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Historias exclusivas de misterio, true crime y más

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La ContraHistoria

La historia como no te la contaron en la escuela. Presentado y dirigido por Fernando Díaz Villanueva.

  1. 1D AGO • SUBSCRIBERS ONLY

    Anglosajones

    Tras la desaparición del imperio romano en Gran Bretaña la isla cayó en manos de un conjunto de pueblos llegados de la Europa continental, fundamentalmente de lo que hoy es Alemania y Dinamarca. Estos pueblos de origen germánico, los anglos, los sajones y los jutos, se apoderaron paulatinamente de la antigua Britannia romana, donde se encontraron con una población local, los britanos, que estaba tibiamente romanizada. Siempre se creyó que la invasión había sido violenta y se materializó desplazando a los britanos. Esta idea tan bien asentada y glosada por las crónicas de aquella época, entre ellas la de Beda el Venerable, ha evolucionado a raíz de los descubrimientos de la arqueología moderna. Fue un proceso mucho más orgánico y tranquilo en el curso del cual las distintas tribus se fueron colonizando el territorio y asimilando a los britanos. Conforme estos grupos se asentaron, la geografía política de la isla se fragmentó en una serie de reinos rivales conocidos como la Heptarquía. Estos reinos eran Northumbria, Mercia, Anglia Oriental, Essex, Kent, Sussex y Wessex. Este periodo fue una era de guerreros y jefes tribales, pero también el escenario de una de las conversiones al cristianismo más famosas de la historia de Europa. Los germanos abandonaron el paganismo y se pasaron en masa a la iglesia de Roma. En ello tuvo mucho que ver la llegada de la misión gregoriana a Kent en el año 597 y la influencia de las iglesias celtas desde el norte. Aquello marcó un renacimiento cultural que floreció especialmente en los monasterios. Fue en estos centros donde se preservó el conocimiento clásico y donde surgieron obras maestras de la literatura y el arte, como el poema épico Beowulf y los manuscritos iluminados que fusionaban la estética entrelazada germánica con la simbología cristiana. La estructura social anglosajona estaba rígidamente jerarquizada. A la cabeza estaba el rey y su séquito de nobles guerreros, conocidos como “thegns”, que estaban vinculados al monarca por lazos de lealtad personal. Debajo de ellos, la gran mayoría de la población estaba compuesta por los “ceorls”, hombres libres que cultivaban la tierra y formaban la base de la economía, que en la Gran Bretaña de entonces era eminentemente agraria. Esta relativa estabilidad se vio sacudida a finales del siglo VIII con la aparición de una nueva amenaza: las incursiones vikingas. Los ataques escandinavos desmantelaron casi todos los reinos anglosajones. Sólo quedó el de Wessex como último bastión de resistencia con el rey Alfredo el Grande a su cabeza. Alfredo detuvo el avance danés y emprendió ambiciosas reformas educativas y militares. Con los sucesores de Alfredo, especialmente el rey Athelstan, se consolidó por primera vez la idea de una Inglaterra unificada, la llamada “Englaland”. Este periodo de madurez política vio el desarrollo de instituciones administrativas algo más complejas, como el consejo de sabios o Witan, y la división territorial en condados o shires. A pesar de la conquista normanda en 1066, que marcó el fin de la era anglosajona, el legado de este pueblo perduró en el idioma inglés antiguo, en el sistema legal de derecho consuetudinario y en una estructura parroquial que sobreviviría durante siglos, lo que vendría a demostrar que los anglosajones no fueron simples invasores, sino los padres de lo que terminaría siendo Inglaterra. Para tratar este tema nos acompaña Yeyo Balbás, bien conocido por la audiencia de La ContraHistoria y que, aparte de ser toda una autoridad en lo referente a los visigodos, sabe mucho también de los anglosajones. A él se debe la traducción de “Anglosajones. La primera Inglaterra”, el libro de Marc Morris que publicó hace no mucho la editorial Desperta Ferro.

