La ContraHistoria

¡Vótame en los Premios iVoox 2026! La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

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Historias exclusivas de misterio, true crime y más

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  1. 3d ago • Subscribers Only

    ¿En qué creían los romanos?

    Se suele simplificar la religión de la antigua Roma con una mitología muy básica tomada de los griegos, pero pocas cosas hay tan complejas como la religión (o religiones) de los romanos. Durante la mayor parte de su historia, los romanos no entendieron la religión como un conjunto de creencias, sino como una práctica. Lo importante no era tanto lo que cada cual pensara en su interior, como cumplir con los ritos en el día y la forma adecuados para conservar la Pax Deorum, la paz de los dioses, una relación de respeto mutuo de la que dependían las cosechas, las victorias y la propia salud de sus habitantes. Cada casa honraba a sus Lares y Penates, los sacerdotes solían ser patricios que compaginaban el sacerdocio con la política, el verdadero peligro no era la duda en unas creencias muy poco definidas, sino el error en los ritos. Marco Tulio Cicerón, por ejemplo podía ser escritor, senador, augur y, a al mismo tiempo, discutir con frialdad la existencia de los dioses sin ver en ello contradicción alguna. Aquel era un sistema muy abierto, mucho más de lo que hoy podemos imaginar. Conforme Roma fue engrandeciendo su imperio y conquistando tierras lejanas hizo más nutrido su panteón. Fue entonces cuando adoptó a los dioses griegos y acogió con gusto cultos orientales como los de Cibeles, Isis o Mitra, que ofrecían algo que la religión cívica no daba, una iniciación personal, una comunidad elegida y una esperanza para después de la muerte. El Senado los toleraba mientras no escapasen a su control. Cuando creyó que lo hacían, como ocurrió con las Bacanales, reaccionó con dureza. Con Augusto llegó el culto imperial, que más que una fe ingenua en un emperador divino era un lenguaje de lealtad política compartido por todo el Imperio. La mayoría de sus pobladores, por lo demás, no elegían una religión, iban sumando protectores sin importarles mucho su origen. El cristianismo rompió con esa lógica. Nacido en el seno judaísmo, se extendió primero por las principales ciudades y exigía exclusividad. Eso implicaba que sus fieles se negaban a sacrificar a los dioses tradicionales y al emperador, lo que a ojos de los romanos le convertía en una forma de impiedad y, sobre todo, de deslealtad política. Las persecuciones contra los cristianos no fueron una cacería continua de tres siglos, más bien episodios locales que tuvieron su momento álgido a finales del siglo III y principios del IV con la gran persecución de Diocleciano. Muy poco después Constantino dio un giro radical y se erigió en protector de la Iglesia. A finales de ese mismo siglo Teodosio el Grande prohibió cualquier culto pagano, incluso el que se celebraba en el interior de las casas. La cristianización fue lenta y desigual. Los viejos ritos sobrevivieron mucho más tiempo en el campo y en parte de la aristocracia. La nueva religión absorbió fiestas, lugares y costumbres del mundo que sustituía. Cuando el Imperio de Occidente se deshacía ya en la segunda mitad del siglo V, los romanos habían pasado de un contrato cívico con muchos dioses a una religión de salvación exclusiva apoyado por el poder. Pero aquellos romanos que contemplaron la caída eran tan romanos como los de tiempos de la República o los de las conquistas de Trajano. Roma había ido cambiando durante mil años, sus religiones también lo hicieron. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  2. Oct 1 • Subscribers Only

