Entrelíneas

Ana de Beraza

Micro-pódcast. Un espacio para escuchar con pausa. Reflexiones, palabras en tránsito. Audios literarios. elcuadernodeana.substack.com

  1. May 28

    Atisbos. Vida, amor y lejanía de Miguel Hernández.

    Orihuela. Un ambiente cerrado, de deambular devoto. En plena huerta, donde proliferan las iglesias y los religiosos, nace un 30 de octubre de 1910 Miguel Hernández, bajo la protección del judío converso San Daniel. Hay una panadería, un horno, un obrador de sedas; cordelerías, confiterías, hilados, alfarerías, carros, aperos… Hay monjas y monjes de más de treinta congregaciones. Hay humildad. Hay quebranto. Hay miseria. La atmósfera clerical nada risueña de las barriadas oriolanas. Vida Los jesuitas serán los primeros que estimularán al chiquillo, le darán permiso para «ser»; ellos intuirán, antes que nadie, la resistencia poética del pastorcillo —o, lo que es lo mismo, el lirismo originario, la espiritualidad más pura— y la querrán retener solo para sí. El padre, tratante de reses, un hombre rudo, parco en palabras, violento al extremo, sacará al hijo de la escuela Ave María y el Colegio Santo Domingo; lo alejará de los religiosos. Miguel leerá a escondidas en la habitación que da al corral, el padre apagará la luz cada vez que vea en el hijo cualquier asomo impropio de su origen. En palabras del hermano: «Entonces sucedían cosas terribles, que nos dejaban a todos espantados». La madre, doña Concepción, mitigará la desafección del padre, siempre se preocupará del hijo a espaldas del esposo; cuando el hijo acabe en la cárcel, le hará llegar ayuda y sustento para que siga con vida. En la casa de Calle Arriba, Miguel trepará la pared donde se alza la sierra con el rebaño en sus salidas de pastor. La naturaleza será su léxico, «una cabrita y un sueño…», su iconografía. En sus versos no habrá impostura, solo la necesidad de pertenecer, de buscar la verdad en el lenguaje. Los dolores de cabeza recurrentes, consecuencia de las palizas, no serán impedimento para su afán creativo. Miguel Hernández —el pastor poeta, amante del amor, apresado andante de la vida— nunca será del todo consciente de que ese entorno marcará su obra y su destino. Su trayectoria de vida dejará un reguero de atisbos que conducirán al final trágico. «(…) Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo, van por la tenebrosa vía de los juzgados: buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen, lo absorben, se lo tragan. No se ve, que se escucha la pena de metal, el sollozo del hierro que atropellan y escupen: el llanto de la espada puesta sobre los jueces de cemento fangoso. Allí, bajo la cárcel, la fábrica del llanto, el telar de la lágrima que no ha de ser estéril, el casco de los odios y de las esperanzas, fabrican, tejen, hunden (...)». («Las cárceles», Viento del pueblo) El impulso de escribir poesía le quemará por dentro, no deseará otra cosa; temerá profanar el arte, solo ansiará honrarlo, adorarlo. Y, para eso, precisará de ayuda. «Comprende Ud.?», escribe al alcalde de Orihuela tras publicar su primer poemario, Perita en lunas. «Y yo tengo derecho, como artista y trabajador, a pedir a Ud. o un trabajo hasta que halle colocación de mi poesía, o una pensión hasta que halle trabajo». La búsqueda de sustento será el pan de cada día. Esa desesperación provocará un desencuentro con Federico García Lorca: «… he maldecido las putas horas y malas en que di a leer un verso a nadie»; Lorca no sabrá contener ni comprender el enfado del poeta alicantino. «¡LUCHA! No seas vanidoso de tu obra. Tu libro es fuerte, tiene muchas cosas de interés y revela a los buenos ojos, pasión de hombre, pero no tiene más cojones como tú dices que los de casi todos los poetas consagrados». «Dispensa, Lorca, amigo, calarré de nacimiento, el que haya dejado, ¡tanta!, anchura de tiempo entre tu carta y esta (…) Gracias por tu deseo de que mi obsesión de poeta incomprendido sea separada de mí. Aún no venía tu carta por el camino cuando me había divorciado de ella». No habrá posibilidad para el reencuentro ni la reconciliación. No habrá tiempo. La España oscura e implacable de 1936 les negará ese tiempo, como a tantos otros. Solo la poesía mitigará algo la rabia y la miseria que lleva arrastrando consigo. El poeta alicantino expresará su consternación por la muerte de Lorca y embellecerá el acabamiento del artista