron. Y el rechazado es Cristo mismo. Eso lo reconocemos en la cruz: Jesús es el rechazado por excelencia, y a los ojos del mundo, el fracasado. Y justamente en él Dios mostró su poder. ¡Eso es lo grandioso de nuestra fe cristiana! Pero cuidado: nosotros también somos constructores. ¡Con qué rapidez clasificamos! Este sirve, este no. Este rinde, este estorba. Tengo que preguntarme yo mismo: ¿a quién he mandado al montón de escombros? ¿En mi familia, en el trabajo, en la parroquia, en el barrio? Y esto va más allá de nuestro círculo pequeño. El viernes por la noche, en los "Viernes de Cine" de Radio Quillabamba, vimos una película que me conmovió hasta lo más hondo: "Un saco de canicas". Cuenta la historia de dos niños judíos que corren por salvar su vida en un país ocupado. Muestra cuán inhumano fue el régimen nazi. Los nazis creyeron que podían exterminar a todo un pueblo. ¡Gracias a Dios, no lo lograron! Y sin embargo, en Alemania vuelve a levantarse una ola de extrema derecha, y me da miedo. Miremos a los Estados Unidos: se persigue a personas como si fueran criminales, cuando solo buscan un futuro mejor para ellas y sus hijos. En los Estados Unidos todavía se aplica la pena de muerte. ¡Qué barbaridad! Y qué espanto cuando, como ha ocurrido hace poco, ni siquiera eso les sale bien y hacen sufrir sin sentido a los condenados. ¡Es espantoso! Frente a eso tenemos que alzar la voz, como cristianos, fuerte y sin rodeos. Ningún ser humano es desecho. Ninguno sobra. Ninguno puede ser descartado. ¡Punto! Quien se toma en serio el Evangelio de hoy no puede callar cuando se declara escombro a las personas. El año pasado, cuando estuve por primera vez en el Cusco, vi los antiguos muros de los incas, aquí con nosotros, en el convento del Qorikancha. Y me quedé asombrado de cómo encajan esas piedras: grandes, irregulares, cada una distinta. Y, sin embargo, perfectamente unidas. Ninguna fue apartada por fea. Ninguna sobra. Así construye Dios su casa: cada piedra tiene su lugar. ¡Hasta la que nosotros hace tiempo tiramos puede ser su piedra angular! El presente texto fue elaborado con apoyo parcial de la inteligencia artificial Claude. Instagram / Youtube: @patermaxop