    La toma de Granada por José Soto Chica

    ¡Vótame en los Premios iVoox 2026! El 11 de abril de 1491 marca un momento decisivo en la historia de España y de Europa. La salida desde Sevilla de un inmenso ejército de 50.000 hombres hacia Granada para culminar una empresa militar y cultural que llevaba siglos gestándose. Este movimiento no era un asedio cualquiera, era la reclamación definitiva de una España que, como ya recordaban los propios embajadores musulmanes en el siglo XI, los cristianos consideraban suya y buscaban recuperar por la fuerza tras haber sido expulsados hacia Galicia. Para dejar claro que esta vez no habría retirada, los Reyes Católicos tomaron una decisión estratégica sin precedentes al construir un asentamiento permanente en lugar de un campamento temporal. Así nació la ciudad de Santa Fe, levantada en la vega al oeste de la capital, desafiando a los elementos y demostrando a toda Europa que el cerco era definitivo. El mensaje fue tan potente que los propios reyes enviaron los planos de la nueva ciudad al rey de Portugal, lo que atrajo la atención de todas las cortes europeas sobre lo que estaba ocurriendo en Andalucía. El asedio, lejos de ser un enfrentamiento romántico, fue una guerra durísima y sangrienta de ocho meses. Las crónicas de los veteranos y de quienes vivieron la contienda relatan la brutalidad del combate cuerpo a cuerpo, las emboscadas constantes y la pérdida de unos 5.000 soldados en combate o por enfermedades en los campamentos. Durante este desgaste, el papel de la reina fue vital; se paseaba a caballo por las tropas para mantener alta la moral, cuidaba de los heridos y hacía frente a provocaciones directas, como el célebre desafío del caballero del pulgar tras un insulto a la reina en la puerta de la mezquita. Al ver que la ciudad de piedra se alzaba frente a ellos y que no había marcha atrás, las fuerzas de Granada flaquearon. En noviembre de 1491 se firmaron unas capitulaciones de rendición extremadamente generosas y respetuosas con los vencidos, cerrando un ciclo histórico y abriendo otro de inmediato. En esa misma Santa Fe se firmarían los acuerdos con Cristóbal Colón que abrirían la puerta de América, y la victoria en Granada se celebraría en toda Europa como la coronación de España como la nueva gran potencia mundial, un ascenso que pronto despertaría el miedo y la envidia en lugares como Francia e Italia, plantando la semilla de lo que después se usaría para intentar destruir la imagen del imperio mediante la leyenda negra.

