Si en 1988 tenías edad suficiente, seguramente recuerdas dónde estabas en la tarde/noche en que el conteo de votación presidencial fue interrumpido porque se cayó el sistema. Este evento en la historia de México nos lleva a recordar la incredulidad, las versiones encontradas, la sospecha de que algo no estaba bien. Para millones de mexicanos, aquella elección marcó un antes y un después en la confianza en las autoridades electorales. Cuauhtémoc Cárdenas era candidato presidencial en aquella elección de 1988 por lo que fue uno de los protagonistas de aquel episodio. En lo personal, me parece una paradoja que en el mismo mes de Octubre de 2026 el INE se vea inmerso en polémica, justo unos días previos al lamentable fallecimiento del Ingeniero Cárdenas. Su reciente fallecimiento y su lucha constante por contar con órganos electorales ciudadanos y autónomos nos obliga a mirar atrás. Lo importante no es la nostalgia, es recordar por qué cambiamos las cosas en las instituciones electorales. En aquellos años, la organización de las elecciones dependía enteramente del gobierno: la Comisión Federal Electoral la presidía el secretario de Gobernación. Quien competía por el poder también administraba la competencia. Cambiar ese control absoluto no ocurrió de golpe, pues se requirieron muchos pasos a lo largo de los años, y así, dando un paso tras otro, en un lento caminar se fue construyendo nuestra democracia electoral. El resultado es que el Instituto Federal Electoral nace en 1990 y los consejeros ciudadanos en 1994, la salida definitiva del gobierno del órgano electoral en 1996, luego se evoluciona al INE en 2014. Nadie nos regaló ese progreso, cada avance lo empujaron ciudadanos que no se resignaron. Por eso inquieta lo que ocurrió en octubre de 2024. Una reforma permitió que quien preside el INE nombrara, sin aprobación del Consejo General, a los directores de sus áreas clave. Antes se necesitaban ocho de once votos. Según quienes la defendieron, el objetivo era evitar bloqueos y nombramientos pospuestos, y el problema era real. Pero el propio Consejo General, dividido, decidió impugnarla, y hoy hay propuestas en el Congreso para revertirla. La reciente salida de Guadalupe Taddei, en medio de cuestionamientos sobre contratos que la Auditoría Superior de la Federación investiga, vuelve urgente esta conversación. No se trata de juzgar a una persona ni de atribuirle lo que no se ha probado. Se trata de revisar las reglas que se quedan cuando ella ya no esté. Aristóteles lo advirtió hace más de dos mil años en su Política: es preferible que gobiernen las leyes antes que la voluntad de los hombres. Una institución no puede depender de que quien la dirige sea buena persona. Debe tener reglas que le permitan trabajar y que le impidan abusar. Tampoco se trata de volver al sistema anterior sin cambios. Si el bloqueo era un problema, había que resolverlo. Pero resolver una parálisis no debería significar eliminar el contrapeso. Hay mejores caminos: nombramientos colegiados con criterios públicos y plazos obligatorios, una salida clara cuando no haya acuerdo, controles reales sobre contrataciones y gasto, y una ciudadanía que pueda observar y cuestionar lo importante. Desde el Republicanismo de Capacidades, que defiende que las instituciones existen para que las personas puedan ejercer sus libertades y no para servir a quien las encabeza, la idea es sencilla: de nada sirve poder elegir si quien organiza la elección no tiene límites verificables. El INE tiene problemas, y negarlo sería irresponsable. Pero también lo sería arreglarlos devolviéndole al poder lo que tanto costó quitarle. La pregunta no es solo quién presidirá el Instituto. Es quién controlará a quien lo presida. ¿Tú eres de los ciudadanos que van a seguir empujando para proteger y hacer evolucionar las instituciones electorales, o vas a ser tolerante con el riesgo de que el poder se concentre otra vez? This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit unaconversacionquehacefalta.substack.com