La bitácora de Andrés

Andrés Gerlotti Slusnys

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Episodes

  1. 04/28/2022

    Tiempos de entrega y productividad

    Hace un par de meses, en un intento de autoengaño, dije que iba a desconectarme para enfocarme en la escritura de un nuevo texto. Aguanté como un mes sin redes sociales, y allí estoy de nuevo nadando en una oferta masiva de distracciones. En todo este tiempo he redactado apenas una página. Cuartilla que escribo, reescribo y, con el pasar de los días, vuelvo a desechar para intentar expresarme de otra forma. Es el resultado de una mezcla de inconformidad y vagancia que impide mi avance. No recuerdo si ella estaba citando a alguien, pero, cuando estaba como en segundo semestre de Comunicación, una profesora nos dijo que un texto nunca llegaba a estar completamente listo —porque siempre había algo que podía seguir puliéndose—, solo llegaba la fecha en la que había que entregarlo. Entonces, como yo no tengo un límite de tiempo real, me es fácil demorar la escritura. Al no deberle nada a nadie, ni pierdo dinero, ni obtengo malas calificaciones, ni quedo mal ante algún editor. Hace falta voluntad como la de Santiago Posteguillo, que sabe que estará ocupado hasta el 2032 escribiendo un total de seis novelas sobre la vida de Julio César. Y está bien; él por ser un bestseller puede sumar a la ecuación la motivación económica, pero no se puede menospreciar la ambición y determinación que tiene al embarcarse en un proyecto de esa magnitud. En cambio, yo ni siquiera puedo garantizar el envío de uno de estos escritos la próxima semana. Intento excusar mi falta de disciplina alegando que no tengo un espacio de trabajo óptimo. Porque escribo en casa, un lugar tan pequeño que —para que se hagan una idea— nos vemos en la obligación de tener la nevera en la sala. Ojo, que no lo digo como algo negativo, es el sueño de cualquier birrero. Pero como mi salón es a su vez cuarto de estar, comedor y espacio de trabajo, es fácil perder la concentración. Pensé que, así como en el ambiente de oficina uno está mentalizado para trabajar y no para cocinar o ver una película, conseguir un lugar más apropiado me haría más productivo. Por eso me registré en el sistema de bibliotecas públicas de Madrid, para hacer uso de sus salas de lecturas. Me acerqué a una que tengo a pocas cuadras de casa y, acostumbrado a que lo público no funcione, me sorprendió lo bien dotado y actualizado que estaba su catálogo. Me paseé por las estanterías y me llevé algunos libros a casa. Por préstamo, cada persona puede llevarse hasta seis libros durante 30 días, y ese límite de tiempo para la devolución sí que me hizo más eficiente como lector, porque era obvio que aplazar la lectura era sinónimo de no leer. Por supuesto, no sumé ni una sola palabra a mi texto, que es lo que originalmente pretendía. Entonces ¿cuál es la moraleja? Bueno, ninguna. Lamento no poder compartirte la fórmula para la productividad. Las conclusiones son las siguientes: Si puedes, acércate a una biblioteca y pide un libro, que es bueno, bonito y gratis.Mi no-escritura no se debe a la falta de una cabaña/estudio alejada de los bullicios de la ciudad y propicia para la creación. Es que soy vago y tengo facilidad para encontrar distintas maneras de procrastinar. Ya está.Postdata: Leí uno bueno de Vargas Llosa que trata sobre los sucesivos cambios de poder en la Guatemala de los años 50 titulado Tiempos recios. Una mezcla de ficción e historia política que se entrelaza con La fiesta del Chivo. Si estás leyendo algo interesante, házmelo saber para ponerlo en la cola. Si te gustó esta publicación, compártela. Y si aún no estás suscrito, hazlo para recibir las futuras en tu correo.