  3. Oct 1 • Subscribers Only

    El éxodo

    * Accede a los Capítulos enriquecidos del episodio en: https://www.ivoox.com/wv/audio-chapters-181531563 A mediados de los años 50 Cecil B. DeMille estrenó “Los diez mandamientos” con Charlton Heston en el papel de Moisés. Aquel espectáculo cinematográfico convirtió la salida de los israelitas de Egipto en uno de los mayores éxitos de la historia del cine. La película ofrecía certezas que los historiadores y los arqueólogos nunca han compartido. Tras muchas décadas de excavaciones en Egipto y el Sinaí no ha aparecido rastro alguno de un pueblo tan numeroso vagando durante 40 años por el desierto. Las crónicas egipcias, muy puntillosas para casi todo, no recogen ni las plagas, ni una fuga masiva de esclavos en esa época. Eso no significa que el relato surgiera de la nada. Durante siglos Egipto y Canaán mantuvieron contacto continuo. Los pastores semitas bajaban al delta en tiempos de sequía, los hicsos llegaron incluso a gobernar el norte del país. Tras su expulsión los faraones convirtieron Canaán en una provincia vasalla. Es verosímil que un grupo pequeño, el clan de los B’nei Israel, trabajase en las grandes obras de Ramsés II y que regresase al desierto siguiendo a un caudillo con nombre egipcio. A finales del siglo XIII a.C ese clan ya estaba asentado en las montañas de Samaria, como atestigua una estela del faraón Merneptah. La memoria de aquella salida se transmitió de viva voz durante generaciones y se puso por escrito en tiempos de Salomón, cuando Israel era ya un reino unificado que necesitaba un mito fundacional. Fue entonces cuando las doce tribus pasaron a compartir una esclavitud y una liberación comunes. Los redactores del Pentateuco situaron la acción en la geografía de su propia época, por eso el relato está salpicado de anacronismos como la mención a los filisteos, que se instalaron en la costa después del supuesto éxodo. Aun así, quien escribió aquellas páginas conocía bien el terreno. El rodeo para esquivar los fortines fronterizos egipcios era una vía de escape habitual, un papiro de la época habla de la persecución de dos esclavos fugados por esa misma zona. El Mar de las cañas no sería el mar Rojo, sino alguna de las lagunas salobres de la costa del Sinaí, cuyas costras de sal y fango se tragaban a los hombres y a sus animales. Los pozos amargos y los oasis del itinerario seguramente sean lugares reales. Lo que no encaja es la escala. Según la Biblia, de Egipto salieron unos dos millones de personas junto a sus animales. En el Sinaí apenas llueve, sus escasos manantiales dan para unos pocos miles de personas, no es casual que las tribus beduinas siempre hayan sido de pequeño tamaño. La capacidad de soporte de aquel territorio es muy pequeña. Además, una cantidad tan grande de gente habría dejado restos de grandes campamentos, tumbas y cerámica. El texto resuelve los problemas logísticos con milagros como el del maná, las codornices y el agua brotando de la roca. Pero el Éxodo no es la crónica de un viaje ni pretende serlo. Es un relato teológico y en ese aspecto funciona muy bien. Cuenta cómo un grupo de esclavos se convierte en el pueblo de un dios que exige exclusividad, y por qué la generación que salió de Egipto tuvo que morir en el desierto para que sus hijos recibiesen la tierra prometida. Índice del programa: 0:00 Introducción 3:40 Entre Hollywood y la arqueología 17:51 Los B’nei Israel y la ciudad de Ramsés 29:40 Los caminos de salida 42:25 El mar de las cañas y el desierto 53:39 La montaña de la revelación y Cades Barnea 1:04:33 De Edom a Jericó 1:18:46 El exilio en Holanda del káiser Guillermo II Bibliografía “Introducción al antiguo testamento” de José Luis Sicre Díaz - https://link.amazon/B02xBS1fA “La historia de los judíos” de Paul Johnson - https://link.amazon/B0duj8OuZ “Historia de los judíos” de Simon Schama - https://link.amazon/B0cD42VZ0 “Historia de los judíos” de Luis Suárez - https://link.amazon/B0fgT0LqX #FernandoDiazVillanueva #biblia #exodo

  4. Sep 24 • Subscribers Only

    Del Sol invicto a Cristo

    A comienzos del siglo V, antes de los saqueos de godos y vándalos, la antigua Roma conservaba aún su esplendor y una numerosa población que esperaba pan y circo. Contra esa ciudad-espectáculo clamaban los cristianos más rigoristas, herederos de Tertuliano, para quien asistir al circo, al anfiteatro o al teatro era idolatría y una traición al bautismo. El imperio había cambiado de religión, pero no de costumbres, y la plebe cristiana era en el fondo la misma que antes veneraba a los viejos dioses. La cristianización había comenzado antes, con el emperador Constantino. Tras vencer a Majencio en el Puente Milvio entró en Roma con el ceremonial de siempre, en carro de caballos blancos, estandartes y efigies divinas, entre ellas la del Sol invicto. Fue aclamado por el Senado y el pueblo, pero no subió al Capitolio a dedicar un sacrificio a Júpiter. Los paganos no se lo perdonaron y los cristianos lo celebraron, aunque, eso sí, Constantino nunca renunció al título de pontifex maximus y solo se bautizó en el lecho de muerte. La Iglesia entendió pronto que era más fácil transformar las fiestas que suprimirlas. Proscribió paulatinamente los combates de gladiadores y el teatro, pero se apropió del resto. El culto al Sol invicto, que Aureliano había traído de Siria y que se celebraba el 25 de diciembre, se convirtió en la Navidad. El buey, el asno y los magos vestidos a la persa delatan esa herencia mitraica. El calendario se llenó de santos y mártires, sus reliquias atrajeron multitudes a las catacumbas y en Oriente surgieron santuarios como el de San Menas en Egipto o las columnas de los estilitas en Siria que pronto se llenaron de peregrinos. La religiosidad de aquellos cristianos era ruidosa y festiva, muy distinta de la nuestra. Obispos como Ambrosio de Milán o Isidoro de Sevilla ordenaban el año con sus misas, festividades, procesiones y ayunos. A principios del siglo VII el Sol se había fundido ya con Cristo. No quedaban más fiestas que las cristianas. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