en Viento del pueblo: «(…) Entre todos los muertos de elegía, sin olvidar el eco de ninguno, por haber resonado más en el alma mía, la mano de mi llanto escoge uno. Federico García hasta ayer se llamó: polvo se llama. Ayer tuvo un espacio bajo el día que hoy el hoyo le da bajo la grama. ¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres! Tu agitada alegría, que agitaba columnas y alfileres, de tus dientes arrancas y sacudes, y ya te pones triste, y sólo quieres ya el paraíso de los ataúdes. (…)» («Elegía primera, Viento del pueblo) AmorUna vez que conozca el amor de mujer y tome contacto con José María Cosió, Pablo Neruda o Vicente Aleixandre, su tenacidad y producción se volverán más impuras, su hondura e intelecto aullarán por salir a la luz. Los atisbos de vida, la naturaleza impetuosa, el corazón abigarrado y la peligrosidad nutrirán sus versos. «¿No cesará este rayo que me habita el corazón de exasperadas fieras y de fraguas coléricas y herreras donde el metal más fresco se marchita? ¿No cesará esta terca estalactita de cultivar sus duras cabelleras como espadas y rígidas hogueras hacia mi corazón que muge y grita? (...)» («No cesará este rayo que me habita?», El rayo que no cesa) En la poesía de Miguel Hernández existe una sincronía tan nítida con su vitalismo que leer sus poemas hace daño. Esa sincronía se expande: no se reduce a los versos ni al poeta, ni siquiera al pueblo de Orihuela, que lo delatará llevado por el fanatismo y el rencor, sino a la historia de un país que todavía cuesta transitar. Su vida será un ir y venir de la capital madrileña a la provincia. Escribirá a otros intelectuales, reclamará atención y amparo, estrechará relaciones, publicará en revistas; se desesperará, volverá a empezar. Irá haciéndose dueño del lenguaje; se comprometerá con los desheredados, amará. Sus versos se volverán más personales, más políticos, más distantes. Lejanía Sufrirá la muerte del hijo, irá al frente, será derrotado y encarcelado; la enfermedad y la ausencia de los suyos irán mellándolo poco a poco; pero su intelecto seguirá sucumbiendo a la métrica, seguirá siendo un poeta. Su alejamiento será imparable. «(…) No pudimos ser. La tierra no pudo tanto. No somos cuanto se propuso el sol en un anhelo remoto. Un pie se acerca a lo claro. En lo oscuro insiste el otro. Porque el amor no es perpetuo en nadie, ni en mí tampoco. El odio aguarda su instante dentro del carbón más hondo. Rojo es el odio y nutrido. El amor, pálido y solo. Cansado de odiar, te amo. Cansado de amar, te odio. Llueve tiempo, llueve tiempo (...)». («Canción última», Cancionero y romancero de ausencias) La guerra lo desencajará, lo sacará de su intuición poética y de la sensualidad; le hará consciente, por primera vez, de que sus versos serán herencia para el pueblo. Sus poemas apelarán a la lucha: «(...)Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera: aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo, y defiendo tu vientre de pobre que me espera, y defiendo tu hijo. Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado, envuelto en un clamor de victoria y guitarras, y dejare a tu puerta mi vida de soldado sin colmillos ni garras (...)». («Canción de esposo soldado», El hombre que acecha) Para, más tarde, tocado espiritualmente, volverse más herméticos: «(...)Herido estoy, miradme: necesito más vidas. La que contengo es poca para el gran cometido de sangre que quisiera perder por las heridas. Decid quién no fue herido. Mi vida es una herida de juventud dichosa. ¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente herido por la vida, por el amor, la rosa, por el acero ardiente! (...)». («El herido», El hombre que acecha) Y, ya en encarcelado, verse a sí mismo desde la distancia en la devastación más íntima: «(...)Arena del desierto soy: desierto de sed. Oasis es tu boca donde no he de beber. Boca: oasis abierto a todas las arenas del desierto. Húmedo punto en medio de un mundo abrasador, el de tu cuerpo, el tuyo, que nunca es de los dos. Cuerpo: pozo cerrado a quien la sed y el sol han calcinado (...)». («Casida del sediento», Cancionero y romance de ausencias) Miguel Hernández sabrá resistir, amar y ser amado; sabrá, pese a todo y todos, “vivir haciendo», como diría su amigo Vicente Aleixandre. This is a public episode. 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    15 min
  2. Apr 29