    La piedra que desecharon los constructores (Mt 21, 33-43)
  5. Sep 30 ·  Video

    Como el río que da vida: el fundamento de nuestra comunidad

    Escríbeme 🇵🇪 Las verdaderas raíces de nuestra comunidad: compartir, cuidar y agradecer. ​Predicación por los 73 años de la comunidad en Timpia Setenta y tres años. Pensemos en todo lo que cabe en ese tiempo: familias que nacieron, abuelos que se fueron, crecientes del río, tiempos de hambre, tiempos de fiesta. Y la comunidad sigue aquí. De pie. ¿Cómo se aguanta tanto tiempo? La primera lectura nos da una pista. Cuenta de una comunidad joven donde todos vivían unidos y compartían lo que tenían. Nadie pasaba necesidad. Eso no era una teoría bonita. Era su manera de sobrevivir juntos. Y nuestros pueblos de la selva lo saben muy bien: se vive compartiendo, se cuida al débil, la tierra y el río son de todos. Cuando la fe y la comunidad caminan juntas, nadie se queda solo. Ahora el evangelio. Diez enfermos de lepra. Se quedan lejos, porque nadie los quiere cerca. Sabemos lo que es eso. Durante siglos, a nuestros pueblos también los mantuvieron a distancia: sin voz, sin derechos, casi sin nombre. Pero fíjense en lo que hace Jesús. No espera que se acerquen. Los ve. Y les dice: "Vayan". Y mientras caminan, quedan limpios. Esa es la fe. Ponerse en camino antes de ver el resultado. La fe es fuerza: nos levanta cuando estamos cansados. Es protección: sabemos que Alguien nos sostiene aunque el camino sea largo. Y es una brújula: nos ayuda a vivir según valores que no se compran ni se venden. Pero el evangelio tiene un final que nos toca. Solo uno vuelve. Y era un samaritano, un extranjero, el más despreciado de los diez. Vuelve gritando de alegría, se echa a los pies de Jesús y da gracias. Jesús pregunta: "¿Y los otros nueve?" No los regaña. Solo constata que el agradecimiento es raro. Y le dice al que volvió: "Levántate. Tu fe te ha salvado." ¡Agradecer! Es una forma de valorar lo recibido. Quien reconoce que la vida es un regalo, no se vende por un regalito. Sabe lo que vale. En cada tiempo llegan voces que hablan mucho y prometen mucho. Nosotros tenemos un criterio muy sencillo, el de estas lecturas: ¿quién comparte de verdad? ¿Quién se acerca a los que están lejos? ¿Quién cuida y quién solo se acuerda de nosotros cuando le conviene? Con ese criterio miramos, y con ese criterio vivimos. Hoy damos gracias por estos setenta y tres años, por los que fundaron la comunidad, por los que la sostuvieron, y por los niños que la continuarán. Que nuestra fe sea como el río que nos alimenta: que no se detenga, que dé vida a todo lo que toca, y que siga corriendo, generación tras generación. Amén. Instagram / Youtube: @patermaxop

    Como el río que da vida: el fundamento de nuestra comunidad
  6. Sep 26 ·  Video

    Tiempo de flaqueza, tiempo de gracia (Qohélet 3, 1-11)