  5. Sep 24 • Subscribers Only

    La ciudad vertical: historia de los rascacielos

    * Accede a los Capítulos enriquecidos del episodio en: https://www.ivoox.com/wv/audio-chapters-181154069 La palabra llegó antes que el edificio. En el inglés del siglo XIX, skyscraper significaba varias cosas. En el entorno de los marineros era la vela más alta de un velero, en el de los aficionados a la hípica un caballo de gran alzada y en el de la gente del común un sombrero de copa muy alto de esos que se pusieron de moda en torno a 1850. Cualquier angloparlante sabía a que se refería alguien cuando decía skyscraper en función del contexto. Pues bien, en la década de 1880 la prensa de Chicago dio un nuevo significado al término, empezó a aplicárselo a los edificios de oficinas que asomaban sobre los tejados. La palabra hizo fortuna porque pronto se calcó a otros idiomas. En el nuestro decimos rascacielos, en francés gratte-ciel, en portugués arranha-céu, en catalán gratacel. En alemán se quedaron algo más abajo, a los rascacielos los llaman wolkenkratzer, es decir, rasca nubes. En Holanda se limitaron a calcarlo del alemán y llaman a estos edificios wolkenkrabber. El término rascacielos tiene algo poético porque es imposible rascar el cielo, de hecho, definir un rascacielos parece sencillo, pero no lo es en absoluto. La altura importa, pero siempre es relativa. Un edificio de 10 plantas era realmente alto en 1885, hoy en cambio pasaría inadvertido en cualquier barrio de Madrid. El Consejo de Edificios Altos y Hábitat Urbano, más conocido por sus siglas CTBUH, considera altos a los edificios de más de 50 metros de altura, super altos a partir de 300 metros y mega altos a partir de 600, pero eso no explica lo esencial. Un rascacielos es tres cosas a la vez. Es un sistema constructivo al que se le da un uso y que parte de una ambición humana concreta. Es un esqueleto de acero u hormigón que libera a los muros de la tarea de sostener el edificio. Es un lugar habitado a diario por miles de personas que dependen del ascensor. Y es una apuesta económica y simbólica sobre un pedazo de suelo carísimo en el centro de una ciudad. Eso de construir hacia arriba no es nuevo. La humanidad lleva milenios construyendo en vertical. Los faraones levantaron pirámides que dominan el paisaje del valle del Nilo desde hace más de 4.000 años, las ciudades medievales en Europa compitieron entre ellas por levantar los campanarios más altos y las familias nobles de la Toscana y la Romaña erigieron torres para humillar a sus vecinos y, llegado el caso, defenderse. Pero ninguna de esas obras era un rascacielos en el sentido contemporáneo de la palabra. La verticalidad es antigua, pero el rascacielos es moderno. Nace en el último cuarto del siglo XIX, cuando coinciden cuatro factores que por separado no bastaban. El acero barato que salía de los convertidores Bessemer. El ascensor seguro, sin el cual nadie pagaría por tener una oficina en el piso 12. La ciudad densa, con sus áreas de negocios congestionadas y sus líneas de Metro que cada mañana llevan a decenas de miles de empleados hasta unas pocas manzanas en el centro. Y el capitalismo inmobiliario, que convierte el solar en mercancía y multiplica su rendimiento apilando plantas. Cuando esos ingredientes se juntaron en las ciudades de Chicago y Nueva York apareció algo nuevo. Llenar el mundo de rascacielos no fue sencillo, tampoco rápido. Aquel invento fue resolviendo un problema tras otro, cada nuevo récord de altura fue en realidad la respuesta a una dificultad anterior. Eso también explica por qué, aunque rascacielos hay muchos, se concentran en un número sorprendentemente pequeño de ciudades. En El ContraSello: 0:00 Introducción 3:54 La verticalidad antigua 16:28 Chicago y el nacimiento de los rascacielos 31:27 Nueva York tira hacia el cielo 45:21 Nuevos materiales, nuevas soluciones 52:46 Asia tom el relevo 1:03:15 ¿Por qué los rascacielos? 1:14:31 Los orígenes del capitalismo