    1h 25m
  2. JAN 22 • SUBSCRIBERS ONLY

    Ajustando la brújula

    La brújula es uno de los inventos más importantes de la historia. Aunque hoy nos parece algo simple frente a tecnologías como la del GPS, su capacidad para señalar una dirección fija revolucionó la navegación, la exploración y el comercio. Su funcionamiento es sencillo, se basa en el magnetismo. Desde antiguo se observó que ciertos metales como la magnetita atraía a otros generando un campo magnético propio. Tanto en Grecia como en China lo descubrieron en torno al siglo V a.C, pero fue en China donde a este fenómeno físico empezaron a darle un uso religioso que pronto se tornó en ciertos usos prácticos. Los antiguos chinos hacían flotar agujas en cuencos llenos de agua o las colgaban de hilos de seda. Servían tanto para saber como alinear correctamente un palacio como para que los viajeros y los navegantes las utilizasen. En la alta edad media estas primeras brújulas chinas ya se habían convertido en un artilugio muy utilizado. A Europa llegaron más tarde. En el mundo clásico para orientarse se valían del sol o de la posición de ciertas estrellas. También empleaban los vientos predominantes que en la cuenca mediterránea siempre soplan en la misma dirección. En las grandes ciudades había torres de los vientos que señalaban cada uno de ellos y eso permitía orientarse correctamente. Ya en el siglo IX Carlomagno redujo los puntos cardinales a cuatro, los cuatro que hoy conocemos con nombres de raíces indoeuropeas: norte, sur, este y oeste, pero siempre relacionados con el sol. La brújula llegó siglos después por la ruta de la seda o quizá por el mar Rojo, seguramente a bordo de navíos persas o caravanas árabes. Las primeras menciones europeas datan del siglo XII. Los europeos la adoptaron rápidamente en versión seca, es decir, la aguja imantada sobre un pivote dentro de una cajita. De ahí viene nuestro brújula, del italiano “bussola”, que significa cajita. A los europeos les fascinó el invento. En 1269 Petrus Peregrinus escribió "De Magnete", el primer estudio sistemático sobre el magnetismo. Luego llegaron los mapas portulanos que incorporaban una rosa de los vientos que llegó a tener hasta 32 direcciones y que permitía una navegación mucho más precisa. La brújula facilitó la expansión europea tardomedieval y permitió a portugueses y españoles aventurarse en el océano Atlántico. Fue en estos viajes cuando los navegantes europeos advirtieron que la brújula no señalaba al norte propiamente dicho, sino a un norte magnético que está ligeramente desviado. Eso les obligó durante siglos a hacer ajustes para las grandes travesías oceánicas compensando la declinación, es decir, la diferencia entre el norte verdadero y el magnético. Ya en el siglo XVII descubrieron la razón: la Tierra es un imán gigantesco porque tiene un núcleo de hierro fundido en constante movimiento. En el siglo XIX los barcos con cascos de hierro crearon un problema añadido ya que el metal del barco afectaba a la brújula. Eso llevó al desarrollo de brújulas compensadas con correctores magnéticos. El siglo XX trajo nuevas mejoras e inventos como el girocompás sobre un giroscopio que resultaría imprescindible para la navegación aérea y submarina. Hoy las brújulas son digitales y todos llevamos una en el bolsillo dentro de nuestro teléfono, pero funcionan con el mismo principio y también las mismas limitaciones. Sigue siendo útil para senderistas, para marinos y, sobre todo, como metáfora. En El ContraSello: 0:00 Introducción 23:26 “Contra el pesimismo”… https://amzn.to/4m1RX2R 1:01:49 Orígenes del euskera 1:09:05 La adopción en la antigua Roma