    Escríbeme Qohélet nos regala uno de los poemas más hermosos de la Biblia: hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo, también para la debilidad. Una reflexión personal, sin triunfalismo, sobre una fe que no siempre tiene las respuestas — y que precisamente ahí encuentra la gracia. 25.09.2026 Quillabamba Ayer escuchamos a Qohélet decirnos que todo se repite, que el sol sale y se pone sin cesar. Hoy el mismo libro nos regala uno de los poemas más hermosos de la Biblia: "Para todo hay un tiempo, y un momento para cada cosa bajo el cielo. Tiempo de nacer, y tiempo de morir. Tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado." Me gusta detenerme aquí. No como quien ya tiene todas las respuestas, sino como alguien que sigue aprendiendo a vivir estos tiempos, muchas veces sin entenderlos del todo. Qohélet no se queda solo con "tiempo de reír". Añade "tiempo de llorar". Tampoco se conforma con "tiempo de abrazar": agrega "tiempo de abstenerse de abrazar". No promete que la vida será siempre luz. Reconoce que hay tiempos de guerra junto a tiempos de paz, tiempos de callar junto a tiempos de hablar. Y quiero confesarles hoy: mi propia fe no ha sido nunca una línea recta hacia arriba. Ha tenido sus tiempos de plantar y sus tiempos de arrancar. Tiempos en que sentí a Dios cercano, casi palpable. Y tiempos, no se los voy a ocultar, de silencio, de duda, de cansancio, en los que rezar costaba más que cualquier otra cosa del día. Si la gente supiera lo que pasaba por mi cabeza, los pensamientos que tuve, creo que se habría espantado. Y sin embargo, ha sido justamente en esos tiempos de flaqueza donde algo se me ha revelado que en los tiempos de fuerza se me escapaba: la fe no depende de mi capacidad de sostenerla. Cuando ya no tenía argumentos, ni ánimo, ni certezas que ofrecer, seguía habiendo, debajo de todo, una mano que no era la mía. Hubo momentos en mi vida en que sentí que caía a un abismo, sin nada que me sostuviera. Y fueron precisamente esos momentos los que Dios usó para sostenerme. Mirando hacia atrás, tengo que decir que fueron justo esos momentos de "caída" los que más me acercaron a Dios. No a los ojos del mundo. A los ojos de Dios, sí. Los detalles de esos abismos, mejor me los guardo. No los quiero avergonzar. Pero estoy seguro de que cada uno de ustedes conoce esos momentos en que todo parece a punto de escapársenos de las manos. Qohélet mismo lo intuye cuando dice que Dios "puso en el corazón del hombre el sentido de la eternidad, aunque el hombre no alcanza a comprender, de principio a fin, la obra que Dios realiza." No nos promete que vamos a entenderlo todo. Nos promete que hay un tiempo para cada cosa, y que ninguno de esos tiempos, ni siquiera el más oscuro, queda fuera de la mano de Dios. Por eso hoy no les traigo una fe de vencedores. Les traigo una fe de convaleciente: que ha aprendido a desconfiar un poco de sus propias certezas, y a confiar más en la fidelidad de Dios que en la mía. Hay un tiempo para ser débiles. Y no hay que avergonzarse de reconocerlo. Porque ahí, justo ahí, como escribió el apóstol Pablo, se cumple también para nosotros esta palabra: "Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Corintios 12, 10). Quellen und Anregungen: Eclesiastés/Kohelet 3,1-11 als Zeitgedicht über die Vielgestaltigkeit des Lebens vor Gott; 2 Korinther 12,9-10 (paulinische Theologie der Kraft in der Schwachheit) als Schlusspointe; kontemplative Tradition der Gelassenheit (Meister Eckhart) als Resonanzraum für das Loslassen eigener Gewissheiten; Verzicht auf triumphalistische Glaubensrede zugunsten eines erfahrungsbezogenen, persönlichen Bekenntnisses. El presente texto fue elaborado con apoyo parcial de la inteligencia artificial Claude y posteriormente revisado por el autor.   Instagram / Youtube: @patermaxop