    La hora del crepúsculo. Duras, la casa de Neauphle, el jardín y el bosque.

    Este episodio de Cuaderno de una escritora, de Ana de Beraza, se adentra en el universo creativo y vital de Marguerite Duras, explorando la estrecha relación entre escritura, memoria, soledad y pérdida. El episodio recorre los espacios físicos y emocionales que configuran su obra, especialmente la casa de Neauphle, convertida en escenario íntimo de creación, aislamiento y filmación. En ella, Duras proyecta una mirada femenina, estática y profundamente introspectiva, donde la escritura se convierte en una forma de resistencia y supervivencia. El relato traza una red de paralelismos entre episodios reales de su vida y ficticios: muertes que se entrelazan —como la del aviador inglés en Vauville o la de su hermano en Indochina—, encuentros fortuitos en lugares como Roma, o imágenes aparentemente triviales que revelan una reflexión radical sobre la vida y la muerte. El episodio también examina su concepción extrema de la escritura: un acto solitario, secreto y arriesgado, inseparable del dolor, el deseo y la destrucción de una misma. Finalmente, el episodio plantea la escritura como una tentativa imposible de fijar la realidad: una búsqueda de una “palabra pura”, despojada y esencial, que trascienda el lenguaje mismo. En ese límite entre silencio y expresión, Duras encuentra su voz más radical. This is a public episode. If you would like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit elcuadernodeana.substack.com