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  2. 04/25/2022

    Un aplauso para Gabriela Álvarez

    «La universidad está en mengua. Nos enfrentamos a una realidad aplastante, a una institución en decadencia, a una puesta en duda del futuro de nuestra casa de estudios. Y, por si fuera poco, habría que añadir la falta de ética, liderazgo y misticismo por parte de las autoridades rectorales ante los hechos recientes», dijo durante su discurso la recién egresada arquitecta de la Universidad Simón Bolívar Gabriela Álvarez. Ella no podía saber qué reacción acarrearían sus palabras cuando las estaba escribiendo, pero sí que habría alguna. Y qué buena fue. Mientras la oradora seguía hablando, los rectores impuestos por el chavismo, ofendidos, abandonaron el acto que enseguida fue suspendido. Largo rato después, el evento se reanudó pero Gabriela no fue llamada para recibir su título. Asumo que, luego de la ceremonia, el rectorado habrá gastado algún tiempo buscando leyes de las cuales pudiesen afincarse para justificar el castigo a la graduanda. Pero, habiendo concluido que dentro de la academia aún no existen textos que defiendan la malcriadez chavista, se vieron obligados a citarla para que pudiese retirar su merecido diploma. Quizás las autoridades tomarán algún tipo de precaución para evitar presenciar semejante humillación en futuros actos. Porque lo cierto es que ellas permanecerán allí enchufadas mientras Gabriela y sus compañeros de promoción se enfrentan a un mundo laboral que se encuentra en paupérrimas condiciones. Pero al menos solo uno de estos grupos podrá cumplir su función con la frente en alto. Y no serán los que destruyen al país, sino los que intentan diseñarlo y construirlo. «Que sean los valores los que guíen nuestras decisiones y caminos a transitar. Que sea la mística, la honestidad y la responsabilidad las que nos lleven a conquistar éxitos». Un aplauso para Gabriela.

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  3. 04/22/2022

    Venezuela se está arreglando

    Épale, mi pana. ¿Cómo está la vaina? Destapa la malta y ponte tu gorra tricolor porque hoy vamos a hablar del mejor país del mundo* papá. *Ciertas condiciones aplican. Lo escuché bastante mientras estaba dentro y lo sigo oyendo ahora que estoy afuera: Venezuela se está arreglando. Y si esa premisa es cierta, no sé a qué nación hace referencia porque el país que yo dejé fue otro. Esa afirmación puede decirse tanto de manera sarcástica como con convicción. Todo depende de quién la pronuncie. Pero, en la mayoría de los casos, creo que la justificación de su uso nace de la necesidad que tiene cada uno de convencerse de que la decisión tomada fue la mejor. Para explicarme, voy a reducir y ejemplificar con distintos personajes las variadas opiniones, porque es bien sabido que la mejor manera de hablar de una generalidad es haciéndolo a través de casos particulares y aislados: El que desde Venezuela asegura que la cosa marcha fenomenal Más allá de querer demostrar un bajo coeficiente intelectual, lo que este individuo intenta comunicar es que se encuentra haciendo buen billete y de ninguna manera se ve limitado por la crisis. Sabe que, por lo pronto, su futuro radica en Venezuela porque tiene negocios que lo mantienen atado. Observa con frustración cómo se va vaciando una ciudad que él sí puede disfrutar con plenitud porque cada vez le quedan menos amigos con los cuales compartirla. Por eso intentará convencer al futuro emigrante de que afuera hay mucha gente pelando bolas, como si dentro no hubiese nadie en esa condición. Puede o no tener escoltas. Hace uso erróneo y excesivo del término «literal» y, en definitiva, le falta calle. El que considera absurda tal afirmación y se mofa en tono jocoso Este personaje entiende que los predicadores de aquella frase están meando en la Avenida Bolívar y el perol se encuentra ubicado en la Cota 905. Por suerte está en peligro de extinción ya que el chiste se encuentra próximo a alcanzar su fecha de caducidad. El que considera absurda tal afirmación y se burla en tono ofensivo A esta clase de sujeto lo mueve el resentimiento. Supone que todo aquel que no tiene una dieta basada en cableado eléctrico es un enchufado y también amigo personal de Diosdado. Se define como opositor, pero en realidad es uno de los mejores representantes del hombre nuevo porque siente desprecio por todo éxito ajeno. El que desde afuera quiere creer que la frase no es del todo falsa Lamentablemente este individuo no está tan bien posicionado como creyó que iba a estar. Por eso no descarta ninguna posibilidad. Conoce gente de ese pequeño pero bien posicionado grupo en Venezuela que puede dar testimonio de su positiva evolución —aunque sea con respecto a la situación de 2016—, y se cree en capacidad de conseguir las mismas posibilidades. Su principal argumento es que su primo segundo trabaja en una empresa internacional y gana más de mil dólares mensuales. Evidentemente, ignora el hecho de que en el país no hay tantas compañías extranjeras ni tantos puestos laborales como para que todo aquel que se lo proponga consiga un empleo como aquel. Así como creyó que al emigrar la pegaría del techo, asume que un regreso implicará un éxito rotundo. En el peor de los casos, usará las naves no quemadas para reinventarse. Lo cierto es que en Venezuela, como siempre, se desarrollan distintas realidades. Pero la más cruda, la más grotesca, es que 94,5 % de la población es pobre. Lo que ocurre es que —como en Instagram, donde solo se ve gente exitosa, feliz y divina— el otro 5 % es el que hace más ruido. Por eso cuando en la calle me preguntan: —¿Epa, chamo, es cierto que Venezuela mejoró? Yo contesto: —Vamos a decir que, así formulado, es posible; pero una cosa es mejorar y otra cosa es estar bien. —Coño, mano, pero entonces sí podemos decir que se está arreglando. —Bueno, chico, pero tú lo que quieres es que te metan un coñazo. Hay una memoria que registré hace años y que de vez en cuando vuelvo a recordar. Una charla de sobremesa. Para ese entonces, ninguno de los participantes tenía en mente emigrar, y hoy la mitad estamos afuera. Pregunté qué hecho específico tendría que suceder para poder afirmar que Venezuela se estaba arreglando (que Maduro dejara el poder no era una respuesta válida porque eso apenas representaría el comienzo del ajuste). Esperaba contestaciones del tipo «que construyan un tren que atraviese todo el territorio» o «que nos convirtamos en la sede de un mundial». Porque estaría implícito que, para que eso pudiese acontecer, tendría que haber condiciones en Venecolandia. Pero la respuesta ganadora fue la más simple: podremos decir con certeza que Venezuela se está arreglando cuando por Maiquetía comience a entrar más gente de la que sale. Ese será un medidor inequívoco del viraje. Si eres nuevo aquí, suscríbete para recibir este newsletter en tu bandeja de entrada.