    1h 20m
  3. JAN 15 • SUBSCRIBERS ONLY

    Los mitos de Troya

    La guerra de Troya fue el principal pilar sobre el cual se construyó la identidad cultural, ética y política de la antigua Grecia. Este conflicto, ubicado históricamente entre los siglos XIII y XII a. C., marcó la transición entre la era de los héroes y el mundo de los mortales. A través de las epopeyas de Homero, la civilización griega encontró un espejo para proyectar sus dilemas morales y su sistema educativo, la “paideia”, que moldeó el pensamiento occidental durante milenios. Este ciclo mítico es mucho más que una una crónica de batallas, es un tratado sobre la condición humana y la relación de los hombres con lo divino. En la cosmovisión griega, esta guerra no fue obra de los hombres, sino una orquestación divina que partió del mismo Zeus para reequilibrar el cosmos y reducir la población de semidioses. El conflicto se originó en las nupcias de Peleo y Tetis donde la diosa Eris sembró la discordia con una manzana dorada. El posterior juicio de Paris, en el que el príncipe troyano eligió el amor de Helena sobre el poder de Hera o la sabiduría de Atenea, desencadenó el rapto de la reina de Esparta y activó el Juramento de Tindáreo, que unió a los reinos aqueos en una coalición liderada por el poderoso Agamenón de Micenas. La expedición griega reunió a figuras que personifican diversos ideales del heroísmo helénico: Aquiles, el guerrero que busca la gloria eterna a costa de una vida breve; Ulises, símbolo de la astucia, la estrategia y la inteligencia; Áyax, la encarnación de la fuerza y Agamenón, cuya autoridad se ve constantemente empañada por su propia soberbia y falta de tacto diplomático. Los preparativos de la contienda estuvieron marcados por la tragedia del sacrificio de Ifigenia, un episodio oscuro que ahonda en los límites de la ambición política frente a los vínculos familiares y la implacable voluntad de los dioses. La Ilíada narra tan sólo un breve periodo del último año de la guerra de Troya. Se centra esencialmente en la cólera de Aquiles tras ser humillado por Agamenón. Este relato nos habla de la tensión entre la autoridad de los reyes y el mérito individual basado en la excelencia. Tras la muerte de Patroclo, su compañero más querido, Aquiles regresa al combate poseído por una furia ciega para matar a Héctor, el noble defensor de Troya. Pero la epopeya no concluye con violencia, sino con un acto de profunda humanidad: el encuentro secreto entre Aquiles y el anciano rey Príamo, donde ambos reconocen su sufrimiento compartido y la fragilidad de la vida humana bajo el peso del destino. La guerra se libró simultáneamente en el plano humano y el divino. Los dioses del Olimpo intervinieron activamente y llegaron a sufrir incluso heridas en el combate, lo que demuestra la estrecha unión entre ambos mundos en esta mitología arcaica. Finalmente, la ciudad no cayó por la fuerza bruta, sino por la “metis”, la astucia de Ulises y su ingeniosa estratagema del caballo de madera. El saqueo de la ciudad, el accidentado regreso de los héroes, el asesinato de Agamenón a manos de su esposa o la larga travesía de diez años de Ulises, simbolizan el fin definitivo de la era heroica y el comienzo de un nuevo mundo. Más allá del mito, la Guerra de Troya funcionó como el motor de la unidad griega frente a lo no griego, lo bárbaro. Muchos siglos después se encontró la verdadera Troya. El arqueólogo alemán que dio con ella, Heinrich Schliemann, descubrió que no era una, sino varias. Hoy en día el relato mítico de Troya se mantiene como una síntesis de todo aquello que nos hace humanos: el amor, el poder, la muerte y el honor. También es la historia de cómo un pueblo antiguo construyó su identidad a través de un relato épico que aconteció en un momento histórico convulso, el del final de la edad del bronce.

