En el capítulo de hoy encontramos controversias con los fariseos, y un milagro en el Líbano. Todo comienza por una crítica de los fariseos hacia los seguidores de Jesús - ellos comían sin lavarse las manos de forma ceremonial, como lo hacían los judíos. Jesús, que puede ver más allá de las apariencias, y que puede ver claramente las intenciones del corazón, los reprende por su hipocresía. Los fariseos guardaban celosamente las tradiciones de sus ancianos. Pero no tenían problema en inventar una mentira, para dejar de cumplir con el mandamiento que dice: Honra a tu padre y a tu madre. Este capítulo nos muestra que el Señor no se impresiona con una religión de labios, costumbres externas o tradiciones humanas cuando el corazón permanece lejos de Él. Jesús desenmascara una piedad vacía: aquella que honra a Dios con palabras, pero vive dominada por orgullo, dureza, hipocresía y desobediencia. El problema del hombre no está primero en lo que toca con sus manos, sino en lo que brota de su corazón. Cristo enseña que lo que contamina al ser humano no viene de afuera, sino de adentro: malos pensamientos, palabras impuras, engaño, soberbia y pecado escondido. Esta verdad es muy importante, porque nos obliga a dejar de culpar solamente a las circunstancias, a las personas o al ambiente. El Señor va más profundo: Él mira la fuente. Y si la fuente está enferma, solo la gracia de Dios puede limpiarla. Pero aquí también encontramos la misericordia de Jesús. La mujer cananea se acerca con fe, persevera aunque todo parece estar en contra, y recibe respuesta del Señor. Esto nos recuerda que la fe verdadera no se rinde fácilmente, sino que se aferra a Cristo aun cuando el silencio parece largo. Acerquémonos hoy al Señor no con una religión de apariencia, sino con un corazón quebrantado, limpio por su gracia, y una fe que clama: “Señor, socórreme”.