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  4. 02/18/2022

    Hasler Iglesias: «Regresar a Venezuela es lo que más anhelo desde que tuve que esconderme»

    No tienes demasiado tiempo para maniobrar. Cuando el régimen te señala, tienes dos opciones: escapar o hacer frente. Tu elección puede ser tanto heroica como estúpida. En realidad, todo depende de cuán dispuesto estés a sacrificarte, porque cada alternativa exige cierto grado de inmolación. Si decides esperar, es posible que no te detengan, o que te suelten al día siguiente, o que pierdas años de vida, o incluso que te hurten la existencia. Pero si escoges moverte, debes hacerlo rápido. Y un día Hasler Iglesias tuvo que tomar la decisión; se fue. Hoy se encuentra en Suiza, estudiando. Pero el desplazamiento no fue tan sencillo como haberse subido a un avión en Maiquetía. Tuvo que pasar meses ocultándose del Poder hasta encontrar la manera de salir de Venezuela a través de una trocha controlada por la guerrilla en la frontera colombiana. Charlé con él sobre su partida. Del día en el que decidió ocultarse, me dijo que la imagen que se le quedó grabada en la cabeza fue la del último abrazo que le dio a su mamá. Llorando. Por no saber cuándo ni cómo volverían a verse. Esos meses fueron complicados. «No tenía como comunicarme fácilmente, todo lo hacía a través de un amigo. Y trataba de cambiar de escondites rápidamente. De modo que, en caso de una filtración de seguridad, cuando fuesen a buscarme, yo ya estuviese en otro sitio. Los primeros días me mudé cada dos o tres días. Luego, a medida que pasaba el tiempo, extendía los plazos; una o un par de semanas, dependiendo de cómo evolucionaba el panorama político». Hasler no volvería a Venezuela ni confiando en un supuesto perdón por parte del Gobierno. No todavía. Aseguró que necesita garantías reales de que no habrá más persecución. «Para mí sería un error, bajo cualquier circunstancia, creer en la buena fe de esta gente». Escucha aquí parte de nuestra conversación.

    23 min

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