    1h 17m
  4. JAN 15 • SUBSCRIBERS ONLY

    Rasputín en El ContraCorte

    Imagina a un campesino analfabeto, nacido en la remota y gélida Siberia, que sin saber leer ni escribir logra colocarse junto al zar de Rusia en San Petersburgo (y, especialmente junto a la zarina) e influir sobre ellos hasta el punto de despierta la admiración de media Corte y el odio de la otra media. Ese campesino existió. Su nombre era Grigori Rasputín, para unos era un santo enviado por Dios, mientras que para otros era un demonio que arrastraría al imperio al abismo. En el el último ContraCorte trato de desmontar la 'leyenda negra' de Rasputín para encontrar al hombre real. ¿Cómo es posible que un místico con fama de borracho y mujeriego terminara decidiendo quiénes eran los ministros del Imperio Ruso? La respuesta no está en la magia, sino en un secreto biológico: la hemofilia del pequeño zarevich Alexei. Rasputín era el único capaz de detener las hemorragias del heredero al trono cuando la ciencia médica fallaba. O eso al menos pensaba la zarina Alejandra. Para ella no era un hombre, sino un milagro viviente. Pero el poder trae enemigos. Mientras Rusia se desangraba en la Gran Guerra, los rumores de traición y orgías en el palacio real de San Petersburgo incendiaban las calles. Se decía que Rasputín era un espía alemán, un amante de la reina, un miembro de una secta prohibida. La tensión llegó a tal punto que la aristocracia decidió que, para salvar la corona y a la propia Rusia, este monje místico debía morir. La noche de su asesinato supera cualquier ficción: una dosis letal de cianuro que no le hizo efecto, disparos a quemarropa de los que se levantó para atacar a sus verdugos y una conspiración que podría involucrar incluso al servicio secreto británico. ¿Fue un ser prácticamente indestructible o simplemente la víctima de una leyenda creada por sus asesinos y magnificada luego por los bolcheviques? En El ContraCorte lo cuento todo con pelos y señales. Recuerda que es sólo para patronos de La Contra, esos contraescuchas que hacen posible esta y todas las Contras. Si eres miembro del canal de YouTube, fan en Ivoox o patrono en Patreon no tienes más que seguir escuchando aquí: https://youtu.be/_wjGaxw_Z3M https://go.ivoox.com/rf/166873710 https://go.ivoox.com/rf/166873710 https://www.patreon.com/posts/rasputin-santo-y-148383300?utm_medium=clipboard_copy&utm_source=copyLink&utm_campaign=postshare_creator&utm_content=join_link ¿Quieres anunciarte en este podcast? Hazlo con advoices.com/podcast/ivoox/298566

    3 min
  5. JAN 15 • SUBSCRIBERS ONLY

    Rasputín: santo y diablo

    Imagina a un campesino analfabeto, nacido en la remota y gélida Siberia, que sin saber leer ni escribir logra colocarse junto al zar de Rusia en San Petersburgo (y, especialmente junto a la zarina) e influir sobre ellos hasta el punto de despierta la admiración de media Corte y el odio de la otra media. Ese campesino existió. Su nombre era Grigori Rasputín, para unos era un santo enviado por Dios, mientras que para otros era un demonio que arrastraría al imperio al abismo. En el el último ContraCorte trato de desmontar la 'leyenda negra' de Rasputín para encontrar al hombre real. ¿Cómo es posible que un místico con fama de borracho y mujeriego terminara decidiendo quiénes eran los ministros del Imperio Ruso? La respuesta no está en la magia, sino en un secreto biológico: la hemofilia del pequeño zarevich Alexei. Rasputín era el único capaz de detener las hemorragias del heredero al trono cuando la ciencia médica fallaba. O eso al menos pensaba la zarina Alejandra. Para ella no era un hombre, sino un milagro viviente. Pero el poder trae enemigos. Mientras Rusia se desangraba en la Gran Guerra, los rumores de traición y orgías en el palacio real de San Petersburgo incendiaban las calles. Se decía que Rasputín era un espía alemán, un amante de la reina, un miembro de una secta prohibida. La tensión llegó a tal punto que la aristocracia decidió que, para salvar la corona y a la propia Rusia, este monje místico debía morir. La noche de su asesinato supera cualquier ficción: una dosis letal de cianuro que no le hizo efecto, disparos a quemarropa de los que se levantó para atacar a sus verdugos y una conspiración que podría involucrar incluso al servicio secreto británico. ¿Fue un ser prácticamente indestructible o simplemente la víctima de una leyenda creada por sus asesinos y magnificada luego por los bolcheviques?