    19 min
  3. 12/12/2025

    El hábito de escribir, una diferencia abismal y un poema

    Trazar palabras sobre el papel: un bien cada vez más escaso. La pulsión corporal sujeta a la página en blanco. Cualquier superficie vale: la primera hoja del cuaderno recién comprado, una servilleta, un ticket de compra… Y luego están las excusas para abandonar ese hábito: preservar la naturaleza, cuidar los eucaliptos de los montes; ahorrar, en definitiva, papel. Seguir las recomendaciones. Pero en un tiempo en que cada acto humano es registrado, automatizado, «pasado por máquinas», me resulta cada vez más gratificante escribir a mano. Cualquier bolígrafo, cualquier lápiz viejo sirve. Cualquier superficie libre de palabra. Margaret Atwood tenía razón cuando decía: «Debes ver la escritura como si brotara un largo pergamino de tinta del índice de tu mano derecha; debes imaginar que tu mano izquierda lo borra». Hay una extraña vibración, una conexión casi mágica entre el cerebro y esa mano que da forma a palabras que se forjan en la mente como un meteorito. Últimamente, escribo muchos poemas inacabados, incipientes, de una sola línea. Muchos se han perdido… El otro día garabateé: Desamor. Cuando ser era suficiente. En aquel salón —el humo, el olor agrio de la cerveza—, tú eras. El hábito de escribir Hay mucha magia en el ser humano. Mucha incomprensión también. Escribir o no escribir. Perder el hábito. Llenar folios de palabras ilegibles. No somos tan diferentes de nuestros ancestros cuando, a tientas, en la oscuridad de una cueva, imprimían manos teñidas de sangre animal sobre paredes inescrutables con el fin de dejar un legado, una rémora de su existencia. Trascender el presente: ese también era un instinto. El hábito de escribir se parece mucho al hábito de sentir. Si las palabras desaparecieran, la vida perdería el sentido. ¿Cómo dar forma a lo vivido? Desde que a mi perro le aterroriza el viento, lo odio. Los árboles no han dejado de sacudir sus coronas otoñales durante toda la noche y bien entrada la mañana. Todavía ventean mientras escribo estas líneas; habito el tiempo, este cuarto. Invierno de viento sur es un no-invierno. Arrasa la nieve de los Picos de Europa, arrasa el frío y el deseo de cobijo. Cuando el viento pare, la lluvia hará acto de presencia. Una buena excusa para permanecer en casa, seguir escribiendo. Siri no deja de sugerirme en el móvil la aplicación Notas, donde comencé a escribir el relato de los murciélagos y la mujer que ha heredado el ático. ¿Recordáis? La nota se titula Atajo. La belleza de lo eterno. Dos concepciones opuestas. Me pregunto si es una señal del destino y debo retomar el relato. O es una trampa de la máquina empeñada en destruir el albedrío. No he vuelto a tocar el texto desde hace semanas. Empieza así: «Lo obscuro del mirar busca el vampiro en el cuerpo; el escenario inamovible del ático o, lo que es lo mismo, la parálisis del poema teme la indolencia del mundo». Desde luego es el germen de algo. ¿Demasiado poético? Me pregunto por qué siempre tiendo a la poesía en mis textos, a la musicalidad; es peligroso para la coherencia narrativa. Pero también es inevitable para mí. Luego podaré el texto como un jardinero. Posdata: siempre he tenido miedo a los jardineros. Me he dicho que el relato será un texto experimental y así debe seguir siendo. Siri lo ha vuelto a hacer. Me sugiere la aplicación Notas, justo en el inicio del texto. Desea que mis pensamientos pasen por máquina. Pero hoy escribiré a mano. Decía en el episodio anterior que iba a hablar de El Sr Fox, la novela de la autora estadounidense Joyce Carol Oates. La novela que resucitó mis ganas de leer después de sufrir una crisis lectora. La historia en torno a Francis Fox: un carismático profesor en un internado de élite— cuya imagen pública como docente respetado oculta un pasado oscuro de abusos hacia menores. Oates, prolífica y valiente, no teme adentrarse en los abismos de la condición humana. En esta novela no solo aborda el acto criminal del abuso, sino las dinámicas que lo sostienen: la manipulación, el abuso de poder, el encubrimiento social, la fragilidad de las instituciones. Cómo alguien aparentemente respetable puede esconder su monstruosidad. El Sr Fox, el señor Lengua. Ya os conté que ese personaje me había cautivado. No solo por lo bien escrito que está, sino porque yo misma caí en la trampa de su neurosis, de su fachada. Como todo depredador lleva una máscara diseñada a la perfección. Pero he de deciros que ha habido otro personaje que me ha sorprendido más: Demetrius Helen. “Alto y desgarbado como un ave zancuda”, poco agraciado según los estándares sociales: patillas ralas, pelo desaliñado, apariencia descuidada. Un paria para su familia, la sociedad, el instituto. Y aun así, con alma de justiciero. Muchos lo consideran —injustamente— alguien “de pocas luces”. Pero es él quien se da cuenta de lo que está sucediendo en el instituto. Tímido, inseguro, poco