La inteligencia artificial forma parte de nuestra vida cotidiana: la usamos en redes sociales, en el trabajo, en la educación y, de manera creciente, en la medicina. En este episodio de Ciencia y Fe, el Dr. Luis Ráez reflexiona sobre el impacto ético y bioético de la inteligencia artificial, especialmente en el ámbito de la salud y en decisiones que afectan directamente la vida humana. Lejos de presentar la inteligencia artificial como algo bueno o malo en sí mismo, el episodio subraya una idea clave: el problema no es la tecnología, sino la intención con la que se utiliza. A partir de un paralelismo con el relato bíblico de la Torre de Babel, se explica que el riesgo aparece cuando el ser humano pretende ocupar el lugar de Dios y pierde de vista la dignidad de la persona. Apoyándose en reflexiones recientes del magisterio de la Iglesia y en documentos pastorales publicados en 2025, se propone un criterio fundamental: toda tecnología, incluida la inteligencia artificial, debe respetar y promover la dignidad del ser humano. Cuando se utiliza para destruir vidas, acelerar abortos, justificar eutanasia o delegar decisiones morales, deja de ser una herramienta y se convierte en una amenaza. El episodio organiza el discernimiento ético en torno a tres pilares esenciales que la inteligencia artificial nunca debe reemplazar: La libertad humana, evitando que las máquinas tomen decisiones morales por las personas. El intelecto, entendiendo que producir más rápido no equivale a pensar ni a relacionarse con Dios. La capacidad de amar, cuidando que la tecnología fortalezca —y no sustituya— las relaciones humanas, la amistad, el acompañamiento y el apostolado. También se abordan preocupaciones concretas: la manipulación de la información, las noticias falsas, la injusticia en los algoritmos, el desplazamiento laboral, el uso de inteligencia artificial en armas y la concentración del poder tecnológico en manos de unos pocos. Frente a esto, se insiste en la solidaridad y el acceso equitativo como principios éticos indispensables. Finalmente, el episodio destaca los usos positivos de la inteligencia artificial: mejorar diagnósticos médicos, apoyar la educación, traducir textos bíblicos, fortalecer la evangelización, combatir el tráfico humano o monitorear el cuidado de la creación. La Iglesia no rechaza la tecnología, sino que invita a usarla con discernimiento, conciencia moral y sentido cristiano. La conclusión es clara: la inteligencia artificial nunca puede reemplazar al ser humano, porque no tiene alma, conciencia ni capacidad de amar. Está en nuestras manos usarla como un instrumento al servicio de la vida, la verdad y la dignidad de toda persona. La tecnología avanza, pero la responsabilidad moral sigue siendo humana.