Viajemos un poco en el tiempo, en el espacio y, principalmente, en las costumbres de la época. Francia. Siglo XVII. En esa época, una mujer tenía pocas alternativas: podía ser esposa de alguien, viuda o monja. En ese contexto, Ninon de Lenclos eligió ser libre y amar sin tapujos. Ella era cortesana, escritora, mecenas y una de las mujeres más célebres del París de su tiempo. En su salón, recibía a intelectuales como Molière y un joven Voltaire, a quien le daba dinero para comprar libros. Era una mujer entregada a los grandes placeres. Para ella, el amor debía convertirse en cualquier cosa, menos en una prisión. Esta carta está dirigida al marqués Louis de Mornay y habla de infidelidad sin reproches convencionales. Si un amante se marcha, dice ella, quizá sea porque quien lo tenía a su lado olvidó mantener encendida la llama del deseo. Ninon no quiere esclavos. Quiere amantes. Hay algo más profundo detrás de esa filosofía. Ella descubre que su amante está enamorado de otra mujer. Entonces, la mujer que parece tener todas las respuestas sobre el amor se enfrenta a una pregunta que no puede resolver: ¿qué tiene la otra que ella no tiene? La estudia. Se compara con ella. Examina sus defectos, sus encantos, sus gestos. Intenta descubrir ese atractivo secreto que hace que un hombre deje de mirar a una mujer para mirar a otra. Y, por supuesto, fracasa. Tal vez porque el deseo, justamente, nunca se deja explicar. Lee la actriz María Bernal. *** En Picpus, 23 de diciembre de 1650 ¿Es un crimen ser inconstante? Es, a lo sumo, un error necesario. Le he dicho mil veces que no quería encadenarle más que mediante los placeres. Es un amante lo que quiero, no un esclavo... Le pareceré muy indulgente. Siempre es culpa nuestra si nos son infieles; seguramente se nos olvidó añadir algunas flores a la cadena, que había que embellecer con todo el prestigio del amor, para hacerla eterna. Hablemos claro. Si la señorita D’Aubigné me roba su corazón, solo me culpo a mí misma. Hace mucho que descubrí el fuego secreto que le consume por ella. Me di cuenta incluso antes que usted,marqués. Alcanzamos la iluminación cuando tememos perder un objeto tan preciado en la vida. Lo confieso, he hecho lo imposible por retenerle; he convertido el conocimiento del carácter de la señorita D’Aubigné en un estudio personal. No he parado de compararme con ella. Nuestros defectos, nuestros encantos, todo lo he comparado mil veces; todo lo he calculado, combinado con vuestros gustos, con vuestro tipo de espíritu y de carácter. Pretendía descubrir ese atractivo secreto que hacía triunfar a mi rival; y digo más, tomarlo prestado, arrebatárselo, incluso, y combatirla con sus propias armas. Ya sea por amor propio, ya sea por falta de luces, no he logrado descubrirlo; pero eso no significa que no exista... La gracia, el atractivo, cambian tanto según las perspectivas que el espíritu mismo puede captar todos los matices... Es, pues, ese no sé qué que no se puede definir; esa nada, que sería todo para mí de haber conseguido adivinarla, y que un velo tupido me oculta sin cesar. ¡Ah! Cuando el amor me haya iluminado, quizá me haya esforzado en vano por rodearme del encanto que os atrae... Prefiero creerlo así, es un pesar menos para mi corazón; porque, pese a mi filosofía, os añoro, marqués; sí, le añoro como a los sueños llenos deencantos cuyos recuerdos son aún muy dulces, y que impotentes deseos no pueden restablecer. Quien puede dejar de gustar ha perdido el derecho a reprochar; pero tendría motivos para quejarme si ya no fuese nada para usted. Adiós, marqués; si el tiempo marchita las flores que había arrojado en mi vida, quiero recoger lo que queda, y hurtarle al menos algunos restos de la felicidad con la que me había embriagado. Estaré en París pasado mañana; me siento con el valor para verle.