«Sin miedo al éxito» es una expresión popular que suele utilizarse para animarnos a perseguir nuestros sueños, asumir riesgos y atrevernos a alcanzar aquello que nos proponemos. Sin embargo, para el cristiano, el éxito tiene una definición muy distinta. No consiste necesariamente en alcanzar reconocimiento, acumular logros, conquistar posiciones o disfrutar de una vida prolongada y próspera. El verdadero éxito consiste en llegar al final de nuestra carrera habiendo permanecido fieles a Cristo, dependiendo de su gracia y perseverando en la fe. Pablo lo entendía perfectamente cuando escribió: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» (Filipenses 1:21). Esta declaración no es una expresión de resignación ante la muerte, sino una confesión de confianza en Cristo. Vivir es una oportunidad para servirle, glorificarle y dar testimonio de su gracia; morir, en cambio, significa estar con Él, lo cual es muchísimo mejor (Filipenses 1:23). Por eso, el cristiano no necesita tener miedo al éxito, pero tampoco necesita vivir aterrorizado ante la posibilidad del fracaso, la pérdida o la muerte. Nuestra esperanza no descansa en que todo salga como lo planeamos, sino en que Cristo cumplirá su propósito en nosotros. El éxito de nuestra vida no se mide por cuántos años conseguimos añadirle, sino por la fidelidad con la que caminamos delante de Dios durante los años que Él nos concede. Como Pablo, anhelamos poder decir al final: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:7). Esto también transforma nuestra manera de enfrentar la muerte. No significa que debamos despreciar la vida, ignorar el dolor de la despedida o fingir que morir no produce tristeza. La muerte sigue siendo el último enemigo (1 Corintios 15:26), una consecuencia del pecado y una realidad dolorosa. Sin embargo, para quienes están en Cristo, su aguijón ha sido vencido. La muerte ya no tiene la última palabra, porque nuestro Salvador murió y resucitó para asegurarnos la vida eterna. Por tanto, morir en Cristo significa el cese de nuestros sufrimientos terrenales y el comienzo de una dicha incomparable en su presencia, mientras aguardamos la resurrección de nuestros cuerpos y la consumación de nuestra redención. Nuestra esperanza no termina en la existencia incorpórea del alma, sino que apunta a aquel día en que «esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad» (1 Corintios 15:53). Así que, sin miedo al éxito: corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe (Hebreos 12:1-2). Seamos fieles en la vida, perseverantes en la adversidad y confiados ante la muerte. No sabemos cuándo terminará nuestra carrera, pero sí sabemos quién nos espera al final de ella. Porque nuestro mayor éxito no es conseguir que la vida nunca termine, sino llegar al final habiendo vivido y muerto en Cristo. Y si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos (Romanos 14:8).