Primero Dios, con Gerardo Farías

Gerardo

Acompáñame a leer y estudiar la Biblia. Cada día, leeremos un capítulo de la Biblia y reflexionaremos en lo que Dios quiere decirnos. Comienza tu día escuchando la Palabra de Dios.

  1. 11h ago

    JUAN 3 - PORQUE DE TAL MANERA AMÓ DIOS AL MUNDO

    Jesús le dijo a Nicodemo: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Nicodemo era religioso, conocía las Escrituras y llevaba una vida respetable, pero eso no era suficiente. Necesitaba un corazón nuevo. Nacer de nuevo no significa simplemente mejorar algunas conductas. Significa permitir que el Espíritu Santo transforme nuestra mente, nuestros deseos y nuestra manera de vivir. La religión puede cambiar la apariencia; solo Dios puede cambiar el corazón. Jesús también explicó cómo sería posible nuestra salvación: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado”. Su muerte en la cruz no fue un accidente. Era necesaria, porque el pecado produce separación y muerte. Cristo tomó nuestro lugar, cargó nuestra culpa y recibió lo que nosotros merecíamos. Juan 3:16 resume el corazón del evangelio: Dios amó al mundo de tal manera que entregó a su Hijo para que todo aquel que crea en él tenga vida eterna. La cruz revela cuánto nos ama Dios, pero también cuán grave es el pecado. Si pudiéramos salvarnos mediante buenas obras, Jesús no habría necesitado morir. Hoy Dios no solo quiere perdonarnos; quiere hacernos nuevas criaturas. La pregunta no es cuánto sabemos de Jesús, sino si hemos entregado nuestra vida a él. Si queremos entrar al cielo necesitamos nacer de nuevo. Necesitamos creer en Jesús como nuestro único y Suficiente Salvador. Necesitamos ser bautizados en su Nombre. Y necesitamos que su Espíritu siga transformando nuestras vidas día a día. ¿Quieres entrar en el Reino de los cielos? ¿Te gustaría recibir un nuevo nacimiento? ¿Ya le entregaste tu vida a Jesús? Que el Señor te bendiga.

  2. 1d ago

    JUAN 2 - EL PRIMER MILAGRO DE JESÚS

    En este capítulo encontramos dos acciones de Jesús que parecen muy diferentes, pero revelan una misma verdad: Cristo vino para transformar nuestra vida y purificar nuestra relación con Dios. En las bodas de Caná, Jesús transformó el agua en vino. Este fue su primer milagro. No lo hizo simplemente para resolver una dificultad social, sino para manifestar su gloria y fortalecer la fe de sus discípulos. Cuando el vino se acabó, Jesús tomó algo común —el agua— y lo convirtió en algo mejor. Este milagro muestra que, cuando Cristo entra en nuestra vida, puede transformar la escasez en abundancia, la tristeza en esperanza y lo ordinario en algo lleno de propósito. Jesús no solo mejora nuestra vida exterior; quiere cambiar nuestro corazón. Este milagro demuestra que Jesús tiene el poder del Creador, que transforma lo común en algo valioso. Luego, en el templo, Jesús encontró un lugar destinado a la oración convertido en un mercado. Por eso expulsó a los vendedores y cambistas. Su reacción demuestra que Dios no acepta una religión vacía, interesada o corrupta. El templo debía ser un lugar de comunión con Dios, pero había sido ocupado por el ruido de los negocios y los intereses humanos. Estas dos escenas nos obligan a examinarnos. Jesús quiere transformar lo que está vacío en nosotros, pero también quiere limpiar lo que está contaminado. Él ofrece vino nuevo, pero primero debemos permitirle sacar de nuestro corazón todo aquello que ocupa el lugar de Dios: orgullo, pecado, ambición, hipocresía o distracciones. Este capítulo nos enseña que Cristo no vino solamente para acompañarnos, sino para cambiarnos. Él puede convertir nuestra vida en algo nuevo y hacer nuevamente de nuestro corazón un templo donde Dios sea verdaderamente honrado.

  3. 2d ago

    JUAN 1 - JESÚS, LA PALABRA DE DIOS

    Juan comienza su Evangelio con una declaración extraordinaria: “En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios” (Juan 1:1). El término “Palabra” traduce la palabra griega Logos, que significa palabra, razón, expresión o mensaje. Jesús es el Logos porque él es la expresión perfecta y visible de Dios. Dios no permaneció distante ni silencioso. Se dio a conocer por medio de Jesucristo. Por eso Juan afirma que “la Palabra se hizo hombre, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). El Creador entró en su propia creación; el Dios eterno asumió nuestra humanidad, caminó entre nosotros y nos mostró cómo es verdaderamente el Padre. El Logos es importante para nuestras vidas porque en él encontramos luz, verdad, gracia y vida. Sin Cristo podemos existir, pero no comprender plenamente para qué vivimos. Él ilumina nuestra oscuridad, revela nuestra verdadera condición y nos muestra el camino de regreso a Dios. Juan también declara: “A todos los que le recibieron… les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). No basta con admirar a Jesús, conocer su historia o hablar acerca de él. Debemos recibirlo, creer en su nombre y permitir que su Palabra gobierne nuestra existencia. Cuando el Logos entra en nuestra vida, el caos comienza a encontrar orden, la oscuridad retrocede y nuestra existencia adquiere propósito. Jesús no vino solamente para darnos información acerca de Dios; vino para traernos a Dios. En él conocemos al Padre, recibimos vida eterna y descubrimos quiénes fuimos creados para ser. Te invito a que sigas estudiando el maravilloso Evangelio de Juan. Que el Señor te bendiga.