  7. Sep 23 ·  Video

    San Padre Pio de Pietrelcina

    Escríbeme  Fiesta de San Padre Pio, 23 de septiembre 2026  Queridos hermanos y hermanas: Hace ya veinte años, cuando todavía vivía en Alemania, prediqué durante la Cuaresma sobre "santos para nuestro tiempo". Y recuerdo bien la predicación sobre el Padre Pío, porque tuvo para mí un trasfondo muy personal, que hoy quiero compartir con ustedes. En esos días había muerto mi abuela paterna. Ella había pedido ser enterrada junto a su esposo, mi abuelo, en Macchia Valfortore, un pueblito de montaña en el Molise, de donde viene mi apellido, Cappabianca. En Italia se entierra rápido: murió un lunes, el miércoles ya teníamos el funeral. Y al sacar el mapa para ver el camino, me di cuenta de algo: ese pueblo quedaba no tan lejos de San Giovanni Rotondo — una distancia parecida a la que hay de aquí a Machu Picchu. Pensé: tengo que ir. Así que, apenas terminado el funeral, salí para allá con un sacerdote nigeriano que ayudaba en la parroquia del pueblo. Sabía que a mi abuela le hubiera gustado: ella también tenía la estampita del Padre Pío en su velador. El santuario está en un altiplano, con una vista que se pierde en el horizonte, y detrás la montaña del Gargano sigue subiendo. Ahí, el Padre Pío te sale al encuentro en cada esquina: en bolígrafos, llaveros, cuadros, tazas. En el año 2000, ocho millones de personas peregrinaron a ese lugar — el doble que a Lourdes. Sigue siendo, hasta hoy, el santuario más visitado de Europa. Finalmente bajé a la cripta. Estaba oscuro, en silencio, con apenas unas quince personas arrodilladas junto a la piedra de basalto que marca su tumba. Ahí recé, por mi abuela, y también por mi comunidad de entonces, en Alemania. Se sentía — lo sentí de verdad — que era un lugar santo. Y esa tarde, junto a esa tumba, entendí algo del Padre Pío que quiero contarles hoy, veinte años después, ya desde otro continente. ¿Quién fue el Padre Pío? Nació el 25 de mayo de 1887, en Pietrelcina, cerca de Benevento, el octavo hijo de una familia campesina. Lo bautizaron Francesco. De chico pastoreaba cabras y ovejas, y ya entonces le gustaba rezar y dibujar cruces en el suelo. A los quince años sintió su vocación — quería entrar a la orden "donde se usa barba completa" — y entró al noviciado de los capuchinos. Fue ordenado sacerdote en 1910, a pesar de una salud frágil, marcada por la tuberculosis. En 1916 pidió ir al convento de San Giovanni Rotondo, donde viviría hasta su muerte. Ahí no hizo, en el fondo, más que dos cosas: celebrar la misa y confesar, durante horas y horas — por eso lo llamaban "el apóstol del confesionario". Y entonces, el 20 de septiembre de 1918, ocurrió lo que lo hizo célebre: aparecieron en su cuerpo las cinco llagas de Cristo. Él mismo lo describió a su director espiritual: sintió un cansancio profundo, una gran paz, y vio una figura de la que brotaba sangre por las manos, los pies y el costado. "Sentí que moría", escribió, "y hubiera muerto si el Señor no me hubiera sostenido el corazón, que quería saltarme del pecho." Médicos lo examinaron muchas veces; encontraron heridas reales, de carne y sangre, no manchas ni pigmentaciones fingidas. Desde entonces llevaba guantes sin dedos para cubrirlas. Y la gente empezó a llegar, desde las tres de la madrugada, para verlo, para confesarse con él, para pedirle una carta. Con los años se le atribuyeron curaciones asombrosas — la más conocida, la de Matteo Colella, un niño de nueve años que en el año 2000 quedó clínicamente muerto por una infección grave, y que despertó del coma once días después contando que había soñado con el Padre Pío. Esa curación fue reconocida por el Vaticano como milagro, y llevó a Juan Pablo II a canonizarlo en el 2002. Una mirada honesta Pero quiero ser sincero con ustedes: no todo en el fenómeno del Padre Pío me convence igual. Hay, sin duda, algo muy italiano — casi teatral — en cómo se vive ese culto: en Italia, hasta el dolor y la fe se dramatizan, se convierten en espectáculo, creo que como en Perú también. Y hay también el problema de siempre en los grandes santuarios: el comercio, la línea delgada entre lo que ayuda a la fe y lo que se vuelve solo mercancía religiosa. No quiero juzgar del todo — mi abuela tenía su estampita, y llamarla poco creyente sería injusto —, pero hay que mirarlo con los ojos abiertos. El costado abierto Entonces, ¿qué nos queda del Padre Pío, más allá del espectáculo? Yo encontré una clave, ya en esos días, en la primera encíclica de Benedicto XVI, Deus Caritas est, recién publicada entonces. Ahí el Papa recuerda que fue en el costado abierto de Cristo, del que habla el evangelista Juan, donde se puede contemplar lo que significa realmente "Dios es amor": un amor que se entrega del todo, hasta dejarse herir. Y ahí entendí al Padre Pío de otra manera: no como un santo de los milagros, no como una estrella religiosa, sino como un icono viviente de ese costado herido de Cristo. Sus llagas no eran, al final, sobre él — eran una señal para nosotros, para que no tuviéramos miedo de entregarnos así, sin condiciones, aunque eso signifique dejarnos herir por amor. Y el Evangelio de hoy Y aquí se conecta, creo, con lo que acabamos de escuchar en Lucas: Jesús envía a los Doce, les da poder sobre los demonios y para curar enfermedades, y les dice que vayan sin bastón, sin alforja, sin pan, sin dinero, sin dos túnicas. Van con las manos vacías. Van, en cierto sentido, heridos, sin protección, dependiendo enteramente de lo que reciban. El Padre Pío vivió exactamente eso: no tenía más "poder" que sus heridas y su confesonario. Y sin embargo, por ahí pasó una fuerza que sanó, que convirtió, que consoló a miles. La misión que Jesús encarga a sus discípulos no se apoya en medios propios, sino en la disposición a salir vulnerables, confiando en que el poder viene de otro lado. Hermanos, tal vez eso es lo que el Padre Pío tiene para decirnos hoy, veinte años después de aquella tumba en el Gargano: que no hace falta tener las manos llenas para ser enviados. Que nuestras propias heridas — las que llevamos, las que la vida nos deja — no tienen que escondernos de la misión. Pueden, si las ponemos en las manos de Dios, convertirse en el lugar exacto donde su amor se hace visible. Que San Padre Pío interceda por nosotros. Amén. *** Instagram / Youtube: @patermaxop