  6. Sep 17 • Subscribers Only

    Osos, leones y águilas

    El oso, el león y el águila son, aparte de unos animales extraordinarios, los motivos más habituales de la heráldica europea. Su rastro sigue visible en nuestros días en los escudos de familias, ciudades y países. El oso fue el primero en aparecer porque era el animal más grande de Europa. Eso significaba que cualquiera podía encontrarse con uno y verlo con sus propios ojos. Celtas, germanos y eslavos lo asociaban a la fuerza y al valor. En tanto que en Europa no había monos el oso era, además, el animal más parecido al hombre, hasta el punto de que en el siglo XIII se diseccionaban para enseñar anatomía en las escuelas de medicina. La Iglesia, siguiendo a San Agustín, que quería erradicar los cultos paganos, lo convirtió en símbolo del diablo, la lujuria y la pereza. Sobrevivió en el folclore y en las armas de algunas ciudades importantes como Berna, Berlín o Madrid, cuyo oso junto al madroño recuerda un pleito en 1222 entre el concejo y el clero. Cuando nació la heráldica en el siglo XII su declive ya era imparable. La derrota de Alberto de Welf, apodado el Oso frente a Enrique de Brandeburgo, conocido como el León durante una disputa en el seno del Sacro Imperio selló simbólicamente el relevo. El oso terminó primero como animal de feria y luego como mascota infantil de peluche. El león era el rey de los animales en la cuenca del Mediterráneo desde la Antigüedad, pero luego desapareció de la simbología. Renació entre los siglos XII y XIII y se fue imponiendo poco a poco. Los leones europeos se habían extinguido hacía siglos, lo que los convertía en un símbolo más fácil de controlar para la Iglesia, que además contaba con una larga tradición bíblica de leones, empezando por el de Judá. Para depurar al león de sus rasgos negativos crearon el leopardo heráldico, un león que miraba de frente y que siempre tuvo muy mala fama. Los tres leopardos de los Plantagenet ingleses pasaron a llamarse leones a finales del siglo XIV para esquivar las burlas francesas durante la guerra de los Cien Años. En España el reino de León adoptó el animal por simple asonancia con la Legio VII. Ese león, el primer escudo propio de un reino europeo, se extendió por municipios, linajes y ciudades americanas como Caracas, Santiago de Chile o Ciudad de México. El águila, que había simbolizado en el mundo romano a Júpiter y a las legiones romanas, empezó a disputar la primacía al león a partir del siglo XIV. Carlomagno lo había recuperado antes como símbolo imperial, pero fue en el Sacro Imperio donde mayor fortuna hizo ya que allí se fundió con el halcón de los antiguos germanos. En el Sacro Imperio, de hecho, el águila pasó a representar al emperador y el león a sus vasallos rebeldes. Asociado desde entonces a la realeza, triunfó por completo como encarnación del poder a finales del siglo XVIII cuando los recién nacidos Estados Unidos de América se lo llevaron a su escudo. Poco después Napoleón hizo lo propio creando un águila de estilo romano para que simbolizase a su imperio. El águila fue adoptada más tarde por el nazismo, el nacionalismo árabe y varios países africanos después de su independencia. En España los Reyes Católicos la incorporaron por devoción a San Juan, Franco la resucitó y, tras su muerte, se retiró del escudo. El único superviviente animal en el escudo de España fue el león, que se cobró de este modo una venganza tardía. En La ContraRéplica: 0:00 Introducción 3:52 El oso 28:41 El león 55:42 El águila 1:23:18 ¿Por qué Norteamérica se desarrolló más que Hispanoamérica? Bibliografía: - "Manual de heráldica" de Josu Imanol Delgado y Fernando Martínez - https://amzn.to/4rm98jR - "Tratado de heráldica y blasón" de Francisco Piferrer - https://amzn.to/4xzA7Kf - "Heraldry, Ancient and Modern" de Charles Boutell y S.T. Aveling - https://amzn.to/4dLtIo3 - "The Illustrated Book of Heraldry" de Stephen Slater - https://amzn.to/4h0aywR