    43 min
  6. JAN 8 • SUBSCRIBERS ONLY

    El imperio mongol

    El Imperio mongol fue el mayor imperio contiguo de la historia de la humanidad. También fue uno de los que más rápido se formaron y de los que menos duraron. En apenas un siglo le cambiaron la cara a Eurasia gracias a una sucesión de campañas militares muy exitosas que fueron desde la península de Corea hasta el valle del Danubio. Surgió en plena estepa de la meseta mongola, en el corazón mismo de la de Asia Central a principios del siglo XIII, un lugar en el que vivían tribus nómadas no especialmente civilizadas. Su origen está indisolublemente ligado a la figura de Temujin, que tras unificar bajo su mando a estas tribus que se encontraban en estado de guerra permanente, fue proclamado Gengis Kan en el año 1206. Gengis Kan demostró ser un guerrero excepcionalmente dotado. Los mongoles, que eran grandes jinetes, desarrollaron una efectiva maquinaria de guerra que se basaba en una extrema movilidad, gran disciplina y los arqueros montados. Esto les permitió derrotar a ejércitos mucho más numerosos, en ocasiones incluso profesionales, de China, Persia, Mesopotamia, el centro de Asia y Europa del Este. La expansión mongola fue fulgurante. En una sola generación cabalgaron desde el océano Pacífico hasta el mar Negro. A su paso acabaron con imperios y dinastías bien consolidadas y borraron del mapa ciudades muy antiguas. Pero, tras la destrucción de la conquista, el imperio trajo la paz, la Pax Mongolica, que se adueñó de Eurasia durante buena parte del siglo XIII. Este periodo de relativa estabilidad permitió que la ruta de la seda floreciera como nunca antes lo había hecho y como no lo haría después. Esto facilitó y agilizó el comercio de seda, especias, porcelana y pólvora, pero también de ideas, religiones y nuevas tecnologías que viajaban en las caravanas comerciales de oriente a occidente. Fue durante esta época cuando el veneciano Marco Polo atravesó Asia y pudo conocer de primera mano el imperio. Tras su viaje de las maravillas escribió un libro que tuvo un gran impacto en la Europa tardomedieval. La administración mongola fue sorprendentemente práctica y se basaba en la meritocracia. Sólo los más capaces eran elegidos para servir al Gran Kan, tanto en la guerra como en la paz. Los mongoles crearon un gran sistema de correo, el Yam, que comunicaba los extremos de su imperio, y exhibieron una tolerancia religiosa poco habitual para la época. Esto permitió que cristianos, musulmanes, budistas y animistas convivieran bajo su protección siempre que pagaran los correspondientes tributos y respetaran la autoridad del monarca. Tras la muerte de Gengis Kan en 1227 el imperio continuó creciendo con sus sucesores y alcanzó su cenit territorial a finales de ese siglo. No obstante, la inmensa extensión de los territorios que controlaba y las disputas sucesorias terminaron por fragmentar el imperio. Se dividió en cuatro grandes kanatos: el Ilkanato en Persia, la Horda de Oro en Rusia, el Kanato de Chagatai en Asia central y la Dinastía Yuan en China, esta última fundada por Kublai Kan, nieto de Gengis. Kublai trasladó el centro de gravedad del imperio hacia una estructura imperial china de estilo tradicional. Fue él quien fijó la corte en la actual ciudad de Pekín. A pesar de su poderío, las divisiones internas, la peste negra y las dificultades para gobernar regiones tan distantes y diversas condenaron al imperio mongol a un inevitable declive. Para mediados del siglo XIV, el control mongol sobre la mayoría de estos territorios se había desvanecido. Brilló poco tiempo, pero lo hizo con tanta fuerza que cuando, ya en el siglo XV los navegantes europeos empezaron a navegar hacia Asia, la idea que tenían de aquel lugar era la del imperio de los mongoles. En La ContraRéplica: 0:00 Introducción 4:21 El imperio mongol 1:11:49 Jerusalén y Mahoma 1:15:42 El origen de los derechos humanos

