El artista argentino Ricardo Mosner, miembro de “El colectivo” -colectivo compuesto por artistas mayoritariamente argentinos en Francia- nos presenta su nueva exposición que acaba de inaugurarse en la Galería Jorge Alyskewycz de París con el título de “Las pasiones de la razón & viceversa” en El invitado de RFI con Jordi Batallé. Ricardo Mosner (Buenos Aires, 1948), quien vive y trabaja en París desde 1972, es un artista contemporáneo. Con este término quiero decir que es un artista auténticamente de su tiempo. No habiendo querido encerrarse o limitarse nunca a una sola actividad, Mosner ha incursionado desde 1970 —gracias a su desbordante curiosidad sin prejuicios y con una libertad que no admite ninguna restricción— en el teatro, el video, el afiche cultural y publicitario, así como en la radio y la ilustración, sin nunca faltar a su pasión central, motor de su energía: su triple actividad de pin tor, escultor y grabador. Esta versatilidad, que algunos pueden reprobar en nombre de una especialización (con frecuencia cas tradora), o de una identificación simplificadora, hace parte de su na turaleza inmutable. Bulímico, antropó fago dentro de la más pura tradición latinoamericana (Picasso u otros se esbozan en ocasiones, como en Trébol) , Ricardo Mosner es, sin embargo, un artista atormentado por la obsesión y la inquietud. Sus interrogacio nes sobre las relaciones entre el hombre y el mundo le han llevado a colocar la figura humana en el centro de sus preocupaciones formales y es téticas. Eje y pedestal de su indagación esencial, la figura humana es triturada, amasada, estirada, recogida, cortada, desdoblada, sigue siendo humana. Reinventada con ins pirateación y con cierta malicia, el sopor te puede ser el lienzo, el cartón, el hierro, la madera, el alambre, el yeso, el papel. Los pigmentos son trabaja dos al máximo de su potencial, den tro de una gestualidady un deseo de experimentación que le permiten a Mosner establecer un registro Infinito de actitudes, de fisionomías y de caracteres. Sin caer nunca en la repetición o la rutina, sin querer adherirse al arte bruto o limitarse a la sola fi guración narrativa, sino más bien manchando al lado de un Baselitz, un Clemente o un Lupertz, en la tradición de la década de 1980, pero con humor y ternura. Su vena carica turesca lo acerca a la obra de Anto nio Seguí, con quien comparte esa constante del espíritu pictórico argentino. Lo que caracteriza y hace interesante el arte de Mosner es que no va en contra del famoso adagio libertario del poeta: "Haz lo que te plazca". El mundo urbano de Mosner no está organizado en trama, como, por ejemplo, en la obra de Seguí; su desorganización, que es sólo aparente, es más bien el resultado de lo que podría llamarse su generación espontánea. El rostro se descompone para reconstruirse mejor, en sinuosidades y curvas. Sin embargo, esta aparente facilidad es el fruto de un trabajo constante de búsqueda y de introspección sobre la expresión del cuerpo y del rostro, y las manos en particular. La misma fobia al vacío reaparece en los bosques y dibujos de sus innumerables cuadernos, verdaderos trazos entrelazados (o escritura automática) de objetos orgánicos. La proliferación y prolijidad de personajes (tintas) que recubren sus cuadernos son a la vez el preludio y el alter ego de sus lienzos, en donde, de manera diferente pero continua, el artista abrevia la forma y la materia, en búsqueda de la individualización del personaje y su densidad. Los hombres (o las mujeres) están solos sobre el lienzo, sin contexto, sin escolta iconográfica, sin ninguna posibilidad de una pista sociológica o antropológica (objetos, naturaleza) para el espectador, aunque la influencia de la danza y el teatro es omnipresente ( Las 3 noches y Envueltos , técnica mixta sobre papel, 1998 y 1999). El hombre está solo consigo mismo y con la mirada del otro. Él es a veces torpe y miedoso, su cuerpo es macizo, apenas esbozado o, por el contrario, muy trabajado. Sus capacidades de pintar, dibujar, recortar, pegar y ensamblar hacen de Ricardo Mosner un artista y un artesano del placer y de la libertad. En la fuerza y la debilidad mezcladas de la forma y del "objeto", nada de lo que es humano le es ajeno. CHRISTINE FRÉROT