    San Padre Pio de Pietrelcina
  8. Sep 21 ·  Video

    La otra cuenta de Dios / Gottes andere Rechnung (Mt 20,1-6)

    Escríbeme Los últimos, los primeros "Los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos": la frase con la que termina el evangelio de hoy es a la vez una promesa enorme y una confrontación directa con nuestra idea de justicia. Una reflexión breve y personal sobre la parábola de los obreros de la viña. Homilía del Padre Max del 20 de septiembre de 2026 sobre Mateo 20, 1-16 "Los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos." Así termina el evangelio de hoy. Y esa frase es dos cosas a la vez. Es una promesa enorme. A los que llegamos tarde a todo, a los que nadie escogió primero, a los que sentimos que la vida ya nos dejó atrás: Dios nos pone adelante. Nadie se queda definitivamente último con Él. Pero también es una confrontación. Porque esa frase nos dice, sin rodeos, que nuestra idea de justicia no es la de Dios. Nosotros medimos: quien trabaja más, gana más. Quien aguanta más, merece más. Quien llegó primero, tiene derecho a más. Así funciona el mundo, y hasta cierto punto, tiene sentido. Pero en la parábola, un dueño de viña sale a la plaza varias veces al día, hasta última hora de la tarde, a buscar a los que nadie había llamado. Y al pagar, les da a todos lo mismo. Al que trabajó doce horas. Al que trabajó una. Lo mismo. Protestamos, como los primeros de la parábola. Tenemos toda la razón —según nuestra justicia. Pero Dios no calcula como nosotros. A todos nos ha pasado. Miramos a alguien que llegó después que nosotros —a la fe, al trabajo, a la familia— y que sin embargo parece recibir lo mismo, o más, que nosotros. Y algo dentro se nos remueve: eso no es justo, pensamos. Yo llevo años cargando esto. Y es verdad que la vida tampoco reparte según merecimientos. Hay quien sufre mucho en poco tiempo, y hay quien vive tranquilo muchos años. Eso no es justo. No lo es. Y la parábola no lo explica. Pero sí promete algo firme: en el amor de Dios, nadie llega tarde. Nadie queda al final de la fila. Los que hoy sentimos que somos los últimos —por el cansancio, por lo que la vida nos quitó, por lo que sea— podemos creer esto con toda calma: Dios ya salió a buscarnos. Y en su cuenta, ya somos los primeros. Gottes andere Rechnung  „Die Letzten werden die Ersten sein, und die Ersten die Letzten" – der Satz, mit dem das heutige Evangelium endet, ist zugleich ein riesiges Versprechen und eine direkte Konfrontation mit unserer Vorstellung von Gerechtigkeit. Eine kurze, persönliche Reflexion über das Gleichnis von den Arbeitern im Weinberg. „Die Letzten werden die Ersten sein, und die Ersten die Letzten." So endet das heutige Evangelium. Und dieser Satz ist zweierlei zugleich. Er ist zunächst einmal ein riesiges Versprechen. Wer bei allem zu spät kommt, wer nie als Erster ausgewählt wird, wer spürt, dass das Leben ihn längst zurückgelassen hat – den stellt Gott nach vorn. Bei ihm bleibt niemand für immer der Letzte. Aber der Satz ist zugleich eine Zumutung. Denn er sagt, ganz ohne Umschweife: Unsere Vorstellung von Gerechtigkeit ist nicht die Vorstellung Gottes. Wir rechnen genau nach: Wer mehr arbeitet, verdient mehr. Wer länger durchhält, hat es sich redlich verdient. Wer zuerst da war, hat als Erster ein Recht darauf. So funktioniert unsere Welt, und bis zu einem gewissen Grad leuchtet das sogar ein. Doch im Gleichnis geht ein Weinbergbesitzer immer wieder los, mehrmals am Tag, bis spät in den Nachmittag hinein – und sucht auf dem Marktplatz nach denen, die noch niemand gerufen hat. Und beim Lohn gibt er allen genau dasselbe: dem, der zwölf Stunden geschuftet hat, und dem, der nur eine einzige gearbeitet hat. Dasselbe! Wir protestieren, so wie die ersten Arbeiter im Gleichnis. Und wir haben ja recht – nach unserer Gerechtigkeit. Aber Gott rechnet nicht wie wir. Wir kennen das alle. Wir sehen jemanden, der später dazugekommen ist als wir – im Glauben, an der Arbeit, in der Familie –, und trotzdem bekommt er dasselbe, oder sogar mehr. Und irgendetwas in uns bäumt sich auf: Das ist doch nicht gerecht, denken wir. Und es stimmt ja auch: Auch das Leben teilt nicht nach unserem Verdienst zu. Manche leiden furchtbar – und das nur kurze Zeit. Andere leben jahrzehntelang unbeschwert. Das ist nicht gerecht. Absolut nicht. Und das Gleichnis versucht gar nicht erst, das zu erklären. Aber es verspricht eines ganz klar: In der Liebe Gottes kommt niemand zu spät. Niemand bleibt am Ende der Schlange stehen. Wer sich heute als Letzter fühlt – müde, vom Leben gezeichnet, ganz gleich warum –, darf darauf vertrauen: Gott ist längst unterwegs zum Marktplatz, um uns zu suchen. Und in seiner Kalkulation sind wir bereits die Ersten.   Instagram / Youtube: @patermaxop