    1h 19m
  7. JAN 1 • SUBSCRIBERS ONLY

    El telón de acero

    El Telón de acero fue la barrera ideológica, política y física que dividió Europa durante desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta 1990. Era mucho más que una metáfora: se materializaba en kilómetros y kilómetros de fronteras fortificadas con alambradas, torres de vigilancia, campos minados y guardias armados. Se extendía desde el océano Ártico hasta el mar Mediterráneo, separando el bloque soviético del occidental. El término fue popularizado por Winston Churchill en un discurso que dio en 1946 en una universidad de Missouri, donde advirtió que un “telón de hierro" había descendido desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático, sometiendo al control soviético a capitales europeas como Varsovia, Praga y Budapest. Aunque el término ya se usaba antes para describir la frontera rusa tras la revolución de 1917, Churchill lo elevó a símbolo de la guerra fría. Churchill sabía bien de lo que hablaba porque había negociado con Stalin en Yalta y Potsdam, y era consciente de que quería dotarse de un colchón de repúblicas satélite en el este de Europa que sirviesen de primera línea de defensa y de proyección del poder soviético. Con los años el telón propiamente dicho no hizo más que perfeccionarse para evitar las huidas al oeste, que en Alemania llegó a convertirse en un problema de primera magnitud. Entre 1949 y 1961, tres millones de alemanes huyeron de la República Democrática a la República Federal. La frontera intra alemana tenía casi 1.400 kilómetros y a ella se sumaban los 155 kilómetros del muro de Berlín. El muro, levantado en 1961, era un telón de acero en miniatura que atravesaba el centro de la ciudad. Para que la capital se comunicase con el resto de Alemania se crearon corredores aéreos, ferroviarios y de carretera que conectaban Berlín Oeste con la RFA. Los tres estaban bajo estricta vigilancia para prevenir las fugas. Política, económica y socialmente el telón separaba dos mundos. Mientras el oeste prosperaba con democracias liberales y libre mercado, el este se sumía en la pobreza y la opresión. La cultura occidental era también más atractiva y eso erosionaba el control de las autoridades. La televisión y radio del oeste ofrecían información, entretenimiento y abrían una ventana a un mundo diferente que percibían como mucho mejor y más cómodo. Las televisiones alemanas se podían ver en los países fronterizos y EEUU financió una emisora de radio, Radio Europa Libre, que podía sintonizarse en todo el bloque del este. Estas emisiones sorteaban las alambradas, pero no los controles. Los gobiernos del este trataron de impedir que la población viese la televisión occidental, pero terminaron dejándolo por imposible. Cualquier infiltración de otra índole estaba muy vigilada por las agencias de seguridad, algunas muy temidas como la Stasi alemana, la Securitate rumana o el KGB soviético. Todo aquel sistema de control que simbolizaba el telón de acero se vino abajo a partir de 1985 cuando Mijail Gorbachov se hizo con el poder en la URSS. El telón en sí mismo empezó a desmantelarse cuatro años más tarde coincidiendo con la caída del muro de Berlín. En 1991 la Unión Soviética pasó a mejor vida y con ella cualquier rastro que pudiese quedar de esa frontera impenetrable que dividió Europa durante más de cuatro décadas. En La ContraRéplica: 0:00 Introducción 4:00 El telón de acero 1:21:43 Uruguay en la guerra de la triple alianza Bibliografía “La otra guerra fría” de Ramón González Férriz - https://amzn.to/4qyLwXp “De la guerra fría a la caída del Muro” de Juan Carlos Pereira Castañares - https://amzn.to/3N2Cjs2 “La guerra fría” de Robert McMahon - https://amzn.to/44RZCep “La guerra fría” de Odd Arne Westad - https://amzn.to/4jlR98Y · Canal de Telegram: https://t.me/lacontracronica

    1h 28m

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