Unos amigos están pasando un buen rato, bañándose en el lago, se divierten, con Van Morrison de fondo. Nada puede presagiar lo que le espera a Lucas, uno de ellos. Educador en una guardería de un pequeño pueblo, será pasto de una paranoia colectiva. No es nuevo este caso en la historia del cine, recordamos a Shirley McLaine y Audrey Hepburn abatidas en La Calumnia – Wyler- , en Incidente en OxBow linchaban a tres granjeros, en Dogville de Von Trier, compañero de andanzas de Vinterberg, la forastera era presa fácil de la turba, camuflada de respetable comunidad. Aquí un hombre de mediana edad será destrozado por una mentira. Vinterberg inocula la sospecha colectiva en una sociedad cerrada, en un pueblo rodeado de montes donde los venados son abatidos, los rituales de caza forman parte de la vida cotidiana. En este film espinoso, el hombre divorciado es amigo íntimo del padre de la niña que le va a meter en un problema. Mad Mikkelsen hace un trabajo soberbio, contenido, lacerante. Vinterberg comenta en entrevistas que pretendía un personaje lacónico, introspectivo, similar al de Robert De Niro en El cazador (Cimino). El director y su operadora Charlotte Bruus Christensen mantienen en plano sostenido la angustia de Lucas, el rictus roto, la cancelación del personaje en un ambiente bucólico de tonos cálidos. El hijo adolescente y el otro amigo, padrino del chaval, son los únicos que confían en su inocencia, funcionan como un cierto alivio en una historia en ocasiones bastante insoportable. Culmina en el clímax, cine puro. Lucas se arregla, cura las heridas de la paliza reciente para asistir a la iglesia, al villancico de Navidad. El Aleluya cantado por los niños, entre ellos la cría y la directora de la guardería que les dirige. Con todos los parroquianos presentes volverá la mirada a su amigo – Thomas Bo Larssen- “¿Qué ves? Mira bien. ¿Qué es lo que ves?” Así se arruina la vida de una persona, los ciudadanos aparentemente respetables del pueblo difaman a la presa, la directora de la guardería, el psicólogo, los padres de los niños, repiten la máxima: Los niños no mienten. Es lo mismo que decir que si el rio suena, agua lleva. Y si cuando el río suena agua lleva, siempre la va a llevar, aunque haya pruebas que digan lo contrario, aunque no exista el sótano de los horrores que los niños describían, el estigma queda para siempre. Cuidado con las batidas, matar un venado ya de por sí es mucha muerte, es posible que la sangre caliente siga empapando la hierba. Esta noche acompañamos a Lucas en la iglesia y giramos la cabeza para mirar hacia atrás… Raúl Gallego, Salvador Limón y Zacarías Cotán