  4. 3d ago

    LUCAS 24 - LOS TESTIGOS DE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

    Las primeras en llegar al sepulcro fueron las mujeres. Mientras muchos permanecían escondidos y paralizados por el miedo, ellas se levantaron muy temprano para honrar a Jesús. No esperaban encontrarlo vivo; llevaban perfumes para ungir su cuerpo. Pero su amor las llevó al lugar donde recibirían la noticia más grande de la historia: “No está aquí, sino que ha resucitado”. Ellas buscaban entre los muertos al que estaba vivo. Habían olvidado las palabras de Jesús, pero los ángeles les hicieron recordar lo que Él ya les había anunciado. Muchas veces la tristeza nos hace olvidar las promesas de Dios. Miramos la piedra, el sepulcro y la pérdida, pero dejamos de recordar lo que el Señor ha dicho. La fe comienza a renacer cuando volvemos a su Palabra. Más tarde, dos discípulos caminaban hacia Emaús con el corazón lleno de frustración. Habían esperado que Jesús fuera el libertador de Israel, pero ahora creían que todo había terminado. Caminaban con Jesús a su lado, pero no podían reconocerlo. Esto también puede sucedernos: podemos sentirnos abandonados cuando, en realidad, Cristo está caminando junto a nosotros. Jesús no comenzó revelando inmediatamente su identidad. Primero les abrió las Escrituras. Les mostró que la cruz no había sido una derrota, sino parte del plan de salvación. El problema de aquellos discípulos no era la falta de información, sino una interpretación equivocada de los acontecimientos. Ellos veían fracaso donde Dios estaba obrando redención. Cuando Jesús partió el pan, sus ojos fueron abiertos. Entonces reconocieron que su corazón había ardido mientras Él les explicaba la Palabra. La presencia de Cristo cambió completamente su dirección: habían salido de Jerusalén derrotados, pero regresaron inmediatamente para anunciar que Jesús estaba vivo. Finalmente, Jesús se apareció a los discípulos reunidos en el aposento alto. Ellos estaban asustados y pensaban que veían un espíritu. Pero Jesús les mostró sus manos y sus pies. Incluso comió delante de ellos para confirmar que no era una visión ni una ilusión. El mismo Jesús que había sido crucificado estaba ahora vivo, corporal y gloriosamente resucitado. La resurrección no es una metáfora para inspirarnos. Es un acontecimiento real que sostiene toda nuestra esperanza. Jesús venció el pecado, la muerte y el sepulcro. Por eso, la tristeza de las mujeres se convirtió en proclamación, la frustración de los caminantes de Emaús se convirtió en entusiasmo, y el temor de los discípulos se convirtió en valentía para salir a anunciar las buenas noticias. ¡Jesús vive! Y porque Él vive, nuestra historia no termina en la cruz, ni en el sepulcro, ni en la tristeza. En Cristo, siempre existe una nueva esperanza.

  5. 6d ago

    LUCAS 21 - SEÑALES DEL TIEMPO DEL FIN

    Estas palabras Jesús las presentó desde el Monte de los Olivos. Después de predecir la destrucción del Templo y de la ciudad de Jerusalén, los discípulos preguntaron cuando sucederían todas estas cosas, y cuando sería su regreso. Jesús habló de guerras, terremotos, pestes, persecución y angustia entre las naciones. Pero su propósito no era alimentar el miedo ni la especulación, sino despertar a sus discípulos. Las señales del fin no fueron dadas para que vivamos obsesionados con fechas, sino para que permanezcamos espiritualmente alertas. El mayor peligro no es que el mundo se sacuda, sino que nuestro corazón se adormezca. Por eso Jesús advierte: “Mirad también por vosotros mismos”, para que las preocupaciones, los excesos y las distracciones no apaguen nuestra comunión con Dios. Cuando todo parezca fuera de control, el creyente no debe agachar la cabeza con desesperación, sino levantarla con esperanza, porque nuestra redención está cerca. El mundo puede estremecerse, pero las palabras de Cristo no pasarán. La pregunta decisiva no es solamente: “¿Cuándo vendrá Jesús?”, sino: “¿Estoy viviendo preparado para encontrarme con Él?”. Velar significa orar, permanecer fiel y no permitir que el temor ni la rutina enfríen nuestra fe. Que las señales del fin no nos llenen de pánico, sino de urgencia espiritual. Cristo viene. Mantengamos la cabeza en alto, el corazón despierto y hoy más que nunca conectados con el Señor en oración y en su Palabra. Que el Señor te bendiga.

