Vivir Libres (Filipenses 3:12 – 4:1) Proseguir hacia la meta INTRODUCCIÓN Buenos días. Ilustración personal: Cuando era mucho más joven, corrí tres medios maratones. Para los dos primeros me entrené con diligencia y terminé con fuerza. El tercero fue diferente: acababa de regresar de vivir en Tailandia, no me tomé en serio el entrenamiento pensando que estaba en buena forma y que el terreno sería más plano y fácil. El día de la carrera, después de los primeros 13 kilómetros, la falta de entrenamiento me pasó factura. Me cansé tanto que me rebasaban niños de 9 años y ancianos de 90. Estaba exhausto y humillado, buscando una calle lateral para ir directo a mi auto. Por terquedad o temor al fracaso, seguí avanzando paso a paso. Al ver la línea de meta, recuperé energía, aceleré el paso y crucé como si hubiera ganado una medalla olímpica. Proseguí y terminé. La vida cristiana es muy parecida: No se mide por el entusiasmo con el que comenzamos, sino por mantenernos avanzando firmes hasta el final. Por eso el apóstol Pablo, casi al término de su vida y habiendo logrado tanto, todavía dice: "No que lo haya alcanzado ya... sino que prosigo". Idea central: Debido a que Cristo nos ha hecho suyos, estamos llamados a buscarle con fidelidad, seguir ejemplos piadosos y fijar nuestra esperanza en la gloria venidera. 1. Una perfección que vale la pena buscar (Fil. 3:12-16) Pablo reconoce en el texto que aún no es perfecto. Parte de la madurez espiritual consiste en darse cuenta de que todavía no hemos llegado a la meta. Pensar que ya no necesitamos crecer es espiritualmente peligroso. Mientras tengamos aliento, hay espacio para mejorar. El camino se trata de progreso y búsqueda, no de perfección inmediata. Son pasos constantes y fieles hacia la meta. Nuestra motivación para avanzar: Lo hacemos porque Él nos hizo suyos. Nos amó antes de la fundación del mundo, envió a su Hijo para darnos vida eterna, pagó por nosotros con su sangre, nos adoptó en la familia de Dios y su misión es que la gloria de Cristo cubra la tierra. La meta: Estar con Cristo, verle y ser hechos semejantes a Él para siempre. El legalismo dice: "Trabaja para que Dios te acepte". El evangelio dice: "Dios ya te aceptó mediante la sangre de Cristo; por lo tanto, síguelo". ¿Cómo nos instruye Pablo a avanzar? Olvidando lo que queda atrás: Nos negamos a que el pasado controle el futuro. Olvidamos la vieja vida, la culpa y la vergüenza de nuestros pecados (ya no hay condenación para los que están en Cristo). Olvidando las victorias pasadas: Pablo tenía motivos para presumir su currículum religioso, pero los creyentes no vivimos de los "días de gloria" del pasado; nuestros mejores días están por venir. Un mensaje para los miembros más experimentados: Su labor no ha terminado. No se conformen con pasar el tiempo en actividades de ocio; tengan grandes ambiciones para el Reino de Dios. Quienes han caminado con Cristo por décadas y han visto su fidelidad deberían ser los más activos en compartir el evangelio y en guiar a sus familias hacia Jesús. No celebremos antes de tiempo; todavía hay una carrera que terminar. Extendiéndonos hacia lo que está adelante: Medimos nuestro progreso al ver que hoy no estamos donde quisiéramos, pero tampoco donde solíamos estar. En la vida espiritual no hay estancamiento: o nos acercamos a Jesús o nos alejamos de Él. 2. Un modelo que vale la pena seguir (Fil. 3:17-19) Pablo nos invita a imitarlo a él y a fijarnos en quienes caminan según el buen ejemplo. En la práctica, todos seguimos a alguien; nuestro corazón tiene un "algoritmo" que se alimenta de aquello a lo que le prestamos atención. Pregunta clave: ¿Es nuestra vida espiritual un modelo digno de que otros lo sigan? La iglesia invierte mucho en las nuevas generaciones. Es necesario que los creyentes maduros muestren a los jóvenes en la fe un estándar claro de lo que significa seguir a Cristo. Pablo ofrece su vida como ejemplo no porque fuera perfecto, sino porque lo que buscaba sí lo era. El contraste con los enemigos de la cruz: Pablo advierte que muchos viven enfocados en las cosas terrenales. Sus vidas se definen por priorizar sus propios apetitos y comodidad antes que la santidad y a Cristo; prefieren lo terrenal por encima de lo eterno. 3. Una promesa que vale la pena esperar (Fil. 3:20 - 4:1) Nuestra ciudadanía está en los cielos: Los filipenses entendían bien el valor de la ciudadanía, ya que Filipos era una colonia romana y gozaba de sus privilegios aun estando lejos de Roma. Pablo les recuerda que su mayor ciudadanía no es la de este mundo, sino la celestial. Vivimos aquí, pero pertenecemos allá. Aunque disfrutamos las bendiciones terrenales y trabajamos para que la voluntad de Dios se haga en la tierra como en el cielo (sirviendo al prójimo, en el trabajo y en la sociedad), nuestra prioridad es el Reino de Dios. Esperamos al Salvador: No anhelamos simplemente un lugar mejor o el fin del dolor; nuestro mayor gozo será la presencia misma de Jesucristo. La transformación futura: Nuestros cuerpos débiles y enfermos serán transformados para ser como el cuerpo glorioso de Cristo. El mismo poder que lo levantó de los muertos eliminará todo efecto del pecado y de la muerte. Cuando le veamos tal como Él es, seremos semejantes a Él. CONCLUSIÓN Filipenses 4:1: Por tanto, manténganse firmes en el Señor. Las palabras utilizadas en el texto original equiparan la intensidad de sufrir persecución con la intensidad de buscar a Cristo: el mismo entusiasmo, pero en la dirección correcta. Ilustración olímpica: En el maratón de los Juegos Olímpicos de México 1968, el corredor John Stephen Akhwari, de Tanzania, sufrió una caída grave y se lesionó la rodilla. Cuando entró al estadio para la última vuelta, el lugar estaba casi vacío y cada paso le causaba un dolor inmenso, pero se negó a abandonar. Cuando le preguntaron por qué continuó, respondió: "Mi país no me envió a 5,000 millas de distancia para comenzar la carrera. Me envió para terminarla". El llamado final: Cristiano, Cristo no te salvó simplemente para comenzar la carrera, te salvó para terminarla. No te rindas, no mires atrás ni te conformes. Sigue adelante, porque la línea de meta no es un lugar, es una Persona. Un día verás a Jesucristo cara a cara y cada sacrificio habrá valido la pena.