Escríbeme Fiesta de San Padre Pio, 23 de septiembre 2026 Queridos hermanos y hermanas: Hace ya veinte años, cuando todavía vivía en Alemania, prediqué durante la Cuaresma sobre "santos para nuestro tiempo". Y recuerdo bien la predicación sobre el Padre Pío, porque tuvo para mí un trasfondo muy personal, que hoy quiero compartir con ustedes. En esos días había muerto mi abuela paterna. Ella había pedido ser enterrada junto a su esposo, mi abuelo, en Macchia Valfortore, un pueblito de montaña en el Molise, de donde viene mi apellido, Cappabianca. En Italia se entierra rápido: murió un lunes, el miércoles ya teníamos el funeral. Y al sacar el mapa para ver el camino, me di cuenta de algo: ese pueblo quedaba no tan lejos de San Giovanni Rotondo — una distancia parecida a la que hay de aquí a Machu Picchu. Pensé: tengo que ir. Así que, apenas terminado el funeral, salí para allá con un sacerdote nigeriano que ayudaba en la parroquia del pueblo. Sabía que a mi abuela le hubiera gustado: ella también tenía la estampita del Padre Pío en su velador. El santuario está en un altiplano, con una vista que se pierde en el horizonte, y detrás la montaña del Gargano sigue subiendo. Ahí, el Padre Pío te sale al encuentro en cada esquina: en bolígrafos, llaveros, cuadros, tazas. En el año 2000, ocho millones de personas peregrinaron a ese lugar — el doble que a Lourdes. Sigue siendo, hasta hoy, el santuario más visitado de Europa. Finalmente bajé a la cripta. Estaba oscuro, en silencio, con apenas unas quince personas arrodilladas junto a la piedra de basalto que marca su tumba. Ahí recé, por mi abuela, y también por mi comunidad de entonces, en Alemania. Se sentía — lo sentí de verdad — que era un lugar santo. Y esa tarde, junto a esa tumba, entendí algo del Padre Pío que quiero contarles hoy, veinte años después, ya desde otro continente. ¿Quién fue el Padre Pío? Nació el 25 de mayo de 1887, en Pietrelcina, cerca de Benevento, el octavo hijo de una familia campesina. Lo bautizaron Francesco. De chico pastoreaba cabras y ovejas, y ya entonces le gustaba rezar y dibujar cruces en el suelo. A los quince años sintió su vocación — quería entrar a la orden "donde se usa barba completa" — y entró al noviciado de los capuchinos. Fue ordenado sacerdote en 1910, a pesar de una salud frágil, marcada por la tuberculosis. En 1916 pidió ir al convento de San Giovanni Rotondo, donde viviría hasta su muerte. Ahí no hizo, en el fondo, más que dos cosas: celebrar la misa y confesar, durante horas y horas — por eso lo llamaban "el apóstol del confesionario". Y entonces, el 20 de septiembre de 1918, ocurrió lo que lo hizo célebre: aparecieron en su cuerpo las cinco llagas de Cristo. Él mismo lo describió a su director espiritual: sintió un cansancio profundo, una gran paz, y vio una figura de la que brotaba sangre por las manos, los pies y el costado. "Sentí que moría", escribió, "y hubiera muerto si el Señor no me hubiera sostenido el corazón, que quería saltarme del pecho." Médicos lo examinaron muchas veces; encontraron heridas reales, de carne y sangre, no manchas ni pigmentaciones fingidas. Desde entonces llevaba guantes sin dedos para cubrirlas. Y la gente empezó a llegar, desde las tres de la madrugada, para verlo, para confesarse con él, para pedirle una carta. Con los años se le atribuyeron curaciones asombrosas — la más conocida, la de Matteo Colella, un niño de nueve años que en el año 2000 quedó clínicamente muerto por una infección grave, y que despertó del coma once días después contando que había soñado con el Padre Pío. Esa curación fue reconocida por el Vaticano como milagro, y llevó a Juan Pablo II a canonizarlo en el 2002. Una mirada honesta Pero quiero ser sincero con ustedes: no todo en el fenómeno del Padre Pío me convence igual. Hay, sin duda, algo muy italiano — casi teatral — en cómo se vive ese culto: en Italia, hasta el dolor y la fe se dramatizan, se convierten en espectáculo, creo que como en Perú también. Y hay también el problema de siempre en los grandes santuarios: el comercio, la línea delgada entre lo que ayuda a la fe y lo que se vuelve solo mercancía religiosa. No quiero juzgar del todo — mi abuela tenía su estampita, y llamarla poco creyente sería injusto —, pero hay que mirarlo con los ojos abiertos. El costado abierto Entonces, ¿qué nos queda del Padre Pío, más allá del espectáculo? Yo encontré una clave, ya en esos días, en la primera encíclica de Benedicto XVI, Deus Caritas est, recién publicada entonces. Ahí el Papa recuerda que fue en el costado abierto de Cristo, del que habla el evangelista Juan, donde se puede contemplar lo que significa realmente "Dios es amor": un amor que se entrega del todo, hasta dejarse herir. Y ahí entendí al Padre Pío de otra manera: no como un santo de los milagros, no como una estrella religiosa, sino como un icono viviente de ese costado herido de Cristo. Sus llagas no eran, al final, sobre él — eran una señal para nosotros, para que no tuviéramos miedo de entregarnos así, sin condiciones, aunque eso signifique dejarnos herir por amor. Y el Evangelio de hoy Y aquí se conecta, creo, con lo que acabamos de escuchar en Lucas: Jesús envía a los Doce, les da poder sobre los demonios y para curar enfermedades, y les dice que vayan sin bastón, sin alforja, sin pan, sin dinero, sin dos túnicas. Van con las manos vacías. Van, en cierto sentido, heridos, sin protección, dependiendo enteramente de lo que reciban. El Padre Pío vivió exactamente eso: no tenía más "poder" que sus heridas y su confesonario. Y sin embargo, por ahí pasó una fuerza que sanó, que convirtió, que consoló a miles. La misión que Jesús encarga a sus discípulos no se apoya en medios propios, sino en la disposición a salir vulnerables, confiando en que el poder viene de otro lado. Hermanos, tal vez eso es lo que el Padre Pío tiene para decirnos hoy, veinte años después de aquella tumba en el Gargano: que no hace falta tener las manos llenas para ser enviados. Que nuestras propias heridas — las que llevamos, las que la vida nos deja — no tienen que escondernos de la misión. Pueden, si las ponemos en las manos de Dios, convertirse en el lugar exacto donde su amor se hace visible. Que San Padre Pío interceda por nosotros. Amén. *** Instagram / Youtube: @patermaxop