About

🇵🇪 Antorcha Nueva es una voz dominicana que se levanta desde la fe para hablarle a este tiempo. Cada episodio reúne predicaciones, conferencias y artículos de opinión que miran la realidad social, política y personal a la luz de la Palabra — sin rodeos, sin miedo a incomodar. No es un podcast de consuelo fácil: es una antorcha que se enciende para señalar lo que otros prefieren callar, y para sostener la fe de quienes buscan una palabra clara en medio del ruido. Desde el Peru, con la convicción de que la fe también tiene algo que decir sobre lo que pasa en la calle, en la política y en la vida cotidiana.   🇩🇪 Antorcha Nueva – Neue Fackel ist eine dominikanische Stimme, die aus dem Glauben heraus zu unserer Zeit spricht. Der Podcast versammelt Predigten, Vorträge und Meinungsbeiträge, die gesellschaftliche, politische und persönliche Fragen im Licht des biblischen Wortes betrachten – klar, unbequem, ohne Beschönigung. Kein Podcast des leichten Trostes, sondern eine Fackel, die anspricht, was andere lieber verschweigen, und Halt gibt für alle, die in lauter Zeit nach einem klaren Wort suchen. Aus Peru – davon überzeugt, dass der Glaube mitreden kann, wo Straße, Politik und Alltag einander begegnen.