  7. Sep 17 • Subscribers Only

    Revolucionarias

    ¿Hubo revolucionarias en la revolución francesa? Con nombre propio no muchas, pero las hubo. La historiografía del siglo XIX, escrita por una burguesía convencida de que el lugar de la mujer era el hogar, relegó a las revolucionarias a un papel secundario y anónimo. Los propios padres de la Revolución, sin importar que fuesen moderados o radicales, pensaban igual y las excluyeron de forma sistemática. Curiosamente el Antiguo Régimen había sido menos hostil, ya que en las elecciones a los Estados Generales pudieron votar las nobles titulares de un feudo y las comerciantes del Tercer Estado. En 1789 había en Francia unos 14 millones de mujeres, en su mayoría campesinas y analfabetas. Aun así, estuvieron presentes desde el principio. Su gran jornada fue la marcha sobre Versalles del 5 y 6 de octubre de 1789. Las vendedoras de los mercados parisinos, hartas de la escasez de pan, obligaron a la familia real a instalarse en las Tullerías, y ese fue el verdadero punto de no retorno de la Revolución. Pero la Asamblea Constituyente les negó el voto, el acceso a cargos públicos y el derecho a portar armas. En 1790 Condorcet, inspirado por su esposa Sophie, publicó un ensayo a favor de sus derechos políticos. Un año después Olympe de Gouges redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana. Enfrentada a Robespierre, fue guillotinada en noviembre de 1793 tras intentar en vano quedarse embarazada para aplazar la ejecución. La revolución devoraba a sus hijos, pero también a sus hijas. Cinco días después fue ejecutada Madame Roland, alma de los girondinos, que gobernó el ministerio del Interior a través de su marido y creo el primer órgano de propaganda de la historia. Su enemistad con Danton contribuyó a hundir a la Gironda. Subió al cadalso exclamando «¡Oh libertad, cuántos delitos se cometen en tu nombre!». Su esposo se suicidó al conocer la noticia. Una suerte distinta, pero no menos trágica, corrió Théroigne de Méricourt, una agitadora un tanto exaltada, que fue azotada en público por un grupo de jacobinos tras criticar a Robespierre y terminó sus días enloquecida en un manicomio. Pero la mujer más célebre de la revolución no era una revolucionaria en sentido estricto, tampoco una contrarrevolucionaria. Se llamaba Charlotte Corday, era una joven normanda de simpatías girondinas que viajó a París convencida de ser una nueva Juana de Arco para asesinar a Marat. Le apuñaló en su bañera el 13 de julio de 1793 y fue arrestada en el acto. Serena y teatral durante el juicio, la guillotinaron el 17 de julio. Su crimen reforzó momentáneamente a los jacobinos, pero el ambiente que rodeó su ejecución anticipaba ya la reacción de Termidor. ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

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