  6. Jul 22

    LUCAS 20 - JESÚS, LA PIEDRA ANGULAR

    En el capítulo de hoy comenzamos a leer sobre las confrontaciones finales entre Jesús y los lideres religiosos de su tiempo. Los líderes religiosos se acercaron a Jesús para exigirle una respuesta: con qué autoridad enseñaba y con qué autoridad había expulsado a todos los vendedores y cambistas del Templo. Sin embargo, su pregunta no nacía de un deseo sincero de conocer la verdad. Ellos ya habían visto sus milagros, habían escuchado sus enseñanzas y conocían el testimonio de Juan el Bautista. El problema no era la falta de evidencia, sino la falta de disposición para obedecer. Muchas veces podemos caer en el mismo error. Pedimos que Dios nos muestre su voluntad, pero cuando su respuesta contradice nuestros deseos, buscamos excusas para no aceptarla. Queremos que Jesús nos bendiga, pero no siempre queremos que gobierne nuestras decisiones. Después, Jesús contó la parábola de los labradores malvados. El dueño de una viña la entregó a unos trabajadores y, cuando llegó el momento de recibir los frutos, ellos maltrataron a sus siervos. Finalmente, el dueño envió a su hijo, pensando que lo respetarían, pero también lo rechazaron y lo mataron. La referencia era clara: Jesús es el dueño, y los líderes religiosos eran los labradores. Mataron a los profetas, y muy pronto matarían a Jesús. Pero ese sería el mayor error de sus vidas. Ya que Jesús es la piedra angular que sería rechazada por los constructores. Jesús estaba citando el Salmo 118.  La mayor tragedia de aquellos líderes fue rechazar al Hijo de Dios. Jesús era la piedra escogida por Dios para convertirse en el fundamento de la salvación, pero ellos decidieron desecharla. Sin embargo, aunque los seres humanos rechacen a Cristo, el propósito de Dios permanece firme. Hoy debemos preguntarnos con honestidad: ¿estoy construyendo mi vida sobre Cristo o solamente intento acomodar a Cristo dentro de mis propios planes? Podemos rendirnos ante Él y permitir que quebrante nuestro orgullo, o podemos resistirnos hasta que nuestras propias decisiones terminen destruyéndonos. Señor, ayúdame a reconocer tu autoridad, a obedecer tu Palabra y a producir los frutos que esperas de mi vida. Amén! Que el Señor te bendiga.

  7. Jul 20

    LUCAS 18 - NUNCA DEJES DE ORAR Y DE CONFIAR EN DIOS

    En el capítulo de hoy encontramos tres escenas que revelan lo que Dios espera de nosotros: una fe que persevera, un corazón humilde y una entrega completa. Jesús comienza hablando de una viuda que insistió ante un juez hasta recibir justicia. Con esta parábola Jesús nos enseña a orar siempre y no desanimarnos. A veces pedimos y la respuesta no llega cuando esperamos. Entonces pensamos que Dios no nos escucha. Pero el silencio de Dios no significa abandono. Quien sigue orando demuestra que todavía cree que Dios puede intervenir. Y ciertamente, Dios muy pronto hará justicia. Luego Jesús contrasta al fariseo con el publicano. El fariseo oraba lleno de orgullo, comparándose con los demás y enumerando sus buenas obras. El publicano, en cambio, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo. Solo decía: “Dios, ten misericordia de mí, pecador”. Jesús declaró que este último volvió a su casa perdonado. Dios no se impresiona con nuestra apariencia religiosa. Él mira el corazón. La verdadera oración no consiste en decirle a Dios cuán buenos somos, sino en reconocer cuánto necesitamos de su gracia. Finalmente aparece el joven rico. Era respetuoso, moral y religioso, pero cuando Jesús le pidió que dejara sus riquezas y lo siguiera, se entristeció. Su problema no era poseer bienes, sino que los bienes lo poseían a él. Deseaba la vida eterna, pero no estaba dispuesto a entregar aquello que ocupaba el primer lugar en su corazón. Este capítulo nos obliga a examinarnos: ¿seguimos orando cuando no vemos respuestas? ¿Nos acercamos a Dios con humildad o sintiéndonos superiores? ¿Estamos dispuestos a entregar aquello que compite con Cristo? La fe verdadera persevera, la gracia se alcanza cuando reconocemos nuestras faltas y pedimos el perdón de Dios y el discipulado exige una entrega total. No basta con buscar a Dios; debemos permitir que él sea el dueño absoluto de nuestra vida. Que el Señor te bendiga.

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