habituado a las maniobras sociales. Me pregunto si vivir al margen te permite una mirada más lúcida de la sociedad. Demetrius Helen, el verdadero antagonista de Francis Harlan Fox. Frente a Demetrius, el Sr. Lengua pierde fuerza. Él es la verdadera sorpresa de la novela. Un elemento disruptivo. Moralmente lúcido. Imprevisible. Los personajes femeninos —sobre todo las niñas que aparecen en la novela: Mary Ann, Eunice, Genevieve y otras— quedan algo desdibujados al ser víctimas del grooming. El manipulador no permite penetrar en ellas narrativamente. Y es una pena. Orbitan en torno a sus juegos psicológicos. Muchas provienen de estratos sociales humildes, son víctimas “invisibles” sin redes de apoyo. Enigmas. Y en la novela lo siguen siendo. El retrato del Sr Fox, en cambio, es preciso, incómodo, estremecedor. Su doble vida. Su máscara. Ese actor omnisciente de la perversión que domina cada ángulo: lo que muestra y lo que es. Cómo confunde a sus víctimas con el fin de saciar su instinto. Cómo utiliza las convenciones sociales, el trauma, la vulnerabilidad para pasar desapercibido… y seducir al entorno. Oates no se corta al profundizar en él. Ella tiene esa capacidad: escribir novelas grandiosas en extensión y contenido; pero que se leen como un thriller. Sus más de seiscientas páginas se devoran rápido. Un lujo hoy en día, cuando a muchos les escandaliza toparse con libros de más de doscientas páginas en los escaparates de las librerías, aunque luego pasen horas scrolleando el móvil. Una diferencia abismal También adelanté en el anterior episodio que iba a releer Lolita, para comparar a los dos depredadores: el Sr. Fox y Humbert Humbert. Fui a buscar el libro en la biblioteca del salón, recordaba vagamente que la portada de la editorial Anagrama era morada, pero el sol había carcomido el color del lomo de la novela hasta volverlo azul. De hecho, me costó encontrar la novela. Ese simple desgaste me hizo ser consciente del tiempo que había pasado. ¿Cinco, siete años? ¿Cuánto había cambiado yo desde entonces? Desde luego soy otra persona. Nunca había releído Lolita, aunque me impactó profundamente. Tampoco soy muy partidaria de releer libros. Me gusta el impacto de la primera vez, la primera sacudida de una descripción, de una palabra, de un diálogo. De un personaje. Volver a un libro, casi siempre, me parece un sacrilegio: como si mitigara esa primera emoción, ese despertar tan vivo, ese primer dominio del ser. En la portada de la edición que tengo entre las manos aparece el dibujo de una chica acuclillada, el rostro tapado, y una manecilla que la atraviesa por la espalda como un cuchillo. La imagen previene al lector. Lolita fue, en su momento, una novela profundamente polémica: la tildaron de pornográfica. Las adaptaciones cinematográficas no ayudaron; más bien reforzaron esa lectura simplista, edulcorando las perversiones de Humbert Humbert. «Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta»: el poder de seducción de las palabras llevado al extremo, la estética de la perversión. Hay una diferencia abismal en el planteamiento de las dos novelas. Humbert Humbert y Francis Harlan Fox: depredadores que explotan su poder sobre menores, pero construidos de formas radicalmente distintas. Si Humbert —narrador y protagonista en la novela de Nabokov— manipula desde la primera página al lector con su lenguaje brillante y su autovictimización, el Sr. Fox —el Sr Lengua— es un antagonista expuesto desde fuera, cuya monstruosidad se revela a través del sistema que lo ampara. Humbert idealiza y obsesiona a una sola víctima, Lolita, buscando justificar su deseo; Fox, en cambio, actúa de manera metódica sobre varias jóvenes, aprovechando su posición social y la impunidad institucional. Nabokov afirmaría sobre su novela: «Mi tarea era hacer que el lector viera el mundo a través de los ojos de una persona moralmente repugnante, sin justificarla». Y también: «El libro es un ejercicio de estilo, de voz narrativa, de capturar la obsesión en palabras.» La precisión con la que construye esa voz me hizo pensar —otra vez, a lo largo de su relectura— en si Nabokov era conocedor de primera mano de las pulsiones de este tipo de depredadores. Experimenta con la percepción, muestra cómo un personaje despreciable puede seducir al lector mediante el lenguaje sin que eso implique, en absoluto, una aprobación moral de sus actos. Mientras Humbert engaña con palabras y estética, Fox manipula mediante autoridad y jerarquía. Humbert se hunde en su propio delirio; Fox cae si otros lo delatan. Humbert encarna la perversión íntima y estética, Fox, la corrupción social y el abuso de poder sistémico. Los detractores de Lolita argumentan que Humbert es un personaje demasiado interesante, demasiado seductor, que la novela es dañina para las víctimas. Pero ningún monstruo se presenta ante su víctima con su monstruosidad a plena lu

    20 min

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